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6 La Iglesia como cuerda de cinchada

Tensiones educativas en un contexto complejo
(la Monarquía Hispánica entre 1808 y 1814)

Sebastián Perrupato

Introducción

La guerra iniciada a partir de la invasión napoleónica a la península ha tenido como campo de batalla no solo el escenario militar, en el que los mal llamado “patriotas” se enfrentaron a los defensores de la intromisión de José I en la política española. Por el contrario, la Guerra de independencia se transformó –como nunca antes en la historia de España– en una guerra en la opinión pública donde ambos bandos se enfrentaron para ganar el apoyo de los ciudadanos de a pie, indispensable para librar batallas militares[1]. Fue en muchos sentidos una “Guerra de opiniones” y una “Guerra psicológica”[2] que pretendió persuadir, muchas veces por medio del miedo, a los ciudadanos de las cuatro partes del mundo de la necesidad de la guerra.

Numerosos dispositivos sirvieron para dar vigor al enfrentamiento. Obras de teatro, Panfletos, Almanaques, Caricaturas, Catecismos, Periódicos y Sermones se convirtieron en canales por los cuales ganar la opinión pública de los ciudadanos. También el desarrollo de la Ciencia se convirtió en un instrumento significativo de propaganda en favor del rey intruso (Bertomeu Sánchez, 1994 y 2009).

En este contexto, la educación se convirtió el terreno privilegiado para la disputa. Los intelectuales de ambos bandos vieron en esta un instrumento esencial para ganar legitimidad. A través de la educación se buscó, muchas veces por medio de amenazas, convencer al pueblo de la importancia de uno u otro gobierno. La puja por ganar voluntades llevó a que ambos bandos se vieran en la necesidad de ganarse el apoyo de la Iglesia. La Monarquía Católica guardaba para sí un significativo acervo cultural y político en el que la Iglesia era parte fundamental. De aquí que pensar una reforma educativa sin considerar a la Iglesia era impensado.

En la modernidad la Monarquía Hispánica se había transformado en el paradigma de una monarquía católica cuya religiosidad no podía dejarse de lado en ningún plan político. En este contexto, los diferentes bandos de la guerra convirtieron a la Iglesia en una suerte de cuerda de cinchada. Ambos sectores se preocuparon también por presentar una propuesta educativa que se convirtiera en guardiana de la fe y de la doctrina católica, aunque ambos avanzarán también en la remisión de atribuciones y beneficios. La presente propuesta pretende analizar estas tensiones en torno a la cuestión religiosa en la educación a partir de documentos propios de la época, tales como proyectos de reforma, periódicos, decretos y diarios de sesiones.

Una guerra de opiniones

Como ha señalado Piquerez Diez (2009), “La conquista de la nación resultaba insuficiente si no iba acompañada de la conquista de la opinión de los habitantes” (p. 1). Fue precisamente esta necesidad la que llevó a muchos intelectuales a transformar su pluma en un arma más de la guerra. Los especialistas denominaron estos escritos como literatura de combate o literatura popular (Marco, 1981). Sin dudas la literatura adquirió una nueva finalidad, basta recordar la multiplicidad de periódicos que con fines patrióticos se editaron en este momento. Una verdadera “Diarrea de imprentas” como ha señalado Pedro Recio de Tirteafuera (1811)

¡Que diluvio de papeles, Dios mío! ¡Que diarrea! La tertulia patriótica, el Semanario, el Patriota en las Cortes, el Observador, la Triple Alianza; el Anteojo de larga vista, el Microscopio, la Tertulia resucitada, el Duende, el redactor, el Atisvador, el Dispertador, el Zelador Patriótico, el Reformador, el Robespierre, el Cachidiablo, el Cosmopolita, el Catecismo de doctrina civil, el catecismo político, el Duende hembra, el Zelador del buen orden, el Periódico contra el despotismo militar, el Mentor, el buen Español; ¡Pero a donde voy a dar! (p. 8).

Desde el mal llamado bando nacionalista, Quintana editó desde la hora uno su Semanario Patriótico, periódico ajeno a coacciones, ensalzaba el liberalismo y el patriotismo y ensalzaba la figura de algunos pedagogos ilustrados, como era el caso de Jovellanos (Aranque Hontangas, 2013). También Vargas Ponce, incorporado a la causa nacional luego de la liberación de Madrid, editó el Diario Militar “para mover á nuestros soldados á la imitación de las virtudes de sus mayores”[3].

Quizás por la experiencia ganada durante la campaña militar en Italia, en la que se fundaron varios periódicos, haya sido el bando Josefino uno de los que mejor manejo la prensa, como generadores de la opinión pública. Se volcó así a controlar los medios de comunicación que existían en las zonas ocupadas y crear nuevos allí donde no existieran. Siguiendo a López Tabar (2001) debemos entender que, al tratarse de una prensa de ocupación, su distribución geográfica siguió los avatares de la guerra, lo que explicaría la versatilidad ideológica de la propia Gazeta de Madrid.

La tarea llevada adelante por la Gazeta durante la ocupación francesa fue sin dudas única en términos de mostrar al “rey intruso” como el defensor de las ciencias, las artes y la educación. Para hacerlo echaba mano a la misión realizada en Nápoles. Todas las acciones de gobierno fueron publicadas en el periódico desde temprano a fin de identificar al nuevo rey como el restaurador y heredero legítimo a la corona. En un Mensaje de Talleyrand a Napoleón justificaba la invasión española en los siguientes términos:

La corona de España ha pertenecido desde Luis XIV, a la familia que reine en Francia. No se puede lamentar lo que ha costado de tesoros y de sangre, el establecimiento de Felipe V en España, porque eso no ha garantizado la preponderancia de Francia en Europa. Es España una de las grandes porciones de la herencia del Gran Rey y esta herencia el emperador debe recogerla entera. No debe y no puede abandonar ningún trozo, ninguna parte (En: Forero Benavides, 1967, p. 16).

El mensaje de Talleyrand nos recuerda el Teatro Critico Universal que a principio de la centuria anterior escribía Benito Jerónimo Feijoo (1723) argumentando la dinastía borbónica como casa gobernante en España: “hoy depende de la cariñosa unión de las dos monarquías el lograr para esta un éxito feliz de las presentes negociaciones sobre la paz de Europa” (p. 229). Sin dudas, las similitudes entre ambas guerras son muchas y ya fueron señaladas por la historiografía contemporánea por lo que solo remarcamos aquí la necesidad de legitimación en un pasado común (González Mezquita, 2012).

Por el contrario, cuando la Gazeta se encontraba en manos del mando nacionalista el discurso se invertía y, como afirma Piquerez Diez (2009),

se presentaba al rey José como un ser diabólico, como si se tratase de la reencarnación del Anticristo; tesitura que no resultaba nada pueril y que contrastaría con la que el rotativo divulgaría del monarca una vez que el gobierno josefino recuperara el control del periódico. Reconquistada la capital del reino y con ella la Gazeta, José I, hasta entonces enemigo número uno del cristianismo, pasaría a ser considerado, paradójicamente, “Su Majestad Católica” (p. 24).

Este se transformó prontamente en un caballo en la batalla de ambos frentes. Mientras José Bonaparte se esforzaba por mostrarse en el garante de catolicismo, desde el bando nacionalista se lo consideró poco menos que el anticristo. La encarnación de los vicios del pecado que encarnaban el juego y el alcohol.

Las populares imágenes de José caricaturizado como el “rey de copas” o “pepe botellas” –entre otros apelativos poco halagüeños– inundaron España. El origen de estos falsos vicios fue el decreto del 16 de febrero de 1809[4] por el que se suspendía el estanco de aguardientes y rosolis, a lo que se sumaba la disposición de libre de circulación del vino decretada antes de la entrada de José a España. Por su parte, el decreto del 3 de febrero de 1809 que preveía la libre fabricación, circulación y venta de naipes a partir del primero de mayo de 1809[5] fue la escusa ideal para complementar la idea de que el monarca era aficionado a ambos vicios.

A estas acusaciones se sumaron otras que describieron al monarca como calvo, cojo, jorobado y tuerto entre otras. Esta imagen contrastaba con la de Meléndez Valdez a quien José habría convocado para ser parte de su gobierno y que, al igual que Vargas Ponce, no dudo en pasarse al bando nacionalista luego del avance nacionalista sobre Madrid. En su oda destacaba la bondad del rey:

Él con su rostro de bondad que afable.

Feliz contento y confianza inspira.

Grato los aceptaba.

Qual tierno padre que sus hijos mira

Su amor les demuestra con su sonrisa amable

Y el placer que gozaba (Meléndez Valdez, 1811, fol.1).

Es curioso advertir como muchas de estas imágenes continúan hoy en día vigentes. La imagen de un rey despótico y tirano invasor ha sido muy difícil de erradicar, al punto que la historiografía española solo recientemente logra desprenderse de las falsas acusaciones, pese a que se trata de un camino iniciado en la misma centuria por del Rio que, con motivo de la muerte de José, publicaba en El Laberinto:

Ese francés ilustre ha morado en el alcázar de nuestros reyes, esforzándose por granjearse el cariño de los españoles, quienes sordos a sus halagos, lidiaban con patriótico afán por rescatar al monarca prisionero y asestaban hasta formidables armas del ridículo contra el monarca intruso; De tuerto le motejaban nuestros padres, y ninguna lesión se advertía en sus ojos: bautizáronle con el apodo de Pepe Botellas, y consta que no bebía vino; y es que le miraban como aborto de la usurpación, como ingenio de la perfidia con la que se había burlado la buena fe, la proverbial hidalguía castellana. Distantes hoy de aquella época, más que por los años, por los trastornos que sin intromisión se han sucedido en nuestro territorio, es menos aventurado valuar en su justo precio las cualidades del rey sobre el sepulcro del hombre[6].

En cualquier caso, la imagen de José se tensionó entre un tira y afloje que llevó a nuevas disputas por los espacios de generación de opinión pública, con ellos también el pulpito fue un terreno de disputa sobre el cual avanzaremos más adelante.

La propuesta Josefina, entre el tire y afloje de la cuerda

Como señalo Moreno Alonso (2008) un grupo importantes, y según él señala mayoritario, de intelectuales acogió con esperanzas la monarquía josefina. “La monarquía de José, acogida positivamente por tantos poetas y catedráticos, constituyó una auténtica «republica de intelectuales»” (p. 233). En este sentido, la labor que José había realizado en Nápoles con la fundación de más de 1.500 escuelas potenció el apoyo de esta “republica de letras” con aspiraciones regeneracionistas. A esto se volcó en su reinado, amante de las letras se enfocó en la elevada tasa de analfabetismo que pretendió erradicar.

Esta preocupación también por el desvalido lo impulsó a mostrarse como un soberano afable, gentil y caritativo. La Gazeta del tres de mayo de 1810 muestra al rey en el recorrido de las iglesias de Sevilla el 20 de abril. “El inmenso concurso del pueblo, que ocupaba las calles é iglesias, ha quedado edificado de la piedad del Soberano”[7]. En este recorrido, se había topado con un niño cuyo padre había sido corregidor y luego de caer en desgracia murió junto a su esposa dejando huérfanos a dos críos de los cuales este era el mayor. El “niño de edad al parecer de ocho á nueve años, aseado y de gracioso aspecto, sé acerca al Monarca, y le suplica le proporcione una carrera, pues sabía leer y escribir, y no quería ser mendigo”[8]. El rey atento al pedido, mandó que se le diera una plaza en el colegio de la ciudad y, ante el pedido del niño, un lugar también para su hermano.

Es curioso el trato que hace el periódico sobre el acontecimiento ya que opera en muchos sentidos. El relato terminaba con una oda de Menéndez Valdez que enaltece “La dicha de aliviar al miserable sus lágrimas limpiando con mano cariñosa”[9]. Evidentemente hay un esfuerzo por mostrar un padre benevolente que se enternece y busca ayudar a la comunidad. La ayuda es institucional, le da al niño la posibilidad de educarse para tener un oficio y se distancia del discurso combativo que llevarían adelante las Juntas. Hay un esfuerzo por apelar al sentimiento como forma de ganar adeptos. Usa palabras como “tierna historia” o “niñito” en lugar de niño para apelar al sentimiento. Pero además hay un esfuerzo por presentar el gobierno del nuevo rey como un gobierno compasivo, en el relato de la trayectoria del padre (que no reproducimos por cuestiones de espacio) la invasión napoleónica se presenta como la solución a las injusticias que se generaban en el gobierno anterior. La invasión se transformaba en un bálsamo de justicia frente a “aquellos tribunales sanguinarios la menor sospecha era un delito capital”[10].
El relato se esfuerza además por presentar al rey como un monarca piadoso amante de la religión y respetuoso de sus costumbres. Al igual que la proclama del 8 de junio de 1808 se pretendió

tranquilizar a aquel pueblo de campesinos y frailes, anunciándoles que el rey, “conociendo vuestro carácter fiel y religioso, de no interrumpir vuestro fervoroso celo y os promete que mantendríais, a imitación de vuestros mayores vuestra Santa Religión Católica en toda su pureza, y que será la dominante y única, como hasta aquí en todo nuestro reino”. Hablando una vez más por boca del rey, Madrid, como Paris en tiempos de Enrique IV, ¡bien valía una misa! (Moreno Alonso, 2008, p. 248).

José se mostró consciente del poder que tenía la Iglesia en la Monarquía Católica y, por sobre todo, el lugar que ocupaba el clero. Por ello, entre sus primeras disposiciones el rey pidió por decreto del 24 de enero de 1809 que se “remita un ejemplar de la Gazeta diaria, de la corte á los M. RR. arzobispos, RR. obispos, curas y ayuntamientos de los pueblos por medio de los administradores de correos”[11]. Conjunto con ello el monarca sugería la lectura desde el pulpito de algunos artículos favorables a su persona. Esto ponía en evidencia, como señala Piquerez Diez (2009) el activismo de José en materia propagandística, pero además la concepción utilitarista que el mismo tenía de la religión. Como entendió Moreno Alonso (2008), “su concepto de religión fue tan utilitario como el de su hermano, que nunca vio en el misterio de la encarnación, sino el misterio de un orden social” (p. 130).

A diferencia de lo que algunos autores sostienen existió una parte del clero (minoritaria o no) que sostuvo a José I

creando una imagen diametralmente opuesta a la difundida por los clérigos patriotas. De este modo, mientras los sectores contrarios al “Intruso” lo identificaron con el mismísimo Lucifer, las minorías josefinas se esforzaron en construir un complejo “entramado genealógico” que vinculaba directamente al rey con el Todopoderoso (Piquerez Diez, 2009, p. 63).

La presencia francesa en la corona española no era más que la consecuencia de los designios divinos y correspondía entonces también a los sacerdotes comunicar esta novedad al pueblo como dogma de fe. En la Pastoral del Obispo de Córdoba del 19 de abril de 1810 se defendía la presencia josefina mediante el principio divino de la providencia.

¿cómo podreis menos de reconocer que debe atribuirse á la mano de Dios la mudanza que se ha hecho en España de la casa reinante, y la traslación del trono a la familia del héroe que el mondo admira? Los hombres de estado considerarán este suceso balo el punto de vista que les corresponde. Yo, hijos mios, como ministro de Cristo y como dispensador de sus misterios me limitaré á haceros ver que son los exemplos que se nós proponen en el antiguo testamento según los preceptos que se nos dan en el antiguo y en el nuevo […] debeis todos de buena fe someteros al REÍ que la providencia de Dios os destina, y vivir tranquilos baxo su dominación y baxo el imperio de sus leyes[12].

La cuestión educativa como otros aspectos de la cultura y de la vida cotidiana también se vieron atravesados por la cuestión religiosa. En este sentido, la generación de una propuesta se vio tensionada entre la premura por generar una transformación que modernizara definitivamente la formación española y la necesidad de integrar en la propuesta la religión. Después de todo, aun en el siglo XIX, el clero era el brazo formado de la monarquía.

Si bien es cierto que las condiciones políticas hubieran exigido una propuesta de educación profunda esta fue delegada en el Ministerio del Interior quien se encargaría de las funciones relativas a los “establecimientos de instrucción pública, de artes y oficios, todas las leyes y decretos concernientes a la fijación de los límites de las diversas provincias o pueblos, así como su reunión”[13]. La reforma podía esperar, al menos a que las aguas se apaciguaran. La creación de la Junta de Instrucción Pública[14] el 28 de enero de 1811, de carácter consultivo por parte del Ministerio del Interior buscó la creación un Plan General de Instrucción Pública que nunca llegó a concluirse[15].

Los cambios en materia educativa estuvieron más bien marcados por las leyes y decretos de gobierno. En ellos la cuestión religiosa tuvo un claro protagonismo. El regalismo que se había venido consolidando desde el siglo XVIII tendió a matizarse en materia educativa debido al papel preponderante que, aun en el siglo XIX, tenía la Iglesia en este área. Entre las medidas más sustanciales cabe mencionar la suspensión de las órdenes religiosas regulares (incluso las dedicadas a la enseñanza) por el decreto del 18 de agosto de 1809, lo que tuvo claras repercusiones en la organización de la enseñanza. A este respecto la política bonapartista debió adaptarse a una Monarquía que no estaba dispuesta a resignar su impronta clerical.

En esta línea fue el decreto del 6 de septiembre de 1809[16] que organizó la enseñanza en las escuelas públicas que se fundaron en lugar de los extintos colegios escolapios. El decreto establecía:

En cada uno de los extinguidos colegios de las Escuelas pías se establecerá un colegio de pensionistas y una escuela gratuita de enseñanza pública. La escuela de enseñanza pública se dividirá en varias clases, en las cuales se enseñará la doctrina cristiana, a leer, escribir y los primeros elementos de la aritmética. En el colegio se enseñará igualmente la doctrina, a leer, escribir, Gramática castellana, aritmética, principios de Álgebra y de Geometría, Geometría descriptiva, Dibujo y Geografía. En el colegio como en las escuelas públicas se pondrá el mayor cuidado en instruir a los colegiales y a los discípulos en los principios de la religión, sin omitir medio alguno para el logro de tan importante fin[17].

Casos paradigmáticos fueron los colegios de San Antón y San Fernando de Madrid que mediante ordenanza del 11 de septiembre y 17 de octubre de 1809 fueron reorganizados. Las nuevas escuelas que buscaban lograr “un nuevo lustre” a la educación impartida anteriormente quedaban “a cargo de un director, y además habr(i)á también en cada uno de ellos un regente de estudios, dos directores de salas, ocho profesores, un capellán, un médico, y un médico operante y un Mayordomo”[18].

Sin embargo, la propuesta no negaba la necesidad de la enseñanza religiosa, por el contrario, la sostenía en la exigencia de una enseñanza moral. Como hemos analizado en un capítulo precedente, el informe que Vargas Ponce elaboró para la Junta de Instrucción Pública de 1810, por encargo del rey defendía que “la moral cristiana bien entendida es ciertamente moral muy social y como el apoyo que le prestan ciertos dogmas religiosos es una sanción que le da grandísima fuerza, por eso debe constituir la mayor parte del catecismo” (Vargas Ponce, 1810, p. 305).

Evidentemente como hemos sostenido en otra oportunidad la religión católica adquiría un nuevo lugar como garante de la moral. Desde aquí resistirá el embate secularizador (Perrupato, 2018), desde aquí también se la integraba y se le daba incluso cierto protagonismo. Después de todo pensar en una reforma sin tener en cuenta a la Iglesia era inviable en una Monarquía como la española. Napoleón mismo había entendido la necesidad de conciliar religión y política en el marco de las monarquías occidentales. En una carta a los párrocos de la ciudad de Milán escribía:

Que esta (la religión católica) es aquella sola que puede formar la verdadera felicidad de cualquiera sociedad bien sustentada y que puede consolidar la basa de todo buen gobierno; os aseguro que en todos tiempos y con todos los medios seré siempre su protector y defensor[19].

La otra parte de la cuerda: entre las juntas, las cortes y la constitución

Como ha señalado Laguna Platero (2013) la soga se tensionó desde el bando gaditano en tres etapas: La primera se extendió entre 1808-1810 y se caracterizó por la propaganda de guerra, el odio al francés y la sátira de Napoleón. En este periodo el autor identifica una fuerte labor del clero que pareció ganar la cinchada. La Segunda etapa (1810-1812), se caracterizó por el debate constituyente y la confrontación propagandística ente liberales y serviles. Los principales actores de este momento serán los diputados de Cádiz. Aquí la figura de Manuel Quintana fue más que relevante. Desde su Semanario Patriótico reflejaba, al decir de Blanco White, “los pulsos de la libertad nacional”. Finalmente, la tercera etapa (1812-1814) planteó la necesidad de difundir el texto constitucional en la medida que la guerra lo permitiera y profundizó en el uso de los catecismos con este fin.

La propaganda política que se llevó a cabo desde el inicio de la guerra estuvo signada por la cuestión religiosa. El instrumento de propaganda favorito fue al mismo tiempo un dispositivo educativo: El catecismo. Si bien es cierto, como hemos señalado en otras oportunidades, que los catecismos fueron un instrumento de difusión de las ideas desde ambos bandos, no es menos cierto que el bando nacionalista hizo de este dispositivo el medio de propaganda más efectivo (Perrupato, 2022).

De este modo, el primer tirón de la cuerda estuvo dado por los Catecismos políticos que surgieron en España con un claro fin de adoctrinamiento político. El método de preguntas y respuestas de fácil memorización se transformó en una herramienta pedagógica más que significativa y en un instrumento de dominación ideológica funcional a los nuevos tiempos[20].

Los primeros catecismos políticos en la Monarquía enfatizaron en el ataque a Napoleón, poco menos que el anticristo, a su hermano y a los franceses considerados “invasores”, además defendían la religión católica, la imagen de Fernando VII y reivindicaban la patria[21]. La similitud de estos catecismos con los catecismos franceses (monárquicos-constitucionales) ha sido puesta de relieve por buena parte de la historiografía[22], sin embargo, entendemos que el talante católico y antifrancés de los mismos tiende a poner en discusión esa concepción historiográfica[23].

De esta manera durante esta etapa el discurso patriótico fue abiertamente confrontativo y tendió a la construcción de un ideal bonapartino alejado del catolicismo. Así encontramos escrito en el Catecismo civil de 1808:

¿Quién ha venido a España? Respuesta: La segunda persona de la trinidad endemoniada. ¿Cuáles son sus principales oficios? Respuesta: Los de engañar, robar, asesinar y oprimir. ¿Qué doctrina nos enseñó? Respuesta: La infidelidad, la depravación de las costumbres y la irreligión. ¿Quién puede liberarnos de semejante enviado? Respuesta: La unión, la constancia y las armas. ¿Sera pecado matar a los franceses? Respuesta: No señor; antes bien se merece mucho, si con eso se libra la patria de sus insultos, robos y engaños[24].

Como sostiene Piquerez Diez (2009), desde el bando antijosefino, el régimen del “monarca intruso” constituía una amenaza para las tradiciones cristianas españolas, en esta lógica, la figura de José I fue depositaria de la animadversión general antifrancesa. Se construyó entonces la imagen de un rey enemigo de la Iglesia, al igual que su hermano Napoleón. Los liberales de las cortes pretendieron mostrar, de manera muy exitosa, a un Napoleón anticatólico aun cuando él se había manifestado a favor de mantener el brazo eclesiástico. Lo que no implica que se pudiera manifestar en contra del clero regular, en esto coincidían ambas propuestas. Pese a la singular importancia que tenía la Iglesia católica, la reducción el clero regular se manifestó como una necesidad dado que el clima utilitario de la época imploraba esta reforma.

La segunda etapa en el tira y afloje de la cuerda muestra tensiones similares a las que habría afrontado José I con respecto al lugar que se le debía conceder a la Iglesia en el nuevo plan de gobierno y por lo tanto también en la educación. Los debates constitucionales en torno al lugar de la religión en la nueva monarquía parecieron signados por la preponderancia eclesiástica en las cortes. Así la nueva Monarquía se definida a sí misma como católica, adoptaba el culto católico y con ella la necesidad de educar en las doctrinas de fe.

La declaración de la libertad de prensa abría nuevas esperanzas y posibilitaba el resurgir de muchos periódicos que habían sido suspendidos[25]. El Semanario Patriótico fue uno de ellos que el 22 de noviembre de 1810 luego de quince meses volvió a publicar sus números. El contexto se manifestaba complejo, como el mismo Quintana lamentaba, “los sucesos nos han sido en gran parte tan adversos” sin embargo, “las esperanzas renacen, los sacrificios y consagración se redoblan, y por todas partes el muro de la resistencia es igual quando menos al embate de la agresión”[26].

Sin duda ha sido Quintana uno de los principales referentes del bando fernandino, aunque la restitución del borbón no haya sido condescendiente con él. Su pensamiento político –que por momentos fue algo moderado– lo llevó a que callera en desgracia luego de la restauración borbónica. Es que su propuesta era por momentos muy liberal, lo que no fue visto con buenos ojos por la casa gobernante. Por otro lado, cabe recordar el proceso inquisitorial que se le abrió con motivo de algunas poesías, por considerar que atentaban contra la religión.

También en materia educativa el madrileño se mostró algo dubitativo, la adopción del culto católico en la constitución doceañista entraba en contradicción con los principios de libertad que sostenía Quintana. Sin embargo, siempre se mostró favorable a la inclusión de conocimientos de religión en coherencia con lo que establecía la Constitución de 1812. Llamado a formar parte de la Comisión de Instrucción Pública junto con otros intelectuales[27] defendía la necesidad de la educación religiosa:

En la edad tierna se fijan en el alma muchas impresiones que no se borran en el resto de la vida, a pesar de que apenas dejan un lejano recuerdo de su origen; en esa edad es en la que se deben grabar en el corazón de los niños los principales dogmas de nuestra divina religión, las máximas más sencillas de moral y buena crianza, y una idea acomodada a su alcance de los principales deberes y derechos del ciudadano[28].

La propuesta educativa de Quintana propugnaba una convivencia entre un catecismo religioso y moral “que comprend(ier)a brevemente los dogmas de la Religión y las máximas principales de buena conducta y buena crianza” y un catecismo civil donde que “se expongan […] los derechos y obligaciones civiles”[29]. Incluso en aquellas instituciones privadas el gobierno debía “observar las reglas de buena policía” a fin de garantizar que no se enseñen “doctrinas contrarias a la Religión divina que profesa la Nación”[30].

Fiel exponente de la Ilustración española, la propuesta de Quintana fue presa de las tensiones propias de la época entre la tradición y la modernización. Entendía que la enseñanza no podía ser pensada por fuera de los límites que la Iglesia imponía y esto debido a dos cuestiones: En primer lugar, por una cuestión material, aun en el siglo XIX el clero era uno de los recursos formados más significativos de la Monarquía. En segundo por una cuestión cultural, la sociedad española no estaba preparada para un proceso de laicización que cimentara sus bases culturales. En este sentido, la formación católica encontró en la moral el espacio de resistencia al significativo proceso de secularización que afrontaba (Perrupato, 2018).

La necesidad de difundir el texto constitucional dio inicio a una nueva etapa en la difusión de las ideas. De este modo entre 1812-1814 la guerra de opiniones se vio atravesada por las ideas que conllevaba la nueva constitución. Para la difusión de las nuevas ideas la necesidad de un catecismo fue fundamental. Así es como a partir de 1812 España vio surgir nuevos catecismos arreglados a la Constitución de la Monarquía Hispánica.

La constitución firmada en Cádiz para 1812 había fijado la necesidad de enseñar un catecismo mixto que complementara la doctrina católica con algunas obligaciones civiles[31]. Fue en esta línea que el antecedente de la primera etapa sirvió para encontrar en los catecismos ya no solo un instrumento de imposición ideológica sino también un dispositivo didáctico funcional a los nuevos tiempos.

La idea de una Monarquía Católica, triunfante en la Constitución de 1812, se retomaba en los catecismos que resignificaban la lucha contra el demonio francés en una reivindicación de valores patrios apelando a los mismos fundamentos católicos que habían servido antaño. Así lo manifestaba la Carta magna: “Por estar la nación íntimamente convencida de la verdad de sola la religión católica y apostólica romana, y por convenir al bien y concordia del estado la unidad de sentimientos religiosos, así como conviene la unidad de sentimientos políticos”[32].

Entre los Catecismos del periodo sobresalen el elaborado por José Salaba y Blanco cuyo título evitaba hacer referencia a esta voz y prefería la de Instrucción pública familiar[33] y el Catecismo político arreglado a la constitución monárquica española[34]. Publicados el año de la constitución ya presentaban una distinción entre lo religioso y lo político. La religión católica, daba cada vez más espacio a la religión civil. A estas alturas el peligro externo ya se había reducido y la Constitución de 1812 generaba la ilusión de que el poder político de las Cortes podía prescindir de la alianza que lo había sostenido (Perrupato, 2022). Quizás esto llevó a ciertos sectores a buscar cobijo en los brazos del Fernando VII que no dudo en acogerlos y correr de la escena los catecismos denunciando “El poco conocimiento que de los dogmas y misterios de la religión prestan los estériles catecismos que le dan en nuestras escuelas” (Torio de la Riva, 1817, fol. 2).

Esta tercera etapa vio surgir otros catecismos como el Catecismo político para el uso de la juventud del Alentejo (1813), el Catecismo político-español- constitucional (1814) y el Catecismo liberal y servil (1814), en ellos aún encontramos algunos atisbos de aquella vieja repulsa a José Bonaparte como enemigo de España y de la religión. La divina Misericordia había librado al pueblo español de aquel ser abominable que había gobernado la Monarquía. Una vez más la religión se había convertido en un instrumento de legitimación, en meros elementos retóricos y discursivos cuyo propósito no era otro más que sostener la cuerda tensada para que el bando opuesto no gane la cinchada.

Conclusiones

No hubo una sola guerra entre 1808 y 1814. Como tampoco hubo un solo perdedor al final. Además de la guerra que se libraba mediante las armas, además de la que se desarrollaba mediante las ideas, estuvo la batalla por convencer a una población (Laguna Platero, 2013, p. 64).

Cuando Carlos III llegó a Madrid con sus ministros extranjeros fue justamente el intento de reformar algunos aspectos de la cultura lo que terminó en la tragedia que implicó el motín de Esquilache. Después de todo un ministro extranjero se venía a meter en una cultura que no le era propia, que no entendía y con pretensiones de modificarla. Cuando José I llegó a Madrid no cometió el mismo error. Se rodeo de ministros españoles, con la singular esperanza de ganarse la voluntad del pueblo y evitó, por todos los medios, tomar decisiones que avanzaran sobre la cultura del pueblo español. De aquí que fuera tan necesario mantener buenas relaciones con la Iglesia y extremar los cuidados, las reformas que llevó adelante no fueron más que las necesarias y el credo se mantuvo firme en la propuesta educativa.

Pero los sectores nacionalistas no estaban dispuestos a permitir que José se convirtiera en el portaestandarte de una Monarquía Católica que, según estaban convencidos, les correspondía por herencia. Se edificó entonces la construcción de una serie de argumentaciones tendientes a identificar la figura de monarca intruso con la del anti español y por tanto anti católico. En medio se suscitaron diferentes estrategias de persuasión que colocaron a la educación en el ojo de la tormenta.

Como suele ocurrir con el ojo de tormenta todo confluye a un centro en el que ambas propuestas parecían coincidir. Ambos bandos bregaron por organizar la educación en un sistema por niveles tendiente a la centralización. También ambas propuestas intentaron ampliar la curricula incorporando nuevas ciencias en una formación que debió integrarse y convivir con un catecismo católico.

La necesidad de esta convivencia no pareció ponerse en duda desde ninguno de los dos bandos estableciendo una suerte de puja entre ambos por lograr el apoyo de la Iglesia. Los dos sectores como fieles herederos de la Ilustración eran conscientes de las limitaciones que acarreaba para la modernización española sostener el brazo eclesiástico pero también fueron conscientes de la imposibilidad de prescindir de él. Entre un tira y afloje la Iglesia se convirtió durante la guerra de opiniones en una cuerda de cinchada en la que ambos bandos se autoproclamaban defensores de la religión y colocaban al adversario en el enemigo de la monarquía y de la fe.

Bibliografía

Araque Hontangas, N. (2013) Manuel Quintana y la Instrucción Pública. Madrid, Universidad Carlos III.

Aymes, J. (2008) La Guerra de la Independencia: héroes, villanos y víctimas (1808-1814). Lérida, Milenio.

Bertomeu Sánchez, J. (1994) “Los cultivadores de la ciencia españoles y el gobierno de José I (1808-1813). Un estudio prosopográfico”, Asclepio. Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia, 46,1, pp. 125-155.

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  1. Si bien como ha señalado oportunamente María Luz González Mezquita durante la Guerra de Sucesión Española a principios de siglo la opinión pública fue fundamental en el desarrollo. Entendemos que la masificación y concientización que adquieren en la Guerra de Independencia es mucho mayor (González Mezquita, 2012-2013).
  2. La idea de plantear la Guerra de la Independencia como una guerra de opinión fue acuñada por Aymes (2008) hace ya bastante tiempo. Según esta perspectiva la guerra no se libró solo en el campo de batalla, sino que esta se vio sostenida por una guerra por ganarse la opinión pública. Por su parte el concepto de Guerra Psicológica es acuñado por Ramos Santana (2011) para entender una suerte de propaganda de guerra que pretende influenciar la acción humana a través de la “manipulación de las imágenes y representaciones, sirviéndose, si es necesario de la manipulación de símbolos y de las emociones humanas básicas” (p. 283).
  3. Noticias póstumas de D. José de Vargas Ponce y de D. Martín Fernández de Navarrete Cesáreo Fernández Duro, Madrid, 11 de Mayo de 1894. Disponible en: http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/noticias-pstumas-de-d-jos-de-vargas-ponce-y-de-d-martn-fernndez-de-navarrete-0/html/00ce0ade-82b2-11df-acc7-002185ce6064_4.html Fecha de consulta: 9/02/2022.
  4. Gazeta de Madrid, viernes 17 de febrero de 1809, Nº 48.
  5. Gazeta de Madrid, jueves 8 de febrero de 1809, Nº 40.
  6.  El Laberinto, Periódico Universal, domingo, 1 de septiembre de 1844, N º 21. Tomo I, Biblioteca Nacional de España. Madrid, Colección Gómez Imaz.
  7. Gazeta de Madrid, viernes, 3 de mayo de 1810, nº 123, p. 516.
  8. Ibidem.
  9. Ibidem.
  10. Ibidem.
  11. Gazeta de Madrid, miércoles, 25 de enero de 1809, N° 25.
  12. Gazeta de Madrid, 3 de mayo de 1810, N° 123.
  13. “Atribuciones a la Secretaría de Estado y demás Ministerios” 6 de febrero de 1809. En: Prontuario de leyes y decretos del rey nuestro señor Don José Napoleón I, Madrid, Imprenta Real, 1810, p. 88.
  14. “Habrá una Junta consultiva de instrucción pública, encargada de trabajar bajo las órdenes inmediatas de nuestro ministro de lo interior. 1º en la formación de un plan general de educación e instrucción pública. 2º En la formación de los planes particulares para la organización de las escuelas, colegios y demás establecimientos de esta clase. 3º En la indagación de los medios de realizar los mismos planes”. Decreto por el que se nombra una junta encargada de trabajar en los planes de instrucción pública (Lázaro Llorente, 1989, p. 296).
  15. El decreto establecía que dicha junta “debía trabajar en tres aspectos 1º En la formación de un plan general de educación e instrucción pública; 2º En la formación de los planes particulares para la organización de las Escuelas y Colegios y demás establecimientos i de esta clase; 3º En la Indagación de los medios de realizar los mismos planes”. “Decreto Por el cual se nombra una Junta encargada de trabajar en los planes de instrucción pública” Madrid 28 de enero de 1811. Prontuario de las leyes y decretos del rey nuestro Señor don José Napoleón I del año 1811, Madrid, Imprenta Real 1812. p. 78.
  16. Conocido como Reglamento de enseñanza pública, el decreto de 1809 establecía y regulaba la enseñanza de los nuevos centros educativos. “Reglamento de enseñanza pública que antes estaba a Cargo de los ex-Regulares de las Escuelas pías”. 6 de septiembre de 1809. En: Prontuario de leyes y decretos del rey nuestro señor Don José Napoleón I, Madrid, Imprenta Real, 1810.
  17. Gazeta de Madrid, 12 de septiembre de 1809, N° 256.
  18. “Reglamento de enseñanza pública que antes estaba a Cargo de los ex-Regulares de las Escuelas pías”. 6 de septiembre de 1809. En: Prontuario de leyes…, p. 339.
  19. Manifiesto hecho por Bonaparte a los párrocos de la Ciudad de Milán en 5 de junio de este año de 1800. BNE Mss. 18110. Cabe destacar que este manifiesto fue anterior a la coronación de Bonaparte, lo que justifica en parte la necesidad de no entrar en colisión. Sin embargo, demuestra también la habilidad política que desplego el emperador que supo valerse de la Iglesia para la obtención de sus fines.
  20. La disposición de los catecismos -por medio de preguntas con una sola respuesta correcta- permitía el control sobre el conocimiento de los alumnos al tiempo que lo normaba e impedía que el mismo saliera de los cánones establecidos. Se trataba en términos de Foucault (2008) de una instancia más de control social que generaba sujetos dóciles adaptados a la norma.
  21. Entre los catecismos de este periodo adquirieron notoriedad Catecismo Civil, y breve compendio de las obligaciones del español, conocimiento práctico de su libertad, y explicación de su enemigo, muy útil en las actuales circunstancias, puesto en forma de diálogo (1808); el Catecismo Católico-político (1808) y el Catecismo civil de España en preguntas y respuestas impreso por la Junta Suprema durante la ocupación (1809).
  22. La idea de que gran parte de los catecismos políticos españoles fueron copia de los franceses ha sido muy trabajada. Entre otro podemos mencionar: Capitán Díaz, 1978; Muñoz Pérez, J. 1987; Ruiz de Azúa, 1989.
  23. No sucede lo mismo con los catecismos posteriores a 1810 donde la dependencia con los catecismos francés es notoriamente más marcada.
  24. Catecismo Civil, y breve compendio… Op. cit.
  25. Como ha señalado Laguna Platero (2013), “El público que opina y expresa su opinión libremente, aparece históricamente con las revoluciones burguesas al establecerse la igualdad jurídica entre las personas (…) En Cádiz este principio básico del liberalismo burgués lo recoge el artículo 1° del decreto del 10 de noviembre de 1810, al establecer la “libertad de escribir, imprimir y publicar sus ideas políticas, sin necesidad de licencia, revisión o aprobación alguna anteriores a la publicación” y lo ratifica el capítulo II de la Constitución de 1812” (p. 61).
  26. Semanario Patriótico, 22 de noviembre de 1810, N° 33.
  27. El Dictamen sobre el proyecto de decreto de arreglo general de enseñanza pública presentados a las Cortes por su Comisión de Instrucción Pública y mandados imprimir por orden de las mismas fue firmado el 7 de marzo de 1814 por José Vargas Ponce, Ramón Gil de la Cuadra, Martín González de Navas, Diego Clemencín, Eugenio de Tapia y el mismo Manuel Quintana
  28. Dictamen y proyecto de decreto… Op. cit., p. 221
  29. Ibidem, p. 240.
  30. Ibidem, p. 239.
  31. Constitución de la Monarquía Española, promulgada en Cádiz en1812. Titulo XI. Art. 366.
  32. Catecismo político, arreglado á la Constitución de la Monarquía española: para ilustración del pueblo, instrucción de la juventud, y uso de las escuelas de primeras letras. Madrid, Oficina de Collado, 1812. p. 10.
  33. Instrucción pública familiar, política moral sobre el origen naturaleza, propiedades, derechos y obligaciones de la sociedad civil, que comúnmente se llama estado; y de lo que corresponde a los ciudadanos. Escrito por José Salaba y Blanco, Canónigo de San Isidro. 1812.
  34. Catecismo político arreglado a la constitución monárquica española: para la ilustración del pueblo, instrucción de la juventud, y uso de las escuelas de primeras letras. Por Don José Caro Sureda. 1812.


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