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1 Salud, educación e infancia en la Hispania ilustrada

Análisis y consideraciones sobre el pensamiento de Picornell y Gomila

Juan Pablo Ubici[1]

Ningún Estado, pues,

será jamás ni sabio, ni rico,

ni poderoso sin la educación.

                       

(Picornell y Gomila, 1786)

Introducción

El domingo 3 de octubre de 1700, Carlos II, último rey de la casa de Austria, en su lecho de muerte firmó su tercer y definitivo testamento. Al no tener descendencia, dejó toda su herencia al candidato francés, Felipe –duque de Anjou, segundo nieto de Luis XIV, futuro Felipe V– exhortándolo a no permitir el más pequeño desmembramiento ni repartición de los territorios de la monarquía que iba a heredar de sus antepasados. Con esta decisión, el monarca español y el Consejo de Estado pretendían mantener la integridad territorial de la Monarquía Hispánica frente a los planes de reparto proyectados por las principales potencias europeas, pensando que “sólo Francia sería capaz de garantizar el cumplimiento del testamento” (Lynch, 2004, p. 24).

A la muerte de Carlos II se le sumaron una serie de acontecimientos que hicieron inviable la cuestión sucesoria por vía diplomática. Durante los años 1700-1704, España permaneció intacta y en paz y la sucesión borbónica parecía asegurada. Sin embargo, la tensión existente entre los intereses políticos y económicos de Luis XIV de Francia y el nombramiento del archiduque de Carlos como rey de la Monarquía española el 12 de febrero de 1703 en la Corte imperial vienesa (con apoyo de Inglaterra y las Provincias Unidas, entre otros), desencadenaron el conflicto conocido como la Guerra de Sucesión Española (1701-1713) que enfrentó a borbónicos y austracistas.

El tratado de Utrecht, firmado el 11 de abril de 1713, culminó con el enfrentamiento bélico entre las principales potencias europeas. Felipe V fue reconocido como rey de España y de las Indias inaugurando el gobierno de los Borbones en la corona española. Para impedir la unión de Francia y España, Felipe reafirmó su renuncia al derecho de sucesión al trono francés y repartió numerosos territorios de la corona[2] (Albareda Salvadó, 2010).

Si bien las transformaciones políticas suscitadas en la península Ibérica no son el eje temático central del presente trabajo, resulta indispensable comprender, al menos de manera aproximada, el contexto dinástico y social existente con la llegada de la Casa Bourbon y la emergencia del movimiento ilustrado español. Sin embargo, aquí no se sostiene que la Ilustración haya sido motorizada por Felipe V. Según los historiadores Mestre y Pérez García (2004), las nuevas corrientes culturales europeas ya eran conocidas en las dos últimas décadas del siglo XVII antes de la llegada de los Borbones. Incluso, afirman que la preocupación fundamental del fundador de la monarquía borbónica no fue la renovación cultural sino la política internacional y militar, lo que retrasó el despegue de la Ilustración en España.

Sin embargo, el movimiento intelectual ilustrado no debe ser pensado sin la presencia y el tutelaje estatal. Por un lado, la Monarquía borbónica contaba con poderosos instrumentos para controlar la producción cultural y prohibir aquella que no sirviera a sus intereses; especialmente referido a temas políticos y religiosos. Por otro lado, sus creadores y protagonistas fueron en gran medida funcionarios, burócratas, profesores universitarios cuya promoción y carrera dependían del favor real, eruditos y científicos pertenecientes a las academias reales, entre otros (Mestre y Pérez García, 2004).

Así pues, el presente capítulo aspira, como objetivo general, a estudiar y caracterizar el movimiento ilustrado español en un contexto signado por fuertes transformaciones políticas, sociales y culturales. Lejos de abordarlo de una manera homogénea y genérica, se hará hincapié metodológico en el discurso sobre de educación, salud e infancia presentes en el pensamiento de Juan Bautista Picornell y Gomila en su obra titulada Discurso teórico práctico sobre la educación de la infancia dirigido a los padres de familia de 1786[3].

Se parte del supuesto teórico de circulación internacional de ideas propuesto por Pierre Bourdieu (2002), concepto programático que abrió un campo de investigaciones imprescindibles para alterar los modos de comprensión de las relaciones internacionales en materia de cultura. Entre muchas premisas e hipótesis de trabajo, interpreta que las ideas no fluyen (de una cultura nacional a otra, de una lengua a otra) “libremente” o en función de propiedades inmanentes a las mismas. Aparte de la autoridad de quién escribe, las ideas son distribuidas y recibidas a partir de instancias y prácticas que exceden a la voluntad del creador. La edición y los procesos de recepción son dos de las dimensiones centrales que inciden, con sus propias lógicas, en la selección y poder diferencial de las ideas que estructuran los espacios de lo legible y de lo pensable en un lugar y tiempo determinados.

Los textos circulan desprovistos de contexto. Los que se importan no llevan consigo el campo de producción del que son producto; por su lado, los receptores, al estar ellos mismos insertos en un campo de producción diferente, reinterpretan los textos en función de su propia posición en el campo de recepción (Bourdieu, 2002).

Como señala Sebastián Perrupato, esto no implica que el proceso fuera homogéneo y unívoco, pero sí que existieron elementos compartidos, o en el sentido de un común denominador, sino de una interacción basada en el conocimiento mutuo y en la influencia recíproca; sentando las bases y nutriendo de sentido a la apropiación que los ilustrados españoles hicieron de algunos elementos del pensamiento europeo (2018b). Así pues, “la cultura humana crea su propio espacio a espalda de los enfrentamientos entre príncipes […] la diversidad humana se hace más palpable y conforma las conciencias de los individuos, desplazándolos virtualmente a otros mundos diferentes al de su patria chica” (Sánchez Blanco, 2013, p. 78).

Los trabajos sobre Ilustración española abundan en la literatura académica. Sin embargo, la perspectiva centrada en analizar la salud y la educación no ha sido tan visitada por quienes se dedican a este campo de investigación. De este modo, el uso historiográfico del concepto de reformismo debe ser ampliado y no limitarlo al enfoque clásico que lo hace sinónimo de proyectos y realizaciones económicas, administrativas o culturales.

Si bien autores como Sebastián Perrupato (2018), Monica Bolufer Peruga (2000) o Antonio Viñao Frago (2009; 2010), entre otros, han arrojado luz a la temática abordada. Es justamente su lectura la que propone nuevos interrogantes a saber ¿cuál fue la importancia dada a la salud de la población en el pensamiento ilustrado? ¿qué rol ocupó la educación de la infancia en dichas transformaciones? ¿qué contradicciones emergieron en la enseñanza de la Medicina? o ¿cuáles fueron las características específicas que tomó la Ilustración española a partir del análisis del pensamiento de Picornell y Gomila?

A partir de estos interrogantes, el capítulo se inicia con una aproximación general al estado de la cuestión referido a la Ilustración española en el área de la salud y la educación; en el segundo apartado se analiza el discurso presente en el pensamiento del ilustrado Picornell y Gomila; y, en el último apartado, se realizan una serie de balances generales y problematizaciones pendientes que emergen del campo de estudio en cuestión.

Salud y educación en la Hispania ilustrada

La Ilustración, a diferencia de otros movimientos anteriores que habían tenido su cuna en el continente, en concreto en Italia, va a incubarse en las Islas Británicas con las ideas liberales de los filósofos ingleses y, sobre todo, con las del pedagogo John Locke, y las del científico Issac Newton. De Inglaterra pasa a Francia por el año 1717, donde encuentra el terreno abonado y, como consecuencia, toma más fogosidad y radicalidad que en el país de origen y, debido a la facilidad literaria y a la arrogancia de los franceses para difundir las ideas, se extiende, como una mancha de aceite, por la vieja Europa, tomando distinto arraigo y denominación, según las naciones: “Enlightment en Inglaterra, Epoque de la Lumiére en Francia, Aufklarung en Alemania, Iluminismo en Italia y en España Ilustración” (Gutiérrez Zuluaga, 1972, p. 279).

El siglo XVIII español ha sido motivo de una acalorada polémica historiográfica, que en gran parte continúa y en la que han terciado intelectuales de muy diversas disciplinas e inquietudes. La educación, en particular, no sólo constituyó un ámbito específico, sino uno de los principios rectores del reformismo ilustrado. Durante este siglo no puede caracterizarse al sistema educativo primario y secundario en una sociedad estamental de la misma manera que se lo entiende a partir de la emergencia de los estados nacionales decimonónicos. En todo caso, eran la Iglesia y la Monarquía, en menor medida, las que impartían la educación a los súbditos (Perrupato, 2018a,).

La llegada de los Borbones a España coincidió con un momento problemático en el terreno sanitario, pues la necesidad de modernizar la asistencia hospitalaria, prevenir las enfermedades o mejorar las condiciones de las ciudades en crecimiento, contrastaba con estructuras universitarias anticuadas que no se transformaban a la par de las circunstancias sociales. Como señala Gerard Jori (2016) “la reforma de la sanidad constituía una evidente necesidad del país, llegando incluso a convertirse en uno de los pilares de legitimación de la nueva dinastía” (p. 35).

Para muchos contemporáneos, la historia de la población mundial había sido la de un decaimiento desde los tiempos del Diluvio, y la debilidad física de los humanos en su época, opuesta al vigor de los antiguos, mostraba los efectos de la corrupción de las costumbres sobre la salud. En consonancia con ese diagnóstico, se atribuyó a los pedagogos y profesionales de la Medicina un papel social, asumido por muchos de ellos en sus actuaciones y sus escritos con diferentes matices, que se extendía de velar la salud a reformar las costumbres, de actuar como médicos de los cuerpos individuales a constituirse en cuidadores del cuerpo social. Algunos desempeñaron esa responsabilidad asesorando a los gobiernos en sus proyectos de sanidad pública y otros enseñando a los particulares a corregir sus conductas a través de obras divulgativas, dos vías consideradas complementarias (Bolufer Peruga, 2000, p. 38).

Así pues, la España del siglo XVIII se encontraba inmersa en un profundo proceso de reforma sanitaria y de cambios de paradigma en sus saberes teórico-prácticos. Si bien las facultades españolas de medicina continuaron apegadas a la enseñanza de conocimientos abstractos basados en un fuerte componente teórico, la labor desarrollada por las flamantes academias de medicina, organizaciones creadas al margen de la universidad, intervinieron en la aplicación de la política de la salud asesorando a las autoridades o desarrollando investigaciones médicas aplicadas (Jori, 2016).

Probablemente, ninguna otra institución representó mejor el espíritu y la cultura de la Ilustración. Aunque desde los primeros años del siglo XVIII diversos intelectuales españoles reclamaban por una renovación de los estudios universitarios, “ni Felipe V ni Fernando VI abordaron directamente el problema, limitándose a favorecer instituciones extrauniversitarias como las academias” (Jori, 2016, p. 4).

Así pues, las academias nacieron como una respuesta política y social al empobrecido panorama científico español con respecto al resto de Europa Occidental, relacionado con la decadencia de las enseñanzas universitarias y el vacío dejado en el terreno de la investigación científica. Los médicos aprendían exclusivamente en las aulas bajo el paradigma hipocrático, sin establecer contacto con los hospitales. La única práctica complementaria consistía en que los estudiantes acompañaran a un médico a visitar a sus enfermos para que tuviesen ocasión de aplicar lo que habían aprendido teóricamente (Rodríguez Pérez, s/f, p. 437).

Las causas de la decadencia universitaria son múltiples, entre ellas se destacan la preocupación que reinaba en España contra toda novedad por creer que los nuevos saberes podían contribuir a menospreciar la Religión, el abandono por los catedráticos de la docencia con el fin de dedicarse a profesiones mejor remuneradas, la concesión de grados, especialmente en las Universidades menores, sin las mínimas exigencias científicas y el excesivo poder de los Colegios mayores frente a la misma Universidad (Domínguez Lázaro, 1989).

Con la presencia de Carlos III en el trono español se daba un cambio en el panorama político de la Nación. “Carlos III fundó en España establecimientos para la propagación de la ciencia, entre ellos el Gabinete de Historia Natural, […] además de establecer escuelas de medicina, y de imprimir y circular libros que contenían el pensamiento francés de la época” (Rodríguez Pérez, s/f, p. 434). Por otra parte, la proliferación de una literatura médica divulgativa, orientada al cuidado de la salud y dirigida a un público profano, aunque selecto, constituyó un fenómeno significativo de una época en la que la Medicina se afirmó como disciplina científica (Bolufer Peruga, 2000, p. 35).

En suma, ante el estancamiento académico y pedagógico que tenían las universidades españolas, emergieron espacios de investigación y renovación intelectual, tal es el caso de las academias que propusieron nuevos enfoques ligados a la praxis profesional, que entraron en tensión con las ideas establecidas. Es decir, si bien el siglo XVIII presenta limitaciones y contradicciones con el orden impuesto, resulta trascendental por las innovaciones científicas emergentes y por establecer los cimientos para dar inicio en el siguiente siglo a una profusa vida científica y a la consolidación de la corriente higienista centrada en la salud de las ciudades y sus habitantes[4].

El pensamiento de Juan Bautista Mariano Picornell y Gomila

La preocupación por el mantenimiento de la salud a través de hábitos de vida correctos se difundió por mecanismos diversos: tratados pedagógicos, obras médicas, novelas y prensa periódica. Como señala Bolufer Peruga (2000), educación y salud constituyeron parte inseparable de los proyectos del reformismo ilustrado, en los que reforma de la sociedad y reforma del individuo se conectaban estrechamente” (p. 25).

En ese marco, se inscribe el pensamiento y la obra del ilustrado Juan Bautista Picornell y Gomila. En 1786 publicó dos folletos sobre la educación de niños, Discurso teórico-práctico sobre la educación de la infancia y El maestro de primeras letras, donde muestra sus convicciones de hombre ilustrado con conocimientos e influjo de Locke, Genovesi, Buffon, Condillac, Rousseau, Mably, Beccaria y Montesquieu. Picornell se alineó con la pedagogía cívica, tan característica y fundamental en la Revolución Francesa. En 1787, interesado en los mismos temas, preparó Catecismo político para introducción de la infancia española, manuscrito que, al parecer, nunca vio la luz. Allí afirmaba que “la educación es el resorte más poderoso que tiene la política para formar buenos patriotas”[5].

La figura de Juan Bautista Picornell y Gomila, arquetipo del modelo ilustrado, amerita algunas consideraciones previas destacables que enriquecen el análisis de la obra seleccionada. Nacido en Palma de Mallorca en 1759, estudió Filosofía y Teología en Salamanca, obtuvo el título de bachiller en Filosofía en 1778 y se centró en las actividades pedagógicas más que en la Iglesia. Fue seguidor de Rousseau y frecuentó ambientes ilustrados. En 1795, se involucró en la Conspiración de San Blas y fue desterrado a perpetuidad de la península española.

Así pues, la relación mencionada entre Ilustración y tutelaje estatal entró en contradicción en el pensamiento de Picornell, razón por la cual terminaría exiliado de sus tierras natales. En efecto, se unió a las proclamaciones de libertad e igualdad de Manuel Gual y José María España, participando en todos los intentos de rebelión inspirados en los ideales de la revolución francesa.

En 1812 se trasladó a Baltimore, donde conoció a José Álvarez de Toledo (1779-1858). Ambos participaron en la invasión de Texas y en el enfrentamiento militar con el embajador español de las Provincias Internas de Nueva España. Allí coincidió con el General francés, Jean Amable Humbert (1767-1823), con quien proclamó la creación de la “República de Texas”, donde Picornell asumió la Presidencia hasta el 12 de febrero de 1815. Años más tarde, se trasladó a Cuba ejerciendo de médico y asumiendo el cargo de regidor del Ayuntamiento de San Fernando de Nuevitas (1823-1824). Murió en 1825 en esta localidad cubana.

Lógicamente, sus tratados pedagógicos sobre la educación de la infancia se inscriben en su rol de maestro reformista antes que líder revolucionario. De hecho, y al igual que otros pensadores de la época, raramente reclamó a las autoridades medidas para imponer hábitos de cuidado personal. La mayoría de los autores confiaba en alcanzar la reforma de las costumbres, más que a través de medidas políticas, por la persuasión y el influjo educativo. Fue en el ámbito de la educación doméstica en el que se divulgaron los nuevos principios de atención a los niños. En consonancia con esa redefinición de la propia institución familiar, se preconizó para las mujeres una educación doméstica, destinada a enseñarles a ser esposas y madres.

Humanistas y reformadores católicos mostraron en su momento un particular esmero por asegurar a la mujer un mínimo grado de formación para cultivar su vida espiritual y cumplir debidamente con su función social de madre y esposa cristiana. No obstante, las páginas que se dedican a la instrucción de la niña son comparativamente minoritarias en tratados ocupados por completo de la del varón, privilegiada de manera contundente. En cualquier caso, los preceptos que rigen la forma peculiar que adquiere la educación de la mujer en su infancia son reiterativos en todos los textos, en los que se aboga por el aleccionamiento en los principios de respeto, temor, recato y honra, la preparación para las tareas consideradas propias del género y una amplia instrucción en materia religiosa, que se reduce cuando se trata del conocimiento de las letras (Ortega López, 1996; Bono Guardiola, 2003).

Por otro lado, y ante la necesidad de armonizar sus postulados con la primacía excluyente de la religión católica en la vida social, política y educativa, hizo que, tanto su determinación como la del tipo de educación que requería, ofreciera la combinación o mezcla de aspectos religiosos, morales, políticos, civiles y sociales. Así, Picornell (1786) cifraba los objetivos de una “educación bien dirigida en el amor a la patria, las máximas de sana moral, la sumisión al legítimo Soberano y el respeto a las leyes nacionales y las sublimes verdades de la Religión” (p. V).

Esta mezcla de religión, moral, ciudadanía y civilidad es la que explica la yuxtaposición que los ilustrados españoles establecieron a la hora de determinar el libro o libros de lectura que, para el conocimiento y fomento de estas virtudes, consideraron que debían leer los niños en las escuelas, así como la diversidad de propuestas al respecto (Viñao Frago, 2009). Afirmaba Picornell y Gomila (1786):

Yo desearía que se les hiciese aprender aquellos principios más fáciles de las ciencias; cuya aplicación es de un uso infinito en el discurso de la vida […]. El libro de la Infancia, es sin disputa, el que les puede ser más útil á los niños para comenzar á formar su razón (pp. 48 y 49).

Como se adelantó previamente, las preocupaciones de Picornell en su tratado pedagógico giraban en torno a tres grandes pilares: salud, educación e infancia. Pilares que presentan fronteras porosas y más bien forman parte de un compendio que sintetiza el pensamiento ilustrado preocupado por transformar las prácticas sociales y culturales de la época. La educación física o el cuidado del cuerpo para la salud se fue configurando como una de las ramas principales de la educación, junto con la moral e intelectual, división tripartita que adoptaron muchos tratados educativos de signo ilustrado. “El cuerpo, el corazón, y el espíritu son los tres grandes objetos de la educación”, sentenciaba Picornell (1786, p. 1).

Los límites entre tratados pedagógicos que se ocuparon de la educación física y obras médicas divulgativas son imprecisos. Los autores de unas y otras, médicos y cirujanos o bien profanos implicados en el reformismo ilustrado (burócratas, militares, religiosos, hombres y mujeres de la burguesía o la pequeña nobleza), compartían la preocupación por la salud y el deseo de llegar a un público amplio, lo que obligaba a los primeros a usar un lenguaje asequible y a estos últimos a familiarizarse con la bibliografía médica. Así pues, se estableció un nexo permanente de lo individual a lo colectivo, de lo moral a lo social y político, que presentaba el cuidado de la salud no sólo como algo individual, sino necesario para la utilidad pública.

La amplia circulación de la que gozaron la literatura ilustrada sobre salud indica una notable demanda, fruto del interés del público letrado de la época por las nuevas prácticas de higiene y educación física. Asimismo, las cartas dirigidas a la prensa periódica sugieren que algunos lectores gustaban de aparecer como personas preocupadas por la salud y, en particular, como padres conscientes de sus responsabilidades en la formación física de sus hijos.

Ello no significa que los consejos sobre salud se aplicaran al pie de la letra ni transformaran de forma drástica los hábitos sociales. Sin embargo, familiarizarse con los nuevos saberes y aplicarlos en la propia conducta y en la educación de los hijos debieron convertirse, en cierta medida, en actitudes que distinguían socialmente, de modo que quienes las adoptaban podían considerarse y ser reputados no sólo como conocedores del pensamiento europeo, sino también como ciudadanos, padres y madres de familia responsables, concienciados de los poderosos efectos que la salud personal tenía sobre la sociedad y dispuestos a actuar en consecuencia (Bolufer Peruga, 2000).

Por lo que respecta a la crianza de la infancia, los preceptos de Locke y Rousseau se reiteraron a lo largo del siglo e implicaban el rasgo central del pensamiento ilustrado. Su influencia es clara en el pensamiento de Picornell (1786), al sostener que “es, pues, innegable que la razón del hombre debe comenzar a cultivarse desde la más tierna infancia, y que la buena educación debe principiar en aquel primer periodo de su vida” (p. 28). Ahora bien, ¿por qué abundaron en la época tratados pedagógicos dirigidos a la infancia que pretendían transformar a la sociedad hispánica de los malos hábitos y costumbres? Aquí surge una problemática que excede los límites de la investigación, pero que resulta central mencionar.

La sociedad española, o al menos una parte documentada de ella, percibía que desde el siglo XVII la monarquía se encontraba sumida en una crisis persistente que ni siquiera el cambio de la dinastía reinante había podido modificar. Una crisis que, lejos de entenderla en términos estructurales administrativos o económicos, sus causas se centraban en las dimensiones cultural y moral. Es por ello que, aunque no fuese una novedad inédita, ilustrados españoles se embarcaron en la tarea de postular tratados sobre la importancia central de educar a la infancia, transformar sus hábitos y costumbres, y publicar una vasta colección de obras referidas a la salud y la educación de sus conciudadanos en miras de superar la crisis mencionada.

Sean motivaciones de orden político o resultado de un nuevo clima de ideas de mayor sensibilidad, filantropía y sentimentalismo, la realidad es que la infancia ocupaba y preocupaba en el siglo XVIII, traducida en una amplia producción literaria de diverso contenido en la que se exhibía claramente el interés, cuando no la inquietud, que provocaba.

En consonancia con la obsesión educativa del siglo en la que participan, al menos en el caso español, un nutrido grupo de hombres de la Iglesia además de otra importante nómina de escritores, en los que se aprecia las propuestas renovadoras en esta materia. Desde distintos medios y en presentaciones formales de muy diverso tipo, surgen publicaciones y escritos en los que se hace apreciable el considerable efecto entre los autores del país de las ideas pedagógicas que circulaban por Europa. A España llegaba, especialmente por medio de la lectura de la obra de Locke, la corriente de pensamiento que contempla al niño como un proyecto susceptible de ser educado, perfeccionado y preservado en su bondad natural, empleando para ello métodos amables, comprensivos con la singularidad del niño, incluso de cada niño, y respetuosos con la peculiaridad de la edad infantil, ya plenamente discernida (Cava López, 2001).

Los trabajos de Picornell y Gomila, dejan entrever la presencia del espíritu pedagógico ilustrado, en lo que concierne a la concepción de la razón y la naturaleza infantil y a los métodos educativos, aun cuando en algún caso los contenidos y objetivos de la educación se dotaran de un marcado carácter religioso. Si bien no se debe ponderar en exceso y de forma irreal el alcance de estas manifestaciones, son indiscutibles los alcances en la toma de conciencia de la individualidad, de la entidad y de la valoración de la infancia como una etapa formativa y de desarrollo bien distinta a la del adulto.

Médicos y pedagogos, españoles y europeos defendían en sus consejos una educación natural en el ámbito doméstico, bajo la atenta vigilancia de la madre, una disciplina que prescindiese del castigo corporal, una alimentación sencilla, la lactancia materna[6], vestidos y calzado holgados que facilitaran el movimiento, respeto del ritmo natural de desarrollo físico del niño y recomendaban como hábitos necesarios de educación física el ejercicio, los paseos al aire libre, la natación y el juego. Así lo afirmaba Picornell y Gomila:

Aún no es suficiente el que las Madres críen por sí mismas a sus hijos: sus cuidados deben extenderse a procurarles todos los medios que puedan conducir para formarles una constitución robusta. La naturaleza no sufre trabas: es preciso dejarla obrar con entera libertad, para que pueda desenvolverse, y desplegar todas sus facultades […] El fajarlos tan apretadamente, como se usa, no puede menos de ser muy perjudicial á la buena constitución de los niños, y sin duda alguna es la verdadera causa de las más de las deformidades, que se notan en los hombres. Lo peor es, que muchos de los niños suelen ser víctimas desgraciadas de esta abominable práctica […] Convendrá, pues, usar de unos vestidos holgados, que dexen circular con libertad los líquidos, y no impidan la acción de los músculos, y se conseguirá que estos adquieran una robustez y consistencia, que además de procurar á los niños un temperamento sano, les ahorrará una infinidad de males (1786, pp. 8, 9 y 11).

Por ello, los hábitos de salud propuestos se justificaban en cuanto pretendían liberar al cuerpo, en la medida de lo posible, de coacciones antinaturales.

Se reduce, según el filósofo Locke, á un corto número de reglas muy fáciles de practicarse. Estas son: dejar salir los niños al aire libre, acostumbrarlos al exercicio, dejarlos dormir bien, y alimentarlos de las viandas más comunes, prohibirles el uso del vino (o) y de todos los licores fuertes , suministrarles pocas ó ningunas medicinas, no oprimirlos , ni sofocarlos con ropas demasiado ajustadas, ni muy calientes , y sobre todo acostumbrarles a traer la cabeza descubierta , como á la humedad, lavándoles los pies repetidas veces con agua fría (Picornell y Gomila, 1786, pp. 23 y 24).

La naturaleza era invocada con particular insistencia en el caso de las mujeres como una inclinación innata que debían seguir para asegurar tanto su propia salud y felicidad como el bienestar físico y moral de los suyos y la utilidad social: la “naturaleza femenina”, orientada a la vida doméstica, el amor y la dedicación a los hijos y al esposo. Sin embargo, pese a toda su retórica naturalista, la Filosofía y la Medicina de la Ilustración no fueron estrictamente biologistas; por el contrario, la Ciencia ilustrada desarrolló conceptos como los de hábito, medio, temperamento o constitución para referirse a los comportamientos incorporados por la educación y la costumbre que constituían una segunda naturaleza social de los seres humanos, y en general el pensamiento del siglo reconoció la dificultad de establecer límites entre naturaleza y cultura (Bolufer Peruga, 2000).

La difusión de preceptos de vida saludables en la literatura médica y pedagógica del siglo XVIII no agota su significado en los objetivos de procurar la salud y el bienestar público y privado que esgrimían sus defensores. Junto a esa lectura admite otras complementarias que advierten en ella, por ejemplo, una crítica burguesa, expresada con argumentos médicos, contra los hábitos y valores de las clases privilegiadas en el Antiguo Régimen, y un signo e instrumento de la nueva consideración social otorgada a los profesionales de la Medicina, que en nombre de la salud se consideraron autorizados a regular las conductas individuales y las relaciones familiares. Los consejos para una vida sana constituían también mecanismos de diferenciación social y moral, que se acomodaban a las jerarquías de la época y pretendían inculcar actitudes y gestos adecuados a la posición de cada cual, haciendo del cuerpo soporte de un lenguaje que delata al grupo social de pertenencia (Bolufer Peruga, 2000).

Consideraciones finales

A partir del análisis del tratado pedagógico Discurso teórico práctico sobre la educación de la infancia se pueden sacar una serie de conclusiones y emerger algunas problematizaciones. Si bien no se pretende formular generalizaciones sobre las características del movimiento ilustrado español[7] y sus ambiciones/alcances, es su lectura lo que justamente enriquece y complejiza la temática analizada. El pensamiento ilustrado de Picornell y Gomila en su etapa como maestro reformista forma parte de una estructura cultural de más largo alcance no sólo en la corona española, con figuras destacadas como el conde de Floridablanca, Gregorio Mayans, Benito Feijoo y Jovellanos, entre otros; sino también en otras potencias europeas como Francia e Inglaterra.

Sería limitado considerar los postulados de Picornell por fuera de un esquema enriquecido por la circulación constante de ideas. Las citas a las obras de John Locke, filósofo y médico inglés a quien accedía por medio de sus traducciones al francés, abundan en la narrativa de la fuente analizada para sostener sus postulados pedagógicos y de distinción social, ejemplo de ello es la afirmación de qué “Se puede decir con el filósofo Locke que la diferencia que hay entre las costumbres, y la capacidad de los hombres, más proviene de la diferente educación que han recibido, que de otra alguna cosa” (1786, p. 104).

Ahora bien, ¿esto implica que la Ilustración española haya sido exclusivamente extranjerizada o, incluso, que no haya existido como tal? Si bien las inquietudes de la Ilustración van a presentarse retrasadas y con escasa incidencia, al hallarse alejadas de las fronteras por donde penetran las nuevas ciencias y por no haber ningún foco cultural de primera magnitud (Domínguez Lázaro, 1989). Aquí no se sostiene esa hipótesis por una serie de razones. La primera de ellas, aunque con ciertas limitaciones, es que todos los ilustrados españoles tenían como elemento cultural distintivo de construcción del pensamiento el hecho de ser católicos y armonizar sus postulados de una manera característica al resto del continente. Por supuesto que no estarían repletos de contradicciones y voces en contra.

Como sostiene Giménez López, todos los ilustrados españoles ambicionaban devolver la Iglesia a la pureza de sus primeros tiempos, lo que sólo podía ser posible si se lograba vencer a los enemigos de la verdad, que para los intelectuales adscritos a este movimiento eran el ultramontanismo, el exceso de escolasticismo y la Compañía de Jesús (extinguida en 1773). Los ilustrados españoles consideraban la enseñanza como el elemento que debía sacar al país de la ignorancia en que se encontraba sumido, y ponerlo en sintonía con la Ilustración europea. Si bien su relación era compleja y debería ser matizada, en esa labor era inevitable tropezar con la Compañía de Jesús, cuyo expansionismo educativo le había llevado a controlar ámbitos docentes fundamentales, como el aprendizaje de las lenguas clásicas y, muy especialmente, el latín (2009).

La segunda razón decanta de la propia conceptualización de entender al movimiento ilustrado como parte de una constante circulación de ideas. “La apropiación que los intelectuales de la Monarquía hicieron de las ideas europeas no fue el resultado de una transposición directa sino de la lectura que hicieron en un contexto y con intereses particulares” (Perrupato, 2018b, p. 6). En dicho esquema, el pensamiento ilustrado español no fue meramente receptivo, sino que resignificó las conceptualizaciones de los grandes filósofos franceses e ingleses para adaptarlo y explicar las características sociales y culturales acorde a cada región española.

Por otra parte, interpretar el pensamiento ilustrado del siglo XVIII exclusivamente como una preocupación por mejorar la educación de la infancia y la salud de la población, en aras del bienestar individual y la utilidad pública, es narrar la historia desde un único ángulo: el de los objetivos que hacían explícitos la minoría ilustrada. Las formas concretas que tomaron la preocupación por la salud, sus implicaciones sociales, morales y políticas remiten a factores más complejos, en los que se entrecruzaron inquietudes y motivaciones diversas: la tensión en torno a la valoración de los efectos del progreso, la creciente distinción entre cultura instruida y cultura popular, el ascenso en prestigio y poder social de la profesión médica o la redefinición de las relaciones familiares y los modelos de masculinidad y feminidad (Bolufer Peruga, 2000).

En suma, la Ilustración española refirió más bien a una multiplicidad de problemáticas y escalas de estudio que exceden los alcances del presente capítulo. Lo cierto es que se trata del abordaje de un campo de investigación más amplio, pero que de todos modos permite abrir las puertas de un mundo en el que la multiplicidad de las interpretaciones imperantes permite complejizar y entender al Siglo de las Luces hispánico de diversas maneras y bajo nuevos interrogantes.

Referencias bibliográficas

Albareda Salvadó, J. (2010) La Guerra de Sucesión de España (1700-1714), Barcelona, Crítica.

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Bourdieu P. (2002) “Les conditions sociales de la circulation internationale des idées”. En: Actes de la recherche en sciences sociales. Vol. 145, pp. 3-8

Cava López, M. G. (2001) La infancia en el siglo XVIII español: concepto, realidad e imagen. Disponible en: https://chdetrujillo.com/la-infancia-en-el-siglo-xviii-espanol-concepto-realidad-e-imagen/#_16 Fecha de consulta Mayo de 2022.

Domínguez Lázaro, M. (1989) “La educación durante la Ilustración española”. Norba 10 Revista de Historia. Cáceres, pp. 173-186.

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  1. Profesor y Licenciado en Historia (UNMdP). Becario Doctoral INHUS-CONICET. Sus trabajos se centran en la historia de la salud y la enfermedad con perspectiva socioeconómica y demográfica. Correo: ubicijuanpablo@gmail.com.
  2. Se entregaron los Países Bajos Españoles y las posesiones españolas en Italia -Nápoles, Milán, Cerdeña- al Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y Sicilia al duque de Saboya. Cedió Gibraltar y Menorca a Inglaterra, a la que concedió el asiento de negros y prometió restituirle las condiciones comerciales que había gozado en tiempos de los Austrias.
  3. Las categorías teóricas Salud y Educación han sido distinguidas para facilitar el análisis y la lectura de los objetivos propuestos. Sin embargo, desde el punto de vista práctico, han estado unidas desde los orígenes de la humanidad y han revestido formas e intensidades diferentes. Por su parte, el concepto de Infancia es tomado de la fuente seleccionada de Picornell y Gomila, a fin de evitar conceptualizaciones anacrónicas.
  4. Los inicios del movimiento higienista en España suelen fijarse en 1847, el año de la publicación de los Elementos de higiene pública de Pedro F. Monlau, un médico y catedrático que centró sus preocupaciones en la educación y la salud (Viñao, 2010, p. 184). Sin embargo, para este trabajo se evita el término ya que se aplica con mayor precisión para el siglo XIX y principios del XX.
  5. Picornell y Gomilla, Real Academia de la Historia. Disponible en: https://dbe.rah.es/biografias/18053/juan-bautista-picornell-y-gomila Fecha de consulta: marzo de 2022.
  6. Picornell fue realmente crítico en el uso de nodrizas y sostuvo categóricamente que era la madre quien debía amamantar al recién nacido. “Es una compasión el que una joven robusta, llevada de un capricho extraordinario, y de una vanidad ridícula haya de entregar sus hijos a una Aldeana desconocida , pudiendo por sí misma suministrarles una leche pura, y destinada para ellos” (1786, p. 6).
  7. De hecho, formular generalizaciones presenta aún mayores limitaciones si se considera al territorio español como un compendio de regiones social y culturalmente diversas.


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