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14 Conclusiones

Tras exponer el análisis de las discusiones en Estados Unidos sobre el ingreso de China a la OMC y el Acuerdo Trans-Pacífico, resulta pertinente recuperar aquellas preguntas que orientaron nuestro trabajo. El regreso a esos interrogantes convoca a pensar nuevamente los problemas que estructuraron la tesis: ¿qué cambios y continuidades hubo en las posiciones de Estados Unidos? ¿Qué posiciones tuvieron las corporaciones empresarias norteamericanas sobre éstas y cuál fue su impacto? ¿Qué capacidad de incidencia tienen las corporaciones sobre las políticas respecto al vínculo comercial con China? ¿Qué roles jugaron otros actores sociales, como las organizaciones de trabajadores, en ese proceso de elaboración de la política exterior?

De allí se desprende que en la tesis buscamos indagar en dos problemas conexos entre sí: la relación entre Estado y sociedad civil en Estados Unidos y, entre la dinámica política doméstica y la política exterior norteamericana. Dichos problemas vinculados refieren a la mutua determinación entre dos niveles de análisis: el doméstico y el internacional, atendiendo a las particularidades de las relaciones de fuerza en ambos planos.

La relación entre Estado y sociedad civil fue abordada desde las discusiones dentro del marxismo sobre el vínculo entre Estado y clase dominante determinado por el desenvolvimiento de la lucha de clases, a la vez que para el análisis de la relación entre la dinámica política doméstica y exterior de Estados Unidos recuperamos ciertos planteos de Panitch y Gindin (2013a) sobre la concepción del doble papel que cumple Estados Unidos como Estado en su territorio y potencia imperialista. De allí retomamos la mirada atenta a la conexión entre la dominación doméstica e imperialista y su expresión en la relación conflictiva entre el Poder Legislativo y Ejecutivo.

Las conclusiones de la tesis, por lo tanto, se ordenan en cuatro apartados. En primer lugar, se presenta la comparación de los dos casos estableciendo allí los cambios y continuidades. Luego, se profundiza en los dos ejes problemáticos estructurantes de la tesis: la relación entre Estado y clase dominante mediada por la lucha de clases y el vínculo entre dominación doméstica e imperialista. Por último, se explicitan los signos de crisis del neoliberalismo y los interrogantes que se abren a partir de este proceso de investigación.

La política estadounidense de ingreso de China a la OMC y el Acuerdo Trans-Pacífico en perspectiva comparada

El análisis de ambos casos permite establecer una serie de comparaciones. Sin embargo, es preciso primero clarificar que resulta imposible entender la dinámica política en torno al TPP sin comprender los efectos que tuvo el ingreso de China a la OMC. Es decir, estamos ante un proceso histórico y toda comparación que realicemos no puede omitir las distintas temporalidades y las consecuencias que tuvo un hecho sobre el otro. De allí que el análisis comparativo no puede perder de vista el proceso más amplio y, en ese marco, la centralidad de la crisis económica desatada en 2008 como un punto de quiebre sustancial. La caracterización de cambios y continuidades resulta entonces lo que orienta la comparación. El interés, por lo tanto, está puesto en qué permiten dilucidar estos dos casos de las transformaciones que ha tenido Estados Unidos desde fines del siglo XX.

Aclaradas estas cuestiones, presentaremos la comparación atendiendo a la propia estructura de la tesis, indagando en el accionar de la clase dominante y la clase obrera y en la intervención y relación del Ejecutivo y Legislativo.

La clase dominante y su fractura

En el proceso de debate sobre el ingreso de China a la OMC en los Estados Unidos, observamos la acción colectiva empresaria inscripta en el desenvolvimiento de la lucha de clases y, por ende, en oposición al desarrollo del movimiento antiglobalización con protagonismo de los trabajadores. La principal forma que adquirió esa acción colectiva fue el lobby, como un fenómeno distintivo del sistema político norteamericano contemporáneo. Su desarrollo y expansión a partir de los años 70, como respuesta al desafío obrero fue consolidando al lobby como la forma específica de la acción política empresaria en el marco del neoliberalismo como proyecto de restauración del poder de clase (Harvey, 2015). En el análisis realizado en la presente tesis, divisamos la importancia de esta forma de intervención política, tanto por su inscripción en la dinámica competitiva de los capitales individuales como por su organización desde el Estado y a la vez, mediando en las tensiones entre el Legislativo y el Ejecutivo.

En ese sentido, el análisis de este caso mostró cómo la arena del lobby es un terreno favorable para los grandes capitales, actuando desde y por fuera de las asociaciones, capaces de intervenir con cuantiosas sumas de dinero. Las disputas en ese plano mostraron ser desiguales: en tanto silencian y dejan sin capacidad de acción a los sectores empresariales que no pueden desplegar una movilización tan costosa.

Ahora bien, no estamos sólo ante una diferenciación de los capitales por su tamaño, sino que el análisis de caso permitió reafirmar las caracterizaciones sobre la existencia de una fractura por arriba en la clase dominante. El avance del proceso de internacionalización productiva generó transformaciones sustanciales en las clases sociales. Especialmente en el caso de la burguesía se profundizó una división entre una fracción cuyo espacio de acumulación es nacional y otra cada vez más global. En ese marco, el lobby resulta una forma de intervención política dinámica y poderosa para el sector internacionalizado que encuentra allí un mecanismo acorde a la movilidad y competitividad de sus propios capitales. En este sentido, el lobby aparecía también especialmente efectivo para esa fracción de la burguesía ya que, mediante esta intervención, podía sortear los límites que supone el Congreso como caja de resonancia de las relaciones de fuerza a nivel doméstico y así profundizar políticas de liberalización comercial favorables a su expansión.

Analizamos, en este sentido, cómo el desarrollo y estructuración en una campaña con despliegue territorial por parte de esta fracción globalista fue fundamental para lograr la aprobación del PNTR para China y torcer la relación de fuerzas. En la votación parlamentaria se reflejó, sin embargo, que no fue sólo este sector el impulsor del ingreso de China a la OMC. La alianza con otra fracción, vinculada al agronegocio, fue fundamental para la aprobación lo cual se vio expresado en la cantidad de votos en distritos con fuerte peso del agro. En el marco del ascenso del conflicto social y el cuestionamiento a la globalización, se respondió con una organización estatal de la ofensiva aliando a ambas fracciones de la burguesía, quedando desplazada aquella cuyo espacio de acumulación es nacional. Esta fracción americanista no pudo constituir ni asociaciones corporativas ni una estrategia de lobby poderosa y tampoco traducirlas en una construcción político-partidaria, como lo fue el agrupamiento de los New Democrats como un momento político-estatal de consolidación de la fracción internacionalizada de la burguesía.

En el caso de las discusiones sobre el Acuerdo Trans-Pacífico, observamos nuevamente la acción colectiva empresaria bajo la forma del lobby inscripta en el desenvolvimiento de la lucha de clases y, por ende, como reacción ante la campaña de los sindicatos. Sin embargo, en este caso se puso de relieve la fractura por arriba con mayor claridad. La profundización de la internacionalización productiva con la integración de China al mercado mundial tras su ingreso a la OMC devino en una mayor deslocalización de capitales y una agudización del proceso de fractura de la clase dominante estadounidense. En este sentido, se observa en las discusiones sobre el TPP la existencia de agrupamientos políticos efectivos de ambas fracciones, interviniendo con agendas diferenciadas y distintos vínculos con el aparato del Estado. El conflicto interburgués resultó así más visible.

Dentro de ambas fracciones, hubo matices en los posicionamientos políticos de sus representaciones corporativas y relaciones distintas con el Estado y los partidos políticos. A su vez, en el caso de la fracción americanista, observamos un cambio en su dirección: si durante el debate sobre el ingreso de China a la OMC, las voces opositoras eran encabezadas por las asociaciones textiles, en el caso del TPP apareció un protagonismo mayor de las automotrices[1] y las siderúrgicas. Ambos sectores con una tradición organizativa y una centralidad económica y política más relevante.

Pese al crecimiento de las asociaciones americanistas, la capacidad de influencia de las fracciones era desigual. La fracción globalista continuaba ocupando un papel predominante en el bloque en el poder. Sus asociaciones empresariales contaban con una vasta experiencia, trayectoria, recursos y lazos políticos, a diferencia de las organizaciones de la fracción americanista. Los sectores transnacionalizados, a su vez, intervenían en la formulación de la política exterior desde los comités de asesores de la USTR y, en el caso del TPP, también con presencia en las rondas de negociación. En paralelo, contaban con una alianza con el agronegocio, que nuevamente fue fundamental para lograr aprobar leyes en el Congreso, en este caso el TPA conocido como fast-track.

Sin embargo, la fracción globalista se encontró con un claro límite y no pudo concretar el TPP. Si en el caso del ingreso de China a la OMC el lobby resultó ser efectivo y la articulación estatal de la ofensiva logró quebrar la relación de fuerzas, en el caso del TPP esto no ocurrió. En el marco electoral, el conflicto interburgués adquirió otro significado: la fracción americanista aparecía cada vez más organizada políticamente, contando con un candidato presidencial. Con los sindicatos realizando una campaña contra el TPP y presionando al Partido Demócrata, el Ejecutivo tuvo dificultades para poder construir consenso y contar con los votos para presentar en el Congreso el tratado para su ratificación. En ese escenario, la división de la propia fracción globalista, con las tabacaleras y farmacéuticas cambiando su posición en contra del TPP, terminó modificando la relación de fuerzas. Ambos sectores, descontentos por las últimas concesiones otorgadas por Estados Unidos en las negociaciones multilaterales, al contar con una fuerte capacidad de lobby en el Congreso, influyeron en líderes del Legislativo en el marco de la campaña electoral.

En ese marco, el lobby como forma de acción colectiva empresaria predilecta de la fracción globalista se volvió ineficaz para impulsar políticas de libre comercio. Los millones de dólares gastados por las grandes asociaciones como US Chamber of Commerce, Business Roundtable y National Association of Manufacturers no lograron torcer la relación de fuerzas. Esto permite apreciar que el crecimiento del lobby y principalmente el gasto en campañas electorales, no aparece ya como un elemento distintivo y articulador de la restauración del poder de clase bajo el proyecto neoliberal en Estados Unidos, sino como una manifestación de su crisis.

La clase obrera ante las políticas de libre comercio

A la hora de comparar la intervención del movimiento obrero organizado ante las discusiones sobre el ingreso de China a la OMC y el TPP, resulta importante destacar, primero, que las campañas desplegadas por los sindicatos en ambos casos fueron precedidas de dos fenómenos de movilización social: la “Batalla de Seattle” y Occupy Wall Street respectivamente. Más allá de sus particularidades, ambos antecedentes fueron emblemáticos por su masividad, su impacto e inscripción a nivel internacional y por los nuevos ejes que impusieron en la agenda política. En los dos procesos, a su vez, la participación de los trabajadores fue numerosa, cuestión que buscaron contener las dirigencias sindicales.

Con esos antecedentes de lucha callejera, se comprenden las intervenciones de los sindicatos en las discusiones sobre las dos políticas de libre comercio analizadas en la presente tesis. Por un lado, se observa la apropiación de elementos discursivos de ambos fenómenos y, por otro lado, se pueden ver las acciones posteriores como producto de una presión desde las bases de hacerle frente a las consecuencias de este tipo de políticas, especialmente a la deslocalización de capitales y la pérdida de puestos de trabajo. Cuestión que, a su vez, implicaba un problema para la propia dirigencia sindical que buscaba sostener su cantidad de afiliados.

En ambos casos, asimismo, aparece una intención de la burocracia sindical de intervenir en la toma de decisiones, de “tener un lugar en la mesa”, para poder imponer estándares laborales en la agenda de liberalización comercial. Respecto a la OMC y el ingreso de China, esto explica sus posiciones reformistas, mientras que en el caso del TPP, estas intenciones permiten comprender que, en un primer momento, la posición de la AFL-CIO no haya sido de rechazo al TPP en tanto estaban participando en cierta manera en las rondas de negociación. Cuando éstas cambiaron su modalidad y primó el secretismo, la central obrera comenzó abiertamente su campaña opositora. Al ser desoídos, la confrontación entre sindicatos y el gobierno fue escalando y la relación se tensó. De todos modos, el vínculo con Obama no devino en una ruptura, manteniéndose siempre los canales de diálogo e interlocución.

La intervención de los sindicatos en ambos casos estuvo centrada en las votaciones legislativas. La presión a los miembros especialmente de la Cámara de Representantes se observó tanto en la votación de PNTR para China como en el TPA y la búsqueda de evitar el tratamiento del TPP. Sin embargo, aquí encontramos las diferencias más significativas. En el caso del PNTR para China, no hubo una unidad del conjunto del movimiento obrero organizado, especialmente los sindicatos del sector público y servicios adoptaron una actitud más indiferente. La presión amenazando a los congresistas con quitarles apoyo y financiamiento electoral no se desarrolló de manera efectiva y coordinada.

En el caso del debate parlamentario por el TPA, la dirigencia sindical se presentó unificada (en contraste con la visible fragmentación entre los empresarios) y optó por congelar el financiamiento político. Esta unidad se sostuvo pese a las maniobras e intenciones de dividirlos adjuntando el TPA a otras medidas beneficiosas para los trabajadores. Si bien la ley logró ser sancionada, fue en una votación muy ajustada, tras varios meses de demora por falta de apoyo político. Posteriormente, la campaña en contra fue impactando en la opinión pública y, en contexto electoral, Obama no contó con el aval necesario para presentar el TPP en el Congreso con los dos principales candidatos presidenciales posicionándose en contra. En este sentido, aparece también en este caso una presión sobre el Partido Demócrata en su conjunto y no sólo sobre los legisladores. Hillary Clinton, con su declaración en contra del TPP logró contener a la dirigencia sindical y sostener su apoyo financiero, a costa de atentar contra una de las principales iniciativas políticas del gobierno.

Los dos casos, asimismo, dan cuenta de la centralidad de la relación entre la dirigencia sindical y el Partido Demócrata. Aparece, por un lado, la necesidad de este último de contar con el financiamiento, pero por sobre todas las cosas la capacidad de movilizar a los votantes que proporcionan los sindicatos. Los trabajadores constituyen históricamente un elemento sustancial de la base electoral demócrata. En el marco de la importancia de la fracción globalista en el financiamiento y orientación política del Partido Demócrata, aparecieron contradicciones específicas en la dinámica partidaria, entendiendo que las políticas propias de la ofensiva neoliberal de ataque a las organizaciones y condiciones de trabajo y vida de los trabajadores deterioraron el poder de los sindicatos, su cantidad de afiliados y capacidad de movilización. Por otro lado, se hace visible que la subordinación e integración política de la dirigencia sindical al Partido Demócrata justamente resultó funcional a ese propio deterioro. La larga tradición del sindicalismo empresario en Estados Unidos no resulta ninguna novedad y en estos casos aparece nuevamente expuesto. En las discusiones sobre el TPP, durante la campaña electoral se hizo visible el alineamiento de la dirigencia sindical con el establishment del Partido Demócrata y Hillary Clinton como su candidata, en contra de Bernie Sanders, incluso cuanto éste presentaba posiciones políticas más beneficiosas para los trabajadores y lograba simpatía entre las bases.

Ejecutivo y dominación imperialista

En los dos casos estudiados, observamos al Ejecutivo impulsando políticas de liberalización comercial, características de la ofensiva neoliberal. En este tipo de políticas aparecen de manera indisociable una forma de dominación imperialista con la subordinación política de otros países y la búsqueda de establecer condiciones para una mayor movilidad de los capitales y la internacionalización de la producción. Ahora bien, en el análisis de los dos casos pudimos apreciar cómo este tipo de estrategia llevada a cabo por Estados Unidos no resultaba totalmente coherente ni una expresión cabal de los intereses de la fracción globalista. Tanto en las negociaciones sobre el ingreso de China a la OMC como en el TPP puede observarse la dinámica de “ensayo y error” propia de la intervención estatal. Las relaciones de fuerza a nivel doméstico e internacional condicionaron las posibilidades y desarrollo de estas políticas de libre comercio. Relaciones de fuerza que se determinaron mutuamente en ambos niveles y generaron en los dos casos una serie de marchas y contramarchas en las negociaciones.

Ahora bien, podemos comprender las diferencias entre los casos justamente por lo cambiante de estas relaciones de fuerza en contextos disímiles. La discusión sobre el ingreso de China a la OMC fue un punto cúlmine en el marco de una consolidación de la ofensiva neoliberal a nivel nacional e internacional en la década del 90. En contraste, las negociaciones y debates en torno al TPP se encuadraron en una estrategia más defensiva de la potencia imperialista en un contexto de debilidad tras la crisis de 2008. Los propios objetivos de cada una de las iniciativas ilustran esta diferencia: una buscaba integrar y subordinar a China, mientras que la otra buscaba contener su crecimiento y aislarla.

En el primer caso, entonces, encontramos claramente una estrategia para la expansión global de los capitales norteamericanos, garantizándole condiciones de valorización por fuera de sus fronteras. Observamos que, si bien en un primer momento esta estrategia pudo concretarse, en tanto efectivamente China entró en la OMC y se desarrolló una integración del gigante asiático al mercado mundial, esta apertura fue parcial y no total. De allí que encontró prontamente un “techo” y la autonomía que logró detentar China supuso un límite para su subordinación y, por ende, la dominación imperialista. Esto apareció claramente ejemplificado en las sucesivas denuncias por incumplimientos de los acuerdos en la OMC que no sólo evidenciaron lo engorroso del proceso y su incapacidad de sanción efectiva, sino cómo el intento de imponer una dominación mediante “un sistema de reglas” y una instancia multilateral resultaba insuficiente para la subordinación efectiva de China.

Con ese proceso como antecedente, analizamos cómo el contexto de formulación del TPP fue completamente distinto y sus objetivos también. De allí que aparezca como un intento de relanzar la acumulación y la dominación como consecuencia de la crisis de 2008. La debilidad imperialista, en ese marco, se expresó en las constantes trabas que tuvieron las negociaciones del TPP. Estados Unidos tuvo dificultades para imponer sus intereses y administrar los tiempos, cuestión que se observa en la extensión de las negociaciones.

Si bien como sostuvimos, en ambos casos las presiones domésticas impusieron condiciones en el desarrollo de estas políticas de libre comercio, el accionar estatal y sus capacidades fueron distintos. En los dos casos, el Ejecutivo cumplió un papel central en la organización del lobby empresarial para poder sustanciar estas políticas y sortear los límites impuestos desde el Congreso como caja de resonancia de las relaciones de fuerza a nivel doméstico. Sin embargo, como advertimos existieron divergencias.

En las discusiones sobre el ingreso de China a la OMC, el gobierno de Clinton logró construir consenso. En el marco del ascenso del conflicto social y el cuestionamiento a la globalización, se respondió con una articulación estatal de la ofensiva unificando a la fracción globalista con otra: la vinculada con el agronegocio. Esta poderosa alianza permitió profundizar las políticas de liberalización comercial, aprobando el PNTR para China en el Congreso.

En el caso del TPP, con muchas dificultades, Obama logró volver a articular esa alianza para aprobar el TPA en el Congreso. Sin embargo, este triunfo fue frágil. En las negociaciones multilaterales posteriores, la propia dinámica de “ensayo y error” y los signos de debilidad de la dominación imperialista, llevaron a que el Ejecutivo concediera dos cuestiones a último momento: la menor protección a los medicamentos bilógicos y la exclusión de las tabacaleras del ISDS. El Estado cedió para lograr sellar el acuerdo, pero a la vez fueron esas mismas concesiones las que generaron que tabacaleras y farmacéuticas, con influencia significativa sobre determinados líderes del Congreso, rechazaran el TPP y con ello, peligrase su posterior aprobación en el Legislativo.

En el marco de la campaña en contra de sindicatos y asociaciones empresariales americanistas, la organización del lobby para presentar el TPP en el Congreso se volvió ineficaz y prácticamente una tarea imposible para Obama, cuando el conjunto del personal político del Estado estaba más interesado en contar con ese financiamiento para las elecciones y así garantizar su autoconservación. En ese contexto electoral, el gobierno no pudo articular de conjunto a la fracción globalista ante el cambio de posición de tabacaleras y farmacéuticas, derrotar a los sindicatos, construir consenso y contar con los votos como para presentar el TPP en el Congreso.

El Congreso y los límites de la política doméstica

A partir de lo ya expuesto, nos adentramos en la comparación de las dos votaciones analizadas en la tesis: PNTR para China en el 2000 y el TPA en 2015, comprendiendo al Congreso como caja de resonancia de las relaciones de fuerza a nivel doméstico y un límite para lograr consustanciar políticas de libre comercio. En este sentido, en ambos casos Clinton y Obama intervinieron personalmente para poder sortear ese límite, como anteriormente mencionamos.

A primera vista, se observa como una diferencia clara cómo en el caso de PNTR estamos ante una votación más ordenada, mientras que las dificultades para la aprobación del TPA llevaron a una situación más caótica: demoras en la presentación y tratamiento de la ley, una cantidad de maniobras parlamentarias, la unificación con otras leyes e incluso ciertas votaciones adversas.

En ambos casos puede apreciarse una predominancia del lobby de los sectores globalistas y asociados al agronegocio, con expresión territorial y partidaria. Especialmente, en el caso de la fracción globalista, teniendo influencia no sólo en el Partido Republicano sino también en el agrupamiento de los New Democrats garantes de los escasos votos demócratas a favor de las políticas de libre comercio. En el caso de PNTR para China, hubo 73 votos demócratas positivos, mientras que para el TPA fueron sólo 28 en la Cámara de Representantes, en una votación que fue más ajustada y con mayor presión de los sindicatos como anteriormente mencionamos.

En este sentido, en ambos casos, fue fundamental el apoyo del Partido Republicano a estas iniciativas políticas de presidentes demócratas. Sin embargo, en el caso del TPA, si bien se observa una mayor polarización política (encontramos en la procedencia partidaria un determinante explicativo fundamental del voto), apreciamos como fenómeno más visible las diferencias internas de cada partido vinculadas con la agudización de la fractura de la clase dominante. Al aparecer la fracción americanista organizada en agrupamientos corporativos efectivos, hubo más presiones, principalmente sobre legisladores republicanos, para que se posicionasen en contra del TPA y luego, del TPP alegando la falta de medidas para evitar la manipulación monetaria.

Las relaciones de fuerza particulares de cada estado se expresaron especialmente en las votaciones en la Cámara de Representantes. En los estados del cinturón del óxido en ambos casos fue donde más se visibilizó el rechazo a las políticas de liberalización comercial, lógicamente por haber sufrido en especial sus consecuencias. En el caso del TPA, aparecieron como actores fundamentales de la oposición las automotrices con tradicional presencia en estos estados del Rust Belt. A la vez, los sindicatos mostraron en esa zona su despliegue territorial, al igual que en California y Nueva York, donde la presión de los sectores globalistas en favor de las políticas de liberación comercial era particularmente significativa.

Una diferencia importante entre las votaciones puede observarse en la pérdida de capacidad de lobby de los empresarios textiles en Georgia, North y South Carolina. En la discusión respecto al PNTR para China habían tenido influencia entre los sectores opositores. Sin embargo, producto de los propios efectos del NAFTA y el ingreso de China a la OMC en el sector, muchos de estos empresarios industriales no pudieron competir con los productos baratos importados, lo cual lógicamente también afectó a su capacidad de presión política. Si bien aparecía un sector del Partido Republicano en conjunto con los representantes demócratas manifestándose en contra, la mayoría republicana en estos estados terminó votando a favor del TPA.

En ambos casos, en el Senado la dinámica estuvo signada por la presentación de enmiendas para bloquear el tratamiento de las leyes. Estas resultaron peligros concretos. Sin embargo, en el caso del TPA, es posible advertir una fragilidad política de las fuerzas propulsoras de la ley. El hecho de que haya sido aprobada con el límite de 60 votos (los necesarios para evitar maniobras como el filibuster) es expresión de que las dificultades para construir consensos fueron mayores.

Finalmente, como ya mencionamos, la dinámica impuesta por la campaña electoral imposibilitó el tratamiento del TPP en el Congreso. El frágil triunfo de Obama con la aprobación del TPA, no pudo ser sostenido en el marco de las divisiones dentro de los globalistas, la consolidación política de los americanistas con Trump como candidato presidencial, y las presiones y diferencias al interior del Partido Demócrata con la campaña de los sindicatos contra el TPP y la sorpresa del fenómeno de Bernie Sanders en la interna partidaria. A medida que se desarrollaba el calendario electoral, representantes y senadores fueron modificando su posición, evidenciando la debilidad de Obama para construir consenso, incluso contando con el aval de las grandes corporaciones empresarias y su millonario lobby. Así la política doméstica terminó imponiéndose sobre la exterior.

El triunfo de Trump y el veto presidencial al TPP expresaron este cambio en la relación de fuerzas, apareciendo una intención de privilegiar la dominación y acumulación dentro del espacio nacional por sobre la búsqueda de garantizar la reproducción del capital a escala global como principal potencia imperialista, lo cual se expresó en un cambio en la relación entre Ejecutivo y Legislativo.

Estado y clase dominante: conflicto interburgués y lucha de clases

La investigación nos permitió profundizar en la caracterización de la relación entre Estado y clase dominante atendiendo a las especificidades de Estados Unidos y sus transformaciones desde fines del siglo XX signadas por los efectos del proceso de internacionalización del capital.

En primer lugar, amerita señalar una vez más que el accionar estatal no puede ser explicado como un mero reflejo de los intereses de la clase dominante ni como un instrumento racional de ésta. Por el contrario, aquello que pudimos apreciar en el análisis de ambos casos, es cómo el Estado interviene en una dinámica constante de “ensayo y error” (Álvarez Huwiler y Bonnet, 2018, 2022). Las relaciones de fuerza a nivel doméstico e internacional fueron limitando en distintas oportunidades y de diversas formas el accionar estatal.

En este sentido, el Estado se presenta como una estructura heterogénea capaz de mantener vínculos complejos y contener diversas clases y fracciones de clase, garantizando la dominación (Hirsch, 2017a). Esta estructura heterogénea, en el análisis de los casos de la presente tesis, puede apreciarse en el papel de distintos ámbitos estatales. Un ejemplo es la propia USTR y el conjunto de sus comités de asesores que incluyen mayoritariamente la participación de empresarios y sus asociaciones. En ambos casos esta instancia se presentó como vehículo para traducir los intereses capitalistas a posiciones coherentes de política comercial (Panitch y Gindin, 2013a). Además, en el análisis pudimos observarla como un espacio dentro de la estructura estatal que busca también incluir en ciertos comités a los sindicatos, en pos de canalizar y neutralizar sus demandas.

Desde la articulación de la USTR, pero principalmente, desde el conjunto del Ejecutivo, observamos, a su vez, en ambos casos, la organización del lobby empresarial. Incluso en varias oportunidades, pudimos ver cómo las propias asociaciones empresarias le demandaban al gobierno hacerse cargo de esa tarea. En este sentido y fundamentalmente en la compleja relación entre Legislativo y Ejecutivo divisamos al Estado como esa estructura heterogénea. El Congreso, como caja de resonancia de las relaciones de fuerza a nivel doméstico, pone de manifiesto lazos complejos y a escala territorial de las distintas clases y fracciones de clase.

Obviamente, los propios partidos políticos juegan un papel de mediación central en este entramado de vínculos entre clase dominante y Estado. En este sentido, aparecen también expresados allí la fractura tanto por arriba como por abajo y sus contradicciones. En el Partido Demócrata, aparecen visiblemente las diferencias entre distintos sectores, ya sea por la histórica relación con los sindicatos y la organización de un nuevo sector a la izquierda encabezado por Bernie Sanders, pero también con la consolidación desde los 90 del agrupamiento de los New Democrats como expresión de la fracción globalista y su fortaleza tanto en el financiamiento como para imponerse como dirección política. Por su parte, en el Partido Republicano, aparecen las diferencias entre el creciente peso de sectores conservadores tras la experiencia del Tea Party y el tradicional establishment republicano con fuerte influencia de la US Chamber of Commerce (Post, 2017). El surgimiento del fenómeno trumpista en este marco, reflejó no sólo el avance de los sectores más reaccionarios dentro del Partido Republicano sino también la consolidación de la fracción americanista.

Las diferencias políticas, no sólo en materia comercial, fueron agudizándose al interior de los dos partidos políticos en los últimos años. Las contradicciones entre representación y financiamiento aparecen atravesando a ambos partidos, a la vez que la heterogeneidad de cada uno de ellos les permite contener y establecer vínculos con distintos sectores de la sociedad civil. La diferencia clara que observamos en ambos casos, remite a cómo esas contradicciones se agudizaron tras la crisis de 2008, con la profundización de la fractura por arriba y el desarrollo de no sólo nuevas asociaciones empresariales americanistas, sino también de nuevos fenómenos políticos por izquierda y por derecha.

Ahora bien, comprender al Estado como una estructura heterogénea, no racional, no un mero instrumento de la clase dominante, limitado y atravesado por las relaciones de fuerza a nivel doméstico e internacional, actuando bajo una dinámica de “ensayo y error”, no implica asumir la inexistencia de una orientación política del Ejecutivo ni quitarle todo tipo de intencionalidad a sus acciones, mucho menos obviar su enraizamiento con la acumulación. Es decir, “el Estado no puede ser ni todopoderoso -pues esto suprimiría las contradicciones inherentes a la sociedad capitalista- ni completamente inoperante” (Wirth, 2017, p. 419). Y si el Estado no sabe más que los capitalistas cuáles son las condiciones necesarias para la reproducción del sistema, entonces es fundamental, evitando una mirada esquemática y lineal, poner el foco en los intereses y el accionar de los distintos actores sociales, comprendiendo al conflicto interburgués signado por la lucha de clases.

De allí, que es importante indagar en cómo se configura el bloque en el poder, comprendiendo que “el bloque en el poder refiere al predominio político de una fracción de la burguesía sobre otras el que (…) se halla entrelazado con la capacidad de hegemonía sobre la clase obrera y otros grupos sociales subalternos” (Piva, 2012, p. 135). En este sentido, observamos cómo, con y mediante la ofensiva neoliberal, la fracción globalista se constituyó como predominante en el bloque en el poder. En esta línea, en el conjunto del desarrollo de la tesis, se puede apreciar la importancia del Estado en el proceso de expansión global de los capitales norteamericanos, basado en el vínculo entre clase dominante y Estado, no por fuera de éste. Por más internacionalización productiva, los vínculos políticos entre capitalistas y Estado, en todos sus niveles y poderes persiste (Duménil y Lévy, 2004a; Meiksins Wood, 2002; Panitch y Gindin, 2014). “Los grupos mundializados actúan dentro de un aparato de raíces locales y amoldan los requerimientos de la acción imperial a esa estructura nacional-estatal” (Katz, 2011, p. 58). En este sentido, se constituyen como fracción en el Estado y aquí radica el diferenciado papel que juega Estados Unidos por fuera de sus fronteras como potencia imperialista y principal agente de la globalización (Meiksins Wood, 2001, 2002; Panitch y Gindin, 2013a).

Retornamos en este sentido, a aspectos teóricos fundamentales sobre cómo la clase dominante y sus fracciones se constituyen en el Estado (Bonnet, 2012), la unidad ante la dinámica competitiva propia de los capitales individuales puede lograrse en el Estado y en su antagonismo con la clase obrera. Aquí observamos cómo el accionar del Estado está mediado por el desenvolvimiento de la lucha de clases: la reproducción de la dominación y la acumulación depende de la capacidad del Estado de neutralizar el conflicto y a la vez dar cohesión a la clase dominante.

En el caso del ingreso de China a la OMC, pudo concretarse esta política justamente porque desde el Estado se logró una articulación de la ofensiva, como anteriormente describimos, derrotando al movimiento antiglobalización. Mientras que, en el caso del TPP, el cambio en la relación de fuerzas, tanto por las divisiones dentro de la fracción globalista como por la creciente organización política de la fracción americanista, imposibilitaron que desde el Ejecutivo se neutralizara la campaña opositora de los sindicatos. Escenario que se conjugó con la dinámica de la campaña electoral y las presiones de autoconservación del personal político del Estado en sus distintas funciones y poderes. Aparecieron tensiones políticas específicas al interior los partidos políticos y entre éstos y las corporaciones empresarias, como expresión no sólo de la fractura de la clase dominante sino también de cómo “el interés específico del personal del Estado en su autoconservación puede entrar en contradicción con la adecuación de sus políticas a los requerimientos de la reproducción capitalista” (Álvarez Huwiler y Bonnet, 2022, p. 139).

En este sentido, el conjunto de este análisis permite no sólo dilucidar los cambios y continuidades entre ambos casos, sino también cómo el Estado estadounidense no deja de estar atravesado y arraigado en la propia dinámica de las relaciones de fuerza entre clases y fracciones de clase a nivel doméstico. Esa dinámica tiene asimismo sus particularidades dadas por el papel de Estados Unidos a nivel internacional como principal potencia imperialista. A continuación, focalizaremos en esas tensiones, problemas y contradicciones específicas.

Imperialismo y dominación doméstica

Intrínsecamente relacionado con el apartado anterior, el análisis de los casos permitió arrojar luz sobre cómo se desenvuelve la contradicción entre la dimensión imperialista de la dominación y la dinámica de la lucha de clases a nivel doméstico. En este sentido, las tensiones entre Ejecutivo y Legislativo atravesaron al conjunto de la tesis. El Congreso apareció como un límite tanto para el gobierno como para las grandes corporaciones para poder avanzar en las políticas de liberalización comercial. Esto lo observamos tanto en las discusiones sobre el ingreso de China a la OMC, como en las negociaciones del TPP. Al igual que también aparecieron las presiones domésticas como motor de las denuncias llevadas a cabo contra China en el Órgano de Solución de Diferencias de la OMC.

Ahora bien, no sólo observamos a Estados Unidos interviniendo mediado por la condensación de fuerzas a nivel doméstico. También se aprecia que, por más internacionalización productiva y asociación de capitales de diversos orígenes en empresas multinacionales, interviene por momentos en defensa de sus empresas en el marco de la competencia a nivel internacional, en la medida que la fracción globalista logra ser predominante en el bloque en el poder. En esta línea, se observa la unidad de la burguesía en el Estado operando en el mercado mundial en una relación competitiva con otras naciones (von Braunmühl, 2017). Esto lo vemos, por un lado, en la defensa de intereses concretos de empresas o sectores en la negociación por el ingreso de China a la OMC para obtener beneficios por sobre las empresas europeas. Por otro lado, en la formulación del TPP, en la búsqueda por aislar al gigante asiático como principal competidor y la preocupación por establecer medidas respecto principalmente a las empresas estatales y los derechos de propiedad intelectual, es posible identificar también esta defensa a las empresas estadounidenses en el mercado mundial. En las constantes alusiones a la competencia geopolítica con China y a “quién escribe las reglas del siglo XXI”, a su vez, puede apreciarse una referencia a quién lograba imponer sus condiciones y cristalizarlas en una nueva normativa, en este caso bajo la forma de un acuerdo mega regional de libre comercio. Aparece en el TPP pero también en el protocolo de acceso de China a la OMC uno de los aspectos que Panitch y Gindin (2013a) habían considerado característico del imperio informal: el “derecho internacional americanizado”. Es decir, la implementación y extensión a nivel internacional de la normativa estadounidense, dándole un manto de imparcialidad en el marco de tratados internacionales. En este sentido, podemos comprender la normativa establecida como forma de asegurar condiciones de homogeneidad y previsibilidad para los capitales, posibilitando un marco para su expansión.

Ahora bien, si entendemos que condensadas determinadas relaciones de fuerza a nivel doméstico, Estados Unidos interviene en materia de política exterior en defensa de condiciones privilegiadas para las empresas norteamericanas, debemos comprender que su accionar no deja de estar determinado también por las relaciones de fuerza a nivel internacional. Esto lo observamos en el análisis de los casos en las distintas instancias de negociación multilaterales. De allí que se desprenden las dificultades para imponer determinadas condiciones o administrar los tiempos. A su vez, como ya advertimos, el Estado no “sabe” más que los capitales individuales y su accionar imperialista está asentado sobre garantizar las condiciones de valorización. Esta conceptualización permite dilucidar un conjunto de contradicciones.

En el análisis de los límites y posibilidades que abrió el ingreso de China a la OMC esto se apreció claramente. Se evidenció una disociación entre acumulación y dominación imperialista, afianzándose la primera. En otras palabras, vimos cómo la integración de China al mercado mundial posibilitó sin dudas, una gran acumulación y expansión de capitales sobre ese gigantesco mercado, se profundizó el proceso de deslocalización de capitales y especialmente así las empresas extranjeras aprovecharon la reserva de mano de obra barata china, obteniendo ganancias extraordinarias. Sin embargo, los pronósticos de reforma política, pérdida de poder del Partido Comunista Chino y su control sobre la economía aún no se concretaron. En la autonomía que logró mantener el gigante asiático tras el acuerdo de ingreso a la OMC podemos rastrear elementos sustanciales para comprender su transformación en un rival desafiante para los Estados Unidos.

Así es posible nuevamente evidenciar cómo el accionar estatal responde a las necesidades de valorización de los capitales por fuera de sus fronteras. Efectivamente, el acuerdo de ingreso de China a la OMC garantizó condiciones para la expansión y el crecimiento de la inversión extranjera da cuenta de ello. Sin embargo, en ese “ensayo y error”, amerita señalar que aquello que para muchos países contribuyó para reproducir la acumulación y dominación imperial mediante políticas de liberalización comercial, en China no fue suficiente o lo fue sólo momentáneamente.

En esta línea, recuperamos la crítica que realizamos al planteo de Panitch y Gindin. Al sostener que Estados Unidos opera como imperio informal garante del capitalismo global, encontramos una perspectiva que pareciera asignarle al Estado un conocimiento sobre las condiciones necesarias para la reproducción del sistema, convirtiéndose ese en su “interés nacional”. Como ya expusimos, aquí adoptamos una mirada diferente: aquello que motiva la estrategia de acumulación es la expansión global de los capitales norteamericanos, sin saber “más” que ellos. En este sentido, al ser cada vez más amplio, más global, el espacio de acumulación e incluso al fragmentarse los procesos productivos en distintos territorios, las funciones de dominación que tiene que asumir Estados Unidos por fuera de sus fronteras se acrecientan, complejizan y diversifican. En otras palabras, nuestra perspectiva es inversa: no es su carácter de garante del capitalismo global lo que explica cómo interviene el Estado norteamericano, sino que al ser cada vez más mundial el espacio de acumulación de las grandes corporaciones y al estar más internacionalizada la producción, es que el Estado por su inscripción en la propia dinámica de la acumulación debe asumir más y nuevas funciones de dominación en esa escala. Es decir, ese papel es resultado de la expansión global de los capitales y es a la vez, la dominación imperialista la que permite profundizar ese proceso.

Esta caracterización nos posibilita ahondar en las contradicciones y dificultades que atraviesan a Estados Unidos. En otras palabras, los planteos que parten de la premisa del imperio informal garante del capitalismo global contienen un problema: el dominio de Estados Unidos se presenta como indiscutible. En ese aspecto, aunque son visiones contrapuestas, devienen en el mismo tipo de premisa determinista de quienes tienen una mirada basada en la decadencia norteamericana como punto de partida. La perspectiva que aquí adoptamos, por el contrario, se funda sobre el análisis del devenir de las contradicciones, comprendiendo que la acumulación y la dominación no tienen una reproducción mecánica ni garantizada en tanto están medidas por la lucha de clases. Estamos ante una mirada no determinista sobre el curso que puede adoptar el desarrollo de Estados Unidos como potencia imperialista.

Ahora bien, nuevamente esto no implica que haya que subestimar el poderío norteamericano aún existente. En este plano los aportes de Panitch, Gindin (2013a) y Anderson (2014) son valiosos para dar cuenta de la fortaleza tanto a nivel financiero, ideológico y militar. Sin embargo, no consideramos que deban darse por sentado como elementos inmutables. A la vez, alertamos sobre los inconvenientes de partir de la premisa de la decadencia total de Estados Unidos y su inminente reemplazo. Concebir esto como un devenir preestablecido obnubila que ese proceso no necesariamente es pacífico y sin tensiones o incluso puede no ocurrir.

El análisis del imperialismo norteamericano, reiteramos una vez más, debe correrse de visiones que enfaticen excesivamente o en sus fortalezas o en sus debilidades. Es fundamental comprender e incluir ambos aspectos, ver las dos caras del mismo proceso, y para ello, es central indagar en sus contradicciones, en tanto aquello que determinará su curso es el propio desenvolvimiento de la lucha de clases.

Esta mirada es la que nos permite comprender las dificultades para la consolidación del TPP. Partir de la idea de un imperio informal indiscutible capaz de saber cuáles son las condiciones necesarias para la reproducción del capitalismo global, no aporta explicaciones sobre por qué Estados Unidos no sólo formuló un tratado de libre comercio para aislar a China sino tampoco por qué no logró materializarlo. Nuevamente entonces, amerita señalar que la crisis de 2008 significó un punto central que puso en juego la necesidad de una reestructuración capitalista, de relanzar la acumulación y la dominación.

Paradójicamente con el TPP como tratado de libre comercio, Estados Unidos buscaba ampliar el acceso y las condiciones de valorización en otros mercados, pero también fracturar el mercado mundial aislando a China. Esto evidenciaba contradicciones entre acumulación y dominación imperialista: las necesidades de contener y subordinar al gigante asiático anidaban problemas para la acumulación para capitales que ya habían deslocalizado parte de su producción allí y aspiraban a romper los techos que China imponía para la acumulación. Es decir, en el propio planteo del TPP aparecía una contradicción entre los intereses de la fracción globalista y las necesidades de dominar a China, fortaleciendo el papel de Estados Unidos como principal potencia imperialista del mundo. Al no concretarse el TPP, no podemos saber cuál hubiera sido el despliegue de esta tendencia. Sin embargo, sí podemos advertir la incongruencia y la incapacidad de establecer miradas funcionalistas entre el accionar estatal y los intereses de la burguesía o sus fracciones, ni su capacidad para saber de antemano cuáles son las condiciones necesarias para la valorización a mediano o largo plazo.

A su vez, aparece nuevamente la importancia de dar cuenta de las contradicciones entre la acumulación y dominación en los dos planos: doméstico e internacional. Dificultades que, como vimos en el análisis específicamente del TPP, se agudizaron y determinaron mutuamente. Esto se debe a que estamos, como advertimos, ante un mismo Estado con funciones cada vez más complejas y con una extensión global de su dominación, sin dejar de ser “Estado en su territorio”. De allí que, el sustancial cambio de relación de fuerzas a nivel doméstico -producto de los propios efectos de la internacionalización productiva en la estructura de clases y la agudización de la lucha de clases tras la crisis de 2008- explica la imposibilidad de llevar a cabo el TPP[2]. La política doméstica se impuso sobre la exterior. En ese sentido, el triunfo finalmente de Trump y su veto al TPP significaron una derrota de la fracción globalista y una imposición de la americanista para privilegiar la dominación y acumulación dentro del espacio nacional por sobre la búsqueda de garantizar la reproducción del capital a escala global como principal potencia imperialista.

La agudización de la fractura por arriba y el ascenso de la fracción americanista de la mano de Trump permite nuevamente apreciar cómo el papel del Estado en la conformación de las clases dominantes y su reproducción no es sustituido por los organismos internacionales por más funciones que cumplan. En otras palabras, no es posible sostener la tesis de la existencia de una clase y Estado transnacional, aunque sí es importante divisar las transformaciones que el avance en la internacionalización de la producción generó en la estructura de clases y en los Estados, especialmente en Estados Unidos por su papel diferenciado en el proceso. A su vez, resulta pertinente señalar que la consolidación de la fracción americanista y su ascenso político tampoco implicó un abandono total por parte de Estados Unidos de funciones respecto a la dominación imperialista, así como tampoco se logró revertir el proceso de internacionalización productiva. Por el contrario, se dio paso a nuevas contradicciones y una agudización de la inestabilidad a nivel nacional e internacional.

Signos del neoliberalismo en crisis

El neoliberalismo ha sido caracterizado de diversas maneras. Sin ánimos de reseñar a esta altura de la tesis el conjunto de esas discusiones, aquí buscaremos presentar, a partir del análisis de los casos, algunas tendencias de crisis del neoliberalismo entendido como proyecto de restauración del poder de clase (Harvey, 2015). Este punto de partida permite profundizar en la caracterización del neoliberalismo como una forma de dominación específica surgida como respuesta al desafío obrero de la década del 60 y principios de los 70, coordinando desde los estados la ofensiva hacia el trabajo. Desde ese punto de vista, el neoliberalismo mediante mecanismos de disciplinamiento monetario y apertura comercial logró momentáneamente una subordinación de los trabajadores por medio de la extensión e intensificación de la competencia (Bonnet, 2007b; Piva, 2020).

Como ya expusimos previamente, entre las políticas propias de la ofensiva neoliberal, los tratados de libre comercio resultaron un elemento central para disciplinar a la clase obrera estadounidense -expuesta por la competencia a la baja de salarios y a la propia desindustrialización provocada por la deslocalización de capitales- y del resto de los países a los cuales se les imponían medidas de apertura comercial y la subordinación al mencionado “derecho internacional americanizado”. En este sentido, en las políticas de liberalización comercial aparece de manera visible la conexión entre la ofensiva neoliberal y la internacionalización productiva mediante una específica forma de dominación imperialista que permitía la subordinación política de otros países y establecer condiciones para una mayor movilidad de los capitales.

Los casos analizados en la tesis resultan paradigmáticos en este proceso en tanto ponen de relieve no sólo las distintas temporalidades, sino los límites y contradicciones inscriptos en estas políticas de liberalización comercial. Esto nos permitió advertir una serie de signos y tendencias de crisis del neoliberalismo desde 2001, pero significativamente desde la crisis de 2008. Estos elementos se encuentran interconectados y sólo con fines explicativos aquí los distinguimos analíticamente. Demás está decir que es posible identificar otras tendencias, sólo focalizaremos en aquellas que se desprenden del análisis de los casos. Se destacan, en primer lugar, los problemas para la dominación imperialista estadounidense que suponen, por un lado, el ascenso de China y por otro, la creciente conflictividad social y cuestionamiento al neoliberalismo como forma de dominación profundizadas tras la crisis de 2008. En segundo lugar, señalamos las dificultades para reproducir la dominación y la acumulación a nivel doméstico con la agudización de la fractura por arriba y los procesos de movilización por abajo.

Indiscutiblemente, una tendencia que debe ser advertida es el crecimiento de la economía china y su rivalidad con Estados Unidos, constituyéndose un actor fundamental a nivel internacional. El ingreso de China a la OMC, como ya señalamos, significó a la vez un punto cúlmine y un límite de este proceso de ofensiva neoliberal e internacionalización productiva. La integración (parcial) de China al mercado mundial abrió paso a que sea incorporada la fuerza de trabajo china mayoritariamente al circuito del capital global, y con ello lógicamente también a una profundización de la deslocalización de capitales, la fragmentación de los procesos productivos y la consolidación de las cadenas globales de valor. No obstante, si bien se garantizaron condiciones para la mayor movilidad de los capitales, China mantuvo cierto control de su economía y no se consustanció una subordinación política. En otras palabras, la dominación imperialista de Estados Unidos no logró afianzarse tras el acuerdo de ingreso a la OMC. La privatización parcial, la autonomía del Estado chino y su control sobre especialmente el sistema bancario posibilitaron el despliegue de lo que hoy es China como principal rival de Estados Unidos. Aparecieron en el corto plazo visiblemente los límites, como un “techo” para la mayor expansión e inserción de los capitales extranjeros en el territorio chino por el control estatal sobre sectores clave de la economía, sumado a las denuncias por el “robo” de tecnología y violación de los derechos de propiedad intelectual. El hecho de que estos límites no hayan sido superados mediante los propios mecanismos que establece la OMC y su “sistema de reglas” y que la política estadounidense se haya orientado hacia la formulación del TPP para aislar a China y fracturar el mercado mundial es expresión de dificultades tras la crisis de 2008 para relanzar la acumulación y afianzar la dominación.

La respuesta de China formulando otro tratado de libre comercio para hacerle frente a Estados Unidos en la región, el Regional Comprehensive Economic Partnership (RCEP), presentaba un desafío a “quién escribe las reglas” y cómo se configura la relación de fuerzas a nivel internacional. A su vez, el propio proceso de crecimiento de la economía china devino en un proceso de sobreinversión y sobreproducción que encontró un canal en la expansión fuera de sus fronteras mediante la estrategia de la Ruta de la Seda, desafiando así a la dominación imperialista norteamericana. Expansión de los capitales chinos que aún así se desarrolla en los marcos de las propias condiciones del “capitalismo global” construidas por Estados Unidos y que sigue dependiendo del dólar como moneda mundial.

Ahora bien, el crecimiento de China y los problemas de Estados Unidos para subordinarla, deben encuadrarse también en un aspecto central: el foco de la política exterior norteamericana en Medio Oriente especialmente tras los atentados del 11 de septiembre del 2001. El “pívot asiático”, con el TPP como una de sus políticas, llegó tarde para revertir este proceso. Se observa así los problemas que le implica a Estados Unidos sostener y garantizar las condiciones de valorización a sus capitales expandidos a nivel global. Al respecto, Hobsbawm sostenía:

[…] ningún estado o imperio ha sido lo suficientemente extenso, rico y poderoso para mantener la hegemonía política, y menos aún para alzarse con la supremacía política y militar. El mundo es demasiado grande, complicado y plural. Y no parece factible que Estados Unidos, ni ninguna otra potencia estatal imaginable, pueda consolidar su dominio, por más que se lo proponga (Hobsbawm, 2012, p. 34).

Si bien sin dudas resulta un problema lo extenso, complejo y plural que es el mundo, la dificultad de consolidar un dominio en esa escala radica en la reproducción del capitalismo caracterizado justamente por su desarrollo desigual y combinado. Su reproducción contradictoria mediada por la lucha de clases fragmentada en cientos de estados-nación, hace que la reproducción de la dominación imperialista sea no sólo un constante ensayo y error, sino una sucesiva búsqueda de contener diversas crisis. La intervención cada vez más costosa ante los desequilibrios inherentes del sistema hace que Estados Unidos asuma más responsabilidades en un mundo más interconectado lo cual genera que intervenciones en determinadas regiones influyan en la política adoptada hacia otras.

La crisis desatada en 2008 supuso, en consonancia, mayores problemas para la dominación imperialista estadounidense. Sin embargo, los problemas eran visibles incluso con anterioridad. Los procesos de movilización social a nivel internacional desde principios del siglo XXI ya venían cuestionando al neoliberalismo como forma específica de dominación agrietando la capacidad de los mecanismos de coerción económica para poder subordinar a la clase obrera. Este proceso se abrió con la ola que sucedió tras la “Batalla de Seattle”, con expresión en el rechazo al ALCA en el marco de la explosión de la lucha popular en América Latina y las consiguientes movilizaciones ante reuniones de distintos organismos internacionales (Morgenfeld, 2016a; Pascual, 2009, 2016). Un signo a nivel internacional de estos primeros límites podemos encontrarlo en las dificultades para profundizar la agenda de liberalización comercial no sólo a través de acuerdos como el ALCA sino también en la parálisis de la Ronda de Doha de la OMC. La disciplina monetaria y la apertura comercial como ejes del neoliberalismo en tanto formas de subordinación de los trabajadores se empezaron a mostrar ya desde principios del siglo XXI, incapaces e inviables ante procesos de movilización social en distintas partes del mundo.

Con la crisis de 2008 y sus consiguientes efectos a escala global, estos límites no sólo se hicieron más evidentes, sino que se profundizaron. Las recurrentes crisis políticas y las oleadas de protestas sociales (entre las que se inscribe fenómenos como Occupy Wall Street) dan cuenta de las dificultades para la dominación y la coordinación de las respuestas estatales. A la vez, el crecimiento de nuevos fenómenos políticos de extrema derecha en distintas partes del mundo, buscando establecer proyectos asentados sobre la base de la exclusión/neutralización de amplias capas de la población, permiten empezar a dilucidar elementos de una dominación posneoliberal (Piva, 2020).

Sintetizando lo hasta aquí expuesto, estamos ante signos de crisis de la forma de dominación neoliberal expresados en el crecimiento de China y la incapacidad de Estados Unidos de subordinarla mediante las políticas características de la ofensiva neoliberal, así como también en el debilitamiento de la dominación imperialista ante cuestionamientos en distintas partes del mundo, el abandono en muchos casos de las recetas neoliberales y las dificultades para lograr una reestructuración capitalista tras la crisis de 2008.

La ligazón entre la crisis de la dominación neoliberal con las debilidades de Estados Unidos como principal potencia imperialista resultan un mismo proceso indisociable que, a su vez, está imbricado con las propias dificultades a nivel doméstico.

El análisis aquí expuesto, nos permitió claramente apreciar como aspecto central de las transformaciones en la dinámica política estadounidense los efectos de la desindustrialización y la fractura estructural provocados por el avance de la internacionalización del capital. Específicamente para Estados Unidos, significó, como ya expusimos, la constitución de dos fracciones cada vez más delimitadas y políticamente organizadas de la burguesía: la globalista y la americanista. El conflicto interburgués se agudizó ante los efectos de la crisis de 2008 y apareció visiblemente al analizar las discusiones sobre el TPP. En ese marco, también se comprende el desarrollo de fenómenos políticos como el Tea Party y posteriormente el ascenso de la figura de Trump.

El lobby como forma de acción colectiva empresaria continuó expandiéndose, haciendo cada vez más costosas las campañas electorales. Sin embargo, aparecía como un mecanismo para ver qué fracción lograba imponerse y, por ende, qué propuestas de salida y reconfiguración iban a desplegarse ante la crisis. Como ejemplificamos en el TPP y en las elecciones de 2016, ya no resultaba eficiente como mecanismo de la ofensiva neoliberal, en tanto no resultaba capaz de imponer políticas de liberalización comercial ni a la candidata de la fracción globalista en la Casa Blanca.

A su vez, la expansión del lobby fue minando también la propia legitimidad del sistema político. El excesivo dinero corporativo gastado en la política estadounidense constituye un problema para la construcción de consenso en tanto complica la presentación del “interés particular como general” de cara al conjunto de la sociedad civil. El cuestionamiento a estos mecanismos a nivel social no sólo se expresa en la apatía o descreimiento en el sistema político, sino también en que cada vez más actores de la política estadounidense denuncian el financiamiento privado y la influencia de las grandes corporaciones. Esto lo observamos en los candidatos “outsiders” buscando canalizar este descontento de distinta manera en la campaña electoral de 2016.

Vemos entonces, dificultades para la dominación signadas por el conflicto interburgués y la incapacidad de ambas fracciones de imponer una determinada relación de fuerzas y reproducirla. De allí la creciente inestabilidad en el sistema político estadounidense. Como ya citamos, “ninguna de estas coaliciones capitalistas de clase está proponiendo un proyecto de acumulación renovado” (Riley, 2021). Ante la incapacidad de desarrollar un proceso de reestructuración tras las crisis de 2008, no aparece un panorama claro sobre cuál será la reorientación y reconfiguración de la dominación y acumulación. Esto explica los vaivenes de la política estadounidense y las dificultades económicas, observables, por ejemplo, en el aumento exponencial del déficit comercial, el endeudamiento de Estados Unidos (siendo China uno de los grandes tenedores de sus bonos de deuda) y la creciente inflación.

Estamos ante una acumulación de contradicciones, en los cuales la fractura y desorientación por arriba se conjugan con procesos de movilización por abajo. La creciente conflictividad social en Estados Unidos también se inscribe en las consecuencias propias de la internacionalización productiva y evidencian el debilitamiento de los mecanismos propios de la dominación neoliberal. Occupy Wall Street, Black Lives Matter, el movimiento feminista y la ola de huelgas y sindicalización configuran un escenario novedoso para la política estadounidense. El impacto de estos fenómenos aparece especialmente sobre el Partido Demócrata interpelado por su base de votantes y a la vez por el crecimiento del “socialismo democrático” liderado por Bernie Sanders. Estamos ante una serie de procesos que indican cambios en la configuración de las relaciones de fuerza.

En este sentido, amerita resaltar nuevamente que no hay una escisión tal entre los aspectos domésticos e internacionales ni tampoco entre las distintas intervenciones alrededor del mundo, se entrelazan y provocan fuertes contradicciones que atraviesan Estados Unidos y que le implica tener que atender como Estado muchos frentes para contener crisis diversas.

En otras palabras, con la incorporación de China al mercado mundial vía el ingreso a la OMC se consolidó un gran avance en la mundialización del capitalismo, sin embargo, como sostenía Meiksins Wood (2015) en las fortalezas del sistema también están los signos de sus debilidades. Estados Unidos encabezó ese proceso y a la vez, tuvo que asumir garantizar su reproducción contradictoria, la subordinación del trabajo, la acumulación y la dominación imperialista a escala global. Situación que, en el caso de Estados Unidos, como observamos, se conjugaba con la necesidad de reproducir y subordinar la relación de fuerzas a nivel doméstico al ejercicio de la dominación imperialista.

El conjunto de este análisis nos permite entonces apreciar cómo la crisis del neoliberalismo como proyecto de restauración del poder de clase está ligada a la propia agudización de los problemas que la internacionalización productiva provoca. De allí que debemos poner el foco en el desenvolvimiento del proceso en tanto como señalaba Marx, “hasta cierto punto, reproducción. Luego se trastrueca en disolución” (Marx, 2009b, p. 93). Porque, una vez más amerita señalarlo, estamos ante la reproducción de una relación antagónica como lo es la de capital-trabajo que nunca es idéntica a sí misma: los equilibrios inestables y las crisis son su característica.

En este sentido, varios autores señalaron la apertura de un “interregno” en términos de Gramsci y su famosa frase acerca de lo viejo que no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer (Fraser, 2019; Streeck, 2017). Más allá de la caracterización de Trump como un “monstruo” en ese interregno, las conceptualizaciones sobre la crisis del neoliberalismo y la existencia de nuevas tendencias resultan aún más interesantes en tanto permiten indagar en las causas y posibles desenlaces de la situación actual en la cual lo que prima, sin dudas, es la inestabilidad y la incertidumbre. Más aún a partir del desarrollo de la pandemia del COVID-19 y sus consecuencias. Queda entonces, para analizar en futuras investigaciones, qué elementos de cambio y de continuidad aparecen en este “interregno”. Al respecto se abren una serie de preguntas: ¿cómo se expresó bajo el gobierno de Trump la relación entre Ejecutivo y Legislativo? ¿Cómo se formuló y que posiciones tuvieron los distintos actores sociales ante la iniciativa de llevar adelante una guerra comercial con China? ¿Qué efectos tuvo la guerra comercial? ¿Por qué perdió las elecciones Trump en 2020 y qué cambio de relación de fuerzas expresó?

Esperamos en futuras investigaciones atender a estas líneas de trabajo a la vez que deseamos haber contribuido con el presente análisis a repensar la relación entre Estado y sociedad civil, en particular la relación Estado – clase dominante, y entre dominación doméstica e imperialista en Estados Unidos y su rivalidad con China en la actualidad.


  1. Las automotrices incluso estuvieron a favor del ingreso de China a la OMC en un primer momento.
  2. Excede incluso al propio recorte espacial aquí propuesto, pero también amerita preguntarse sobre la persistencia del TPP y su renegociación tras la salida de Estados Unidos, así como los procesos de resistencia popular en sus países miembros.


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