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Escena I

Sobre una mesa puesta de lado están las pinákia repartidas en diez grupos con las letras A, B, C, etc., dos sacos visiblemente llenos de óbolos (monedas de bronce) y los dos recipientes que forman la clepsidra de agua. Dos sirvientes.

En el suelo hay cuatro cestas grandes, dos de las cuales están marcadas por una llamativa franja de pintura blanca.

 

SÓCRATES. —… estoy por terminar. Imagino que el reloj ya se está por vaciar y por lo tanto concluyo.

Ándres dikastaí, se bien que entre ustedes hay quien, al escucharme, se inclinó a darme un voto de absolución. Pero está también quien, a pesar de todo, se inclinó a votar mi condena. Y quizás, llegados a este punto, algunos de ustedes esperan que yo empiece a suplicar, trayendo a mis tres hijos junto a mi esposa, a mis parientes y a mis amigos para que digan “les suplicamos absolver a Sócrates, es nuestro padre, es nuestro marido, es nuestro hermano, ha sido nuestro maestro. Queremos que Sócrates continúe su vida pacíficamente junto a nosotros. Absuélvanlo.” Esperan esto, ¿verdad? Porque casi todos suplican. Aun así, Sócrates no lo hará. (Pausa).

Apuesto que alguno de ustedes se sentirá incluso molesto por esto. Pero piénsenlo un momento: si yo ahora comenzara a suplicar, demostraría pensar que ustedes pueden cambiar de parecer con muy poco, ¿no? En tal caso, demostraría no tener estima por ustedes. No, Sócrates no piensa eso de ustedes. Ustedes han jurado dictaminar rectamente, han escuchado con atención a Meleto y a Sócrates y se hicieron una opinión sobre mí; si soy un ateniense socialmente peligroso o bien una persona de bien como ustedes; si soy alguien que corrompe a los jóvenes o uno que, al contrario, les da una mano; si soy alguien que no cree en los dioses de la ciudad o alguien que cumple con su deber. Les diré más; si les suplicase o le pidiera a algún otro que suplicase, de hecho, les estaría pidiendo que no cumplan con el juramento de dikastaí, y con eso demostraría…

 

ENCARGADO. —Clepsidra, kýrie basileús.

 

ARCONTE BASILEÚS. —Ciudadano Sócrates, ¿escuchaste? Ahora basta. Siéntate.

 

SÓCRATES. —Está bien, kýrie basileús. Pero al menos quisiera terminar la frase.

 

ARCONTE BASILEÚS. —No, Sócrates, ya hemos comprendido. Y han comprendido también los dikastaí. Cuando el encargado dice “clepsidra”, basta. La regla es que no se diga una palabra más. Ahora, entonces, siéntate en silencio.

Ándres dikastaí, ahora que ha hablado también el imputado, es el turno de los jueces de votar. Con sus votos ustedes decidirán si Sócrates es culpable, como dice Meleto, o inocente, como acaban de escuchar y como sostiene Sócrates mismo. Por esto, como es usual, cada uno de ustedes tomará dos pséphoi y meterán una en cada cesta. La cesta con la tira blanca es la que cuenta. Entonces, meter una pséphos llena o vacía en la cesta normal no produce ningún efecto, mientras que las pséphoi que metan en la cesta con la tira blanca tienen un gran poder: absolución o condena. ¿Entendido?

Como es común, la pséphos vacía indica CONDENA, mientras que la pséphos llena indica ABSOLUCIÓN. Por esto, presten mucha atención. La que cuenta es la pséphos que meten en la cesta con la tira blanca, ¿entendido? Repito: pséphos vacía = condena; pséphos llena = absolución. Grammateús, las dos cestas están listas. Llama a algunos jueces y hazlos preparar las pséphoi.

 

GRAMMATEÚS. —Sí, kýrie basileús.

(a los jueces) Entonces ahora necesito cinco dikastaí. Quien quiera venir que se ponga de pie. (uno se pone de pie) Tú, muy bien. (otro) Tú, bien. (otros tres) Tú y ustedes dos, muy bien. Estamos listos.

Vengan aquí. Metan todas las pséphoi en esta gran mesa, y atentos, que no se les caigan al suelo. Ustedes cuatro observen atentamente a los dikastaí mientras votan, de modo que todo se desarrolle según las reglas. Dos de este lado y dos de este otro. Cuando vean que algún dikastés está indeciso, lo vuelven a enviar hacia el fondo de la fila, así puede aclarar mejor las ideas. Y si alguno no sostiene las dos pséphoi con los dedos en el lugar correcto, sin cubrir bien estos dos puntos, lo vuelven a enviar hacia el fondo de la fila; votará después. ¿Entendido?

 

ARCONTE BASILEÚS. —(a los jueces en general) Entonces, ¿están listos? Ándres dikastaí, cada uno de ustedes viene y toma dos pséphoi de esta mesa, las cubre con dos dedos, de esta manera, y se acerca a las cestas. La cesta con la tira blanca es la del voto válido, y aquí se decide sobre una condena grave. Entonces, atentos a no equivocarse. Como saben, deben hacerlo de modo que tengan en la mano correcta la pséphoi que expresa su voto, de tal forma que, cuando estén delante de las cestas, puedan hacer así: ←→ soltando una pséphos aquí y una allá. ¿Entendido? Entonces ahora levántense de los bancos en silencio y esperen mi golpe de martillo para comenzar a tomar sus pséphoi y votar. Mientras tanto les repito: pséphos vacía = condena; pséphos llena = absolución.

(Golpe de martillo contra un pequeño bloque de mármol. Acción.)

Vamos, dense prisa, ándres dikastaí. Con orden y atención.

Y ustedes dos, ciudadanos Sócrates y Meleto, bocas cerradas y quietos con las manos y los ojos. No me hagan enojar.

 

AMBOS. —Está bien, basileús.

 

(Se vota. La operación requiere tiempo)

 

ARCONTE BASILEÚS. —Ándres dikastaí, apúrense por favor ¡Silencio! Los comentarios los hacen afuera. Silencio también ustedes (dirigido a las partes, cada una con sus amigos)

¡Grammateús!

 

GRAMMATEÚS. —Sí, kýrie basileús.

(Mirando a los cinco que se habían ofrecido) Bien, han votado todos excepto ustedes cinco. Vayan a votar ustedes también. Ahora, mientras ustedes, ándres dikastaí, vuelven a sus bancos, estos conciudadanos suyos volcarán la cesta con los votos válidos sobre la mesa. Saben cómo se hace, ¿verdad? Ustedes dos sacan una pséphos a la vez, se la dan a él, que se la da a aquel que lo leerá en voz alta, es decir, a ti; ¿cómo te llamas?

 

EL DIKASTÉS. —Agláion, kýrie grammateús.

 

GRAMMATEÚS. —Y atentos, para estar seguros de que Agláion diga la verdad: VACÍA si está vacía y LLENA si está llena. Agláion, tú dices solo VACÍA o LLENA. Y tú, el quinto, mientras tomas de Agláion las pséphoi para guardarlas, mantente igualmente atento. También ustedes, hypogrammateîs, deben prestar mucha atención: si escuchas decir VACÍA, ocúpate tú de hacer una marca en tu gran tabla (esa que dice CONDENAR), si escuchas decir LLENA, encárgate de colocar una marca sobre aquella con la inscripción ABSUELTO. Y atentos a no equivocarse. Atentos, también, a que no se les caigan las pséphoi al suelo.

 

ARCONTE BASILEÚS. —¿Están todos listos?

 

LOS CINCO DIKASTAÍ Y LOS DOS HYPOGRAMMATEÎS. —Sí, kýrie basileús

 

ARCONTE BASILEÚS. —Entonces, comiencen a sacar las pséphoi válidas de la primera cesta con la cinta blanca. Y tu marca los votos de condena y tú, los votos de absolución. Por favor, la máxima precisión.

 

(Mientras las pséphoi pasan de mano en mano, los dos hypogrammateîs trazan las marcas bien visibles sobre las pizarras pertinentes. Tienen un palo impregnado de tinta y por momentos hacen una pausa para entintar de nuevo el palo. El recuento de los votos tiene lugar)

 

ARCONTE BASILEÚS. —Ahora, grammateús, ¿cuál es el resultado de la votación?

 

GRAMMATEÚS. —Denme las tablas con el total de las votaciones. (Las toma y luego dice en voz baja:)

Kýrie basileús, veo que en la tabla CONDENAR hay marcados doscientos ochenta votos, y aquí (toma la otra tabla) doscientos veinte votos. (Le da las dos tablas al arconte).

 

ARCONTE BASILEÚS. —Dame eso. (Controla)

Muy bien, ándres dikastaí: siéntense en orden. Ahora, les comunico el resultado de la votación aunque muchos de ustedes ya lo han escuchado. Y hagan silencio. Ustedes, ándres dikastaí, con sus votos, han decidido que el ciudadano Sócrates es culpable. En conclusión, han condenado al ciudadano Sócrates.

Grammateús, ¿has registrado el resultado de la votación? (hace seña de que sí)

(Murmullo; mientras tanto la gente se acerca a Sócrates. En voz alta:)

Conciudadanos, todos de pie. Ciudadano Sócrates, hijo de Sofronisco, del dêmos de Alopece, escucha: Meleto te acusó públicamente y ahora doscientos ochenta dikastaí atenienses te han declarado culpable, mientras que doscientos veinte te han declarado no culpable. Por lo tanto, el pueblo de Atenas te ha condenado.

Esto fue decidido por todos.

(Pausa. El arconte se sienta y todos se sientan)

Ahora, como sabes, tú, ciudadano Sócrates, estás autorizado a proponer a estos jurados una pena distinta de la pena de muerte que fue propuesta por Meleto. Haz, entonces, tu antitímema, la contrapropuesta, y preséntala en voz alta a los dikastaí aquí presentes. Cuando hayas presentado la antitímema con un breve discurso (he dicho: breve), yo les pediré a los dikastaí que voten por segunda vez y ellos elegirán. Podrán confirmar la condena a muerte o aprobar tu antitímema. ¿Entendido? ¿Sí? Ahora, habla.

(Silencio prolongado, mientras los amigos de Sócrates hablan entre ellos y con él muy apretados. Mientras tanto:)

 

GRAMMATEÚS. —(a los cinco que se habían ofrecido) Ahora ustedes cinco pueden volver a sus bancos.

 

ARCONTE BASILEÚS. —Entonces, ciudadano Sócrates, habla y presenta tu antitímema.

 

SÓCRATES. —Muy bien, kýrie basileús.

Ándres dikastaí, si están prácticos con estos procesos, saben bien cuán desorientado se puede estar para decir algo a quienes te acaban de condenar, tal vez a muerte. Yo les tendría que proponer una condena un poco más ligera, que les pueda parecer más justa que la condena a muerte y, así, lograr que muchos de ustedes voten por mi propuesta. Por lo tanto, les debería hacer una propuesta que, seguramente, ustedes deberían preferir antes que la condena a muerte pedida por Ánito.

 

ARCONTE BASILEÚS. —No, por Meleto.

 

SÓCRATES. —Claro, pedida por Meleto, pero decidida por Ánito (murmullos, el arconte se agita). Está bien, está bien… Sin embargo, saben bien que hacer una propuesta como esa no es una broma.

Quizás muchos de ustedes piensan que una condena, aunque sea exagerada, sigue siendo admisible, pero no la pena de muerte, porque, ¡vamos!, Sócrates no es un delincuente, ni siquiera es exactamente un gran peligro para la ciudad de Atenas. Meleto, Licón y Ánito les han hablado muy mal de mí, pero en definitiva ¿han logrado explicarles por qué soy un peligroso criminal? ¿Les han dicho que he estrangulado, sofocado, envenenado, degollado a alguien? Meleto, Licón y Ánito, se los debo decir finalmente: ¿dónde están las grandes culpas que justifican la pena de muerte? ¡Sin embargo, han pedido la pena de muerte y ellos recién han aprobado la petición!

 

MELETO. —Kýrie basileús

 

ARCONTE BASILEÚS. —¡Ciudadano Sócrates!

 

SÓCRATES. —Muy bien, kýrie basileús, no insisto. Pero, ándres dikastaí, ¿les quedó claro cómo vivo yo? Yo merodeo cerca de aquí, habitualmente en el ágora, hablo con muchas personas y a menudo las interrogo. Es verdad que cada tanto, entre las personas que hablan conmigo, hay alguno que se irrita, que no lo aprecia. Pero muchos otros están contentos de entretenerse hablando conmigo, incluso si les demuestro que están en desacuerdo con ellos mismos y los hago sufrir. Ahora bien, eso es poca cosa, no es una conducta criminal, y mucho menos se condena a muerte a la gente por tan poco. ¿Sí o no?

Digo esto porque en verdad no sé qué antitímema debería proponer para que se someta a votación. Ahora les diré lo que en verdad pienso y les rezo que me escuchen sin hacer alboroto. Yo me considero una persona de bien, un ciudadano muy útil para la pólis de Atenas, y por esto se me ocurre que podría pedir, por el contrario, un premio, por ejemplo, la comida gratuita en nuestro thólos, junto con los Pritanos y con los representantes de las ciudades extranjeras.

(Estruendo, alboroto)

SILENCIO, por favor. No digo que les haré esta propuesta, entiendo bien que no la podrían tolerar y más de uno se sentiría burlado por mí. Por lo tanto, no les propongo eso, pero pienso igualmente que la ciudad de Atenas haría mejor en honrarme que en condenarme.

Tampoco les propongo esto por otra razón, porque aquí están ellos, mis fieles, quienes no quieren en absoluto que lo haga. Ya habrán comprendido que ellos ya se pusieron de acuerdo para ofrecer una bella cantidad de plata para poner en el plato de la balanza. Quieren que yo les proponga en lugar de la condena a muerte, y en lugar de la comida gratuita al Prytaneîon, una multa. Y no una pequeña multa. Están listos para pagar, y mucho. Treinta minas de plata, me han dicho. ¡Piensen! Es una gran suma, una gran cantidad de plata de la mejor calidad. Ellos me insistieron mucho. Dicen que, si no aceptase ni siquiera eso, querría decir que no me importa nada la reputación de ellos. Critón, luego, quiso hacerme pedir el exilio, pero los otros no, porque me quieren vivo y aquí en Atenas. Por eso insistieron en proponer una multa tan grande. Sepan que tienen ya preparada toda la plata necesaria.

¿Entonces, yo qué puedo hacer, ándres dikastaí? Les repito que, si fuera por mí, pensaría no en una multa, sino en un premio, porque, ¡por el perro! ¿También a tu hijo, ciudadano Ánito, le he hecho daño? Antemión no soportaba estar en la fábrica vigilando a los esclavos mientras fabricaban las sandalias, las vendían y compraban el cuero, ni vigilar a aquellos que preparaban las pieles y las ponían a pudrirse en el río (se toca la nariz: mal olor; alguien se ríe). No, tu hijo Antemión quería venir al teatro, leer libros y unirse al círculo de aquellos que pasan el tiempo conmigo, pero tú gritaste, amenazaste, lo obligaste a estar en la fábrica. ¿Viste con qué resultado, Ánito? ¿Y ahora me haces la guerra? Debes hacerla contigo mismo, ¡por el perro!

 

(Estruendo)

 

MELETO. —Kýrie basileús

 

ARCONTE BASILEUS. —¡Ciudadano Sócrates, te ordeno que concluyas!

 

SÓCRATES. —De acuerdo, ándres dikastaí. Es que esta idea de la multa no me agrada, porque pienso que yo no merezco ninguna multa en realidad. Pero de acuerdo, multa. Multa de… Entonces, amigos míos, ¿cuánto digo? Porque después, si los dikastaí aceptan (alboroto) serán ustedes los que deberán pagar en nombre mío. Por lo tanto, es necesario que me den una certeza.

 

CRITÓN. —Sócrates, ponemos a tu disposición treinta minas de plata e incluso más. Yo lo garantizo.

 

SÓCRATES. —De acuerdo. Ándres dikastaí, este es mi generoso antitímema: treinta minas de plata a cambio de la condena a muerte. Comprenden ustedes… (alboroto).

 

ARCONTE BASILEÚS. —Silencio, ándres dikastaí.

 

SÓCRATES. —Repito: ¿comprenden ustedes que la mía es una contrapropuesta generosa? (alboroto, Sócrates alza la voz). Por el perro, no hice hundir una nave con toda la carga, no he envenenado los pozos de agua, no he ahogado a ninguno y nadie me ha escuchado gritar que los dioses olímpicos no existen. No fui yo quien les dijo que, quien envía los rayos sobre el templo de Poseidón, en el Cabo de Sunión, no es Zeus sino las nubes, porque –dice alguno– Zeus sin nubes no puede enviar ningún rayo. Quien lo dijo no fui yo sino un poeta, Aristófanes. Y su comedia se puede comprar por pocos dracmas en el ágora. Vayan a leerla si no la recuerdan bien. En realidad, incluso mi difunto amigo Eurípides ha dicho, algunas veces, cosas de este tipo, ¡pero no Sócrates! (alboroto) Insisto, por lo tanto, que treinta minas de plata es mucho, incluso es demasiado, ¡pero da lo mismo! Éste es entonces mi antitímema, kýrie basileús: en vez de la pena de muerte pedida por Meleto (mirada provocativa a Ánito), propongo una multa de treinta minas de plata.

 

ÁNITO. —(gesticula)

 

ARCONTE BASILEÚS. —Grammateús, proceda.

 

GRAMMATEÚS. —Sí, kýrie basileús.

Ándres dikastaí, han escuchado, ¿verdad? Ahora votarán nuevamente.

Ahora se trata de escoger entre la pena de muerte, que es el tímema elegido por los acusadores, y la multa de treinta minas que constituye el antitímema propuesto por Sócrates.

Se necesitan otros cinco dikastaí, no aquellos que votaron antes. Bien, bien, bien, bien y bien. ¿Quién dirá VACÍA o LLENA? ¿Tú? Bien. ¿Quién saca las pséphoi? ¿Ustedes dos? Bien. Saben qué hacer, ¿verdad? Y ustedes, hypogrammateîs, ¿han agarrado las nuevas tablillas con el escrito TÍMEMA y ANTITÍMEMA? Muestren. Atención al anotar los nuevos votos, háganlo con la máxima precisión, ¿de acuerdo?

Ándres dikastaí, presten atención: si en la cesta blanca colocan el cilindro vacío querrá decir que Sócrates será condenado a la pena de muerte. Al contrario, si colocan las pséphoi con el cilindro lleno querrá decir que Sócrates será condenado a pagar una multa de treinta minas de plata. ¿Está claro?

Ahora adelante, vengan a votar por segunda vez y presten mucha atención. Repito: el cilindro vacío significa pena de muerte, el cilindro lleno significa que la condena es el pago de una multa (acción).

Ándres dikastaí, apúrense por favor.

 

(tiempo técnico. Se vota)

 

GRAMMATEÚS. —Bien, ya han votado todos. Mientras vuelven a sus bancos, ustedes cinco hagan como antes: vuelquen las dos cestas con los votos válidos sobre estas mesas. Y atentos, que no se caigan las pséphoi al piso.

 

(Mientras los encargados proceden al conteo, los dos hypogrammateîs hacen uso de las habituales tablillas. En una se lee la leyenda TÍMEMA y en la otra ANTITÍMEMA. Tienen una vara impregnada de tinta y a veces tienen que esperar porque se debe impregnar nuevamente la vara.

Mientras tanto, poco a poco, los amigos de Sócrates y parte de los dikastaí, escuchando cómo son los votos emitidos, empiezan a agitarse)

 

ARCONTE BASILEÚS. —Entonces, grammateús, comuníquenos el resultado.

 

GRAMMATEÚS. —(Se hace con las dos grandes tablillas de los hypogrammateîs)

Aquí está, kýrie basileús. En la tablilla TÍMEMA están anotados 360 votos; en la tablilla ANTITÍMEMA 140. (Entrega las tablillas).

 

ARCONTE BASILEÚS. —(de pie y en voz alta) Dámelas. (Controla) Bien, ándres dikastaí: vuelvan a sentarse en orden y en silencio. Ahora les comunico el resultado de la votación. Y hagan silencio. ¡Ustedes, ándres dikastaí, con sus votos han decidido que el ciudadano Sócrates, hijo de Sofronisco, del dêmos de Alopece, sea condenado a la pena de muerte como solicitó en su momento el acusador Meleto! (ruido mientras se sientan) ¿Han escuchado bien todos?

 

CRITÓN. — (con su vozarrón) ¿Contento, ciudadano Ánito?

 

ÁNITO. —¡Por favor, Critón!

 

ARCONTE BASILEÚS. —Ándres dikastaí, ustedes han emitido la sentencia en nombre de los Atenienses y ahora pueden regresar a sus casas. No se olviden de volver a tomar sus pinákion. Mientras tanto los dos hypogrammateîs están listos para dar a cada uno los tres óbolos[1] previstos.

 

(Los dos hypogrammateîs sacan la bolsa con los óbolos y comienzan la distribución. Los dikastaí se levantan para tomar el pinákion y dinero para después irse. Aglomeración)

 

VOCES. —¿Pero dónde está mi pinákion?

Ah, mira, este es el tuyo.

Oh, lo encontraste, menos mal. Algunas veces es muy difícil encontrarlo.

Te saludo.

 

SÓCRATES. —Ciudadanos de Atenas, deténganse un momento, por favor. Ahora que me han condenado, han satisfecho a Ánito. (Murmullo)

 

DIKASTAÍ. —¡Pero no, has sido tú con la propuesta de ir a comer con los Pritanos el que se ha hecho condenar! No porque has propuesto una multa de treinta minas sino porque nos ofendiste, porque te has reído de nosotros.

 

SÓCRATES. —Y tú, Meleto… (todos se giran para buscarlo) ¿Pero dónde está? ¿Es verdad que Meleto ya se ha ido? ¿Dónde se ha ido? ¿Quizás a beber, contento de haberme hecho condenar a muerte? (ecos) ¿Y Licón? ¿También él se fue a beber? ¡Qué acusadores! Pero hay que decirlo: quien me quería y me quiere muerto no son aquellos dos, es otro. Poderoso Ánito, ¿dónde estás? (en voz alta) Dale mi saludo a Antemión.

 

DIKASTÉS. —¿Pero cómo, Sócrates, sabes que pronto morirás y todavía intentas ridiculizar a quien te ha hecho condenar?

 

SÓCRATES. —Amigo mío, ¿sabes por qué no me siento preso del terror? ¿Por qué no me pongo a llorar y gritar? Llevo una vida entera ejercitando el control de mí mismo, de decidir yo cómo quiero ser y qué cosa quiero hacer. Y de hecho, no me gusta la típica historia, según la cual si uno se equivoca es porque los dioses se han entrometido. Así que si tuviese que llorar, lloraría por iniciativa propia, y esto querría decir que he decidido llorar. Pero hoy mi decisión es otra: he decidido no llorar mi suerte, voy a permanecer sereno y sé hacerlo. Esta condena para mí es como cuando uno está muy enfermo. Si te vienen ganas de vomitar, ¿te pones a llorar? No, vomitas y listo. ¿Deberías pensar que es el gran Zeus que se ha enfadado contigo? ¡Pero no! Zeus ni siquiera se entera que esta noche has vomitado. ¿Y sabe que hace un momento ustedes me han condenado a muerte? No es seguro…

 

DIKASTAÍ. —¿Entonces?

 

SÓCRATES. —Entonces si debo morir moriré, pero decido yo cómo vivir hasta ese día, ¿entendido?

 

(Mientras tanto los diskastaí continúan desalojando el lugar, el grammateús se dedica a terminar el acta del juicio y los hypogrammateîs se ocupan de las pséphoi, las cestas y el reloj de arena. Mientras tanto:)

 

DIKASTAÍ. —¿Y después?

 

SÓCRATES. —¡Qué pregunta! ¿Tú sabes cómo es después? Es como cuando vamos a la guerra y no sabes qué te sucederá, si lograrás regresar vivo o si morirás en el campo de batalla. ¿Piensas que lo sabes al momento de partir? No, lo descubres al final.

 

FEDÓN. —(molesto) Sócrates, explícame, hazme comprender algo a mí también.

 

CRITÓN. —Amigos míos, este no es momento de discutir sobre esto. Aquí hay que ver el modo de salvarle la vida a este imprudente amigo nuestro. Porque, por el perro (como dice él), podría haber sido más prudente. ¡Todo lo contrario, se pone a provocar a Ánito!

 

SÓCRATES. —Escucha, Critón. Cuando se parte a la guerra, todos saben que algunos no regresarán vivos a sus casas. Y sin embargo se parte, y nosotros hoplitas tal vez no cantamos en voz alta aquella especie de canto de guerra llamado peán, aunque lo sabemos…


  1. Moneda griega de plata [N. de T.].


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