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4 Educar en mares revueltos

La(s) propuesta(s) educativa(s)
de José Vargas Ponce

Sebastián Perrupato[1]

Introducción

La invasión napoleónica a la Península Ibérica, posibilitada por el tratado de Fontainebleau, sumió a la Monarquía Hispánica en una crisis sin precedentes. En medio de este mar embravecido, los intelectuales y políticos tomaron dos direcciones que parecerían diferenciarse fácilmente. Por un lado, quienes defendían la intromisión del Rey extranjero bregando por la modernización política y científica que se pensaba traería consigo. Por otro, quienes solo querían su destierro. Esta última postura había logrado unir en un mismo bando a liberales y absolutistas. En este contexto, muchos intelectuales plantearon la necesidad de reformar la educación desde diferentes ópticas, pero con un objetivo en el que parecían coincidir: la articulación de un sistema de enseñanza.

En este sentido, no es casual encontrar intelectuales y políticos cuyo apoyo fluctuara de un bando a otro. Entre ellos José Vargas Ponce (1760-1821) nos llama la atención[2]. Formado como marino se vio llamado a navegar por las aguas tumultuosas de dos mares que se juntan. El 3 de octubre de 1810 el autor publicó un informe a la Junta de Instrucción pública que había creado José Bonaparte con la intención de “remover los estorbos a la educación pública”. Sin embargo, años después formó parte de la Comisión de Instrucción pública de las Cortes de Cádiz firmando el llamado Informe Quintana en septiembre de 1813 ¿Qué fue lo que ocurrió? ¿Acaso cambiaron los ideales del marino español? ¿Fue diferente la propuesta que José envió a la Junta que la que finalmente presentó Quintana? ¿Cuál era específicamente la propuesta de Vargas? Estas son algunas de las preguntas que se intentan poner en discusión en el presente trabajo.

Para poder dar respuesta a estos interrogantes trabajaremos en un cruce entre las propuestas del ilustrado y su biografía complementado con decretos, censos y periódicos. De este modo, pretendemos un estudio de historia cultural de lo social que permita comprender la(s) propuesta(s) educativa(s) de Vargas Ponce en un contexto complejo tramado a partir de relaciones e intereses personales en los que la cuestión educativa se presenta como una oportunidad para la transformación de la Monarquía.

Algunos apuntes biográficos[3]

Hijo de Tomás de Vargas y Josefa Ponce, José nació en Cádiz en 1760. Sus padres se preocuparon por brindarle una sólida formación destacándose pronto por su dominio en lenguas modernas y matemática. Con solo trece años realizó la traducción del Frances de Las mil y una noches a la que siguió Electra en 1775. Se dedicó a la marina donde sobresalió como un matemático y cartógrafo. A los dieciséis años escribió una crítica al Tratado de Aritmética de Juan Antonio Cañaveras que obligó a su discípulo, Patricio Noble, a responder.

Su afición por las matemáticas lo llevó a profundizar en su estudio y componer varios tratados sobre el tema. Sin embargo, esto no lo alejo de su pasión por la historia que lo llevaría a ostentar un lugar de privilegio en la Real Academia de la Historia. Siendo admitido por primera vez en 1786 fue electo director en 1804 y reelegido en 1814. Desde este lugar fraguó la realización de una obra sobre la historia de la marina y un ambicioso proyecto biográfico de marinos ilustres, obras que nunca llegaron a concluirse.

En 1789 fue aceptado como miembro de la Sociedad Matritense de Amigos del País y de la Academia de Bellas artes, desde donde se ocupará principalmente de los temas relacionados a la instrucción de la juventud. En 1797, llamado por Jovellanos –entonces ministro de Gracia y Justicia–, formó parte de la Junta de Instrucción Pública que elaboró el Reglamento de la escuela de Pajes y cuya misión principal, reformar el Seminario de Nobles de Madrid, nunca llegó a concluirse.

La invasión napoleónica lo sorprendió en Madrid siendo recluido en su domicilio. En este tiempo avanzó en el ordenamiento de sus materiales y publicó dos de sus obras La vida de Don Juan José Navarro e Instrucción pública, único y seguro medio para la prosperidad del estado, que había sido escrito con anterioridad. Esta obra será la que lo llevará a ser parte de la Junta de Instrucción Pública creada por José I desde donde escribió el informe de 1810 cuyas propuestas nunca pudieron llevarse a cabo.

La recuperación de Madrid, por parte del mal llamado bando nacionalista, lo impulsó al cambio de facción. En el nuevo espacio se lo invitó a formar parte de la Comisión de Instrucción Pública que las Cortes crearon en 1813 con el objetivo de diseñar un Plan de Instrucción Pública. En el mismo aparece su rúbrica, junto con otros intelectuales como Ramón Gil de la Cuadra, Martín González de Navas, Diego Clemencín, Eugenio de Tapia y el mismo Manuel Quintana[4]. Como este último la restauración borbónica lo llevó a un confinamiento en Sevilla donde permaneció hasta que con la revolución de Rafael del Riego fue electo diputado hasta su muerte el 6 de febrero de 1821.

Considerado por muchos un fracasado Vargas Ponce fue un político que entendió que la educación podía ser un instrumento de legitimación política y de control. Pero, además, como muchos ilustrados de la época, entendió que la educación era la principal oportunidad para la transformación de la Monarquía.

Instrucción, instrucción pública sea nuestra divisa, la instrucción, la instrucción pública nuestro blanco y nuestro ídolo y nuestra esperanza; haya con ella cabezas y nos sobraran brazos. Lograda todo es llano, todo verdadero y fácil: descuidada y omisa, fluctúa la patria y jamás llegara al puerto de la conveniencia, de la seguridad y de la gloria (En: López Duran, 1997, p. 15)

La propuesta educativa de Vargas Ponce

En mayo de 1786 el Consejo de Estado encargó a una comisión formada por Felipe Ribero, José Vargas Ponce, Jorge del Rio y Lorenzo Cebrián, la redacción de un plan de estudios uniforme para todos los seminarios teniendo en cuenta los de Madrid, Valencia y Vergara[5]. El documento titulado Plan de Gobierno y estudios formado de orden del consejo para los seminarios de educación de la nobleza y gentes acomodadas que se establezcan en capitales de la provincia fue definido por Aguilar Piñal (1988) como “Rabiosamente neoclásico” (p. 459).

Ya en el título llama la atención el avance de la burguesía que consigue ponerse a la altura de la instrucción nobiliaria en un documento oficial. Los seminarios no serían ya exclusivos de esta, sino que estarían –siguiendo el ejemplo de Vergara[6]– conjuntamente a la nobleza y gentes acomodadas (Aguilar piñal, 1980, p. 343).

Este mismo documento había sido atribuido a Jovellanos con una fecha posterior (1798) y fue Ruiz Berrio (1983) quien develó la verdadera autoría. No llama la atención la autoría cambiada, cabe recordar que no fue el único caso. En 1782, luego de ser considerado muerto de un naufragio, su Elogio de Alfonso el Sabio fue puesto en duda por sus contemporáneos. También la crítica que Fernández de Navarrete hizo al poeta Vicente García fue atribuida erróneamente a Vargas quien debido a la amistad con el primero escribió una rectificatoria. Los motivos de estos falsos históricos son varios, pero probablemente sea el desconocimiento de la figura de Vargas Ponce y el anonimato (la mayoría aparece sin rúbrica) de sus obras lo que mayormente haya contribuido a tal fin.

En 1787 escribió Discurso sobre la instrucción pública en la prosperidad del Estado con el fin de participar de un concurso que elaboró la Real Academia Española. Como el concurso se declaró desierto Vargas envió el manuscrito a su maestro Jovellanos esperando sus comentarios. El asturiano se mostró muy crítico con el trabajo (1799), escribiendo entre otras cosas:

Yo he buscado el plan que usted propuso para resolver el programa, y confieso que no lo hallé. Puede estar tan diestramente escondido como el del Espíritu de las leyes, solo desenvuelto en su excelente análisis; pero usted tuvo más destreza que Montesquieu, o yo menos penetración que D’Alambert, o no hay plan en el discurso […] las ideas, aunque buenas y en gran parte sublimes, me parecieron discolocadas y sueltas, no dispuestas en series progresiva ni atadas las primeras con las ultimas por intermedias, no en fin reducidas todas a un punto de unidad (p. 165).

Poco autocrítico Vargas Ponce vio la oportunidad de publicar su obra años más tarde cuando fue convocado por José I para formar parte de la Junta Consultiva de Instrucción Pública. De este modo, en 1808, vio la luz con el título de Instrucción pública único y seguro medio de la prosperidad del Estado.

¿Por qué la Junta avaló y publicó algo que Jovellanos criticó tanto? Evidentemente las ideas de Jovellanos no coincidían del todo con las de la Junta de José I y resultaba lógico que fuera así. Por otro lado, es verdad que las críticas que se le achacan a Vargas Ponce están asociadas al estilo literario, un estilo por demás desprolijo y poco académico. En cualquier caso, José I no dudó en rodearse de ministros ilustrados, entre ellos convocó a Vargas Ponce. Con él llamó a muchos otros ilustrados que formaron parte de la Junta de Instrucción Pública en 1811[7]. También Jovellanos fue invitado, sin embargo, fiel a sus convicciones, rechazó la propuesta.

En 1810 Vargas escribe por pedido del Rey un informe sobre las necesidades educativas de la Monarquía. El mismo recogía gran parte de sus escritos anteriores sobre el tema. El Plan que Jovellanos le reclama en sus cartas aparece más sucintamente en el informe a la junta. En este sentido, ambas producciones deben leerse como un continuum. Evidentemente Vargas encontraba en el gobierno josefino la fama y el reconocimiento que no había tenido antaño.

En este esquema, no parece lógico que luego de esto Vargas Ponce aparezca como autor del Proyecto de decreto para el arreglo general de la enseñanza pública de 1814, que elaboraron las Cortes de Cádiz[8]. ¿Qué paso en el medio? ¿Por qué Vargas avaló proyectos con respaldos políticos diferentes[9]? ¿Qué diferencia efectiva había entre el informe de 1810 y el proyecto de 1814?

Podemos sintetizar el Informe a la Junta de Instrucción Pública de 1810 en los siguientes aspectos:

1º a leer bien; 2º a escribir medianamente; 3º a ejercitar con soltura las cuatro reglas fundamentales de la aritmética; y 4º a que decoren un buen catecismo de la religión que contengan sucintamente lo relativo a los verdaderos dogmas y con alguna extensión lo perteneciente a la moral. Como la moral cristiana bien entendida es ciertamente moral muy social y como el apoyo que le prestan ciertos dogmas religiosos es una sanción que le da grandísima fuerza, por eso debe constituir la mayor parte del catecismo (Vargas Ponce, 1810, p. 305).

El contexto de crisis española condicionaba de algún modo a Vargas Ponce para quien sería necesario establecer una educación técnica, se trataba de educar en las “artes útiles” como ya habían puesto de relevancia otros ilustrados.

El que los niños puedan adquirir en las escuelas primarias una multitud de ideas útiles y exactas sobre agricultura, sobre historia natural, sobre economía rural, sobre artes y sobre comercio, además de aprender bien a leer, a escribir, a contar, y los principios de la Religión y de la moral, nos parece cosa extraordinaria, aun cuando el periodo de la enseñanza sea de cuatro años; porque suponemos que el autor del plan los cuenta desde los cinco a nueve o desde los seis a diez[10].

Sólo por medio de esta educación, España saldría de la crisis en la que se encontraba y podría volver a ser una gran potencia respetada por toda Europa.

Cuando la España era muy rica en la comparación de su actual pobreza tuvimos la locura de querernos poner de golpe al nivel de las primeras naciones de Europa: Carecíamos de muchas fábricas populares y al instante quisimos tener las de lujo: niños labradores y artesanos nadaban por decirlo así, en la ignorancia en la porquería y en la miseria y nos ocupábamos seriamente en formar grandes artistas y multiplicarlos: las cosechas de trigo por quinquenio no eran suficientes para que toda la nación tuviese pan (Vargas Ponce, 1810, p. 305).

Evidentemente Vargas proponía una nueva educación en la que no debía haber “Nada de ociosidad en las nuevas aulas”. Una ociosidad que se identificaba con cierta tradición escolástica que encanaba la mayor parte del clero regular. Por ello, tampoco debía haber “nada que huela a escolástico y recuerde lo que tanto mal originara entorpeciendo el entendimiento español por casi mil años” (Vargas Ponce, 1810, p. 308).

Se trataba de una educación más moderna, pero sobre todo más política. Una educación cívica, una educación para el ciudadano “nacional”, he aquí parte de la modernidad europea, “desengañémonos que sin espíritu nacional nación alguna representa en el teatro del universo el papel a que la destina la Providencia. No hay espíritu nacional sin educación nacional, ni educación nacional si esta no la dirige el Estado” (Vargas Ponce, 1810, p. 311).

El rechazo profeso al escolasticismo no implicaba, en la propuesta de los ilustrados españoles la negación a la formación religiosa. Por el contrario, la propuesta integraba la educación católica en un esquema de educación popular y universal (Perrupato, 2018). Al igual que otros intelectuales del periodo el proyecto de Vargas era la articulación de un sistema educativo acorde a las necesidades de la Monarquía y estas iban de la mano del catolicismo.

Y si a mí me pusieran en la alternativa de elegir para mi patria cien como Seneca o como Newton y Loke, o bien que los diez millones de personas que pueblan supiesen todos su pura religión y leer, escribir y contar, deseando como deseo siempre lo mejor para mi cara y dulce patria, no titubearía un instante en abrazar esto segundo (Vargas Ponce, 1810, p. 311).

El proyecto educativo de 1814

Aunque al principio fue arrestado por no colaborar con los franceses, a medida que transcurrieron los primeros meses de su encierro en Madrid, Vargas comenzó a ver –como muchos ilustrados– en José I la posibilidad de adelantar a España a las luces europeas que parecían apagarse. Sin embargo, los avatares políticos lo obligaron a abandonar el barco antes del desenlace fatídico. Los acontecimientos de 1812 y la liberación de Madrid llevaron al ilustrado a replantear su posicionamiento e incorporarse a la causa “nacional”, lo que lo obligó a trasladarse a Cádiz. Allí formó parte de la Comisión de instrucción que en 1814 firmó el Dictamen sobre el proyecto de decreto de arreglo general de enseñanza pública presentados a las Cortes por su Comisión de Instrucción Pública y mandados imprimir por orden de las mismas.

La articulación de un sistema educativo se volvió una necesidad sobre la que había que trabajar. En este sentido, el plan proponía un modelo centralizado cuya administración económica y gubernativa descansaba en la Dirección General de Estudios. La estructura quedaría dividida en tres una educación universitaria, con una universidad central; Una educación intermedia y una formación primaria que quedaba a cargo de los ayuntamientos, que luego de la disolución de las Juntas habían adquirido una significativa autonomía (Chust, 2008) 2). También las academias se ordenaron en un esfuerzo de sistematización con la creación de una Academia Nacional que fundiría al resto de las academias existentes.

La política educativa de las Cortes fue de algún modo una medida del conjunto, según las necesidades del contexto, que requería el desmantelamiento del Antiguo Régimen. Se intentaba instaurar un nuevo régimen liberal y, para algunos autores, democrático. Las Cortes intentaron que el nuevo Estado mantuviese buenas relaciones con la Iglesia Católica, con el objetivo de evitar conflictos de poder e intereses en materia educativa, dejando abierta la posibilidad de participación de las instituciones religiosas en la educación. Incluso la constitución de 1812 establecía en su artículo 366 la enseñanza de un catecismo mixto que comprendiera la doctrina católica y algunas obligaciones civiles[11].

Evidentemente la propuesta de gobierno josefino difería en torno a cuestiones políticas del de las Cortes, si bien ambos tuvieron un significativo sesgo liberal las diferencias fueron también significativas. Sin embargo, en cuanto a la cuestión educativa tenían mucho en común. Esto fue lo que motivó que intelectuales como Vargas Ponce pudieran transitar de un lugar a otro sin muchos reparos.

Los dos sectores definían su proyecto como continuador de la Ilustración y como respuesta al estado dilemático en que se encontraba la Monarquía. Ambos proyectos se definían como lo herederos de la Revolución francesa buscando favorecer el desarrollo de las nuevas ciencias. También entendían necesaria una enseñanza religiosa en una España católica, aunque avanzaran sobre la secularización estatal. Y es que pensar en una reforma sin tener en cuenta a la Iglesia era inviable en una Monarquía como la española.

El proyecto educativo de 1814 no llegó a implementarse. La vuelta a trono de Fernando VII avanzará en una línea tendiente hacia el fortalecimiento de la “Monarquía absolutista”. La política educativa que habían impulsado los ilustrados no era funcional. Debido a ello autores como Vargas o Quintana entre tantos otros cayeron en desgracia. Un nuevo impulso pareció tomar el proyecto luego de la Revolución de Rafael del Riego, aunque como esta terminó en fracaso.

Algunas reflexiones finales

Si Vargas Ponce hubiera llegado a publicar, o simplemente a concluir, tan solo la mitad de sus trabajos, o si alguna de sus reformas educativas se hubiera aplicado de verdad, sería considerado como una de las figuras de su tiempo (Duran López , 1997, p. 12)

Si bien Vargas nunca se encontró muy a gusto en el gobierno josefino, encontró en este la posibilidad de encarar un proyecto con el que venía soñando. La crisis del gobierno de José I se presentó como la oportunidad para cambiar de bando. La similitud en los proyectos educativos facilitó el traslado donde encontró puntos de contacto con el proyecto de Quintana del que se hizo eco.

Sin dudas, Vargas fue un hombre de su tiempo, preso de las oscilaciones políticas en las que se movió. Su proyecto educativo fue víctima de su personalidad y de la coyuntura política. Sus aspiraciones y proyectos eran tan grandes que casi todos quedaron inconclusos. La falta de realismo, cualidad que el mismo Jovellanos le achaca al gaditano, se tradujo en proyectos ambiciosos que parecían navegar sin un rumbo definido.

Fuertemente formado en la marina, Vargas Ponce logró navegar por los mares tumultuosos de la España bonapartista y salir ileso. Los cambios de rumbo se vieron impulsados por los nuevos vientos cuyo horizonte parecía coincidir, una educación moderna que llevará a la Monarquía a ostentar ese lugar que habría ostentado antaño. Una Monarquía católica y liberal que encausara las aguas hacia la constitución de un sistema educativo integral.

Bibliografía

Abascal Palazón, J. y Cebrián Fernández, R. (2010) José Vargas Ponce (1760-1821) en la Real Academia de la Historia. Madrid, Real Academia de la Historia.

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Boloix Carlos-Roca, R. (1997) “La Marina de la Ilustración y Vargas Ponce” en Boletín del Real Observatorio de la Armada (ROA) 10.

Chust, M. (2008) La eclosión Juntera. Madrid, Fondo de Cultura Económica.

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González González, F. (1999) “Don José de Vargas Ponce, la astronomía, la cartografía náutica y la historia de la Marina”. En: Romero Ferrer, R. y Durán López, F. (Coord.) Había bajado de Saturno: diez calas en la obra de José Vargas Ponce, seguidas de un opúsculo inédito del mismo autor. Oviedo, Universidad de Oviedo, pp. 199-209.

González González, F. J. (1997) “Vargas Ponce: astronomía, cartografía náutica e historia de la Marina” en Boletín del Real Observatorio de la Armada (ROA) 10.

Jovellanos, G. (1799) “Carta a Vargas Ponce”, Gijon, 11de diciembre. En: Negrín Fajardo, O. (Comp.) (2011) Antología de escritos pedagógicos de Gaspar Melchor de Jovellanos, Madrid, UNED, pp. 163- 172.

Juretschke, H. (1962) Los afrancesados en la Guerra de independencia. Su génesis, desarrollo y consecuencias históricas. Madrid, Rial. 1962.

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Perrupato, S. (2018) Ilustración, Educación y Cultura. La Monarquía Hispánica en la segunda mitad del siglo XVIII, Mar del Plata, Eudem.

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Ruiz Berrio, J. (1970) Política escolar de España en el siglo XIX. 1808-1833, CSIC, Madrid, pp. 361-393.

Ruiz Berrio, J. (1983) “El plan de reforma educativa de un afrancesado: el de Manuel José Narganes de Posada”. Historia de la educación: Revista interuniversitaria, núm. 2, pp. 7-18.

San Pío Aladren P. y Zamarrón Moreno, C. (1979) Catálogo de la colección de documentos de Vargas Ponce que posee el Museo Naval, Madrid, Museo Naval, 1979.


  1. Doctor en Educación por la UNR. Doctor y magister en Historia por la UNMdP, Master en historia del mundo Hispánico por la Universidad de Jaume I, Especialista en Docencia universitaria por UNMdP, en Constructivismo y educación por FLACSO y en Educación y TICs por INFD. Jefe de trabajos prácticos Didáctica General, Facultad de Humanidades, UNMdP. Investigador asistente CONICET. Director del proyecto de investigación La cultura escolar en la historia de educación (OCS 5304/21) dependiente de la Secretaría de Investigación de la UNMdP. sperrupato@gmail.com.
  2. La producción académica sobre Vargas Ponce ha sido bastante descuidada recién comienza a tener relevancia en los últimos años. Al respecto se puede consultar: San Pío Aladren y Zamarrón Moreno, 1979; Lazaro Llorente, 1989; Boloix Carlos-Roca, 1997; Durán López, 1997; Espigado Tocino, 1999; Ramos Santana, 1999; Martínez Navarro, 1990; Ravina Martín, 1999; González González, 1997 y 1999; Abascal Palazón, y Cebrián Fernández, 2010.
  3. Para una biografía exhaustiva se puede consultar la obra de Fernando Duran López (1997). La trayectoria del intelectual español se puede seguir en la página de la Real Academia de Historia de España https://dbe.rah.es/biografias/4969/jose-de-vargas-y-ponce.
  4. Dictamen sobre el proyecto de decreto de arreglo general de enseñanza pública presentados a las Cortes por su Comisión de Instrucción Pública y mandados imprimir por orden de las mismas. 7 de marzo de 1814. La vuelta al trono de Fernando VII truncó –nos informa Delgado Criado (1993)– el proyecto que será retomado por el reglamento de 1821.
  5. Plan de Gobierno y estudios formado de orden del consejo para los seminarios de educación de la nobleza y gentes acomodadas que se establezcan en capitales de la provincia. Madrid, Viuda de Marín. 1790. AHN, Consejos, Leg. 1529 (1).
  6. El resto de los seminarios habían sido siempre más elitistas. Recién en 1785 el Seminario de Madrid abrió las puertas a quienes hubiesen logrado la nobleza mediante un privilegio real. Debemos recordar que buena parte de los privilegios nobiliarios concedidos en el siglo XVIII se obtuvieron por compras encubiertas mediante la prestación de un servicio (Morales Moya, 1994, p. 220).
  7. El 28 de enero de 1811 fue creada la Junta de Instrucción Pública, la misma tenía un carácter consultivo por parte del Ministerio del Interior y su misión principal jamás llegó a alcanzarla ya que era la articulación de un Plan General de Instrucción Pública. Sus integrantes fueron hombres ilustrados que parte de la historiografía ha considerado como afrancesados: Julián Meléndez Valdez, Juan Peñalver, José Vargas y Ponce, Pedro Estala, Juan de Andújar, Francisco Martínez Marina, Manuel Narganes de Posadas, Martin Fernández Navarrete, José Antonio Conde y José Marchena.
  8. Tras la batalla de Arapiles en 1812 y la retirada del gobierno bonapartista a Valencia, Vargas Ponce abandonó Madrid y se puso a disposición de la regencia, del mismo modo lo hicieron sus compañeros de la Junta Martin Fernández de Navarrete y Francisco Martínez Marina. Como ha señalado Martínez Navarro, este hecho ponía en evidencia la ausencia de discrepancias intelectuales o doctrinales de fondo entre quienes militaban a ambos bandos (Martínez Navarro, 1989).
  9. Juretschke (1962) explica esta situación por la fama que tenía Vargas Ponce de educador experimentado, reconocido en cuestiones pedagógicas, es decir, se trataba de un especialista. Sin embargo coincidimos con Llorente en que esta cuestión parece poco para explicar la participación del “afrancesado” en ambas juntas (1989).
  10. RAH, Exp. 9-4186 Colección Vargas Ponce, Tomo 13. “Sobre educación”.
  11. Constitución de la Monarquía Española, promulgada en Cádiz en1812. Titulo XI. Art. 366.


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