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Conclusiones

El fenómeno de las Misiones Sociales únicamente fue posible dada la constelación de elementos que se conjugaron para dar forma a la articulación discursiva particular que se desplegó entre la identidad política chavista y el Estado venezolano, piloteada durante el período bajo estudio por Hugo Chávez. Fue alrededor del juego hegemónico y las vicisitudes que la disputa política implica, marcadas por la contingencia y la intervención de diversos y heterogéneos actores sociales, donde se produjeron las condiciones necesarias para que se desplegara una política social con tales características.

Los últimos dos decenios del siglo XX en Venezuela estuvieron marcados por convulsiones sociales y conflictividad política, produciendo un punto de agotamiento en el sistema de partidos que deslegitimado dio paso al proceso de ruptura populista encargado de sepultarlo. De este modo, un nuevo bloque de poder se posicionaba obedeciendo a su propia naturaleza, caracterizada por la heterogeneidad de actores sociales que lo integran y el rol que la contingencia juega como un factor clave en el modo en que se organizan los mismos, tanto alrededor de la arquitectura institucional resultante, como en torno a las políticas que emanaron de dicha coyuntura.

Establecido el panorama que dio origen a la política social estudiada, es posible observar la incidencia que tiene la identidad política hegemónica sobre esta en el momento en que se desarrolla e implementa, puesto que se sustenta sobre un juego de sobredeterminación donde dicha identidad interfiere en la arquitectura institucional del Estado, tanto a través de la gestión de reclamos promovida mediante movilizaciones sociales, como por medio de una guerra de posiciones donde lo va permeando, conquistando cada espacio posible.

Sin embargo, su especificidad radica en que no puede explicarse simplemente a través de la teoría de sistemas desarrollada por Easton, puesto, que dirigido por el gobierno de Hugo Chávez, el Estado interviene constantemente sobre la articulación de la identidad política hegemónica resignificando, no solo el conjunto de demandas presentadas por la sociedad, sino a las identidades políticas mismas que lo interpelan por no haber sido procesadas adecuadamente.

Es este, uno de los principales elementos que caracterizan a los procesos de ruptura populista conceptualizados previamente. Al no existir identidades fijas, los contenidos de estas fluctúan constantemente, mientras que algunos significantes denominados flotantes gravitan entre fronteras antagonistas vaciando de contenido a los enunciados hegemónicos siempre variables y en tal sentido, dejando la puerta abierta a la disputa políticas por el significado en todo momento.

Para tal efecto, la lógica que opera detrás de la forma irregular en que se fue construyendo el entramado institucional que sustenta a las misiones sociales, que puede constatarse desde el primer proyecto que dio origen a esta política, resulta en que se manejen con un sentido de gestión de crisis en términos sociales y electorales, sin prever necesariamente las dimensiones que alcanzarán en un futuro.

Aunado a ello, es necesario señalar como todas las aristas que configuraron esta red de protección social apuntaban a la satisfacción de una necesidad sentida como urgente en el momento, algunas veces inclusive construyendo entidades paralelas para evitar la transacción política que implicaba tener que disputarse la autoridad de las mismas en su autonomía como ocurrió con la educación, permitiendo así saldar la situación de forma inmediata y edificando los cimientos de lo que pasarían a ser los misiones sociales, aunque dicha metodología no estuviera exenta de factores contraproducentes por implicar un desajuste financiero en el tesoro público que se hará evidente al avanzar la crisis de los precios de las commodities.

Todo esto, implicó la resignificación constante de lo que se entiende por ciudadanía social, dado que dicho juego de sobredeterminación se mantiene sobre una contienda constante por definir su significado. Por una parte, puesto que la identidad que aspira a ser hegemónica procura influir sobre la consciencia colectiva posicionando su noción de ciudadanía social frente al resto de identidades que disputan el terreno político, entendiendo que al haberse desplegado en un momento de ruptura la visión antagónica siempre desborda cualquier capacidad dialógica hasta que el Estado logra institucionalizar a las demandas insatisfechas, consiguiendo el imperio de la lógica de la diferencia sobre la equivalencial y conduciendo a la confrontación antagonista a mutar su hacia una lucha agonista donde los conflictos puedan ser procesados efectivamente, aunque nunca neutralizados.

Pero, al mismo tiempo, a través de las respuestas que el Estado ha dado a tal conjunto de demandas en la forma de políticas públicas se delinean los límites de lo entendido por ciudadanía social, estableciendo el universo de aquello que se espera al presentar un reclamo, mientras que, con el involucramiento de los actores en el proceso de satisfacción de las mismas incluyéndolos de forma directa o indirecta en su implementación, se busca redefinir la concepción de ciudadanía social predominante en dicho ámbito social.

Así, se produjo el círculo virtuoso que sirvió como objeto de estudio para esta investigación, donde identidad política hegemónica, Estado y ciudadanía social conforman una relación sobredeterminante, produciendo la dinámica de poder que se expresa entre los dos primeros factores a través de un momento de ruptura populista, lo que deriva en que la definición del último sea siempre contingente y por ello, represente la condición de posibilidad del universo performativo para continuas disputas donde lo político prime al momento de determinar el status de bienestar social adecuado para considerarse miembro de una determinada comunidad, en la medida en que se es reconocido ciudadano no solo por  ser responsable por los deberes que ello implica, sino mediante el goce de los beneficios que le son inherentes a dicha condición en un contexto histórico específico.

Resulta relevante la recurrencia en que los discursos políticos y académicos venezolanos que fueron estudiados arguyen que varios de los programas que pasaron a formar el esqueleto de las misiones sociales no fueron creaciones originales, sino relanzamientos de políticas llevadas a cabo principalmente durante los gobiernos de Acción Democrática.

Sin embargo, aunque dicho argumento no carece de veracidad en tanto muchos de los programas, como aquello destinados al área educativa, constaban de estructuras organizativas y metodologías de abordaje que provenían de gestiones anteriores, lo que en parte se debe a que, al haberse conformado el partido de gobierno inicialmente como un movimiento electoral que se organizaba alrededor de la figura del líder sin parámetros ideológicos claros, muchos de los funcionarios que pasaron a ser gestores e implementadores de políticas tenían una relación ya sea filosófica afectiva con tales gobiernos, pero además, si se observa la historia venezolana desde principios del siglo XX pueden discernirse un conjunto de elementos que suelen repetirse en el sistema político venezolano, más allá de la identificación ideológica del partido gobernante.

En principio, es definitorio el papel que el petróleo ocupa en toda la estructura social estableciendo las reglas del juego para la economía política venezolana y coadyuvando a definir tanto los comportamientos de consumo, como la conducta electoral de los ciudadanos, hasta el punto en que distintos investigadores han recomendado que en lo que a estudios comparativos del comportamiento social se refiere, puede ser más viable comparar a Venezuela con países petroleros árabes que con otras naciones latinoamericanas (Coronil, 2013).

Igualmente, el proceso de nacionalización petrolera que se inició en año 1976 y el cual se profundizó durante los mandatos de Chávez, ha conllevado a que el sistema de partidos se organice en casi su totalidad alrededor de la distribución del excedente petrolero y contando el Estado con una capacidad de desembolso monetario significativa, por ser la principal empresa petrolera nacional PDVSA una de las mayores fuentes de divisas existente en el país, el gobierno nacional tiene un margen de maniobra significativo en lo que a recursos se refiere durante los momentos de bonanza y mayor capacidad de inventiva al momento de llevar a cabo políticas pensadas desde lo estratégico situacional.

En tal sentido, si bien para el momento en que aparece Hugo Chávez en el tablero político el pacto de punto fijo se encontraba herido de muerte no permitiendo que se reprodujera como pacto social, estos componentes que ya habían pasado a ser parte del imaginario venezolano determinando la noción de ciudadanía social y la dinámica institucional cotidiana, lograron adaptarse a los distintos contextos político-ideológicos.

Pero, ello no debe desviar la atención del fenómeno que motivó el desarrollo de esta pesquisa y es que la naturaleza ontológica de los procesos sociales que dieron origen a todo un conjunto de programas que divergían incluso en el caso de que se tratara de momentos populistas, puesto que la particular dinámica que permitió el surgimiento de las misiones sociales presentadas como un círculo donde identidad social con aspiraciones hegemónicas, Estado y política social se retroalimentan, puede ser entendida únicamente dentro del panorama estudiado, aunque la intención sea dejar una interrogante abierta que permita, a través de futuras investigaciones, construir una teoría del Estado capaz de deconstruir dicha lógica para aprehender con mayor precisión la especificidad del ciclo progresista latinoamericano.

Dado que no solo su carácter populista produjo la articulación de un conjunto de factores que en otras condiciones no hubieran podido existir, sino todas las contingencias históricas detalladas en el cuerpo de la investigación y asumiendo que, como afirman Mudde y Rovira (2013), los populismos rara vez se presentan como fenómenos puros, más bien suelen imbricarse con diversos elementos que están presentes en el imaginario social haciendo posible su representación por movimientos tanto de izquierda como de extrema derecha.

De ello se desprende, que en la mayoría de los gobiernos que formaron parte de dicho ciclo se pueden observar tendencias similares tanto en la forma como han sido ideadas e implementadas las políticas sociales como en los relacionamientos entre identidad política hegemónica-Estado/ Líder-pueblo salvando las diferencias socioculturales. Siendo posible afirmar que hay una lógica inherente a estos populismos latinoamericanos del siglo XXI que ha contribuido a que la política social se haya llevado a cabo de un modo en particular.

Atendiendo a estas consideraciones, al irrumpir el pueblo como un ente desarticulador del status quo corporizado en la figura del líder como significante vacío por excelencia que desplaza al bloque de poder dominante, interpelando al sistema de protección social con el reclamo de mejores condiciones materiales de existencia y un mayor reconocimiento de su condición soberana, no en representación de intereses de clase, etnia o género sino como antítesis de la élite gobernante, necesariamente la política social comienza a configurarse de una forma diferente teniendo que dar respuesta, aunque sea en el plano simbólico, a dichas demandas de una forma más directa y operando al menos en un principio bajo una lógica de gestión de crisis frente a la ruptura del sistema político.

Pero, es menester subrayar que aunque el caso estudiado sea categorizado por los autores como un populismo inclusivo, siendo evidente además en el discurso democratizante que busca materializarse a través de políticas que reivindiquen simbólicamente a aquellos excluidos por el sistema de protección social tradicional representados como el pueblo, ello no nos debe invitar a hacer valoraciones normativas acerca de los efectos positivos que puede generar la existencia de un fenómeno tal para la democracia, en tanto al desajustar los mecanismos de checks and balances en el proceso de erosión de las instituciones tradicionales inherente a los populismos inclusivos puede producirse un desbalance de poder en la forma como las políticas son implementadas, limitando su potencial democrático.

Esto llama la atención sobre la relevancia de construir un aparato teórico capaz de comprender, más allá del debate conceptual acerca de su condición epistemológica y de los  análisis sociológicos que buscan delimitar aquellos componentes que caracterizan a los populismos, sobre lo cual se ha construido una extensa bibliografía desde mediados del siglo pasado, la forma en que los procesos de ruptura populista inciden sobre todas las instituciones sociales, para poder recopilar sus efectos positivos y delimitar los negativos, perfeccionando los métodos de planificación e implementación de políticas públicas.

Al enlazar este concepto con la noción de ciudadanía social a través de la metodología propuesta, se espera haber contribuido humildemente a abrir el debate para futuras investigaciones más ambiciosas y extensas que sean capaces de construir un teoría con carácter universal y de aplicación empírica sobre la relación existente entre populismo, ciudadanía social y política social, permitiendo entender la heterogeneidad de nuestros subcontinente y lo que representó la década progresista latinoamericana para el complejo entramado social que la protagonizó.



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