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Introducción

Lógicas y modos: proyectar en contexto histórico

El origen de estos escritos proviene de dos demandas: por una parte, el desarrollo de un proyecto de investigación[1] que pretenda discutir la noción de modos del proyecto (como aquella opción estratégica que un proyectista escoge en un momento determinado de su trabajo dentro de lo que podríamos llamar la “cultura histórica del proyecto”, o sea, el campo de influencias al que cualquier proyectista responde ya que nunca actúa en un estado de vacío referencial) en cuanto voluntad de ordenar o tipificar un determinado mapa de tales opciones apuntando a tratar de establecer ideas sobre la teoría de la arquitectura no como una esfera ontológica, sino como un sustrato conceptual de operaciones proyectuales concretas y puntuales.

Esa investigación acerca de los modos se establece como una fase ulterior a un trabajo previo de investigación acerca de las lógicas del proyecto, tratando de reflexionar a la vez en un marco más históricamente extendido (y no limitado como en el caso de las lógicas al período cultural posmoderno con su carga pretensiosa e infructuosa de liquidación de la modernidad) y geoculturalmente inclusivo –o sea, capaz de referir a la dicotomía entre globalidad y localidad, entendiendo la segunda como una cierta fragmentación de totalidades y fundamento posible de un estatus de multiculturalidad–.

De tal manera, la idea de los modos se abre a un procesamiento de la cultura histórica –el tiempo corto (que se hace largo en la medida que el proyectista internaliza la experiencia de proyectistas anteriores, o sea, según el grado de conciencia histórica de este) de la memoria del proyectista que puede en ocasiones devenir en el tiempo largo de la memoria del proyecto o suerte de aportación a una históricamente evolutiva teoría del proyecto– y a un procesamiento de la condición del proyecto en el seno de la actual situación de tensión entre el discurso global de pretensión hegemónica y la fragmentación multicultural.

Por cierto, tratando de fortalecer el polo de lo local geoculturalmente situado y, en particular, el mundo del proyecto americano, que ya no sería un mundo-en-sí de relativa autonomía o aislamiento, sino un mundo relacional, un mundo fuertemente entrelazado en que se acentúa y complejiza la urdimbre de articulaciones entre lo central y lo periférico que había caracterizado ciertos aspectos de la historia de la modernidad, vista y actuada en tal caso, desde las culturas periféricas.

La segunda demanda originaria de estas indagaciones proviene de un deseo de revisar mi trabajo enseñando Historia de la Arquitectura en la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la UBA a partir de hipótesis vinculadas no tanto a la forma historiográfica clásica de presentar estratos históricos de relativa autonomía, superpuestos y conectados en el tiempo así como asociados a focos o áreas de cierta centralidad discursiva hegemónica, como la visión eurocéntrica[2]. En esa idea pareció interesante trabajar más que en la descripción de tales estratos con argumentos de relativa efectividad descriptiva de derivas no solo manifiestas a lo largo del tiempo, sino también relativizando aquella localización de corte eurocéntrico.

En lugar entonces de estratos, mundos o épocas[3], prevalece así la voluntad de analizar trayectos, destinos y fortunas de ideas, conceptos o experimentos tanto extemporizados como deslocalizados, es decir, considerando su movilidad en el tiempo de la historia y el espacio de la geografía.

Así hemos propuesto un conjunto de 6 pares de nociones (lo clásico/lo barroco, lo técnico/lo utópico, lo ilustrado/lo híbrido, lo moderno/lo vanguardista, lo natural/lo artificial y lo autónomo/lo heterónomo) que, si bien son en sí históricas –o sea, contingentes o no ontológicas, surgidas en un momento y lugar concretos–, aparentemente servían para analizar más derivas o flujos que estratos o capas históricas, activando una caracterización más compleja y móvil de épocas y lugares.

Es decir, pienso que tales categorías, además de admitir el análisis, por así decir, dicotómico de cada par (en la línea del discurso nietzcheano del par apolíneo/dionisíaco o de la oposición wolffliniana entre lo táctil y lo óptico) y en ello percibir cierto desarrollo histórico, diría a lo Hegel –en cuanto confrontación y superación–, podrían aportar al análisis de los modos o formas que configuran, en cierta manera, la teoría de la arquitectura en cuanto, si no conjunto axiomático de naturaleza precientífica, sí estructura o depósito de opciones y configuraciones modales de las prácticas proyectuales que procesan aquel contenido de cultura histórica que consideramos operante en el imaginario operativo del proyectista actual y de cualquier época.

La cuestión de los pares confrontados permite asimismo dar cuenta de numerosas instancias históricas en que la teoría emergió como consecuencia de la confrontación, por ejemplo, entre el par clásico/barroco (en que lo barroco actúa como degradación, manipulación y procesamiento del material lingüístico clásico), entre el par antiguo/moderno en el siglo XVII francés (en que lo moderno irrumpe como posibilidad de transgresión relativa de ciertas figuras proyectuales propias del canon academicista: lo que institucionalmente crea otra dicotomía entre academicismo/antiacademicismo) o entre el par racionalismo/expresionismo (que podría situarse en torno a la condición resultante o fundante de la noción de espacio). Por lo tanto, respecto de las 12 nociones modales señaladas, podría decirse que importa tanto su análisis en sí cuanto la consideración dialéctica de su relación dual.

Por cierto que este enfoque basado en los modos –como al anterior en las lógicas– refiere a un propósito determinado de calidad, complejidad y voluntad de convertir el trabajo del proyecto en algo singular y susceptible de recibir un grado de valorización calificativa por parte de la crítica, sino de la historiografía: es decir, no se pretende aludir a toda o cualquier producción de proyectos de arquitectura, sino aquellos investidos por su autor y sus condiciones de situación, en proyectos densos en reflexión y experimentalidad, en propósitos de formar parte de la creación cultural y en voluntad de aportar ideas innovativas del pensum disciplinar.

Esto podría traer el problema de un argumento circular: se trata de establecer la idea de conductas o procedimientos proyectuales ya sea bajo la noción de lógica como la de modo, en relación con un corpus de experiencias singulares e historiográficas y críticamente seleccionadas respecto del universo total de las prácticas proyectuales, siendo que tal selección reconoce o amerita en el proyectista en cuestión una voluntad de adscribir a una manera o modalidad específica de proyectar.

Hay así una sintonía en lo que el proyectista construye como su estrategia reflexiva aplicada en su trabajo singular y las categorías descriptivas de los modos o las lógicas. Por tanto, estas suelen emerger como proposiciones consecuentes y no fundantes de esa masa crítica de proyectos singulares, lo que deviene, de paso, en una proposición teórica más explicativa que orientativa, más de trazar balances o cartografías que de indicar direcciones o metodologías.

Tales dos situaciones originantes y demandantes del presente trabajo (la sincrónica-proyectual y la diacrónica-histórica) pueden asociarse –y ese sería un argumento o hipótesis central del trabajo– para funcionar al mismo tiempo como un repertorio de modalidades de proyecto que estarían en la conciencia del proyectista como aquel background llamado “cultura histórica y, por otra, como una forma de indagar concretamente en esa cultura histórica en la circunstancia concreta de enseñar historia a futuros proyectistas, de tal forma de transformar esa tarea en enseñar cultura histórica a futuros proyectistas que proyectarán operando de ciertas maneras sobre tal sustrato.

Incidentalmente queda claro además que se estaría proponiendo a la vez una estrategia historiográfica diferente y una articulación entre historia y proyecto que supere el determinismo de las historias llamadas “operativistas”, dado que se concibe el sustratum de lo histórico no como un repertorio pasible de rescrituras o citaciones, sino como un telón de fondo teórico-cultural del nuevo proyecto.


  1. Se trata de la investigación Modos del proyecto. Mapa de la arquitectura americana, que se desarrolló en la Facultad de Arquitectura de la UAI (Buenos Aires-Rosario, 2011) y que dio base además a la revista monográfica Modos del Proyecto (Buenos Aires-Rosario, 2011 en adelante: su número 1 es de invierno de 2011 y está dedicado al tema de la imaginación técnica, el 2 es del verano de 2012 y trata de geometrías habitables, el 3 es del otoño de 2012 y versa acerca del tema “proyecto anterior”, y los números 4 y 5 son de primavera-verano de 2015, dedicados a la cuestión “vivir juntos”).
  2. La revisión del dictado de la asignatura Historia de la Arquitectura y el Urbanismo 1-2-3 del taller que dirigí en la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la UBA implicó un cambio de estrategia didáctica y una reorganización programática a partir del curso del 2011 y también un trabajo seminarial e investigativo que el equipo de la cátedra conectó con el proyecto de investigación UBACYT a mi cargo, El Laboratorio Americano, iniciado en 2009 y concluido hacia 2014.
  3. Seguimos aquí los argumentos de Agacinski, Sylviane en su libro El pasaje: Tiempo, modernidad y nostalgia, La Marca, Buenos Aires, 2009. La discusión de sus fragmentos iniciales formó parte del trabajo seminarial de la cátedra indicado en la nota precedente.


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