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2 Marco teórico

Este capítulo tiene por objetivo enmarcar el desarrollo de la tesis en una serie de debates y planteos teóricos. Ordenamos la exposición en cuatro apartados. Primero, presentamos un breve abordaje crítico de las teorías mainstream de las Relaciones Internacionales. Explicitados los problemas teórico-metodológicos de estas corrientes, buscamos sintetizar ciertos aspectos nodales para una teoría marxista del Estado y luego su inscripción en una conceptualización de lo internacional y el imperialismo. Por último, sistematizamos una lectura crítica de la perspectiva de Leo Panitch y Sam Gindin que resulta fundamental para dar cuenta de la especificidad norteamericana, principalmente analizando las tradiciones que retoman y la concepción que proponen sobre la autonomía relativa del Estado.

Un análisis crítico de las teorías de las Relaciones Internacionales

Como expusimos en la introducción, las dos grandes tradiciones de las Relaciones Internacionales son la realista y la liberal. La escuela realista (Carr, 1989; Morgenthau, 1978; Niebuhr, 1946; Schwarzenberger, 1964) tiene su basamento en la filosofía contractualista de Hobbes y concibe el entramado internacional como un conglomerado de Estados aislados que pelean por su supervivencia y por incrementar su poder. En este sentido, se analizan los vínculos entre naciones desde el conflicto, rechazando la idea de armonía y concibiendo al mundo como anárquico. En esta tradición, el Estado es la unidad de análisis predilecta entendido como un actor racional orientado a la búsqueda de poder en el escenario internacional. Se parte de una escisión entre la política nacional e internacional: el Estado aparece como una “caja negra” y un elemento dado de la realidad, desplazando el estudio del vínculo con la sociedad civil.

La otra corriente clásica de las relaciones internacionales es el liberalismo con referentes como A. Hobson, N. Angell, W. Wilson, y A. Zimmern, entre otros. Su base teórica se remonta a la filosofía kantiana y, en este sentido, esta escuela hace hincapié en la tendencia a la prosperidad, la paz y el progreso en el estudio de los vínculos entre países. Sostiene que prima el principio de evolución hacia la libertad y la cooperación internacional por sobre el conflicto.

Ambas escuelas clásicas a lo largo del siglo XX han tenido debates y diálogos entre sus exponentes. En las últimas décadas han profundizado en los acuerdos, matizándose ambas en “neorrealistas” y “neoliberales” (Keohane, 1990). Han logrado acordar conceptualizaciones relevantes en lo que respecta a la categoría de régimen internacional canonizada en los años 80′ (Krasner, 1983) y al desarrollo de las teorías sobre la integración europea (Keohane y Hoffmann, 1991; Moravcsik, 1991). Se elaboraron también nuevos planteos metodológicos que combinan ambas perspectivas pero en distintos planos: a partir de esquemas de juego de doble nivel explican la interrelación entre lo doméstico predominando una mirada liberal y lo internacional desde una concepción de poder heredera del realismo (Moravcsik, 1993; Putnam, 1993).

Los esfuerzos de síntesis, a su vez, se han consustanciado en los esbozos de la corriente del “realismo estructural (Buzan et al., 1993; Gilpin, 1981; K. Waltz, 1988). Esta teoría retoma el carácter racional del Estado y su rol fundamental como actor en la escena internacional. Contempla sus intereses en función de la perpetuación del poder, pero, a diferencia de las corrientes anteriores, plantea la necesidad de fragmentar el concepto, atendiendo a diversos tipos de poder con el fin de comprender las distintas estructuras y sus transformaciones. Esta vertiente estructuralista apunta a un análisis de tipo sistémico partiendo del estudio de la estructura internacional, que les impondría a los Estados el comportamiento a seguir.

El constructivismo, por su parte, también surge en el contexto de debate entre el neorrealismo y el neoliberalismo. Esta corriente, desde una visión voluntarista, se funda en la idea de la interacción y determinación mutua entre agentes y estructuras a partir de la cual analiza las relaciones que se establecen con los sistemas de Estados. Esta constitución y estructuración común posibilita percibir la construcción social de la política estatal (Wendt, 1992).

En el marco de estas grandes corrientes teóricas y sus debates dentro del campo de las Relaciones Internacionales, se encuadran también dos “subdisciplinas” o ramificaciones. Por un lado, el Análisis de Política Exterior y, por otro, la Economía Política Internacional. En el caso de la primera, la preocupación por la relación entre los factores externos e internos fue abordada desde distintas perspectivas. Entre las pioneras se encuentran, por un lado, la denominada Comparative Foreign Policy (Rosenau, 1966, 1968) focalizada en delimitar factores con el objetivo de desenvolver un análisis comparativo. En este sentido, construyó tipologías para dar cuenta de las diferencias entre los Estados (según su tamaño, desarrollo y apertura) y variables para analizar la política exterior (individual, de rol, gubernamental, societal y sistémica). A su vez, propuso para el específico análisis de la formulación de la política exterior un modelo determinado por tres etapas que engloban las llamadas variables independientes, intervinientes y dependientes. Por su parte, la vertiente conocida como Foreign Policy Decision Making (Snyder et al., 2003), como su nombre lo indica, estableció un esquema de análisis del proceso de toma de decisión por parte de agentes estatales. Bajo esta mirada, adquirió más centralidad la formulación de la política exterior que sus resultados, y el Estado y sus agentes que la interacción con el sistema internacional. En tercer lugar, encontramos la perspectiva de Foreign Policy Context (Sprout y Sprout, 1957) basada en la importancia del contexto y cómo éste es percibido por los funcionarios a la hora de elaborar la política exterior. La visión de los individuos sobre el medio aparece en primer plano para explicar el proceso de toma de decisiones.

Posteriormente, y en el marco de los debates entre estas miradas, adquirieron relevancia modelos más elaborados. Por un lado, la ya mencionada propuesta de análisis de doble nivel de Putnam (1993) en el cual se analiza tanto cómo los grupos de interés presionan a nivel nacional a la vez que el gobierno interviene en y se ve influido por el sistema internacional. El Estado en ese marco actúa buscando maximizar beneficios. Por otra parte, encontramos el enfoque de los procesos organizacionales de Allison (1988) que incluyó el papel de las burocracias para dar cuenta del proceso de toma de decisiones respecto a la política exterior, desagregando la unidad del propio Estado e identificando distintos modelos de comportamiento burocrático. El conjunto de estas perspectivas del Análisis de la Política Exterior poseen una impronta propia del individualismo metodológico evidenciado en el afán por entender la formulación de la política exterior a partir del comportamiento subjetivo de actores diversos (Míguez, 2020).

Por otra parte, encontramos la Economía Política Internacional que busca abordar otra dimensión de la dinámica internacional: sus aspectos económicos. En su tradición norteamericana y arraigados en las discusiones entre neorrealistas y neoliberales, se encuentran los trabajos que focalizan en la importancia de la estabilidad hegemónica (Gilpin, 1981; Kindleberger, 1981; Krasner, 1976) y quienes refuerzan las nociones de interdependencia económica y cooperación a través de los organismos internacionales (Keohane y Nye, 2012). En estos planteos, economía y política aparecen como variables que se determinan mutuamente y, más allá de las diferentes aproximaciones, están focalizados en la justificación y búsqueda de mantener el poder norteamericano (Tussie, 2015). Por eso, se desarrollaron en otros países[1], especialmente en Gran Bretaña[2], perspectivas críticas de estas vertientes, entre las cuales se destacan los planteos de poder estructural de Strange (1987, 2004) y los neogramscianos de Cox (2013).

El desarrollo de estos “subcampos” dentro de las Relaciones Internacionales pone en evidencia los problemas teórico-metodológicos propios de la disciplina: la dicotomización entre interno y externo, política y economía, agentes y estructura, sociedad civil y Estados. Si bien se busca establecer la relación entre éstos y sus determinaciones, predomina una mirada de exterioridad. La propia existencia de los análisis de la dinámica doméstica y económica de manera escindida o subordinada muestra la ausencia de una perspectiva de totalidad y refleja las premisas sobre las cuales se concibe al Estado. Desde una crítica marxista, el conjunto de las teorías dominantes en el campo de las relaciones internacionales parte de una serie de concepciones fetichistas del Estado. La tradición realista toma al Estado como un elemento dado, un agente central cuya naturaleza paradójicamente no es analizada. Aparece determinado por las relaciones de poder internacional siendo la búsqueda de poder la que explica su accionar. En contraste, las vertientes liberales realizan el camino contrario al sostener que son los individuos quienes determinan la actuación del Estado y condicionan su comportamiento en el sistema internacional de Estados. Es decir, en las tradiciones clásicas dentro del campo de las relaciones internacionales el Estado aparece como cosa y no como una relación social, ocultándose así su carácter de clase (Jaquenod, 2013).

Esto lleva a que tanto las lecturas realistas como las liberales y constructivistas no logren explicar varios aspectos centrales de las relaciones internacionales. En primer lugar, no suele trabajarse el vínculo entre la elaboración de la política exterior de un Estado determinado con la conflictividad social y la dinámica política doméstica. En segundo lugar, no se aborda en profundidad las diferencias entre los distintos espacios nacionales y sus transformaciones a lo largo de la historia. Por el contrario, aparecen las explicaciones basadas en presupuestos consolidados: la política exterior de determinado Estado responde al objetivo de incrementar el poder, sostener la seguridad nacional o la intención de establecer relaciones pacíficas y armónicas entre Estados. En todos los casos, sobre las premisas ideológicas ya asumidas se explica la situación histórico-concreta e incluso se elabora política. No debemos olvidar que los teóricos del campo de las relaciones internacionales muchas veces, y especialmente en el caso de Estados Unidos como señaló Anderson (2014), resultan ser quienes ocupan cargos importantes formulando o asesorando política exterior. Es decir, no sólo estas teorías clásicas no resultan convincentes para explicar la dinámica contradictoria de la totalidad, sino que legitiman y elaboran políticas con un determinado contenido de clase.

Sobre estas apreciaciones, amerita entonces revisar los aportes que el marxismo puede ofrecer. Como sostiene Anievas (2010) el marxismo permite, a partir de una historización, desarmar todas las premisas cosificadas sobre las cuales se sostienen las tradiciones clásicas de las relaciones internacionales. A su vez, el marxismo parte de una visión de totalidad, una mirada holística para el estudio de la política internacional, rechazando los análisis que parten de una escisión de lo real en esferas. En este sentido, resulta clara la compartimentación que efectúa el realismo entre lo doméstico y lo internacional, y desde el constructivismo la oposición entre lo material y lo ideal. En contraposición, el marxismo busca trascender las apariencias y descubrir la sustancia de los fenómenos a partir de su inscripción en una totalidad histórica determinada, superando los análisis superficiales y parciales. Por último, el marxismo parte del vínculo indisociable y dialéctico entre teoría y práctica, siendo la praxis el elemento que atraviesa el conjunto de las investigaciones cuya concepción ética y política se orienta a la emancipación de la humanidad (Anievas, 2010).

Estado y clase dominante: una mirada desde el marxismo

Con la crítica anteriormente expuesta como punto de partida, es importante señalar que dentro del marxismo subsisten una serie de discusiones sobre cómo conceptualizar al Estado capitalista. Sin pretender hacer un análisis exhaustivo de más de un siglo de debate, ahondaremos aquí en ciertos aportes que consideramos sustanciales para poder emprender nuestro estudio empírico.

En primer lugar, amerita destacar que el marxismo aporta una mirada de la totalidad en toda su complejidad e historicidad. El Estado moderno burgués, por lo tanto, debe comprenderse en su desenvolvimiento histórico en el marco del desarrollo del modo de producción capitalista, no escindido sino como parte de ese proceso, no de manera abstracta ni transhistórica.

Sin embargo, focalizar en la totalidad en su devenir histórico no nos impide identificar los atributos sustantivos del Estado. Por el contrario, el momento de la abstracción resulta importante, aunque no suficiente. Al respecto, comprendemos que el Estado cristaliza y reproduce la dominación de una clase en una sociedad dividida en clases sociales. Los Estados adoptaron diversas características en cada modo de producción según el rol en la reproducción de dicha sociedad.

Si pensamos estrictamente en el Estado capitalista, encontramos ciertas peculiaridades respecto a los modos de producción que le precedieron. En este sentido, amerita resaltar que en el capitalismo producto de la alienación se desenvuelve un fenómeno particular y distintivo: el Estado oculta su carácter de clase y aparece como representante del interés general, lo cual se funda en la separación real y aparencial entre la unidad de producción y la dominación. La extracción de plusvalía requiere una dominación política más sofisticada donde los propietarios de los medios de producción no son necesariamente quienes administran el Estado y detentan el uso de la violencia. El Estado burgués constituye entonces, una forma específica de dominación de clase (Hirsch, 2017a).

Ahora bien, sostener que el Estado capitalista constituye un momento de la reproducción del capital, no anula las contradicciones que fundan su existencia: “Si la función del Estado se determina a partir de la relación capitalista, esto significa que el Estado, en tanto que elemento constitutivo de esa relación, está sometido al movimiento del capital y que no puede actuar independientemente de ese movimiento” (Wirth, 2017, p. 425). Es decir, el Estado no está escindido ni es exterior a la relación capital-trabajo, por el contrario: está sometido a y es parte de todas sus contradicciones.

Desde esta perspectiva, la separación de lo económico y lo político en el capitalismo es entendida como momentos distintos de la misma relación social de explotación (Hirsch, 2017a; Holloway y Picciotto, 2017; Jessop, 1990). En este sentido, partimos de una concepción que difiere de varias conceptualizaciones dentro del debate marxista sobre el Estado. Por un lado, se distancia fuertemente del estructuralismo que retoma la metáfora de base-superestructura y observa la separación entre economía y política como dos esferas determinadas mecánicamente y del instrumentalismo que ve al Estado como mera herramienta de la burguesía[3].

A la vez, la perspectiva adoptada aquí, discute con la visión del llamado Marxismo Político que si bien en su crítica al mecanicismo estructuralista revitalizó la importancia del análisis histórico, caracterizó a lo político como lo “extraeconómico”, la coerción ajena a la relación de explotación (Meiksins Wood, 2000). Concepción que recupera Fraser (2020) al entender que el poder político representa sólo una condición de posibilidad para el capital, una esfera no mercantilizada. Esta perspectiva si bien capta la necesidad del capital de la dominación como condición, no observa que el Estado está a su vez, enraizado en la acumulación y depende materialmente de ésta y, por lo tanto, no representa una esfera escindida.

En este sentido, nuevamente enfatizamos que el análisis del Estado no puede mantenerse en un plano de abstracción deshistorizada, sino que es fundamental, como sostenía Marx, emprender “el viaje de retorno” a lo concreto para dar cuenta de “una rica totalidad con múltiples determinaciones y relaciones” (Marx, 2009a, p. 21). En este aspecto, nos distanciamos del enfoque metodológico predominante en el debate alemán de la derivación[4] donde se privilegió el análisis desde una perspectiva lógica abstracta, no situando la relación Estado-capital en el plano de sus transformaciones históricas ni contemplando la dinámica particular que se da en cada espacio nacional. El Estado capitalista no es el mismo hoy que doscientos años atrás, su complejización se corresponde con la que atraviesa el propio modo de producción. Las características del Estado capitalista no han sido las mismas en su génesis que en su desarrollo, en los países centrales y en los periféricos.

La burguesía, en la génesis capitalista, reformuló las condiciones políticas del desarrollo histórico precedente. En el proceso de acumulación originaria el rol del Estado resultó evidente y fundamental[5] y se debe a que la conformación de la burguesía como clase dominante se dio en el marco de la constitución del Estado moderno. En este proceso dialéctico fundante de la burguesía como clase dominante y del Estado como dominación política separada de la unidad de producción, está quizás la clave para comprender la ligazón del capital con el estado-nación. Proceso que fue de la mano del desarrollo del mercado mundial.

Con las revoluciones burguesas y la revolución industrial se cerró la fase de génesis capitalista con el triunfo y avance en la consolidación de la burguesía como clase social dominante configurando y configurada en Estados nacionales. “Todas las revoluciones perfeccionaban esta máquina en lugar de destruirla” (Marx, 2004, p. 114). Desde esta mirada, muchas de las lecturas que hoy caracterizaríamos como instrumentalistas, en tiempos de Marx o Lenin cobran otro significado en tanto observaron un estado-nación muy distinto al actual, con menos mediaciones y un aparato más reducido[6]. Sin embargo, en esta misma cita, es importante ver que la propia construcción y complejización del Estado fue producto de la lucha de clases, de relaciones de fuerza que fueron distintas en cada contexto y espacio nacional y que cristalizaron y sedimentaron Estados con particularidades distintivas. La relación entre Estado y clase capitalista, por lo tanto, es parte de este proceso histórico de mutua conformación y tiene especificidades respecto a las relaciones entre Estado y clases dominantes en los modos de producción precapitalistas.

En suma, partimos de comprender que la clase dominante y sus fracciones se constituyen en el Estado (Bonnet, 2012), la unidad ante la dinámica competitiva propia de los capitales individuales puede lograrse en el Estado y en su antagonismo con la clase obrera. El Estado no es un simple reflejo de los intereses de la burguesía ni tiene una relación de mera funcionalidad, no existe una correspondencia prefijada con la acumulación. Por el contrario, está mediada por el desenvolvimiento de la lucha de clases: la reproducción de la dominación y la acumulación, la sujeción del trabajo al capital, depende de la capacidad del Estado de presentar el interés particular como general[7], de neutralizar el conflicto y a la vez dar cohesión a la clase dominante. En este sentido, se observa el vínculo entre la capacidad hegemónica de la clase dominante y la acumulación: “la reproducción ampliada de la relación de capital es, al mismo tiempo, “reproducción ampliada del conjunto de las relaciones entre las clases y fracciones de clase, es condición de posibilidad de la universalización de los intereses de la clase dominante” (Piva, 2012, p. 54). Sin embargo, esa reproducción al ser contradictoria, al ser la reproducción de una relación antagónica como lo es la de capital-trabajo, nunca es idéntica a sí misma: los equilibrios inestables y las crisis son su característica.

De allí se comprende que el Estado tiene límites para su intervención en tanto depende de y está enraizado en la acumulación, es decir, en las propias contradicciones del modo de producción y, por lo tanto, no puede ser exterior a la dinámica de crisis inherente al capital ni un mediador imparcial entre las clases sociales. En este sentido es que entendemos la “autonomía relativa del Estado”. El Estado se encuentra con límites de sistema producto de su propia naturaleza de dominación de clase “separada” de la producción y con límites de actividad dados por la correlación de fuerzas en determinado contexto histórico (Blanke et al., 2017).

Esos límites se hacen visibles en recurrentes crisis ya que el Estado no es coherente ni racional: “no “sabe” (no más que los capitalistas individuales) cuáles son las medidas “objetivamente” necesarias para el mantenimiento del sistema” (Wirth, 2017, p. 429). A partir de esto se desprende que el accionar estatal adquiera una dinámica de “ensayo y error”(Álvarez Huwiler y Bonnet, 2022). El Estado actúa de manera unificada a la hora de reprimir, enfrentándose a la clase obrera ante amenazas concretas, pero a la hora de tomar medidas e intervenir aparece como un conjunto de burocracias que buscan canalizar exigencias de distintos sectores.

La estructura heterogénea y crecientemente caótica del aparato de estado burgués es la precondición para que este pueda mantener relaciones complejas con las diversas clases y fracciones de clase, relaciones que son la condición de su capacidad para funcionar como garante de la dominación (Hirsch, 2017a, p. 576).

Bajo esta mirada, analizamos la relación entre capitalistas y Estado, atendiendo a la dinámica compleja y conflictiva que se establece entre distintos niveles e instancias del aparato estatal; comprendiendo que por su propias limitaciones y carácter, las medidas tomadas por el Estado generan las condiciones para nuevas crisis (Gerstenberger, 2017).

En esta perspectiva teórica es que encuadramos la presente investigación. La relación entre clase dominante y Estado en Estados Unidos es analizada a partir de la dinámica de la lucha de clases y las especificidades que se presentan en el caso norteamericano por su condición de potencia imperialista en el particular contexto abierto a fines de los años 90 y principios del siglo XXI.

Apuntes para el estudio de “lo internacional” y el imperialismo

La conceptualización sobre el Estado capitalista no puede obviar un aspecto central: si partimos de comprender su historicidad debemos inscribir por lo tanto su constitución y su desarrollo como un sistema de estados-nación con el desenvolvimiento del mercado mundial. Como mencionamos anteriormente, en ese desarrollo histórico del modo de producción capitalista se cristalizaron diferencias sustanciales entre los Estados que ameritan ser explicadas. Los múltiples debates sobre “lo internacional” y el imperialismo que se han desarrollado en la tradición marxista buscaron dar cuenta de esas particularidades. Al igual que en el apartado anterior, no pretendemos reseñar el conjunto de las discusiones sino exponer los elementos que nodales para la presente investigación empírica.

En este sentido, amerita brevemente señalar los aportes de los clásicos del marxismo para comprender la dinámica internacional. Marx, no elaboró de manera sistemática sus reflexiones al respecto, sin embargo, encontramos esbozos fundamentales principalmente en lo que refiere a la génesis capitalista y a la formación del mercado mundial. “La tendencia a crear el mercado mundial está dada directamente en la idea misma del capital” (Marx, 2009a, p. 360). En este sentido, en varios pasajes Marx analizó el carácter inherentemente expansivo del capital sobre formas precapitalistas: las formulaciones sobre la subsunción formal y real (Marx, 2011) así como por ejemplo, los análisis históricos sobre las especificidades de Rusia y Estados Unidos (Marx y Engels, 1973, 1980), dan cuenta de ello. Recuperamos, en este sentido, rasgos de un desarrollo desigual desde la propia génesis capitalista, en la cual, bajo una perspectiva de totalidad, el “medio histórico” no resulta un mero contexto internacional en el cual suceden los procesos, sino un determinante del contenido de distintas formas de explotación que coexisten subsumidas a la lógica de reproducción del capital.

Estos desarrollos históricos basados en desigualdades territoriales preexistentes, con el avance del capital y el desenvolvimiento de la lucha de clases, se fueron cristalizando en el proceso de mutua consolidación de los estados-nación y la burguesía como clase dominante, adoptando distintas características. Diferencias que conforman un mismo proceso: la burguesía en Inglaterra, por ejemplo, fue constituyéndose en paralelo a la conquista colonial y al desarrollo del comercio triangular, como explicita el propio Marx en El Capital.

Ahora bien, las características de los momentos de génesis de un modo de producción no son las mismas que las de su desarrollo. Su historización, reiteramos, es fundamental. El siglo XIX estuvo determinado por las sucesivas revoluciones burguesas e industriales, que expresan la consagración del capitalismo. A finales del siglo XIX, especialmente con la irrupción de la Comuna de París, empezaron a divisarse límites del sistema y una serie de transformaciones. Al respecto, las conceptualizaciones de Lenin y Trotsky resultaron relevantes.

En el famoso debate que atravesó la izquierda ante la crisis económica y la inminente guerra mundial, se puso en cuestión cómo caracterizar e intervenir en una coyuntura sustancialmente distinta[8]. Más allá de las diferencias, en esas discusiones amerita destacar especialmente las intervenciones de Bujarin, Rosa Luxemburgo, Lenin y Trotsky en tanto fueron aquellas que condensaron aportes luego retomados por diversas vertientes dentro del marxismo para el estudio de la dinámica internacional y el imperialismo.

Para Rosa Luxemburgo (1967), el imperialismo era comprendido como una válvula de escape para los problemas que generaba la acumulación: la expansión del capital respondía a la necesidad de vender en la periferia las mercancías que no podían realizarse en las metrópolis. Aquí subyace una lectura subconsumista de la crisis. Esta perspectiva, como veremos, se emparenta con vertientes actuales como la de David Harvey.

De las reflexiones de Bujarin (1971), resulta importante rescatar justamente el nexo que advirtió entre internacionalización e imperialismo. La relación entre capitales expandidos globalmente y la persistencia y el papel de los estados nacionales aparece problematizada. Bajo su mirada, los Estados actúan como representantes y herramienta del capital monopolista. De allí, deviene la explicación sobre la guerra como expresión de la competencia en el mercado mundial. En estos planteos aparece el sesgo instrumentalista en la concepción del Estado y se obnubila la comprensión de las contradicciones y tensiones al interior de la clase capitalista.

Por su parte, la intervención de Lenin (recuperando críticamente aportes teóricos de Hilferding y Bujarin) resultó clarificadora en tanto advertía la existencia de una nueva fase del capitalismo. Con esta se abría la posibilidad de la disolución del modo de producción a partir del triunfo revolucionario, entendiendo que el momento de expansión -desarrollo- ya habría finalizado y la agudización de las contradicciones inherentes al capitalismo habrían llevado a una fase sustancialmente distinta. Ésta última aparecía caracterizada por la concentración de la producción y del capital dando lugar a los monopolios; el surgimiento del capital financiero como producto de la fusión del bancario e industrial; la exportación de capital; la formación de asociaciones internacionales monopolistas de capitalistas, las cuales se reparten el mundo y la culminación de tal reparto entre las potencias (Lenin, 2009).

Esta caracterización puede complementarse con el análisis de Trotsky sobre el desarrollo desigual y combinado. “El capitalismo prepara y, hasta cierto punto, realiza la universalidad y permanencia en la evolución de la humanidad. Con esto se excluye ya la posibilidad de que se repitan las formas evolutivas en las distintas naciones” (Trotsky, 1985, p. 32). Rompiendo con toda visión lineal y etapista de la historia, es que se puede observar cómo en el caso de los países dependientes se combinan elementos “avanzados” y “atrasados” producto de la expansión del capital en su fase imperialista.

Sin ánimos de reseñar el conjunto de discusiones que trajo aparejada la conceptualización leninista del imperialismo[9], pretendemos solamente aquí distinguir un aspecto nodal que refiere a la dinámica internacional del capitalismo aún en la actualidad y resulta relevante para nuestra investigación. La reproducción continua de la división entre países periféricos dependientes y países centrales tiene su arraigo en el proceso de transformación que divisó Lenin a principio del siglo pasado: el desenvolvimiento de formas de dominación imperialistas para apropiarse de recursos naturales, mano de obra barata, mercados locales. El proceso de concentración y centralización de capitales permite que ciertos capitales individuales se expandan globalmente y, a su vez, las ventajas concretas alcanzadas por las formas de dominación imperialistas profundizan ese proceso de concentración. Cuando referimos a estas formas de dominación imperialista, no sólo hacemos alusión a avances militares, sino a formas de sujeción consensuales o coercitivas “económicas” que condicionan a los países periféricos. El vínculo necesario, pero no mecánico y eventualmente contradictorio entre dominación y acumulación se desenvuelve no sólo en el marco de los estados-nación, sino también entre éstos.

En otras palabras, los países centrales no sólo pretenden fijar capital en su territorio sino también garantizar la reproducción de inversiones en otras partes del mundo mediante distintas estrategias de subordinación política y económica. Las funciones de legitimación de estos Estados imperialistas, por lo tanto, no se desenvuelven sólo en sus territorios, sino que buscan también ser garantizadas en otros espacios nacionales. Aquí vemos las condiciones de la competencia entre Estados y la posibilidad para el desarrollo de guerras[10].

El desarrollo desigual y combinado no resulta, pues, de una abstracción transhistórica[11], sino del proceso de desenvolvimiento del capitalismo y principalmente desplegado con el desarrollo del imperialismo. En este sentido, a diferencia de quienes conciben al imperialismo como un aspecto meramente geopolítico o superestructural, advertimos su arraigo en la acumulación[12], y, por lo tanto, las específicas contradicciones que se desenvuelven en los Estados periféricos por el carácter combinado de su desarrollo, por su “heterogeneidad estructural”, y en los estos Estados imperialistas en su doble nivel de acción: doméstico e imperial.

Desde esta perspectiva, retomamos ciertas conceptualizaciones de Panitch y Gindin (2013a) vinculadas a la especificidad norteamericana. Su visión del conflicto particular que se desenvuelve en Estados Unidos como Estado en su territorio y como Estado imperial resulta nodal para nuestra investigación. Aunque presentamos reparos ante la conceptualización de los autores sobre la prevalencia y dominio indiscutido de Estados Unidos como imperio garante del capitalismo global. En este sentido, recuperamos el énfasis de Ellen Meiksins Wood sobre la importancia de las contradicciones del sistema y las posibilidades que éstas abren: proponemos observar en las fortalezas del capitalismo los signos de sus debilidades (Meiksins Wood, 2001, 2015). Entendemos que la expansión global del capital norteamericano y su dominio imperial no implican una correspondencia funcional entre sí, ni tampoco con la legitimación y acumulación de capital a nivel doméstico, muy por el contrario, existen fuertes contradicciones entre ellas que explican los específicos procesos que afronta Estados Unidos en las últimas décadas de avance en la internacionalización del capital.

En esta línea, tomamos distancia de las concepciones de Harvey (2003) de “nuevo imperialismo” basado en la “acumulación por desposesión” como mecanismo que reitera la acumulación originaria y permite la supervivencia del capitalismo a los problemas de sobreacumulación[13]. Los mecanismos comprendidos en el marco de la “acumulación por desposesión” permiten a las potencias imperialistas, y principalmente a Estados Unidos, apropiarse de recursos, mano de obra y mercados mediante formas coercitivas diferenciadas de la dinámica de la reproducción ampliada. La “acumulación por desposesión” característica de la etapa neoliberal aparece asociada a las privatizaciones, la financiarización, el endeudamiento, como estrategias de las potencias e imposiciones hacia los países periféricos.

Detrás de este enfoque, se supone una concepción del Estado exterior y dicotómica respecto a la dinámica de la acumulación. Esta visión del imperialismo se funda en los planteos de Callinicos (2007, 2009) y Harvey (2003) sobre la existencia de dos lógicas: una geopolítica o territorial y otra económica o del capital. Estos planteos importan una compartimentación y escisión de fenómenos que no permiten divisar la dinámica contradictoria de la totalidad. Partir de una perspectiva de exterioridad entre la lógica de competencia entre Estados y entre capitales[14], obnubila la complejidad y unidad presente en la relación Estado-capital. Como anteriormente mencionamos, si bien no hay una relación de funcionalidad ni determinista, tampoco existe una dinámica disociada que permita hablar de dos lógicas diferenciadas. Por el contrario, se trata de una relación necesaria y contradictoria a la vez, mediada por el desenvolvimiento histórico de la lucha de clases; en tanto lo que está en juego es ni más ni menos que la capacidad de subordinación del trabajo, de reproducir la explotación.

En este mismo sentido, nuestra perspectiva tampoco compartimenta ni aísla lo local de lo internacional. La relación entre ambas escalas es de mutua determinación y no de exterioridad. A la vez, advertimos que en su reproducción contradictoria anidan elementos que agudizan procesos de crisis. En esta línea, es importante señalar que la lucha de clases, si bien se presenta y desenvuelve principalmente en el marco nacional, en tanto que en el Estado se constituye la clase dominante en su antagonismo con el trabajo, todo proceso revolucionario triunfante genera indefectiblemente un quiebre en la dominación imperial. Las desigualdades y el dominio imperialista deben ser constantemente reproducidos a partir de la sujeción del trabajo. Cuando esa sujeción no se logra, no sólo desestabiliza la dominación territorial del Estado en cuestión sino al conjunto del sistema en tanto totalidad y exige una reestructuración en esa escala. Esto pudo verse claramente en las reacciones y transformaciones que generó el desarrollo de la Revolución Rusa y la consolidación del bloque soviético y la Revolución Cubana y el auge de la lucha de clases en los años 60. Las crisis y revoluciones (y sus respectivas reacciones) continúan siendo los fenómenos que impulsan cambios y que nos permiten delimitar periodizaciones del modo de producción capitalista.

Por lo tanto, también presentamos discrepancias con los análisis que sostienen la periodización del sistema-mundo a partir de la sucesión de potencias hegemónicas desde el siglo XIV hasta nuestros días y que parten de la premisa del declive norteamericano para comprender el desarrollo actual de Estados Unidos (Arrighi, 1999, 2007; Wallerstein, 1991, 2003, 2004). Actualmente, caracterizan una crisis de la dominación estadounidense, como anteriormente lo fue con la británica, holandesa y genovesa. Bajo esta perspectiva, Arrighi fue uno de los pioneros en considerar el reemplazo de Estados Unidos como principal potencia. Primero auguró que su relevo sería Japón, luego lo descartó y reorientó su hipótesis y análisis hacia el ascenso de China.

Bajo este enfoque, se consideran los momentos de crisis como puntos de inflexión dentro de los ciclos sistémicos de acumulación, abriendo un proceso de expansión financiera. Tomando esta caracterización, bajo el planteo de Arrighi el imperialismo no resulta una fase particular del capitalismo, sino un elemento inherente al mismo visible desde su génesis. Esto ha sido motor de numerosas críticas, principalmente por parte de historiadores, ya que difícilmente puede afirmarse que el origen del capitalismo se remonte a las ciudades genovesas, así como también resulta complicado evidenciar y comparar procesos de financiarización en los siglos XIV y XVI con aquellos desarrollados en la actualidad. Observamos aquí un problema en tanto no se advierten las diferencias entre contextos precapitalistas y capitalistas y sus distintas fases o características.

Entendemos, a su vez, que se parte de una visión en cierto sentido teleológica y etapista de la historia comprendida como sucesión de potencias hegemónicas. Se toma por sentado que la caída de una potencia hegemónica y la subsiguiente transición están precedidas por un proceso de financiarización. Esto se asume como punto de partida cuando no necesariamente es así y conduce por lo tanto a un análisis determinista, en el cual está ausente el accionar de los sujetos sociales. En otras palabras, la lucha de clases no aparece como elemento central para explicar los procesos históricos. Con estos señalamientos no pretendemos desestimar los valiosos análisis respecto de las dificultades que atraviesa Estados Unidos como principal potencia imperialista, sino profundizar una mirada atenta a las contradicciones y que no parta de un esquema rígido y lineal.

Desde esta mirada, resultan también insuficiente las perspectivas que enfatizan excesivamente en la transnacionalización del capitalismo. Entre ellas se destacan el planteo de Robinson (1996) centrado en cómo este proceso generó la conformación de una clase capitalista transnacional y una tendencia a la formación de un Estado mundial y, por otro lado, las formulaciones de Negri y Hardt (2002) en las cuales el Imperio da cuenta de una nueva forma de soberanía, de un nuevo orden mundial, en el cual Estados Unidos cumple un rol fundamental y los estados-nación pierden progresivamente cada vez más soberanía.

Ambos planteos tuvieron una fuerte difusión y generaron impacto a principios del siglo XXI. Advirtieron elementos importantes sobre cómo la mundialización del capital provocó un nuevo entramado de relaciones a escala global con protagonismo de las empresas multinacionales. Sin embargo, en sus tesis imbricaron mecánicamente este proceso con una necesaria coordinación y unificación del poder político. Aquí encontramos que subyace una concepción lineal de la relación entre Estado y clase dominante, en la cual esta última aparece como una sumatoria de empresas cuya acumulación se encuentra internacionalizada. A partir de este enfoque, quienes retoman la perspectiva especialmente de Robinson, suelen desarrollar análisis de redes para poder dar cuenta de la existencia de esta clase transnacional y cómo la unidad y cohesión de la clase dominante tiene raíces estructurales a escala internacional[15].

Bajo estas perspectivas, los conflictos geopolíticos entre potencias han quedado obsoletos y el poderío norteamericano resulta indiscutible. La coyuntura actual de rivalidad entre Estados Unidos y China no logra ser aprehendida por estos motivos. En este sentido, al enfatizarse en la constitución de un poder global y una clase capitalista transnacional, no se distingue la persistencia e importancia del sistema internacional de Estados en tanto dominación territorial y de la burguesía constituida fragmentariamente como clases “nacionales” (comprendiendo tanto su relación de mutua conformación con los Estados como la existencia de fracciones cuyo espacio de reproducción es nacional). Por ende, no logran ser comprendidas las contradicciones que se despliegan por el avance de la propia internacionalización productiva que ellos mismos enfatizan.

En síntesis, proponemos comprender al desarrollo desigual y combinado y el imperialismo como dos caras de un mismo proceso histórico y contradictorio. La internacionalización del capital sólo pudo y puede desarrollarse mediante y perpetuando las desigualdades entre Estados dependientes y centrales. Este proceso de movimiento general impone límites y condiciona tanto a los Estados periféricos como a las potencias imperialistas. El accionar específico de estos últimos no deviene de un interés maquiavélico, el proceso es “ciego”, responde a las necesidades de valorización de los capitales por fuera de sus fronteras, es decir a la capacidad de sujeción del trabajo. Ese accionar, por lo tanto, está determinado por la relación entre Estado y clase dominante mediado por la lucha de clases, pero también por la dinámica competitiva de los capitales individuales.

En el estado nación, la burguesía se constituye a sí misma como una unidad que opera políticamente en el mercado mundial en una relación competitiva con las otras naciones burguesas, así como dentro del marco de las fronteras nacionales las fracciones de burguesía sólo constituyen una unidad políticamente activa a través de su relación con el estado (von Braunmühl, 2017, p. 719).

La recuperación del conjunto de estas caracterizaciones sobre el desarrollo desigual y combinado, el imperialismo y el Estado son el punto de partida de nuestro análisis empírico. Para comprender la relación entre Estado y clase dominante en Estados Unidos resulta fundamental indagar en las específicas contradicciones que se desenvuelven por su papel de dominación doméstica e imperial en la elaboración de política exterior orientada a la expansión global de capitales norteamericanos, en nuestro caso, a las políticas frente a China.

Una lectura crítica de la perspectiva de Panitch y Gindin

Como mencionamos, para el conjunto de la investigación retomamos ciertas conceptualizaciones de Panitch y Gindin. Su erudita obra La construcción del capitalismo global resulta ineludible para emprender un estudio sobre el papel de los Estados Unidos. El análisis histórico que propusieron de las transformaciones desarrolladas en las últimas décadas, discutiendo el rol del Estado y especialmente de Estados Unidos en la llamada “globalización” resulta una contribución fundamental. Especialmente para nuestro trabajo empírico constituye un punto de partida central su concepción del doble papel que cumple Estados Unidos mediante la dominación doméstica e imperialista y su expresión en la relación entre los poderes Legislativo y Ejecutivo.

Ahora bien, Panitch y Gindin llevan su argumentación más allá. Consideran que la política exterior del Estado norteamericano sobrepasa la proyección de los intereses particulares de la burguesía estadounidense o de alguna de sus fracciones. En esta línea, la política de Estados Unidos es explicada por su rol como imperio informal garante de los intereses del capital a nivel global. El análisis histórico que proponen, por lo tanto, apunta a evidenciar cómo se desenvolvió un proceso particular en el cual la política estadounidense continuó reflejando las presiones de fuerzas sociales internas a la vez que comenzó a redefinir “el «interés nacional» de Estados Unidos en términos de la extensión y defensa del capitalismo global” (Panitch y Gindin, 2013a, p. 24). Ese proceso lo analizan bajo la denominación de “internacionalización del estado”.

Estas apreciaciones parten de una concepción específica sobre el Estado capitalista y su autonomía:

Los Estados capitalistas han desarrollado diversos medios para promover y orquestar la acumulación de capital, así como para anticipar problemas futuros y contenerlos cuando surgen, y esto a menudo ha quedado plasmado en distintivas instituciones con conocimientos especializados. En estos términos es como debemos entender la «relativa autonomía» de los Estados capitalistas: no como si estuviera desconectada de las clases capitalistas, sino más bien como las capacidades autónomas que tienen para actuar en nombre del sistema en conjunto. En este aspecto, los funcionarios y políticos –cuyas responsabilidades son de un orden diferente al de obtener un beneficio para una empresa– están mejor situados que los capitalistas para ver el bosque que forman los árboles. Pero lo que estos Estados puedan hacer de manera autónoma, o hacer en respuesta a presiones sociales, está en última instancia limitado por su dependencia del éxito de la acumulación de capital. Por encima de todo, ahí es donde se encuentra el carácter relativo de su autonomía. (Panitch y Gindin, 2013a, pp. 15-16).

Observamos en esta lectura un arraigo en la tradición estructuralista, especialmente en los trabajos de Althusser y (“el primer”[16]) Poulantzas[17]. Ahora bien, previo a adentrarnos en la crítica, es menester señalar que tal influencia no es total en la obra de Panitch. Muy por el contrario, observamos que en su análisis conviven otros elementos. Por ello, es importante subrayar que Panitch y Gindin buscan distanciarse de una interpretación que compartimente en esferas lo económico y lo político, hablando de diferenciación en vez de separación (Panitch y Gindin, 2013a, p. 15). A su vez, su perspectiva tiene un fuerte contenido historicista que reafirmaron explícitamente ante las críticas y las profundas discusiones que generó su obra[18]. Panitch y Gindin señalaron que no se estaba ante una falta de teorización de la autonomía relativa del Estado, sino que ésta sólo es visible y comprensible históricamente (Panitch y Gindin, 2013b). Demás está decir que justamente esa mirada historicista es la que enriquece y complejiza sus análisis y los hacen tan valiosos.

Sin embargo, como advertíamos anteriormente, en el párrafo aquí citado encontramos ciertos elementos propios de esa tradición estructuralista que merecen ser señalados identificando sus efectos. La autonomía del Estado aparece dada por su capacidad de actuar a sabiendas de las condiciones necesarias para la reproducción del sistema en su conjunto, siendo la acumulación la determinación en “última instancia”. En otras palabras, vemos un enfoque que observa que la función del Estado es garantizar la reproducción del sistema y, por lo tanto, prevalece una mirada desde una supuesta estabilidad y no desde una característica nodal del capitalismo que es su tendencia a la crisis.

Si bien en este párrafo citado las reflexiones se encuentran en un nivel alto de abstracción, este énfasis en la autonomía del Estado entendida a partir de sus capacidades para garantizar la reproducción actuando con cierta exterioridad respecto a la acumulación aparece en el análisis histórico que proponen Panitch y Gindin. Esto tiene efectos visibles que obnubilan u obturan la comprensión de ciertos fenómenos.

En primer lugar, es posible observar un excesivo énfasis en el accionar de la Reserva Federal (FED) y del Tesoro como órganos capaces de atender esas medidas necesarias para la reproducción del capitalismo global. Aparece en este sentido, una lectura que observa una correspondencia funcional entre acumulación y dominación y que les quita importancia a otros aspectos del dominio norteamericano como, por ejemplo, el militar. Esto, por lo tanto, genera dificultades para comprender acciones “no racionales” del Estado, fracasos y debilidades. En otras palabras, al asignarle cierta coherencia y conciencia al accionar estatal se sesga el análisis y no se dilucidan otras contradicciones al interior del propio Estado y su compleja estructura.

En segundo lugar, pero en esta misma línea, en la obra de Panitch y Gindin cuando se prioriza el aspecto funcional, aparece en un segundo plano y se desatiende en algunas circunstancias a la dinámica de la lucha de clases, perdiendo cierta centralidad la clase obrera y el conflicto social en sus explicaciones. Es necesario, por lo tanto, complementar el análisis con un estudio de las transformaciones en la estructura de clases y las relaciones de fuerza para poder dar cuenta de los efectos de la internacionalización productiva, evidenciando no sólo sus éxitos y avances, sino también las nuevas contradicciones y fracturas que genera. Es decir, se subestiman en el análisis de Panitch y Gindin las tendencias que conlleva la profundización de la internacionalización del capital para Estados Unidos: un aumento exponencial de la deuda y el déficit comercial, un retroceso industrial y el ascenso desafiante de China. Lo cual devino en ganadores y perdedores a nivel doméstico y provocó cambios en la estructura de clases y con ella, una profundización de las tensiones sociales internas (Merino, 2018; Piva, 2020).

En tercer lugar y fundamentalmente, sobre esta concepción teórica que enfatiza en la reproducción funcional y el Estado como conocedor de cuáles son las medidas necesarias para lograrla, aparece Estados Unidos capaz de sostener indiscutiblemente su supremacía a nivel internacional. Esto se observa en una mirada del imperio informal estadounidense como dominio imbatible y capaz de sortear y administrar crisis, inviabilizando toda teoría del declive o señalamiento de signos de debilidad de los Estados Unidos. Como les señala Carroll (2013) entre otros, la sola hipótesis de declive estadounidense mediante una transición larga, está eliminada como posibilidad desde el inicio en el planteo de Panitch y Gindin. Es decir, bajo esta perspectiva se limita el análisis de otros escenarios posibles.

Especialmente, resulta un problema para poder explicar las dificultades que atraviesan a Estados Unidos en la actualidad, las profundas contradicciones que lo aquejan no sólo a nivel doméstico sino también las tensiones latentes en el escenario internacional, especialmente la conflictiva relación con China. Bajo la perspectiva de Panitch y Gindin, puede comprenderse cómo Estados Unidos, en pos de lograr una recuperación de la tasa de ganancia mediante la búsqueda de mercados y mano de obra barata principalmente en Asia y a partir de integrar a los países del ex bloque soviético al mercado mundial, generó en un primer momento una revitalización del sistema. Bajo su lectura, por ejemplo, el ingreso de China a la OMC configuró un hito en la construcción del capitalismo global y, por lo tanto, el énfasis está en la dependencia de China respecto a Estado Unidos. Sin embargo, se escapa del análisis los límites que allí se prefiguraban, como “techos” para la mayor expansión de los capitales norteamericanos sobre ese vasto mercado que, consideramos, constituyen uno de los trasfondos del actual escenario conflictivo.

Es decir, producto de la mirada funcionalista de la reproducción presente en la obra de Panitch y Gindin, no es posible dar cuenta de en qué medida Estados Unidos quedó afectado y asumió una serie de contradicciones por el propio proceso de internacionalización del capital que encabezó. Para ello, como afirmamos, es fundamental recuperar y estudiar las transformaciones en la estructura de clases y otorgarles mayor centralidad a las luchas sociales en el análisis. En esta línea, proponemos poner el eje en las contradicciones para poder identificar cómo se desenvuelve, en palabras de Marx, “hasta cierto punto, reproducción. Luego se trastrueca en disolución” (Marx, 2009b, p. 93).

En este sentido, reafirmamos que aquí partimos de un análisis diferente: aquello que motiva el accionar estatal es la estrategia de acumulación basada en la expansión global de los capitales norteamericanos, sin saber “más” que ellos. En este sentido, al ser cada vez más amplio, más global, el espacio de acumulación e incluso al fragmentarse los procesos productivos en distintos territorios, las funciones de dominación que tiene que asumir el Estado por fuera de sus fronteras se acrecientan, complejizan y diversifican. Es decir, nuestra perspectiva es inversa: no es por su carácter de garante del capitalismo global lo que explica cómo interviene el Estado norteamericano, sino que al ser cada vez más mundial el espacio de acumulación de las grandes corporaciones y al estar cada vez más internacionalizada la producción, es que el Estado por su inscripción en la propia dinámica de la acumulación debe asumir más y nuevas funciones de dominación en esa escala. Es decir, ese papel es resultado de la expansión global de los capitales y es a la vez, la dominación imperialista la que permite profundizar ese proceso.

A modo de síntesis, nuestra hipótesis para la investigación difiere en tres elementos. En primer lugar, y como desarrollamos en el segundo apartado de este capítulo, el Estado no sabe cuáles son las medidas necesarias para la reproducción del capitalismo a nivel global y su accionar se explica por una dinámica de “ensayo y error” (Álvarez Huwiler y Bonnet, 2022; Wirth, 2017). Es decir, no hay un accionar estatal plenamente coherente ni racional. En este sentido y en un segundo lugar, planteamos que la política exterior de Estados Unidos está motivada por una estrategia de acumulación de expansión global de los capitales norteamericanos y no por la “extensión y defensa del capitalismo global”. Aquí no sólo encontramos una diferente formulación sino una divergencia teórica sobre la relación entre Estado y clase dominante. En tercer lugar, nuestro planteo desestima la idea de un dominio indiscutido de Estados Unidos lectura que suele atribuirse a Panitch y Gindin. Por el contrario, enfatizamos en las contradicciones entre la dominación doméstica e imperial y su relación no funcional con la acumulación, entendiendo que son esas contradicciones las que nos permiten comprender las dificultades que atraviesa Estados Unidos en las últimas décadas.


  1. Para un análisis sobre la influencia y producción de las distintas vertientes y perspectivas del campo de las Relaciones Internacionales en América Latina en general y Argentina en particular véase Busso (2019), Deciancio (2018), Míguez (2020), Llenderrozas (2013) y Tussie (2015).
  2. Sobre las discusiones y diferencias entre las escuelas norteamericanas y británicas respecto a la Economía Política Internacional puede consultarse a Cohen (2007).
  3. La posición de Miliband (1988), en el marco del llamado debate entre instrumentalismo y estructuralismo, estaba basada en una visión del Estado como instrumento de dominación de la burguesía analizando cómo está compuesta la estructura y el personal del estado. Por su parte, Poulantzas (1976) como portavoz de la otra vertiente, sostuvo que el Estado tiene autonomía relativa y es un factor de unidad política del bloque en el poder entendido como alianza de clases o fracciones que están estructuradas por una fracción hegemónica. El Estado vela por el interés del capital en general y es un lugar de condensación de las relaciones de fuerza.
  4. Véase la compilación del debate de la derivación realizada por Alberto Bonnet y Adrián Piva (2017).
  5. El rol de la violencia como partera de la historia ha sido analizado por Marx en el capítulo XXIV de El Capital. Al respecto Gerstenberger amplía: “La conformación de la forma específicamente burguesa del estado es históricamente el resultado de la acumulación primitiva. Sólo después de que el estado (en la forma de una institución que actúa manifiestamente a favor de los intereses de las clases dominantes) ha promovido la proletarización de una gran parte de la población y la acumulación voraz de capital, sólo entonces cambia su forma fenoménica. Las relaciones capitalistas de producción ya están establecidas en ese período, aunque no siempre muy ampliamente. A partir de entonces, ya no es tanto una cuestión de establecer sino de reproducir estas relaciones” (Gerstenberger, 2017, p. 689).
  6. Los estados durante el siglo XIX y principios del XX, tenían una estructura burocrática más acotada y la principal respuesta ante la lucha de clases era la más cruda represión. A lo largo del siglo XX, con distintas características en cada espacio nacional producto de la correlación de fuerzas, los estados se fueron complejizando con transformaciones en los sistemas democráticos, con el desarrollo de partidos de masas, el reconocimiento de los sindicatos y la integración de ciertas demandas. También observamos mayor capacidad de intervención en la economía, organización de sectores bajo la órbita pública y el cumplimiento de funciones vinculadas a la reproducción social como la salud, la educación o la previsión social. Estas transformaciones fueron caracterizadas y periodizadas como distintas formas de estado en relación a los modelos de acumulación, allí se inscriben los debates sobre el estado de bienestar y su crisis con el ascenso de la ofensiva neoliberal (Bonnet, 2007a; Hirsch, 1994, 2001; Holloway, 1993; Jessop, 1999).
  7. En palabras de Gramsci: “El Estado se concibe, sin duda, como organismo propio de un grupo, destinado a crear las condiciones favorables a la máxima expansión de ese grupo; pero ese desarrollo y esa expansión se conciben y se presentan como la fuerza motora de una expansión universal, de un desarrollo de todas las energías «nacionales», o sea: el grupo dominante se coordina concretamente con los intereses generales de los grupos subordinados, y la vida estatal se concibe como un continuo formarse y superarse de equilibrios inestables (dentro del ámbito de la ley) entre los intereses del grupo fundamental y los de los grupos subordinados, equilibrios en los cuales los intereses del grupo dominante prevalecen, pero hasta cierto punto” (Gramsci, 2013, p. 415).
  8. Para un análisis del debate clásico del imperialismo véase Gaido y Quiroga (2020).
  9. Véase el trabajo de Katz (2011) y respecto a las discusiones sobre la periodización del capitalismo el análisis realizado en Gluj (2020).
  10. Las guerras involucran no sólo objetivos de dominación imperial también resultan una forma de realizar mercancías y emplear fuerza de trabajo con efectos en la acumulación y dominación doméstica. En la relación entre el complejo militar-industrial con los estados imperialistas, así como en el papel del gasto en I+D financiado públicamente abocado a la producción, se observa nuevamente que el Estado no es ajeno al proceso de acumulación.
  11. Recientemente, la conceptualización de desarrollo desigual y combinado fue rescatada y rediscutida a partir del intercambio entre Rosenberg y Callinicos (2008). El primero, sostuvo que el desarrollo desigual y combinado en tanto abstracción general permite dar cuenta de la existencia de la multiplicidad de estados a lo largo de la historia. Su perspectiva transhistórica fue criticada por Callinicos quien argumentó la necesidad de situar el desarrollo desigual y combinado como una característica del modo de producción capitalista. A partir de este debate, se desarrollaron otras intervenciones sobre el alcance y carácter histórico de la categoría (Allinson y Anievas, 2009; Anievas, 2010; Ashman, 2009; Davidson, 2009).
  12. “La capitalización progresiva del mundo y la constitución del mercado mundial, en tanto que producto y condición de la reorganización de las condiciones de producción, significan a la vez un agravamiento de la competencia, una presión creciente a la monopolización, una generalización de las crisis y una agresividad intensificada de los países capitalistas avanzados en la lucha por el control de las materias primas, de los mercados y de las esferas de inversión” (Hirsch, 2017b, p. 470).
  13. Para un análisis y crítica sistemática al planteo de Harvey sobre la acumulación por desposesión y el nuevo imperialismo véase Kitay (2022).
  14. La crítica aquí planteada aporta otra perspectiva a las discusiones existentes respecto a las “dos lógicas”. Entre las posiciones más importantes en esos debates se destaca la de Pozo-Martin (2007) quien señaló lo problemático de asumir un “momento realista” y su indeterminación. Y, por otra parte, la de Meiksins Wood (2006) que focalizó su crítica a la propuesta de Harvey tanto a partir de las falencias históricas como retomando su propia concepción de la separación entre política y economía en el capitalismo.
  15. Ejemplos de estos análisis son los de Carroll (2009), Sklair (2016) y Staples (2012). Para una crítica a los planteos sobre el estado y la clase transnacional véase Panitch y Gindin (2014), Meiksins Wood (2002) y Anievas (2008).
  16. Como varios autores han señalado, en la obra de Poulantzas pueden apreciarse dos momentos distintivos respecto a su conceptualización del Estado. En Poder político y clases sociales en el Estado capitalista la influencia del estructuralismo althusseriano es más marcada, apareciendo la funcionalidad del Estado como un elemento central. Posteriormente, en Estado, poder y socialismo, si bien no hay un abandono total de la tradición estructuralista, es posible observar un distanciamiento al otorgarle un peso mayor al estado como condensación de relaciones de fuerza y, por lo tanto, estableciendo otra preponderancia a la lucha social y la historia.
  17. El reconocimiento de Panitch al conjunto de la obra de Poulantzas es explícito también en otros trabajos (Panitch, 1999, 2000; Panitch y Gindin, 2003, 2005, 2013b). Esto no sucede con el estructuralismo como corriente, el cual no aparece abiertamente reivindicado.
  18. Algunas de ellas han sido organizadas y compiladas por Jacobin (véase: https://jacobinmag.com/2013/07/jacobin-book-club-the-making-of-global-capitalism) y New Left Project (http://web.archive.org/web/20130808031419/http://www.newleftproject.org/index.php/site/discussion_node/global_capitalism_and_the_state).


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