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Conclusión inconcluyente

Resulta difícil, si acaso no es un despropósito, escribir una conclusión de un trabajo que tiene por objeto de estudio el pensamiento de Cioran. Más aun, quizás comporte una violación de su pensar el hecho mismo de escribir una tesis sobre cualquier aspecto particular de su (no)filosofía –como en el capítulo 2. se tituló su reflexión sobre conceptos que de forma tradicional se asociaron a la disciplina filosófica.

¿Qué concluir acerca de alguien que dijo estar en contra de las tesis como trabajos universitarios y, más aun, ser enemigo de la Universidad como institución educativa?[1] Una tesis, en cuanto enclave final de un proceso educativo académico es la manifestación más acabada de la sistematización del pensamiento –en este caso, del pensar filosófico–, contra la cual Cioran alzó su voz.

En efecto, según él, a partir de la limitación conceptual a la que se tiene que atener para poder conformarse como una reflexión de corte sistemático, semejante modalidad de pensamiento comporta un movimiento contradictorio y concluye, en última instancia, en la muerte misma del pensar.

De esta manera, alguien inaprovechable desde una visión sistemática y pedagógica,[2] no puede motivar juicios conclusivos en ningún tipo de trabajo, los cuales habrían de conllevar la determinación de una transformación del existir y del pensar a partir de su lectura. Dice Cioran con respecto a esta cuestión: “no convertir a la gente […]. [N]o convencerla. No me gusta convencer […], no me gusta insistir, no me gusta demostrar. No vale la pena. Los que demuestran son los profesores […], yo no demuestro nada”.[3]

Pero como a su vez Cioran es enemigo de toda pretensión de coherencia intelectual, fue posible llevar a cabo un trabajo que, al tomar como punto de partida su pensamiento, presente –en un sentido intelectual y académico–, una lectura que favorezca –si bien no determine de manera total–, la idea de una nueva forma humana de ser en el mundo –diferente respecto de cómo se pensó la subjetividad a partir de los conceptos binarios de la filosofía platónica, así como de las críticas del pensamiento teológico medieval y de los comentarios negativos de algunos filósofos modernos e incluso contemporáneos con respecto al concepto de melancolía.

Aquella fue la propuesta del presente escrito. Es decir, motivar la meditación sobre los modos de configuración existencial del hombre en su estado de caído en el mundo, al par que se resaltaron los perjuicios que alguno de ellos conllevan y los beneficios de otro. Y ello siempre de acuerdo con el proceder intelectual cioraniano. Es decir, a partir de un juicio en primer lugar práctico, cuya motivación no yace en una cavilación abstracta sino en la propia sangre.[4]

En este sentido se subrayó, en particular, la oposición entre el modo de ser del hombre tal como se concibió a partir de los conceptos filosóficos de la Modernidad cartesiana –es decir en cuanto sujeto auto-fundante–, respecto de la concepción de la subjetividad a partir del pensamiento romántico novaliano y del pensamiento cioraniano –que, si bien no se pueden homologar sin más, se asemejan entre sí.

Aunque no se pudo dejar de señalar más de una diferencia entre la filosofía y la poética de Novalis acerca de la subjetividad y el desenvolvimiento material de la existencia del hombre, y el discurrir cioraniano sobre la misma cuestión, ambos posicionamientos desembocaron en la idea de un sujeto que puede existir a la manera de un fantasma.

Una existencia fantasmática como modo de ser indefinido en términos absolutos: como modo que asume la irremediable separación que el hombre, por el sólo hecho de existir, sufre con respecto a sí mismo y con referencia a todo universo unificado en sentido espacial y temporal, en el cual ya no hubiera determinaciones individuales. Un ser de contornos difusos y actividades vagas sin esperanzas, en tanto toda meta ­–o la única meta–, se sabe desde siempre y por siempre inalcanzable.

Este tipo de subjetividad es aquella que, según se vio a lo largo del trabajo, favorece la patencia melancólica en el mundo. La melancolía como sentimiento de vida y de muerte, de ser y de no ser, o de vida sin vida y de ser sin ser –en tanto ruptura con la lógica binaria. Como lucidez maldita y enfermiza, a la vez que liberadora. Como irremediable e inconsolable más allá de cualquier penitencia religiosa o tratamiento de pretendidos rasgos científicos.

El melancólico como poseedor en la desposesión, tanto de sí mismo como del mundo en su objetividad y del más allá mundano. Como carente de fe y des-ilusionado en la ensoñación misma. Como recuerdo que olvida y olvido que recuerda un paraíso inmemorial y al sí mismo melancólico, como no-siendo en el modo del ser y siendo en el modo del no ser. Como experiencia del quiebre ontológico del ser caído, como fragmento. Como ruptura también con la temporalidad y como experiencia del tedio que contamina todos los segundos –o uno solo de ellos en tanto continuidad no sucesiva del tiempo.

Como desbaratadora de la idea de progreso histórico, y del mecanismo de las utopías y de cualquier delirio fanático de corte político-social o estético. Como generadora de una sociedad a-histórica, a-política y a-religiosa de abúlicos. Como, por otro lado, escepticismo y desengaño –no metódico y sistemático, sino espontáneo y sanguíneo.

Como dulcificación de la tristeza que sin embargo no alcanza a redimir de modo total al sujeto. O como ironización del estatuto ontológico del propio yo y de las cosas que conforman el mundo. Como el desvanecerse y evaporarse de la realidad apariencial –por lo demás, la única que hay.

Como nostalgia –añoranza de Nada-Todo pero de nada en particular–, que hace nacer al fantasma. Nacimiento que no se da a partir de una inspiración creativa genial por parte de un artista frenético. Como sabiduría sin conocimiento, mirada que no ve nada y naufragio en la peligrosidad de lo que no tiene nombre ni cuerpo.

Melancolie –según las palabras de Eminescu y, de modo extensivo, de Cioran–:

     Fue la fe quien pinto de íconos las iglesias,

ella quien a mi alma llenó de cuentos mágicos,

pero la tempestad y el vaivén de la vida

apenas me dejaron huellas tristes y sombras.

En vano busco hoy mi mundo en mi cerebro

porque herrumbroso y viejo, sólo en él canta un grillo […]

cuando pienso en mi vida, la veo que resbala

lentamente contada por labios extranjeros,

como si no fue mía, como si no he existido.

¿Quién es este que cuenta de memoria mi vida

tan bien que hasta lo escucho y río del dolor

como si fuese ajeno?… Hace tiempo estoy muerto.[5]


  1.  Cfr. Cioran (2005b: 33-34).
  2. Cfr. Savater (1974: 150).
  3. Cioran (2005b: 35).
  4. Tal como escribió Cioran: “[m]e gusta el pensamiento que conserva un sabor de sangre y de carne, y a la abstracción vacía prefiero […] una reflexión que proceda de un arrebato sensual o de un desmoronamiento nervioso”. Cioran (2009: 44).
  5.  Eminescu (1973: 61-63).


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