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6 Conclusiones

“La sensación inicial del niño consiste en oír la voz de

la madre desde el vientre de ésta. Y la audición la

última facultad que el agonizante pierde. Lo creado

tiene raíz de música. Y lo vibrante, lo acústico, es el

cordón umbilical que, vivos, nos liga a lo vivo. […]

Por lo que la palabra hablada, en su adecuación

plena a la índole del hombre, es caridad esencial: el

sonido de la palabra empuja a quien la oye en la

dirección justa del sentido de la palabra y, al

empujarlo, al ahorrarle el instante de vacilación, le

infunde la fe para que abra, para que haga posible

ese camino imposible que es la vida.”

Héctor A. Murena

El relato forma nación, tiene su vocación de perpetuo e inacabable al formar parte del habla de una comunidad. Es decir, como un lenguaje que está siempre inacabado y en proceso de elaboración.

En este relato, la utilización del lenguaje se realiza como “apropiación” del lenguaje oficial, que por ser ingresado en la experiencia de la “apropiación” por parte de quienes lo hablan, se convierte en distinto, diferente.

Su transmisión por excelencia, es a través del mecanismo de la narración. Ya habíamos advertido, según Benjamin el “efecto secundario de fuerzas productivas históricas seculares, que paulatinamente desplazaron a la narración del ámbito del habla, y que a la vez hacen sentir una nueva belleza en lo que desvanece”.[1]

El relato forma nación en la acción del narrarse “empuja” el sentido de la forma nación hacia varias situaciones que el simultaneísmo textual que propone, hace impensable en un recorrido lineal por la historia de la nación.

Reconocemos que no sólo es oral la transmisión del relato forma nación, sino que si bien se propaga por las dos vías, oral y escrito, su forma está comprometida con el habla.

En su morfología, está su capacidad para enlazar, como parte de su dispersión, elementos capaces de conjugar universos ideológicos diferentes con pragmáticas a veces opuestas; haciendo que el mismo relato esté cargado de multivocidad y pluralidad de sentidos.

Por ello, se puede mezclar un Mariano Moreno arquetipo del revolucionario jacobinista con un Juan Manuel de Rosas, restaurador de las leyes y la religión, pero también arquetipo de la autonomía de las Provincias Unidas; en un mismo relato.

El mecanismo del arquetipo permite una permanencia en el tiempo frente a todos los cambios, a la vez, que al permanecer en el tiempo se logra que el relato se vaya actualizando en su recorrido hasta nuestros días.

Ricoeur habla de “identificaciones adquiridas” para dar cuenta de elementos que están sedimentados y que forman parte de la identidad de las personas o comunidades. En el caso del relato forma nación, estas “identificaciones adquiridas”, permiten que distintos personajes de nuestra historia (San Martín, Rosas, Perón; en una formula muy conocida) formen parte del mismo relato.

“[…] en gran parte la identidad de una persona, de una comunidad, está hecha de estas identificaciones-con valores, normas, ideales, modelos, héroes, en los que la persona, la comunidad se reconocen. El reconocerse-dentro de contribuye al reconocerse-en”.[2]

Nosotros ya habíamos expresado que esta operación de sostener rasgos que valoramos y por los que queremos ser valorados, es una acción que permite la formación de lo que denominamos el carácter. El hecho de que el relato forma nación, es aquel que narramos, también imprime a dicho relato estos rasgos que valoramos, estas “identificaciones adquiridas”. Tal mecanismo, es el que nos permite distinguirlo del relato forma nación que proviene desde el Estado.

El relato forma nación que las comunidades crean, debe implicarse con las condiciones de existencia de los grupos que los narran. No está fuera de los componentes socio-culturales de la época, no es una abstracción que tiene vida propia, como el Estado.

Forma parte de la expresión de un pensamiento situado, que si bien reconoce ciertos sedimentos, que son experiencias que permanecen en el tiempo a través de la memoria de esos colectivos, estos sedimentos, sólo adquieren sentido para esa comunidad, en el despliegue de la narración del relato forma nación, en la acción.

Hay una discusión previa, individual y en conjunto, con el grupo social al que se pertenece, para narrar de una u otra forma el relato forma nación. Y no puede ser de otro modo si el que narra, con su acción, hace que el relato pierda su neutralidad desde el momento que está incluido en él. Es aquí, donde se asienta la característica de pluralidad del relato y su dinamismo, ya que le da la iniciativa al narrador sobre dicho relato.

El relato forma nación, como todo relato, también se basa en quien o quienes lo narran, porque en él se sienten parte como personajes.

Como nos recuerda Martín Fierro :

   “Yo he conocido cantores

Que era un gusto el escuchar;

Más no quieren opinar

Y se divierten cantando;

Pero yo canto opinando

Que es mi modo de cantar.”

Ricoeur (2006: 147) en Sí mismo como Otro expresa que “La persona, entendida como personaje de relato, no es una identidad distinta de sus experiencias. Muy al contrario: comparte el régimen de la identidad dinámica propia de la historia narrada.”

Si la historia narrada es el relato forma nación, estamos ante el hecho que a las experiencias del personaje que narra, se deben incluir también aquellas que desde el punto de vista de Koselleck (2001) son transmitidas por generaciones y que van elaborando una pertenencia a una entidad colectiva, permaneciendo en la memoria.

Es en ese cruce, que se hace comprensible, que el relato forma nación, es solidario con el relato que la persona tiene de sí mismo. Colaborando en el mantenimiento de su propia identidad.

Por ello, un relato que proviene del exterior, en este caso del Estado por cualquiera de sus agencias, no es integrado al relato que las personas realizan sobre la nación, si este no participa del horizonte de experiencias y expectativas que las personas tienen de su realidad.

No creemos que las personas o los grupos sociales tomen pasivamente al relato forma nación que se les atribuye desde la intelligentsia o el Estado. Sino, que el relato forma nación es una poiesis de esos colectivos, a partir de un contexto de prácticas y comportamientos que se conforman en la experiencia social que poseen y que por ello los representa en la historia de su nación.

En el relato forma nación, los hechos de la historia no siguen un encadenamiento riguroso, sino que son ubicados según semejanzas o diferencias que el narrador propone. Si hay un Mariano Moreno revolucionario, debe haber un Cornelio Saavedra contrarevolucionario. No interesa si uno u otro lo son en verdad. La elaboración del relato forma nación sigue el encadenamiento artesanal de los grupos sociales o comunidades que narran ese relato, tamizado por sus experiencias existenciales.

No es primordial dilucidar si Martín Miguel de Guemes es más importante en la independencia de nuestro país que San Martín. Pero en el relato forma nación que circula en las provincias del norte de nuestra nación, la experiencia de la detención concreta y recurrente de los realistas, que por otra parte eran la única amenaza real sobre la independencia, es un elemento de mucha envergadura y por ello, se encuentra sedimentado en el relato que allí se tiene, como constitutivo de nuestra nación.

Otra diferencia con el relato forma nación que proviene del Estado es que este, incorpora los acontecimientos cargados de explicaciones. En cambio, en el relato forma nación que circula en los grupos sociales, en el pueblo, lo que se narra está libre de explicaciones. Es un producto que contiene la carga de experiencia del narrador y de la experiencia que le fue transmitida. Incluso, puede matizar el relato con las experiencias de quienes lo escuchan. Así, el relato se aleja del comentario historiográfico e ingresa en el campo de lo práctico.

Siguiendo a Benjamin podríamos decir:

“Aporta de por sí, velada o abiertamente, su utilidad; algunas veces en forma de moraleja, en otras, en forma de indicación práctica, o bien como proverbio o regla de vida. En todos los casos, el que narra es un hombre que tiene consejos para el que escucha”.[3]

Por eso, el relato forma nación es atractivo para quien escucha, porque no se trata de transmitir la verdad de la historia, sino el aspecto épico de ella misma, la sabiduría que encierra (Benjamin 1991: 4).

¿Puede ser importante si San Martín era o no agente británico? Lo que se retiene del relato forma nación no es eso, es la sabiduría de diseñar una estrategia a largo plazo, que culmina con la liberación de casi un continente, con pocos recursos y nada de tecnología. Esta moraleja es la fuente de la inagotable fuerza que mantiene el relato y que provoca nuevas reflexiones e interpretaciones que derivan en la ampliación del mismo relato.

¿Pero cómo tomar a este relato forma nación? ¿Dentro de qué categorías se podría incluir?

Hay un camino de interpretación del relato forma nación como objeto de análisis, que se realiza incluyéndolo dentro del postmodernismo, considerando que uno de sus axiomas es la destotalización de la historia y de la universalidad. Así, la pluralidad que implica el reconocimiento de uno o varios relatos forma nación, sería la partida de defunción del relato forma nación totalizador y universal característico del modernismo, Es decir, el propuesto por el Estado-Nación. Esta discusión, es parte también de las profusas discusiones sobre la categoría misma de Nación, como ya lo tratáramos anteriormente.

Incluso representantes del denominado postcolonialismo como Spivak descreen del fallecimiento del Estado-Nación y en realidad lo que ven es una estrategia del sistema actual –capitalismo globalizado y globalizante-, para eliminar sus funciones. Ya que el Estado, administrado según los intereses del pueblo diría Spivak, es un obstáculo para el capitalismo globalizado.[4]

La crítica a la postura postmodernista hace hincapié, en cierto aroma a perfume reaccionario que el postmodernismo trae, sobre todo porque una lectura de ese tipo sobre la realidad social, significa desandar los relatos universalistas de emancipación.

En este sentido, se ubican varios pensadores postmarxistas entre otros Wallerstein, para quien a partir de la inclusión de categorías como “sistema mundo” o “imperio” de Negri, la visión totalizadora de una “sociedad – mundo” es la que se debe valorizar.

También, están aquellos para los cuales, el relato forma nación, es sólo una formación lingüística que carece de interés como objeto de conocimiento.[5]

Sea como fuere, las naciones son entidades concretas para quienes viven dentro de ellas, y estas personas tienden a tratar de explicarse qué hacen en ese lugar y quiénes son.

Hozven (1998:78) responde a la crítica sobre la descalificación de las formaciones lingüísticas, recordando que los objetos de conocimiento –que serían importantes para el estudio y la investigación- primero son procesados materialmente-pulsionalmente por el lenguaje, antes que se cristalicen en conceptos. Es decir, responden al mundo de la vida existencial y experiencial de las sociedades y no son sólo ideas carentes de materialidad.

Sobre esta discusión sobre la materialidad o no de las formaciones lingüísticas, se encuentra en un párrafo de Balibar en Raza, Nación y Clase una apreciación muy sugerente, cuando el autor se pregunta sobre la tesis de Marx sobre la división del trabajo y su importancia en la institución de las sociedades.

“¿Cómo basar la unidad (aunque sea conflictiva) de una sociedad en una división como ésta? A lo mejor tendríamos que invertir nuestra interpretación de la tesis marxista. En lugar de representarnos la división del trabajo capitalista como lo que crea o instituye las sociedades humanas como “colectividades” relativamente estables, ¿no tendríamos que concebirla como aquello que las destruye? Mejor aún, como aquello que las destruiría, dando a sus desigualdades internas la forma de antagonismos irreconciliables, si otras prácticas sociales, iguales de materiales, pero irreductibles al comportamiento del homo economicus (por ejemplo, las prácticas de la comunicación lingüística y de la sexualidad, o de la técnica y del conocimiento) no impusieran límites al imperialismo de la relación de producción y no la transformaran desde el interior.”

Balibar profundiza aún más este planteo que problematiza el verdadero estatuto de la división del trabajo en la sociedad, al hipotetizar, que en realidad las relaciones sociales “no económicas” son las que forman el “aglutinante de una colectividad histórica”, frente a la desestructuración que estas colectividades sufren por el embate de una sociedad que empieza a organizarse alrededor del capital, la división del trabajo y la lucha de clases.

Al comienzo de nuestro recorrido, nos preguntábamos cómo era posible que una comunidad permaneciera aglutinada cuando cada seis o diez años el Estado le decía que había que refundar a la Nación, que había que comenzar todo de nuevo.

Ahora creemos tener una respuesta: el relato forma nación es una formación lingüística que en su práctica sirve como “aglutinante de una colectividad histórica”. Pero además, como práctica social y junto a otras prácticas, son “la verdadera materia de la política” (Balibar) que permite discutir, integrar y elaborar esas rupturas recurrentes en un mismo relato, que de esta manera, se integra a un discurso de identidad. Las rupturas, las disrrupciones como parte de nuestra identidad.

Este es el caso de nuestra Nación, donde el relato forma nación presenta su particular sentido histórico como una práctica descolonialista que propone una disrrupción con la totalización, presentándose, como único horizonte posible, desde el colonialismo cultural y la modernización.

Para la colonialidad del saber, esta característica disrruptiva, visibiliza al relato forma nación como un saber menor, como ya lo dijimos con anterioridad, porque es un saber elaborado por los “subalternos” sobre sí mismos y su historia.

Un objeto de imposible conocimiento por su heterogeneidad y falta de lógica en sus componentes.

Para esta intelligentsia el relato forma nación, se parece a aquella “cierta enciclopedia china” nombrada por Borges, que muestra la imposibilidad de pensar lo que allí se dice. Sin tener en cuenta, en todo caso, los límites que el ‘pensamiento colonial’ tiene, para elaborar al relato forma nación.

Cuando Murena dice:

“Pues el tránsito de una economía precapitalista a una economía capitalista y el mantenimiento del nivel de vida que ésta asegura exigen –nadie lo ignora- grandes sacrificios a los pueblos que los cumplen […] salvo que el peso del esfuerzo se haga recaer sobre otros pueblos. Pero esto tiene un calificativo bien claro: explotación, palabra gruesa, si se quiere, aunque uno no encuentra otra para describir lo que han hecho ingleses, norteamericanos, etc., en América Latina.

Occidente, sin embargo, declara ante mí que esa desigualdad económica es el precio que hay que pagar para no verse privado de la libertad política y humana en general.”[6]

Expresa que uno de los motivos arquetípicos del relato forma nación es la desposesión. Y este arquetipo se mantiene inalterable como integrante del relato. Sin embargo, no todos los grupos sociales abonan este punto. Aquellas capas de la sociedad amasadas en el discurso de la colonialidad no ven a la desposesión o a la explotación como un elemento fundante del relato (colonialidad del ser). También porque su experiencia cotidiana no se encuadra en la vivencia de relaciones de explotación, por lo menos, desde el lugar de quienes la sufren. Cuando esos grupos toman el Estado, el circuito de la colonialidad del poder es completo.

Cuando la colonialidad se inscribe en el relato forma nación, estamos frente a una estrategia de hegemonía hermenéutica (Gruner).

La inclusión en el relato forma nación de la temática de la desposesión, denuncia la colonialidad del poder y nos lleva al paso más audaz: interpretar nuestra formación nacional, como necesariamente en tensión con la occidentalidad.

No olvidemos que es en el encuentro con América donde los europeos, Europa, descubre su ignorancia y la disfraza con la famosa frase. “Sin fe, sin ley, sin rey”; para dar cuenta de los nativos de estas tierras y de todo lo existente. Abriendo las puertas para que algo impensado, como no podía ser pensado, debía ser eliminado.

La visión diferenciada, mutilada y cuasimenesterosa que Europa tiene de América, es parte de otro de los horizontes que organiza nuestro relato forma nación, y que da lugar al parricidio. La percepción de ser otros frente a Occidente.

Murena sentencia “el orden colonial retorna siempre” anticipa esta noción que nos habla sobre el peligro de la colonialidad enquistada en el poder y el ser de nuestra nación. Por ello hace mención a esta acción del “eterno retorno” que aguijonea el presente.

La narración del relato forma nación se repite por parte de los grupos sociales, el pueblo, el Estado, repetidamente; como un eterno retorno.

Nosotros creemos que esta práctica del eterno retorno, en el caso del relato forma nación, obedece a dos finalidades.

Una finalidad del eterno retorno está basada en el mecanismo básico que permite sostener la identidad, volver sobre uno mismo. Y este trabajo de sostener la identidad se realiza a través de los ejercicios que hacemos para alimentar nuestra tradición.

Sin embargo, debemos aclarar que no hablamos de tradición como el lugar donde se encuentran cristalizados comportamientos, prácticas, conductas, pareceres; eso para Murena es folclorismo.

La tradición que se expresa en el relato forma nación es una acción que significa “traer […] reactivar, hacer, hacer viva otra vez una cosa con la propia vida” (Murena 2005:23).

Tomando las expresiones que utiliza Nietzsche en su Segunda Intempestiva, se tata de traer la vida a la historia.

La otra finalidad, es presentar una relación distinta entre la temporalidad y la voluntad del hombre.

Ya habíamos dicho que en el relato forma nación se presenta en toda su potencia el recuerdo, es decir: el movimiento de la voluntad que pone en escena al recuerdo. Sin embargo, voluntad humana y temporalidad tienen una relación, que desde la perspectiva rectilínea de la historia ya está determinada.

Así las cosas, la historia se presenta como un irreversible pasado que determina el presente y que establece un orden dado, no posible de modificar mediante la voluntad. Con esta visión, la voluntad humana debe resignarse a no poder “querer hacia atrás” (Vattimo 2002).

En el relato forma nación, la voluntad del recuerdo establece en un presente, el “así fue”, desde un futuro que rescata al pasado en un instante. Así la historia se retoma y se vuelve circular desde la voluntad del “querer”, por ello se le agrega vida.

Sobre los finales de la dictadura, con la efervescencia política de las elecciones democráticas a la vista, una tarde estábamos reunidos en la vieja FLA (Federación Libertaria Argentina) de la calle Brasil, con el Sr. P (el nombre no importa porque en realidad nunca se sabía si eran o no los verdaderos nombres). El Sr. P tenía unos 75 años y usaba un maletín de cuero marrón tipo escolar del cual nunca se separaba y en el que llevaba un arma (varios la vimos). Esa tarde el Sr. P comenzó a contar que siendo él, el representante gremial de los obreros del frigorífico “La Negra” en la ciudad de Avellaneda (este frigorífico era uno de los más importantes para aquella época -1943- ) se le informa desde el Sindicato, que debían asistir a una reunión en el Departamento Nacional del Trabajo con un tal Coronel Perón. Esto significó que el Sr. P tuviera que llamar a una asamblea con sus compañeros que él representaba, para explicarles que como era anarquista no podía asistir a una reunión convocada por funcionarios del Estado para tratar temas del sindicato y además, porque los sindicatos, para el anarquismo, eran independientes del Estado, los partidos políticos y la patronal. La asamblea trató la cuestión y decidió revocar el cargo del Sr. P y nombrar a otro compañero para que asistiera a esa reunión. El Sr. P al final del relato se preguntaba ¿si no habría que haber concurrido? y tal vez de esa manera no se hubiera perdido la dirección y participación de las ideas en el movimiento obrero y quizás ¿quién sabe?, influir en su desarrollo desde adentro. Y daba el ejemplo de cómo todo el sindicalismo peronista y aún el movimiento peronista, utilizaba la palabra compañero como una marca dejada por el anarcosindicalismo, ya que esta era una palabra de raigambre anarquista introducida en el siglo XIX.

Este breve y fugaz relato ya fue transmitido varias veces y casi con seguridad por varias personas (al menos los que estaban en la reunión). No sabemos si este relato que se plantea a nivel micro, producto de una experiencia de vida que entrelaza el momento existencial con el momento macro de nuestro país; puede prosperar en un futuro.

No sabemos si este relato que tiene una identidad discreta, se convertirá en un relato de mayor envergadura que vuelva a “traer” al sindicalismo a una nueva comprensión contra-hegemónica en la construcción de nuestra nación.

Para los escépticos esto no sería posible, pero el ejemplo de la palabra compañero está, y si bien no nos atreveríamos a decir que dicha palabra encierra el mismo sentido que tenía entre los compañeros de un sindicato casi clandestino e ilegal del siglo XIX; si expresamos que esta palabra sostiene una modalidad de relación propia de la resistencia, donde todos somos nada más que compañeros. Por ello es una huella en el relato.

Estamos frente al hecho de que las situaciones cotidianas de la vida social de una comunidad, son incluidas en el relato forma nación, impregnando a éste, de antiguos y viejos significados.[7]

Innumerables significados que conforman un depósito cultural de tácticas y estrategias que el pueblo y los grupos sociales tiene a la mano, y que no sabemos en que momento pueden volver a ser utilizados.

La participación en forma de democracia directa desde los pueblos más pequeños y de todos los que así lo quisieran, en el Congreso Pedagógico Nacional convocado por el gobierno de Raúl Alfonsín, significó la aparición de aquellos viejos temas de separar la Iglesia del Estado, de suprimir la ayuda del Estado a las escuelas confesionales, de eliminar las instituciones educativas como los Liceos Militares, es un ejemplo. La organización asamblearia nacida a partir del estallido del año 2001 es otro ejemplo, y por último el movimiento de las fábricas recuperadas organizadas sobre otro patrón económico de ganancias.

Estas aperturas y espacios que aparecen en la sociedad a pesar que todo parece ya determinado aún desde el Estado, son utilizados por prácticas sociales no olvidadas, que no están en el relato forma nación oficial, por ello, la sorpresa y la resistencia de la intelligentsia –también de la académica- sobre estas formas de organización social, pero que permanecen en los relatos que el pueblo tiene de sus experiencias de lucha y construcción de una sociedad mejor.[8]

El relato forma nación, nunca está clausurado y cuando trata de serlo, corre el riesgo de institucionalizarse quedando a merced del relato oficial. De esta manera, es como ese relato forma nación se separa del pueblo, de la experiencia que vive la comunidad.

El relato forma nación que circula entre los grupos sociales, la comunidad, el pueblo; revela un secreto: la nación no es lo que parece.

Pero además de poder mostrar en nuestro recorrido el lugar que le cabe al relato forma nación en la construcción de una identidad individual y colectiva, como también, al hecho de ser este relato, una forma básica de la dinámica política de los pueblos; hay otra cosa.

Cuando las personas se reúnen alrededor de la narración del relato forma nación, se hace presente una agonística. Aquella que reaviva el hecho de que “Toda palabra es metafórica. Es decir, toda palabra abarca, según se la use, más o menos mundo que lo que la convención supone que abarca” (Murena 2002:437).

Esta realidad inquietante vuelve precario todo el pensamiento que cree, que cuando piensa, lo hace sobre la existencia de una palabra precisa; el pensamiento titánico diría Murena, la ciencia.

El reconocimiento de la palabra como metáfora no debe ser visto como la caída en el solipsismo, un mundo sin orden; sino que debe ser parte de una propedéutica a las ciencias, en este caso, a la sociología y a la política, que reconozca en el origen de su invención, a la “imprecisa índole humana”, al relato que ellos mismo hacen de lo que es real.

La humildad de la poesía dice Murena, radica en el reconocimiento de la multivocidad de la palabra. Por ello, el relato forma nación siempre es una poiesis.

En la presunta falta, la desposesión, la imprecisión, la ausencia de la historia, el relato forma nación encuentra una ocasión, una puerta.

“Tenemos que aceptarnos, porque ésa es la única forma de comenzar a ser nosotros mismos y de poder empezar a dejar de serlo en formas más elevadas. El viaje será largo y agrio, pero nuestra puerta está abierta”. Murena (2006: 234).


  1. W. Benjamin (1936): “El narrador”, traducción de Roberto Blatt (1991). Madrid. Taurus. Pág 4
  2. P. Ricoeur (2006): “Sí mismo como Otro”. México. Siglo XXI.
  3. W. Benjamin (1936): “El narrador”, traducción de Roberto Blatt (1991). Madrid. Taurus.
    Pág. 3
  4. “El estado es una estructura abstracta mínima que debemos proteger porque es nuestro aliado. Debe ser un instrumento de redistribución. En el estado global, esta función decisiva se ha visto reducida.” en ¿Quién le canta al Estado- Nación? Lenguaje, política, pertenencia” (2009), Paidós. Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
  5. Ver los comentarios sobre Aijaz Ahmad en HOZVEN, Roberto (1998): “El Ensayo Hispanoamericano y sus alegorías” en Revista UNIVERSUM N° 13 de la Universidad de Talca, Chile.
  6. H.A. Murena (2002): “Visiones de Babel”. Fondo de Cultura Económica. México. Pág. 321.
  7. Recuerdo al compañero anarcosindicalista al que no le gustaba el futbol pero que durante la represión y la dictadura genocida, viajaba a ver los partidos de futbol de los equipos de Newels Old Boys de Rosario o Cólon de Santa Fe para estar bajo la bandera roja y negra del anarcosindicalismo. Lo que es sugerente, es que esos colores para esos clubes tenían esos motivos, cuando fueron elegidos. Entonces cabe la pregunta ¿sólo la bandera del compañero era la única anarcosindicalista? ¿En algún momento estos símbolos podrían recuperar su origen?
  8. “Oh mi país sus ojos descarriados/ sólo flores en homenaje de su muerte adivinan/ año de la profundidad tempestad deshabitada/ pero en espera de su gota de fecundación”. “La verdadera cárcel” en Taberna y otro lugares. Roque Dalton (2007). Bogotá. Ocena Sur.


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