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Introducción

Este libro es parte de la investigación realizada como instancia final de la Maestría en Género, Sociedad y Políticas del Programa Regional de Formación en Género y Políticas Públicas (PRIGEPP) de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO). Tiene por objetivo explorar e identificar los componentes de género presentes en las acciones de comunicación impulsadas por la Dirección Nacional de Maternidad e Infancia y el Programa Nacional de Salud Sexual y Procreación Responsable del Ministerio de Salud de Argentina entre 2005 y 2010.

El proceso de investigación se realizó en forma paralela a mi trabajo como responsable del área de comunicación de una subsecretaría, también en el Ministerio. Muchas de las ideas e hipótesis aparecieron en la experiencia profesional cotidiana. La tarea de coordinar y acompañar las áreas de comunicación que se ocupaban de la salud sexual y reproductiva me mostraba, con la contundencia de la práctica, las formas en que el discurso médico científico desborda y expande sus alcances más allá de lo biológico, entrometiéndose en cuestiones de la vida cotidiana de las mujeres con pretensiones morales y normativas. Allí se inició el camino que dio como resultado este documento.

En este marco, se busca responder a la pregunta sobre cómo se comunica desde los espacios institucionales-estatales de salud, cómo se elaboran los mensajes sobre salud sexual y reproductiva dirigidos a mujeres desde el sector público, y qué tipo de relación social se establece a través de los materiales de comunicación e información entre las instituciones de salud y las mujeres destinatarias de esos mensajes.

Como inicio del desarrollo, es posible afirmar que la comunicación se presenta en estos tiempos como un campo estratégico en la configuración de los modelos de sociedad, y en la puesta en escena pública de diversas luchas donde se disputa el sentido de problemáticas estructurales. Desde este trabajo se entiende la comunicación en términos de construcción de sentidos de la vida social, como proceso de producción, intercambio y negociación de significados y formas simbólicas, a partir de la cual los sujetos y las comunidades pueden reconocerse a sí mismos, dar cuenta de su pasado, de su lugar en la sociedad y de sus expectativas para el futuro (Lois, 2011). De este modo, la configuración de un modelo de comunicación en una institución o área de salud gubernamental implica una forma de concebir las relaciones entre la política pública y las poblaciones a quienes se dirige, como así también una forma de comprender el tipo de características que rigen esos intercambios. Además, esos modelos se refieren implícita o explícitamente a marcos interpretativos sobre las prácticas de los diferentes grupos sociales en relación con su salud, y específicamente con su vida sexual y reproductiva.

Desde los niveles centrales de gobierno, donde se definen las políticas y estrategias generales en materia de salud pública, se implementan periódicamente acciones de comunicación dirigidas a mejorar la salud de las mujeres. Entre los temas prioritarios, gran parte del esfuerzo se centra en el desarrollo de mensajes acerca de embarazo, parto y puerperio, y también sobre métodos anticonceptivos. En el proceso de elaboración e implementación de estas políticas de comunicación sobre salud de la mujer realizadas desde un ámbito central como el Ministerio de Salud Nacional de Argentina, se ponen en juego diferentes modelos de mujer y de su rol social y familiar en relación con las prácticas de salud.

Como se mencionó, el objetivo de este trabajo es abordar las estrategias de comunicación sobre salud de la mujer impulsadas desde el sector público, específicamente desde el Ministerio de Salud Nacional de Argentina, en un marco temporal que va de 2005 a 2010. En estos cinco años el Programa de Salud Sexual y Procreación Responsable se separa institucionalmente de la Dirección Nacional de Maternidad e Infancia, de la cual dependía en la estructura ministerial desde su creación en 2003, y adquiere una relativa autonomía administrativa y financiera. Esta situación permitirá analizar tanto las acciones de comunicación elaboradas desde las llamadas políticas de salud materna como las que se dirigen a las mujeres, pero no centradas exclusivamente en su rol de madres o futuras madres. La investigación indaga cómo las relaciones de género intervienen en la elaboración de mensajes sobre salud dirigidos a las mujeres, en tanto categoría culturalmente construida simbólicamente y no predefinida por la biología. En este recorrido se dará cuenta de cómo se comunica desde los espacios estatales de salud, cómo es el proceso de elaboración de los mensajes, y qué tipo de relación social se establece a través de los materiales de comunicación entre las instituciones de salud y las mujeres destinatarias de ellos.

Para acceder al plano de lo discursivo resulta insuficiente analizar solamente sus estructuras internas y el uso del lenguaje; es necesario dar cuenta de que el discurso como acción social ocurre en un marco de comprensión, comunicación e interacción que a su vez son parte de estructuras y procesos socioculturales más amplios (Van Dijk, 1987). En este sentido, la propuesta se plantea en dos planos: el plano simbólico y el plano de las prácticas institucionales. En el plano de lo simbólico se trabaja sobre los supuestos presentes en los mensajes de salud para la mujer; es decir, roles de género, concepción de la salud y del cambio social. Se realiza el análisis de los materiales elaborados desde el Ministerio de Salud. En el plano de las prácticas institucionales se busca deconstruir el proceso de elaboración de los materiales y construcción de los mensajes; es decir, la forma en que se tomaron las decisiones, las priorizaciones, los objetivos que se habían propuesto y la relación con el contexto general de la política de salud sobre la temática, para, de esta forma, dar cuenta de cómo intervienen las relaciones de género en las prácticas institucionales-comunicacionales en salud.

Los inicios del campo de la comunicación en salud se han centrados en una visión instrumental de la comunicación, cercana a las ideas del difusionismo; el enfoque de la “Difusión de Innovaciones” contempla la comunicación masiva como un factor de la modernización (desarrollo) de las sociedades atrasadas (Torrico Villanueva, 2004). Estas ideas se han ido ampliando e incorporando nuevas perspectivas y dimensiones, sin embargo, persisten prácticas institucionales donde las acciones comunicacionales son concebidas como mecanismos simples y unidireccionales, basados en los modelos “estímulo-respuesta”.

Por su parte, es importante mencionar que para conceptualizar la salud se retoman los aportes de Menéndez (2004), quien propone que la salud y la enfermedad son parte de procesos históricos y sociales, y dependen de las condiciones de vida y de las trayectorias individuales y colectivas de los sujetos, que condicionan las significaciones y experiencias ante la salud, la enfermedad y el sufrimiento. Se entiende así el proceso de salud / enfermedad / atención desde una perspectiva relacional que recupera los procesos históricos y considera que todo campo socio-cultural es heterogéneo (Menéndez, 2004). Comprende que en él se establecen relaciones de hegemonía / subalternidad, por el reconocimiento y legitimidad de sus acciones, y se llevan a cabo procesos transaccionales que favorecen (o no) la cohesión-integración. Dentro del campo de la salud coexisten prácticas y representaciones que generan disputas entre los distintos sectores en pugna. Esta definición va en sintonía con la ratificación y el reconocimiento internacional de la salud como un derecho humano. En este sentido, al hacer referencia a la salud se está hablando de derechos humanos que los Estados deben respetar, proteger y hacer cumplir (Petracci, 2004).

En este trabajo se ha partido de los siguientes supuestos:

  1. El campo de disciplinas científicas se delimita a través del manejo de ciertos marcos conceptuales y enfoques metodológicos que señalan y caracterizan la “realidad” de los fenómenos que demarcan el objeto de estudio. En Occidente, la configuración moderna de dicho campo tuvo como eje predominante el pensamiento médico para la comprensión y el tratamiento del fenómeno de la salud a través de un enfoque asistencialista y disciplinario. Se concibió y categorizó al individuo y las prácticas reproductivas como fenómenos naturales a ser regulados por las instituciones médicas, y desde una episteme que recortó su campo de estudio disciplinario y de intervención profesional disociada del contexto histórico y social.
  2. La reproducción y la maternidad constituyen un campo de disputa social y política en el que convergen diferentes discursos institucionales —el religioso, el jurídico y el médico— enfrentados por construir e instalar ciertas representaciones, a la vez que intentan definir los modos de intervención y regulación contenidos en las políticas públicas. Como fenómenos multidimensionales, no se opondrán unidades y dimensiones de análisis, sino que se establecerán niveles que impliquen la búsqueda de una articulación entre las dimensiones micro- y macrosociales.
  3. Las políticas de salud materna, sexual y reproductiva se enmarcan en procesos histórico-sociales dependientes de las condiciones de trabajo y de vida de una sociedad determinada, y se encuentran articulados con los procesos políticos, ideológicos e institucionales que, en las sociedades modernas, presentan correspondencias con el modelo de Estado y con los modelos de acumulación.
  4. Las políticas de comunicación en salud se encuentran atravesadas por modelos ideológicos hegemónicos, donde el saber médico ocupa el lugar central. Las maneras de concebir y conceptualizar la salud y la enfermedad, el rol de la mujer respecto a su salud y las prácticas sociales serán coherentes con los marcos de sentido contenidos en las instituciones rectoras de la salud pública.

La perspectiva de género

Las acciones de comunicación realizadas en el marco de políticas públicas de salud, por un lado, y la reproducción, la sexualidad y la maternidad, por el otro, son problemáticas que se refieren a procesos sociales complejos donde convergen tópicos diversos que han sido abordados desde distintas disciplinas de las ciencias sociales. En este sentido, el proyecto abrevará en diferentes vertientes teóricas, intentando que un abordaje crítico del concepto de género sea el que las articule.

La decisión de colocar el enfoque de género como articulador de los otros aportes teóricos seleccionados se fundamenta en que, a la hora de analizar las interrelaciones existentes entre salud materna, sexual y reproductiva con las estrategias de comunicación en sus distintas dimensiones, esta perspectiva permite poner en contraste las formas en que las características biológicas de cada sexo interactúan conflictivamente con las construcciones sociales de la feminidad. Específicamente, el enfoque aporta indicios para analizar críticamente si en los materiales de salud dirigidos a mujeres, junto con los argumentos científicos sobre las prácticas relacionadas con la reproducción y la maternidad, se “filtran” discursos cuyo fin es aportar al control social de las mujeres a través de la aparente indisociabilidad del rol de mujer = madre que refuerzan construcciones históricamente establecidas y sedimentadas. Construcciones que no ponen el acento en la información para la garantía del derecho a la salud integral, a una sexualidad plena y a una maternidad informada y decidida.

Respecto de los aportes del enfoque de género, se considera que esta perspectiva se ha integrado parcial e incipientemente en el análisis de las políticas y los servicios de salud, que se ha limitado a considerar las necesidades asociadas a las diferencias biológicas de sexo. Raramente se consideran las interacciones entre el sexo y variables no relacionadas con necesidades biológicas, tales como la cobertura, la autonomía en la toma de decisiones, la carga de responsabilidad familiar o los modelos de atención, entre otras.

No es posible encontrar un significado unívoco sobre el concepto de género. Por el contrario, hay múltiples y diversas perspectivas teóricas, epistemológicas, ontológicas y políticas englobadas en este concepto. Inicialmente, fue definido en contraposición al sexo, dado que se postuló una posición binaria sexo / género. En este planteo, el género remite a los aspectos socioculturales asignados a varones y mujeres por su medio social, y el sexo a las características biológicas, anatómicas y fisiológicas que distinguen al macho y la hembra de la especie humana (Bonder, 1998). Por su parte, Janine Anderson plantea que

cada sociedad se caracteriza por un sistema de género propio, el mismo que organiza las relaciones entre los géneros, da contenido y significados a lo masculino y lo femenino, y establece los términos de intercambio entre categorías de género socialmente establecidas (Anderson, 2002: 8).

La autora considera que hay jerarquías de dominación y subordinación entre los géneros que se asocian a la institución familia, al sistema de parentesco y a las comunidades locales. El régimen de género no se presenta de forma homogénea, sino que los sujetos cuentan con “ciertos márgenes” para arreglar sus vidas de la manera que ellos creen apropiada. Sin embargo, es de destacar que “la noción de un ‘régimen’ u ‘orden’ señala que existen presiones, sobre todo a nivel moral e ideológico, hacia un ‘deber ser’ normativo y preferido” (Anderson, 2002: 10); y es el propio Estado —encargado de establecer y sancionar leyes que se aplican a toda la población— el que constituye una de las principales fuentes de presión hacia la homogenización. El Estado fortifica y defiende un régimen de género hegemónico, frente al cual los arreglos alternativos tendrán que justificarse. Anderson sostiene que “en el imaginario social, las fuertes normas que rodean el sistema de género, la institución de la familia y la organización doméstica distorsionan la percepción de la realidad y la convierten en más canónica de lo que ‘realmente’ es” (Anderson, 2002: 11).

Otra autora, Joan Scott (1996), complejiza la mirada y aporta dos dimensiones al concepto de género: en primer lugar, afirma que es un elemento constitutivo de las relaciones sociales basado en las diferencias que distinguen a los sexos. En segundo lugar, entiende que el género es una forma primaria de relaciones significantes de poder, y se refiere a la jerarquización de los sistemas de género como los primeros sistemas en los que se define y se estructura el poder en la sociedad. La diferencia biológica es interpretada culturalmente como una diferencia fundante, que marca la forma de vivir de los sujetos. El género sería la significación sociocultural del dato biológico del sexo, la construcción sociohistórica que establece jerarquías, funciones y roles dentro de la sociedad, así como pautas de relacionamiento y ejercicio de poder diferenciado para varones y mujeres.

Por su parte, Judith Butler sostiene que el género es el resultado de un proceso mediante el cual las personas reciben significados culturales, pero también los innovan. Butler retoma la idea de Simone de Beauvoir del género como “proyecto” y toda la proyección que eso implica (Lamas, 1997). Butler afirma que el binarismo sexo-género es también la expresión de un imaginario masculino, devenido en discurso científico, en el que la naturaleza ha sido representada como un espacio vacío, inerte, “femenino”, dispuesto a ser penetrado por la inscripción cultural “masculina”. Este proceso sería parte de una práctica regulatoria que produce los cuerpos de varones y mujeres como diferentes y complementarios y que asume la heterosexualidad como la norma. El dualismo de lo biológico y lo cultural es otra expresión de una lógica binaria que funda y legitima ordenamientos jerárquicos al oponer hombre y mujer, cuerpo y espíritu o psique, razón y emoción (Butler, 1990).

En síntesis, en este trabajo, al mencionarse el concepto de género, hará referencia a una categoría de análisis social que da cuenta de las desigualdades entre hombres y mujeres, de las relaciones de poder existentes, en las cuales las mujeres ocupan el lugar de subalternas. La incorporación de las discusiones sobre las concepciones de género se inscribe en el proceso de construcción, deconstrucción y legitimación del que ha sido objeto en la arena social, académica y política, y que lo posicionan como un eje de análisis y de política pública, como parte de una agenda de investigación que ha producido conocimiento sustancial y se ha incorporado a un análisis más amplio de lo social. Hay significación en la definición de roles y responsabilidades entre géneros, definición que es social y que debe ser reconstruida en forma incesante y continua. Estos lugares y relaciones, además de ser sociales, o por el hecho mismo de ser sociales y tener que reconstruirse incesantemente, son históricos.

Específicamente, en lo que hace a las relaciones entre género y salud, la inclusión de la perspectiva de género como categoría analítica facilita la construcción de indicadores significativos de situaciones de inequidad en la atención de la salud, a la vez que se encuentra en íntima relación con otras desigualdades derivadas de la edad, la clase, la etnia, el ciclo vital o la orientación sexual, entre otras (Vélez y Sánchez, 2000; Gómez Vender, 2002; Faur, 2002). Este enfoque permite pensar alternativas al modelo médico que concibe a las mujeres en cuanto a su rol de madres; un modelo de atención centrado en la salud reproductiva de las mujeres. En líneas generales, la correlación entre los desarrollos de la perspectiva de género y el campo de la salud ha estado pautada por la crítica a las nociones biologicistas, hegemónicas en los ámbitos de la medicina. La historia de las ciencias médicas nos habla de una concepción determinista sobre las capacidades, la salud y la enfermedad de hombres y mujeres de nuestra sociedad. Ya desde el momento de su configuración, los campos médicos ocupados de las llamadas salud materna, sexual y reproductiva, y las correlativas políticas y programas han estado signados por patrones asistencialistas y tutelares, que conciben a la mujer como sujeto vulnerable cuya capacidad de autonomía es puesta en cuestión (Lois, 2012).

En líneas generales, los estudios de género buscaron apartarse de las connotaciones biologicistas que justifican la desigualdad y también la opresión entre géneros al plantear que “no hay nada, ni en el orden de la naturaleza ni en el sobrenatural, al que hacer responsable por la jerarquía que el género masculino ha impuesto sobre el femenino” (Barrancos, 2008: 11). Con el planteo de que es la cultura la que establece la desigualdad entre los sexos, el género empezó a ser comprendido como producto de la esfera social, política y cultural, y fundamentalmente, como una forma de referirse a la organización social de las relaciones entre los sexos. Por ello, numerosos análisis remitieron a la deconstrucción de las atribuciones culturales que recaen sobre los cuerpos sexuados. En esta línea, Ana María Fernández afirma que

considerar que las diferencias entre hombres y mujeres no se refieren estrictamente al sexo sino al género implica afirmar que el problema no radica en sus especificidades anato-biológicas, sino en las desigualdades que las sociedades han tramitado con las mismas (Fernández, 2001: 7).

Así, hablar de diferencias de género alude a los dispositivos de poder por los cuales —en cada sociedad— las diferencias biológicas han justificado desigualdades sociales, poniendo en el centro la cuestión del poder de un género sobre otro.

En general, los sistemas de salud moderno-occidentales han sido reproductores de las desigualdades de género de la sociedad. Débora Tajer señala que incluir una mirada de género en salud implica incorporar el modo en que las asimetrías sociales entre hombres y mujeres determinan diferencialmente el proceso de salud-enfermedad-atención tanto de los varones como de las mujeres (Tajer, 2004). Asimetrías que están condicionadas por diversas características, como etnia, edad, nacionalidad y clase social, entre otras. En la bibliografía revisada, se encontraron coincidencias en la afirmación de que el género influye de manera significativa en diversos aspectos ligados a la calidad de la atención médica (Pittman, Hartigan, 1996; Tajer, 2007). Las asimetrías en el proceso salud-enfermedad-atención de cada género en tanto colectivo establecen condiciones diferenciales relativas a los roles que mujeres y varones pueden y deben cumplir en el marco del patriarcado, lo cual impulsa modos diferentes de vivir, enfermar, consultar, ser atendidos/as y morir.

La perspectiva comunicacional

A la hora de hacer referencias a acciones comunicacionales, se lo hace concibiéndolas en términos de prácticas sociales. Se retoman los aportes de Bourdieu (2007), quien entiende que una práctica social es una estrategia producida por sujetos y grupos en función de la posición que ocupan dentro del campo analizado, que se desarrolla en el tiempo y es irreversible. En este sentido, toda práctica social es el resultado de la relación dialéctica entre las estructuras objetivas externas y las estructuras objetivas internalizadas. Toda práctica social está atravesada por una trama de sentidos que se va modificando a través de las interacciones y negociaciones de los sujetos que ocupan posiciones diferenciales en contextos sociales, históricos y políticos específicos. De esta forma, las prácticas sociales pueden ser miradas y analizadas desde la comunicación de manera complementaria con aportes teóricos y metodológicos de distintas disciplinas sociales que nos permiten contextualizar, analizar e interpretar la complejidad de dichas prácticas.

A partir de las categorías teóricas propuestas por Laclau y Mouffe (1987), se parte de una concepción de la significación social no definitiva e inacabada. Se considera el discurso como un sistema diferencial y estructurado de posiciones, de modo que los elementos analizados no poseerán una identidad intrínseca, sino que ésta se constituye de forma relacional. En los procesos de disputa por la fijación de los sentidos se desarrollan enfrentamientos y alianzas en un intento por hegemonizar las significaciones socialmente construidas. En este sentido, es posible pensar en “arenas de lucha” por la significación social, donde los discursos circulan en un intento por dominar el campo de la discursividad, por cancelar el flujo de diferencias, por imponer un centro (Laclau y Mouffe, 1987). La hegemonía se alcanza cuando una diferencia, sin dejar de ser un contenido particular, logra encarnar la representación de la totalidad social, simbolizar una cadena de equivalencias que implica una operación de exclusión de otros sentidos posibles. Numerosos estudios indican que “el discurso de la información pública aporta las condiciones principales para la reproducción y la construcción del conocimiento en la mayoría de las sociedades industrializadas” (Van Dijk, 1987: 70). Es así que el análisis de las políticas de comunicación en relación con la salud sexual y la salud reproductiva requiere del análisis del discurso. Siguiendo con Van Dijk (1987), se considera que en la producción y reproducción de imágenes sobre un nosotros y unos otros/as la transmisión de actitudes que impregnan tales prácticas sociales son cuestiones eminentemente discursivas. Se adhiere así a una concepción de discurso que supone más que el contenido informacional de los enunciados plausibles de ser dichos en determinado momento histórico, sus condiciones y efectos de enunciabilidad: qué se dice, los modos de ese decir y lo no dicho.

Sobre la relación entre comunicación y salud, es posible afirmar que es un campo que se ha ido desarrollando y enriqueciendo en los últimos años. Uranga, Femia y Díaz (2002) analizan tres situaciones de comunicación para la salud que consideran que agrupan las prácticas dominantes en este campo en América Latina: la relación médico-paciente en los servicios de salud, las campañas de educación para la salud y el periodismo científico. Por otra parte, algunos/as autores/as han problematizado la definición y estatuto de la comunicación en el campo de la salud, dando cuenta de la complejidad de usos del concepto, que van desde comprenderla como un instrumento a concebirla como hecho cultural y producción social de sentidos, y las consecuencias de estas definiciones en las prácticas (Lois y Maier, 2012). Diversos estudios recientes coinciden en postular la distinción entre dos modelos básicos y antagónicos; distinción fundada en uno de los términos de la relación comunicación-salud, marcada por el primero de los componentes. A grandes rasgos se observa una construcción dicotómica, donde en uno de los extremos se ubicaría el denominado modelo tradicional de comunicación, centrado en el uso y manejo de técnicas y medios de comunicación, y en el otro el modelo relacional que da cuenta de los procesos de producción social de sentido. Algunos/as autores/as (Beltrán, 1995, 2010; Prieto Castillo, 2000; Díaz y Uranga, 2010; Cuberli, 2008, 2009; Natansohn, 2008; Regis, 2007; Lois, 2012) sostienen una mirada crítica a este primer modelo, y argumentan que esta perspectiva se apoya en un esquema de estímulo-respuesta que otorga gran preminencia a la función de los medios de comunicación masiva, concebidos como espacios neutrales en la construcción de sentidos y cuyo fin primordial es informar.

De esta forma y sin dejar de lado el aspecto informativo, se reconoce que las competencias de una función de comunicación en una estructura gubernamental comienzan a ampliar su alcance y adquieren un carácter estratégico al incluir la perspectiva pedagógica y política. Desde este trabajo, se propone complejizar el abordaje de las prácticas sociales de salud-enfermedad-atención desde una mirada que comprenda las desigualdades en el acceso a los recursos (de distinto tipo) y los procesos de significación e intercambio de sentidos (Lois y Maier, 2012). Es decir, dar cuenta de la multiplicidad de dimensiones desde donde acercarnos al campo de comunicación y salud, advirtiendo que es un espacio que se ha ido nutriendo de teorías, metodologías, políticas, prácticas, tecnologías, actores, instituciones, agendas, relaciones de poder y disputa de sentidos, en un marco de escenarios sociales complejos, y reconociendo las mediaciones tanto materiales como simbólicas que entraman los procesos de comunicación en salud.

La perspectiva metodológica

Respecto de lo metodológico, la investigación propuesta requirió de una metodología cualitativa, dado que se trata de un estudio exploratorio-descriptivo. Esta metodología permite dar cuenta de los fenómenos de comunicación social en mayor profundidad y permite, además, comprender el proceso mediante el cual se construyen los significados y las realidades sociales (Cuesta Cambra y otros, 2008). A través de técnicas cualitativas como las entrevistas en profundidad (Valles, 1997) y el relevamiento documental se buscó dar cuenta de las acciones de comunicación desarrolladas sobre los temas de salud sexual y reproductiva.

El objeto de estudio se define como las estrategias de comunicación dirigidas a mujeres con relación al cuidado del embarazo y el uso de métodos anticonceptivos, elaboradas por el Ministerio de Salud de la Nación entre 2005 y 2010. Se consideraron los mensajes dirigidos a mujeres sanas (no a aquellas que se encuentran realizando un tratamiento ante una enfermedad ya detectada). El abordaje empírico requirió de varias estrategias y enfoques metodológicos para la construcción de la evidencia. Se utilizó la técnica de la entrevista semiestructurada y el análisis del discurso. La técnica de análisis de la información se centró en el análisis discursivo-documental (materiales de comunicación) y de correspondencia (entrevistas).

En esta dirección, los instrumentos de recolección de la información fueron una guía de pautas para entrevistas semiestructuradas dirigidas, por un lado, a referentes institucionales e integrantes de equipos técnicos de las siguientes áreas del Ministerio de Salud Nacional: Subsecretaría de Salud Comunitaria, Dirección Nacional de Maternidad e Infancia, Dirección Nacional de Medicina Comunitaria y Programa Nacional de Salud Sexual y Procreación Responsable (grupo 1); y por otro, a responsables de las tareas de comunicación social de las mismas áreas (grupo 2).

En el grupo 1 se indagó acerca del lugar que ocupan las acciones de comunicación desarrolladas desde los Ministerios de Salud dentro de las políticas y planes dirigidos a mujeres. Se abordó la forma de elaboración de los mensajes y contenidos, sobre los mecanismos de toma de decisiones sobre estos temas. En el grupo 2 se preguntó acerca de las prácticas de comunicación de las y los comunicadores en salud: el proceso realizado a la hora de elaborar un material de comunicación; la forma de producción de esos materiales; la forma en que se toman las decisiones en relación con la elección de frases, colores e imágenes; la definición de los objetivos; la realización de un testeo previo con la población objetivo y de un monitoreo y evaluación del impacto; los mecanismos de distribución, su recepción y eficacia. Luego se abordó específicamente la elaboración de materiales dirigidos a mujeres: repaso de los últimos materiales elaborados, objetivos de salud de esos materiales, explicitación de la situación que se busca modificar a través de ellos, justificación de la elección de frases, imágenes, tipografía, etc.

Asimismo, con el fin de analizar las estrategias discursivas que se construyeron en los materiales con relación a la maternidad, la sexualidad y la reproducción, se desarrolló un análisis cualitativo del discurso en sus dimensiones denotativa y connotativa. Para esto se construyó un esquema de lectura a ser aplicado a la estructura narrativa del mensaje. En un primer momento, se realizó la búsqueda y recolección de los materiales de comunicación gráficos sobre embarazo, parto y puerperio y métodos anticonceptivos elaborados desde el Ministerio de Salud de la Nación entre los años 2005 y 2010: afiches, folletos y cartillas dirigidos a la población. Se excluyeron los materiales gráficos dirigidos a los equipos de salud.

Estos materiales fueron considerados como documentos públicos, ya que estuvieron elaborados desde instituciones estatales con el fin de su difusión. Luego se los volcó en las guías previamente diseñadas, de modo de contar con una descripción detallada de las estructuras y estrategias de los discursos escritos en varios niveles: estructuras visuales, la sintaxis (estructuras formales de las oraciones), la semántica (las estructuras del sentido y de la referencia), y las relaciones de esas estructuras con los contextos sociales, políticos, históricos y culturales.

Siguiendo a Van Dijk (1987), ya en el análisis se dio cuenta del contexto de producción. Los discursos indican, reflejan o señalan su pertenencia contextual. Así, las estructuras contextuales se deben observar y analizar en detalle y también como posibles consecuencias del discurso: ambiente, participantes, roles comunicativos, metas, conocimiento relevante, normas y valores, o estructuras institucionales u organizacionales. Específicamente, se tomaron las consideraciones del análisis crítico del discurso (ACD), donde se sostiene una perspectiva social, política y crítica, haciendo foco sobre la manera que el discurso establece, legitima y/o ejerce formas de poder, ya sea de dominación o resistencia. Se indagó acerca de las formas de conceptualizar a las mujeres en relación con su salud generadas desde la construcción de los mensajes. A la vez, se intentó explicitar las estrategias discursivas presentes, es decir, dar cuenta de la intencionalidad implícita a la hora de comunicar.



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