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1 Las ideas de progreso, civilización, ciudadanía, la técnica
en Sarmiento/Alberdi

Bibiana Apolonia Del Brutto

Sarmiento

Alfredo Palco, en el Prólogo del libro de Domingo Faustino Sarmiento Facundo[1], advierte sobre la necesidad de leer y comprender el Facundo como una obra fundamental de la nación argentina. Facundo apareció por primera vez en el periódico El Progreso de Chile en forma de folletín; más tarde, la misma editorial del periódico lo publicó en 1845 como volumen independiente con el título de Vida de Juan Facundo Quiroga i aspecto físico, costumbres i ábitos de la República Argentina: On ne tue pas les idées, Fortoud. (A los hombres se los degüella, a las ideas no). También menciona la necesidad de comprender El Facundo Raúl Orgaz, mencionando que la Vida de Quiroga inaugura la literatura argentina, con excepción de La Cautiva de Esteban Echeverría, cuya escenografía amplió la escenografía natural del medio físico y sin reminiscencias de otras latitudes, mediante la sugestión misteriosa de la llanura solitaria. Pero sólo el libro de Sarmiento nos trajo la poesía del desierto, el torbellino pasional que envuelve a caudillos y montoneros de “la Edad Media argentina” y la comprensión a través de la maestría narrativa y de la pericia pictórica de la originalidad de las instituciones, hábitos e ideas de ciudades y campañas argentinas.[2]La Vida de Quiroga, dice Orgaz parafraseando a Sarmiento, fue “fruto de la inspiración del momento”, el libro titulado Civilización y Barbarie pero cuyo subtítulo fue Vida de Juan Facundo Quiroga consiste en afirmar una epopeya en prosa alrededor de una biografía novelada. La antítesis de la portada en su edición inicial quería decir en expresiones homónimas, Europa y Tartaria, la Ciudad y la Campaña, el siglo XIX y el siglo XII, la Modernidad y el Feudalismo en la República Argentina de mediados del siglo XIX.[3]

En 1845 escribió también Sarmiento Vida de Aldao, una biografía breve que enuncia la tesis del Facundo, el rechazo de los caudillos del interior de la Constitución de 1826 y la lucha que iba a originarse entre la barbarie del interior y la civilización de Buenos Aires, entre la arbitrariedad y las garantías constitucionales. Sarmiento, en este libro, admira los esfuerzos de Rivadavia por instaurar la libertad organizada en las Provincias Unidas, pero considera que dicha presidencia “parecía una dominación extranjera”. Sarmiento fue proclive a escribir biografías porque éstas eran un instrumento de gobierno y de acción. Facundo fue una biografía de este tipo. El germen del Facundo fue su propia biografía de adolescente: a los dieciséis años vio entrar a los seiscientos gauchos de Quiroga, el general paisano, como lo llamaban quienes entraron en San Juan jineteando estrepitosamente y con acciones desalmadas. Un cuadro pictórico que compara con Asia. La publicación tendió a promover la libertad de su patria, fue una biografía con efecto polémico y emociones estéticas. Sarmiento se propuso expresar en sus partes la idiosincrasia nacional mediante los relatos del paisaje de la tierra nativa y de la cultura en el Río de la Plata. Las descripciones de La Pampa, sin haberla conocido, son extensiones de los “Cuadros de la Naturaleza” de Humboldt y las acciones a que debiera llegar la tierra pampeana inspirada en La Democracia en América de Tocqueville. Un libro de combate con uso de la historia y de la política argentina, con interrogaciones sobre el presente que le tocó vivir y perseguir la dictadura de Rosas. No fue una tarea de historiador la que realizó, pero sí se nutrió de fuentes para entender tanto al caudillo Quiroga como a las luchas civiles argentinas.

El personaje central de la obra Facundo Quiroga obra con la montonera dominando a toda la geografía física, hábitos que explica por los accidentes del suelo y que determinan la moral de la campaña. De variadas formas, Sarmiento intenta mostrar su tesis de político y de combatiente mediante costumbres, tipos, retratos, escenas sombrías y/o acciones de personajes consubstanciados con el ambiente, la tierra y el paisaje. La historia para él servía a la unidad, a la libertad y a la perfectibilidad del género humano; por ello, proclama tempranamente la necesidad de un progreso de la humanidad. Sarmiento fue un lector de filósofos franceses, ingleses y alemanes: Guizot, Cousin, Leroux, Michelet, Montesquieu, Tocqueville, Herder, Humboldt, Hegel: el Facundo está rodeado de ideas y de categorías que pertenecen a la filosofía de la historia.[4] Las lecturas provenían de su socialización primaria en San Juan en la biblioteca de Manuel Quiroga Rosas,[5] y de los intercambios epistolares de sus amigos de la Asociación de Mayo. De aquellas lecturas e intercambios provino el binomio de civilización y barbarie. No existe la posibilidad de una correspondencia lineal entre la situación geográfica, los personajes y la veracidad histórica. Sarmiento plantea en la primera parte del Facundo los males políticos que se despliegan en “la ciudad” y en “la campaña pastoril”; la “civilización” y las “tradiciones retrógradas y bárbaras” que eran un legado de la colonización española. De allí la necesidad de encontrar la unidad en la historia, cuyo objetivo es la humanidad y el progreso hacia la civilización. Apela a la “razón” para proyectar a la historia, no a una razón abstracta como la que utilizaban los unitarios sino a una racionalidad de procesos, civilización y barbarie eran momentos dinámicos que cambiaban según políticas e historia que los utilizó en sus escritos con diferentes significados específicos y disímiles entre sí. Las lecturas de Cousin, Herder y Montesquieu influyeron en la redacción del Facundo; sobre todo, las ideas de Cousin, que pensaba que eran las ideas las que confrontaban en una guerra y triunfaban aquellas que tuviesen más porvenir, “toda batalla afecta al porvenir” decía Cousin; ideas que Sarmiento adoptó en concordancia con los principios de la Revolución Francesa. En 1841 escribió en El Mercurio de Chile: “Las ideas retrógradas y sus consecuencias luchan, por última vez, con las ideas de libertad, de constitución, de progreso.”[6] Entonces, en el Facundo la idea de guerra no es una lucha entre clases sociales, las luchas civiles argentinas no implicaron el enfrentamiento de masas desposeídas contra los privilegios de una aristocracia, sino que la referencia a civilización y barbarie era a una lucha entre los progresos del espíritu humano y los rudimentos de la vida salvaje. Facundo Quiroga y Rosas encarnan lo retrógrado, las vallas al progreso. Por ello, la lucha política contra la tiranía de Rosas era una lucha contra el quedantismo del pasado y un triunfo de la civilización hacia el progreso del género humano.

Con respecto a las ideas de progreso en El Facundo, Sarmiento hace mención a Tocqueville, al explicar el porqué de su obra:

“A la América del Sur en general y a la República Argentina sobre todo, le ha hecho falta un Tocqueville, que munido del conocimiento de las teorías sociales, como el viajero científico de barómetros, octantes y brújulas, viniera a penetrar en el interior de nuestra vida política, como en un campo vastísimo y aún no explotado ni descrito por la ciencia.”[7]

El modelo de Tocqueville estuvo presente constantemente en los escritos de Sarmiento, en especial, como democracia a instaurar en Argentina. De él tomó las ideas de democracia, las de libertad de prensa, la de la función de la lengua, la idea de igualdad, que le permiten, todas ellas, ir deshilvanando la complejidad de la sociedad argentina a mediados del siglo XIX. Las ideas de libertad e igualdad han adquirido formas distorsionadas, pensaba Sarmiento al publicar Facundo: la igualdad ha penetrado las capas profundas de la sociedad, cambiando el principio de libertad en su contrario; al incorporar la emancipación traída por la revolución, el gaucho la trastoca en libertad sin límites que, luego, el caudillo utiliza como poder sin consideración del otro. La igualdad se desvía en un igualitarismo que deriva en la obediencia ciega a un jefe irrecusable. Pero Sarmiento no piensa que se debe volver al pasado; por el contrario, no hay retorno porque se han trastocado las mentalidades, se han quebrado los equilibrios anteriores y la sociedad se halla proyectada irreversiblemente hacia delante.[8] Estas fueron ideas que retomó al conocer Europa y Estados Unidos, inclinándose por la forma de organización y de gobierno del último país y no por las del continente europeo.

La evocación al desierto es el teatro donde actúan Rosas y Quiroga, las tipologías humanas en sus caracteres responden a este ambiente físico. Por ende, propuso modificar el ambiente físico y territorial mediante las costumbres. El desierto era el límite de la vida civilizada de las ciudades argentinas. De ese desierto provenían las imposibilidades a la organización política. El desierto de la América meridional, para Sarmiento lo mismo que los países de Oriente, tenían un significado similar: representaban un estado anterior a la civilización y el obstáculo al orden político moderno. Para Sarmiento el territorio y la política significaban o el pasado o el proyecto del porvenir o futuro, la barbarie o la civilización. Añadimos que Sarmiento no conocía todo el territorio argentino, se valió o de los relatos de viajeros ingleses y franceses o de las descripciones de los arrieros sanjuaninos y de los militares residentes en Chile para describir las relaciones entre la naturaleza y el orden político y de las referencias de Esteban Echeverría en La Cautiva Hay un nuevo mundo que se caracteriza como bárbaro: en él, justamente, radica la posibilidad de ese porvenir civilizado, “grandioso y lleno de poesía que son los únicos que justifican una literatura nacional.”[9] No era una casualidad que hubiera comenzado por las descripciones del desierto en Facundo, ese desierto estaba empantanado en el legado colonial. El desierto aparece como la figura de oposición entre el binomio “civilización y barbarie”; a las ciudades de provincia Sarmiento las describe como “islotes flotando en el mar de la pampa”, y a la campaña pastora sede la identifica como barbarie. En las ciudades se concentraban las escuelas, las iglesias o cultos, las tiendas, los talleres, los juzgados; la campaña era el espacio vacío identificado con el infinito, la soledad, el riesgo. Esa forma de vida la identificaba con “lo americano casi indígena”, la forma de vida pseudo feudal del gaucho tenía otras necesidades. La relación entre esas dos sociedades durante la colonia fue nula: dos pueblos extraños, incomunicados entre sí.

El gaucho vivió amenazado por la supervivencia por un entorno hostil, sin sociabilidad, expuesto a peligros constantes. El habitante de la campaña estaba en las antípodas del hombre civilizado, la inseguridad de la vida le imprimió un carácter particular, su sociabilidad escasa, reducida a encuentros de doma de caballos o en la pulpería determinó que el gaucho viviese solo, “todo lo hace a caballo”, no existe familia, los jóvenes abandonan pronto el hogar rudimentario. De esta manera, “la barbarie”, se encuentra encerrada, determinada por la fisonomía del terreno se le habían agregado las costumbres de la colonia, exacerbado por las de grandes haciendas con el pastoreo, expresada en las extensiones feudales, una fisonomía del país que España puso en América: el latifundio.

Cuando Sarmiento describe al “bárbaro”, éste posee un doble significado opuesto a la civilización: era el que se diferencia de la civilización pero, también, el que la rechazaba. En el Facundo no se remonta a los hechos de la historia argentina o a las luchas generadas por las guerras civiles, sino que determina que la barbarie se fue gestando en el desierto argentino como otra destreza. Tampoco se preocupa por quiénes son los gauchos, si indios, mulatos o una raza en particular; lo que sí enfatiza es la capacidad de endurecimiento ante los riesgos de la naturaleza y la escasa sociabilidad para con las formas de vida y hábitos de la civilización, de las ciudades y de lo culto.

En su descripción de la barbarie recurre a la comparación en una analogía con Oriente, porque los hombres de la campaña siguen a un jefe indiscutido, a un caudillo; referencia que había sido mencionada por Maquiavelo en Las Cartas Persas como la figura del despotismo asiático. Las referencias al Oriente fueron vistas como una característica del romanticismo en Sarmiento, fueron reseñas de sus lecturas (Víctor Hugo, Volney) el papel que Oriente tuvo en la Francia del siglo XIX y la puesta de la imaginación en su escritura. El Oriente para Sarmiento representaba el despotismo porque los pueblos no conocían a la democracia, las analogías presentadas con la llanura argentina del Tigre (Quiroga) y el caudillo identificado con el jefe de la caravana. Los pueblos orientales tienen una sociabilidad rudimentaria pero los gauchos son insociables; tanto los pueblos orientales como los habitantes del desierto argentino son estacionales a la civilización. “El Progreso está sofocado porque no puede haber progreso sin la posesión permanente del suelo, sin la ciudad, que es la que desenvuelve la capacidad industrial del hombre y le permite extender sus adquisiciones.”

El ingreso a la civilización supone el paso a las sociedades sedentarias, dedicadas a la cría de ganado, a la propiedad de la tierra, que es condición de la agricultura y que abre paso a la sociedad industrial.[10] Con respecto al caudillo, Sarmiento lo califica como un despótico:

“El caudillo argentino es un Mahoma, que pudiera a su antojo cambiar la religión dominante y forjar una nueva. Tiene todos los poderes; su injusticia es una desgracia para su víctima, pero no un abuso de su parte, porque él puede ser injusto, necesariamente siempre lo ha sido.”[11]

El caudillismo es poder sin ley, pero en América no es la religión ni el idioma lo que representa el obstáculo a la civilización, sino la ausencia de sociabilidad de la vida en los campos del interior. Dos años después de escribir Facundo, en su primer viaje al exterior cuando conoce la Argelia colonial, Sarmiento utiliza la analogía de modo inverso, el árabe es visto como un gaucho. Años más tarde, en sus Viajes escribía:

“Las tiendas patriarcales de los descendientes de Abraham no están más avanzadas que los toldos de nuestros jefes de las pampas” y “Entre los europeos y los árabes en África, no hay ahora ni nunca habrá amalgamas ni asimilación posible; el uno o el otro pueblo tendrá que desaparecer, retirarse o disolverse.”

Sarmiento no realizó ninguna definición de civilización en el Facundo, se refirió a ella como opuesta a la barbarie. La oposición barbarie-civilización no es estática, la barbarie es dinámica, avanza sobre la civilización y puede reducirla. La educación, la ciudad son las entidades destinadas a reducir la barbarie, las comunicaciones en los territorios y el avance de la democracia contra el despotismo. La Democracia en América de A. Tocqueville fue la primera guía para seguir los trayectos marcados por la democracia estadounidense, concepción que cambia en sus Viajes. Para Tocqueville un régimen surgido de las revoluciones democráticas intenta completar la marcha hacia la igualdad antes impulsada por el absolutismo y extender a la sociedad entera los espacios de libertad, que serían mucho más amplios que los logrados por los sectores privilegiados ante el avance del poder monárquico. Sarmiento diluye esta propuesta y exalta la superioridad de la experiencia norteamericana, alegando que se acerca mucho más que la europea a implantar la plena igualad y la plena libertad. También para Sarmiento la democracia norteamericana señalaba el camino hacia la plena instauración de la democracia en Hispanoamérica mejor que el camino abierto por la Revolución Francesa. En los Viajes se atreve a decir que la revolución en Europa está llena de conflictos aún más violentos que los existentes en América.

Alberdi

El pensamiento social de Juan Bautista Alberdi (1810 – 1884), como el de Sarmiento, cambia a medida que se van sucediendo los hechos de la organización nacional y se va conformando el Estado, una vez aprobada la Constitución de 1853. La posición hacia Rosas fue diferente a la de Sarmiento, con excepción al del período del exilio en Montevideo. Compartió con la Generación del 37, en especial con José María Gutiérrez y Esteban Echeverría, el concepto –de unidad de creencia.- o que el principio que generaría la unidad partía de la organización social; que la administración de los bienes simbólicos debían de alejarse tanto de la tradición unitaria como de la federal y que la persona que condujese la administración del país debía de atender a las ideas de los intelectuales. Fue uno de los pensadores más lúcidos del movimiento independentista latinoamericano. Con biografía personal y perspectivas diferentes a las concepciones de Sarmiento, Alberdi sigue el camino del saber y del conocimiento. Para él, esa Argentina primigenia debía de transitar el camino de la intelectualidad en las ideas. Advirtió que Rosas era la expresión de una realidad, un representante del pueblo argentino. Compartió con Sarmiento que la Argentina albergaba una población carente de educación y hábitos cultivados pero, con el tiempo, –esa plebe- se convertiría en sujetos aptos para recibir a la civilización. La pampa no era vacía como la propuesta sarmientina sino un espacio en el que Rosas instrumentaba su poder. Las tensiones con el gobierno de Rosas, con Bolivia, con el Estado Oriental y Francia fue lo que lo llevó al exilio en Montevideo y a escribir su tratado sobre la Guerra. Fue justamente la negación a la escucha por parte de Rosas y el seguir un camino violento los elementos en que Alberdi abrazó la concepción de barbarie, o el comportamiento que adoptó el tirano apoyado por masas semibárbaras, en lenguaje alberdiano. La civilización era las ideas de la juventud argentina, por ello atiende a la expresión “de las costumbres” que escribe en el diario el Nacional compartiendo escritura con Lamas y Cané. Las costumbres debían formarse en espíritu con la Constitución. Se refería a “lo natural” de los males sudamericanos: las guerras civiles, la anarquía, el autoritarismo, la xenofobia, y si ellas se oponen a ese espíritu de la Constitución debían ser abolidas. De los estudios sobre las costumbres nacieron sus escritos sobre La Moda.

Los primeros escritos de Alberdi se iniciaron en la Ciudad de Buenos Aires, donde había llegado por una beca que otorgaba Rivadavia desde Tucumán, y motivaron las diferencias que fueron causa de las disputas con Sarmiento en 1853 y que se hallan en Las Cartas Quillotanas de Alberdi y Las ciento y una de Sarmiento. En 1837 escribió Fragmento preliminar al estudio del derecho. En una conferencia que dio en el Salón Literario en 1837 dijo: “Francia había empezado por el pensamiento para concluir con los hechos. Nosotros hemos seguido el camino inverso: hemos principiado por el fin.” O sea, Argentina ha realizado una revolución sin pensamiento, sin teoría. De allí la necesidad de dotarla de la legitimidad de las ideas; ha terminado el tiempo de los guerreros y ha llegado la hora de los intelectuales, dentro de los que Alberdi se ubica.[12]

En el Fragmento Preliminar se pronuncia por un reconocimiento de Rosas. A diferencia de Sarmiento, pensaba que Rosas era una expresión de la realidad, de manera que no era un déspota que duerme sobre bayonetas mercenarias sino un representante que descansa sobre la buena fe, sobre el corazón del pueblo argentino. Este pensamiento de Alberdi descansaba en otra creencia: que la sociedad argentina albergaba una población carente de educación y de hábitos cultivados. Pero, con la instrucción y con el tiempo, esa plebe se convertiría en un sujeto apto para recibir y desplegar los bienes y valores de la civilización. A diferencia de Sarmiento, la Argentina no es el desierto bárbaro, sino un espacio en el que el poder de Rosas en alianza con la palabra de los que saben, puede constituir una nación moderna.

De su largo exilio en Chile, Alberdi produjo Acción de la Europa en América en 1842 y Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina. Ambas obras imaginan un proyecto fundacional para introducir al país en la corriente de la modernidad. Estos proyectos respondían a dos preguntas: cómo generar hábitos civilizados y cómo construir el poder en esas tierras.

La trama del pensamiento del joven Alberdi es una filosofía de la historia que aplica a la mayor parte de los conceptos desarrollados. Conociendo los grandes principios e intereses como causas productoras de la revolución y de la independencia, se trazaba el camino nacional, el engrandecimiento y prosperidad que la revolución tuvo por principio y que el gobierno nacional tuvo por conducta, “un ideal de progreso” que estaba representado por el ejercicio de la división natural del trabajo. El modelo eran los pueblos que ya lo habían implementado: Inglaterra, Francia, los Estados Unidos. En sus escritos de su adultez consideraba que el exclusivismo colonial era un ultraje a la ley natural del comercio libre. La búsqueda por la perfección extranjera y su obsesión para trasladarla a lo nacional lo llevó a extremos como los que expresó en Bases: “la libertad, como los ferrocarriles, necesita maquinistas ingleses.” Era el tiempo en que pensaba que cada europeo que viniese traía más civilización en sus hábitos que muchos libros o manuales.[13] “Plantar en América la libertad inglesa y la cultura francesa”, para ello era necesario traer pedazos vivos de hábitos, de costumbres, éstas no se transforman por la instrucción letrada sino a partir de los hábitos. Confiaba en instaurar en la sociedad civil hábitos laboriosos de los inmigrantes que traerían un nuevo ethos, una nueva eticidad que no se encontraba en el campo nativo; el transplante inmigratorio sería la fuente del progreso conjuntamente con la educación. Años más tarde a la expresión de aquellas esperanzas, en Peregrinación de Luz de Día escribió:

“Gobernar es poblar. El axioma puede ser verdadero en el sentido que poblar es desenvolver, agrandar, fortificar, enriquecer un país naciente; poblar es educar y civilizar un país nuevo, cuando se lo puebla con inmigrantes laboriosos, honestos, inteligentes, es decir educados. Pero poblar es apestar, corromper, embrutecer, empobrecer el suelo más rico y más salubre, cuando se lo puebla con las inmigraciones de la Europa atrasada y corrompida.”[14]

En la temática de la organización social, Alberdi se pronuncia por una “organización que vaya de afuera hacia adentro”, o en la que se reconozcan los influjos externos para la recomposición del espacio nacional. Los países europeos, especialmente Francia e Inglaterra en los que la civilización ha crecido a fondo hacia la superficie y como producto de un largo trabajo histórico, en nuestros países ese mismo proceso se implantará mediante un mecanismo de importación.

Para Alberdi, la América del Sud dependía industrialmente de Europa. Se pronunció por el “libre cambio”, al tono de la situación del capitalismo mercantil en el siglo XIX. Consideraba que el sistema español de la colonia no ligó lo suficiente América Del Sud. Como Europa era más civilizada por su historia en la manufactura, América debía exportar sus riquezas naturales para proveer justamente al desarrollo de las manufacturas. Los ejemplos: muebles, talleres, máquinas de locomoción. A Europa no le interesa tener recursos naturales, pensaba, porque puede comprarlos con los dineros que generan las manufacturas. En las capitales de América Del Sud que son iguales a las de Londres, París, Berlín, se encuentran los mismos objetos y “casi al mismo precio”, la América no tiene que molestarse en darse leyes protectoras que encarezcan y empobrezcan sus tiendas y almacenes sino que debe derribar más y más sus barreras aduaneras hasta suprimirlas si es posible para apropiarse más y más de la industria europea. Con esos prodigios, recibe de paso las ideas, los usos, los hombres, los capitales de la Europa culta en su suelo libre y rico, en servicio, no en perjuicio, de su independencia. Estas fueron las bases del pensamiento industrial de Alberdi.[15]

Por otra parte, la América del Sud encontraría en Europa su punto de encuentro y debía, al mismo tiempo, respetar su aspecto jurídico. Alberdi creía que era necesaria la presencia de la política externa en América Del Sud para regenerar las costumbres y para favorecer el progreso. Sobre estas ideas es que irá perfilando el “Gobernar es poblar”. Transplante inmigratorio y la educación, en las Bases dice: “No es el alfabeto. Es el martillo, es la barreta, es el arado lo que debe poseer el hombre del desierto” (o el hombre sudamericano). Para que ese transplante resulte exitoso era necesario adecuar la Constitución (las leyes) proponiendo la doble nacionalidad, la libertad de cultos, tratados ventajosos para Europa, ferrocarriles, libre navegación interior y libertad comercial y, también, se pronunciaba por los matrimonios mixtos. Ideas que crecerían con un cristianismo. A diferencia de Sarmiento que enjuicia a la colonización española, para Alberdi la colonización cristiana fue un regalo, fue una beneficencia que se armó sobre las otrora colonias. Pero el basamento fundamental fue sobre el liberalismo económico: cómo la interdependencia de todos los pueblos podía consolidar un propio ser: América. Que la patria sea la humanidad y el pueblo el género humano, un claro antecedente de las ideas de la globalización actuales. Lo que debía morir era el patriotismo, el chauvinismo de orígenes grecorromanos, prolongados en un purismo lingüístico de los tiempos feudales. Ese purismo lingüístico fue abolido por la extensión de –la máquina- o de la técnica, de la máquina a vapor que tornó anacrónicos el color local y el pintoresquismo nacional. Las razas y lenguas podrán amalgamarse en una unidad creciente.

El desarrollo técnico, el intercambio de mercancías y de símbolos marcha en igual dirección que el espíritu cristiano y, de ese modo, los Estados nacionales pueden ser independientes y, al mismo tiempo, solidarios por la fuerza de los intereses que los ligan indisolublemente. Es preciso celebrar, por ello, que en 1858 el telégrafo haya unido América Del Norte con Europa, así como las murallas de China se derrumban ante el embate del comercio y de la religión de Cristo. La internalización no es homogénea porque hay polos de progreso civilizatorio que son económico culturales. Por ello, Alberdi en 1873 dice: “somos un anexo económico de la Europa”, “América practica lo que piensa Europa.” El pueblo mundo necesita la supresión de las aduanas y de las trabas fiscales que, so pretexto de proteger la producción local, ponen diques al bienestar del género humano. Alberdi imagina aquí, a semejanza de Saint Simón, al mundo como un gran taller dedicado a la producción.

La humanidad unificada se hermana en el intercambio económico pero, también, en torno a ideas compartidas. Las ideas son los principios positivos, cuyo principio básico es la libertad. Este derecho le permite justificar a Alberdi “el derecho de intervención de un país en los asuntos internos de otro cuando lo que está en juego son valores superiores a las divisiones de los estados nacionales”. “La intervención internacional, como la doméstica, es buena o mala según que tiene por objeto proteger un derecho o violarlo, defender una voluntad o conculcarla.” De aquí nace el derecho –a entrar con la fuerza-. Los modelos a imitar en el progreso y en el desarrollo industrial eran Francia e Inglaterra. Pero Alberdi va más allá que el desarrollo de la cultura y la razón, va por la lengua. Recomienda el francés para entender las legalidades y la organización social de Europa porque el francés ha avanzado en las formas racionales y en las estructuras humanas. Su devoción por Francia, incluso, lo lleva a justificar el bloqueo francés en el Río de la Plata, aludiendo a que esos son derechos franceses y no argentinos. El americanismo de Rosas es aislacionismo.

En América todo lo que no es europeo es bárbaro: puede ser azteca, guaraní, pampa o tehuelche. Hasta lo que comen los animales (el trigo y las plantas) es lo que derramó Europa en las tierras americanas. Porque la conquista del Nuevo Mundo por la Europa Cristina es el triunfo de la civilización. Tampoco se debe confundir la revolución de Tupac Amaru con la gesta independentista ulterior. La revolución americana fue posible gracias a la ayuda europea en gestas como las de San Martín y Bolívar. Somos españoles nacidos en América. Los peligros para las repúblicas antes españolas no están en Europa y sí en la América que alberga el expansionismo brasileño en el sur y al de Estados Unidos en el otro extremo del continente.

En torno a la ciudadanía y la democracia, pensó en una construcción gradual de ellas mediante una serie de escalas. Distinguía distintos tipos de sujetos: primero, habitantes productores; luego, sujetos políticos o ciudadanos, a través de una etapa económica, una social y otra política. El momento de Argentina era económico –social, aún no había llegado el momento político o el momento de efectivizar el sufragio universal. Esa república poco republicana, en donde está abierto el espacio de la sociedad civil (donde los habitantes desarrollan libremente sus actividades económicas) y clausurado el de la ciudadanía o el de las libertades políticas es lo que Alberdi llamó “la República posible”, consistente en una nación donde una elite tutela a las masas, mientras “la educación por las cosas” difundida por la inmigración va cultivando a la población nativa y acercándose al momento de la “República verdadera” de sufragio universal. “Gobernar poco, intervenir lo menos, dejar hacer lo más”, escribió en las Bases.

“Las naciones no son obra de los gobiernos. Y lo mejor que en su obsequio pueden hacer en materia de administración es dejar que sus facultades se desenvuelvan por su propia vitalidad.”

Si el pueblo no está aún capacitado, se requiere montar las bases y puntos de partida de la formación de una nación y para eso se ofrece el intelectual, es decir, el propio Alberdi, que se ofrece al general Urquiza, el hombre surgido de la victoria sobre Rosas en Caseros.[16]

Las nociones de progreso

Una vez consolidadas las independencias latinoamericanas, se presentaron en la Hispanoamérica las ideas por la independencia cultural y las construcciones en ensayos por las comunidades imaginadas, llamadas “naciones”, que adoptaron formas de expresión históricas entendidas y explicadas con diferentes argumentaciones. Este fue el período de la construcción de las bases de la modernidad con el legado y la sombra de la cultura europea. La literatura romántica de la época incentivaba por un lado la afirmación y descripción de lo propio americano con diferentes matices en historias, rasgos culturales, lenguajes, paisajes y situaciones sociales, mientras los pensadores sociales fijaban los argumentos de la razón en una imagen de Europa idealizada a través de los símbolos del progreso y la civilización. La mirada romántica que propugnaba la construcción de la americanidad genuina aparecía ensombrecida por el europeísmo declarado y absorbido por la mayoría de los pensadores americanos. Esta búsqueda de lo americano estaba condicionada por las necesidades políticas y sociales de quienes actuaban en los escenarios americanos. Así fue como se fueron construyendo las posturas históricas que dieron rostros específicos a los diferentes problemas que se presentaban. En los primeros años de la modernización americana no abundaron los textos históricos, pero sí hubo producciones de relatos, narración de acontecimientos, polémicas sobre la americanización del idioma, sobre literatura, arte, ciencia. Las expresiones de Sarmiento en Chile son ilustrativas al respecto: “Mire usted, en países como los americanos, sin literatura, sin ciencias, sin arte, sin cultura, aprendiendo recién los rudimentos del saber” (Domingo, F. Sarmiento 1842).[17] Para Sarmiento había necesidad de crear el conocimiento, desconociendo el de la herencia hispana incluida la historia, diferenciando el coloniaje para construir una América moderna e independiente.

La estadía de Sarmiento en su exilio en Chile fue determinante para la inclinación de sus intereses, al igual que para Alberdi, por las vinculaciones políticas e intelectuales y por la travesía a Europa encomendada por el ministro Montt para indagar las condiciones de educación en Europa y poder trasladarlas a Chile. El interés por la filosofía de la historia, que en Chile despertó por el año 1842, tuvo su punto álgido en 1847 con Los estatutos de la Universidad de Chile ideados por Andrés Bello, que dieron lugar a las famosas polémicas entre Bello, Sarmiento y Lastarria. Las discusiones comenzaron por una Historia física y política de Chile, encargada por el gobierno a un residente francés de origen, Claude Gay, a quien Sarmiento sugería para los estudios próximos de la historia chilena que siguiese las huellas de la escuela histórica francesa:

“en América se necesita menos la compilación de los hechos que la explicación filosófica de causas y efectos. Los hechos así desnudos de toda investigación filosófica, nos chocan hasta cierto punto, por lo fresco que aún están, por las pasiones de partido, por las antipatías que simultáneamente despiertan.”[18]

¿Por qué Sarmiento se inclinaba por las huellas de la escuela histórica francesa? La contingencia de su ubicación en Chile, probablemente, cambió su mirada con respecto a la vastedad del mundo que imaginaba. Los proscriptos del gobierno de Rosas, Sarmiento, Alberdi, Frías, Gutiérrez, López, habían frecuentado las lecturas de los pensadores de la Generación del 37, especialmente, de Esteban Echeverría. El hecho fue que los emigrados argentinos, en conjunto con las generaciones de jóvenes chilenos, habrían de coincidir con la necesidad de pensar innovaciones para las repúblicas americanas y con las tendencias de los postulados románticos en la literatura, como fue el caso de José Victorino Lastarria (1817-1888), para quien la escritura de la historia cumpliría una función utilitaria en la naciente sociedad chilena, ligada a la educación y a la ilustración popular. La historia tenía un papel unificador y didáctico en dicha sociedad. Las intenciones de Lastarria eran fusionar los intereses políticos de la ideología política liberal o un programa liberal de emancipación conjuntamente a lo literario, lo filosófico y la asunción de una conciencia histórica.

Ambos grupos, tanto de los jóvenes chilenos como de los argentinos, estuvieron influenciados por las teorías del Progreso Humano que se diferenciaban de la teoría cristiana, de los designios providenciales y de las causas últimas. Buscaban el avance de las ciencias que en el siglo XVIII presentaban las nuevas líneas de investigación que desembocaron en la sociología, la historia de la civilización y la filosofía de la historia, las ideas de Montesquieu, Voltaire, Turgot. Es sabido que la búsqueda de creaciones para la Nueva América provenía de Europa y la teoría del Progreso humano no era una ilusión sino que había que demostrar que la vida del hombre estaba sujeta a leyes comprobables que han determinado su orientación y aseguraban su llegada a una meta deseada. De igual manera que el avance de las ciencias dependía del postulado de que los fenómenos físicos se encuentran sujetos a leyes invariables, había que encontrar algún postulado en el terreno de los fenómenos sociales si se quería sacar alguna conclusión provechosa para la historia. Montesquieu, Voltaire y Turgot fueron lecturas obligatorias para ambas generaciones. Montesquieu intentó extender la teoría cartesiana a los hechos sociales. Decía que los fenómenos políticos, igual que los físicos, se hallaban sujetos a leyes generales.[19] La influencia del clima sobre la civilización, que no era una idea nueva ya que había sido expuesta por el Abbe de Saint-Pierre aplicada a su idea sobre la religión mahometana, sostenía que el clima ayudaba a determinar las épocas de arte y ciencia. Montesquieu rescató esa idea: el clima, la religión, las leyes, las máximas de gobierno, los ejemplos históricos, la moral, las costumbres, todo lo que fuese englobado como espíritu general o toda la vida social, se halla interrelacionada. El mérito de Montesquieu fue el de explicar la correlación de fuerzas de las leyes y las instituciones con las circunstancias históricas, pero no distinguió las etapas de la civilización.

Con Voltaire se avanzó con la idea de una cierta evolución en los conocimientos. En su Ensayo sobre las costumbres y el espíritu de las naciones y sobre los principales hechos de la Historia, desde Carlomagno hasta la muerte de Luis XIV, mostraba los pasos por el que el hombre había avanzado desde la rusticidad bárbara en tiempos de Carlomagno hasta su época y agregaba que todo era una cuestión de cambios de opinión; el prejuicio siguió al prejuicio, el error al error hasta que, finalmente, los hombres llegaron a corregir sus ideas y aprendieron a pensar. Las guerras y las religiones habían sido para el pensador los mayores obstáculos para el progreso de la humanidad. Pensaba que la razón y la industria progresarían cada vez más y que los males y los prejuicios desaparecerían en las mentes de los hombres que gobiernan las naciones. La seguridad del Progreso era frágil y precaria para Voltaire: nada permitía concluir en la historia que la razón lograra mantenerse en forma ascendente ya que el declive le sucede al auge y la regresión al progreso.

Turgot concebía la historia universal como progreso constante aunque lento. La raza humana mantenía períodos alternativos de calma y de crisis, pero siempre tendería hacia una mayor perfección. Las desigualdades en el avance de las naciones se debían a una infinita variedad de circunstancias y eran la comprobación de que el mundo había tenido un principio. Sin embargo, el desarrollo de las sociedades humanas no ha sido guiado por la razón humana. Los hombres no han convertido la felicidad general en el fin de sus acciones de un modo consciente, han sido conducidos por las pasiones y la ambición y nunca han sabido hacia qué meta se estaban moviendo. Si la razón hubiese presidido el progreso, se habría detenido rápidamente. Esta hipótesis daba cuenta de que la razón asume el control entre los pueblos primitivos, le permitía suponer que su poder desaparecería en el caso de imponer un intercambio pacífico. Quizás, lo más relevante de Turgot era el supuesto de que los períodos de decadencia y barbarie que suceden a las épocas iluminadas se resolvían mediante la afirmación de que los pueblos no se mantienen quietos, seguía existiendo un progreso aunque éste fuese invisible.

Fue Turgot el que anticipó la famosa ley de los tres estadios de Comte en la evolución intelectual, aunque no le atribuyó la significación fundamental que le dio este último.[20]

Otras ideas del Progreso que influenciaron al pensamiento de Sarmiento y, sin duda al de Alberdi, fueron las de la Enciclopedia (1751-1765) y las de la Revolución Francesa, especialmente las de Condorcet. Las primeras, basadas en la ilustración de sus propios tiempos y en la progresividad del saber. Los enciclopedistas creían en la infinita maleabilidad de la naturaleza humana moldeada por la educación y las instituciones. El mal, los errores de la tiranía, de la superstición, podían ser perfeccionados por el progreso del saber práctico. La solidaridad de la ciencia aumentaría el progreso humano y la popularización del saber. Para ello, trataban de establecer líneas de comunicación entre todas las ramas de las ciencias con una infinita variabilidad de conocimientos. Enfrentados a las argumentaciones de la religión intentaron ensanchar la vastedad del conocimiento haciendo la guerra a los prejuicios. Los enciclopedistas no remitían a los tiempos pasados, sino que buscaban teorías que pudiesen iluminar al mundo a priori mediante la educación y las instituciones. Las diferencias en los conocimientos se debían a diferentes capacidades como resultado de las diferencias en la herencia social y éstas se debían a un largo proceso de circunstancias históricas. Por lo tanto, ningún pueblo del mundo había sido castigado a una perpetua inferioridad o descalificado por su raza para representar un papel útil en la humanidad. La doctrina de moldear el carácter de los hombres mediante leyes e instituciones, combinada con una creencia en la igualdad natural de las facultades humanas era uno de los cimientos para elevar la situación de los pueblos bárbaros en una prospectiva futura. La rama de los economistas de la Enciclopedia buscaba, asimismo, descubrir una teoría válida de la producción, la distribución y el empleo de la riqueza, no separadas de la teoría política. La producción planteaba problemas en las funciones de gobierno y los límites de su intervención en el comercio y la industria. La distribución planteaba problemas de propiedad, justicia e igualdad.

Pero la idea de Progreso fue característica del siglo XIX aunque no nació durante esa época. En las disciplinas sociales son bien conocidas las ideas de Comte y Saint Simón como precursoras de las preocupaciones por la construcción de una sociología con método pero, además, como un ideal y como energía que la humanidad ya no podría detener. Comte le debe a Saint Simón el pensamiento de que los fenómenos sociales de un período determinado y el estado intelectual de la sociedad están unidos y se corresponden. Pero la idea de un gobierno de los científicos es puramente saintsimoniana.

Hasta Saint Simón la idea de Progreso había sido un vago idealismo de reformadores y de revolucionarios, una idea que servía para retóricas de la Naturaleza y de la Razón. Esta idea se concretó en Francia con tres pensadores: Saint Simón, Comte y Fourier. Los tres anunciaron una nueva era de desarrollo concatenada al pasado como estadio inevitable y deseable para la marcha de la humanidad. Fourier decía que no reconocía maestro alguno. Se consideraba el nuevo Newton y su esquema más importante fue un nuevo principio de cooperación industrial. Trataba de encontrar una nueva ley que coordinase los hechos del mundo moral, del mismo modo que el principio de gravitación había coordinado los hechos del mundo físico. Fourier, al igual que Saint Simón, pretendía, en una concepción ideal, crear sociedades con un nuevo principio de cooperación industrial. En 1808 anunció el secreto de lo que él llamaba La Ley de la Atracción Personal: decía que hasta el momento las pasiones humanas eran causantes de desgracias. El problema del hombre consistía en convertirlas en felicidad y proponía una estructura social basada en la cooperación, pero no era socialista. La familia como unidad mayor era reemplazada por otra unidad mayor (phalange), económicamente autosuficiente, compuesta por unas 1800 personas, que habían de vivir juntas en un edificio, rodeadas por una cantidad de terreno suficiente para producir todo lo que necesitasen. No sería abolida la propiedad privada: la comunidad incluía tanto a ricos como a pobres y todos los productos del trabajo debían de distribuirse en participaciones, según el trabajo de cada uno, pero también según el talento y el capital de cada miembro. Este programa llegó a ponerse en práctica cerca del bosque de Rambouillet en 1832. La utopía de Fourier consistía en lograr la armonía humana; su base descansaba en una serie de cálculos aritméticos del plan cósmico, y la trascendencia de las almas.

Saint Simón (1803-1825) también creía en una edad de oro y en la perfección del orden social, pero la base de sus ideas estaban en Voltaire, Condorcet y los fisiólogos, de quienes obtuvo dos ideas fundamentales: que la ética y la política dependen en última instancia de la física y que la historia es progreso. Condorcet había interpretado la historia mediante el movimiento progresivo del saber, pero no comprendió el sentido de la religión e interpretó a la Edad Media como una inútil interrupción de un movimiento hacia delante. En cambio, Saint Simón vio que la religión tenía un papel natural y legítimo y no puede ser eliminada por ser tratada como algo perverso. Todos los fenómenos sociales tienen sentido, un sistema religioso corresponde siempre al estadio de ciencia que ha alcanzado la sociedad en que aparece. La religión es meramente la ciencia vestida en forma tal que satisfaga las necesidades emocionales que debe satisfacer y como el sistema religioso se basa en la fase correspondiente de desarrollo científico, el sistema político de cada época se corresponde con el sistema religioso. Para Saint Simón la Edad Media no es un deplorable oscurantismo, sino un estadio valioso y necesario para el progreso humano. Fue un período en el que se realizó un principio de organización social: la relación entre el poder temporal y el poder espiritual.

Saint Simón tomó de Condorcet el valor de la Historia para suministrar datos y prever el futuro, pero intentando descubrir la ley del movimiento. Para los pensadores del siglo XVIII el Progreso es una mera hipótesis basada en la inducción. Sus sucesores trataron de elevarlo al rango de hipótesis científica, descubriendo una ley social tan válida como la ley física. La ley que Saint Simón introdujo de la Historia era que las épocas de organización o construcción y las épocas de crítica o revolución se suceden unas a otras alternativamente.

“Nuestro conocimiento del mundo ha alcanzado, o está alcanzando, un estadio en que ha dejado ya de ser objeto de especulaciones y se ha convertido en un conocimiento positivo. Por tanto la sociedad debe de ser transformada hasta llegar a ese estadio. Existirá una nueva religión “física” que ha de sobrepasar al Cristianismo y al Deísmo. En ella, los hombres de ciencia desempeñarán el papel que había desempeñado el clero en la Edad Media. Como la meta del desarrollo es la felicidad social y como las clases trabajadoras forman la mayoría de la población, el primer paso hacia esa meta ha de ser la mejora de la suerte de las clases trabajadoras.”

Éste será el principal problema político al reorganizar la sociedad. La solución que daba Saint Simón era el socialismo. Al morir, sus discípulos, Olinde Rodríguez y Enfantin, fundaron un periódico: el Producteur. En éste escribirían las leyes del futuro: que la historia muestra que los pueblos se han ido moviendo desde el aislamiento hasta la unión, desde la guerra hacia la paz, desde el antagonismo hasta la asociación y el programa del futuro debía ser una asociación organizada científicamente. El mundo moderno debe ser una organización social, pero la doctrina en la que se base debe ser científica no religiosa. El poder espiritual debe residir no en los sacerdotes, sino en los científicos, que dirigirán el progreso de la ciencia y de la educación pública. A cada miembro de la comunidad se le asignará su lugar y sus deberes. La sociedad consta de tres clases de trabajadores: obreros industriales, científicos y artistas. Una comisión de trabajadores eminentes de cada clase determinará el puesto que debe ocupar cada individuo de acuerdo con sus capacidades. La igualdad completa es absurda; la desigualdad en razón de los méritos, es razonable y necesaria. Es un error moderno desconfiar de la autoridad estatal. Se necesita un poder que dirija las fuerzas nacionales, capaz de proponer grandes metas y de hacer las innovaciones necesarias para el Progreso. Una organización semejante promoverá el progreso en todos los terrenos: en las ciencias, mediante la cooperación; en la industria, mediante el crédito; y también en el arte, pues los artistas aprenderían a expresar las ideas y los sentimientos de su época. Éste será un cambio gradual, no por revolución.

Con Augusto Comte hubo un avance a las propuestas de Saint Simón. En 1822 Comte publicó el Plan de las operaciones científicas necesarias para la reorganización de la sociedad que, a su vez, Saint Simón publicaría dos años más tarde con otro título y llevó a la enemistad entre ambos. La obra de Comte contiene los principios de la filosofía positiva. El primer volumen de Curso de Filosofía Positiva apareció en 1830. Comte promovía la Ley de los 3 estados: teológico, metafísico y científico o positivo. En el primero la mente inventa, en el segundo abstrae y, en el tercero, se somete a los hechos positivos. Comte explica la sucesión de hechos, los acontecimientos históricos “por la idea”. Todos los hechos o fenómenos de la vida social se hallan interrelacionados, como señalaba Saint Simón. En virtud de esta cohesión, el progreso político, moral e intelectual son inseparables del progreso material, por lo que las fases del desarrollo material se corresponden con cambios intelectuales.

El principio de solidaridad o unanimidad que asegura la armonía y el orden del desarrollo son tan importantes como la ley de los 3 estadios que condiciona el movimiento progresivo y que no hay que confundirlo con una progresión lineal sino sometida a oscilaciones, desigualdades y variables. Las 3 causas generales del cambio son: la raza, el clima, la acción política consciente. Las descripciones y utopías de Comte tuvieron como destinatario a la civilización europea y para una élite.

Para 1850, predominan las concepciones sobre que el mundo se movía hacia la igualdad universal y con la negación de las diferencias de clases. Tocqueville, en sus textos sobre la democracia americana en 1830, encontraba que en la sociedad norteamericana la igualdad de oportunidades era el hecho fundamental del que dependían todos los demás, por lo que concluía que la igualdad era la meta de la humanidad. Esta era una doctrina fatalista en la que el movimiento no podrá ser detenido, ni desviado, y esto era el Progreso.

Entre 1820 y 1850 se dieron los avances científicos y de la técnica mecánica. Inglaterra fue el país que encabezó ese progreso material. El descubrimiento del poder del vapor y los poderes del carbón revolucionaron las condiciones de vida. Se veían los progresos en la navegación a vapor, la iluminación de las ciudades y las casas por el gas, además de los primeros ferrocarriles. Para 1851 el progreso técnico con la expansión de la industria y el comercio es lo que deslumbra a los pensadores.

Educación y técnica. Sarmiento/Alberdi

Tanto Alberdi como Sarmiento nacieron en épocas emblemáticas, con un año de diferencia entre ambos, en 1810. De forma general, se puede decir que ambos tuvieron el mismo tipo de lecturas básicas: los enciclopedistas franceses y toda la literatura europea a la que pudieron acceder antes de sus exilios durante la época rosista, a las que ambos acompañaron con un periodismo de guerra. Sin embargo, se diferencian por socializaciones, por una movilización hacia Buenos Aires en condiciones distintas, diferentes vocaciones temáticas, el acceso a la educación universitaria por parte de Alberdi y una diferente cosmovisión en la construcción del país después de Caseros. En el caso de Sarmiento, su papel en la acción, en la guerra y en el poder ejecutivo; en el de Alberdi, sus teorías con respecto a las guerras y los enfoques distintos con respecto a cómo hacer el Progreso en las Provincias del Sud. En ambos, hubo cambios de concepción después de Caseros.

Tanto Sarmiento como Alberdi fueron críticos a la experiencia de Rivadavia porque éste había dejado entrar a la anarquía y a la tiranía de Rosas. Fueron las figuras ilustradas que hicieron el nexo entre la razón iluminista y la razón romántica buscando los errores y los males de la revolución americana en las condiciones sociales y en las características del entorno natural. Sarmiento, que ha recogido fuentes para escribir a su Facundo, lector sistemático de los filósofos franceses a quienes nombra (Guizot, Cousin, Joufffroy, Leroux, Michelet, Montesquieu y por intermedio de ellos a los alemanes Herder, Humboldt, Hegel), cree en la historia y en su unidad, cuyo objetivo es el progreso de la humanidad tanto para llegar a una nación republicana como para la búsqueda de la identidad colectiva. De allí la construcción de la confrontación irreconciliable entre “civilización” y “barbarie” que lo acompañará a lo largo de su vida y la impronta de la construcción de unas ideas filosóficas adaptables a las de la Revolución Francesa. La razón ya no se buscaba en lo abstracto sino en las raíces de lo americano, coincidencias que tenían los hombres de la Generación del 37, como los pensadores chilenos que construyeron la república en los años del exilio. Juan Bautista Alberdi buscó, a través de su propuesta en las Bases, un programa económico progresista junto a la Organización del Crédito. En 1847 había vislumbrado la reconstrucción de la autoridad política a través de Rosas, por lo que invocaba al futuro para la reconstrucción de ese poder y esperaba la continuidad del avance económico que había caracterizado a los últimos años rosistas.

Para 1827 Sarmiento era lector y atendía una tienda en San Juan a la vez que era llamado como alférez de milicias. Las ideas particulares e innovadoras de Sarmiento hacia la educación argentina fueron, sin duda, de orden burgués, pero supo interpretar al tenor de las épocas las raíces de los problemas latinoamericanos por la alfabetización masiva. Su temprana vocación como formador de sectores populares en la campiña de San Luis le permitió tomar contacto con mujeres del pueblo, montoneros y niños y niñas degradados por los caudillos y los curas. Continuó en Chile alfabetizando mineros de Punta Brava y, luego, regresó a San Juan para abocarse de lleno a la organización de un colegio de niñas en San Juan. Niñas de familia que estaban bajo la tutela de su tío obispo. La constitución, el colegio y su programa de estudios fueron trazados por Sarmiento con dos novedades: contenían matemáticas, dibujo e historia profana. Los educandos eran exclusivamente mujeres.

A diferencia de Alberdi, para quien la educación debía estar ligada al trabajo y a la producción, para Sarmiento el cambio de la organización social y moral de la sociedad se daba mediante actos pedagógicos en los hogares. O los medios para moralizar a las masas no dependían tanto de abrir escuelas y colegios como penetrar con la educación en las mujeres y en los hogares. La obra que escribió a su regreso de Europa, Educación popular, se debió a su tránsito por el exilio a Chile y el mandato que el ministro Montt le facilitó para estudiar los métodos de instrucción primaria en Europa y los de colonización de Argelia. Comprobó que en los países europeos no existía nada que valiese la pena sobre educación popular: ni en España, ni en Roma ni en Nápoles; la única excepción la encontró en Prusia, en donde la “educación era para todos”.

El deslumbre por la educación y la relación con el trabajo los encontró en Estados Unidos y no en Francia ni en Inglaterra, aunque allí había leído un reporte anual sobre Educación del escritor Mann. Una vez en Estados Unidos, y gracias a la señora Mann, conoció Boston y la cultura estadounidense, educación al alcance de todos sin distinción de sexos, básicamente racional y práctica y sin tutela religiosa, edificios escolares higiénicos y dignos, retribución y trato acorde con su noble función social a maestras y maestros, y gobierno educacional autónomo. Una vez vuelto a Chile, continuó su cruzada para evidenciar que la instrucción primaria al alcance de todos era la base de oro de la educación y la prosperidad general de un pueblo. Comenzó a mostrar cada vez mayor interés por la participación de la mujer en la enseñanza, a dignificar la profesión de maestro, a simplificar el sistema alfabético para facilitar el aprendizaje. Para Sarmiento, “puede juzgarse el grado de civilización de un pueblo por la posición social de las mujeres”. Cuando hablamos de escuelas públicas, dijo años más tarde, se entiende escuelas para hombres.

“En la península la educación de las mujeres está en general en el mismo grado de atraso que entre nosotros y la conciencia pública no le da otra importancia que la de un mero adorno en las clases acomodadas. De la educación de las mujeres depende la suerte de los estados, la civilización se detiene a las puertas del hogar doméstico cuando ellas no están preparadas para recibirlas.

Al igual que Alberdi, veía la necesidad de cambiar las costumbres, las ideas, especialmente a través de las mujeres para, a su vez, cambiar los malos hábitos de las sociedades.

En La escuela sin la religión mis mujeres, se lanzó en 3 convicciones con respecto a la educación: A) La de la perfecta equivalencia de los sexos contra la tradición española, cristiana teológica de que la mujer es impura y mental y moralmente equiparable al niño; B) La mujer es la víctima predilecta de la servidumbre religiosa y su influencia casera sobre el niño anula en mayor o menor grado toda educación escolar; C) Que por su virtud maternal la mujer es de naturaleza más pedagógica que el hombre.

“Hasta dos siglos atrás había educación para las clases gobernantes, para el sacerdocio, para la aristocracia, pero el pueblo, la plebe, no formaba parte de las naciones. Los últimos tiempos han creado una institución nueva que tiene por objeto preparar a las generaciones en masa para el uso de la inteligencia individual, y por el conocimiento, aunque rudimental, de las ciencias y hechos necesarios para formar la razón. Y los derechos políticos, esto es la acción individual aplicada al gobierno de la sociedad, se han anticipado a la preparación intelectual que tales derechos supone.”

En 1855, después de Rosas y de Caseros, Sarmiento publicaba en Chile un Plan combinado de educación común, silvicultura e industria pastoril aplicable al Estado de Buenos Aires, una combinación técnica que consistía en atacar la inercia colonial con el abecedario, el arado y el tambo modernos a un tiempo. A su vez, aspiraba a remover dos rémoras del pasado: el arado y el latifundio. O dividir en lotes y asignar un lote a quien lo trabajase en granja, fundar en cada área de 2 leguas y media una escuela franqueada por una quinta experimental. La crianza y educación del niño estimulada y completada por el cultivo de la tierra y la planta y la crianza racional del animal útil.

El eje de la concepción pedagógica de Sarmiento era que no hay libertad sin gobierno del pueblo y no hay gobierno popular sin pueblo consciente o educado.

“La escuela de hoy es el presupuesto de la política dentro de 10 años, cuando los niños sean ciudadanos. Un pueblo ignorante elegirá siempre a Rosas. Hay que educar al soberano.”

Una vez derrotado Rosas en 1852, Sarmiento se topó en Buenos Aires con la herencia hispano colonial, los privilegios heredados y el caos en el gobierno de la educación, sucesivos decretos y leyes dictados entre 1852 y 1855 de 3 autoridades independientes que manejaban el tema educacional: la universidad, la municipalidad y la sociedad de beneficencia. Poco tiempo después creó el Consejo de Educación. El caos aumentó en 1856 al crearse el Departamento General de Escuelas bajo su dirección, que abogó por la unificación del gobierno educacional. Sarmiento propugnaba que los poderes públicos y privados debían cooperar en la acción educativa. Frente al diario Anales de la Educación, un diario que él había fundado para hacerlo llegar a maestros, políticos y padres de familia, inició su prédica consistente en decir que el objeto de la publicación era introducir, organizar y generalizar un vasto sistema de educación. Las reformas en la educación no se inician en la escuela sino en la opinión pública proponía, no es el maestro quien las produce sino el legislador y la ley será letra muerta si el padre de familia no aporta para su ejecución el calor de su simpatía. En esta batalla el Senado le rechazó dos veces el crear fondos propios para las escuelas y para asegurar la jubilación de los maestros. Tampoco la municipalidad le ayudó y lo peor fue la sociedad de Beneficencia. Recién el 15 de abril de 1859 la Escuela Primaria Nº 1, dirigida por Juana Manso, admitiría conjuntamente niños y niñas. En cinco años Sarmiento transformó el sistema escolar y los métodos de enseñanza, fundó 36 escuelas que luego llegaron a 136 con equipos y textos modernos, inició la enseñanza de lenguas extranjeras vivas, aumentó el número de maestras y convirtió el sistema de instrucción pública en el mejor de Latinoamérica. En San Juan, logró extender la educación a todas las provincias y convertir a la educación primaria en obligatoria.

En 1864 volvió a Nueva York donde fundó la revista cultural “Ambas Américas” dedicada a la agricultura, industrias, pedagogías, literatura, inventos. Sólo se imprimieron 4 números. Mientras tanto, México era el gobierno que promovía las ideas de Sarmiento mediante el presidente Juárez y la obra “Las escuelas, base de la prosperidad de la República” la escribía en los Estados Unidos. En 1868, durante su presidencia, puso al frente del Ministerio de Educación a Avellaneda. En 6 años se logró multiplicar las escuelas nacionales, la creación de escuelas normales con el arribo de maestras venidas de Boston para dirigirlas, se multiplicaron las bibliotecas populares en todo el país, crecieron escuelas ambulantes, laboratorios de física, museos, se creó la Facultad de Ciencias Exactas, la Escuela de Minas y Agronomía, el Observatorio Astronómico. En su presidencia, el número de educados pasó de 30 mil a 100 mil. Su biógrafo estadounidense A.W. Bunkley escribió: “Argentina puede exhibir el mejor sistema de educación primaria de Sudamérica y uno de los mejores del mundo.” Al salir de la presidencia ocupó el cargo de Director de Escuelas de la Provincia de Buenos Aires. En 1875, la misma ley que creó el Consejo Nacional de Educación estableció la enseñanza primaria obligatoria y los consejos escolares de elección popular. Esa ley y el Consejo Pedagógico de 1882 fueron el prólogo de la ley 1420 de enseñanza laica, de 1884. La dirección de Escuelas de la Provincia devino organismo nacional y Sarmiento fue encargado de su dirección con el nombre de superintendente.

Los cambios no se hicieron esperar, pero en el sentido de la centralización ejecutiva con el gobierno de Roca. Sarmiento escribía:“Hasta dos siglos atrás había educación para las clases gobernantes, para el sacerdocio, para la aristocracia, pero el pueblo, la plebe, no formaba parte de las naciones. Los últimos tiempos han creado una institución nueva que tiene por objeto preparar a las generaciones en masa para el uso de la inteligencia individual, y por el conocimiento, aunque rudimental, de las ciencias y hechos necesarios para formar la razón. Y los derechos políticos, esto es la acción individual aplicada al gobierno de la sociedad, se han anticipado a la preparación intelectual que tales derechos supone.”

Además de la educación como generadora de contenidos por la palabra de las mujeres y la educación laica, Sarmiento relacionó a la técnica con la educación, la que no era sólo un medio o una técnica a la educación en sí misma para el progreso de las poblaciones. La educación no es privativa de las escuelas:

“La educación pública, sobre todo para la campaña rural, colonizadora, preparada para transformar la Pampa, corrigiendo por la silvicultura el defecto capital de la llanura sin límites que sólo cueros de vaca proveía a la industria. El maestro rural debe ser agrónomo.”

Otro tema bien interesante de la disputa sarmientina fue la “lucha por el idioma nacional”. En 1885, en Chile, dijo que España se había retirado de América “sin llevar nada y sin dejar nada tras sí, por la incapacidad de la lengua para gobernar”.

“Con este trabajo puramente mecánico, cual es abrir escuelas, ha de venir otro intelectual, el de enriquecer la lengua de Cervantes con nociones de gobierno, de historia, de instituciones para que rivalice con la lengua de blackstone, de Story, de Peel, que dirigen el gobierno. Eduquemos nuestra lengua. Hagámosla buena conductora de civilización, de ideas y que el mundo se refleje en ella como en un espejo.”

Sarmiento apostaba a la lectura, la universidad de Franklin, al libro como instrumento democrático de cultura para todos. No sólo los libros científicos, de mera práctica o utilitarios, sino los libros de arte puro, la novela: ésta es la gran maestra del pueblo, aclaraba junto a la biblioteca pública. Mención especial merece el fervor que tuvo Sarmiento por Estados Unidos; el deslumbre por los ferrocarriles; los sistemas de navegación; las instituciones de crédito y de ahorro; el fanatismo por el confort; la prensa agresiva y ubicua; su canonización por el festival del trabajo; su carencia de ejército permanente; la técnica; eran para él expresiones de la dignidad humana, tanto del hombre como de la mujer. Trabajo, ciencia, creación y arte.

A fines del siglo XIX Argentina compartía las ideas de evolución, de progreso y la creencia en el porvenir derivado de la ciencia que había iniciado las mediaciones de Sarmiento con la incorporación de los científicos europeos y la revolución darwinista.[21] Desarrollo y evolución comenzaron a fusionarse como conceptos y hechos que traerían cambios. La ordenación de las especies, de las clases y jerarquías en el universo se presentaba abierta y flexible por la adopción de la ciencia. El progreso indefinido era la posibilidad de trasladar a lo económico y a lo político una multiplicidad de oportunidades con independencia de límites fijos, a la vez que una nueva forma de ordenar lo valorativo social y una nueva moral.[22] Contrarias a las ideas basadas en la fe y en la religión con sentido cristiano, las aplicaciones del progreso se extendían a todos los órdenes sociales. Pero el factor determinante fue la expansión de la instrucción al que se incorporaron las masas heterogéneas tanto locales como inmigrantes. El término evolución quedó unido al nombre de Darwin relacionándolo con la noción de lo biológico cuando apareció El origen de las especies en 1859. Aunque el reconocimiento formal de Darwin fue posterior, en Argentina fue tomado tempranamente tanto por Eduardo Ladislao Holmberg[23] como por Sarmiento. El primero, con su Manifiesto Darwinista, que dio lugar a los estudios de las ciencias naturales y la aplicación de las ideas de la selección natural de las especies, a la vez que dio origen a la difusión y propagación de las ideas positivistas en Argentina. A diferencia de Alberdi y Sarmiento, para quienes el progreso era una necesidad de acomodar el lenguaje de los problemas tanto institucionales como sociales, el discurso positivista sistematizó las ideas de selección, adaptación, evolución de los sujetos al entorno geográfico, pero también las estructuras cognitivas de los sujetos tomadas en función de experimentación construyendo una biopolítica temprana en el Río de la Plata. El progreso positivista prescribió regularidades en la sociedad. Hasta mediados del siglo XX el positivismo argentino, a través del biologismo usado como mediador del lenguaje, fue en la búsqueda de resultados experimentales científicos. Las producciones sociales que usaron como referente a Darwin derivaron en un organicismo y en un darwinismo social con excesos y determinaciones racistas. Para Sarmiento,“los hechos se convirtieron en ciencia; la historia de los acontecimientos humanos ha dejado de ser una novela con algunos siglos de duración. Es un hecho continuo, es más bien una biografía, la biografía de una sociedad o de un pueblo que, obedeciendo a leyes inmutables, se desenvuelve dentro de los límites necesarios.”[24]

El 30 de mayo de 1881 Sarmiento pronunció en el Círculo Médico de Buenos Aires una conferencia sobre Darwin, en homenaje a su obra y al naturalista que recién había fallecido. Lo había conocido en su paso por el Beagle comandado por Fitz-Roy, en el extremo sur del continente. No le eran desconocidas ni las posturas del naturalista ni la teoría de la selección natural de las especies, como tampoco la publicación de Charles Darwin Viaje de un Naturalista. En la Conferencia, Sarmiento nombra a los criadores de ovejas argentinos como Darvinistas consumados y sin rivales en el arte de variar especies. De ellos tomó Darwin sus primeras nociones en nuestros campos, que perfeccionó dándose a la cría de palomas; también aquí fue donde vio a los potrillos cintas en las patas, que parece indicar la descendencia del caballo doméstico, o su parentesco con la cebra o el jaguar, cintas que después desaparecen. Nombra a algunos estancieros que son criadores de ovejas y de otros animales. Dichos estancieros leen de corrido a Darwin con sus puntos y comas, cuando trata de la variación por la selección natural, pues ellos lo hacen artificial, escogiendo los reproductores. Por lo demás, se les da un ardite de que desciendan a su vez los patrones de otra cruza y de otra selección. Le hemos dado, pues, ciencia y fama a Darwin con los fósiles y crías argentinas; y siguiendo sus indicaciones, se enriquecen nuestros estancieros. Me parece que hay motivo suficiente para que seamos los argentinos partidarios de la doctrina del transformismo, pues que nosotros transformamos una variedad de ovejas en otra. Hemos constituido una nueva especie: la oveja argentífera, porque da plata y porque es argentina además.[25]

Sarmiento podía relacionar la evolución de la lengua con la teoría darvwiniana de la evolución.

“Sucede con las lenguas lo mismo que con la astronomía, con la historia natural y la historia humana. Así como el hombre se fue inventando armas de piedras, así también se inventó trescientos o cuatrocientos monosílabos para expresar las ideas, deseos o recuerdos que sentía. Aún hoy, a los paisanos del campo nos les hacen falta más palabras para sus necesidades y algunas tribus de indios ni aún poseen tantas. Es que hablan con gestos y ademanes, inclusive cuando utilizan frases, porque las frases las completan precisamente con ademanes y gestos. No hay que sorprenderse de ello. El número de palabras que los hombres fueron creando ha ido en aumento. La Biblia está escrita con seis mil vocablos. Shakespeare ha empleado veinte mil. Las lenguas se han desenvuelto, pues, de la misma manera que las estrellas, el hombre y la civilización.

Luego, cuenta la noción de evolución del dominio biológico al terreno del lenguaje humano y cómo se pudo encontrar una ley que sigue el desenvolvimiento del habla entre los hombres. Conquistada la India por los ingleses, un día alguien quiso entender la lengua muerta en que están escritos los libros sagrados de los brahmanes y comprobó que era una lengua afín al griego y al latín. Hay una marcha general en la sucesión de los astros, en las formaciones geológicas, en los progresos del hombre prehistórico hasta nosotros,“como en la lingüística y aún en la sociología y en todos estos diversos departamentos del saber humano, procediendo de la misma manera, de lo simple a lo compuesto, de lo embrionario a lo complejo, de la forma informe a la belleza acabada, de todo ello ha resultado la teoría universalmente aceptada de la evolución.”[26]

Alberdi también enfatizaba el lenguaje y las buenas costumbres. Los países que ignoraban el trabajo como la educación en crisis económicas se hundían en crisis de ignorancia y de inmoralidad. Para él era necesario crear nuevos hábitos al estilo de los países civilizados en los que también se inculcaba el ahorro. A diferencia de Sarmiento, que bregó toda su vida por la educación, Alberdi se inclinó por el desarrollo de la técnica de la época. El medio para llegar a ella no era sólo el maquinismo sino el desarrollo científico y el comercio con Europa.

“Para eliminar la pobreza había de cambiar de ideas, abandonar la dirección que ha traído la pobreza de su época, sus deudas, su despoblación y por las ideas imitadas por la obra de la dirección dada a las cosas de San Martín, de Belgrano, de Bolívar. La sociedad, la opinión, la educación, la prensa, la historia, todo vive absorbido en la edad heroica de la América independiente, es decir, en la infancia de su nuevo régimen, en el período militar y guerrero con que empezó su existencia de mundo autónomo y soberano. La América debe dejar a sus héroes y a sus tiempos heroicos reposar tranquilos en los alteres de la gloria…. Hay que renovar esos tipos, imitarlos, ser su edición moderna, ese debe ser el camino de las nuevas generaciones de Sud América en sus universidades, en sus colegios, en su prensa, en su literatura… Cambiar los héroes por los simples ciudadanos obreros de la riqueza y del poder nacional en que consiste la riqueza. Marchar en la dirección de las materias económicas…”[27]

A diferencia de Sarmiento, Alberdi no propiciaba solamente el leer y escribir. Una posibilidad de mejoramiento era la inmigración, pero de europeos instruidos o de poblaciones civilizadas. La educación concreta era para el trabajo, una educación relacionada a las necesidades de la economía bajo las modalidades de escuelas comerciales e industriales: “La instrucción para ser fecunda ha de contraerse a las ciencias y las artes de aplicación, a cosas prácticas, a lenguas vivas, a conocimientos de utilidad material e inmediata.”[28] La industria era, para el autor de la Constitución de 1853, el gran medio de moralización y la generadora de lazos sociales, una educación formadora de científicos y técnicos que serán los que traerán el progreso. El agente material, industrial, civilizatorio sería el ferrocarril, un agente económico propiciatorio del cambio cultural. El desarrollo técnico, el intercambio de mercancías y de símbolos se ligan indiscutiblemente. Así, los Estados nacionales pueden ser tanto independientes como solidarios. En 1858, el telégrafo unió a América del Norte con Europa, así como las murallas de China se derrumban ante el embate del comercio y de la religión de Cristo.

Con respecto a Estados Unidos, Alberdi se muestra deslumbrado en la organización social por su sociedad civil, que actuó en la industrialización y en la expansión de las máquinas, el ferrocarril. La ley del progreso es inexorable como también impersonal, emplea a los hombres como instrumento para sus finalidades, al modo de una ley que rige el mundo moral con la fuerza de una ley gravitatoria. El progreso tiende a distribuirse homogéneamente, como si fuera una maqueta hidráulica de vasos comunicantes, que busca igualar los distintos niveles a lo ancho del planeta. Pero ello requiere el despejar todas las trabas que se oponen a la efectiva vigencia de la libertad de mercado.


  1. Alfredo Palco: Facundo. Buenos Aires, Ediciones Culturales Argentinas. Ministerio de Educación y Justicia. 1961.
  2. Raúl Orgaz: Ensayos Históricos y Filosóficos. En el Centenario de “Facundo”. Conferencia pronunciada en la Universidad de Córdoba en 1945. Editorial Assandri. Córdoba. 1960.
  3. Raúl Orgaz: obra citada, páginas 182 y 183.
  4. Susana Villavicencio: Sarmiento y la Nación Cívica. Ciudadanía y Filosofías de la Nación en Argentina. EUDEBA, Buenos Aires, 2008.
  5. En Domingo Faustino Sarmiento: Recuerdos de Provincia. EUDEBA, Buenos Aires, 1960.
  6. Susana Villavicencio: página 54.
  7. Domingo F. Sarmiento: Facundo. Varias ediciones. La Cultura Argentina, 1927.
  8. Susana Villavicencio: pag. 59,60.
  9. Susana Villavicencio: Pág. 63.
  10. Susana Villavicencio. Pág. 71.
  11. Facundo.
  12. En Oscar Terán: Historia de las ideas en la Argentina. Diez lecciones iniciales, 1810 -1980. Siglo Veintiuno Editores. Buenos Aires, 2008.
  13. En Oscar Terán: Historia de las ideas en la Argentina. Diez lecciones iniciales. Siglo XXI ediciones. Fundación OSDE. Biblioteca básica de historia. Buenos Aires, 2008.
  14. En Natalio R. Botana: La tradición republicana. Alberdi, Sarmiento y las ideas políticas de su tiempo. Editorial Sudamericana. Buenos Aires, 1997.
  15. En Oscar Terán: Alberdi póstumo. Puntosur 1988. Buenos Aires.
  16. En Oscar Terán: Historia de las ideas en la Argentina. Obra citada.
  17. Sarmiento, Domingo Faustino: Segunda Contestación a un Quindam. El Mercurio. 22 de mayo de 1842. Obras Completas. I. Buenos Aires. Editorial Luz del Día, 1949.
  18. Sarmiento, Domingo Faustino: Historia física y política de Chile, por Don Claudio Gay. El Progreso. 20 de agosto de 1844. Obras completas II. Buenos Aires. Editorial Luz del Día, 1949.
  19. En John Bury: La idea de Progreso. Alianza editorial. Madrid, 1971.
  20. Ídem John Bury.
  21. Sarmiento pronunció la célebre Conferencia sobre Darwin en el Teatro Nacional después de la muerte de Charles Darwin el 30 de mayo de 1881 en: Domingo Faustino Sarmiento: Cuatro conferencias, Ediciones Jackson s/fecha, Colección Grandes Escritores Argentinos, director Alberto Palcos. Previamente El naturalista argentino Eduardo Ladislao Holmberg
  22. Del Brutto, Bibiana Apolonia: De la recepción de las teorías darvinianas a fines del siglo XIX y comienzos del XX en la R. Argentina. El primer darvinista social Eduardo Ladislao Holmberg. En http://uvla.blogg.lu.se/55/ y http://uba.academia.edu/BibianaDelBrutto
  23. En 1875 Eduardo Ladislao Holmberg publicó Dos partidos en lucha. Original Imprenta El Argentino. Publicado por la Editorial Corregidor en el 2005 con el título: Dos partidos en lucha. Fantasía científica. Es una ficción que imagina la contienda ciudadana nacional entre dos paradigmas, el de la inmutabilidad de las especies a través del tiempo y el evolucionista. La polémica fue trasladada al Teatro Colón par su discusión, que eran los amigos de Holmberg o los científicos del siglo XIX. La principal hipótesis era que el conocimiento científico no era una creencia sino que se aprende mediado por la institución escolar.
  24. En Dujovne, León: La Filosofía de la Historia en Sarmiento. Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras. UBA. 2005
  25. Domingo F. Sarmiento: Conferencia sobre Darwin. Leída en el Teatro Nacional después de la muerte de Darwin (30 de mayo de 1881). En Cuatro Conferencias. Grandes Escritores Argentinos, Dirigido por Alfredo Palcos. Ediciones Jackson, Buenos Aires. S/fecha.
  26. Ídem, Pág. 127 a 130.
  27. En Terán; Oscar: Alberdi póstumo. Obra ya citada.
  28. Juan Bautista Alberdi: Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina. Colección Literaria Sopena. Buenos Aires 1957.


6 comentarios

  1. Jorge 09/12/2017 3:01 am

    Notable descripción de los pensamientos y acciones de dos laboriosos MAESTROS: SARMIENTO Y ALBERDI

    • Bibiana A Del Brutto (@BibianaApolonia) 09/12/2017 4:18 am

      Muchas gracias

  2. Jorge 09/12/2017 3:03 am

    Excelente trabajo

    • Bibiana A Del Brutto (@BibianaApolonia) 09/12/2017 4:16 am

      Muchas gracias

  3. gabofergasalla 11/09/2018 7:43 pm

    excelente

    • bibiapo 11/09/2018 11:45 pm

      muchas gracias BADB

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