Anagnórisis: Yendo de lo abstracto a lo concreto
La disertación presentada en los capítulos anteriores, tiene por objeto intentar ubicar la naturaleza de las Misiones Sociales mediante un proceso deconstructivo que permita demarcar sus condiciones de posibilidad definiendo la fenomenología particular que las caracteriza con la intención de, habiendo delimitado el modo en que dicha política opera, encontrar cierta relación de causalidad que atravesada por numerosas contingencias contribuya a establecer vasos conectores entre el carácter populista de los gobiernos liderados por Hugo Chávez y la especificad de las misiones sociales como su modelo de política social por excelencia, donde la categoría ciudadanía social funciona como un vehículo que ayuda a dar el paso de lo propiamente político a la política entendida como la forma en que es recolectado y administrado el erario público.
De tal modo, que en aras de obtener algún resultado es necesario iniciar el presente capítulo desarrollando aquellos elementos que condujeron a que el proceso social bajo estudio fuera considerado como populista.
1. Populismo y contingencia: De la política institucional a lo político de las instituciones
Como se explicó en la sección referida a la base teórico conceptual de esta pesquisa, uno de los primeros elementos que dan pie al despliegue de los proceso de ruptura populista es la existencia de una crisis hegemónica donde aquellos actores e instituciones que habían otrora servido para canalizar diversos reclamos se ven rebasados, haciendo que el esquema de análisis de sistema político descrito por Easton (1969) no pueda continuar cumpliendo sus funciones, en la medida en que el malestar social desborda su capacidad para metabolizar estas demandas en la forma de políticas públicas.
Acosta (2004), señala al declive del régimen puntofijista como una de las principales condiciones de posibilidad que hicieron a la emergencia de la identidad política chavista, desplazando al sistema de partidos tradicional de su función controladora del Estado junto a la élite que lo representaba. El autor, afirma que la oportunidad para crear una nueva cadena de equivalencias que lograse hegemonizar aunque sea contingentemente el tablero político, se dio cuando un conjunto de demandas particulares que exigían la reformulación de las políticas estatales sobre aspectos tan disimiles como la necesidad de avanzar hacia una mayor desregulación económica y más democracia sindical, en su rechazo al antiguo régimen y a los partidos que lo lideraban y en el acuerdo sobre la necesidad urgente de un cambio político, encontraron un punto común sobre el cual articularse.
La primera expresión de esta nueva cadena de equivalencias que comenzaba a definir sus contornos en base a dicho exterior constitutivo puede encontrarse en los eventos ocurridos durante el caracazo, los cuales desplegaban una alta carga emotiva que, aunque no estuviera estructurada en torno a un reclamo particular o al tipo de recambio político que se exigía, expresaba un sentimiento de rechazo hacia lo establecido. Como afirma Rey (2009), todo esto conllevo a la destitución del presidente Carlos Andrés Pérez, como un intento por recobrar la gobernabilidad, apaciguando a la opinión pública que se unificaba para renegar a la élite gobernante.
Pero, no sería hasta la aparición de Hugo Chávez en el escenario, un militar sin vinculación partidista que a partir del año 1983 decidió comenzar a organizar un movimiento insurreccional al interior de las fuerzas armadas sin definición ideológica clara en tanto su único objetivo era derrocar al gobierno y el cual contaba con escaso apoyo civil, sobre todo representado por pequeñas agrupaciones de izquierda con índices de popularidad muy bajos y vinculadas al movimiento guerrillero de los años 60, como el Partido Revolucionario de Venezuela (PRV) y Bandera Roja (BR) (Rangel, 2006) que, sin embargo, encontrará el modo de dar vida a un fenómeno político capaz de cambiar la historia del país.
Tras liderizar una sublevación fallida en el año 1992 y asumir plena responsabilidad sobre la misma, resignificando un gesto de sus contrincantes que habían optado por televisarlo con el fin de publicitar su derrota, logró atravesar al imaginario colectivo hasta el punto en que algunos de los principales líderes de los partidos tradicionales como Rafael Caldera, si bien no se unieron a su contienda justificaron las acciones realizadas resultando en que, tras ser liberado con la única condición de abandonar la carrera militar, este pudiera construir un partido presentándose como el “candidato antipolítico crítico férreo de los partidos tradicionales acusados de corrupción, clientelismo y de la crisis institucional de la nación, y con un discurso nacionalista, mesiánico y refundador de la patria…” (Patiño y Cardona, 2009, p. 175), proceso que Peñafiel (2003) analiza de la siguiente forma:
Las figuras de oposición, como se puede constatar, son fundamentales para la eficacia simbólica del discurso chavista. El anti –sujeto que sirve de contraparte a la figura del pueblo es l’ ancien regime: la corrupción, la IV República, el puntofijismo, AD y COPEI, el antiguo Parlamento, las cúpulas, la constitución moribunda, la partidocracia, la oligarquía, los ‘cogoyos’, la corruptela de la CTV, etcétera. Todas estas denominaciones del antiguo régimen son negativamente solidarias del proyecto de liberación popular del programa narrativo chavista (…) A su vez, la eficiencia de las figuras de oposición reside en el hecho de que preexisten en la opinión pública. El discurso chavista llega en un momento en el cual la crisis de legitimidad del sistema político está en su paroxismo (…) El discurso chavista logra entonces canalizar el descontento popular en contra del sistema político (Gutiérrez y Barboza, 2000, p. 91) hacia su candidatura… (p. 171).
Blanco (1998), a tal efecto, llevó a cabo una entrevista con el expresidente el 28 de marzo de 1995, habiendo transcurrido poco tiempo desde su intento de golpe de Estado, pero antes de ser electo presidente y en la misma, se evidencia este carácter de outsider catalizador del malestar social, cuando afirma: “Que me digan radical, revolucionario, ese soy yo, creo que hay que serlo. Y el que no lo sea, yo trato de convencerlo de que lo sea. En esta situación hay que ser bien radical y revolucionario” (p.83). También, en el discurso de toma de posesión de su primer mandato, llama la atención la forma como ilustra el contexto en el cual recibe la investidura, registrado por Chávez (2014):
Esa crisis no hubo capacidad para resolverla, la más mínima capacidad ni la más mínima voluntad para resolverla, siguió galopando como un pequeño cáncer que no es extirpado a tiempo… Hoy –señores- unirnos a los que quieren conservar esto tal cual está, buscar consenso con los que se oponen a los cambios necesarios, yo digo hoy, como Bolívar: ¡es una traición! (p.17).
Sin embargo, la forma en que el enemigo es representado variará dada la ambigüedad inherente a las identidades políticas hegemónicas cuando prima un momento populista. En un principio, se trataba de una partidocracia abstracta que recibió el nombre de IV República, identificando al régimen que se había establecido desde la instauración de un modelo democrático representativo en la década de los 60 hasta la llegada de Hugo Chávez al poder, pero tras el intento de golpe de Estado organizado por sus detractores en 2002 el discurso gubernamental se vio fuertemente radicalizado, empujado por la deserción y el apoyo al golpe de los grupos más moderados liderados por Luis Miquelena (1919-2016), a la vez que organizaciones como la Liga socialista, quienes habían tenido escasa capacidad de influencia en el imaginario político chavista hasta la fecha pasaron a jugar un rol determinante, hasta disolverse con la creación del Partido Socialista Unido de Venezuela tras su fundación en 2007.
Esto, se hace evidente al comparar la representación del otro en un discurso enunciado por Hugo Chávez (2014) después del intento de golpe de Estado en 2002, citado a continuación: “… pequeños grupos, que fueron y que tuvieron cuarenta años y más para tratar de hacer un país – como a lo mejor algunos trataron-, pero no fueron capaces (p. 22), con su exposición en el Foro Social Mundial durante el siguiente año:
Y claro, y claro que esto no lo entienden quienes nos adversan. La oligarquía venezolana no entiende esto, ellos tienen la ilusión de que sacando a Chávez, así con una pinza, se les acaba el problema y no sea dan cuenta de que no es Chávez, puede ser cualquiera, es un pueblo que decidió ser libre y va a ser libre (p. 22).
Así, el sujeto político chavista paso paulatinamente a articularse en torno a una cadena equivalencial conformada por un conjunto de demandas que no habían sido procesadas por el régimen político, cuyo único nexo residía en el rechazo hacia lo establecido, identificando a la elite gobernante como culpables de la plenitud ausente de la sociedad y resignificandola constantemente.
2. La aparición de los significantes vacíos
Entonces, habiendo colapsado este bloque de poder hegemónico junto al relato que lo sustentaba, tenía que ser reemplazado por algo o estallaría el caos, es ahí donde los significantes vacíos que ya venían delimitándose en torno a la disputa de los distintos actores y sus respectivas demandas por hegemonizar el tablero político pasan a jugar un rol determinante, siendo el sustrato discursivo que amalgama a la heterogeneidad de entes intervinientes. No obstante, dada su naturaleza contingente no tienden a definirse a priori, ni a mantener un significado determinado durante un período prolongado.
En el entendido de que la dinámica regente del fenómeno estudiado es tan cambiante que resulta difícil identificar características que perduren en el tiempo, motivo por el cual se evitó abarcar a la etapa posterior a la muerte de Hugo Chávez, se abstraerán una serie de significantes que han perdurado, conservando, inclusive, parte importante de sus principales elementos constitutivos al ser resignificados, con la intención de ilustrar aquella lógica general que gobierna dicho proceso, más que de puntualizar cuáles son sus principales componentes discursivos.
El primer significante que será analizado por encontrarse imbricado en la identidad política chavista desde sus inicios es el bolivarianismo[1]. En una entrevista realizada por Blanco (1998) antes de que Hugo Chávez llegara a la presidencia, puede discernirse el rol predominante que tenía en su estructura discursiva:
¿Dónde ubicar ideológicamente a nuestro movimiento? ¿En un tablero de izquierdas o en uno de derecha? Yo creo que en primer lugar el tablero no existe. ¿Dónde ubicarlo en un escenario que no existe, que no tiene parámetros de esa división? El MAS supuestamente es de izquierda, y ahí está apoyando un gobierno de derecha, reaccionario. El PCV hasta hace poco estuvo apoyando a Caldera. El MEP, un partido socialista en sus inicios, y está en el gobierno. Si revisamos, la Unión Soviética, el eurocomunismo, Felipe González es socialista, yo creo que se acabó el tablero. Este es un mundo en el cual, desde el punto de vista ideológico, se perdieron los parámetros. Yo no comparto la tesis del fin de la ideología, y quizás por eso, por no tener patrones de referencia, de la izquierda o derecha, es que nosotros audazmente hemos tratado de buscar un punto de referencia, original y autóctono, de un modelo ideológico que pudiese cohesionarse en torno al planteamiento bolivariano, zamorano, y de Rodríguez, como expresión de una época, de algo que aquí nació, y que no es de izquierda o derecha (p. 355).
Ahora, no hay intención excluyente, creemos que un sistema ideológico es un conjunto de ideas interconectadas, que deben ser muy sencillas […] La nuestra pretende ser revolucionaria y así está en el mismo nombre del movimiento que levanta e impulsa esa bandera, bolivariana y revolucionaria…(p. 294).
Siendo posible observar la misma tendencia en el discurso de toma de posesión para su primer mandato, efectuado el 2 de febrero de 1999 y recopilado en Chávez (2014):
No es entonces mera retórica, nuestra bolivarianidad, no. Es una necesidad imperiosa para todos los venezolanos, para todos los latinoamericanos y caribeños –fundamentalmente-rebuscar atrás, rebuscar en las llaves o en las raíces de nuestra propia existencia, la fórmula para salir de este laberinto…(p. 6).
…estamos retomando el sueño bolivariano, estamos retomando el auténtico bolivarianismo, y así lo decía Bolívar: ‘para formar un gobierno estable, es necesario que fundamos el espíritu nacional en un todo, el alma nacional en un todo, el espíritu y el cuerpo de las leyes en un todo. Unidad, unidad, esa tiene que ser nuestra divisa’ (p. 38).
Como, también, en las palabras que pronunció al retomar su cargo luego del intento de golpe de Estado efectuado en abril de 2002, registradas por Chávez y Rodríguez (2012):
Vengo dispuesto a rectificar donde tenga que rectificar. Pero no sólo debo ser yo el rectificador, todos tenemos que rectificar muchas cosas para que volvamos a la calma, al trabajo, al empuje y a la construcción de la Venezuela Bolivariana, para que sigamos construyéndoles la patria a nuestros hijos, a nuestros nietos, para que sigamos haciendo realidad el sueño de Bolívar (p. 100).
Otro elemento que resulta menester señalar, puesto que ha contribuido a establecer un sentido de coherencia en la lógica política que promueve al chavismo, otorgando cierto orden programático a la contingencia que caracteriza el modo en que se movilizan los distintos actores tanto al interior de la identidad política como frente a sus detractores, es el significante revolución.
Si bien ha variado en contenido desde representar únicamente un cambio de élites hasta una revolución socialista, es indiscutible la forma como atraviesa transversalmente al universo discursivo chavista desde sus inicios. Chávez (2014), subraya el carácter revolucionario del proceso político que lidera, al asumir su primer gobierno en el año 1999:
Esa resurrección a la que yo me refería tiene una fuerte carga, moral, social; es un pueblo que recuperó por su propia acción, por sus propios dolores, por sus propios amores, recuperó la conciencia de sí mismo y allí está clamando, es las afueras del Capitolio, y por donde quiera que vayamos. Eso no tiene otro nombre que una revolución (p. 16).
Así como, en su discurso de toma de posesión para el periodo 2000 -2006 (Op. Cit.):
Yo pido a Dios, con todo ese respeto por delante, con sus ideas, con sus creencias, ojalá que se incorporen todos a este hermoso proceso revolucionario […] Esta revolución no está naciendo con las ramas torcidas como nacieron otros procesos anteriores en Venezuela, que nacieron negando al resto, que nacieron arrasando la tierra, desconociendo los derechos; nacieron con la rama torcida y nunca se pudieron enderezar (p. 143).
Y en el discurso que pronunció durante el Foro Social Mundial del año 2003, publicado por el Ministerio de Comunicación e Información (2005):
Fue surgiendo la idea de un modelo social de incluidos, una sociedad de incluidos y no de excluidos donde se cumplan los mandatos de Bolívar […] Fue surgiendo la idea y un concepto originario además en lo ideológico. Fue surgiendo el bolivarianismo como propuesta ideológica revolucionaria (p. 15).
También, la apelación al cristianismo es un componente esencial para entender cómo funciona el chavismo y quizás uno de los más paradójicos, en la medida en que el recurrir a la religiosidad no solo es una rareza entre las democracias occidentales, sino que, lo es más aun en la política de izquierda, sobre la cual el ciclo progresista latinoamericano irrumpió desarticulando sus puntos nodales tradicionales e introduciendo categorías como nacionalismo, espiritualidad y orden. Peñafiel (2003), haciendo alusión a lo acontecido en el caso venezolano, señala que para ganar credibilidad el discurso chavista se apoyó en elementos identitarios que le otorgaran autenticidad popular, hablando a la plebe en su propio vulgo e implementando un vocabulario poco recurrente en el discurso político hegemónico.
Al respecto, pueden citarse diversos ejemplos que hacen constatable como su contenido se modifica mientras el significante se mantiene en el transcurso del tiempo. En el discurso de memoria y cuenta frente a la asamblea nacional correspondiente al año 2002, Hugo Chávez (2014) planteaba que:
…cuando uno ve aquello y sabe al mismo tiempo que aquellos pueblos están siendo bombardeados de manera inclemente por una campaña salvaje, mediática, manipuladora y desinformadora, entonces uno dice ¡Verdaderamente que la voz del pueblo es la voz de Dios! (p. 98).
…continuaremos profundizando este proceso de cambios imprescindibles para darle a Venezuela la paz que tanto queremos y para contribuir con América y con el mundo en la creación de un nuevo mundo de iguales donde vivamos todos como hermanos, como dijo Cristo el Redentor: ‘Cuando estén juntos como hermanos, como ecclesia, estaré con ustedes’ (p. 125).
También, cuando retorna al palacio de gobierno tras el golpe de Estado fallido, compilado por Chávez y Rodríguez (2012):
A partir de este momento, todo el mundo a la casa, todo el mundo a la familia. Vamos a recogernos allí en la casa, vamos a reflexionar, vamos a poner a Dios por delante. Esta imagen de Cristo crucificado me la regaló, cuando iba saliendo prisionero, en la madrugada de hace dos días, hace 47 horas exactamente, para este momento, un buen amigo: el general Jacinto Pérez Arcay. Me dijo: ‘Hijo, llévate a Cristo’; me lo llevé y aquí está de nuevo. Pues, invoquemos a Cristo, a Dios nuestro señor, y llenémonos de paz… (pp. 77 -88).
Y, por último, en el discurso emitido el 27 de agosto de 2004 al anunciarse los resultados arrojados por el referéndum revocatorio celebrado para dicho año, recopilado en Chávez (2014):
Bueno eso les digo, pero ustedes saben que eso será, si Dios quiere y si el pueblo quiere, porque aquí, finalmente, el pueblo es el que manda; y si no, no importa (…) ‘Y ¿quién hizo esa ley?’, me pregunta Rosinés[2], porque yo le dije que hay una ley. ‘Y quién hizo esa ley? Es la Ley de Dios más bien’; yo estoy aquí por la Ley de Dios. (op. cit., p. 222).
Para finalizar, existe un significante que irrumpió transcurrido el año 2005 pero lo hizo con tal violencia que logró posicionarse como eje articulatorio del imaginario chavista, se trata del Socialismo del Siglo XXI. Si bien, como plantean Petkoff (2005) y López (2008), nunca se definió con claridad a que hacía referencia, su centralidad llego al punto en que el partido de gobierno fundado en el año 2007 pasó a denominarse Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV).
Entre sus primeras puestas en escena, puede ubicarse a la intervención de Hugo Chávez en el Foro Social Mundial celebrado en enero de 2005 y registrada por el Despacho del presidente (2005):
Negar los derechos a los pueblos es el camino al salvajismo, el capitalismo es salvajismo. Yo, cada día me convenzo más, capitalismo y socialismo, no tengo la menor duda. Es necesario, decimos y dicen muchos intelectuales del mundo, trascender el capitalismo, pero agrego yo, el capitalismo no se va a trascender por dentro del mismo capitalismo, no. Al capitalismo hay que transcenderlo por la vía del socialismo, por esa vía es que hay que trascender el modelo capitalista, el verdadero socialismo […] Y además, también estoy convencido, como decía Ignacio Ramonet, que es posible, es posible trascender el capitalismo por la vía del socialismo y más allá, en democracia (p.90).
Como, también, al discurso pronunciado en la India el 5 de marzo del mismo año:
Para salvar al mundo es necesario que hagamos la agenda de trabajo estratégica y cualesquiera sean las vertientes revolucionarias que nos impulsen ideológicamente, lo que une esas ideologías diversas es la causa del ser humano, es la causa social, es la causa del socialismo, el capitalismo ha fracasado. ¡Viva pues el socialismo! Ahora tendremos que reinventar el socialismo del siglo XXI (op. cit., p. 203).
O a un conjunto de entrevistas realizadas por Díaz (2006) entre los años 2000 y 2005:
Hablé y escribí mucho sobre un ‘capitalismo humano’. Hoy estoy convencido de que es imposible. Pero esto ha sido producto de seis años de dura brega y de aprender de mucha gente […] Me convencí de que el socialismo es el camino y así lo dije en Porto Alegre y después aquí, ante la Asamblea Nacional. He invitado al país a un debate. Creo que debe ser un socialismo nuevo, con planteamientos frescos, acoplado con una nueva era que apenas está comenzando. Por eso me atreví a llamarlo ‘socialismo del siglo XXI’… (p. 206).
…entre los elementos que pudieran definir el socialismo del siglo XXI yo diría que el primer rasgo es el moral […] Sin duda lo que digo tiene mucho de cristianismo: ‘Amaos los unos a los otros’ o ‘Ama a tu prójimo como a ti mismo’. En realidad, se trata de eso: de la solidaridad con el hermano. Luchar contra los demonios que sembró el capitalismo: individualismo, egoísmo, odio, privilegios (p. 208).
Pero hay un significante que por su naturaleza se decidió no incluirlo en la misma categoría, aunque ha sido sumamente importante en la conformación de la identidad política chavista, como es la figura del líder. Petkoff (2005), considera que el personalismo es un elemento constitutivo del chavismo, postura que comparten Patiño y Cardona (2009), quienes, no obstante, ilustran que su representación se expresa a través de una relación directa entre líder y pueblo sin mediaciones institucionales, posible por su imagen de ser un hombre con cualidades excepcionales que viene a redimir al pueblo oprimido.
Urbaneja (2013), reitera dicha postura y afirma que es fundamental en la economía política chavista, puesto que tanto las prioridades como las reglas de decisión estarán formuladas de modo que favorezcan a la hegemonía del líder y a sus seguidores. De forma, que “su permanencia personal en el poder es un hecho indispensable para, y a la vez demostrativo de, la existencia de esa nueva hegemonía” (p. 357).
Ramos (2006), a su vez, arguye que en el chavismo se acentúa la figura presidencial sobre las formas de participación democrático liberales, en la medida en que el líder se posiciona por encima de los partidos y las ideologías, concibiendo a su propia organización como único representante legítimo del pueblo.
De modo tal, que considerando la crisis de representación que permitió la articulación de un conjunto de demandas insatisfechas en una cadena de equivalencia, mediante la cual se conformaron esta serie de significantes vacíos y flotantes, dando forma a un nuevo bloque de poder centrado en la figura del líder, el cual, a través de un proceso de ruptura populista logro sacudir el tablero político y posicionarse en el gobierno conservando contingentemente su hegemonía, es posible afirmar que la lógica que primo durante el surgimiento de la identidad política chavista es de carácter populista.
3. Una nueva ciudadanía social: El pueblo y las misiones
Expuesto el origen fenomenológico del chavismo entendido en su forma de identidad política, lo que permite deconstruir la lógica dominante durante el período bajo estudio para la transformación del Estado y el porqué de las políticas que se ejecutaron, es necesario avanzar sobre su relación con la noción de ciudadanía social, de modo que sea posible vislumbrar el circuito a través del cual las demandas insatisfechas son procesadas por el Estado y registradas a través de políticas específicas.
Sin embargo, como se explicó desde un principio, el objetivo de la presente investigación no es hacer un estudio exhaustivo sobre los conceptos de populismo ni ciudadanía social, ni tampoco utilizarlos como método de análisis para describir la forma en que operan durante el período seleccionado, sino intentar entrever una posible relación que se materializa en el modo en que la identidad política chavista se relaciona con el Estado que pueda expandirse en una investigación posterior.
Así pues, entendiendo a la ciudadanía social como la forma en que el capitalismo reconcilia su necesidad de acumulación con la preservación de la fuerza de trabajo produciendo políticas democratizantes en lo que respecta al bienestar social a través de acciones ejecutadas por el Estado, resulta bastante evidente cómo dicho concepto puede contribuir a comprender lo específico de la misiones sociales, en tanto, como se desarrolló en el capítulo precedente, el modelo por excelencia de política social chavista surgió de un intento de quienes ostentaban la dirección del gobierno nacional por intervenir sobre un conjunto de problemáticas sociales consideradas urgente, de cara a la conflictividad política que dificultaba su ejecución a través de las vías tradicionales con la premura requerida.
Todo ello, con le intención de garantizar un mínimo bienestar colectivo que incluyera a los sectores históricamente excluidos en un contexto de desinstitucionalización del antiguo modelo de bienestar social, permitiendo así, conservar la estabilidad social y construir paralelamente un piso electoral que produjese las condiciones de posibilidad para avanzar sobre los objetivos macro del Estado. De esta forma, avanzaba un proceso de solapamiento entre los programas focalizados recomendados por los organismos crediticios internacionales que se encontraban en proceso de implementación y la irrupción de un enfoque universalista, resultando en que sus contradicciones los llevasen a concebir el discurso de un universalismo progresivo (Alvarado, 2005).
Perspectiva que, sin emb0rago, será repensada tras la popularidad que dichas políticas consiguieron en un breve período de tiempo, conduciendo a que se posicionaran en el centro de la política social chavista hasta el punto en que la particular relación que se había creado contingentemente entre identidad política y política social pasase a ser el modo regular como ambas nociones serían entendidas en adelante.
De esta forma, se establecía una relación equivalencial entre los significantes ciudadanía social y pueblo, en la medida en que el segundo irrumpe continuamente sobre el primero para redefinirlo en el juego político. Pero, sin embargo, al institucionalizarse un conjunto de políticas en particular como producto de dicha dinámica el orden se invierte, puesto que las mismas intervienen sobre la identidad política hegemónica.
Ahora bien, antes de avanzar es necesario señalar que dada la naturaleza de las misiones sociales que está fuertemente marcada por una lógica contingente, no existe un marco regulativo único en el universo procedimental sobre el cual se sustentan, sino que se rigen por una amalgama de mandatos institucionales fenoménicamente diversos que, como se expuso anteriormente, no forman un complejo caótico, sino que operan a través de una racionalidad subyacente. Pinardi (2008), lo explica de la siguiente manera:
Como acontecimiento político, las misiones son el aparecer de unas no-estructuras, unas noinstituciones que se instalan en la esfera pública como actividades paralelas (puro movimiento, crecimiento auto-generado) que por su propio modo de ser hacen imposible cualquier consolidación. No son un “algo”, no tienen reglamentación ni pueden hacerse “sustantivas”. Son la “institucionalización” de formas des-institucionalizadas que operan excluyéndose del orden racional y legal, y que provisionales y transitorias tienen un crecimiento autónomo, flexible, independiente (p. 3).
De tal forma, cualquier análisis resulta exploratorio, siendo las Misiones Sociales entendidas como una política social conformada por diversos programas dirigidos a intervenir sobre aquellas áreas concebidas como socialmente urgentes por el gobierno nacional, un proyecto inconcluso con amplia capacidad adaptativa. De ello, resulta que su estudio exija la observación de un enorme número de elementos que permitan vislumbrar al criterio subyacente a la lógica que rige a sus distintos programas.
Pero, no existen tales pretensiones en la presente investigación, solo se intenta demostrar la existencia de una relación sobredeterminante entre los componentes antes expuestos, quedando pendiente para un futuro trabajo realizar una pesquisa más detallada acerca de la particularidad de dicha política.
Alvarado Chacín (2009), relata como Hugo Chávez irrumpió en el escenario político en un entorno de polarización y conflictividad dado el discurso radical y revolucionario que predominaba, por lo que desde un principio las Misiones Sociales estuvieran marcadas por el acontecer socio político del país. Siguiendo dicha línea argumentativa, la autora subraya que la crisis política del 2002 al conducir a un intento de golpe de Estado y al sabotaje petrolero del 2003, fueron dos de los principales hitos que contribuyeron a configurar a las misiones sociales, en el primer caso, a través de la implementación de programas compensatorios destinados a mantener la gobernabilidad y en el segundo, mediante el programa de acción para la coyuntura que fue pensado, por una parte, para solventar la situación de desabastecimiento alimentario ocasionado por el paro de la industria básica más importante del país, pero, además, para recuperar la popularidad que el presidente había perdido.
En dicho período, el accionar del gobierno estuvo enfocado en la recuperación del PIB, en el aspecto político económico y con respecto a lo social, fueron creadas las misiones en orden de remplazar progresivamente a la política social focalizada y paternalista que había primado hasta el momento. Hugo Chávez, citado por D’Elía y Cabezas (2008), explica el origen de las Misiones Sociales en una Reunión de Alto Nivel de Gobierno efectuada en el año 2004:
Ustedes deben recordar que, producto del golpe, y todo el desgaste aquel, la ingobernabilidad que llegó a un grado alto, la crisis económica, nuestros propios errores, hubo un momento en el que nosotros estuvimos parejitos, o cuidado si por debajo. Hay una encuestadora internacional recomendada por un amigo que vino a mitad del 2003, pasó como 2 meses aquí, fueron a Palacio y me dieron la noticia bomba: “Presidente, si el referéndum fuera ahorita usted lo perdería” Yo recuerdo que aquella noche para mí fue una bomba aquello, porque ustedes saben que mucha gente no le dice a uno las cosas, sino que se la matizan […] Entonces fue cuando empezamos a trabajar en la misiones, diseñamos aquí la primera y le empecé a pedir apoyo a Fidel. Le dije: “Mira, tengo esta idea, atacar por debajo con toda la fuerza” , y me dijo: “Si algo se yo es de eso, cuenta con todo mi apoyo” Y empezaron a llegar los médicos por centenares, un puente aéreo, aviones van, aviones vienen y a buscar recursos, aquí la economía mejoró […] Y aquella avalancha de gente que se nos vino encima, […] y empezamos a meternos todos, […] todo el equipo de Pdvesa, Frente Francisco de Miranda, formamos el comando político, lo ajustamos un poco más, y entonces empezamos a remontar en las encuestas, y las encuestas no fallan, […] es política, no es magia, y vean cómo hemos llegado (p.4).
Así, describía que la Misiones Sociales fueron pensadas en primera instancia para solventar las problemáticas más urgentes, dando una respuesta rápida y efectiva a aquellas demandas sociales que se presentaban en la coyuntura, pero, además, para intervenir sobre la forma en que dicha situación había trastocado los niveles de popularidad del gobierno. De eso se desprende, que uno de los principales elementos que impulsó a la implementación de la apuesta teórica propuesta, radica en el modo como están compuestos los actores sociales, tal como este señala con la participación del Frente Francisco de Miranda y el comando político.
En efecto, ya desde la aprobación del texto constitucional propuesto por Hugo Chávez en 1999, se anuncia el nacimiento de un nuevo tipo de relación Estado-sociedad que, si bien no contaba con los mecanismos necesarios para institucionalizarse, demostraría que su carácter informal era inherente a la lógica rectora del fenómeno estudiado, cuando en su actual artículo 6 establece al tipo de gobierno regente como: “democrático, participativo, electivo, descentralizado, alternativo, responsable, pluralista y de mandatos revocables” (Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, 1999). Haciendo énfasis en la relevancia que la participación tiene para esta forma de Estado social.
Documento sobre el que hizo eco el antiguo Ministerio de Salud y Desarrollo Social cuando publicó El Plan Estratégico Social citado por Alvarado (2004) donde, entre los principios que rigen a la política social, se enumeran los siguientes:
La Integración Social, como prerrequisito y paradigma de la participación, articulación de las instituciones públicas de lo social y como un estado al que se quiere llegar. B) La Corresponsabilidad. Responsabilidad y gobernabilidad compartidas entre ciudadanos y Estado. C) La Cohesión Social. Generación de una cultura política compartida […] D) La Participación Social, como componente que garantiza que el ejercicio de lo público no se agote en lo estatal, consolide espacios de expresión ciudadana y propicie la transferencia de decisiones y la redistribución del poder desde el Estado[3](p.185).
También, la Ley Orgánica de Planificación Pública y Popular (2010), además de subrayar en su título cierta analogía entre las categorías propias de la ciudadanía social y el significante pueblo que viene a irrumpir dado el carácter populista del período en cuestión, señala en su artículo 11 como el Consejo Federal de Gobierno, siendo la máxima autoridad en lo que a planificación de políticas públicas se refiere, aplicará “los procesos de transferencia de las competencias y atribuciones de las entidades territoriales, hacia las organizaciones de base del Poder Popular”.
De eso se desprende, que el significante Poder Popular es uno de los medios a través de los cuales se expresa fenoménicamente el proceso metonímico donde ciudadanía social y pueblo se articulan alrededor de la identidad política hegemónica, en tanto, permeando todas las instituciones y haciéndose presente no solo en los títulos de las leyes sino de los diversos ministerios, el pueblo ejerce su presencia en la arquitectura institucional del Estado, influyendo en la forma como la participación en reclamo de los derechos que la ciudadanía social otorga se perciben, no como algo inherente al individuo que los reclama a través del voto, sino como propios del pueblo que los reivindica en la calle.
Desde sus inicios, el gobierno de Hugo Chávez proclamaba la creación de nuevas relaciones de poder que permitieran erigir un tipo de Estado participativo y las misiones sociales fueron la expresión de la razón populista que caracterizó a su llegada al poder en lo que respecta a la política social. Lander (2007), explica el fenómeno de la participación en las misiones sociales, a continuación:
Aún no queda claro en qué medida las misiones constituyen el modelo de organización de la administración pública del nuevo Estado que podría reemplazar a las estructuras burocráticas anteriores En algunos casos, las misiones operan, básicamente, por vías al margen de la burocracia de los ministerios respectivos […] Por otra parte, su limitado grado de institucionalidad, y su liviandad burocrática, precisamente lo que les ha permitido a las misiones llegar en forma directa y rápida a los sectores populares, es a su vez una fuente de debilidad. Con frecuencia, la baja institucionalidad se expresa en la ausencia de procedimientos claros, de normas administrativas de gestión de los recursos que hagan posible la contraloría social para limitar el clientelismo y la corrupción, denunciados una y otra vez por las propias organizaciones populares (p. 73).
Aunque, con la participación de los sectores populares en un ambiente altamente polarizado se despliega un juego de roles que marca la lógica rectora del funcionamiento de las misiones, cuando el Estado no solo da respuesta a las demandas exigidas por los actores sociales en el transcurso de un proceso de ruptura populista, con la deconstrucción de las instituciones tradicionales que ello implica, sino que además, busca intervenir sobre la articulación de las identidades hegemónicas a través de la implementación de dichas políticas.
Esto se hace evidente en los primeros programas llevadas a cabo bajo el formato de las misiones sociales como la Misión Rivas, que tal como se citó en el apartado correspondiente, tiene por objetivo egresar al “Nuevo Republicano y nueva republicana bolivariana, ciudadanos y ciudadanas capaces de […] vivir en democracia de manera participativa, protagónica y corresponsable en el marco del ideario bolivariano […] para la construcción de una sociedad de convivencia[4].”
Igualmente, otro claro ejemplo de la percepción que sobre la implementación de dichas políticas se tenía, en el sentido de considerarlas como mecanismos capaces de incidir sobre el imaginario colectivo y no solo como una respuestas a demandas procesadas de forma indiferente por la de caja negra del aparato Estatal (Easton, 1969), es el modo en que el programa Misión Cultura Corazón Adentro entiende su objetivo de intervenir en la cultura, la cual define como “una manifestación social humana que transforma la realidad”[5].
Al respecto, en una investigación que realiza para analizar la forma como las Misiones Sociales contribuyen a construir identidades sociales, Sánchez (2007) subraya que la alta adhesión de la población a las mismas, más allá de sus propias debilidades institucionales y del modo en que se ven afectadas por la polarización política resultando en que su funcionamiento dependa de la lectura que el gobierno pueda hacer acerca de una determinada coyuntura electoral, evidencia lo que denomina como una subordinación positiva, donde la forma en que esta política es implementada favorece a la resignificación de la noción de ciudadanía social predominante, no necesariamente conduciendo hacia el simple clientelismo, sino articulando una ciudadanía que opera desde la lógica que el momento de ruptura populista ordena.
Todo ello, conllevó a la configuración de una ecuación en lo que a economía política respecta, donde la ausencia de un bloque social estable que direccione el proceder del gobierno nacional repercute en una menor institucionalidad durante la distribución de la renta petrolera que se efectúa con altos niveles de discrecionalidad, proceso que es descrito con detalle por Urbaneja (2013).
Así, se cierra un ciclo donde las demandas sociales insatisfechas procesadas como políticas públicas terminan interviniendo sobre los mismos actores sociales que motivaron su ejecución, adaptándose a la forma en que el Estado opera al implementar las políticas sociales para conservar y expandir los derechos que la ciudadanía social les ha otorgado y dada la naturaleza populista del periodo bajo estudio, ello solo es posible a través de una identidad social que sea contingentemente hegemónica como fue el caso del chavismo, donde el pueblo y lo popular pasan a representar al conjunto de derechos sociales concebidos dentro de la consciencia colectiva, alineando un nuevo tipo de ciudadanía social.
- Numerosos autores enfatizan lo relevante de dicho significante en el imaginario Chavista, entre ellos: Petkoff, T. (2005), Romero, J. E. (2005) y López, M. (2008). ↵
- Rosinés Chávez, hija del segundo matrimonio de Hugo Chávez.↵
- En el texto original se extienden los principios aún más, sin embargo, se citaron únicamente aquellos que resultaron relevantes para el análisis realizado. ↵
- Texto citado en el capítulo III, El inicio de una travesía. Extraído de su portal electrónico oficial, disponible: http://www.misionribas.gov.ve/index.php?option=com_content&view=article&id=16&Itemid=17 [Consulta: 2019, agosto 13]. ↵
- Citado en el capítulo III de la presente investigación, De la Contingencia al Estado de la Misiones. ↵







