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Escena III

(Ahora estamos en la prisión a la mañana temprano, con Sócrates dormido. Todavía está oscuro)

 

CRITÓN. —(con énfasis) ¡Divino Apolo, ayúdame, inspíralo!

 

(Mientras tanto, el personal de la prisión pasa sin hacer mucho ruido y se lo oye hablar a lo lejos)

 

SÓCRATES. —¿Y tú qué haces aquí?

 

CRITÓN. —Bueno, tú estás aquí…

 

SÓCRATES. —Pero es muy temprano, todavía está bastante oscuro…

 

CRITÓN. —Definitivamente eres un hombre extraño, Sócrates. Sabes que el día de tu muerte podría avecinarse pronto, ¡y aun así logras dormir! Pero hoy no es un día cualquiera. No, en absoluto, y yo no he dormido. Si llegué aquí mucho más temprano de lo habitual, tanto que todavía era noche cerrada y no había ni siquiera un poco de luz como ahora, es por eso.

 

SÓCRATES. —Pero por el perro, ¿qué está pasando?

 

CRITÓN. —Ayer la nave de Delos fue vista en el Cabo de Sunión. Quiere decir que llegará al Pireo esta mañana y mañana tú…

 

SÓCRATES. —…para mí mañana es el final. Quieres decir eso, ¿no? Pero por el perro, ¿sabes o no sabes que todos vamos a morir? Te sucederá a ti también. (Enfático) Y lo importante no es que se muere, sino cómo se vive.

 

CRITÓN. —Pero Sócrates querido mío, ¿cómo puedes pensar así? ¡Yo me vuelvo loco! Para mí, la idea de lo que podría suceder mañana es desde hace días una pena insoportable. No solo para mí, para todos los que te conocemos y pasamos tanto tiempo contigo hablando e incluso bromeando a veces. Y por eso tratamos de ver cuál sería la mejor manera de evitar esto que para todos nosotros sería una desgracia y una vergüenza totalmente insoportables. Es la razón por la que estoy aquí, porque nosotros, tus fieles amigos, sabemos lo que hay que hacer. Y vine a decírtelo en nombre de todo el grupo. Escúchame atentamente.

 

SÓCRATES. —¿Ustedes decidieron qué debo hacer yo ahora?

 

CRITÓN. —Pues sí, escucha. Ya sabes que yo compro el trigo de Tesalia y que muchas naves me lo traen al Pireo. Eso significa que en Tesalia tengo amigos fieles. Es decir, si les digo “Ahora vendrá a vivir con ustedes y será su huésped por un tiempo Sócrates de Sofronisco, que es como un hermano para mí”, ellos estarán dispuestos, totalmente dispuestos a recibirte de la mejor manera posible. Ya sabes que estuve dos veces en la casa de Teomnesto y que Teomnesto fue mi huésped aquí en Atenas. Él sabe un poco quién es Sócrates y también tú lo conociste cuando vino a Atenas hace dos o tres años, ¿recuerdas?

 

SÓCRATES. —Sí, tal vez, pero no recuerdo muy bien…

 

CRITÓN. —No importa. Tú sales de la prisión con nuestra ayuda, vas al Pireo, te embarcas y te vas a vivir a Tesalia. Serás huésped de Teomnesto y más adelante enviaremos a Jantipa y a tus hijos a reunirse contigo en Tesalia. Por supuesto yo también iré a verte y quizás vayamos en grupo.

 

SÓCRATES. —¡Pero tú estás loco! Homero diría: “Pobre Euriclea, los dioses te han hecho perder el juicio”.

 

CRITÓN. —No, no, Sócrates, espera, quiero explicarte todo con calma. Ahora soy yo el que quiere mantener la calma. Necesito un poco de tranquilidad, de lo contrario me confundo y ni siquiera logro explicarte. Y habla en voz baja.

 

SÓCRATES. —¡Encima tengo que hablar en voz baja!

 

CRITÓN. —¡Por supuesto! ¿Acaso no hay otros prisioneros aquí? Los habrás visto en todo este tiempo.

 

SÓCRATES. —Claro, porque a Tesalia me mandarán solo a mí, a ellos no…

 

CRITÓN. —Sócrates, eres terrible. Hablar contigo es dificilísimo, más difícil que con cualquier otro. Uno trata de resolver un problema difícil y grave, más bien un problema terrible y espantoso, y tú, en lugar de colaborar, ¡buscas distracciones! Pero, ¿no comprendes que se trata de salvarte el pellejo? ¿Al menos eso lo entendiste, por Heracles? Ahora escúchame y no digas nada, es mejor. (Sócrates intenta decir algo) Mantén la boca cerrada un momento, por favor. Totalmente cerrada. (Sócrates hace el gesto) Eso, muy bien.

Ahora estoy confundido. ¡Me confundiste! Bueno, veamos…

Yo puedo contar con Teomnesto de Teofilato, tesalio. Es un buen amigo y, desde el puerto de Yolco, con un buen caballo, se llega a su casa en medio día. Verías ―mejor dicho, verás― que es un lugar realmente hermoso, muy diferente de aquí. También verás cuánto trigo almacena dentro de su casa. (Sócrates finge estar asombrado) En el Pireo está una de las naves que trabaja para él y para mí, y pronto esa nave partirá para regresar a Yolco. No es una bella nave, pero hay un lugar donde puedes sentirte casi cómodo. Por supuesto, tendrás que adaptarte un poco.

 

SÓCRATES. —Mmm. ¿Y para escapar de la cárcel? Es preciso sobornar a los Once, ¿verdad?

 

CRITÓN. —Se encarga Apolodoro. Dijo que de eso se encarga él.

 

SÓCRATES. —(al oído) Ah, ¿Apolodoro es un corruptor de guardias? ¿Para él es normal sobornar guardias?

(Gesto de ira de los dos)

 

CRITÓN. —Pero por Heracles, ¿cómo podemos sacarte de aquí sin ponernos de acuerdo con ellos y en secreto, sin que se filtre algo a los otros prisioneros? ¿Me lo puedes explicar?

 

SÓCRATES. —¡Pues no! Podrías llamar a un heraldo y decirles a todos que mi amigo Apolodoro sobor… (Critón se alarma y le tapa la boca con la mano)

 

CRITÓN. —¡Qué difícil es hablar contigo! ¡Pero qué difícil! ¡Explicarte algo a ti es casi imposible! (Pasa un sirviente. Critón debe bajar la voz) Pero por Heracles, ¿quién generó esta situación? ¿Quién se hizo condenar por los Quinientos? ¿Quién los provocó? (Mirada fulminante) Actuaste de la peor manera y no solo lograste que te condenaran, sino también que te dieran la pena de muerte en la segunda votación, peor imposible.

 

SÓCRATES. —Amigo Critón, yo solo dije las cosas como son. De hecho, no envenené el agua de los pozos, no hundí ningún trirreme, no estrangulé a mi esposa, no pacté con los enemigos de Atenas, y todo esto se los dije claramente a ellos.

 

CRITÓN. —¡Pero por favor! Ahora, después de todo lo que ha pasado, los que te queremos, los que no queremos perderte para siempre, estamos haciendo un gran esfuerzo para llevarte a Tesalia. Sobre todo yo… (Sócrates está a punto de decir algo) Shhh, ¿ahora lo entendiste bien? Mañana temprano. ¿Estás de acuerdo? Porque si no estás de acuerdo, es inútil, todos nuestros preparativos no servirán de nada.

 

SÓCRATES. —¡Pero ustedes están locos! Homero habría dicho: “Pobre Euriclea, los dioses te han hecho perder el juicio”.

 

CRITÓN. —Que no, no estamos locos. Razonamos y buscamos la mejor manera, mejor dicho, la única manera de salvarte y la encontramos. Nosotros somos personas prácticas. Por otro lado, recordarás quién fue el que propuso como antitímema el exilio en lugar de las treinta minas. ¿Recuerdas quién fue?

 

SÓCRATES. —Tú.

 

CRITÓN. —Yo. Veo que tienes buena memoria, tú que de tan buena gana nos haces creer que no logras recordar.

 

SÓCRATES. —Te repito ¡ustedes están locos! Homero diría: “Pobre Euriclea, pobres ustedes, los dioses les han hecho perder el juicio a todos”.

 

CRITÓN. —Sócrates, ya has bromeado demasiado, ya es suficiente. ¿Está bien así? Dime si está bien.

 

SÓCRATES. —No, no está bien, amigo mío. Después de todo, yo tengo una reputación. En Atenas hay quien me odia, pero también hay quien me estima ¿Verdad? Por ejemplo Critón, Esquines, Antemión (incluso él, el pobre primogénito de Ánito), Apolodoro, Lisias, Fedón, Platón… ¿debo continuar?

 

CRITÓN. —¿Y entonces?

 

SÓCRATES. —¿Y toda esa gente me estima porque soy inteligente? ¿Y piensan que, si alguien corrompe a mis carceleros, para mí está bien? ¿Que sin dudas se lo agradeceré?

 

CRITÓN. —(sudando) ¡Ya estoy harto de esto!

 

SÓCRATES. —Pero amigo Critón, ¿Me conoces o no me conoces? ¿Sabes cómo razono o no?

 

CRITÓN. —¡Sí que lo sé! Pero, ¿esta te parece una situación normal? ¿Estamos en el gymnásion para hablar libremente o para beber vino en un bello banquete en mi casa? Basta ya. Trata de entendernos, buscamos la forma de sacarte de aquí. Sería hora de que hagas también tú un pequeño esfuerzo ¡Por Heracles! O, si prefieres, por el perro.

 

SÓCRATES. —Amigo Critón, te repito: ustedes están locos y Homero diría… ¿Debo repetírtelo? ¿Cuántas veces tengo que decirte que yo no soy alguien que escapa a las escondidas? De lo contrario, cuando hablaba con los jueces no hubiera mencionado al pobre Antemión, y ciertamente no hubiera dicho que como pena, según yo, deberían haberme dado incluso un premio, el derecho de ir a comer con los Pritanos todos los días o cuando tenga ganas, y sin pagar. En vez de huir ahora a las escondidas habría podido evitar ser así de audaz, y habría bastado ¿Admites que habría bastado?

 

CRITÓN. —Pero Sócrates, lo dices tú mismo: ¿quién se ha metido en esta situación? ¿Quién se ha empeñado en arriesgarse a morir, para colmo, mañana? ¿Acaso nosotros te hemos animado a hacerte el arrogante? ¡¿Entonces?! Entonces harás lo que te estoy diciendo yo ¿está claro?

 

(Se ha hecho de día)

 

SÓCRATES. —Veamos mi vida entonces. También yo he cometido errores, pero sabes bien que, a ustedes, o a los padres de los jóvenes que venían a pasar el tiempo conmigo, no les he pedido jamás ni siquiera un óbolo. Sabes bien que por un largo tiempo hemos comido todos juntos y una vez me he lamentado porque ustedes, los ricos, no ponían comida en la mesa común, y al pobre Esquines le dio mucha vergüenza que su pan no tenga acompañamiento. Pero tienes la prueba de que si yo lo hubiese pedido, ustedes me habrían dado dinero, y para nada poco ¿Y cuál es la prueba? El hecho de que ustedes los ricos venían cada tanto con grandes regalos, por lo que Jantipa estaba muy contenta, y que un día viendo llegar todos esos regalos, Esquines atinó a decirme, y tu debías estar cuando lo hizo: “Sócrates, todos llegan trayéndote grandes regalos y yo no. Entonces lo he pensado y he llegado a esta conclusión: visto que no tengo nada que pueda darte, me entrego yo mismo, acepto volverme tu siervo”.

 

CRITÓN. —Sí, tú lo abrazaste diciéndole “¿Pero te das cuenta de que precisamente tú me estás haciendo el más grande de los regalos?” Y todos nosotros nos quedamos en silencio, parecía que te habíamos dado cosillas de nada, cosillas de las que había que avergonzase.

 

SÓCRATES. —Esto para decir que no he aceptado pasar ni un solo día con quien me pagaba sólo porque me pagaba bien. Yo no hago las cosas por dinero y menos por conveniencia… hay incluso quien ha venido a decírmelo en la cara, para criticarme ¿Te acuerdas?

 

 

CRITÓN. —¿Quién era? ¿Antifón? No recuerdo bien. Pero no divaguemos. ¿Y por esto has provocado así a los dikastaí?

 

SÓCRATES. —Mira, cuando tuve que hacer un antitímema, todos esperaban un tono suplicante también de mí, incluso de mí. Todos ellos y todos ustedes. Pensando en esto me he enojado. He pensado: a fin de cuentas, si están aquí es a causa de Ánito, o mejor, por su hijo Antemión, que prefería estar conmigo en vez de estar en la fábrica de la familia ocupándose solo de esclavos y pieles apestosas, porque su padre pensaba sólo en compradores. Y un poco también a causa de Critias y de los amigos que yo tenía dentro de los Treinta, es verdad. Pero incluso allí, incluso con Critias, cuando él estaba en la cima del poder y pretendió obligarme a hacer lo que no me parecía justo, nada. Y nos hemos desencontrado para bien, lo recordarás. Yo no he querido saber nada de ir a hacer de sicario y matar al pobre León de Salamina porque me lo había mandado él. Pero, ¿te parece que yo habría ido a matarlo sólo porque Critias había decidido que Sócrates podía servir bien para matar a León en persona? Critias no sabía quién era Sócrates, quién es Sócrates. Y tengo la impresión de que tampoco lo sabes tú. Pero por el perro, ¿es tan difícil saber cómo pienso? Piensa en los otros casos y después pregúntales a estos muros: muros, según ustedes, ¿cómo se comportará Sócrates esta vez? Según ustedes ¿escapará a escondidas y huirá a Tesalia? También los muros te sabrían responder, amigo mío.

 

CRITÓN. —Habla bajo. Escucho voces. Voy a ver. De hecho, no hay necesidad ¿Has notado quién viene?

 

SÓCRATES. —Sí, me parece reconocer la voz de Apolodoro y también quizás aquella un poco dialectal de Fedón. Comprendo, llega el grupo.

 

CRITÓN. —¿Y qué les digo?

 

SÓCRATES. —Que mi respuesta es no. No y basta.

 

(Llegan varias personas. Saludos y miradas interrogativas. Critón está sentado y deprimido)

 

APOLODORO. —Aquí está, Critón más angustiado que Sócrates. Pero, ¿quién es el que mañana por la mañana podría m…? (mirada severa de Critón). Perdón, entiendo que no dije la palabra adecuada.

Sócrates, imagino que sabrás todo…

 

SÓCRATES. —¿Todo? Sé de la nave sagrada que llega. Más bien ¿qué sabes de Jantipa y de mis hijos?

 

OTRO. —Verás que dentro de poco llegan también ellos, junto con Esquines.

 

SÓCRATES. —Ah.

 

APOLODORO. —(dirigido a Critón) Pero Critón, ¿le has explicado lo que haremos esta noche?

 

CRITÓN. —Sócrates, amigo y maestro mío de tantos años, ¿lo intenté o no? La verdad, te lo suplico.

 

SÓCRATES. —¡Pero sí! Este de aquí ha comenzado a hablarme de la fuga, de la nave y de Tesalia, en definitiva, de este embrollo. Todavía era de noche y su voz aún retumba en mis oídos. Ha explicado, insistido, rogado, ordenado, amenazado, repetido… ¡Todo!

 

CRITÓN. —(severo) ¿Y tú?

 

SÓCRATES. —Y yo insistía en que no me he transformado de repente en otro hombre, como cuando quien ha cometido un homicidio va al tribunal y valientemente intenta decir que aquél debe haber sido un momento de locura, quizás debido a los dioses, y que él apenas recuerda aquel momento porque estaba completamente fuera de sí, mientras que ahora es otro, una persona completamente distinta, tranquila y respetuosa de las leyes: “Ándres dikastaí, ¿querrán realmente condenar a una persona de bien que paga los impuestos solo porque una noche, ebrio y momentáneamente desagradable para algún dios, ha matado presa de la desesperación?” ¿No se necesita mucho coraje para mentir de esta manera?

 

OTRO. —¿Y entonces?

 

SÓCRATES. —Entonces lo entiendes bien ¡No!

 

TODOS. —¡Pero Sócrates!

 

SÓCRATES. —Basta. Cambiemos de tema.

 

TODOS. —¿Pero te parece posible? Pero no, claro que no.

 

(Ya estamos en pleno día)

 

SÓCRATES. —(solemne) Pero yo digo, si después voy al Hades, las divinidades infernales, ¿sabrán quién era Sócrates? Mañana, el mes próximo, el año próximo, ustedes aún sabrán quién era Sócrates, ¿verdad? Y si lo sabrán ustedes que son hombres, los dioses lo sabrán incluso mejor que ustedes, si es que existen. Entonces, si existe un inframundo donde yo voy (o donde va una parte de Sócrates) y si, como dicen los poetas, allí se pueden aún reconocer a las personas, entonces los dioses sabrán que la sombra que está llegando es la de Sócrates. Y me tratarán mejor que ciertos personajes despreciables. Como mínimo, ¿o no?

 

FEDÓN. —Sócrates, explícate mejor, hazme entender.

 

SÓCRATES. —¿Según tú debería tener miedo de morir? Dímelo tú, Fedón. Explícame por qué debería tener tanto miedo.

 

FEDÓN. —Pero maestro mío… (murmullos, voces) Ah, llega Esquines. Veamos quién está con él.

 

JANTIPA E HIJOS. —¡Oh, Sócrates! ¡Oh, padre!

 

SÓCRATES. —Estaba construyendo un razonamiento con ellos…

 

JANTIPA. —Pero ¡qué me importan tus razonamientos, infeliz! Dime más bien, ¿partirás para Tesalia esta noche? ¿Partirás?

 

SÓCRATES. —Ahí está, ven, también ella les cree poco… no, no parto.

 

LAMPROCLES, EL HIJO MAYOR. —¿Y ahora qué harás?

 

SÓCRATES. —Hijo mío, esperaré la llegada del encargado, el que llegará con un tazón lleno de cicuta. (hace el gesto de quien revuelve en el tazón la poción mortal) ¿Qué otra cosa puedo hacer?

 

CRITÓN. —Ahí está, ¿ven? Pero cuando comencé a explicarle cosa por cosa no era de día aún. Piensa cuánto tiempo ha pasado, querida Jantipa. No hice otra cosa, pero sin ningún resultado: para él está bien así ¿lo entienden? ¡Para él está bien así! Ridículo.

 

TODOS. —¡Pero si! ¡Es descabellado!

 

(Jantipa pierde el control grita. El hijo mayor intenta abrazarla)

 

SÓCRATES. —(dirigido a Fedón) Te repito la pregunta: ¿Por qué debería tener miedo de morir?

 

JANTIPA. —¡Pero todos le tememos a la muerte! Encuéntrame uno que no tenga terror a la muerte. ¿Escuchaste, Sócrates? Encuentra al menos uno.

 

SÓCRATES. —(dirigido a Fedón) La verdad, Leónidas y los trecientos… díselo tú.

 

FEDÓN. —Bah, ellos en las Termópilas no tuvieron todo este miedo. No sé cómo han hecho, pero así fue.

 

JANTIPA. —¡Qué me importa Leónidas, que además era, sin duda, un rey! Pero en fin, encuentren una solución ustedes, visto que a ustedes los escucha. ¡Y apúrense!

 

CRITÓN. —Kýria, yo he encontrado una solución y he perdido la voz para explicarle a él pero…

 

JANTIPA. —(dirigida a Sócrates) ¡Pero si tienes la posibilidad de irte al exilio, vete al exilio! Es muy simple.

 

SÓCRATES. —Entonces te repito también a ti: si hubiese querido absolutamente obtener una condena leve, podría haber propuesto mi bello antitímema y listo, sin apelar a la cuestión del Pritaneo y sin ponerme a provocar a Ánito.

 

JANTIPA. —¡Mira que sólo un loco habría hecho lo que tú hiciste! ¿Cómo dice Homero? “Pobre Euriclea, los dioses te han hecho perder juicio”. Cuando quieren destruir a un hombre, los dioses lo hacen de modo que se destruya sólo, haciendo una locura. Es lo que sucede, ¿verdad?

 

SÓCRATES. —Pero Jantipa, yo no he envenenado el agua en los pozos, no he estrangulado a mi mujer (que serías tu), no me he comido la carne de mis hijos, no he abierto las puertas de la ciudad a los enemigos…

 

JANTIPA. —¿Pero te parece que este sea el momento de hacer bromas? Oh, pobre de mí… ¡Basta! Esta noche te subirás a la nave, ¿entendido?

 

TODOS. —Sí, Sócrates. Debes hacer eso. No tienes elección.

 

(Sócrates se hace entender con gestos: que Jantipa y los hijos se vayan y vuelvan en todo caso mañana. Pasa algo de tiempo mientras ellos, acariciados por Sócrates, pero deprimidos, aceptan alejarse).

 

ESQUINES. —Pero yo no quiero irme con ellos…

 

CRITÓN. —Licio (un esclavo suyo), acompáñalos tú a casa y haz todo, pero todo lo que te dice kýria Jantipa y después vuelve aquí, ¿entendido?

 

 

FEDÓN. —Sócrates, ¿quieres descansar un poco? Creo que después de todo este tiempo es necesario un poco de reposo.

 

SÓCRATES. —La verdad, no. Ahora retomemos el razonamiento (Critón bosteza). Critón, estás cansado. Podrías recostarte en mi cama y cerrar los ojos un poco.

 

CRITÓN. —¡Pero te parece, Sócrates!

 

APOLODORO. —Sin embargo, maestro mío, algo debe decirse, una explicación nos debes dar ¿Qué decías del Hades?

 

FEDÓN. —Sí, el Hades.

 

ADIMANTO. —¿Pero no sería mejor hablar de lo que debemos hacer esta noche? Para mí… discúlpenme, pero para mí sería mucho, mucho mejor. Debemos ser concr…

 

SÓCRATES. —Entonces, Adimanto: te lo repito y se los repito, yo no estoy de acuerdo, a mí toda esta conjura no me in-te-re-sa. En cualquier caso, si lo consideran necesario, ayuden a escapar a cualquier otro de estos que están aquí…

 

TODOS. —Pero Sócrates, por favor…

 

SÓCRATES. —Entonces, háganme este gran favor. Conmigo no se habla más de Tesalia, de corromper a los Once, etcétera. Nada más. Se los pido por favor. Después de todo, no tenemos tanto tiempo para perder, ¡por el perro! (Silencio prolongado).

 

APOLODORO. —Está bien, hacemos como dices. Pero ¡Qué error!

 

CRITÓN. —Sócrates, querido mío, me gustaría entender una cosa, ¿a quién es que los dioses han quitado su juicio? ¿Quién de nosotros es la nueva Euriclea? Para mí está clarísimo. Los dioses te han quitado el juicio a ti, no a todos nosotros.

 

FEDÓN. —Amigo Critón, trata de entenderlo también tú, nosotros no podemos decidir por él. Has visto, incluso los expertos que preparan los discursos para pronunciar en el tribunal, preparar los preparan, pero después… Toma a Lisias por ejemplo. Él le preparó a Sócrates un bello discurso profesional y de gran efecto, ¿pero recuerdan qué ha dicho nuestro maestro? Lisias, dilo tú.

 

LISIAS. —Pero no, ¿qué necesidad hay? Me siento mal solo de pensarlo.

 

FEDÓN. —Bueno, en resumen no le gustó, era como si Lisias le hubiera propuesto ponerse un buen par de zapatos de mujer con tacos altos. Y tú: “Un par de zapatos como este irán bien para una chica, para una esposa o para una cortesana, no para mí”. Sócrates, ¿no es eso lo que has dicho?

Y les diré otra cosa. Pasemos el tiempo aquí de una manera que le guste. (Todos están más o menos de acuerdo).

Entonces, querido Sócrates, estamos de acuerdo en cambiar de tema, si insistes, aunque lo sentimos inmensamente. Antes hablabas de ser reconocido fácilmente cuando vayas a al Hades, ¿he entendido bien? Vamos, explícate, ya que nunca antes te había oído hablar de esto.

 

SÓCRATES. —(calmado) Amigos míos, extraño, pero ahora me siento mejor, me siento como aliviado. Ahora que ya no insisten más en organizar esta alocada fuga…

 

CRITÓN. —Alocada, ¿verdad? (Mirada rara)


SÓCRATES. —(que hace un gesto) Decía que así me siento mejor. Y ahora que lo recuerdo: cuando todo esto acabe, uno de ustedes debe ir de Antemión, donde se curten las pieles, ir allí y que les digan quién es, ya que de lo contrario no lo reconocerían. Y decirle: “Antemión, debes saber que Sócrates te saluda, él hubiera querido verte en la cárcel días atrás, junto con todos nosotros”. ¿Entendido?

 

ESQUINES. —Yo me ocupo, iré encantado.

 

SÓCRATES. —Mira, Esquines, que eso me importa y mucho. Y de todos modos la idea que me han presentado no la podía digerir, me inquietaba. Así, al ver que no se habla más de Tesalia, ya me siento mejor. Mañana, ¿verdad?

 

CRITÓN. —O como mucho pasado mañana.

 

SÓCRATES. —No importa exactamente cuándo. Un hoplita que está a punto de partir y sabe que tarde o temprano será el encuentro con los enemigos, y no sabe cómo puede terminar, se siente así, y saben bien que yo fui hoplita varias veces… De hecho, no es el caso, porque esta vez lo sabemos con certeza: sabemos que nos toca morir. Esto es seguro, aquí no hay ningún “tal vez”. Pero entonces también está la esperanza…

 

FEDÓN. —Sí, la esperanza. Di, Sócrates, dinos…

 

SÓCRATES. —Bueno, ya lo dije antes, Fedón. Al Cerámico[1] van y nos vamos, nosotros atenienses, ¿verdad? Y lo han visto también ustedes que a veces los familiares escriben más o menos así: “Vive honrado en el Hades, si es que existe”. Y a veces, incluso cuando se pronuncia el discurso sobre los caídos en guerra, algún orador dice una cosa similar: “Estos han sido héroes, y los dioses los honrarán, si existe el Hades”.

 

APOLODORO. —Tal vez no así exactamente, pero…

 

SÓCRATES. —Ya, pero no veo a Platón. ¿No es extraño?

 

CRITÓN. —Me lo ha enviado a decir, tal vez no te diste cuenta. Un siervo suyo ha venido a decirme que esta mañana Platón se sentía muy mal, vomitaba, por lo que no pudo venir. Esperemos que al menos pueda venir mañana.

 

APOLODORO. —Que tipo este Platón. En un momento así, ¿qué hace? Vomita…

 

ADIMANTO. —Bueno, ustedes lo saben, mi hermano es muy sensible…

 

FEDÓN. —Olvídalo. Pero tú, Sócrates, continúa: ¿el Hades existe o no existe? (se sientan casi todos)


SÓCRATES. —¿Tú lo sabes? ¿Tú has ido a ver? ¿Quién de ustedes fue allí?

 

(Miradas)


CRITÓN. —¡Qué pregunta!

 

SÓCRATES. —Entonces Fedón: tú no fuiste a ver, ¿verdad?

 

FEDÓN. —Bueno, no. ¿Cómo podría? Sin embargo…

 

SÓCRATES. —¿Sin embargo?

 

FEDÓN. —Sin embargo estoy convencido de que el Hades existe, que los dioses existen y que… que algo sucede cuando uno muere, no es que uno simplemente muere y basta.

 

SÓCRATES. —Y también yo espero que sea más o menos así. De hecho, ¿sabes, Fedón? Tuve una especie de sueño.

 

TODOS. —Vamos, dinos…

 

SÓCRATES. —Me parecía encontrarme en un lugar sombrío, bajo grandes árboles, y ver pasar a Orfeo y Museo, después a Homero y Hesíodo, luego conocer a Palamedes y a Áyax Telamonio, y luego a Odiseo y a Sísifo, y que todos me saludaban… “Hola Sócrates…”. ¿Sabes qué emocionante ha sido? ¡Después me desperté y allí estaba Critón listo para hablarme, en cambio, de Tesalia! Bueno, el Hades me ha gustado más.

 

ESQUINES. —Pero, perdona, eso fue un sueño.

 

SÓCRATES. —No solo un sueño, sino también una esperanza. Porque verás, cuando uno muere, el cuerpo se apaga, pero quizás el alma, la psyché no…

 

ESQUINES. —Pero, querido Sócrates, ¿tu esperas realmente eso, conocer a Palamedes y a los demás? Vamos, no lo creo.

 

FEDÓN. —¡Pero Esquines, déjalo hablar! Entonces dinos cómo lo ves tú, Sócrates.

 

SÓCRATES. —Decía que tal vez eso sería bello, pero, ¿qué puedo saber yo? Aquel “Vive honrado en el Hades, si es que existe” que leemos sobre las tumbas apiladas en los Cerámicos es muy honesto, ¿no?

 

ESQUINES. —Déjame entender: sabes tanto del Hades como yo, ¿pero el hecho de no saber no te preocupa?

 

SÓCRATES. —Miren, yo… no estoy como en un teatro, no llevo puesta una máscara, les digo puramente y simplemente lo que pienso. Y me parece que tengo ideas confusas, como todos. Sin embargo…

 

ALGUIEN. —¿Sin embargo?

 

SÓCRATES. —Sin embargo me viene a la mente la guerra. Fui a la guerra, como todos. Cuando te encuentras en allí, cuando estás por enfrentarte al enemigo con tus compañeros y tus jefes, te haces fuerte y eres fuerte. Quizás haya alguien que se comporta como un cobarde, pero a aquellos se los mira de reojo y no se les da importancia…

En algún momento empieza la gran carrera y se grita con todo el aliento que tienes, ves a los enemigos corriendo contra ti, piensas en la lucha y solo en la lucha, escudo y espada, ¿no es así? Y luego… Luego se ve quién está herido y quién muerto. Al menos eso me ha pasado a mí. Y ahora estoy tratando de ser un hoplita que va a la pelea, incluso si tengo un poco de miedo. Claro que lo tengo, porque esta vez ya se sabe cómo terminará… O mejor: no se sabe que sucede después. Pero aquí están ustedes, hablamos, y es como cuando nos alineamos y comienza la gran carrera, vamos todos juntos… Pero en resumen, ¿ustedes fueron a la guerra?, ¿sí o no?

 

ALGUNOS. —Sí, y más o menos ha sido así para mí.

Sí, claro, recuerdo bien.

¡Qué preguntas!

 

CRITÓN. —Yo realmente no llegué a la confrontación directa. La única vez que fui a la guerra era como caballero y comandaba un grupo de hoplitas…

 

SÓCRATES. —¿Pero es importante? También los caballeros mueren en batalla. Y de todos modos cuando te encuentras allí, ¿qué haces? ¿Huyes? ¿Te haces desertor?

 

CRITÓN. —Pero por Heracles, ¡todavía se ve bien que tú tienes años de vida por delante! ¿Estás o no estás sano? Entonces, ¿cómo es posible que esta oportunidad no te interese? No morir ahora, permanecer con vida y quizás, dentro de unos años, volver a Atenas…

 

ALGUIEN MÁS. —Claro, años de vida y la posibilidad de retornar. Por lo demás, sabes muy bien que muchas personas han venido a vivir con nosotros y están bien aquí, tanto que no tienen ninguna intención de volver donde nacieron. Como Fedón.

 

FEDÓN. —Sí.

 

APOLODORO. —O como Aristipo, que viene de tan lejos.

 

FEDÓN. —Sí, de Cirene. Él siempre dice que esa es una bella ciudad, un bello territorio, aunque allí hace mucho calor, pero luego…

 

ESQUINES. —Pero no, eso no tiene nada que ver. Sócrates, escúchame por una vez. Piensa que tienes una familia, tienes hijos, y algunos son pequeños, está Jantipa y estamos todos nosotros, incluso aquellos que no están aquí en este momento, todas las personas que te conocen y te buscan. Y Platón, que mientras tanto está encerrado en su casa, vomitando. (Miradas) Es posible que de la nada tu…

 

SÓCRATES. —¡Silencio, Esquines!

 

CRITÓN. —(en voz baja) ¡Finalmente vacila! Bravo Esquines.

 

ESQUINES. —No, déjame decir dos palabras más. Nosotros, ninguno de nosotros es ya un chico, pero aun sentimos la necesidad de encontrarnos contigo, de escuchar lo que nos dices, de estar ahí cuando te decides a hacernos sufrir con tus preguntas que confunden. Si no estuvieras más, ¿cómo haríamos?

 

CRITÓN. —Eso, ¿ves? ¡Al menos la posibilidad de ir a verte en la casa de Teomnesto, en Tesalia!

 

APOLODORO. —Sócrates, dando vueltas, la pregunta se ha convertido en esto: ¿cómo se va a desperdiciar un poco de vida? Porque, lo siento, pero te estás preparando para despreciar una parte importante de tu vida.

 

FEDÓN. —En efecto…

 

SÓCRATES. —(inquieto) ¡Basta! Basta, por el perro. Si Platón estuviera aquí lo habría entendido y te lo habría explicado, estoy seguro. No voy hacia la cicuta pensando en ese pequeño futuro que, bueno o malo, sin la cicuta existiría. Voy allí porque tengo un pasado, porque tengo convicciones y no tengo ninguna intención, de repente, de rogarte que sobornes a los Once, que prepares un carro para la fuga, que pagues al dueño de la nave para tenerme oculto y darme de comer en secreto, y mientras tanto escribir a este tesalio Teodoro…

 

CRITÓN. —No, Teomnesto.

 

SÓCRATES. —…Teomnesto y que todos ustedes guarden en secreto toda la operación. ¡Yo no quiero una cosa así, no la quiero! Yo sé vivir mejor que esto, ¿lo han entendido? Y me gusta seguir viviendo así, mientras pueda, no como lo han pensado ustedes. Critón, sabes que para mí eres como un hermano. Entonces hazme el favor de no hablarme más, nunca más de esta porquería. ¡Basta, basta!

 

TODOS. —Está bien, Sócrates, si eso es lo que quieres.

 

ESQUINES. —¿Y entonces?

 

FEDÓN. —(concentrado) Sí, tu primero habías comenzado a hablar sobre el alma y alguien te interrumpió. ¿Qué querías decir? Algo debes habernos dicho antes, pero si alguien me preguntara “¿Qué decía Sócrates sobre el alma?” no sabría responder. ¿Hablamos nuevamente sobre esto?

(El grupo se calma y está atento)

Vamos, dinos, quizás este sea el momento justo.

 

SÓCRATES. —(acariciándole sus largos cabellos) ¡Querido Fedón! Tengo la impresión de que todos estos hermosos cabellos largos no durarán, que en dos o tres días te los cortaras…

Entonces, el alma. Por supuesto yo ni siquiera sé esto… pero… tengo una idea. Llámenme al hombre de la cicuta, si es que está también esta mañana. Esperemos que esté.

 

TODOS. —¡¿Al hombre de la cicuta?!

 

SÓCRATES. —Sí, y que venga sin la cicuta, aún no ha llegado la nave sagrada.

 

CRITÓN. —¡Y bromea con eso, este de aquí!

(Dirigido al personal de la cárcel) ¿Quién de ustedes entiende de cicuta? El especialista, ¿vino hoy?

 

EL HOMBRE DE LA CICUTA. —Kairé. Yo soy el preparador de la cicuta.

 

CRITÓN. —Kairé. Mira que Sócrates, aquí, quiere hablar contigo que eres el especialista. Extraño, pero lo ha pedido.

 

SÓCRATES. —Amigo ven aquí, siéntate y hazme entender, de hecho, haznos entender. Eres tú quien hace beber la cicuta, ¿verdad? Y me la harás beber también a mí.

 

EL HOMBRE DE LA CICUTA. —(se queda de pie) Lo he hecho muchas veces, no sabría decir cuántas.

 

SÓCRATES. —Y dime, ¿qué sucede? ¿Cómo se muere?

 

CRITÓN Y LOS OTROS. —Pero, Sócrates nuestro… Pero… ¡Vamos!

 

SÓCRATES. —Espera. Veamos qué dice.

 

EL HOMBRE DE LA CICUTA. —No sucede siempre de la misma manera, pero suele comenzar por los pies.

 

FEDÓN. —¿Es decir?

 

EL HOMBRE DE LA CICUTA. —Después de beber un poco, los pies no se sienten más y luego no se sienten tampoco las rodillas.

 

SÓCRATES. —Era lo que había escuchado decir. Y luego las piernas completas, ¿no es cierto?

 

EL HOMBRE DE LA CICUTA. —Sí, Sócrates, pero no sucede siempre así. Quién sabe por qué.

 

SÓCRATES. —Está bien igual, amigo. Ahora ve, vuelve a tu trabajo. (Alivio entre los presentes).

¿Habéis entendido? Parece que el alma sale de a poco del cuerpo, comenzando por los pies y por las piernas. Y si sale así, quiere decir que se encuentra en grado de sobrevivir al cuerpo, ¿no les parece?

 

FEDÓN. —(sorprendido) En efecto… ¿Cómo se te ha ocurrido una idea tan particular?

 

APOLODORO. —Yo lo sé, y deberías recordárselos. A veces, Sócrates, incluso muchas veces, tú has dicho que es necesario tener cuidado del alma mucho más que del cuerpo, de la comida, de los perfumes, de los vestidos y del calzado.  ¿Sería el alma que se desliza fuera del cuerpo y continúa viviendo de otro modo?

 

SÓCRATES. —¡Cómo querría saberlo! Porque, mira, el alma mueve al cuerpo, lo comanda, le dice “ahora corre” y el cuerpo se pone a correr. ¿No es así?

 

FEDÓN. —Sí, al menos así lo parece. Y por lo tanto, dices, ¿el alma comanda, decide, sabe qué hacerle hacer en todo momento?

 

SÓCRATES. —Y esto desde el nacimiento hasta la muerte. El cuerpo en cambio es siempre el que espera las órdenes. ¿Podemos decir esto?

 

FEDÓN. —Bueno, tal vez sí.

 

SÓCRATES. —Tal vez. También Demócrito ha dicho que es, en todo caso, el alma la que tiene la responsabilidad de haber descuidado el cuerpo y haberlo estropeado. Yo, por ejemplo, con este pellejo que llevo conmigo.

 

CRITÓN. —(al margen) Eso es, ves, así él se siente mejor.

 

FEDÓN. —Pero Sócrates, quieres decir que no es la compañía de tu cuerpo con tanto de pellejo (va a tocarle la panza) lo que nos gusta tanto, porque no es este panzón el que da las órdenes. ¿Es el alma quien comanda el cuerpo y le dice “haz esto, haz aquello, y esto no lo hagas”? E incluso ordena que la boca hable, no solo a las piernas les ordena caminar, ¿cierto? Por lo tanto, ¿tu esperanza es que muera el cuerpo, pero no el alma, que el alma se limite a abandonarlo, a irse?

 

SÓCRATES. —¡Qué querido eres!

 

FEDÓN. —¿Es así, entonces?

 

SÓCRATES. —No lo querría decir, porque como no lo sé, pero puedo decir al menos esto, que lo espero, que me gustaría si…

 

FEDÓN. —¡Y claro! ¿A quién no le gustaría tener la certeza de que, de una manera u otra, el alma sobrevive al cuerpo?

 

APOLODORO. —(muy concentrado) Explícate mejor Sócrates. Intentas decir: ¿te gustaría que tu alma, liberada de este pellejo tuyo más bien engorroso, pudiese merodear en el Hades, encontrar a Palamedes y no sé qué otros grandes personajes, y que te saluden…eh? Pero… atención con el pellejo, ya que si te encontrases allí sin el pellejo ¡tal vez no te reconocerían!

SÓCRATES. —Bueno, está bien, Apolodoro, mejor con el pellejo.

 

APOLODORO. —Querido amigo, es verdaderamente una bella esperanza.

 

FEDÓN. —En efecto hay diferencia entre no saber y ni siquiera esperar, o no saber, pero al menos poder esperar. Y aquella historia de los pies que luego de un rato no se sienten más es bella. Nos hace esperar precisamente esto, que el alma no muere, sino que continúa viviendo de alguna otra manera.

 

SÓCRATES. —Admitirás que sería como perder los sentidos y luego despertarse nuevamente, pero con algunas diferencias, de otra manera.

 

APOLODORO. —Pero…

 

SÓCRATES. —¿Pero?

 

APOLODORO. —Pero nada, no importa.

 

SÓCRATES. —¿Y por qué no importa?

 

APOLODORO. —Nada, una idea tonta, una estupidez. Continúa tú. Prefiero escucharte, y también ellos lo prefieren.

 

SÓCRATES. —Apolodoro, si te conozco… Tú me escondes algo importante.

 

APOLODORO. —Pero no, es un pensamiento suelto, qué te preocupa.

 

CRITÓN. —En efecto, ¿a quién no le sucede de tener una idea fastidiosa como para olvidar velozmente? A mí me sucede.

 

SÓCRATES. —Pero, ¡por el perro! Tú presenta tu idea y nosotros… si es una estupidez te lo diremos. Incluso podemos hacer una votación, “¿estupidez sí o no?”, ¿está bien?

 

APOLODORO. —Sócrates nuestro, me avergüenzo de haber abierto la boca en un momento como este.

 

SÓCRATES. —(mientras le empuja el hombro) Ves que es una cosa importante. En fin, ¡habla!

(También el resto insiste)

 

APOLODORO. —Entonces, aclaremos. Yo hablo solamente porque me obligan.

 

ESQUINES. —¡Pero qué nos dirá este!

 

SÓCRATES. —Apolodoro, estamos esperando. Mira bien que todo nuestro razonamiento se ha detenido de repente como resultado de tu “pero”. Entonces dinos: “pero…”

 

APOLODORO. —Sócrates, amigos míos, que quede bien claro que no tengo la culpa si una idea extraña se metió por un momento.

 

CRITÓN. —De acuerdo, Apolodoro: esto está claro para todos, ¿no es cierto?

 

FEDÓN. —Comienzo a pensar que es algo grande.

 

SÓCRATES. —(impaciente) En fin, ¡o hablas o no hablas!

 

APOLODORO. —Bueno, está bien. Pero les advierto, es una estupidez.

 

ESQUINES. —¡Pero cómo la haces larga!

 

APOLODORO. —Bien, en fin. ¿Recuerdan lo que ha dicho el hombre de la cicuta? Que el alma abandona primero los pies, luego las piernas hasta las rodillas, luego continúa hasta la panza y sube…

 

ESQUINES. —No siempre, ha dicho. Esto lo recuerdo bien.

 

APOLODORO. —Bien, en fin, este detalle me ha hecho recordar a las serpientes que pierden la piel. Ahí está, he dicho la estupidez (se cubre la cara)

 

CRITÓN. —En efecto, era mejor, mucho mejor, si te hubieses quedado callado y no decías ningún “pero”.

 

FEDÓN. —¡Qué mal gusto, Apolodoro!

(Todos miran a Sócrates)

 

CRITÓN. —Sócrates nuestro, sabes que Apolodoro a veces no sabe lo que dice.

 

APOLODORO. —Critón tiene razón. ¡Qué vergüenza!

 

FEDÓN. —Sócrates, di algo.

 

SÓCRATES. —Estoy pensando.

 

FEDÓN. —¡Pero vamos! ¿Dirás que no dijo una estupidez?

 

SÓCRATES. —Tal vez sí. La comparación con la serpiente no es muy buena, pero me hace pensar en que nuestro cuerpo, como decía, recibe órdenes del alma. Y cuando el alma no da más órdenes, el cuerpo queda inerte. Por ejemplo, cuando dormimos puede pasar incluso mucho tiempo sin que el alma de órdenes y el cuerpo está quieto, esperando que el alma decida darle nuevas instrucciones, por ejemplo: “¡vamos, ahora date vuelta!”, luego de lo cual el cuerpo se da vuelta.

 

FEDÓN. —No entiendo. ¿A dónde quieres llegar?

 

APOLODORO. —Ya me siento mejor. (Muestra indicios de abrazar a Sócrates)

 

SÓCRATES. —En cambio, cuando uno muere, el alma lo abandona definitivamente y el cuerpo permanece inmóvil y no se altera ni siquiera cuando llegan los gusanos. ¿No es cierto?

 

CRITÓN. —¿Y entonces?

 

SÓCRATES. —Fedón, prueba decir algo.

 

FEDÓN. —Pruebo. ¿Por casualidad quieres decir que cuando uno muere el alma se va, pero permanece viva? ¿Es esto lo que tienes en mente?

 

ESQUINES. —Disculpen, ¿pero algo así no sucede también con los árboles? La manzana cae y el árbol continúa viviendo.

 

SÓCRATES. —Exacto, querido Esquines. Pensaba precisamente en una cosa del género. En el sentido de que, hechas las debidas salvedades, el alma es el árbol y el cuerpo la manzana.

 

FEDÓN. —(dirigido a Sócrates) Pero por favor, Sócrates, ¿de verdad hablas incluso de renacer, que sería como la manzana del año siguiente?

 

SÓCRATES. —Espera, espera. No divaguemos, dejemos de lado árboles y manzanas. Intenten pensar esto, amigos: ¿nuestro cuerpo qué sabe de Homero o de la luna? ¿Sabe que hay una luna? ¿Ve el sol y lo reconoce, es decir, sabe decir que eso es el sol? O, ¿qué sabe de las naves y del puerto de Yolco? Nada. En cambio, el alma en cierto sentido gira alrededor del cuerpo, habla con las otras almas, sabe que existe Yolco, o establece una ley, o enseña al cuerpo a escribir. Pero el cuerpo por sí solo no escribe ni siquiera una alfa si no está el alma que casi le toma la mano y la pone a escribir la letra alfa, o una omicrón con forma de diadema, como si yo tomase tu dedo para hacerte realizar estos signos, con tu mano…

 

FEDÓN. —(lo interrumpe conmovido) Qué cosa grande, ¡Sócrates! Continúa. Amigos míos, ¿se dan cuenta cuánto vale estar todavía aquí con él y escucharlo?

 

SÓCRATES. —¡Callado!… o hacer un retrato, o hacer una estatua… tomemos las manos del gran Fidias. ¿Sus manos sabían qué estaban realizando? ¿La estatua de qué cosa? Sus manos hacían cosas maravillosas, pero solo porque había una gran mente dirigiendo. ¿Y quién miraba el modelo mientras las manos de Fidias continuaban esculpiendo? ¿Tal vez sus ojos? (enfático) ¡Nooo! Su alma eligió el modelo y luego lo miró atentamente, atendiendo a los más pequeños detalles, y luego su alma dirigió la mano en el uso del cincel. Comienzo a pensar que el alma se va del cuerpo y de alguna manera con…

 

FEDÓN. —(inspirado, levantándose y poniéndose de pie de golpe) Pero entonces el alma…

 

APOLODORO. —¡Calla tú!  Sócrates, continúa, te lo ruego.

 

SÓCRATES. —(con especial energía) Bien, si se desprende del cuerpo no muere, si está dentro y fuera del cuerpo –ya sea adentro como afuera– tiene como un ritmo vital distinto, un paso más largo y más…

 

APOLODORO. —(contagiado por Sócrates, salta incluso él) ¡Fantástico! Piensen lo que se pierden aquellos que no están aquí ahora, ¡comenzando por Platón!

 

LOS DEMÁS. —Calla, no lo interrumpas. Shhh.

 

SÓCRATES. —(ahora más lentamente) Decía, por lo tanto, que el alma es muy distinta del cuerpo y debería tener un paso más largo. Como enseña al cuerpo a escribir y hablar, o a cantar y bailar, así le hace hacer las armaduras, el pan, los contratos, los préstamos, las condenas a muerte, la cicuta… ¿El cuerpo sabe qué es la cicuta y para qué sirve? No, la bebe porque alguien se la hace beber y luego comienza a sentirse mal, pero no sabe por qué. Y qué es la guerra de Troya, quiénes son los doce dioses, quién era Pericles, ¿lo sabe? ¿Sabe quién es Jantipa, quién es Platón…? Saquen ustedes las conclusiones: cuerpo y alma no funcionan de la misma manera, todo lo contrario. Es como si pertenecieran a dos razas diferentes, por lo tanto…

 

(Es tarea del director decidir si mientras tanto se apagan las luces, o si se cierra el telón, o si sucede alguna otra cosa).

 

——telón­­——


  1. Antiguo cementerio ateniense [N. de T.].


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