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Prólogo

Hace unos 2400 años los momentos finales de la vida de Sócrates sellaban un destino que perdura hasta hoy. Convenciendo a Sócrates da cuenta de estos últimos momentos. Livio Rossetti nos regala esta obra de teatro que funde la ficción y la historia, permitiéndonos recrear la intimidad en la cual Sócrates afronta imperturbablemente su final, mientras sus allegados intentan convencerlo de escapar. Esta teatralización se plasma con la maestría que caracteriza al autor, quien logra despertar la emoción y la angustia de un desenlace anticipado, un desenlace conocido, pero nuevo. Así, como en las tragedias griegas del período, donde los espectadores conocían los mitos representados, pero el tragediógrafo recreaba su versión, Livio recrea su propia versión de la historia y nos permite presenciarla una vez más y desde una óptica diferente.

¿Cómo se logra esto con una historia ya conocida? Se logra en el modo en que la historia se cuenta, en cómo es representada y retratada, de forma tal que recuerda lo viejo conocido, pero despierta la expectativa de aquello que sucederá en breve, y que tal vez se corresponde solo parcialmente con lo que todos saben. De allí el suspenso con el cual se construye un hermoso relato en el que esperamos que Sócrates escape de su suerte. Y puede que haya algo de esto, me permito señalar. El autor no se adentra en los momentos finales donde la cicuta se encuentra con el cuerpo de Sócrates, quizás por el hecho de que, insisto, el desenlace es conocido. Pero el final de la obra nos deja en suspenso, a la espera de algo que no es representado, como si todavía no fuera el momento. Tal vez esto sea el símbolo de un Sócrates que nunca muere.

La presente obra se estructura en tres escenas. La primera refiere al proceso judicial llevado a cabo en contra de Sócrates, quien acusado de impiedad (asébeia) y de corromper a la juventud por parte de Meleto, Ánito y Licón es condenado a muerte. Livio representa la parte final del juicio, cuando Sócrates debe finalizar su deposición y escuchar el veredicto. A partir de esta representación, se ponen de manifiesto las estructuras que un proceso judicial de estas características debe tener: la modalidad de la votación, la forma de proceder ante una acusación de este tipo, las funciones de los protagonistas –los dikastaí, los grammateís, los hypogrammateîs–, los elementos con los cuales se vota y se señala si el voto es positivo o negativo (pséphoi). Todo esto se detalla con precisión y rigor históricos, de forma tal que se le enseña al lector cómo los atenienses juzgaban a sus conciudadanos. Esta conjugación de ficción y fidelidad histórica, que tiene su testimonio en el apéndice final y que permite al lector situar contextualmente los acontecimientos, recorre toda la obra, evidenciando la sutileza que solo alguien con la experiencia de Livio puede construir de forma tan natural. Así, el autor fusiona en modo magistral estos componentes, dando cuenta de la síntesis filosófica y literaria que se pone en juego y permitiendo al lector disfrutar, asombrarse y aprender en un solo ejercicio de lectura.

Antes de finalizar esta primera escena hay otros dos elementos destacables. En primer lugar, luego de ser condenado a muerte, Sócrates intenta ridiculizar a sus acusadores, particularmente a Ánito, ya que nuestro protagonista lo ve como aquel que decide la condena. En efecto, resulta plausible considerar que el cargo nace por una disputa personal entre Sócrates y Ánito respecto de la educación del hijo de este último. Según Sócrates, este curtidor (personaje que cobró protagonismo político al final del siglo V, llegando a ser uno de las personas más influyentes de la ciudad) no sabe educar a su hijo en tanto quiere obligarlo a dedicarse a la curtiembre. Livio deja en claro esta disputa haciendo alusión al hecho, un detalle no menor que el autor no pierde de vista al tener en cuenta el origen de las acusaciones.

En segundo lugar, al burlarse de sus acusadores, alguien le cuestiona a Sócrates cómo puede estar tan tranquilo. Sócrates responde: “Llevo una vida entera ejercitando el control de mí mismo, de decidir yo cómo quiero ser y que cosa quiero hacer. Y de hecho, no me gusta la típica historia, según la cual si uno se equivoca es porque los dioses se han entrometido. Así que si tuviese que llorar, lloraría por iniciativa propia, y esto querría decir que he decidido llorar”. Aquí, el autor muestra dos elementos claves que constituyen la actitud socrática: 1) el autodominio (enkráteia) característico de Sócrates, eje principal a partir del cual se articula la virtud, y 2) la aparición de un giro antropológico: ya no intervienen los dioses, como podía ser entendido en la épica o la tragedia, sino que ahora, la actitud del hombre depende enteramente de sí, con independencia de las injerencias divinas. Sócrates decide cómo vivir. Así, Livio condensa en este pasaje dos elementos éticos centrales encarnados en Sócrates, paradigma de dicho giro antropológico.

La segunda escena, que oficia de transición entre el juicio y la tercera y última escena, transcurre en la casa de Critón donde Apolodoro, Adimanto, Platón y otros socráticos discuten sobre la posibilidad de convencer a Sócrates de exiliarse. Aquello que resuena de esta escena son las breves, pero influyentes intervenciones de Platón, quien, junto con Adimanto, son los únicos que están al tanto de la dificultad de convencer a Sócrates de tamaña empresa. Livio parece poner de manifiesto que es el discípulo más famoso de Sócrates, y su hermano, los que no olvidan la dificultad de ser adversarios de su maestro en el plano discursivo. Y es que, precisamente, Sócrates domina la palabra de modo tal que convencerlo de hacer lo que no quiere resulta imposible. Incluso, Platón indica que “Sócrates está demasiado acostumbrado a hacer lo que piensa. ¿Acaso te escuchó alguna vez? ¿Acaso alguna vez te dio realmente la razón?”. Con este punto se interrelacionan tres aspectos específicos: el discurso, el pensamiento y la acción. Es así que Sócrates es un hombre que dice y hace lo que piensa, evidenciando la dificultad de poder convencer a alguien que es fiel a sus creencias de actuar en contra de ellas.

La conversación se ve interrumpida por la llegada de Esquines, el casi-mendigo, quien, confundido, ofrece media mina para pagar el antitímema. Discípulo de nuestro protagonista, el sobrenombre surge por la pobreza extrema en la cual vivía. Esta irrupción resulta importante ya que en la tercera escena Livio vuelve sobre la referencia a la pobreza de este socrático. Esquines, en uno de los encuentros con Sócrates tiempo atrás, habría dicho: “Sócrates, todos llegan trayéndote grandes regalos y yo no. Entonces lo he pensado y he llegado a esta conclusión: visto que no tengo nada que pueda darte, me entrego yo mismo, acepto volverme tu siervo”. A lo cual Sócrates responde: “¿Pero te das cuenta de que precisamente tú me estás haciendo el más grande de los regalos?”. Livio recupera este punto para destacar un elemento capital en las consideraciones socráticas sobre la riqueza, mostrándolo como testimonio del desinterés de Sócrates por las cosas materiales.

La tercera escena transcurre en la prisión y representa el intento de convencer a Sócrates, el fracaso de dicha empresa y un intercambio dialógico donde se presenta la posición socrática ante la muerte y la inmortalidad del alma. Luego de que Critón falle en convencer a Sócrates y de la aparición de Apolodoro y Fedón en escena, quienes comprenden que la situación se encuentra prácticamente zanjada, Sócrates adopta un tono solemne y aparece por primera vez una breve alusión al alma y su supervivencia al cuerpo. En efecto, para el protagonista de la obra, si existe un inframundo, entonces una parte de nosotros irá hacia allí y será reconocida como tal. Claro está, una parte, no el todo, una sombra. Esto nos permite vislumbrar que algo es dejado atrás después de la muerte y algo pervive.

A partir de aquí, Fedón da inicio a las consideraciones sobre el Hades cuando dice estar: “convencido de que el Hades existe, que los dioses existen y que… que algo sucede cuando uno muere, no es que uno simplemente muere y basta”. Sócrates adhiere a la idea de Fedón e indica que “cuando uno muere, el cuerpo se apaga, pero quizás el alma, la psyché no…”. Aquí Livio retoma y amplía el indicio proporcionado antes y se da inicio a la parte constructiva de la posición socrática: sobrevive una parte, no el todo, el alma, no el cuerpo.

Sócrates continúa explicando que el alma sobrevive al cuerpo y que resulta constitutivamente diferente de este. Con la asistencia del hombre de la cicuta, ya que él posee el saber sobre cómo se muere y sobre los momentos finales, comienza a tomar forma esta idea. No siempre sucede del mismo modo, sino que “después de beber un poco, los pies no se sienten más y luego no se sienten tampoco las rodillas”. Así, Sócrates puede señalar que el alma sale del cuerpo, lo va abandonando comenzando por lo pies. Si este es el caso, quiere decir que el alma sobrevive, dejando el cuerpo de a poco.

En segundo lugar, se indica que el alma comanda y decide y el cuerpo espera las órdenes. Al escuchar esto, Fedón responde que entonces ellos no disfrutan la compañía del cuerpo de Sócrates, puesto que Sócrates es otra cosa, no su materialidad, sino su alma, reforzando la idea de que algo muere y algo no, y si lo que muere es el cuerpo, entonces Sócrates no es el “pellejo” allí presente. De este modo, se concluye con una idea que retoma lo dicho al principio. El alma es distinta del cuerpo, mueve al cuerpo para que hable, cante, esculpa, genera el movimiento de la mano del escultor y decide el modelo. El cuerpo no sabe, no conoce: “¿nuestro cuerpo qué sabe de Homero o de la luna? ¿Sabe que hay una luna? (…) En cambio, el alma en cierto sentido gira alrededor del cuerpo, habla con las otras almas (…) establece una ley, o enseña al cuerpo a escribir”. Así, cuerpo y alma no son lo mismo, no funcionan de la misma manera y, por lo tanto, es lícito pensar que, siendo diferentes, el cuerpo muere, pero el alma no perece.

Cabe destacar que la exposición socrática se desarrolla con múltiples interrupciones ya que, de a momentos, todavía intentan convencer al protagonista de exiliarse. En este contexto, no resulta una coincidencia que Fedón sea el interlocutor que asiste en mayor medida a Sócrates e incita al resto a permanecer callados y escuchar lo que el maestro tiene para decir, recuperando el desarrollo de la conversación en numerosas ocasiones. Y es que en Convenciendo, el oriundo de Elis representa una posición antropológica que tiene relación con la planteada por Sócrates respecto de la inmortalidad del alma y las consideraciones sobre el cuerpo. En esta línea, se puede inferir el interés de Fedón de escuchar la exposición socrática sin interrupciones.

La maestría con que Livio plasma estas ideas no solo es el resultado de una escritura refinada y sutil, sino también de la trayectoria del autor, quien ha sabido revalorizar los estudios socráticos, en especial, la figura de Sócrates y el fenómeno del diálogo socrático.  Esto se reconoce en los matices dados a la actitud de un Sócrates testarudo que rechaza traicionar sus convicciones, con notas de ironía y un toque de humor, con seriedad y con intercambios y respuestas que uno encuentra extrañamente familiares con grata sorpresa. Esta tarea no resulta fácil, ya que Sócrates es una figura polifacética y compleja. Testimonio de esto son las múltiples versiones de él que nos transmiten los diálogos socráticos. Así, haciendo lo mismo que los socráticos, Livio nos presenta su versión de Sócrates, su versión de un pequeño, pero eterno momento de la historia, en lo que puede definirse como un diálogo socrático del siglo XXI. De modo que, la familiaridad con la cual nuestro protagonista se nos revela da testimonio de la habilidad de Livio de representarlo como lo imaginamos, con todos los matices que hacen de Sócrates una figura fascinante e inolvidable.

La prueba de la inmortalidad se plasma en esta obra, dándole la razón a la “testarudez” de Sócrates, quien se niega a evadir la cicuta y perecer. Desaparecer físicamente no implica la desaparición completa para el padre totémico de la filosofía. Convencer a Sócrates de lo contrario sería convencerlo de perder su destino. Como el autor señala, Sócrates sabe vivir mejor que el tiempo de vida física que podría ganar evadiendo la cicuta. Y en efecto, Sócrates sabe vivir mejor. Prueba de esto es la inmortalidad que efectivamente ha logrado, puesto que hoy, 2400 años después, sigue vivo y tiene, como siempre, algo más para decirnos.

 

Alejandro Mauro Gutiérrez

Diciembre de 2020

Ciudad Autónoma de Buenos Aires



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