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3 Contexto histórico: notas sobre las transformaciones en la estructura de clases y la dinámica política estadounidense a partir de los años 70

Este capítulo tiene por objetivo enmarcar el análisis de los casos de la tesis en el proceso de transformaciones desarrolladas en Estados Unidos a partir de la década del 70 con el avance de la internacionalización productiva y la ofensiva neoliberal. Para ello, buscamos recuperar las categorías de desarrollo desigual y combinado e imperialismo a la luz de las reflexiones teóricas expuestas en el capítulo anterior. A continuación, analizamos particularmente cómo se desenvolvió este proceso en Estados Unidos, observando los cambios y las consecuencias que generó en su propia dinámica doméstica. Nos interesa específicamente comprender cuál es el impacto de la expansión de capital para las potencias imperialistas. Pretendemos, por lo tanto, presentar una lectura histórica de un fenómeno poco explorado[1] en los análisis sobre el centro: la fractura estructural, la combinación de atraso y desarrollo, que conllevan nuevas contradicciones y problemas para la reproducción tanto de la dominación como de la acumulación. Al tratarse de un conjunto de transformaciones interconectadas, complejas y numerosas, el recorte aquí propuesto comprende los procesos que generaron cambios en la composición de las clases sociales.

Ordenamos el capítulo en cinco apartados. Siguiendo un orden cronológico, analizamos las transformaciones en la burguesía y en la clase obrera delimitando cuatro coyunturas. Primero, abordamos el contexto de crisis del keynesianismo-fordismo y las especificidades del proceso en Estados Unidos. En segundo lugar, centramos el análisis en la ofensiva neoliberal organizada bajo el gobierno de Reagan. Luego, analizamos la consolidación de esta ofensiva y reestructuración durante la década del 90’ y los primeros signos de límites a fines del siglo XX y comienzo del XXI. En cuarto lugar, ahondamos en los efectos de la crisis del 2008 y los problemas para alcanzar una recuperación sostenida. Por último, destinamos específicamente un apartado al análisis de la relación entre la dominación doméstica e imperialista a la luz de estas transformaciones.

La crisis del keynesianismo-fordismo: empate y resolución neoliberal

Bajo el keynesianismo-fordismo en los Estados Unidos se cristalizó una relación de fuerzas entre el capital y el trabajo como producto de una álgida conflictividad social en el período de entreguerras. El nuevo modelo de acumulación resultante y predominante hasta los años 70 estaba basado en la producción en serie y el consumo masivo (Coriat, 2000). Este modelo tuvo como uno de sus pilares un acuerdo limitado entre capital y trabajo (Aglietta, 1999; Bowles et al., 1989; Gordon et al., 1986; Harvey, 2012b). Este implicaba un reconocimiento de los sindicatos[2] y un compromiso para que los incrementos salariales se concedieran como contrapartida a los aumentos en la productividad (Bowles et al., 1989). Los sindicatos[3] bajo este esquema, abandonaron en gran medida las demandas en torno al control del proceso productivo y las condiciones de trabajo (Kotz, 2018) y aceptaron leyes como la Ley de Taft-Hartley, que limitaba su capacidad de lucha y purgaba a los líderes comunistas (Gordon et al., 1986).

Los beneficios de este acuerdo alcanzaban sólo a un sector de la clase obrera y sobre la base de éste se consolidó una segmentación del mercado de trabajo. Por un lado, se distinguió un sector primario (con trabajos estables, salarios altos y sindicatos fuertes) y otro secundario (con más rotación, salarios bajos, menos sindicalización). A su vez, en el marco del primario se observó una diferencia entre subordinados (empleos rutinarios, repetitivos y disciplinados) e independientes (trabajos más cualificados, profesionalizados) (Gordon et al., 1986; Reich et al., 1973). Esta segmentación, a su vez, se agudizaba mediante la discriminación racial y de género profundizando las diferencias salariales y acceso y promoción a determinados puestos de trabajo (Aglietta, 1999; Gordon et al., 1986; Reich et al., 1973). Esto se evidenciaba en una mayor proporción de mujeres, población migrante y afroamericana en el sector secundario, con peores condiciones de trabajo incluso al interior de ese segmento.

El acuerdo capital-trabajo estaba asentado, no sólo en estos mecanismos de diferenciación y división de la clase obrera, sino también en la reorientación de los recursos y la militancia sindical hacia la protesta por planes y medidas por parte del Estado y a la política electoral, corriéndose el foco del conflicto de los lugares de trabajo (Gordon et al., 1986). En ese marco, es ineludible el papel del Estado de Bienestar y su capacidad de integrar ciertas demandas de las masas (Hirsch, 1996; Jessop, 1999).

Ahora bien, el acuerdo capital-trabajo sobre el cual se asentaba el keynesianismo-fordismo no sólo excluía a sectores de la clase obrera, sino que también lo hacía con sectores de la burguesía. La característica división estadounidense entre el norte y el sur aparece como expresión de la desigualdad y diferenciación en la burguesía en este período, asentado también sobre el peso de la industria y el agro respectivamente. Al respecto amerita señalar que, si bien no estaban exentos de tensiones entre sí, existía una articulación basada en el reconocimiento de la segregación racial en el sur y la distribución del gasto público en infraestructura (Katznelson et al., 1993). En términos de Trotsky, sería un momento de desigualdad “favorable” con una subordinación del sur que permitió, a través de la provisión de insumos para la industria, un gran desarrollo de Estados Unidos durante este período. La fracción que lideró el proceso fue la gran burguesía industrial, competitiva a nivel internacional, vinculada a Wall Street y al Estado en el marco del complejo militar-industrial norteamericano (Aglietta, 1999). En otras palabras, esta gran burguesía industrial encabezaba el bloque en el poder.

En este cuadro, la expansión por fuera de las fronteras bajo el fordismo estaba asentada en la búsqueda por parte de las corporaciones estadounidenses de mercados para superar los límites de la demanda efectiva interna y acceder a materias primas baratas (Harvey, 2012b). En ese contexto, se desarrollaron las empresas multinacionales, creció la inversión extranjera directa y la instalación de filiales que producían para el mercado interno del país donde se radicaban.

Estos ejes estructurantes del modelo fordista se fueron erosionando y entraron en crisis a mediados de los 60 y principios de los 70 en tanto se vieron incapaces de reproducir la dominación y la acumulación a escala doméstica e internacional. Esto resultó claramente visible por y en el marco del alza de la conflictividad social.

La situación de crisis generalizada no tuvo una salida automática e implicó una serie de marchas y contramarchas, un fuerte proceso inflacionario, desorientación y vaivenes políticos. Estamos ante lo que Arrighi (1999) caracterizó como una experiencia deprimente para la burguesía. El miedo se apoderó de la clase dominante[4] y comenzó a volverse una necesidad explícita la organización (Panitch y Gindin, 2013a). En ese marco, se desenvolvió un crecimiento significativo del dinero vía lobby en la política norteamericana y de las asociaciones de corporaciones empresarias como la US Chamber of Commerce y National Association of Manufacturers, y fue también el momento en el cual se creó The Business Roundtable (Akard, 1992; Drutman, 2015; Harvey, 2015; Mizruchi, 2013; Waterhouse, 2014). Es decir, comenzó a desarrollarse un cambio en la dinámica política norteamericana en el marco de un proceso de organización política empresarial -con nuevas asociaciones y think tanks- y la conformación de una nueva agenda probusiness (Anderson, 2013; R. Brenner, 2007).

Este proceso de búsqueda de una mayor coordinación política entre empresarios se expresó en la expansión del lobby primero como una respuesta defensiva al desafío obrero, buscando derrotar leyes apoyadas por los sindicatos (Akard, 1992; Kotz, 2015), pasando luego a la ofensiva y convertirse en una forma predilecta de movilización política de las corporaciones. Especialmente comenzaron a desenvolverse fuertes críticas al Estado de Bienestar, centradas en la necesidad de una reforma de la legislación laboral, la desregulación del transporte, la energía y las finanzas, la restricción del gasto social del gobierno y la reestructuración del sistema tributario (Moody, 1988).

Estas acciones se combinaban con una clara ofensiva en los lugares de trabajo, donde la amenaza de deslocalización de la producción se constituyó como un elemento disciplinador (Bowles et al., 1989). Deslocalización que no necesariamente fue hacia el exterior, sino que también se desenvolvió dentro del territorio estadounidense, desarrollándose un proceso en el cual varias empresas prefirieron trasladar su producción a zonas con menor tasa de sindicalización y tradición de lucha por parte de los trabajadores, principalmente del sur del país (Gordon et al., 1986; Harvey, 2015; Wallace y Brady, 2010).

En síntesis, empezamos a observar en el marco de la crisis del keynesianismo-fordismo un avance en la deslocalización e internacionalización de la producción. Este proceso de expansión del capital se desenvolvió con un carácter desigual y combinado: se profundizó la búsqueda de nuevos mercados -domésticos e internacionales- con condiciones más favorables para la acumulación en pos de recomponer la tasa de ganancia, conviviendo así “atraso” y “desarrollo”. Las desigualdades preexistentes, la relación de fuerzas más ventajosa para el capital en esos espacios, fue el motor sobre el cual se desenvolvió esa expansión generando una mayor combinación. Vemos, por lo tanto, que la crisis impulsó ese proceso de “fuga”. La respuesta política a la crisis, con el proceso de reorganización y movilización mediante el lobby de la clase dominante, buscó modificar la relación de fuerzas y consolidar estos mecanismos de expansión de capital. El desarrollo desigual y combinado, entonces, no aparece como una ley abstracta, sino que es resultado de luchas concretas. La expansión del capital, por lo tanto, no puede pensarse por fuera de la lucha de clases.

En este sentido, observamos durante gran parte de la década del 70 un proceso de estanflación como expresión del empate, de la desorientación inicial y del rechazo de los trabajadores a los intentos de restauración del poder de clase. Entre esos intentos un paso importante fue el llamado “Shock Volker” que implicó una primera transformación de la política monetaria estadounidense con un significativo aumento de las tasas de interés, y el comienzo de las políticas de austeridad, bajo la presidencia de Carter. Fue la condición necesaria, pero no suficiente para el avance del neoliberalismo (Harvey, 2015). Para ello fue fundamental la llegada a la presidencia de Reagan que logró articular la ofensiva neoliberal, quebrar la relación de fuerzas y abrir paso a una reestructuración.

La ofensiva organizada: Reagan y el ascenso neoliberal

Como decíamos, este proceso de reacción al ascenso de la conflictividad social encontró en la figura de Reagan su coordinación y la constitución de un programa político. La búsqueda por quebrar esa relación de fuerzas favorable a los trabajadores articuló al conjunto de la burguesía bajo el programa neoliberal, entendido como un proyecto de restauración del poder de clase (Harvey, 2015).

Este proyecto incluía la desarticulación de los mecanismos del Estado de Bienestar keynesiano a través de un proceso de desregulación, privatización, rebaja impositiva y recorte presupuestario. En el marco de este programa, resultaba especialmente aglutinante para el conjunto de la burguesía las exenciones fiscales en tanto constituían:

un modo de subvencionar la salida del capital del nordeste y del medio oeste del país, con altos índices de afiliación sindical, y su desplazamiento hacia la zona poco sindicalizada y con una débil regulación del sur y el oeste. El capital financiero buscó cada vez más en el extranjero mayores tasas de beneficio. La desindustrialización interna y las deslocalizaciones de la producción al extranjero se hicieron mucho más frecuentes (Harvey, 2015, p. 32).

En otras palabras, el proceso que había comenzado caótica y desorganizadamente en los años 70 encontró una coherencia en el programa político de Reagan. A su vez, esto unificó, en un primer momento, al conjunto de la clase dominante, incluso a quienes no habían estado incluidos en el acuerdo capital-trabajo bajo el keynesianismo-fordismo, como lo eran las pequeñas empresas (Kotz, 2018) especialmente aquellos empresarios conservadores del Sunbelt del sur (Jenkins y Eckert, 2000). Estas pequeñas empresas se vieron contenidas tanto en la reducción impositiva como en la campaña antisindical propiciada por el gobierno de Reagan. Sin embargo, veremos más adelante cómo estas condiciones que permitieron su unificación generaron nuevas líneas de fractura al interior de la clase dominante.

Entre las tendencias que se abrieron en este período se encuentra la expansión del sector financiero y su papel dominante en el proceso. La financiarización fue caracterizada de diversos modos[5]. Aquí simplemente señalamos como aspecto central la mayor apropiación del excedente por parte de sectores financieros y una financiarización de las empresas no financieras (Panitch y Gindin, 2013a). Desde esta perspectiva, no se disocia la expansión de las finanzas de los cambios en la producción, por el contrario, se enfatiza en cómo la liberalización financiera contribuyó y fue funcional a la internacionalización productiva y comercial (Katz, 2015).

En esta línea, en la década del 80 empezaron a configurarse las cadenas globales de valor en el marco de la fragmentación de los procesos productivos a nivel internacional. Este proceso se acentuó de la mano del desarrollo de nuevas tecnologías, principalmente de la información y comunicación que promovieron y permitieron esa fragmentación de los procesos productivos (Harvey, 2012a). Los avances tecnológicos y la implementación de una producción flexible fueron delimitando la reestructuración de la producción. Estos cambios tecnológicos y esta reorganización productiva a escala global que comenzaron en la década del 80 fueron encabezados por las empresas estadounidenses (Panitch y Gindin, 2013a).

Uno de los factores que explica la ventaja tecnológica de Estados Unidos remite al papel del complejo militar industrial (Panitch y Gindin, 2013a). En este sentido, amerita señalar que bajo el gobierno de Reagan no todo fue austeridad. Las políticas de corte neoliberal fueron combinadas con una carrera armamentística sostenida mediante el déficit, el llamado “keynesianismo militar” (Harvey, 2015). El marco general de esta política era el intento de reforzar el enfrentamiento con la Unión Soviética en un contexto de profundización de la competencia a nivel internacional. El refuerzo belicoso iba en consonancia con los intereses del complejo militar-industrial estadounidense y con la necesidad de recomponer el dominio imperialista luego de los desafíos y cuestionamientos durante las décadas del 60 y 70. A su vez, bajo el gobierno de Reagan se ratificó el dólar como moneda global y adquirieron mayor importancia la Reserva Federal y el Tesoro contribuyendo a la renovación del imperialismo estadounidense (Panitch y Gindin, 2013a). Sobre ese marco, adquirieron nuevos roles el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial en la imposición de reformas estructurales en otros países.

Así, comenzó a desenvolverse un proceso de ofensiva global sobre el trabajo por la vía de la intensificación de la competencia en el marco de una internacionalización productiva:

Los mecanismos del neoliberalismo –entendidos en términos de la expansión y profundización de los mercados y de las presiones competitivas– pueden haber sido mecanismos económicos, pero el neoliberalismo era esencialmente una respuesta política a las ganancias democráticas que anteriormente habían logrado las clases trabajadoras y que, desde la perspectiva capitalista, se habían vuelto barreras para la acumulación. (Panitch y Gindin, 2013a, p. 33)

Continuando el análisis de las transformaciones en Estados Unidos, la reestructuración neoliberal se asentó sobre un severo y sistemático ataque a las condiciones de vida de los trabajadores[6]. Esto incluyó un recorte del nivel y la duración de los subsidios de desempleo y una caída de los salarios reales (Shaikh, 2004). Bajo la presidencia de Reagan el desempleo se mantuvo en niveles altos y aumentó la ocupación en trabajos peor pagos, creciendo también la cantidad de trabajos part-time (Moody, 1988). Se desenvolvió un acelerado proceso de flexibilización laboral (Harvey, 2012b). En ese marco, cayó la tasa de sindicalización de 20% en 1982 a 16% terminando la presidencia de Reagan[7], iniciando un proceso de caída que se profundizaría en las siguientes décadas.

Estamos ante un proceso de imposición de disciplina de clase (Panitch y Gindin, 2013a). La derrota de la huelga de los controladores aéreos en 1981 fue una muestra cabal del quiebre de la relación de fuerzas. Sobre esa derrota ejemplar y la restauración del poder de clase, empeoraron significativamente las condiciones de vida y de trabajo de la clase obrera, a la vez que aumentaba su productividad con la introducción de los métodos de producción flexible y nueva tecnología. Esto generaba, junto con el proceso de deslocalización y apertura comercial, una destrucción de puestos de trabajo manufactureros (Moody, 2017).

En ese marco, por lo tanto, se desenvolvió un proceso de transformación de la previa segmentación del mercado de trabajo. Muchos de los puestos de trabajo del sector primario se transformaron y asumieron características del sector secundario producto de la flexibilización y el empeoramiento de las condiciones laborales (McDonough y Kotz, 2010). Las brechas dentro del mercado de trabajo se ampliaron, a la vez que la competencia ejercía una fuerte presión a la baja de los salarios.

En síntesis, bajo la presidencia de Reagan con la reorganización de la ofensiva, aparecieron con mayor claridad los lineamientos del nuevo período que se abría. Por un lado, la clase dominante logró un primer momento de unificación política, con una integración bajo el programa neoliberal de sectores anteriormente relegados en el keynesianismo-fordismo. Sin embargo, la reestructuración no benefició a todos los sectores por igual. Se desenvolvió una expansión del sector financiero y las grandes tecnológicas que, a su vez, se articularon y contuvieron al complejo militar industrial de la mano del “keynesianismo militar”. Por otro lado, la clase obrera sufrió las consecuencias de la derrota, ampliándose la precarización laboral y con ésta la brecha dentro del mercado de trabajo. Estas tendencias que se iniciaron bajo la presidencia de Reagan y marcaron el rumbo de la reestructuración tras la crisis de los años 70, continuaron bajo la presidencia de Bush y se consolidaron y profundizaron bajo el gobierno de Clinton.

De los 90 a la crisis del 2008: la consolidación y los límites

En la década del 90, Estados Unidos parecía en su máximo apogeo tras la caída del Muro de Berlín. La derrota de la experiencia soviética tuvo un impacto indiscutido para los movimientos populares en todo el mundo, el auge de los discursos del “fin de la historia” y la consagración del neoliberalismo como ofensiva de la clase dominante se consumó en la mayoría de los países.

En esta línea, el “Consenso de Washington” expresó los lineamientos de esa ofensiva, imponiendo la disciplina de mercado, el ajuste fiscal, las privatizaciones, desregulación financiera y la liberalización comercial como “recetas” atadas al financiamiento vía FMI y Banco Mundial. Estas nuevas formas de dominación mediante especialmente mecanismos monetarios y financieros, características en distintos países a partir de los años 80, lograron momentáneamente disciplinar a la clase obrera, recomponer la acumulación tras la impugnación dada con el auge de la lucha de clases en los 60 y 70 (Bonnet, 2007b). Se condensó con el “Consenso de Washington” una nueva ortodoxia, una cierta coherencia en la ofensiva, luego de un período de respuestas más caóticas y experimentales en los años 70 y 80 (Harvey, 2015).

Es decir, las condiciones para una mayor movilidad de los capitales y la internacionalización de la producción fueron de la mano de nuevas formas de dominación imperialista constituyendo un mismo proceso indisociable. Los tratados de libre comercio, como el paradigmático NAFTA[8], forman parte de esta estrategia. Estos tratados que crecieron a partir de la década del 90 habilitaron la apertura comercial y la mayor integración de los procesos productivos a escala global, favoreciendo e institucionalizando la deslocalización de capitales. Este proceso no implicó una homogenización a escala global, sino una agudización de la desigualdad y la combinación, que nuevamente se presenta como resultado de luchas concretas.

En este marco de consolidación de la ofensiva neoliberal a nivel global, Estados Unidos en particular, experimentó un período de crecimiento económico aunque “la característica definitoria del período no era ni el declive ni la moderación, sino la reestructuración” (Panitch y Gindin, 2013a, p. 276). Se consolidó en la década del 90 entonces, el proceso iniciado en los 80. Recapitulando lo anteriormente expuesto, este proceso como señalaron Panitch y Gindin involucró cuatro elementos centrales: un cambio en la relación entre la industria y las finanzas: una proporción mucho mayor de los beneficios empresariales totales iba ahora al sector financiero; la contracción y reestructuración de las industrias tradicionales producto de la deslocalización y fragmentación de los procesos productivos; el cambio hacia la producción industrial de alta tecnología y “el crecimiento de un variado conjunto de «servicios profesionales y empresariales» que abarcaban compañías consultoras, de asesoramiento legal, contabilidad, investigación de mercado, ingeniería, software de ordenadores y análisis de sistemas” (Panitch y Gindin, 2013a, p. 287).

Estos elementos se observan en los datos del período. Durante las presidencias de Clinton, el PBI tuvo un promedio de crecimiento anual de 3,9%[9]. Sin embargo, este aún no recomponía los niveles de los años 60 y el exponencial crecimiento del déficit comercial de 101 mil millones en 1990 a 436 mil millones en el 2000[10] empezaba a evidenciar las transformaciones en la producción. Este proceso de reestructuración y transformaciones en la producción a partir del avance de la internacionalización de la producción consustanció cambios en la composición de las clases sociales.

Respecto a la clase obrera norteamericana, amerita señalar algunos índices significativos. El desempleo se redujo durante la Administración Clinton, pasando de 7,3% en enero de 1993 a 3,9% en diciembre del 2000[11]. Esta caída del desempleo, sin embargo, fue acompañada de una mayor ocupación en el sector de servicios. El empleo manufacturero se mantuvo relativamente estable e inició una caída estrepitosa a partir del 2001 en el marco de la recesión económica y coincidiendo con el ingreso de China a la OMC:

Tabla 1. Trabajadores del sector manufacturero

Gráfico, Gráfico de líneas  Descripción generada automáticamente

Fuente: US. Bureau of Labor Statistics

Por su parte, los salarios reales no crecieron a la par del aumento de la productividad, recrudeciendo la explotación (Moody, 2012; Shaikh, 2011). Esto fue posible en el marco de la derrota de los procesos previos de resistencia. Como mencionamos, la ofensiva neoliberal impuso disciplina, la transformación de los procesos de trabajo y una mayor flexibilización laboral. Esto se tradujo en un debilitamiento y transformación del movimiento obrero, cada vez más fragmentado con un segmento mayoritario precarizado, desorganizado[12] y diverso.

Este proceso fue de la mano de, en palabras de Clinton, “the end welfare as we know it”. Las políticas de ajuste y la crisis del Estado de Bienestar tuvieron como contracara un fuerte proceso de endeudamiento de los hogares, desarrollándose el mal llamado proceso de “democratización financiera” con el acceso de sectores populares a financiamiento para adquirir viviendas, acceder a la educación superior, entre otros instrumentos de endeudamiento (Lapavitsas, 2013; Panitch y Gindin, 2013a). Las hipotecas subprime fueron una “típica herencia de Clinton” (Anderson, 2013).

En este sentido, es importante señalar el avance en la desregulación financiera durante la década del 90, encontrando un hito destacado en la derogación de la ley Glass-Steagall en 1999. La eliminación de esta ley del New Deal terminó con la separación entre la banca comercial y la de inversión. Esto posibilitó una mayor concentración en el sector (con un claro ejemplo en la conformación del Citigroup[13]) en el marco de la ya señalada gran expansión del sector financiero durante la década.

Estamos, por lo tanto, no sólo ante transformaciones en la composición de la clase obrera sino lógicamente, también de la burguesía. La deslocalización de capitales, el auge del sector financiero y el protagonismo de las nuevas high-tech, dieron lugar a una fractura por arriba[14]. Caracterizada de diversas maneras. aparece la distinción entre una fracción cuyo espacio de acumulación es mundial, “globalista”, y otra cuya reproducción está ligada al espacio nacional, “americanista” (Hirsch y Wissel, 2011; Merino, 2018; Piva, 2020)

Es decir, el proceso de reestructuración que tuvo como un eje fundamental la internacionalización productiva generó líneas de diferenciación al interior de la clase dominante: no todas las empresas se integraron en las cadenas globales de valor, no todas pudieron expandirse globalmente y, por el contrario, muchos capitales optaron por la deslocalización y/o fragmentación de los procesos productivos, pero al interior del territorio nacional. Estamos, por lo tanto, ante una fractura al interior de la clase dominante especialmente característica de esta fase de internacionalización productiva y ofensiva neoliberal. Se desenvuelve una combinación de atraso y desarrollo distinta a la que caracterizaba al fordismo-keynesianismo: se trata de una combinación que genera más y nuevas contradicciones entre dominación y acumulación a escala doméstica a internacional, producto de una dislocación de la relación entre Estado-capital (Piva, 2020).

Esta fractura en la clase dominante comenzó a hacerse visible en las discusiones sobre políticas de liberalización comercial y sus consecuencias para la acumulación a nivel doméstico. Allí se expresaron los intereses contradictorios de las fracciones: la fracción internacionalizada interesada en la ampliación de las políticas de libre comercio en búsqueda de mano de obra y recursos baratos, mientras que la fracción cuyo espacio es nacional resulta afectada por estas políticas ya que debido a su atraso se encuentra condiciones desventajosas para competir. En ese marco, se comprenden las cuantiosas campañas de lobby para la aprobación en el Congreso de políticas de liberalización comercial y las polémicas a nivel nacional que estas generaron a partir de los años 90[15]. La unidad política que había alcanzado Reagan tras su programa de ofensiva se empezó a resquebrajar expresándose cada vez más las diferencias en la clase dominante.

En síntesis, durante la década del 90 observamos una consolidación de la ofensiva neoliberal a escala global, permitiendo una mayor expansión del capital en esa escala. La deslocalización se afianzó en el marco institucional que cristalizó Estados Unidos con la ofensiva neoliberal, generando una profundización de la combinación y desigualdad a escala global. La internacionalización productiva, de la mano del crecimiento del sector financiero, a su vez, provocó cambios en la composición de clases a nivel doméstico. Aparece una nueva fractura en la clase dominante y cambios en la clase obrera con una mayor precarización, endeudamiento y caída del empleo manufacturero.

La reestructuración alcanzada tras la crisis del keynesianismo-fordismo, sin embargo, comenzó a mostrar sus límites a fines de la década del 90 y principios del siglo XXI. Estos límites se expresaron en las sucesivas crisis financieras desatadas en distintas partes del mundo, pero también en el creciente cuestionamiento al dominio imperial norteamericano: especialmente se destaca la explosión de la lucha popular en América Latina y los ataques terroristas del 11 de septiembre como “acto de violencia simbólica contra el poder imperial” (Panitch y Gindin, 2013, p. 443). A nivel doméstico, comenzaron a observarse procesos de reactivación de la movilización popular, evidenciados en la “Batalla de Seattle” ante la Ronda de la OMC en 1999[16], y empezaron a divisarse los efectos de la desregulación financiera con la explosión de la burbuja de las “puntocom”.

Bajo el gobierno neoconservador de Bush, no se resolvieron esos límites que ya se divisaban a fines de los 90, sino que su “estallido” se pospuso mediante su profundización. En otras palabras, tras la crisis de las “puntocom”, se desenvolvió un fuerte proceso de concentración de capitales sobre todo en el sector high-tech ante las sucesivas quiebras desatadas por la crisis (Blakeley, 2021). Sobre ese proceso, además, se montó desde los inicios del siglo XXI una expansión del sector con la masificación de internet, las innovaciones en materia de telecomunicaciones, los nuevos dispositivos móviles y el crecimiento de la informática. Esta expansión fue de la mano también de una mayor deslocalización: la entrada de China a la OMC generó una profundización de las tendencias anteriormente expuestas con el acceso a un vasto mercado y a mano de obra barata. En otras palabras, a nivel doméstico, se agudizó la fractura por arriba y por abajo.

La profundización de la internacionalización productiva fue acompañada de una creciente financiarización que permitió que la crisis de 2001 se posponga momentáneamente. Sin embargo, no fue por mucho tiempo: se estaba envolviendo a todo el mundo en la enorme financiación de las hipotecas y del crédito al consumo de Estados Unidos (Panitch y Gindin, 2013a, p. 450). La explosión de esa burbuja financiera fue aún más dramática desatando la crisis de 2008.

Crisis y fractura expuesta

La crisis de 2008[17] se manifestó como una de las crisis más importantes de la historia del capitalismo y, especialmente, de los Estados Unidos. Constituye una crisis estructural del neoliberalismo y desde entonces, si bien hubo signos de cierta recuperación, aún resulta débil y, por lo tanto, lo que predomina es un proceso de estancamiento (Kotz, 2018). En esta línea, se está lentamente configurando un mundo posneoliberal (Kejsefman, 2021; Piva, 2020) en el marco de una intensificación de la lucha social (Lippit, 2014).

Aquí nos interesa en particular abordar las consecuencias que tuvo la crisis en la composición de las clases y la relación de fuerzas. Al respecto, amerita señalar, por un lado, que, tras los rescates masivos a empresas, se profundizó el proceso de concentración y centralización de capitales. La fractura por arriba anteriormente mencionada se agudizó y se hizo más visible.

En ese proceso, crecieron los grandes exponentes del retail, Wal-Mart y Amazon, que junto con las grandes tecnológicas se desempeñan como las ganadoras de la época, en paralelo y en estrecha ligazón con el sector financiero (Blakeley, 2021). Resultan las protagonistas de esta fase de internacionalización productiva profundizada tras la integración (parcial) de China al mercado mundial a partir de su ingreso a la OMC.

En paralelo, encontramos a la fracción de la clase dominante cuyo espacio de acumulación es nacional afectada por el doble proceso de avance de la internacionalización productiva y crisis económica. El proceso de desindustrialización se agudizó tras la crisis de 2008 evidenciándose en ciudades como Detroit completamente abandonadas. La desigualdad y combinación de procesos se vuelve palpable: mientras aparecen polos tecnológicos en alza, viejos centros industriales se encuentran en decadencia. Observamos nuevamente la convivencia de “atraso” y “desarrollo”.

La crisis expuso y profundizó la fractura haciéndose visible con cambios en la dinámica política. La ruptura llevó a que se expandieran las prácticas vinculadas al lobby[18]. Por ejemplo, es posible observar el desarrollo de nuevas alianzas empresariales destinadas a intervenir ante distintas medidas o coyunturas. Aparecen con claridad las diferencias entre organizaciones como “American Made Coalition”, “Coalition for a Prosperous America” o “Alliance for American Manufacturing” como expresión de los sectores cuyo espacio de acumulación es nacional (algunos incluso con vínculo o participación de ciertos sindicatos) y “Global Business Alliance” del otro lado de la grieta como su nombre lo indica. Igualmente amerita aclarar que estas coaliciones o alianzas más o menos circunstanciales e institucionalizadas no quitan protagonismo a las asociaciones como Business Roundtable o US Chamber of Commerce centrales en materia de lobby y organización política empresarial, en muchos casos también impulsoras de alianzas momentáneas. Por su parte, la otra histórica asociación, la National Association of Manufacturers (NAM), sufrió a lo largo del siglo XXI procesos de discusión interna y divisiones entre industriales cuya producción es doméstica y grandes multinacionales, principalmente por diferencias sobre a la política a adoptar ante China (Liss, 2021).

En línea con esta ramificación y expansión de las prácticas y organización empresarial en torno al lobby, continuó creciendo exponencialmente el gasto en las campañas electorales[19], principalmente a partir de distintos fallos de la Corte Suprema que permitieron nuevos mecanismos para que las corporaciones aporten a las campañas de manera poco transparente o sin declararlos[20]. Las elecciones pasaron a ser cada vez más costosas básicamente porque había más cuestiones en juego: qué fracción iba a imponerse y, por ende, qué propuestas de salida y reconfiguración iban a desplegarse.

Como veremos en el capítulo 13, en las últimas contiendas electorales quedó manifestada la fractura por arriba[21]. Trump apoyado por los sectores “americanistas” con peso de la industria del carbón y del complejo sidero-metalúrgico, las industrias extractivas -principalmente petroleras-, el gran comercio minorista, el sector inmobiliario y de la construcción y las “empresas familiares” (Cooper, 2022; Merino, 2018; Post, 2017; Riley, 2021). Mientras que el Partido Demócrata contó con el apoyo de los sectores globalistas, principalmente de Wall Street, los gigantes tecnológicos de Silicon Valley y la industria del entretenimiento (Merino, 2018; Moody, 2022; Riley, 2021). Si bien los intereses inmediatos de las fracciones aparecen de manera clara ante debates sobre liberalización comercial, derechos de propiedad intelectual, acceso a mercados o recursos naturales, política migratoria o debates impositivos, no hay claridad política sobre qué orientación imponer en el mediano plazo: “Ninguna de estas coaliciones capitalistas de clase está proponiendo un proyecto de acumulación renovado” (Riley, 2021). Es decir, en el marco de la ausencia de un proceso de reestructuración tras las crisis de 2008, no hay aún panorama sobre cuál será la reorientación y reconfiguración de la dominación y acumulación a escala doméstica e imperial. Esto explica los vaivenes de la política norteamericana de los últimos años y la acumulación de contradicciones, en los cuales la fractura y desorientación por arriba se conjugan con procesos de movilización y transformación por abajo.

En este sentido, es importante señalar, a su vez, que la crisis lógicamente también tuvo su impacto en la clase obrera. Con la crisis se profundizó el proceso de desindustrialización que tuvo un gran impulso tras el ingreso de China a la OMC, observándose una caída del empleo manufacturero, el cierre de fábricas, el abandono de polos industriales principalmente del Rust belt (Rosenberg y Boyle, 2019). Proceso de por sí multicausal, en el cual no sólo la(s) crisis y el impacto de la apertura de China fueron determinantes para explicar la pérdida de puestos de trabajo manufactureros. Es importante dimensionar también el aumento de la productividad, la intensificación del trabajo, la incorporación de tecnología y la falta de una resistencia por parte de la dirigencia sindical ante estos avances por parte de los empresarios (Moody, 2020). Como venimos señalando, la pérdida de puestos de trabajo manufacturero y el proceso de desindustrialización en general constituyen un fenómeno propio de la internacionalización productiva y la ofensiva neoliberal.

En esta línea, el proceso de deslocalización, centralización y concentración de capitales desde los 80 produjo condiciones para nuevo proceso de reorganización geográfico que en Estados Unidos se consustanció en la existencia de nuevas aglomeraciones logísticas en áreas urbanas configurando nuevo terreno de la lucha de clases (Moody, 2017). Adquirieron cada vez más importancia en ese marco, los trabajadores del transporte y logística y sobre esa base se entiende la centralidad, por ejemplo, del proceso de sindicalización reciente de los trabajadores de Amazon.

A su vez, tras la crisis de 2008, se profundizó la precarización y flexibilización laboral y creció la ocupación en el sector de servicios y en trabajos de reproducción social[22]. Este proceso que tiene sus raíces en las transformaciones que describimos a partir del ascenso de la ofensiva neoliberal, trajo aparejado un cambio cada vez más visible en la composición étnica-racial y de género de la clase (siendo cada vez más diversa: con más presencia de mujeres, latinos y afroamericanos) y un fuerte aumento de la desigualdad social (Moody, 2017).

En el marco de estas transformaciones estructurales, se desenvolvieron nuevas características en las condiciones y desarrollo de la lucha social. Entre estas encontramos las protestas asociadas a los reclamos contra la desigualdad y los efectos de la crisis condensados en el movimiento Occupy Wall Street, así como también la reactivación de los reclamos antirracistas expresados en el masivo ciclo de protesta conocido como Black Lives Matter. A la vez, en consonancia con procesos a escala global, se observa un resurgimiento del movimiento feminista en los Estados Unidos.

Todos estos movimientos potenciaron nuevas demandas y una revitalización del sindicalismo de base con la conquista de nuevos sindicatos y una nueva oleada de huelgas en los últimos años, especialmente profundizadas en el marco de la pandemia (Moody, 2022). En esa línea, y en consonancia con los cambios en la composición étnico-racial de la clase, encontramos una mayor proporción de sindicalización de mujeres, migrantes y afroamericanos. Principalmente resulta significativo el crecimiento de los trabajadores latinos (Moody y Post, 2015).

En este sentido, la clase obrera blanca y masculina, bien paga, está en retroceso como tal: ese segmento primario dependiente disminuyó en proporción e importancia. Creció significativamente el sector secundario, más precarizado y afectado por la dinámica que imprime la creciente ola migratoria que profundiza la competencia en el mercado de trabajo presionando para más puestos de trabajo precarios y mal pagos en los sectores no industriales (Aglietta, 2001).

Tras la crisis de 2008, entonces, observamos cada vez con más claridad una fractura expuesta en Estados Unidos. Una clase dominante dividida, una creciente polarización política con nuevos fenómenos de derecha, pero también con el crecimiento de la izquierda de la mano de un ascenso de la protesta social. El “neoliberalismo progresista” que buscaba reimponer Obama, continuando el legado de Clinton, se encontró con límites concretos, entre los cuales encontramos el rechazo a nivel doméstico del Acuerdo Trans-Pacífico (TPP), como veremos principalmente en los capítulos 10, 11 y 12. La fracción globalista tuvo cada vez más dificultades para imponer su proyecto de mayor liberalización comercial. A la vez que, el ascenso de una figura como Trump no pudo tampoco consolidar una estrategia para la fracción cuyo espacio de acumulación es nacional, en gran parte por la dificultad de revertir el proceso de internacionalización productiva, por más retórica proteccionista que se adopte contra el ascenso desafiante de China. El retorno actual de los demócratas al poder, tras la polémica salida de Trump, tampoco logra superar el impasse, sino que se encuentra con más dificultades ante las consecuencias de la pandemia.

La inestabilidad y desorientación se hace cada vez más palpable, en tanto se agudizan las contradicciones. Estados Unidos se encuentra con límites para imponer su dominación imperialista, los cuales van de la mano de los problemas para garantizar la dominación a nivel doméstico. La pandemia agudizó estas tensiones aún irresueltas y aceleró el proceso de reactivación de la protesta social. Estamos en un interregno que abrió la crisis del neoliberalismo, con aún poca claridad sobre qué es lo que vendrá.

Dominación doméstica e imperialista en el neoliberalismo

En lo expuesto hasta aquí aparecen dilucidados elementos sobre la relación de mutua determinación entre la dominación doméstica e imperialista en los cuales amerita detenerse.

El fordismo-keynesianismo incluyó la llamada “Pax Americana”, el poderío estadounidense a nivel internacional asentado sobre el dominio militar, el dólar y el conjunto de las organismos internacionales creados tras el acuerdo de Bretton Woods (Bowles et al., 1989). La dominación imperialista estadounidense durante este período estaba basada en estos pilares en el contexto de la Guerra Fría y fue justamente en el marco de esa competencia con la URSS que Estados Unidos logró imponerse como principal potencia capitalista, subordinando a los países europeos tras la destrucción que implicó la Segunda Guerra Mundial.

Ahora bien, esas relaciones de fuerza a nivel internacional fueron cambiando a la luz del ascenso de procesos de movilización social simultáneamente en varios países durante los años 60 y 70 que pusieron en tela de juicio el dominio imperialista en un contexto aún de Guerra Fría. Esto llevó a que Estados Unidos interviniera directa o indirectamente, como, por ejemplo, en las dictaduras latinoamericanas. Sin embargo, estas intervenciones en el llamado “Tercer Mundo” generaron tensiones políticas a nivel doméstico y consecuencias económicas para los Estados Unidos. Especialmente con las intervenciones que no fueron exitosas, como lo fue la derrota en Vietnam que no sólo erosionó el poderío norteamericano, sino que también conllevó un gasto militar cuantioso. Estos fenómenos se conjugaron con la intensificación de la competencia a nivel internacional, el deterioro de los términos de intercambio y con el aumento del petróleo impulsado por los países de la OPEP, todos fenómenos que confluyeron en una crisis de magnitud y derivaron en la caída de Bretton Woods (Aglietta, 2009; Bowles et al., 1989).

Estos elementos, como decíamos, se enlazaron con una serie de fenómenos a nivel doméstico. En este plano, la crisis involucró no sólo el llamado “síndrome de Vietnam” con las populosas movilizaciones contra la guerra, sino también el auge del movimiento de derechos civiles, feminista y disidente, conjugado a su vez con un alza de la actividad huelguística por parte de los trabajadores (Bowles et al., 1989; A. Brenner et al., 2010; Gordon et al., 1986; Moody, 1997; Panitch y Gindin, 2013a). Entró en crisis el denominado acuerdo entre capital-trabajo, poniéndose de manifiesto la exclusión de vastos sectores. El fordismo así se encontró con un claro límite: la caída de la tasa de ganancia (Bowles et al., 1986; Duménil y Lévy, 2007) de la mano de un ascenso de la lucha obrera y la caída de la productividad. En este marco, se desenvolvió a su vez una crisis de legitimidad del Estado sustanciada en el escándalo de Watergate, pero que no estaba aislada de este contexto generalizado de cuestionamiento al poderío norteamericano a nivel doméstico e imperial.

Con claridad aparece en la década del 70, la conexión interna entre ambos niveles de la dominación. La crisis abarca ambos planos que se determinan mutuamente: las dificultades y debilidades en un nivel agudizan los problemas en el otro y viceversa. Esto, aunque parezca obvio remite a que se trata del mismo Estado, los mismos recursos y aparato, la misma imbricación con el proceso de acumulación a escala global.

El ascenso de la lucha de clases, la crisis económica y política que pusieron en evidencia las contradicciones del keynesianismo-fordismo tuvo como primera respuesta, caótica y desorganizada la deslocalización de la producción, especialmente encabezada por las empresas multinacionales. Con la desarticulación del Estado de Bienestar y el conjunto de la ofensiva neoliberal sobre el trabajo se coordinó desde los estados esa descentralización territorial de los procesos productivos (Harvey, 2015), y así comenzó a configurarse una nueva división internacional del trabajo (Fröbel et al., 1980; Gereffi, 2009). La búsqueda de reservas de mano de obra barata fue un motor fundamental de este proceso que devino en una degradación de las condiciones de trabajo y un aumento de la tasa de explotación.

La ofensiva neoliberal se presenta, como venimos exponiendo, como modo de dominación política ligada a esta fase de la internacionalización productiva. Esta ofensiva tuvo a Estados Unidos como articulador en tanto principal potencia imperialista. La reorganización de la dominación doméstica e imperial se asentó sobre la intensificación de la competencia y mecanismos de represión de demandas mediante coerción económica con el disciplinamiento monetario y la apertura comercial como formas de subordinación política de los trabajadores (Piva, 2020).

La coordinación de facto que significó el neoliberalismo dando un marco de unidad a la intervención de los Estados, adoptó primero una dinámica conservadora, con el reaganismo a la cabeza. La política de Reagan, como advertimos, implicó no sólo una organización de la ofensiva contra los trabajadores estadounidenses, sino también del resto del mundo, buscando imponer una nueva relación de fuerzas a escala global. Esto incluyó una política exterior que involucró no sólo una redefinición del papel del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional sino también un “keynesianismo militar” que se inscribía en la búsqueda de reestablecer el dominio imperial cuestionado en las décadas anteriores a partir de una profundización del enfrentamiento con una Unión Soviética en declive.

En ese marco, la internacionalización de la producción[23] tuvo un impulso decisivo tras la caída de la URSS dando paso a un salto en la mundialización de la economía (Astarita, 2004; Hirsch, 1996; Hobsbawm, 2008; W. I. Robinson, 1996; J. C. Smith, 2016). Esta expansión geográfica del capitalismo hacia oriente -limitada previamente por la existencia de regímenes pro-soviéticos- posibilitó al capital recomponer su tasa de ganancia tras la crisis desatada en los años 70 y cambiar la relación de fuerzas a nivel internacional. La caída del bloque soviético generó un impacto en los movimientos populares en el mundo y vemos entonces la unidad del proceso: la internacionalización productiva vinculada a la ofensiva neoliberal en la búsqueda de recomponer el poder de clase, subordinando al trabajo con una reconstrucción de la dominación a nivel doméstico e imperial.

Esta reconfiguración aparece ya asentada en los años 90. A partir de la caída del muro, con una nueva relación de fuerzas a nivel internacional, Estados Unidos logró imponer el Consenso de Washington como una coordinación que cristalizaba nuevas condiciones “estables” para la reproducción de capital y una reorganización del sistema de dominación imperialista, de las jerarquías en el sistema internacional de Estados, bajo la primacía norteamericana. Esto supuso un momento de unilateralismo en el escenario internacional que implicó para Estados Unidos atender varios aspectos a la vez y asumir una serie de nuevas contradicciones.

Ahora bien, no debe olvidarse que este proceso de reconfiguración de la dominación, expansión del capital norteamericano e internacionalización de la producción fue también acompañado de intervenciones militares abiertas como lo fue la invasión a Irak en 1991 o la guerra en Yugoslavia, a la vez que durante la presidencia de Clinton se fortaleció y amplió la OTAN. Como señaló Perry Anderson (2014), la expansión de la influencia política y económica de Estados Unidos no implicó una contracción de su alcance militar. El rol fundamental de Estados Unidos como comandante de la globalización y principal potencia imperialista se evidencia también en su rol de gendarme a nivel internacional. En este aspecto, es importante señalar que no sólo la centralidad de la FED, la supremacía del dólar, Wall Street y el predominio en los organismos internacionales explican el papel dominante de Estados Unidos. Éstas se conjugan con un importante gasto militar, su estructura de bases militares en la mayoría de los países, su capacidad de intervención y rescate de una crisis revolucionaria en cualquier parte del mundo (Katz, 2011).

El conjunto de esta reconfiguración de la dominación imperialista permitió y fue de la mano de una consolidación de la ofensiva neoliberal a nivel doméstico. De allí que, como vimos, la expansión de los tratados de libre comercio en los años 90 como políticas fundamentales de la ofensiva neoliberal a escala global, constituyan también mecanismos de disciplinamiento de la mano de obra norteamericana en tanto promueven una competencia con fuerza de trabajo más barata de otras partes del mundo en el marco de la profundización de la deslocalización.

Quien encabezó este momento de consolidación de la ofensiva neoliberal a nivel doméstico e imperialista fue el propio Partido Demócrata que asumió ese programa. Durante la década del 90, la presidencia de Clinton y su “Tercera vía” implicó un giro político desarrollándose una creciente división interna en partido y la constitución y predominio de los “New Democrats” como momento político-estatal de consolidación de una fracción internacionalizada de la burguesía. El desarrollo del “neoliberalismo progresista” (Fraser, 2019) como intento de generar consenso a partir de reconocer demandas de movimientos feministas, LGBT, ambientalistas, con el discurso del “multiculturalismo” y la expansión de libertades individuales fue de la mano de la ofensiva sobre el trabajo, generando nuevas tensiones en la base y tradición del Partido Demócrata.

Como anteriormente señalamos, sin embargo, a fines de los 90 y principios del siglo XXI empezó a resquebrajarse la ofensiva neoliberal ante cambiantes relaciones de fuerza tanto a nivel internacional como a nivel doméstico que se conjugaron con el desarrollo de crisis financieras en varios países (la Asiática de 1997-98, Argentina, Brasil, Rusia, Turquía) y la explosión de la burbuja de las “puntocom” en el 2000-1, evidenciando la inestabilidad que generaba la desregulación y expansión financiera. Estas crisis a su vez, requerían de la intervención de Estados Unidos rescatando y actuando como “jefe de bomberos” (Panitch y Gindin, 2013a), cuestión que resultaba cada vez más costosa para el Estado.

Estas crisis se enlazaban con el ciclo de protestas en América Latina y los atentados del 11 de septiembre, inaugurando con el gobierno de Bush la “guerra contra el terrorismo” que sirvió, en un primer momento, para reorganizar a potencias aliadas y como una política de “unidad nacional” en el marco de una paranoia generalizada, la cual fue de la mano de una militarización interna (Katz, 2011). Aparece momentáneamente una consonancia entre los intentos de reestablecer el dominio imperialista cuestionado y afrontar el descontento interno mediante una política belicista. En palabras de Brenner (2007) parecían resolverse los problemas de política nacional e internacional en un solo golpe.

Sin embargo, en el corto plazo las críticas al gobierno no tardaron en llegar: se hicieron visibles los efectos de la guerra en la población y comenzaron a desarrollarse movilizaciones pacifistas, todas cuestiones que degradaron la figura de Bush que respondía enviando aún más tropas (Pozzi y Nigra, 2009). Estos límites, a su vez, se conjugaron con divergentes posiciones al interior de la clase dominante respecto a la “guerra contra el terrorismo”. La fracción americanista, con fuerte presencia de la industria militar y de defensa, impulsaba bajo el gobierno neoconservador de Bush una política más agresiva y unilateral promoviendo la invasión a Irak, mientras que la fracción globalista aspiraba a una política de coordinación con aliados para lograr una estabilización (Bieler y Morton, 2018).

Finalmente, con la crisis de 2008 se puso de manifiesto las dificultades de Estados Unidos para coordinar respuestas a nivel internacional mediante los mecanismos de disciplinamiento monetario característicos del neoliberalismo (Piva, 2020). La llegada de Obama al gobierno, intentando recomponer el “neoliberalismo progresista” se encontró con distintos problemas.

A nivel doméstico, como advertimos en el anterior apartado, se profundizaron en el marco de la crisis la fractura por arriba y por abajo, a la vez que se empezó a gestar un nuevo ciclo de protesta en el marco del movimiento Occupy Wall Street, y posteriormente con Black Lives Matter mostrando los límites del primer presidente negro para atender a las demandas antirracistas. Simultáneamente, comenzó a desplegarse una reacción conservadora y supremacista con el movimiento Tea Party que luego encontraría cauce en la figura de Trump (Fletcher Jr, 2022).

A nivel internacional, Obama mantuvo la política belicista y abandonó sus promesas de moderar la agresividad (Katz, 2011). Se profundizaron así los efectos de la guerra en la sociedad norteamericana en un marco en el cual comenzaron a divisarse límites también a nivel militar con intervenciones poco fructíferas en Medio Oriente. A esto se le sumó posteriormente, el desarrollo de la “primavera árabe” y varias movilizaciones sociales a nivel mundial ante las consecuencias de la crisis internacional. En ese cuadro, con crisis políticas recurrentes en distintas partes del mundo y un ascenso de la protesta social, la descoordinación y las dificultades del neoliberalismo como sutura política se hicieron más visibles.

A la vez, el desafiante ascenso de China empezaba a alertar a Estados Unidos y el gobierno de Obama impulsó el “pívot asiático” reorientando su política exterior. Esto implicaba no sólo otorgarle mayor predominio militar a la zona sino también el desarrollo del Acuerdo Trans-Pacífico con el objetivo de aislar económicamente a China. Sin embargo, esta política de libre comercio avivaba las críticas al interior de Estados Unidos sobre los efectos de la internacionalización productiva en el marco de la profundización de la fractura por arriba y por abajo.

Todo este panorama pone en evidencia una crisis de dominación imperialista que está íntimamente conectada con los límites que padece la dominación a nivel doméstica. Las necesidades de la acumulación y la dominación en estos dos planos resultan contradictorias y se expresan en una serie de vaivenes y problemas que se determinan mutuamente. Estamos ante un nuevo contexto de incertidumbre e inestabilidad en el cual los intentos por atender los desafíos a nivel doméstico afectan a las necesidades del dominio imperialista y viceversa.

En este contexto histórico general se encuadran los dos casos que analizamos en la presente tesis. Ambos resultaron hitos de este proceso. El ingreso de China a la OMC, como mencionamos, constituyó un punto fundamental de esta fase de la internacionalización productiva, generando cambios sustanciales en la economía mundial y también en la dinámica política y económica específicamente estadounidense. Por su parte, el intento de armado del Acuerdo Trans-Pacífico, como veremos, implicaba una nueva política exterior de cara al ascenso de China. El fracaso de la política de aislamiento pone en evidencia otras relaciones de fuerza a nivel doméstico e internacional, y las dificultades que atraviesa Estados Unidos cuya dominación en ambos planos aparece debilitada.


  1. Amerita señalar que el propio Trotsky (1933) analizó en la década del 30 el desarrollo de Estados Unidos señalando su carácter desigual y combinado. Al respecto sostuvo que se trataba de una combinación de otro tipo, pensada a partir de los efectos de la colonización y la esclavitud, enfatizando en las características del campo. En base a esto, consideró que la combinación se expresaba en el atraso en la conciencia de la clase trabajadora norteamericana y la ideología de todas las clases sociales.
    Estas apreciaciones aparecen en una transcripción de una reunión política centrada en la polémica con el stalinismo y el papel del Partido Comunista estadounidense. Se trata de un intercambio en el cual Trotsky expresó inquietudes y comentarios sobre un documento, por lo tanto, no es posible observar una caracterización acabada ni rigurosa en estas actas de discusión. Sin embargo, encontramos dos concepciones interesantes para pensar Estados Unidos: la existencia de una “combinación de otro tipo” que nos permite indagar en las especificidades de la combinación en los países centrales y, por otro lado, la afirmación de cómo “en ciertos períodos esta desigualdad favoreció a Estados Unidos; ahora comienza a resultarle desfavorable”. Esto habilita abordar los momentos y procesos históricos en los cuales la desigualdad y combinación logran articularse en los países centrales, siendo favorables para la acumulación, y cuándo sus contradicciones generan crisis específicas.
  2. El reconocimiento formal de los sindicatos no implicaba una situación de pasividad de la burguesía para con los trabajadores, aunque sí una actitud más defensiva. Como señala Moody: “el capital desarrolló estrategias antisindicales durante e inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, entre otras cosas el traslado de instalaciones de las áreas urbanas muy sindicalizadas hacia lugares más rurales en el Sur; la aprobación de la ley Taft-Hartley (que limitaba severamente las acciones sindicales) en 1947; el uso calculado del macartismo y el anticomunismo en general; los ataques abiertos contra el poder sindical en el lugar de trabajo en General Electric y en US Steel en la década de 1950, y en el automóvil, líneas aéreas, transporte por carretera y otros sectores en la de 1960; y una actitud generalmente intransigente en las negociaciones que provocó incesantes huelgas durante todo el periodo de vigencia del supuesto «bloque social». Para entender el comportamiento del capital estadounidense en el mundo de hoy es necesario comprender su actitud hacia los trabajadores en aquellos tiempos supuestamente dorados. Depredadores entonces, depredadores ahora. La diferencia es que entonces el capital estaba todavía a la defensiva tras la tremenda agitación del mundo del trabajo durante las décadas de 1930 y 1940 y frente a la creciente competencia ideológica y militar de la Unión Soviética. Con otras palabras, las limitaciones domésticas y globales eran mayores” (Moody, 2004, p. 151).
  3. Se desarrolló, en consonancia, un proceso de integración y burocratización de los sindicatos estadounidenses de la mano de una profundización del vínculo con el Partido Demócrata. Para un análisis sobre este proceso véase Moody (1988) y Davis (2005).
  4. Al respecto son ilustrativas las palabras de Richard Lesher, presidente de la Cámara de Comercio: “In my position, I am exposed to literally thousands of businessmen from all parts of the nation, from all industrial sectors and from all sizes of companies. I must report to you that there is more fear, genuine fear and concern about the survival of our system today, than any time in my memory…I said earlier, ‘There are many people in this country who are against capitalism.’ The word itself has negative connotations in many circles—as does the word, ‘profit.’”. Lesher, R. (1975). “Can capitalism survive?”, Vital Speeches of the Day, 41(23): 731–734. Recuperado de: Volscho (2017, p. 255).
  5. Exceden al presente trabajo las discusiones sobre el carácter de la financiarización. Véase al respecto los trabajos de Chesnais (2016), Duménil y Lévy (2004b) y Lapavitsas (2013).
  6. “El impacto sobre la condición de la fuerza de trabajo en general fue espectacular; quizá el mejor ejemplo de la nueva situación lo condensa el hecho de que el salario mínimo federal, que se mantenía parejo con el nivel de pobreza en 1 980, había caído un 30 por 100 por debajo de ese nivel en 1990. El prolongado descenso en los niveles del salario real comenzó entonces en serio” (Harvey, 2015, p. 31).
  7. Fuente: US Bureau of Labor Statistics.
  8. Sin embargo, con el NAFTA especialmente, empezaron a evidenciarse procesos de resistencia tanto en México con la irrupción del zapatismo como en Estados Unidos con sindicatos y ecologistas rechazando el acuerdo de libre comercio.
  9. Fuente: US Bureau of Economic Analysis.
  10. Fuente: Census Bureau.
  11. Fuente: US Bureau of Labor Statistics.
  12. La tasa de sindicalización continuó su tendencia a la baja en toda la década con 16% en 1990 llegando a 13,4% en 2000. Fuente: US Bureau of Labor Statistics.
  13. Al respecto, resulta paradigmático que el propio Secretario del Tesoro, Robert Rubin, tras organizar la derogación de la ley Glass-Steagall fue uno de los primeros en beneficiarse de ella: se convirtió en co-presidente del Citigroup, resultante de la fusión del antiguo banco comercial Citicorp con el fondo de inversiones Travelers (Anderson, 2013; Pollin, 2000).
  14. Esta mirada se distancia de las perspectivas que sostienen la construcción de una clase transnacional a partir del avance de la globalización en general y las empresas multinacionales en particular (Carroll, 2009; Robinson, 1996; Sklair, 2000, 2016; Staples, 2012). Los trabajos enmarcados en esta perspectiva suelen emplear análisis de redes para poder dar cuenta de la existencia de esta clase transnacional y cómo la unidad y cohesión de la clase dominante tiene raíces estructurales a escala internacional. Este tipo de análisis ha generado una serie de discusiones respecto a los supuestos teóricos allí contenidos, vinculados al papel del Estado y la concepción de clase dominante (Meiksins Wood, 2003; Panitch y Gindin, 2013a). Coincidiendo con estas críticas, apuntamos que, no sólo se pierde de vista la ligazón de las empresas multinacionales con su base en un determinado estado-nación, sino que tampoco se observa la persistencia de una fracción cuyo espacio de acumulación es nacional. Por lo tanto, se obnubila el análisis y no es posible ahondar en las específicas contradicciones que la internacionalización productiva genera en la composición de las clases y su vínculo con el Estado.
  15. Los casos analizados en esta tesis se inscriben en este marco general. Se analiza en detalle en los capítulos 6, 7, 11 y 12.
  16. Este proceso es analizado en el capítulo 5 de la tesis.
  17. Queda por fuera del presente trabajo un análisis sobre las interpretaciones de la crisis. Para ello se recomienda la reseña de Katz (2012) y los trabajos de Roberts (2016), Kotz (2015), Harvey (2012a) y Panitch y Gindin (2013a).
  18. En los capítulos 6 y 11 abordamos en profundidad el problema del lobby, a partir del análisis de los casos de la presente tesis.
  19. Los datos sobre los crecientes gastos en materia de campaña electoral pueden consultarse en el sitio web del reconocido Center for Responsive Politics: https://www.opensecrets.org/elections-overview/cost-of-election
  20. Los principales fallos fueron Citizens United v. Federal Election Commission y SpeechNow.org v. Federal Election Commission. Pueden consultarse las distintas modificaciones a las regulaciones sobre financiamiento electoral por medio de fallos judiciales en el sitio web del Center for Responsive Politics: https://www.opensecrets.org/resources/learn/timeline Las reformas tendieron principalmente a “empujar” a que el dinero fluya por fuera del sistema de regulación y a la descentralización de las campañas electorales (La Raja, 2008).
  21. Estas transformaciones a nivel político son visibles geográficamente en estados que tuvieron virajes en su tradicional signo político: se configuró en los últimos años una nueva división de cuáles serían los “estados republicanos” y los “estados demócratas” (Grumbach et al., 2021).
  22. Los trabajadores del sector público sufrieron especialmente, tras la crisis del 2008, una serie de ataques a sus condiciones de trabajo (Moody y Post, 2015).
  23. Esta nueva fase de internacionalización del capital generó una profundización del desarrollo desigual y combinado (Piva, 2020). La deslocalización y fragmentación de los procesos productivos y la mayor movilidad de los capitales agudizó esa heterogeneidad y combinación de elementos en distintos espacios nacionales -tanto periféricos como centrales- y las divergencias entre los mismos. El caso de China es quizás de los más paradigmáticos en este sentido (Rolf, 2021), pero también afectó, como vimos en los apartados anteriores al propio Estados Unidos. Estamos, por lo tanto, ante una configuración territorial más compleja que no anula sino acumula contradicciones.


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