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3 La técnica: ideas y lenguajes
de una época

Paula Beatriz Kohan[1]

“La experiencia mundial nos enseña que el progreso técnico significa prodigiosos adelantos para quienes sepan asimilarlo, pero que implica inevitable atraso para quienes queden al margen de su realización.”[2]

Introducción

El avance científico y tecnológico ha sido una constante en el desarrollo de las sociedades humanas y ha revolucionado, a lo largo del tiempo, la organización del trabajo y, con ella, la forma en que los hombres se relacionan entre sí y con el medio en el que viven.

Desde el inicio del capitalismo, este desarrollo fue motorizado principalmente por los capitalistas ante la necesidad de reducir costos de producción y hacer frente a la competencia en el mercado. El fordismo es sólo uno de los ejemplos más conocidos de este proceso.

Sin embargo, un acontecimiento internacional le imprimió nuevas pautas al desarrollo de la ciencia y la técnica: la segunda guerra mundial. Primero, por el esfuerzo que implicó para el conjunto de los países que participaron en ella afrontarla. Segundo, por el esfuerzo que implicó para el conjunto de los países que participaron en ella recuperarse. Estos dos factores, que juntos se sintetizan en un sacrificio total de las sociedades nacionales, hizo necesaria la intervención de los Estados en esferas en las que anteriormente no se había inmiscuido. La técnica fue una de ellas.

En América Latina, si bien no fue escenario del conflicto bélico, los gobiernos se hicieron eco de las nuevas ideas y tendencias pero, también, del surgimiento de nuevas necesidades. Las nuevas reglas del juego económico internacional, caracterizado durante todo el período por la política proteccionista de los países centrales, y los diagnósticos y recomendaciones formulados por la ONU, influyeron profundamente en la política implementada por los gobiernos.

En este contexto, el propósito del presente ensayo consiste en analizar la interrelación de todos estos elementos en el pensamiento y la acción de quienes ejercieron el poder político, encabezado por Arturo Frondizi, en Argentina entre 1958 y 1962.

Consideraciones preliminares

El programa desarrollista: discurso y acción

El 1 de mayo de 1958 asumió la presidencia de la Nación Argentina Frondizi, candidato de la UCR Intransigente. A partir de ese momento y durante los cuatro años de gobierno, la nueva conducción intentó llevar adelante un proyecto político, económico y social conocido como desarrollismo. La propuesta desarrollista partía de un diagnóstico en el que se distinguían los problemas que acuciaban al país y se teorizaban explicaciones sobre sus orígenes. A partir de ese punto inicial se delineó un plan de acción que, coherente con el diagnóstico, previó la forma más adecuada de resolverlos.

Si analizamos esto con detenimiento, podemos vislumbrar que el gobierno de Frondizi llevó adelante una acción cuyo objetivo fue intervenir y modificar la realidad social. Y esta acción, a su vez, fue legitimada (o intentó ser legitimada) a partir de una justificación dada por una particular lectura de esa realidad social, el diagnóstico. Esta lectura constituyó un discurso, un relato que construyó significado.

Ahora, ¿en qué sentido buscó el proyecto desarrollista intervenir y modificar la realidad social? Para ensayar una posible respuesta a este amplio interrogante inicial debemos, primero, delinear algunas consideraciones.

Sociedad y Estado: poder y dominación

Para poder analizar la acción y el discurso del proyecto desarrollista esbozado en el apartado anterior es importante tener en cuenta que ambos elementos se cristalizan en políticas de Estado, lo que nos obliga a reflexionar no sólo sobre qué papel le atribuimos a este actor sino, también, a la sociedad, y sobre la relación que existe entre ambos.

Desde una perspectiva marxista, el Estado surge a partir de la existencia de una sociedad dividida en clases, cuyo grado de contradicción hace necesario un órgano de dominación de clase que, a través del establecimiento del orden, la ley y, en última instancia, el uso efectivo o potencial de la violencia, garantice la opresión de una clase por la otra[3]. Más allá de lo esquemática y conocida que pueda resultar esta definición sin un desarrollo más profundo, lo interesante para el presente trabajo es tomarla como base para pensar la dinámica de la sociedad.

Partiendo de la idea de que en el capitalismo la sociedad se basa en un sistema de desigualdad[4], resulta pertinente referirnos a la existencia de relaciones asimétricas en las cuales determinados actores sociales poseen la capacidad de influir en las decisiones de otros con el objetivo de favorecer sus propios intereses. De esta definición inicial de poder, Castells[5] expone que, según las teorías del poder, los mecanismos para su formación y ejercicio se basan en la coacción y en la construcción de significado a través de discursos. Si bien estos dos elementos se encuentran dispersos por toda la sociedad, considera que el Estado es, desde una perspectiva histórica, un elemento estratégico para el ejercicio del poder por diferentes medios. Esto se debe a que logra establecer la dominación (es decir, institucionalizar las relaciones de poder) a través de universidades, de la conformación de élites intelectuales y hasta de los medios de comunicación, ya que estas instituciones resultan ser las principales fuentes de los discursos que enmarcan y regulan la vida social.

Volver, entonces, a pensar la pregunta sobre el objetivo del proyecto desarrollista partiendo de este conjunto de premisas implica orientarla hacia el desvelamiento de las relaciones de poder que, a través de las instituciones del Estado, se intentó mantener o modificar; también, hacia el análisis del discurso que, mediante la construcción de significado con pretensión de ser compartido, buscó legitimarlas.

La técnica en el discurso desarrollista

El discurso desarrollista se encuentra constituido por un conjunto de nociones relacionadas entre sí que, como dijimos, dan cuenta de una determinada situación presente de la cual se deriva un necesario plan de acción.

Si bien todas las nociones que forman parte de esta red que constituye el discurso resultan importantes, destacamos la de técnica como una de las centrales. Para el proyecto desarrollista la técnica constituía un factor central en la resolución de las problemáticas del país. Como la otra cara de la misma moneda, la técnica, en la situación en la que se encontraba en aquel momento, constituía (si no se modificaba) un obstáculo para dicha resolución.

Esta percepción que, como veremos, no se encontraba reservada exclusivamente al ámbito nacional, motivó la instrumentación de una serie de políticas por parte del Estado. Éstas se presentaron como medio necesario para llevar adelante el proyecto nacional que aspiraba a conformar un modelo específico de país.

En síntesis, en el presente trabajo se estudiará la noción de técnica como parte de un discurso, el desarrollista, que buscó legitimar relaciones de poder a través de la implementación de un proyecto político económico, pero sin dejar relegado el hecho de encontrarse vinculado a una etapa de desarrollo del capitalismo propia del tiempo en el que tiene lugar.

Para lograr el objetivo planteado, se tomará como punto de partida la retórica expresada por Frondizi en su gira por Latinoamérica previa a la asunción de la presidencia en abril de 1958 y otros escritos realizados por funcionarios clave de su gobierno, como Rogelio Frigerio, para poner de relieve el diagnóstico realizado sobre la realidad social del país, sus problemas y las soluciones propuestas. Dentro de este diagnóstico se intentarán vislumbrar los elementos a los que se les da relevancia, la relación que los conecta y, particularmente, cómo se entiende a la técnica y qué lugar ocupa en él.

En segundo lugar, pasaremos de lo que se dice a lo que se hace, es decir, cómo ese diagnóstico inicial se traduce, en la práctica, en la instrumentación de una política económica. Se hará foco, siguiendo con la centralidad asignada a la técnica, a la creación de ciertas instituciones y a la reforma universitaria implementada en 1958.

Del análisis de estos dos puntos se esbozará la red de conceptos centrales del proyecto desarrollista y sus relaciones.

En un tercer momento se pasará revista al debate de ideas vigente de la época y a las tendencias en política económica internacional, en el intento de descifrar influencias. El objetivo de este apartado está puesto en poner de relieve el momento específico que atravesaba el capitalismo, cuáles eran las amenazas, necesidades e intereses de la época.

Por último, se realizará una reflexión final sobre la noción de la técnica durante el período desarrollista y qué expresó en ese contexto.

El diagnóstico desarrollista

Definición del problema

En la lectura que el desarrollismo realizó sobre la realidad del país aparecía, en primer término, la observación de un escenario económico caracterizado por la baja tasa de acumulación de capital y por el deterioro de los términos de intercambio; en el plano social, estas problemáticas se tradujeron en desocupación crónica, bajos salarios e inflación, y afectaron a amplias proporciones de la población.[6]

Detrás de estos indicadores se encontraba la raíz profunda del problema: la estructura económica interna, por la cual, las fuerzas productivas no lograban expandirse de forma autosostenida. La estructura económica argentina se caracterizaba por especializarse en la producción de una cantidad limitada de productos agropecuarios destinados a la exportación. Esto hacía que fuera dependiente de los países compradores y, además, la volvía desintegrada internamente, tanto en lo referido a los distintos sectores de la producción como a las diferentes zonas geográficas, al carecer de un mercado nacional de producción y consumo articulado.

El problema, entonces, resultaba ser de relación entre países con distintas estructuras económicas internas y la forma en que se posicionaba cada uno de ellos en el comercio internacional: 

“Mientras el mundo avanza hacia niveles científicos y tecnológicos cada vez mayores, nosotros seguimos atados a los esquemas que nos imponen ser meros proveedores de materias primas destinadas a países altamente industrializados.”[7]

El bajo valor agregado de las exportaciones argentinas en comparación al de las importaciones provocaba el deterioro de los términos de intercambio ya que los precios de las materias primas no crecían en la misma proporción en que lo hacían los productos industriales. Esta situación era aún más grave por el manejo de los precios operado por los grandes monopolios. Como otra cara de la misma moneda, se producía una transferencia de riqueza desde el interior hacia el exterior, situación que se expresaba internamente en los índices de inflación y de déficit comercial.[8]

Conceptualmente, se consideraba desarrollados a los países que lograban extraer valor en beneficio propio a partir del intercambio internacional, y subdesarrollados a los que lo cedían.

Esta dicotomía entre países desarrollados y subdesarrollados llevó a los líderes del proyecto desarrollista a analizar la realidad de los primeros. En principio, encontraron que estos países exportaban fundamentalmente productos industriales de alto valor agregado. Las características de esta producción industrial eran la gran productividad y la automatización de los procesos, basadas ambas en el gran avance del conocimiento y su aplicación material, es decir, en la técnica.

En palabras de Frondizi “El progreso industrial y técnico es hoy condición fundamental de todo desarrollo nacional.”[9]

Resultó necesario, entonces, analizar la realidad internacional y la inserción de cada país en ella. Y la conclusión derivada de dicho análisis fue la de la existencia de una historia orientada en un camino definido, el del desarrollo. Los países mejor posicionados y que mayor rédito sacaban del comercio internacional fueron tomados como parámetro para estimar el lugar de llegada, la vara con la cual medir el desempeño nacional y pensar, en última instancia, la forma de alcanzarlo. Existía, pues, una “historia universal”: 

“… el esquema económico sobre el cual fueron trazadas las estructuras básicas de nuestros respectivos países, carecen de vigencia. La historia tiende cada vez más a ser historia universal, de todo el género humano sin exclusiones de ninguna naturaleza. […] El progreso ha dejado de ser privilegio de un reducido núcleo de naciones: se está convirtiendo en patrimonio del género humano. Progreso significa mejor alimentación, mejor vestido, mejor vivienda, pero significa también cultura superior y técnica avanzada.”[10]

En el mismo sentido, se expresa la relación entre historia, desarrollo, industria y ciencia: “Están también las nuevas exigencias, que van desplazando a los productos tradicionales […] Los actuales son también tiempos de profunda transformación económica y si queremos subsistir y avanzar como grandes naciones, tenemos que colocarnos en el sentido de la historia, que marcha claramente hacia el triunfo de la ciencia, de la técnica y del progreso social.”[11]

Esta noción de sentido de la historia expresaba, asimismo, la idea de un desfasaje temporal, es decir, de una divergencia entre la situación de desarrollo científico y técnico que prevalecía a nivel internacional y la situación latinoamericana en general y argentina en particular. De esta manera, convivían las ideas de que el atraso argentino se explicaba a partir del deterioro de los términos de intercambio y de las influencias monopólicas de los países desarrollados, y de que las causas de ese atraso eran internas (la propia estructura económica) y que, por este motivo, era posible alcanzar el desarrollo. Además, las condiciones técnicas estaban dadas para ello:

“Los déficits y dramas sociales que persisten son el resultado de dificultades estructurales de las economías […] Eso es lo que debe cambiarse con el desarrollo. Desde el punto de vista de la factibilidad técnica se ha probado que es posible alimentar, vestir, alojar, al conjunto de la especie humana.”[12]

El objetivo último, el desarrollo, consistía en “la elevación del nivel cultural y social del conjunto del género humano.”[13] En definitiva, esto era la satisfacción de las necesidades de la población a partir del consumo, y era viable gracias al progreso técnico propio de la época.

¿Por qué algunos países habían alcanzado ese progreso técnico que les permitía, a su vez, ser desarrollados y otros no? La respuesta era que aquellos países habían logrado una acumulación interna de capital gracias a la integración de sus mercados de producción y consumo. Esta integración requería el avance en las comunicaciones y transportes, problemas que también se evidenciaban en nuestro país: 

“No tenemos una estructura industrial básica – energía, siderurgia, comunicaciones -, capaz de alimentar la industria liviana y el campo con materias primas, máquinas-herramientas, maquinaria agrícola, energía barata y caminos y transportes adecuados. No tenemos capitales nacionales suficientes para financiar las inversiones en esos sectores básicos. Carecemos de técnicos y mano de obra altamente especializada.”[14]

La propuesta

¿Cómo alcanzar, entonces, el desarrollo y ponerse a la par de los países avanzados? Como las causas del subdesarrollo radicaban en la estructura económica de la Argentina, su superación era posible sólo transformando ésta. El desafío era doble: por un lado, desarrollar las fuerzas productivas hasta el nivel de los países avanzados; por el otro, dado que las fuerzas productivas de estos seguían desarrollándose y, también, que la ventaja inicial hacía que este desarrollo fuera más rápido que el de los menos avanzados, la variable tiempo se volvió clave. El desarrollo no podía realizarse en el mismo tiempo en el que lo hicieron los países avanzados, debía hacerse de manera acelerada.

Esto requería un enorme esfuerzo por parte del Estado, que debía establecer correctamente las prioridades.

En principio este planteo resulta inverosímil. Pero su viabilidad radicaba en que los objetivos del desarrollo podían alcanzarse gracias, paradójicamente, a la existencia de países desarrollados. Éstos constituían un actor clave: se requería de ellos el capital necesario para tamaña empresa y el aporte de las nuevas tecnologías. Esto supliría la insuficiencia de ahorro doméstico y le inyectaría velocidad al cambio de la estructura económica: 

“Para colmar la brecha en constante ensanchamiento que existe con el mundo industrializado no hay otra forma que desenvolver aceleradamente las condiciones materiales de la autodeterminación nacional. Esa velocidad supone contar en el breve lapso de pocos años con el mínimo necesario de integración productiva, lo que obliga a observar dos condiciones: hay que determinar correctamente las prioridades de inversión, y hay que convocar el capital extranjero para alcanzar los objetivos que surgen de esas prioridades. Esa convocatoria conlleva el aporte de tecnología, lo que asegura el acceso a las actividades industriales básicas sin graves rezagos tecnológicos.”[15]

Concretamente, el desarrollo para la Argentina consistía en la integración del mercado nacional de producción y consumo en un plazo breve. Dicha integración debía operarse en dos dimensiones. La primera era la sectorial y se asentaba en el impulso de industrias básicas que pudieran abastecer al consumo local y generar excedentes para la exportación; y en la tecnificación del campo. En síntesis, se trataba de la integración económica del campo, la minería y la industria.

La segunda dimensión era la geográfica. La integración sectorial requería a su vez la interconexión de todas las regiones del país. Por esto, resultaba necesario el desarrollo de la infraestructura de las comunicaciones y de los transportes.

Además, para lograr esta doble integración resultaba imprescindible lograr la racionalización en el uso de los recursos (recuérdese lo apremiante del factor tiempo), lo que se traducía en la necesidad de redimensionar el sector público.[16]

Concretamente, el objetivo era la sustitución de importaciones para lograr mayor autonomía de los insumos externos y, en consecuencia, mayor independencia económica: “De allí que esta situación no pueda ser computada sino por una política deliberadamente destinada a modificar el modo objetivo de relacionamiento de la Argentina con el exterior. […]. De lo que se trata ante todo, es integrar la propia base industrial, produciendo dentro de nuestras fronteras los insumos fundamentales que son justamente aquellos que produce la industria pesada”.[17]

Esto podía lograrse a partir de la industrialización para lo cual se elaboró un plan de desarrollo que descansaba en cinco puntos fundamentales: la existencia de un mercado de consumo; el autoabastecimiento energético (petróleo, carbón y electricidad); la siderurgia; una industria agropecuaria tecnificada y mecanizada; y, por último y no menos importante, mano de obra de primera calidad.

Como se ve, el Estado asumía un papel clave en todo este proceso. El desarrollo era posible desde la perspectiva desarrollista, pero siempre y cuando los esfuerzos fueran dirigidos hacia ese fin. Esto no significa que el Estado se hiciera cargo él mismo de llevar adelante el desarrollo, sino de promoverlo a través de las políticas instrumentadas. En este punto, se criticó el rol adoptado por el Estado peronista, al que se caracterizó por ser “estatista”, es decir, por concentrar actividades que se realizaban de forma inadecuada y que, paradójicamente, perpetuaban el subdesarrollo en vez de contribuir a su superación: 

“Cuando el Estado, en tanto estructura burocrático-administrativa, pretende asumir por sí el conjunto de las tareas transformadoras que impone el desarrollo, atenta contra lo que tiene de nacional; esto es, de articulador y representante del conjunto de sectores y clases, como asimismo de toda la multiplicidad social y regional que alberga la cultura nacional. El aparato estatal se erige así en una traba, un obstáculo, que contraviene en primer lugar la misión directriz que corresponde al Estado Nacional, impidiéndole cumplir su cometido.”[18]

El rol del Estado también asume relevancia en cuanto a que se considera una alternativa para solucionar los problemas nacionales. De lo contrario, estas soluciones serían impuestas desde el exterior, volviendo a hacer hincapié en la situación de dependencia que caracteriza al subdesarrollo. Entonces, el rol del Estado consistía en orientar, a través de la política económica, la inversión y la producción que indujeran la acumulación de capital: “… el Estado debía ser el cerebro pero el capital privado debía cobrar un papel clave, en general, y el extranjero, en particular, ante la insuficiencia del ahorro doméstico para impulsar la acumulación.”[19]

Asimismo, la investigación tecnológica y científica debía estar considerada en la agenda estatal. Si bien debía aprovecharse el aporte proveniente desde el exterior, éste debía ser acompañado gradualmente con la producción local de tecnología. Este elemento estaba fuertemente vinculado con el objetivo industrializador. La vía más adecuada para lograr el desarrollo en un tiempo acelerado era a través de la aplicación de la técnica moderna al esfuerzo productivo:

“Ese progreso acelerado de la ciencia se combina con su veloz pasaje – por la vía de su aplicación tecnológica – a las actividades industriales, multiplicándolas y haciéndolas cada vez más eficientes. Ciencia y producción marchan, pues, de la mano.”[20]

Antecedentes del programa desarrollista y órganos
de difusión

El diagnóstico sobre la realidad económica y social, tanto nacional como internacional, que luego se materializó en el programa desarrollista comenzó a delinearse mucho tiempo antes y fue el resultado de, por lo menos, más de diez años de estudio e investigación por parte de un grupo de intelectuales.

Ya en 1946 y 1947 se fundó la revista Qué (de la cual Frigerio era su subdirector) en la cual se abordó la cuestión nacional a partir de la conformación de un grupo de estudio. Se proclamaba la necesidad de independencia económica a partir del desarrollo de las fuerzas productivas, que implicaba fundamentalmente a la industria pesada.[21]

Luego de este primer momento, tras el cual finalmente la revista fue cerrada por poseer un pensamiento independiente al del gobierno peronista, volvió a abrirse en 1956 bajo la dirección de Frigerio. En esta nueva etapa hubo puntos de contacto y de divergencia con la anterior. Entre los primeros, se encuentran la preocupación por la cuestión nacional y la pretensión de objetividad y neutralidad informativa a la hora de abordar la realidad del país. Con respecto a las diferencias se encuentran, en primer lugar, una línea editorial que fue virando progresivamente de autoproclamarse “independiente” al apoyo explícito de la candidatura de Frondizi. Además de esto, y dada la coyuntura nacional, intentaba acercarse al peronismo proscripto, constituyéndose este segmento del electorado en el destinatario principal de la revista. Por último, se incorporó a la visión nacionalista tradicional la noción de nacionalismo de fines, en el cual era válido que entraran a jugar actores extranjeros aportando capital y otros recursos para lograr la independencia económica.

De esta manera, desde su segunda fundación la revista Qué se convirtió en un órgano de propaganda de la candidatura de Frondizi a partir del debate de los temas nacionales. Las ideas que se difundieron en ella surgieron del Centro de Estudios Nacionales (CEN) creado por Frondizi en 1956, en el que se desarrollaron distintas tareas de búsqueda, clasificación y sistematización de toda información referida a los problemas estructurales del país, a partir de la cual distintos especialistas organizados en grupos de investigación realizaban sus reflexiones.

A partir de 1958 la revista Qué difundió expresamente el programa desarrollista, sin perder su pretensión de objetividad. Y, siguiendo la misma lógica, en 1959 apareció El Nacional en un intento de establecer un diario desarrollista.

La instrumentación del programa desarrollista

La política económica

Dado el problema de la estructura económica del país, su transformación requería, como se mencionó anteriormente, un proceso acelerado de desarrollo que consistía, principalmente, en la formación de industrias básicas con ayuda del capital extranjero. Éste debía ser, consecuentemente, orientado hacia esas industrias.

El plan de acción trazado se puso en marcha apenas comenzado el mandato. El eje de la política económica estaba puesto en el proceso de industrialización que, en el período precedente, se había realizado en torno a la industria liviana. Por este motivo, era dependiente de la importación de bienes de capital, insumos intermedios y combustibles.

Si bien el foco estaba puesto en un núcleo de industrias básicas como el acero, la petroquímica, la metalmecánica, la automotriz, la máquina-herramienta y la generación de energía, la prioridad se centró en primer lugar en el petróleo, dada la alta proporción de importaciones que implicaba su abastecimiento: representaba más del 21% de las importaciones totales del país, lo que insumía aproximadamente 350 millones de dólares (esta cifra superaba el déficit comercial total del país)[22]. Además, la promoción de la industria insumiría una cantidad aún mayor de energía, dado el proceso de desarrollo que quería ponerse en marcha.

La importancia del petróleo, entonces, radicaba en su fundamental participación en la actividad industrial y, por otro lado, en su capacidad para activar economías regionales hasta ese momento atrasadas, como Patagonia y Noroeste, que contaban con grandes reservas de hidrocarburos.[23]

Para alcanzar el fin último, el autoabastecimiento, se pusieron en práctica distintas medidas con el objetivo de conseguir recursos y equipos necesarios para promover la extracción de crudo dentro de las fronteras nacionales: se nacionalizaron las reservas de hidrocarburos; se renegociaron los contratos petroleros firmados por la Revolución Libertadora; se firmó un convenio con Colombia que estipulaba el intercambio de petróleo por productos argentinos; y se firmaron diversos contratos directos con empresas extranjeras para que invirtieran en la extracción de petróleo en Argentina bajo ciertas condiciones. A este conjunto de medidas se lo denominó la “batalla del petróleo.”[24] Asimismo, se estipuló que YPF fuera el órgano ejecutor de la política petrolera.

Este paquete de medidas resultó exitoso en cuanto a los resultados obtenidos: la producción se incrementó casi un 174% en cuatro años[25]. Sin embargo, generó fuertes críticas entre distintos sectores opositores, sobre todo por la fuente de las inversiones y la forma en que se firmaron los distintos contratos, muchos de ellos sin transitar por el Congreso.

Por otro lado, en junio de 1958 comenzó la “batalla del acero”. Su importancia también era estratégica, ya que se estimaba que aumentaría su demanda con el plan de desarrollo general. Consistía en la construcción de un segundo horno en la planta de San Nicolás. Al contrario de lo sucedido con la batalla del petróleo, los proyectos para ampliar plantas ya instaladas y crear nuevas se vieron frustrados por ciertas oposiciones -entre las que se encontraba la del ministro de economía liberal Álvaro Alsogaray-, la presión ejercida por el sector externo debido a la importación de bienes de capital recientes, y la coyuntura nacional – ante el aumento del gasto público y de la moneda circulante en los primeros años de gobierno, se había reavivado la inflación y la puja distributiva, generando una gran conflictividad social -.

Esta situación llevó a que el gobierno implementara un “Plan de Estabilización y Desarrollo” en diciembre de 1958. A partir del mismo se consiguió un crédito Stand By con el FMI por 75 millones de dólares y un acuerdo con el gobierno americano y con bancos privados por 254 millones de dólares. Consistía en una fuerte devaluación (que se traducía en una transferencia de ingresos a los sectores exportadores tradicionales), en la reestructuración e incremento de la escala de aranceles, el gravamen a las exportaciones para evitar la transferencia de ingresos en detrimento del sector industrial y la amortiguación del impacto sobre los precios de los bienes exportables, la restricción al crédito (orientándolo hacia actividades productivas), la liberalización de los precios, y la reestructuración y racionalización del aparato burocrático del Estado.[26] Esta última medida preveía reducir el déficit de la administración y de las empresas públicas. Para esto, se congelaron vacantes y salarios, se promocionó el retiro voluntario de empleados, se redujo el plan de obras públicas y se incrementaron los impuestos internos (especialmente para los artículos de lujo).

Una mención especial merece el tratamiento otorgado al capital extranjero. En 1958 se sancionaron las leyes 14780 y 14781, de radicación de capitales extranjeros y de promoción industrial, respectivamente. Estas aseguraban a los capitales extranjeros los mismos derechos de los que gozaban los argentinos, excluyendo limitaciones a la repatriación de utilidades y dividendos.

Si bien se ampliaban los derechos de los capitales extranjeros, la ley 14780 estipulaba que el Poder Ejecutivo se reservaba la atribución de autorizar los proyectos de inversión, que debían contribuir a la sustitución de importaciones, al aumento de las exportaciones o al crecimiento armónico de la economía nacional. Asimismo, se daba prioridad a aquellas inversiones que utilizaran recursos nacionales en la producción de materias primas para la industria, que se localizaran en el interior para producir bienes de capital o de utilización intermedia, implicaran asociación con capitales nacionales o se comprometieran a reinvertir sus utilidades.

Por su parte, la ley 14781 buscó contrarrestar los impactos negativos que la ley 14780 pudiera llegar a ocasionar para la industria nacional. Entre sus propósitos se encontraban el de descentralizar la industria que principalmente se concentraba en el Área Metropolitana.

Estas medidas aumentaron considerablemente la inversión extranjera. Al mismo tiempo, su paulatina materialización, sumada a algunos de los efectos del plan de Estabilización y Desarrollo (fundamentalmente, inflación, caída de la participación de los asalariados en el ingreso nacional y la protección que, frente a la competencia externa, significó el aumento de los aranceles) se tradujo en significativos aumentos de la producción y de la productividad. De esta manera, los años 1960 y 1961 se caracterizaron por el restablecimiento de políticas expansivas y por el descenso de la inflación.

Con respecto a la agricultura, se promovió la tecnificación para alentar la productividad. Entre otras medidas, se fomentó la adquisición de tractores a través de dos vías complementarias: el establecimiento de fábricas y el otorgamiento de facilidades crediticias. El desarrollo de la industria petroquímica, a su vez, también colaboró en este proceso (y su impacto se evidenciaría, inclusive, una vez concluido el gobierno de Frondizi), proveyendo ciertos insumos como semillas mejoradas, fertilizantes, herbicidas, entre otros.

El éxito del programa de desarrollo evidenciado en ciertos indicadores como los de la producción y de la productividad, sin embargo, se conjugaron con otros más desalentadores que marcaban sus límites. El mayor dinamismo presente en los sectores industriales de capital intensivos y las medidas de racionalización del Estado generaron desocupación, al mismo tiempo que la caída de los salarios reales empeoraban las condiciones de vida de los asalariados. De esta manera, el escenario nacional se caracterizó por una creciente conflictividad social.

Por otro lado, también sufrió el sector externo. El plan desarrollo tenía objetivos a largo plazo, lo que implicaba la resolución de ciertos problemas en un horizonte de tiempo no muy cercano. Sobre todo, se requería la importación de bienes de capital e insumos que conllevaba un fuerte déficit de la balanza comercial. La prosperidad de los años ´60 y ´61 se entienden teniendo presente un contexto en el que la afluencia de inversiones extranjeras se mantenía constante. Pero en este último año, también, el déficit de la balanza comercial alcanzó su máximo: 496 millones de dólares. La situación se agravaba por las mayores salidas de divisas producto del pago de utilidades de las empresas extranjeras e intereses de la deuda externa. Otros factores complejizaron el cuadro, haciendo de este año un punto de inflexión: factores climáticos desfavorables que redujeron la producción agropecuaria; el deterioro de los términos de intercambio; y la contracción de inversiones directas y préstamos del exterior por la conflictividad política que se vivía en el país.[27]

Creación de instituciones

El rol decisivo adjudicado al Estado como promotor, organizador y jerarquizador de prioridades en el rápido e intenso proceso de transformación de la estructura económica implicó la creación de una serie de instituciones destinadas a diseñar distintos aspectos del plan de desarrollo, así como también a implementar y monitorear su ejecución. Como lo indica Leiva Lavalle: “Las innovaciones institucionales y la implementación de los planes, programas y políticas a que dieron origen respondieron a las responsabilidades crecientes que se le asignaron al Estado en los ámbitos económico y social, particularmente a partir de los años 1930.”[28]

Es decir, ya desde la década de 1930 el Estado asume nuevas funciones y, en este sentido, durante el gobierno de Frondizi este proceso se profundiza, a través de la creación de ciertas instituciones específicas.

En esta dirección, en diciembre de 1958 la ya mencionada ley 14781 dispuso la creación del Consejo Nacional de Promoción Industrial orientado, justamente, a fomentar la industrialización mediante la regulación de tarifas y cuotas de importación, facilidades cambiarias, crediticias o fiscales.

Ese mismo año se puso en funcionamiento la Junta de Planificación Económica del Ministerio de Hacienda y Economía de la Provincia de Buenos Aires, conducida por Aldo Ferrer. Sus objetivos consistían en intervenir en la realidad económica y social de la provincia para modificar la estructura agraria y promover la industrialización. La discusión teórica sobre los problemas de desarrollo nacionales también se encontraba entre sus funciones y se materializó en la publicación de la Revista de Desarrollo Económico, lo que pone de relieve la importancia del conocimiento a la hora de definir políticas públicas.

La transformación de la estructura agraria debía realizarse a través de la tecnificación y de la reforma agraria, y de medidas que incentivaran la inversión y la producción. Sin embargo, estas propuestas no pudieron concretarse debido a las presiones ejercidas por los sectores que verían afectados sus intereses, fundamentalmente la burguesía pampeana.[29]

En febrero de 1959 se creó la Comisión Nacional de Administración del Fondo de Apoyo al Desarrollo Económico (CAFADE), cuyo objetivo consistía en promover los mecanismos para la incorporación de tecnología. Su impulso estuvo ligado a la Operación Carnes iniciada en la misma fecha, orientada a aumentar la productividad en la producción de carnes a partir de la incorporación de tecnología agropecuaria a las explotaciones. Abarcaba no sólo a la producción vacuna sino también a la de cerdos y pollos parrilleros. Financiada con un crédito estadounidense, dicha operación incluyó, asimismo, becas a técnicos argentinos para estudiar en el exterior, la realización y difusión de estudios sobre alimentación, sanidad y genética animal, comercialización de carnes y tipificación de calidades. También apoyó a universidades y otorgó estímulos a ganaderos para realizar cursos e incorporar las distintas recomendaciones.[30]

En agosto del mismo año se creó el Consejo Federal de Inversiones (CFI) con la misión de asesorar a las provincias para la realización de proyectos de inversión y preparar planes regionales y sectoriales.[31]

En agosto de 1961 se creó el Consejo Nacional de Desarrollo (CONADE), que dependía directamente de la Presidencia de la Nación. Resultó ser un organismo fundamentalmente consultivo y técnico orientado a definir los objetivos a largo plazo del desarrollo así como a analizar las condiciones de desenvolvimiento de los mismos. Surgió a partir de las recomendaciones de la Carta de Punta del Este, documento fundacional de la Alianza para el Progreso. Sus funciones consistían en el análisis de la realidad, la elaboración de los programas de desarrollo y en el asesoramiento para la acción de gobierno. Si bien se creó con el fin de que se dedicara a la planificación económica del país a largo plazo, la coyuntura vigente en la que tuvo lugar, marcada por los reiterados condicionamientos impuestos por los militares, redujo los alcances de la planificación y obligó a la CONADE a centrarse en el asesoramiento en materia de inversiones públicas y políticas de corto y mediano plazo.[32]

El conocimiento y la educación

El modelo desarrollista le otorgaba un lugar de suma importancia al conocimiento: 

“Esa fecunda dialéctica entre el conocimiento y la modificación de la realidad, que supone entretanto la propia modificación del protagonista de la acción es, nada más y nada menos, que la base del desenvolvimiento de la cultura y el principio que debe regir toda concepción educativa que se proponga integrar verdaderamente el aprendizaje con la vida, tal cual ella es y promete serlo.”[33]

El proyecto de país que encarnaba el gobierno de Frondizi pretendía, como dijimos, intervenir en la realidad y modificarla. En este cometido el conocimiento era una herramienta indispensable. Esta concepción se evidencia, primero, en la realización del diagnóstico a partir del estudio de la realidad nacional y los problemas relevados. Este estudio no sólo se limitó al inicio del período desarrollista, sino que fue una constante a lo largo de todo su gobierno, cuya materialización más tangible fue el CEN, mencionado anteriormente.

En segundo lugar, la puesta en marcha del plan desarrollista, que ponía el énfasis en el estímulo a la industria, requería de nuevos conocimientos ligados a las nuevas tecnologías para aumentar la productividad.

Pero, además, la nueva orientación económica requería cambios en la formación de los futuros trabajadores. La necesidad de esta transformación radicaba en el impulso dado a la técnica en el desarrollo de la industria nacional que solicitaba trabajadores que pudieran llevar a cabo nuevas tareas. En este sentido se orientó la decisión de ampliar la oferta educativa y de reformar la educación técnica y profesional para satisfacer las demandas de calificación de fuerza de trabajo de la nueva coyuntura.

En este contexto, en septiembre de 1958 se sancionó la ley 14.557, que reglamentaba la enseñanza universitaria libre. A partir de ella, se acababa el monopolio del Estado en la otorgación de títulos, ya que se reconocía a las universidades privadas. El objetivo era aumentar las fuentes de conocimiento y la formación de técnicos. Por eso, se promovió la apertura de nuevos centros de enseñanza superior fuera de la órbita estatal.[34]

Por otro lado, en el año 1959, mediante la Ley Nº 15.240 fue creado el Consejo Nacional de Educación Técnica (CONET) como organismo autárquico, dependiente del Ministerio de Educación y Justicia. En el artículo 4 se establece que su finalidad es la de “educar integralmente a la juventud y lograr la capacitación técnico-profesional de sus educados”. También se especifican sus funciones, entre las cuales se destacan la de “elevar al Ministerio de Educación para su aprobación los proyectos de planes de estudio y los programas respectivos ajustados a dichos planes”.

Estas no fueron medidas aisladas. Sus precedentes pueden encontrarse durante los dos gobiernos peronistas, en los cuales el impulso a la educación técnica también fue una política de Estado. Sin embargo, la profundización del proceso de industrialización por sustitución de importaciones requirió nuevas medidas y ajustes en esta materia.

La matriz de pensamiento desarrollista

A partir de las consideraciones precedentes, puede realizarse un esquema que vincule los principales conceptos estipulados en el discurso y la propuesta desarrollistas.

La historia misma era considerada como el devenir del desarrollo. Éste era entendido como el avance del conocimiento y su aplicación práctica a través de la técnica. La forma en que cada sociedad había realizado este proceso llevaba a que la relación dada entre ellas en el comercio internacional fuera asimétrica. Los países que, producto del avance y aplicación del conocimiento, habían logrado una avanzada automatización de los procesos productivos obtenían grados más elevados de productividad y la fabricación de productos industriales de alto valor agregado. Paralelamente, se habían desarrollado las comunicaciones y transportes que posibilitaron este proceso de industrialización, configurando una estructura económica interna caracterizada por la integración de mercados de producción y consumo.

El hecho de que diferentes países con diferentes niveles de desarrollo se relacionaran en el intercambio internacional provocaba que algunos salieran beneficiados y otros perjudicados logrando, los primeros, incrementar su acumulación de capital e impidiendo, a los segundos, realizar esta acumulación.

Terminar con la dependencia que generaba esta transferencia de ingresos a los países más desarrollados desde los menos desarrollados requería, desde esta perspectiva, una intervención orientada en este sentido. El Estado, como aparato que concentra los recursos de cada sociedad y gestiona su utilización, era el actor capacitado para contrarrestar y, en última instancia, revertir la posición desfavorable del país en el comercio internacional. Esta injerencia que, como vimos, se planteaba en varios frentes simultáneos, debía ser fuerte en el ámbito de la ciencia y la tecnología, justamente por el lugar que ocupaba en el proceso de desarrollo de toda sociedad y los efectos multiplicadores sobre su cadena.

Tendencias e influencias

Debate de ideas[35]

Ya desde la década de 1930 comenzaron a surgir nuevas ideas que cuestionaban a sus predecesoras, producto de la debacle económica de 1929. En el plano político se pasó del liberalismo a la intervención del Estado y, en el económico, del pensamiento neoclásico a la heterodoxia keynesiana.

La proliferación de estas ideas se conjugó, fundamentalmente después de la segunda guerra mundial, con otro cambio en el plano social, ocupando un lugar cada vez más importante la preocupación por las “economías subdesarrolladas”. De esta manera surgió formalmente, en la década del 40, la economía del desarrollo.

Los primeros teóricos de este enfoque (provenientes de los países desarrollados, entre los que se encuentraban principalmente Rosenstein-Rodan, Nurkse, Lewis y Leibentein) desplegaron sus planteos entre 1945 y 1957 aproximadamente, años en los que se desarrollaron, también, los dos primeros gobiernos peronistas. Fundamentalmente, asociaron el desarrollo al crecimiento económico, sin otorgarle importancia a las dimensiones sociales del mismo, esencialmente a sus efectos distributivos. Así, esta concepción quedó desmantelada de todo condicionamiento histórico, estableciendo la premisa de la existencia de una “senda universal del desarrollo”, que consistía básicamente en el proceso de industrialización que ya habían atravesado las grandes potencias y que había permitido el aumento sostenido de la renta per cápita. Entonces surgía la pregunta: ¿por qué los países subdesarrollados no habían atravesado el mismo proceso? La respuesta se encontraba en los aspectos estructurales de estas economías, en las que coexistían sectores con grandes diferencias de productividad, y se encontraban fuertemente especializadas en unos pocos productos primarios de exportación cuyos procesos de producción no impactaban positivamente en el resto de las economías nacionales. La solución la encontrarían mediante una industrialización forzada, es decir, en la cual interviniera el Estado, ya que no había logrado el laissez faire promover el desarrollo esperado.

Si bien se reconocían los obstáculos ocasionados por la división internacional del trabajo, no se planteaba claramente la conexión estructural entre desarrollo y subdesarrollo y, por ende, las condiciones en que se fueron perfilando los atributos de esas estructuras económicas.

Esta fue la primera interpretación y lectura que se hizo de la situación internacional y de las diferentes experiencias que estaban atravesando los países a nivel nacional. Sin embargo, no fue la única. Casi paralelamente, surgió también una corriente de pensamiento originada en los países del Tercer Mundo. Enmarcada dentro del estructuralismo latinoamericano, se plasmó sobre todo en los estudios de la CEPAL desde fines de los años 40 y 50. A diferencia del primero, este enfoque partía de una concepción histórica y holística, en la que se reconocía que tanto desarrollo como subdesarrollo constituían expresiones de un único proceso, que daba cuenta de la existencia de un sistema económico mundial. Partiendo de esta premisa, la elaboración del modelo “centro-periferia” permitió hacer explícita la conexión, funcionamiento y complementariedad de las economías de distintos países que se encontraban vinculados a través de la división internacional del trabajo a escala internacional. Pero, lo más importante, este vínculo entre centro y periferia se consideró asimétrico, ya que el libre comercio acentuaba las desigualdades internacionales, inhibiendo el desarrollo de la periferia al mismo tiempo que la alejaba cada vez más del centro. ¿De qué manera operaba el libre comercio en este sentido? A través de la transferencia de los frutos del progreso técnico de la periferia al centro. El poder con el que contaban los países centrales impedía abaratar los precios de las manufacturas exportadas a pesar del continuo aumento de la productividad, lo que perjudicaba a los países de la periferia que debían enfrentarse a esta situación y a la caída de los precios agrícolas, teniendo en cuenta las desventajas de su peculiar estructura económica y social, que hacía que los empresarios locales no pudieran competir con las manufacturas del centro. De esta manera se frenaba la difusión del progreso técnico a escala internacional, y la periferia quedaba varada en una situación que no podía revertir.

A pesar de realizar un diagnóstico muy distinto, el pensamiento cepalino encontraba, al igual que los primeros teóricos, a la industrialización como la estrategia para remediar esta situación. Pero su justificación se hallaba en que posibilitaría captar una parte del fruto del progreso técnico al alterar la composición de las importaciones y, consecuentemente, alcanzar una transformación estructural y de los términos de intercambio.

Coincidía con los primeros teóricos, asimismo, en otorgar un papel fundamental al Estado, que debería dirigir dicho proceso, pues se consideraba que podía fomentar el cambio estructural.

El debate en Argentina: los aportes de Germani y Graciarena

Aunque unos años después del gobierno de Frondizi, los estudios de Gino Germani y Jorge Graciarena publicados en la década del ´60 expresaron el clima de ideas de la época y los análisis que sobre la realidad prevalecían en el ámbito académico.

Ambos autores se interesaron en las problemáticas sobre el Tercer Mundo que resonaban en la década del 50 y en el impacto del peronismo en nuestra sociedad.

En estos autores se observaba el análisis de la realidad nacional inserta en un proceso de alcance internacional mucho más vasto. La explicación de la situación de atraso argentina (y latinoamericana) se correspondía con una serie de factores tanto económicos como políticos.

Germani observaba un mundo en transición en el cual no todos los países habían atravesado el proceso de la misma forma ni con el mismo ritmo. Además, estas diferencias se reproducían al interior de los países y se plasmaban en los espacios regionales.

Con respecto al desarrollo económico, si bien reconocía que no había acuerdo en cuanto a su definición, sí identificaba algunos rasgos principales que lo expresaban, y que podían vislumbrarse a partir de índices económicos como los de producción global y per cápita, nivel de ingreso y nivel de vida, entre los más frecuentes.[36]

La transición se desarrollaba en el pasaje de una sociedad tradicional a una moderna. Esta última se caracterizaba por la aplicación creciente de la técnica a los procesos productivos, a diferencia de la sociedad tradicional en la que prevalecía una economía de subsistencia.

Si bien esta antinomia conceptualizaba un período histórico mucho más amplio que el que aquí se analiza, sí resulta ilustrativo de las preocupaciones de la época, en la cual la sociedad industrial era un hecho pero con grandes diferencias entre los países. Aparecían notoriamente referencias no sólo hacia la técnica sino también hacia la educación que la hace posible, hacia la racionalización de la acción y hacia la diferenciación y especialización creciente de instituciones previamente indiferenciadas.

Encontraba que en América Latina diversos factores interrelacionados habían puesto a la región en una situación de subdesarrollo. Entre ellos se destacaban las formas de tenencia de la tierra caracterizadas por la preeminencia de la gran propiedad; los grupos sociales asociados a estas, particularmente la existencia de una aristocracia tradicional reticente al cambio que conllevaría la pérdida de privilegios; las características de la inmigración extranjera que afectaron profundamente la composición de las sociedades latinoamericanas; las desigualdades sociales que confinaban a la marginalidad cultural y económica a amplios grupos de la población; el grado de urbanización; y las peculiaridades del desarrollo industrial alcanzado. Además, entre los factores determinantes del subdesarrollo también se encontraban la existencia de amplios estratos medios urbanos con aspiraciones de niveles de vida similares a los de los países desarrollados, a pesar de no existir una correlación con el avance de los cambios tecnológicos y económicos que permitirían alcanzarlos, tal como sucedió en los países modelo. Serían características de estos sectores las aspiraciones que trabarían el desarrollo ya que convivían actitudes propias de la sociedad industrial con elementos de la sociedad tradicional.

Particularmente en Argentina, la gran movilización de masas y el proceso de industrialización iniciado durante el peronismo fueron elementos que marcaron profundamente el pensamiento de Germani.

Por su parte, Graciarena entendía el desarrollo económico como una necesidad hacia la cual se orientaba la acción política de América Latina.[37] Esta necesidad se imponía después de la crisis del 30 y urgía, aún más, después de la segunda guerra mundial, para mantener el orden social vigente frente a la amenaza comunista y, en última instancia, favorecer los intereses de Estados Unidos. Esto se expresó claramente con la Alianza para el Progreso constituida en 1961, en la cual Estados Unidos buscaba promover el desarrollo en los países latinoamericanos a partir de ciertas reformas para contrarrestar el impacto de la revolución cubana. En este sentido, resultaba ineludible mejorar las condiciones de vida de la población de los países más pobres para convencer a los sectores populares de que el capitalismo funcionaba y que en él había lugar para el conjunto de la población.

Los intereses de Estados Unidos se conjugaron, según el autor, con los de las oligarquías latinoamericanas, que buscaban lograr estabilidad política en un escenario de conflictividad social creciente.

Sin embargo, los países latinoamericanos, que ya se encontraban en una situación de atraso con respecto a los países centrales, tenían desde el inicio del proceso mismo de desarrollo impulsado por el poder político severos límites. Desde Estados Unidos, el desarrollo económico de los países del Tercer Mundo no podía llegar mucho más allá de la siempre presente dependencia económica pues, de otra manera, no se conservaría el “orden social vigente”. Desde las mismas oligarquías nacionales, éste podía llegar hasta el punto en el que comenzaban y se perpetuaban sus privilegios como clase dominante.

Así, en la mirada de los intelectuales del campo de las ciencias sociales de la década del 60, se plasmó la preocupación por el rumbo de los países latinoamericanos y la problemática del desarrollo presente en las agendas políticas de los Estados a nivel internacional.

Influencias internacionales: ideas y política económica

El proyecto desarrollista se desenvolvió en un marco de grandes transformaciones a nivel internacional. En él fue elaborado y puesto en marcha. En este apartado se destacan algunos sucesos considerados relevantes para entender la situación económica y social general, las ideas referidas al desarrollo, el lugar de la técnica y el rol del Estado.

Ya desde la 2º Guerra Mundial la reconversión de la industria para satisfacer la demanda bélica y la necesidad de hacer frente a un conflicto de tales dimensiones, dieron un impulso fenomenal a la ciencia y la tecnología (se pueden mencionar, entre otros avances, los motores a reacción, los cohetes, los radares y la penicilina). Durante este período fue creciendo la convicción en la importante función que cumplen las innovaciones técnicas en el desarrollo económico[38]. Éstas dieron lugar a un período de gran crecimiento en el período de posguerra, basado en el desarrollo de economías de escala gracias a la introducción de nuevas técnicas en los procesos de trabajo; lo que produjo, a su vez, un gran incremento en la producción de bienes.

Por otro lado, no sólo se volcó el esfuerzo a aumentar la productividad para afrontar la guerra. El elemento novedoso y que sentó un precedente importante fue la intervención del Estado en el desarrollo tecnológico: “Un aspecto a destacar de la innovación tecnológica durante el período bélico fue la irrupción y el control de la misma por parte del Estado. Proyectos como el de la bomba atómica y la cohetería implicaron al gobierno, que tomó cartas en el asunto en temas tales como las investigaciones que se debían continuar y el control sobre los científicos que trabajaban en ellas.”[39]

La crisis del ´30 y la 2º Guerra Mundial habían dejado profundas huellas en las conciencias de los Estados. El Estado comenzó a asumir tareas cada vez más activas en relación al funcionamiento de la economía (por ejemplo en materia de empleo, demanda e inversión). Se pusieron en marcha nuevas políticas basadas en ideas que buscaban explicar y superar las fallas del sistema. En este contexto, el pensamiento keynesiano fue el más relevante. Las nacionalizaciones de empresas, la planificación de la economía desde el Estado y la creación de nuevas instituciones incrementaron notablemente el gasto público y dieron lugar al Estado de Bienestar. Entre los objetivos se encontraron la reconstrucción de las economías después de la guerra y el mejoramiento del nivel de vida de la población. Por este motivo, estos dos objetivos se plasmaron en el aumento de la producción mencionada anteriormente y en el fomento al consumo.

Por otro lado, luego de la segunda guerra mundial tienen lugar las primeras experiencias de unificación europea. En 1957 se constituye, a partir del Tratado de Roma, la Comunidad Económica Europea (CEE). Si bien en un principio se basó en un acuerdo entre países europeos con el objetivo de reconstruir sus economías luego de la segunda guerra mundial, terminó siendo un bloque occidental que, además de Europa, también incluía a los Estados Unidos y cuyo objetivo inicial fue virando hasta convertirse en una estrategia para contener, y eventualmente vencer, al comunismo en plena guerra fría (objetivo aún más urgente al estallar la Revolución Cubana en 1959).

Los países integrantes de la CEE establecieron, asimismo, una Política Agrícola Común que buscaba proteger al sector agrícola mediante el control de las importaciones y los acuerdos arancelarios al interior de la región. A esta política proteccionista se sumó el otorgamiento de preferencias a mercados del Cercano Oriente y África que habían sido recientemente descolonizados.

Por su parte, Estados Unidos se sintió amenazado por esta política proteccionista y por la rápida recuperación económica europea. Para hacer frente a esta situación, estableció políticas proteccionistas para su sector agrícola e industrial.

El mejoramiento de la calidad de vida de la población también fue visto como una necesidad y una estrategia ante el avance del comunismo, no sólo en los países centrales sino también en los periféricos. Así, desde la Organización de las Naciones Unidas se promocionó el desarrollo tecnológico y científico.

En este contexto, Argentina (y, en general, América Latina) recibió influencias y también limitaciones. Con respecto a las limitaciones, la economía argentina se encontró con crecientes dificultades para obtener divisas provenientes del comercio exterior y para avanzar en el proceso de industrialización. El crecimiento acelerado de las economías de escala de los países desarrollados se encontró con una demanda acorde al consecuente aumento de la producción de bienes industriales; mientras que, en comparación con ella, la demanda de productos primarios se mostró menos dinámica. Este hecho, sumado a las crecientes limitaciones de los mercados a causa de las políticas proteccionistas estadounidenses y europeas redundó en la baja de los precios de los productos primarios y en el deterioro de los términos de intercambio para aquellos países que los exportaban.

Estas limitaciones se conjugaron con la influencia activa por parte de los Estados Unidos para promover el desarrollo en los países subdesarrollados en el marco de su estrategia para contener al comunismo; y, por otro lado, con otras tendencias prevalecientes a nivel internacional: el nuevo rol del Estado en los asuntos económicos y sociales, así como el lugar prioritario otorgado a la ciencia y la tecnología en las agendas gubernamentales.

Antecedentes inmediatos en el contexto nacional:
el peronismo

Los gobiernos previos a la asunción de Frondizi ya habían comenzado a ensayar respuestas frente a la crisis económica internacional del 29 y el gran impacto de la segunda guerra mundial. Durante los dos primeros gobiernos peronistas, y en consonancia con el nuevo paradigma de la época, el Estado cambió su modo de intervención en la realidad nacional. Unos años después de la implementación del New Deal en Estados Unidos (1933-1938) y de la publicación de la “Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero” de Keynes (1936), el gobierno peronista expandió el gasto público para hacer frente a la vulnerabilidad y a las limitaciones externas, mediante la creación y nacionalización de empresas, y la puesta en marcha de planes de obras y servicios públicos. También se consideró prioritario mejorar las condiciones de vida generales de la población a través de la redistribución progresiva del ingreso, la expansión del consumo y el fortalecimiento del mercado interno.

Estas medidas estuvieron dirigidas desde el Estado que realizó una propuesta de política económica materializada en el Primer y el Segundo Plan Quinquenal. Se realizaron transformaciones con respecto a la política fiscal y monetaria para que el Estado dispusiera de los recursos y divisas necesarias para iniciar y sostener un proceso de industrialización, que era la condición para lograr el cambio de la estructura productiva del país en vistas a limitar la dependencia del sector externo a través de la sustitución de los productos antaño importados. Este proceso estuvo acompañado de una política proteccionista para el sector industrial y del fomento a la productividad agropecuaria. Además, en los últimos años de gobierno se acudió a la utilización de capitales extranjeros para tapar la falta de acumulación de capital dentro de las fronteras nacionales.

En el marco de este proceso de industrialización por sustitución de importaciones, la ciencia y la tecnología ocuparon un lugar destacado. En primer lugar, se encontraba en el desarrollo de éstas una pata fundamental en la promoción del desarrollo. En segundo lugar (y recordando el papel adoptado por los Estados involucrados en la segunda guerra mundial) el Estado intervino fuertemente en esta materia: tanto desde la creación de instituciones que buscaban fomentar la investigación (como la Comisión Nacional de Energía Atómica en 1950, el Consejo Nacional de Investigaciones Técnicas y Científicas en 1951 y el Instituto de Física de Bariloche en 1955); como desde su injerencia en la educación y formación de los futuros trabajadores. En este campo, la creación de escuelas técnicas que inculcaran saberes específicos ligados al trabajo en las fábricas asociadas a las nuevas industrias debe ser destacada, así como la emblemática creación de la Universidad Obrera Nacional en 1948.

Por otro lado, luego del derrocamiento de Perón en 1955, si bien el gobierno de la Revolución Libertadora implementó medidas para estabilizar los precios, contener la inflación y superar desequilibrios del sector externo dando lugar a políticas de signo contrario a las peronistas (redistribución regresiva del ingreso, liberalización del sector externo y reducción del gasto público entre las más importantes) su propuesta a largo plazo consistía en profundizar el proceso de sustitución de importaciones iniciado unos años antes.

Más allá de los esfuerzos realizados por los gobiernos inmediatamente anteriores al de Frondizi, hay que tener presente la coyuntura internacional descripta precedentemente. Así, en el escenario posperonista nos encontramos con que, si bien se había operado un proceso de industrialización por sustitución de importaciones, éste se había visto limitado por la imposibilidad de acceder a materias primas, maquinarias y otros factores necesarios para la producción de manufacturas. Este impedimento resultó ser un importante efecto del proteccionismo implementado en los países centrales. Asimismo, esta situación dejó en evidencia el atraso tecnológico que separaba a los países del Tercer Mundo de aquellos. De modo que el desarrollo industrial durante el período comprendido entre la crisis del ´30 y la asunción de Frondizi alcanzó, principalmente, a la rama textil, alimenticia y aquellas vinculadas a la construcción. No sólo estas industrias requerían desarrollos tecnológicos sencillos sino que, además, eran impulsadas por la demanda interna que ya no podía abastecerse por los canales por los que lo había hecho durante el auge del modelo agroexportador. Según Beremblum y Saborido:“Sólo en Canadá y Australia se verificó un amplio e irreversible desplazamiento hacia la industrialización. En otras naciones, la guerra condujo a una ampliación en la brecha que separaba a los países industrializados de los que no lo estaban –a partir de los cambios tecnológicos y organizativos impulsados por el conflicto-, circunstancia que, como contrapartida, generalizó el deseo de superarla buscando caminos para salir del atraso.”[40]

Conclusiones

Si bien el avance continuo de la técnica es intrínseco al desarrollo mismo de la sociedad a lo largo de la historia y ha merecido la atención y el estudio de numerosos pensadores e intelectuales, en el período estudiado en el presente trabajo es concebida de una forma específica, estrechamente vinculada con la particular situación que atravesaba el sistema capitalista.

En primer lugar, el esfuerzo aplicado al desarrollo de la técnica pasó a ser tomado en las manos del Estado por las necesidades que se enfrentaban en ese momento: por un lado, las propias de la guerra; por otro lado, las inherentes al estallido de la crisis económica (si bien ambas deben pensarse, asimismo, en relación).

La técnica, a nivel internacional (y fundamentalmente en los países desarrollados), se insertó en un contexto en el cual el capitalismo intentó superar las fallas expuestas después del deterioro de las condiciones de vida de grandes partes de la población, la pérdida de millones de vidas humanas y la destrucción de bienes, recursos y territorios que implicaron la crisis del ´30 y la segunda guerra mundial.

Al mismo tiempo, el modelo capitalista de sociedad se enfrentó a un proyecto alternativo que le competía y buscaba superarlo, cristalizado primero en la URSS y los países de Europa oriental y, luego, en Cuba.

En este sentido, el avance de la técnica y su aplicación a los procesos productivos resultaba una estrategia consciente para superar los problemas intrínsecos a la economía capitalista pero, también, funcionaba a modo ejemplificador tanto para los países comunistas como capitalistas, ya que buscaba evidenciar las capacidades del sistema.

En el caso de los países latinoamericanos, la apelación al desarrollo de la técnica se dio en este mismo contexto, pero impactó de manera muy diferente. Los problemas que surgían en el capitalismo periférico estaban asociados al comportamiento de los mercados internacionales que tendían a cerrar las puertas a la importación de productos de origen primario. Esta tendencia, que comenzó bruscamente con la crisis del ´30, se acentuó a su vez cada vez más, siendo un momento crucial la creación primero de la Comunidad Económica Europea y, posteriormente, la conformación de la OCDE. La conformación de mercados comunes que beneficiaban a los países miembros y de un bloque de potencias occidentales para favorecer sus relaciones comerciales recíprocas (principalmente las de Estados Unidos) fueron factores que los países latinoamericanos no pudieron ignorar.

Los gobiernos que tomaron el poder del Estado en Argentina durante este período, ante la situación descripta, también idearon estrategias para solucionar los problemas que se presentaban. Éstos eran diferentes pero, en definitiva, redundaban en el empeoramiento de las condiciones de vida y en la amenaza a la reproducción misma del sistema en su conjunto. Las estrategias pensadas y ensayadas estuvieron empapadas del “clima de época”.

La tendencia, entonces, fue la apelación a la técnica. Pero según el lugar que ocupara en la estructura de producción y consumo internacional, cada país la utilizó para intentar resolver los problemas que el desenvolvimiento del capitalismo presentaba en ellos. Los resultados también fueron distintos.

Así, la concepción de la técnica como requisito ineludible para promocionar y alcanzar el desarrollo económico, fue el resultado de múltiples corrientes de pensamiento que, si bien presentaban algunas diferencias e impactaban distintamente en cada país de acuerdo a la coyuntura local, intentaban dar respuesta a los problemas y contradicciones que presentaba el orden social vigente.

Sin embargo, también resultaba la técnica y el desarrollo económico elementos imprescindibles para mantener, consolidar y expandir un orden social alternativo.

En pleno proceso de la guerra fría, ambos bloques competían por imponer su propio orden social. Y el desarrollo económico jugaba un papel fundamental. Era un momento en el que la conciencia de los poderes políticos sobre la necesidad de orientar e incrementar el esfuerzo en el desarrollo de las fuerzas productivas para alcanzar la supremacía se vio acrecentada. La técnica, entendida como parte fundamental de ese desarrollo formó, entonces, parte de ese esfuerzo para transformar, en uno u otro sentido, la sociedad.

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  8. Frigerio, op. cit., Capítulo 5.
  9. Frondizi, op. cit., Discurso de Montevideo, Congreso del Uruguay, 7 de abril de 1958. Pág. 15.
  10. Frondizi, op. cit., Discurso de Río de Janeiro, Palacio de la Cancillería de Brasil, 9 de abril de 1958. Pág. 23 y 24.
  11. Frondizi, op. cit., Discurso de Río de Janeiro, Palacio de la Cancillería de Brasil, 9 de abril de 1958. Pág. 24.
  12. Frigerio, op. cit., pág. 91.
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  15. Frigerio, op. cit., Pág. 121.
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  20. Frigerio, op. cit., pág. 19.
  21. Forcinito, op. cit., pág. 94.
  22. Rapoport, M. (2010). Las políticas económicas de la Argentina. Una breve historia. Buenos Aires: Grupo Editorial Planeta. Pág. 216.
  23. Rapoport, op. cit., pág. 217.
  24. Rapoport, op. cit., pág. 218.
  25. Rapoport, op. cit., pág. 220.
  26. Rapoport, op. cit., pág. 222-223.
  27. Rapoport, M. y colaboradores (2000). Historia económica, política y social de la Argentina (1880-2000). Buenos Aires: Ediciones Macchi. Págs. 559-561.
  28. Leiva Lavalle, J. (2010). Instituciones e instrumentos para el planeamiento gubernamental en América Latina. CEPAL. Disponible en http://www.planar.org.ar/upload/archivos/InstLATM.pdf. Pág. 10.
  29. Stropparo, P. (2012). Producción de conocimiento, contexto y políticas públicas. El caso de la Junta de Planificación Económica de la Provincia de Buenos Aires (1958-1960). Revista Debate Público. Reflexión de Trabajo Social. Año 2, Nº 4. Disponible en http://trabajosocial.sociales.uba.ar/web_revista_4/pdf/14_Stropparo.pdf. Pág. 116.
  30. Morando, op. cit., pág. 162.
  31. Leiva Lavalle, op. cit., pág. 38.
  32. Leiva Lavalle, op. cit., pág. 38-39.
  33. Frigerio, op. cit., pág. 24.
  34. Orbe, P. (2004). Laica o libre: efectos políticos del debate educativo en la comunidad universitaria bahiense (1955-1958). En: IV Encuentro Nacional y I Latinoamericano: La Universidad como objeto de investigación. Universidad Nacional de Tucumán. Tucumán, 7-9 de octubre. Disponible en http://rapes.unsl.edu.ar/Congresos_realizados/Congresos/IV%20Encuentro%20-%20Oct-2004/eje6/28.htm
  35. Este apartado ha sido extraído de la ponencia El modelo de desarrollo peronista realizada en el marco del presente proyecto de investigación. X Jornadas de Sociología de la UBA. 20 años de pensar y repensar la sociología. Nuevos desafíos académicos, científicos y políticos para el siglo XXI. 1 al 5 de julio de 2013.
  36. Germani, G. (1966). Política y sociedad en una época de transición. De la sociedad tradicional a la sociedad de masas. Buenos Aires: Editorial Paidos. Capítulo III: Análisis de la transición.
  37. Graciarena, J. (1967). Poder y clases sociales en el desarrollo de América Latina. Buenos Aires: Paidos. Pág. 17.
  38. Berenblum, R. y Saborido, J. (1999). Breve historia económica del Siglo XX. Buenos Aires: Ediciones Macchi. Pág. 107.
  39. Beremblum, R. y Saborido, J., op. cit., pág. 108.
  40. Beremblum, R. y Saborido, J., op. cit., pág. 107.


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