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Emprendedorismo juvenil
y políticas sociolaborales

Sentidos construidos por funcionarios
y técnicos estatales en dos dispositivos
en el Gran Resistencia (Chaco)

Pablo Andrés Barbetti

Introducción

En la revisión de la literatura que analiza el alcance de las políticas sociolaborales orientadas a promover el emprendedorismo en la región, frecuentemente aparecen dos posturas contrapuestas.

Enmarcados en un enfoque económico ortodoxo, desde algunos organismos internacionales se fomentan estas experiencias argumentando que constituyen un recurso estratégico para la innovación, el crecimiento económico con impacto directo en el empleo y en la generación de ingresos. Desde enfoques más críticos, en cambio, se señala que forman parte del proyecto neoliberal de reproducción material y cultural del capitalismo y que devienen en un modo de colonización de los valores empresariales en muy diversos ámbitos, sin que necesariamente generen trabajo de calidad.

Este artículo se enmarca en una investigación más amplia, actualmente en desarrollo, que analiza la construcción de las actuales políticas públicas que buscan promover el trabajo independiente y los microemprendimientos en los y las jóvenes en el Gran Resistencia (Chaco), desde las prácticas sociales de los principales actores que la integran.

Específicamente en esta presentación, ponemos en discusión algunos avances referidos a los sentidos generados en torno a la relación juventudes-emprendedorismo, por parte de los funcionarios y técnicos estatales, en el marco de dos dispositivos públicos de inserción laboral. Se trata de los programas Promoción del Empleo Independiente, del Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social de la Nación, y Fortalecimiento para emprendedores chaqueños de base cultural, del Departamento de Industrias Culturales de la Provincia del Chaco.

Para la construcción de la información utilizamos una estrategia predominantemente cualitativa, incorporando pautas propias de un abordaje socioantropológico. Además de la revisión documental y observaciones de campo, realizamos un total de dieciocho entrevistas a funcionarios y técnicos locales vinculados a estos dispositivos.

Las políticas sociolaborales y la promoción del emprendedorismo juvenil

Como es sabido, el acceso de los y las jóvenes al mundo del trabajo configura una problemática que se manifiesta a nivel mundial en gran parte de las sociedades contemporáneas hace ya varias décadas. Al finalizar la década del 80, adquiere visibilidad en el campo de las políticas públicas, ingresa a la agenda de los organismos internacionales y de los gobiernos, y los y las jóvenes se constituyen como población “objetivo” de los programas sociolaborales (Balardini, 2004).

A partir de este momento, las políticas orientadas a mejorar los procesos de inserción laboral de este colectivo incluyeron –e incluyen– diversos tipos de intervenciones: cursos de capacitación laboral y/o formación ocupacional, acciones de orientación sociolaboral, pasantías y/o prácticas en espacios de trabajo, programas de primer empleo, de acompañamiento en la terminación de estudios de nivel secundario, así como aquellas orientadas a estimular el autoempleo y el desarrollo de microemprendimientos juveniles (Amargós, 2004; Jacinto, 2010).

Aunque el campo de estudio sobre estas políticas tiene un vasto desarrollo, varios autores (Rodríguez, 2002; Weller, 2007; Jacinto, 2010) vienen señalando que existen pocas investigaciones centradas en las acciones orientadas al autoempleo y a la promoción de los microemprendimientos juveniles.

En términos teóricos, dentro del campo de las políticas sociales y de empleo, podemos enmarcar estos dispositivos dentro de los paradigmas de la activación y de la individuación, que surgen de la mano del neoliberalismo económico. Las políticas de activación se caracterizan porque establecen las condiciones para el ingreso y contrapartidas por parte de los sujetos para la permanencia en los dispositivos. También porque uno de sus objetivos es reinstaurar una concepción de las políticas asistenciales basadas en la ética del trabajo y en la centralidad del empleo como mecanismo básico de inclusión social (Rosanvallón, 2011; Gautié, 2004). Merklen (2013), por su parte, considera que las políticas de individuación son un género de las políticas públicas que encuentra su blanco en el individuo mismo y no en las dinámicas sociales (como sí lo hacían las políticas de protección social de la modernidad organizada). Estas (nuevas) intervenciones se centran en la producción del sujeto individual e intentan comprometer a toda persona para que se asuma como un sujeto al mismo tiempo “activo” y “responsable”, “empresario de uno mismo”.

Efectivamente, en el caso de los y las jóvenes se busca desarrollar habilidades para que puedan autoemplearse, partiendo del supuesto de que ellos pueden crear proyectos productivos que generen, a su vez, empleo para otros –en lugar de disputar los escasos empleos existentes– (Jaramillo, 2004).

Sin embargo, como lo adelantamos en la introducción, en la revisión de los antecedentes teóricos y empíricos sobre este tema encontramos producciones en las que pudimos identificar dos grandes posturas sobre este tipo de políticas.

Una de ellas, enmarcada en desarrollos provenientes del campo de la teoría económica ortodoxa, realiza una valoración positiva de éstas señalando su impacto en el desarrollo social y económicamente sustentable, en la generación de empleo y en el mejoramiento de la calidad de vida de personas en situación de vulnerabilidad económica y social, en un marco de equidad y participación social. Similares son los argumentos sostenidos desde algunos organismos internacionales, entre ellos, la Organización Internacional del Trabajo y la Organización Iberoamericana de la Juventud[1]. En la misma línea, un investigador argentino, por ejemplo, sostiene que hay diversas razones para promover estas experiencias ya que articulan varios ejes estratégicos, como el crecimiento económico, la equidad, la innovación y el desarrollo productivo (Kantis, 2017).

Diferente es la lectura que se hace de estas políticas desde otras disciplinas de las ciencias sociales, como la sociología y la antropología. Así, por ejemplo, desde una posición más crítica, encontramos la hipótesis sostenida por Valencia Aguledo (2012) referida al hecho de que los gobiernos apoyan y fomentan la cultura del emprendimiento ya que ella posibilita mantener el orden social y la gobernabilidad, estrategia que es coherente con la nueva idea de la gobernanza del desarrollo.

También, desde sectores más críticos, se cuestiona el emprendedorismo –visto como solución al problema del empleo– puesto que se considera que forma parte del proyecto neoliberal de reproducción material y cultural del capitalismo monopólico. En palabras de Santos Ortega (2014), se trataría de un modo de colonización de los valores empresariales capitalistas (competencia, individualismo, meritocracia) en muy diversos ámbitos y de un sostenimiento de los procesos de dominación en las relaciones sociales de producción[2]. En la misma línea, Serrano y Martínez (2017) sostienen que, en la actualidad, asistimos a un proceso de extensión de un nuevo referencial cultural con el que pensar el empleo: el paradigma del emprendedor, que se traduce en un debilitamiento de los imaginarios colectivistas con los que históricamente se pensó y actuó frente a la vulnerabilidad. Se asiste, de este modo, a una reformulación de las concepciones de las políticas de empleo centrada en el concepto de empleabilidad, como un proceso individual y subjetivo. Gran parte de las medidas propuestas que buscan facilitar y promover tanto la iniciativa privada como la cultura emprendedora tienen como consecuencias directas una mayor flexibilidad y desregularización en el mercado laboral, al tiempo que se ponen mayores facilidades a las empresas para poder desarrollar su actividad (Rodríguez, 2013).

La perspectiva de análisis y los dispositivos elegidos

Ahora bien, lo que planteamos en la sección anterior se refiere a lecturas analíticas desde los marcos teóricos, pero ¿qué ocurre a nivel territorial?, ¿cómo significan estas experiencias los sujetos adultos que intervienen en estas políticas?, ¿los sentidos otorgados a estas intervenciones se ajustan a las concepciones teóricas presentes en sus diseños o los resignifican? Son estos los interrogantes que guían este capítulo y que, a su vez, se enmarcan en una investigación más amplia, orientada al análisis de la construcción social de este tipo de políticas en la que actualmente participan jóvenes en el Gran Resistencia (provincia del Chaco).

Para el análisis retomamos algunos aportes de autores de América Latina (Vázquez, 2015; Pleniscar, 2010; Krauskopf, 2005) que vienen analizando la producción socioestatal de las juventudes desde una perspectiva relacional que pondera el valor de mostrar en qué trama de actores, definiciones y contextos (sociales, políticos y económicos) las juventudes son producidas en el presente. Al igual que la juventud, el trabajo y el empleo, y más específicamente el trabajo independiente y el emprendedorismo, tampoco son categorías espontáneas de percepción del mundo social, sino que admiten muchas significaciones y son producidas por distintos actores e instituciones.

Siguiendo estas propuestas, a su vez, abordamos nuestro objeto de estudio considerando algunos aportes recientes de la antropología política y los desarrollos elaborados por autores como Shore (2010) y Balbi (2010, 2008), para quienes ni el Estado ni la política pueden ser analizados como conceptos estáticos, uniformes, homogéneos, reificados, con límites claros y estables en el tiempo.

Desde estos marcos, las políticas públicas son comprendidas como una construcción histórica y sociocultural, considerando que los “problemas” sobre los que se actúa no están “dados”, sino que son definidos subjetiva e interesadamente por los actores políticos y sociales estratégicos. Como señala Grassi (2006), ciertas problemáticas, así como sus modos de solución, pueden constituirse en objeto de disputa. Además, como lo explica Shore (2010), desde esta aproximación –y en contraposición a cierta literatura que interpreta linealmente el proceso de las políticas públicas– se resalta justamente su carácter complejo y desordenado, con efectos que sobrepasan los diseños e intenciones de sus autores. Una vez creadas, las políticas entran en una compleja red de relaciones con varios agentes, actores e instituciones; de allí la necesidad de conocer las múltiples y, en ocasiones, contradictorias interpretaciones que a aquellas otorgan las personas que intervienen en estos dispositivos.

En esta oportunidad trabajamos concretamente con agentes adultos, funcionarios y técnicos que participan en dos programas estatales[3]. Uno de carácter nacional, que se venía –y continúa– implementando en el Gran Resistencia, denominado Programa de Promoción del Empleo Independiente (PEI)[4] y diseñado desde el Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social de la Nación, y otro de carácter provincial, llamado Programa de Fortalecimiento para emprendedores chaqueños de base cultural (PFEC)[5] que, si bien fue diseñado y es implementado por un organismo local (Departamento de Industrias Culturales), se enmarca y vincula de manera directa con diversas políticas del Ministerio de Cultura de la Nación Argentina.

Aunque estos dos dispositivos promueven el empleo independiente y la creación de emprendimientos, y poseen algunos otros aspectos comunes, también tienen sus particularidades y diferencias.

Entre los aspectos comunes podemos señalar que ninguno de los dos se orienta exclusivamente a las juventudes, es decir que no tienen definido a este grupo como principal “destinatario”. Aun así convocan, mayoritariamente, a la población joven en términos etarios. En otros términos, se produce de hecho una suerte de “juvenilización” de estos programas, aunque los perfiles de los y las jóvenes en términos socioeducativos y culturales al interior de cada uno de ellos difieran.

Asimismo, son similares, en términos generales, los componentes o prestaciones que se ofrecen a los y las jóvenes para estimular la actividad independiente: a) actividades de formación y/o capacitación, b) apoyo en el financiamiento de los proyectos, y c) asesoramiento y acompañamiento en la puesta en marcha de estos. Sin embargo, aquí una diferencia central es que el PEI supone la transferencia monetaria desde el inicio y durante varios meses, en tanto que en el PFEC, el apoyo en dinero solo se da al momento de efectivizar el proyecto. Esto hace que el primero de ellos sea mucho más regulado –tanto en los itinerarios que ofrece como en los controles y las contraprestaciones que pide– frente al esquema más abierto y flexible que propone el segundo.

Otras diferencias centrales entre ambas propuestas se vinculan con a) los organismos responsables de su diseño: uno nacional y otro provincial; b) la masividad de su cobertura (siendo el PEI mucho más amplio ya que se implementa en todo el país) y, por lo tanto, con diferentes criterios de acceso (en el PEI se utilizan criterios de focalización, mientras que en el PFEC de autofocalización); c) si bien en ambos casos se promueve el trabajo independiente y el emprendedorismo (existiendo incluso objetivos comunes), los objetivos los trascienden[6].

Por último, un aspecto común es que ambas políticas proponen un esquema de interrelación y construcción multiactoral en su implementación territorial. Pero esta es mucho más compleja en el PEI por la cantidad y diversidad de actores que incluye.

Los significados construidos por los agentes adultos

Lo que ocurre también es que en el Ministerio el trabajador independiente todavía no se sabe bien qué es. (Entrevista 2. Mujer. Funcionaria nacional)

En este fragmento de una entrevista realizada durante el trabajo de campo se sintetizan dos aspectos emergentes, que luego se reiteran en los discursos de varios otros entrevistados al referirse a esta modalidad de trabajo.

Uno de ellos es la relativa “novedad” del fenómeno de la promoción del trabajo independiente y del emprendedorismo. Si bien no se trata de una modalidad de trabajo nueva ya que, como señala Busso (2006), es posible encontrar referencias a la existencia de trabajadores por cuenta propia en nuestro país desde el momento de constitución del mercado de trabajo a fines del siglo 19 y principios del siglo 20[7], recién aparece como una noción que se incorpora hace no más de tres décadas, tanto en el campo académico como político. A su vez, se reconoce que en la última década no solo se amplían los programas de este tipo, sino que también se diversifican notablemente los ministerios o áreas estatales desde donde se los ofrece (Barbetti, 2015).

Otro de los aspectos a los que la frase nos remite es a la “multiplicidad” de significados que asume este concepto. Entendemos que esto se vincula, por un lado, con la ya mencionada diversificación de propuestas orientadas a su promoción y la heterogeneidad de potenciales destinatarios. Pero, a su vez, creemos obedece al carácter “flotante” y ambiguo que posee el término desde su misma concepción por parte de los organismos internacionales, en el marco de una estrategia para lograr que éste sea “adaptable” y así lograr interpelar a muy diversos públicos (Martínez Sordoni, 2016).

Un modo de analizar dicha variedad de formas de significar estas experiencias es a través de la cercanía de las prácticas y los discursos de los adultos con los presupuestos de los dos enfoques económicos, que también aparecen en la literatura, como orientadores de los diseños de los programas. Si tomamos este camino, podemos distinguir algunas expresiones y concepciones más cercanas a la idea de una empresa o negocio desde el enfoque de economía capitalista clásica y otras más próximas a proyectos productivos con rasgos, principios y valores propios de la economía social[8], que no ponen el foco en la búsqueda de maximizar el beneficio económico, sino que priorizan el valor social de lo que producen.

Lo cierto es que, luego de realizar este ejercicio analítico, lo que identificamos es un continuo que articula, de manera parcial e incompleta y en ocasiones también contradictoria, ambos enfoques. Es decir, en los relatos no aparece la configuración de discursos que remitan a concepciones puras, solo de uno u otro modelo, sino en todo caso una combinación híbrida de ambos.

Desde una mirada más amplia, no sujeta solo a dichos modelos y más atenta a reconocer el valor que tienen para los actores involucrados, surgen otros significantes. Así, encontramos una serie de posiciones intermedias que nuclean algunas de sus características, pero que asimismo funcionan de manera variable de acuerdo con los públicos que atienden, los objetivos institucionales y las concepciones, principios y valores personales de los propios sujetos adultos (más allá de lo normado).

De los discursos de los agentes se desprenden algunas imágenes que nos remiten a diferentes campos semánticos, a partir de los cuales elaboramos tres categorías, considerando los sentidos que otorgan a las experiencias y los modos en que usan los términos.

El emprendimiento como un negocio pyme

Incluimos dentro de esta categoría aquellas expresiones que asocian el trabajo independiente y el emprendedorismo con la idea del desarrollo de un proyecto de negocio, con la creación de una empresa que sea rentable, que genere beneficios económicos para sí y sus miembros y que, además, tenga capacidad de mover o “motorizar” la economía regional:

El énfasis en el Ministerio en 2018 está puesto en los emprendimientos. ¿Por qué? Porque son generadores de la economía: a nosotros el empresario grande nos va a ayudar en la generación de empleo que necesitamos, por supuesto, pero en nuestra provincia si nosotros no fortalecemos a la pyme y no fortalecemos al emprendedor que viene de madera de base, no creo que podamos tener una economía. O sea, la idea acá es motorizar la economía, avanzar con las economías regionales, pero conociendo también que el emprendedorismo que se está viniendo es más amplio […] tenés el regional, el local y el que está viniendo es el tecnológico, el que incorpora componentes de innovación. Por eso creo que es un concepto clave y la apuesta que hace y va a seguir haciendo tanto el gobierno provincial como nacional es grande. Eso te digo porque en las reuniones que participamos con gente de nación, vemos que se está derivando plata con ese perfil de acciones y en la provincia el gobernador no hace otra que cosa más que decirnos: “¿Cuánto tenemos para entregar?, ¿cuántas carpetas salieron?, ¿cuánto le damos a este y a este?”. (Entrevista 8. Mujer. Funcionaria provincial)

Desde esta mirada, además de la rentabilidad, en los proyectos se valoran otros aspectos, como la sostenibilidad, la innovación, la calidad, la competitividad. En las experiencias prevalece la promoción de una racionalidad instrumental y de una mirada productivista y mercantilizada del trabajo. Un ejemplo que ilustra esta idea es el siguiente relato:

Un caso al que les fue bien, que les va muy bien, es a un grupo de chicos de General San Martín[9] que pusieron un bar, un restó, pero ellos desde el principio tuvieron todo, el combo completo: tienen la constancia, la motivación, entusiasmo, son creativos, van agregando cosas, innovando, están pensando en cómo crecer y lo ven a eso como un negocio, como su trabajo al que le dedican tiempo; están ahí de corrido. Siempre lo pensaron como una verdadera empresa. Tienen un empleado que colabora. Incluso quedó habilitada la opción de que si llegan a necesitar más gente, la pueden tomar a partir de otra línea que ofrece el Ministerio […] esa es la visión que nosotros tenemos desde la Gecal, es que el emprendedor se posicione como un empresario, como una pequeña pyme al principio y que vaya viendo la forma de ir creciendo. (Entrevista 6. Mujer. Referente técnica de un programa a nivel provincial)

Al referirse a los proyectos exitosos, varios entrevistados ponen el foco en la generación de empleo. Con ello, de alguna manera, se cierra el círculo virtuoso de la política: el Estado apoya financieramente al emprendedor, que luego crece y necesita contratar a otro y allí, nuevamente, el Estado lo beneficia con alguna otra línea o prestación.

El emprendedorismo, de este modo, es visualizado como una de las vías regias de la recuperación del “trabajo genuino” (que es el productivo), que supone un esfuerzo y, por lo tanto, también contribuye a recobrar la “cultura del trabajo”. Es decir, un tipo de experiencia alejada de la asistencia. Este planteo referido a la asociación entre el asistencialismo y su incidencia en la pérdida de la “cultura del trabajo”, que se puede encontrar en trabajos previos de Vitali, Cavigliasso y Lilli (2017), asimismo surge en varias de nuestras entrevistas. Especialmente en la voz de varios agentes del Ministerio de Trabajo notamos un esfuerzo importante por diferenciar al PEI de otras experiencias previas implementadas por la cartera de Desarrollo Social, caracterizadas justamente por tales rasgos:

Todo esto del trabajo independiente y los emprendimientos productivos nace con el programa Manos a la Obra, donde Desarrollo Social y el Ministerio de Trabajo trabajaban juntos. Se hizo un estudio de impacto y ahí se decidió dividir. Lo que pasa es, en realidad, que Desarrollo Social tuvo y sigue teniendo la mirada asistencial, con lo cual el impacto que tuvo lo que se implementó por ahí fue desastroso, fue darle la plata y no acompañar el proceso ni monitorear. En cambio, el Ministerio de Trabajo tiene una línea que acompaña y supervisa, que promueve integralmente el trabajo. Además, le pedimos el registro como monotributistas sociales; cuando inician, se tienen que formalizar. (Entrevista 5. Mujer. Personal técnico de una agencia provincial)

El emprendimiento visto desde esta lógica más productiva empresarial también está presente en los discursos de los entrevistados del PFEC. Además, en algunos sectores específicos (como, por ejemplo, el diseño de modas o de artesanías o en la música) algunas acciones se orientan a desarrollar el negocio (incorporando el análisis de las variaciones en consumo cultural, los circuitos de difusión y comercialización) e incluso con proyección a gran escala. De hecho, este último es el objetivo de la normativa provincial creada a tal efecto –Ley Provincial de Industrias Culturales–. Aun así, como veremos en las otras categorías, por el perfil que tienen los gestores luego se impone una impronta propia, más vinculada a lo social.

En suma, en esta primera categoría predominan sentidos asociados a la construcción de jóvenes empresarios, en algunos casos en una instancia incipiente, pero que en un futuro puedan constituirse como adultos productivos, con capacidad de desarrollar un negocio ajustado a las dinámicas del sistema capitalista.

El emprendimiento como una opción para el desarrollo y profesionalización

En esta segunda categoría agrupamos aquellas miradas que valorizan la potencialidad de la experiencia para los sujetos como una actividad laboral[10] –o con potencialidad para serlo–; es decir, como una ocupación que, además, puede contribuir al desarrollo de una carrera, a la construcción de un trayecto de formación y profesionalización.

Al analizar los sentidos expresados por algunos entrevistados, identificamos una asociación bastante directa entre el trabajo independiente y la idea más generalizada de la profesión[11]. O sea, lo que se destaca de esta modalidad de trabajo es que requiere de saberes particulares, que esos saberes se pueden ir enriqueciendo y acumulando (y con ellos ir configurando una carrera o recorrido laboral) y que –en mayor o menor medida otorgan un poco más de autonomía que el trabajo asalariado.

Pero además de la autonomía, otro aspecto clave en esta construcción categorial es la importancia que otorga interés al gusto por la actividad de los sujetos. Así, en varios casos, el emprendimiento aparece como una opción para hacer lo que quieren y desean.

Los intereses varían mucho de acuerdo a cada disciplina artística y también a las edades. En el caso de los diseñadores, por ejemplo, hay un largo camino recorrido. Vemos gente que se formó y se sigue formando y opta por este tipo de carrera. Algo parecido pasa con la gente de teatro y los músicos, terminan sus profesorados o la carrera que cursen y más allá de que consigan algunas horas en una escuela por la obra social, la apuesta más fuerte capaz está en lo independiente. Porque ahí está la posibilidad de hacer lo que más les gusta. Si miramos la gente que pasó por el programa, se puede llegar a identificar otra tendencia […] y es que casi ninguno está muy alejado de la actividad creativa. Capaz que los proyectos que presentan no tienen que ver exactamente con lo que quieren hacer, pero sí de algún modo los mantiene cerca de la actividad. Pienso en dos casos de dos chicas que salieron de los talleres de teatro, son actrices y en paralelo a su recorrido en la actividad cultural hicieron otras carreras universitarias, una Diseño Gráfico y otra Arquitectura (viven de esas profesiones), pero a la vez fueron también articulando sus carreras universitarias con la artística y siguen con su vocaciones, mejorándolas incluso, porque traen a los grupos de teatro innovaciones sobre diseño o sobre el uso del espacio. Y son todas disciplinas que en definitiva están dentro de lo que es la industria cultural, así que se potencian. (Entrevista 10. Mujer. Personal técnico de una dirección provincial)

El gusto, el deseo, el interés por la actividad que desarrollan son dimensiones que también operan, para algunos entrevistados, como un indicador de que muchas de las experiencias independientes o emprendedoras surgen a partir de una “elección” de los sujetos. Esta idea asimismo nos resulta interesante ya que, como lo señala Busso (2006) en los estudios que analizan el trabajo independiente en Argentina, uno de los ejes de debate y modo de clasificar el concepto, desde sus inicios hasta la actualidad, se vincula justamente por este binarismo entre los que “elegían” serlo y quienes quedaban en esta categoría por estar excluidos[12].

En este marco, entonces, podríamos decir que el rol de los dispositivos se orientaría a contribuir a iniciar y/o desarrollar esas carreras. Si bien los jóvenes que se acercan tienen motivaciones diversas, hay un grupo para quienes se puede pensar en el desarrollo de estrategias desde esta visión y acompañar institucionalmente.

Así como en el caso de los emprendedores “culturales”, en otras entrevistas del PEI también surgen consideraciones similares sobre los emprendedores “tecnológicos” y “productivos locales”:

Hay un emprendedor que es de la economía local, regional: ese es el productor que te vende el huevo, la miel, que trabaja con la madera, etc. Después está el nuevo emprendedor, como le digo yo, que es el de las nuevas tecnologías. Tenemos un grupo de chicos que están en eso. El otro día, sin ir más lejos, apoyamos en Barranqueras[13] a cuatro jóvenes, tienen más o menos entre 21 y 26 años, trabajan en el garaje de uno de ellos y están vendiendo software a Estados Unidos. Entonces, ¿qué te pide ese emprendedor? Te pide la computadora Mac porque hace que pueda vender el doble. Son chicos formados en informática, claro, pero que además de darles la máquina, nosotros tenemos que contactarlos con el “Informatorio”[14]. Otra es la realidad del productor de la economía regional donde no alcanza solamente con darle equipamiento. Ahí se trabaja con su profesionalización, con su formación, se está armando ahora una diplomatura en economías regionales, que es justamente para ellos, para profesionalizar a los emprendedores. (Entrevista 8. Mujer. Funcionaria provincial)

En esta cita aparece, además, parte del fundamento del crecimiento y diversificación de programas de este tipo: jóvenes con perfiles y necesidades diferentes.

El emprendimiento como un espacio de inclusión social y laboral

A diferencia de los dos anteriores, en este tercer grupo están aquellas construcciones de sentido que entienden el trabajo independiente y el emprendedorismo como una posibilidad de generar experiencias inclusivas. La inclusión, en estos casos, es comprendida en términos amplios, no solo en sentido laboral, sino también social, interpelando tanto a los y las jóvenes de sectores populares como a los de sectores medios, por ejemplo, los que participan de acciones del PFEC:

Son variados los proyectos y nosotros buscamos promover una experiencia más integral, que los jóvenes encuentren también un espacio de encuentro, de construcción colectiva, sobre todo los más jóvenes. Que vaya más allá de la veta productiva que lógicamente está, pero vos ves en los chicos de teatro o de danza, y pasa con la gente que hace artesanía y diseño también, que van armando grupos para desarrollar las actividades, mostrar, compartir, hacer conocer, lo hacen en las ferias, en los festivales, por ejemplo. Y ahí no te podría decir que lo que están buscando es ganar dinero solamente, hay una identificación con la actividad, cierto sentido de comunidad que es muy valioso. (Entrevista 12. Varón. Personal técnico de una dirección provincial)

Se valoran otras características de las relaciones sociales generadas en los espacios propuestos desde los dispositivos: no mercantilizadas, que tienen una racionalidad más orientada a la actividad cooperativa, comunitaria y autogestiva. Advertimos que, en parte, esta mirada surge como respuesta a aquellas cuestiones que los adultos logran percibir, como movilizantes para un sector de los y las jóvenes: el gusto por hacer algo con otros. Esta idea se refleja con bastante claridad en el siguiente fragmento de otra entrevista:

Hay otro sector, sobre todo en los más jóvenes (y ahí es difícil establecer las políticas) que se juntan a armar alguna cosa, pero no tienen del todo claro si van a vivir de eso. Hay una cuestión de probar, de experiencia colectiva por edad, porque hay algo que les moviliza del grupo con lo que se identifican o simplemente porque quieren hacer eso, arte. Entonces, capaz que les caés y les decís: “Mirá, hay un crédito, las bases son estas, podrían armar un proyecto y comprar tal o cual tecnología”. Y te dicen: “No sé. Nosotros estamos haciendo los libros acá, de manera artesanal, que es lo que nos gusta. No sé si queremos meternos en el crédito y vivir de eso”. En términos deportivos, yo te diría que este grupo es una especie de “potrero”, saben que quieren jugar al futbol, les gusta, lo hacen, se juntan, pero a la vez te están diciendo: “Pero mirá que no sé si quiero ser futbolista profesional”. Este sector por ahí no necesita ni la máquina ni la infraestructura o un escenario, baños o insumos. No, es como que nos están diciendo: “Nosotros estamos jugando acá y estamos bien acá”. Capaz que lo que necesitan es una pelota, nomás, y que los dejen jugar hasta las tres de la mañana, por ejemplo. (Entrevista 9. Varón. Director de un centro cultural y técnico de un programa)

En la construcción de esta concepción del emprendedorismo identificamos que hay un corrimiento de la posición adultocéntrica tradicionalmente presente en muchas políticas, un intento por comprender los intereses reales de estos jóvenes, pero también interviene y podríamos decir que deriva de una mirada político-institucional particular a la que adhieren sus gestores, que supone un esfuerzo por resignificar la idea más hegemónica del emprendedorismo de corte liberal:

En general, hay un paradigma actual que pareciera que solo dependés de la creatividad y tus ganas o tu espíritu emprendedor y, además, aislado de un contexto de relaciones de colaboración o de reciprocidad o de economías más colaborativas. Entonces, esos conceptos de “emprendimientos e industrias culturales” también tienen sus críticas. Lo que nosotros venimos trabajando es una adecuación a ese modelo. Hablar de industrias culturales en Chaco es medio exagerado, lo que hay son emprendimientos pequeños asociativos, informales, precarios, que tienen vocación de desarrollo económico y también la función cultural, y además puede haber una cuestión de derechos. Lo que tratamos de hacer desde el programa es adecuarnos primero a esa realidad y después romper un poco esta distancia de emprendedorismo aislado y generar instancias de economías colaborativas asociativas, cooperativas. (Entrevista 9. Varón. Director de un centro cultural y técnico de un programa)

En la misma línea, en entrevistas de adultos participantes del PEI, también surgen expresiones en las que significan y valoran otros aspectos de la experiencia:

Los proyectos productivos son un espacio donde pueden plasmar sus capacidades, lo que saben hacer o lo que quieren hacer, y donde aprendan a trabajar asociativamente. En el interior vimos mucho esto. Ahí los jóvenes no tienen tantas opciones de conseguir un trabajo en relación de dependencia o de seguir una carrera en una universidad o en un terciario. Entonces, ven esto como oportunidad de tener un oficio y ver qué pueden hacer con eso. Más allá de lo laboral, para muchos de ellos es armarse un proyecto para seguir haciendo algo. Entonces, eso también hay que pensar cuando se evalúa, ¿no? Que se sostenga el proyecto y que sea rentable es importante, pero también es importante lo que pudo generar en los jóvenes, haber participado del programa. (Entrevista 3. Mujer. Referente de una OSC de apoyo técnico)

En el segmento final de la cita, la entrevistada abre la discusión sobre la cuestión de la sostenibilidad y rentabilidad tan buscada en los proyectos productivos, pero que asimismo es objeto de debate y cuestionamiento por parte de otros agentes. Así, por ejemplo, en otras entrevistas manifiestan la importancia de comprender que en muchos casos los proyectos son familiares y, aunque los aportes de ingresos sean mínimos, contribuyen a la economía de la familia para la continuidad de sus estudios, o bien suponen la transmisión de un oficio entre generaciones que también aporta de algún modo a los procesos de inserción laboral. A su vez, aunque no se trate de trabajos registrados formalmente, ni económicamente rentables, sostienen que hay otro tipo de saldos positivos que pueden ser pensados en estos procesos:

La sostenibilidad y la calidad del empleo son criterios que necesariamente tenemos que valorar, pero también tenemos que revisar desde dónde y cómo miramos estas cuestiones. Los emprendimientos muchas veces ni son solo proyectos que generan una reproducción de la marginalidad, ni tampoco son necesariamente pymes novedosas y exitosas. Eso es solo un modo de ver la política. Hay una segmentación en el mercado de trabajo, sí, y hay toda una zona gris de precariedad, pero hay que pensar también que hay algunas variaciones posibles. Sin in ir más lejos, estos ejemplos que te decía, esta joven que siguió estudiando y que le permitió seguir una vocación aparte muy interesante; cuando en la entrevista define la vocación de la cocina, para ella era algo nuevo, en la familia son dos policías y un enfermero. Entonces, ella irrumpe con una cosa nueva y trata de hacer su historia en torno de esto y también en su formación mantenido también por esta solidaridad familiar, pero a la vez realizando un aporte económico, aunque sea pequeño. (Entrevista 2. Mujer. Funcionaria nacional)

El criterio de éxito de los emprendimientos, en el planteo de esta última entrevistada, supone reconocer además de ciertos rasgos objetivos valorados desde los organismos internacionales, también lo subjetivo, la valoración por parte de los protagonistas e incluso la potencial incidencia en su trayectoria sociolaboral. Implica asimismo correrse de la perspectiva que, tomando como unidad de análisis a la empresa, considera a estas actividades como “atrasadas” o “improductivas” y pensarlas, como lo hace la economía social, como las unidades domésticas y sus extensiones sociales.

Reflexiones finales

Las líneas de promoción del trabajo independiente y del emprendedorismo juvenil son un ejemplo más de una política donde se cristalizan concepciones diferentes sobre determinadas categorías conceptuales que conviven, con mayor o menor grado de tensión, entre diferentes instituciones, en su interior, entre los diferentes agentes burocráticos que forman parte de su gestión, así como a nivel intrapersonal.

En el análisis de estos dos dispositivos, efectivamente encontramos que en cuanto al aspecto territorial los adultos vinculados a estos procesos producen sentidos muy diversos en torno a esta relación juventud-trabajo-emprendedorismo. Dichos sentidos, en algunas ocasiones, tensionan y resignifican los marcos teórico-conceptuales en los que se sostienen los diseños iniciales, habilitando otras posibles interpretaciones de este tipo de experiencias. Así, las categorías sobre el trabajo independiente y el emprendedorismo que identificamos como un negocio pyme, como una opción para el desarrollo y profesionalización, y como un espacio para la inclusión social y laboral, si bien tienen cierto grado de cercanía, también trascienden los supuestos de los dos grandes enfoques teórico-conceptuales desde donde habitualmente se los presenta.

Las conceptualizaciones existentes en una parte importante de la literatura y las lecturas analíticas de estos procesos (argumentando sobre sus beneficios o marcando una crítica radical a estas experiencias) parecieran, por momentos, dejar fuera o solo incorporar de manera parcial las interpretaciones que hacen algunos de sus actores (en este caso los gestores y técnicos) y que reflejan la complejidad de estos dispositivos y sus alcances.

Bibliografía

Amargós, O. (2004). “Las transformaciones económicas, los modelos de desarrollo y los desafíos de la educación y formación”. En Jacinto, C. (coord.), ¿Educar para qué trabajo? Discutiendo rumbos en América Latina (1ª ed.). Buenos Aires: Red Etis (IIPE-IDES), MTCYT y MTEYSS, La Crujía.

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  1. En uno de los documentos consultados (OIJ, 2018) encontramos una síntesis del recorrido teórico del concepto de emprendimiento y emprendedorismo. En él se pasa revista por la literatura más relevante en el campo económico, que incluye desde los aportes de Marshall (1890), quien destaca la actividad del empresario como proveedor de bienes para la sociedad, la innovación y el progreso, hasta los de Audretsch (2002), quien a partir del concepto “Entrepreneurial Economy” sostiene que en un contexto de globalización y competencia la iniciativa emprendedora, sobre todo en actividades basadas en el conocimiento, constituye una suerte de cuarto factor productivo.
  2. Los posicionamientos más críticos se inscriben, al menos parcialmente, en la tradición que analiza el emprendedorismo como gubernamentalidad (Foucault, 2007). Los enfoques de la gubernamentalidad piensan el neoliberalismo como una racionalidad práctica de gobierno cuya intención paradójica es no gobernar por medio de imposiciones o con un sentido coercitivo, sino a través de las elecciones libres de individuos autónomos, que asuman como propias las premisas y se sientan responsables de sí mismos.
  3. En las entrevistas incluimos a actores que se encontraban ocupando diferentes posiciones (funcionarios y técnicos) tanto en las instituciones que forman parte de la burocracia estatal como en las restantes organizaciones no gubernamentales que intervienen en la implementación de estas políticas.
  4. De aquí en adelante usamos esta sigla para referirnos a este programa.
  5. También de aquí en adelante usamos esta sigla para referirnos a este programa.
  6. El PEI es una línea del programa Jóvenes con más y mejor trabajo y busca la promoción de la inserción laboral mediante diversas estrategias. El PFEC busca, además, promover la actividad cultural, revalorizar dicha actividad como trabajo, potenciar a ese sector y visibilizar su aporte a la economía.
  7. En el rastreo histórico del cuentapropismo en Argentina que realiza esta autora se observa la persistencia de la disyuntiva entre una estrategia de refugio frente a situaciones de desempleo o la meta ambicionada para ciertos grupos de trabajadores.
  8. Por cuestiones de extensión del texto optamos por el uso de este concepto, aunque no desconocemos las implicancias analíticas que también tienen los debates recientes sobre la distinción conceptual entre economía social, la popular o del trabajo y la solidaria.
  9. General San Martín es el nombre de un municipio de la provincia del Chaco.
  10. Si lo pensamos en términos de las definiciones propuestas por Neffa (2003), el trabajo es solo una de las actividades humanas, es decir, en las que el hombre ocupa su tiempo. Existen muchas otras (educativas, religiosas, familiares, deportivas, culturales, políticas, etc.). Las actividades tienen sentido fundamentalmente para sí.
  11. Nos referimos a la definición de profesión como una ocupación que monopoliza una serie de actividades privadas sobre la base de un cúmulo de conocimientos y saberes, que permite a quienes la desempeñan una considerable libertad de acción y que tiene importantes consecuencias sociales (Pérez Fernández, 2011).
  12. Clasificación que se mantiene también en los discursos actuales de los organismos internacionales, en los que se distinguen los emprendedores “por necesidad” o “por vocación”.
  13. Municipio de la provincia del Chaco que forma parte del aglomerado urbano del Gran Resistencia y está a 10 km de la capital provincial.
  14. Se trata de un programa de la provincia del Chaco para formación e incorporación en la economía del conocimiento, específicamente en el sector software y servicios informáticos, que se realiza de manera articula con la UTN Regional Resistencia, el Polo IT Chaco y la firma Globant.


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