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Escena II

(Ahora estamos en la lujosa casa de Critón)

 

CRITÓN. —Bah, yo tendría una solución, lo saben.

 

ADIMANTO. —Pero sí, es como dices tú, Critón, hay poco para elegir. Ya nos hizo quedar mal, como buenos para nada.

 

APOLODORO. —¿En qué sentido?

 

ADIMANTO. —¿No lo entiendes? Haciéndose condenar delante de todos nosotros. Eso yo no se lo perdono. Apolodoro, ¿te parece que nosotros tuvimos que quedarnos allí para ver a Ánito conducir el juicio y no hacer nada de nada porque Sócrates no quería? ¿Te parece que a los ojos de aquellos quinientos dikastaí alborotados nosotros no contamos en absoluto? Yo no lo soporto, y no creo ser el único.

 

APOLODORO. —Es cierto que él se complicó la vida solo. ¿Recuerdas lo que dijo al final? Él decide si gritar o llorar porque ha sido condenado a muerte. ¿Y qué creen que decidirá ahora sobre el exilio? Nosotros podemos insistir cuanto queramos, pero él con esa cabeza dura que tiene…

 

CRITÓN. —Ah, pero yo intentaré meterle la idea a la fuerza. ¡Yo soy más cabeza dura que él!

 

APOLODORO. —¡Pero por Heracles! Ahora voy a la prisión y levanto la voz.

 

ADIMANTO. —Entonces no lo conocen. Empeorarían la situación.

 

PLATÓN. —Miren que mi hermano ha entendido bien la situación. Adimanto (y no solo él) sabe bien como razona nuestro Mentor. Me gustaría equivocarme, pero para mí él no querrá escapar de la prisión. Y yo ya me siento mal por eso.

 

ADIMANTO. —Hermanito mío, ¿Pero entonces qué podemos hacer para convencerlo?

 

PLATÓN. —Hermano mayor, sabes cómo es Sócrates. Él está hecho a la medida para desalentarnos. Si le decimos que esta vez nos ha hecho pasar por buenos para nada es capaz de decir que no debemos ser esclavos de la gente que vocifera. Mientras tanto fue la gente que vocifera la que ganó: la gente terminó condenándolo, incluso a muerte. Pero, ¿te das cuenta que incluso después de la segunda votación él estaba con muchas ganas de desafiar a Ánito? Parece templado y dócil pero es un guerrero. Quizás un guerrero de las palabras, las sabe usar como si fuesen armas. Y no deja nunca de usarlas, por desgracia.

 

CRITÓN. —(bufando) Pero si lo pensamos así, ¿qué ganamos? Escuchen, amigos, yo los hice venir para hacer algo, no para hablar de cómo es nuestro amigo. Yo digo que él es como es, pero nosotros somos distintos y nos avergonzamos por cómo han ido las cosas hasta ahora. Las cosas van como quieres que vayan, pero nosotros contamos para algo y yo no quiero llegar de ninguna manera a la terrible cicuta.

 

APOLODORO. —Y hasta ahora estamos de acuerdo. ¡Faltaría más! Pero ¿qué se puede hacer?

 

CRITÓN. —Querido Apolodoro, ¿imaginas por qué los he mandado a llamar?

 

APOLODORO. —Bueno, sí, pero solo a grandes rasgos.

 

CRITÓN. —Comprendo, querido Apolodoro. Esto es algo que se debe organizar con cuidado, pero muy, muy rápidamente, de hecho… (solemne) ustedes están aquí porque hay novedades, ¡y qué novedades!

 

TODOS. —¿Cuáles?

 

CRITÓN. —Hoy estaba comiendo y llegó uno de mis jóvenes, el que había enviado al Cabo de Sunión. Bien, esta mañana él ha visto una nave a la distancia y está seguro de haberla reconocido. Por lo tanto la nave sagrada llega al Pireo mañana por la mañana. ¿Entendido? (algunos oh) Por eso están aquí. Y debemos llegar rápidamente a una conclusión y decidir qué haremos entre esta noche y mañana por la noche. ¿Entendido? Aquí tenemos que apurarnos y tenemos que ser concretos, ponernos de acuerdo y decidir. Sobre todo porque el mendigo llegará pronto.

 

PLATÓN. —(mostrando malestar) ¿Quién? ¿Esquines?

 

CRITÓN. —Claro, querido Platón. ¿Podía dejarlo afuera? No obstante le he hecho saber que nos íbamos a reunir más tarde porque tú y Apolodoro tenían a los albañiles en casa (realmente te hacen un pozo nuevo, pero en el campo, por lo que no están trabajando dentro de tu casa, ¿verdad?) y antes de venir aquí tenían que ir a mirar algunas cosas, decidir y dar órdenes a los albañiles. Ya sabes, cuando llega el mendigo ya no se puede razonar como es necesario, hablar de lo que se puede hacer y tomar una decisión. Por Heracles, eso ustedes lo saben, ¿no? Tenemos suerte si, con la preocupación y el nerviosismo que reinan ahí fuera, algún otro de los nuestros no se nos une por su propia iniciativa.

 

PLATÓN. —Claro, Critón, tienes razón. Continúa.

 

APOLODORO. —Y ni hablar de que tenía ganas de decir unas cuantas cosas sobre ese Ánito de tal modo que ni siquiera él hubiera querido llegar a la pena de muerte, pero está bien, entiendo que no es el momento. Así que pensemos en lo que se puede hacer. Tesalia, ¿verdad? Querido Critón, ¿cómo piensas hacer con los de Tesalia? ¿Vas a poder involucrarlos? Porque creo que esta es la esencia de tu plan.

 

CRITÓN. —Exactamente. Con ellos intercambiamos favores durante diez años o más y nunca nos peleamos. Ellos envían aquí el trigo, yo lo compro y lo revendo. Y tal vez no sepas que desde hace unos años se lo compro todo. Aquí casi siempre hay alguien que quiera un poco más.

 

APOLODORO. —Ah, ya veo. Entonces si les dices: “por favor, él es como un hermano para mí”, ¿estás seguro de que lo tratarán con consideración?

 

CRITÓN. —Exactamente, Apolodoro, eso es lo que espero de ellos. Y puedo confiar, puedo contar con eso. Sin embargo, también conozco a los de la nave, mejor dicho, a los de las naves que traen el trigo al puerto del Pireo, y me informaron que una de esas naves zarpará dentro de unos días para dirigirse a Yolco (saben dónde queda Yolco, ¿verdad?), de hecho, ya han comenzado a cargar las ánforas de aceite y no sé qué otros artículos de lujo.

 

APOLODORO. —Es la oportunidad perfecta entonces. Entre los productos que se exportan a Tesalia esta vez estará también nuestro Sócrates. Y todavía no les mencioné que mi hermano conoce muy bien al jefe de los Once, incluso le ha hecho algunos favores. Así que le he dicho que esté listo para hablar con él y ya fue a decirle que, si decidimos organizar el exilio, necesitaremos imperiosamente de su colaboración. Ahora vuelvo a hablar con mi hermano para que podamos entrar en acción. De solo pensarlo me siento aliviado.

 

ADIMANTO. —¿Y nosotros no? Por supuesto, también contribuiremos al regalo que le haremos a este jefe de los Once.

 

CRITÓN. —No cambiemos de tema. En resumen, ¿qué les parece esta idea de llevarlo a Tesalia? ¿Seguimos así? ¿A ti qué te parece, Platón?

 

PLATÓN. —(inquieto mientras camina de aquí para allá) Entonces supongamos: la nave está lista, los Once están un poco distraídos por la orden de este amigo del hermano de Apolodoro, vamos a buscar a Sócrates y, una vez que estamos allí, le pedimos que salga de la cárcel con nosotros y lo hace porque nos tiene confianza… ¿y luego? Y luego lo tomamos del brazo, lo hacemos dar treinta pasos casi corriendo y, por la fuerza tal vez, lo hacemos subir al carro que nos llevará al Pireo, y tal vez llega al Pireo. Pero ¿a ustedes les parece que luego se bajará del carro y dócilmente subirá solo a la nave y encima permanecerá bien oculto hasta que la nave zarpe? Yo no. No me lo puedo creer. Otro sí, pero Sócrates no. Sócrates está demasiado acostumbrado a hacer lo que piensa. ¿Acaso te escuchó alguna vez? ¿Acaso alguna vez te dio realmente la razón?

 

CRITÓN. —¡Qué problema! Vamos, piensen y encontremos una solución efectiva.

 

APOLODORO. —Entonces hay que explicarle muy, pero muy bien lo que queremos que haga.

 

CRITÓN. —Claro… No hay nada más difícil que convencer a alguien como él. ¿No escuchaste lo que dijo Platón hace un momento?

 

SIRVIENTE. —(a Critón, en voz baja) Llegó Esquines, ¿qué hago?

 

CRITÓN. —Sí, sí, puede entrar, que venga.

 

ESQUINES. —Hola, ilustres atenienses (Saludos). Querido Critón, ¿está bien si mi media mina te la traigo mañana?

 

CRITÓN. —(sonriendo) ¿Media mina, Esquines? ¿Y por qué?

 

ESQUINES. —Bueno, no les diste a los arcontes las treinta minas… Oh, ¡qué lío estoy haciendo! (por un momento todos sonríen).

 

CRITÓN. —(severo) Olvídalo, Esquines. Y sigamos con nuestro razonamiento. Tenemos que lograrlo cueste lo que cueste, por Heracles. Con la huida a Tesalia están de acuerdo, ¿verdad? Bueno, si estamos de acuerdo en esto, entonces…

 

ESQUINES. —¿A Tesalia? Háganme entender algo a mí también, por favor, aunque la historia de la media mina haya estado fuera de lugar, lo admito. Pero ya saben, estos días uno ya no está en sus cabales, ¿no les pasa a ustedes?

 

APOLODORO. —Ahora te explico. Critón, ya sabes, comercia con granos, ¿y sabes de dónde viene su trigo? ¿De…?

 

ESQUINES. —¿De Tesalia?

 

APOLODORO. —Muy bien, y eso significa que allí hay gente que él conoce bien, gente amiga…

 

ESQUINES. —Pero ¿sabes que pasé un momento por su casa?, ¿y sabes qué? Jantipa me mencionó justamente Tesalia. Pero yo no me atreví a preguntarle por qué hablaba justamente de Tes…



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