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Apéndice

Ser procesado en tiempos de Sócrates

Los lugares

Los arqueólogos saben decirnos dónde precisamente Ánito “publicó” su acta de acusación en contra de Sócrates, es decir, su graphé. Estas declaraciones públicas se colocaban en el mercado, en el ágora en Atenas, pero no en un lugar cualquiera, sino en el recinto de los héroes epónimos. Este era un lugar público en el cual se pegaba el texto de las nuevas leyes, de los decretos, de las graph y de todos los actos públicos.

La graphé

Si leemos el Eutifrón platónico, leeremos que el mismo Sócrates declara «a esto mío, Eutifrón, los atenienses no lo llaman díke, sino graphé, no “causa”, sino “acusación”» (Eutifrón, 2a).[1] La palabra díke no significa solamente “norma” y “justicia”, sino también proceso, litigio entre privados en los cuales los jueces, con su veredicto, “hacen justicia” entre los litigantes. La palabra indica, en definitiva, el proceso civil.

En cambio, graphé es la inscripción en contra de alguien, la denuncia que se hace pública, pegándola, precisamente, en el recinto de los héroes epónimos. Se llega a la graphé cuando se toma una iniciativa formal y judicial para proteger los intereses públicos, como por ejemplo la impiedad. Con lo cual estamos en el ámbito del derecho penal, pero con una diferencia fundamental: en la antigua Atenas, quien hacía la exposición/denuncia, luego debía sostener personalmente la acusación en el tribunal y, en caso de desestimación (es decir, la absolución del imputado), podía incluso pagar una sustancial multa. El acto de acusación comprendía también la pena pedida para el imputado. En este caso, Meleto figuraba como primer firmante de la graphé y con él estaban asociados Licón y Ánito. Este último, consolidado emprendedor en el sector del calzado, debía estar, en aquellos años, entre los líderes de la ciudad y ser, por lo tanto, un hombre completamente público. Por su parte, Sócrates también debía ser, y desde hacía tiempo, un personaje público muy reconocido.

La instrucción. El arconte Basileús

Precisamente porque el tribunal era popular (en el caso de Sócrates, la composición del tribunal estaba formada por quinientos conciudadanos), el proceso tenía que ser preparado. De esto se ocupaba el arconte competente que, en el caso de los procesos por impiedad, era el arconte basileús, es decir, el arconte rey. Este tenía el oficio en la Stoa (pórtico) de Zeus Eleuthérios (liberador), que se encontraba cerca del ágora. Cada arconte se ocupaba de los procesos de su competencia y, en primer lugar, buscaba comprender si se trataba de un litigio serio que requiriese predisponer la celebración de un proceso. A tal fin, recibía al/los acusador/es y al imputado, luego, en caso necesario, decidía (en base con las normas consuetudinarias vigentes) si se debía celebrar el proceso y con cuantos jueces, identificaba con precisión a los autores de la acusación, fijaba la fecha y daba instrucciones a su “jefe” (el grammateús, que podía contar con uno o más “subsecretarios”, los hypogrammateîs) para la preparación de una suerte de acta o expediente que contenga la información esencial; además, se reservaba el derecho de presidir personalmente el rito procesual.

En este caso, estando involucrado un intelectual y un jefe político, ambos, a su modo, influyentes, era lógico que el proceso se haga noticia y que mucha gente quisiera hacerse lugar para formar parte del tribunal.

Los dikast

Eran ciudadanos incluidos en la lista de aquellos que pueden formar parte de los tribunales populares. A tal fin se requería que tuviesen más de treinta años, que hubiesen requerido y les hubiera sido otorgado el permiso para formar parte y que no tuviesen deudas hacia la ciudad. Los dikastaí se presentaban en las instalaciones del tribunal (que no han sido localizadas: parece que eran recintos al descubierto con bancos) muñidos de una identificación específica de madera llamada pinákion, “sobre el cual figuraba el nombre, y el de su padre, y el de su demo, y una de las letras del alfabeto”.[2]

La letra era necesaria ya que se reunían distintos tribunales y en espacios contiguos. Cada uno celebraba un solo proceso, que se concluía en el lapso de pocas horas. Los dikastaí recibían una modesta dieta, del valor de medio dracma (es decir, un centésimo de mina, tres óbolos). Por lo tanto, ofrecerse a pagar treinta minas significaba comprometerse a pagar el equivalente a seis mil dietas de juez popular.

El debate en la corte

Ha escrito el comediante Aristófanes: “¿Qué hay hoy en día más feliz y venturoso que un juez? ¿Qué oficio más placentero? ¿Qué ser más temible, y eso aun siendo uno un viejo? Luego entro (en el recinto del tribunal), cargado de súplicas y mitigada mi cólera, mas una vez dentro no cumplo ninguna de mis promesas, pero presto atención a todo lo que dicen los acusados para obtener la absolución. ¿Qué cantidad de adulaciones podrá llegar a oír un juez? Unos se lamentan de su pobreza y la ponen de pretexto; otros cuentan fábulas; otros algún chiste de Esopo; otros se ponen a hacer gracias para que yo me ría y se me bajen los humos. Y si con todo eso no logra convencernos, enseguida arrastra a la tribuna toda su prole, llevando de la mano a niñas y muchachos, y yo escucho atentamente. Los chiquillos agachan la cabeza y se ponen a balar todo a una, y entonces el padre, tembloroso, me suplica a mí por ellos, como suplicaría un dios, que lo libere del castigo”.[3]

Los discursos eran regulados por una clepsidra de agua. La tardea de los jueces populares era, en todo caso, elemental: decidir si el imputado es culpable o inocente. Si se reconoce inocente, el proceso terminaba allí, pero, si la absolución tenía lugar por amplia mayoría, el acusador debía pagar una multa por haberse comportado como sicofante (calumniador). Si, en cambio, se llegaba a la condena, luego se debía decidir la magnitud de la pena. La fiscalía había hecho su valoración (tímema) al comienzo del proceso judicial, mientras el imputado estaba obligado a realizar una muy riesgosa contrapropuesta (antitímema) solo a continuación del voto de condena, luego de lo cual los dikastaí votaban nuevamente.

El voto. Las pséphoi

Las pséphoi eran discos de un diámetro aproximado de 7 cm. con un cilindro lleno o vacío ubicado en su centro. Anteriormente se usaban grandes porotos blancos y negros (pero pséphos no quiere decir “poroto”, sino más bien “piedra pequeña”). Quienes gestionaban la clepsidra y contaban las pséphoi luego del voto eran los mismos dikastaí:

Después que todos han votado, toman los servidores el ánfora que y la vacían en una tabla que tiene tantos agujeros cuantos son los votos, y esto para que se puedan contar fácilmente los votos válidos, que se ponen delante, con las puntas agujereadas y las macizas bien visibles. Los designados para atender los votos (scil. cinco dikastaí), los cuentan sobre la tabla, aparte los macizos y aparte los agujereados, y el heraldo anuncia públicamente el número de los votos, para el demandante los agujereados y para el demandado los macizos. El que tenga más, ése gana; si tienen igual número, gana el demandado (…) Después que han juzgado los asuntos que legalmente les corresponden, reciben el salario en el sitio en que le tocó a cada uno.[4]

El desmotérion y los Once

El consejo de los Once (hoi éndeka) supervisaba no solo el buen funcionamiento de la prisión y las ejecuciones capitales decretadas por el tribunal. Procedía también a la ejecución “por directísima” de reos confesos, y también a la confiscación de los bienes. Para esto, los Once podían ser retenidos responsables en parte por los excesos que acompañaron al sanguinario régimen de los Treinta Tiranos que, cuatro años antes del proceso de Sócrates, había estado en el poder por ocho meses.

La Thólos

Thólos, importante edificio público circular situado cerca del ágora, es el lugar donde residían permanentemente (por turno) los Pritanos, que eran representantes oficiales de la ciudad. Allí eran recibidos los embajadores. Para los Pritanos estaba prevista la comida gratuita, al menos en el mes de las Panateneas, y uno de los máximos homenajes consistía en dictaminar que un ateniense tuviese derecho a la comida gratuita junto con ellos. Naturalmente, la decisión no la podía tomar una corte de justicia, sino la asamblea por medio de una deliberación apropiada.

Además…

El hijo de Ánito:

(Sócrates) “Este hombre (me ha hecho condenar) porqué, viendo que era uno de los más poderosos de la ciudad, dije que no debía educar a su hijo en el oficio de curtidor (…) Tuve una breve relación con el hijo de Ánito y me pareció que no era de espíritu débil, por lo que afirmo que no permanecerá en la vida servil que su padre preparó para él, sino que por no tener ningún consejero diligente caerá en alguna pasión vergonzosa y llegará lejos en la carrera del vicio”. Y no se equivocó con estas palabras, sino que aquel muchacho le tomó gusto al vino y ni de día ni de noche dejaba de beber.[5]

Así que éste (scil. Ánito), que no soportaba el ridículo suscitado por Sócrates (…) logró persuadir a Meleto para que adujera contra él una graphé por impiedad y corrupción de los jóvenes.[6]

Que el orador Lisias haya predispuesto un discurso de defensa –por lo tanto, una Apología de Sócrates– centrado sobre la historia del joven Antemión (nombre atribuido por deducción, ya que Ánito era hijo de Antemión), y que Sócrates lo haya juzgado demasiado formal en términos legales, con lo cual rechazó pronunciarlo, es algo verosímil, pero no estamos del todo seguro que haya sucedido.

La nave sagrada

Lo cuenta Platón en el Critón. Cuando, una vez al año, la nave sagrada partía del Pireo con muchos jóvenes para los ritos religiosos celebrados en Delos, las ejecuciones capitales se suspendían hasta su regreso, y podía pasar bastante tiempo (por ejemplo, el regreso podía retrasarse debido a reparaciones en la nave). Sócrates, por este motivo, habría transcurrido alrededor de un mes en la cárcel, esperando que la nave sagrada regrese.

La historia de León de Salamina

En los ocho meses en los cuales los Treinta Tiranos, guiados por Critias, estuvieron en el poder (verano del 404-primavera del 403 a. C.), entre los numerosos excesos se dio la orden de asesinar a un cierto número de ciudadanos pudientes con el objetivo de apropiarse de sus bienes, y Critias tuvo la infeliz idea de asignar a Sócrates la tarea de asesinar a un tal León de Salamina, que fue efectivamente asesinado, a pesar de que Sócrates había osado oponerse. Luego el régimen colapsó y no se tomaron represalias en contra suyo.


  1. Calonge, J. (1985). Platón, Eutifrón (introducción, traducción y notas), Madrid, Gredos. Modificada.
  2. García Valdés, M. (1984). Aristóteles, Constitución de los atenienses (introducción, traducción y notas), Madrid, Gredos (cap. 63. 4).
  3. Macía Aparicio, L. M. (2007). Aristófanes, Las avispas (introducción, traducción y notas), Madrid, Gredos (560-570).
  4. García Valdés, M. (1984). Aristóteles, Constitución de los atenienses (introducción, traducción y notas), Madrid, Gredos (cap. 69.1-2).
  5. Zaragoza, J. (1993). Jenofonte, Apología de Sócrates (introducción, traducción y notas), Madrid, Gredos (cap. 29-31). Ligeramente modificada.
  6. García Gual, C. (2007). Diógenes Laercio, Vidas y opiniones de los filósofos ilustres (introducción, traducción y notas), Madrid, Alianza (secc. II 38). Ligeramente modificada.


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