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2 El relato y lo real de la Nación

    “[…] la realidad, en el fondo,

quiere parecerse a la literatura.”

Abelardo Castillo

2.1 La materialidad del relato

Con el descubrimiento del Nuevo Mundo,[1] América es el lugar donde aparecen innumerables relatos, de una mistura tal, que siempre están entreverando lo real y lo fantástico (la fuente de la eterna juventud en el golfo de Paria, el Paraíso terrenal, el Río de Oro).

Todorov (2011: 168) en la Conquista de América, el problema del otro, analiza varios de estos relatos, uno de ellos, es un informe elevado al Real Consejo de Indias por Vasco de Quiroga, donde el mismo expresa una imagen sobre la forma en que se trataba a los indios en América:

“Los hierran en las caras por tales esclavos, y se las aran y escriben con los letreros de los nombres de cuantos los van comprando, unos de otros, de mano en mano, y algunos hay que tienen tres y cuatro letreros […] de manera que la cara del hombre que fue criado a imagen de Dios, se ha tornado en esta tierra, por nuestros pecados, papel.”

Si en el comienzo, la expresión de Abelardo Castillo parece exagerada, después de leer este documento sobre la conquista de América, no lo parece.

A falta de imprenta, los cuerpos, la piel, como papel[2]. Aquí se acaban las discusiones entre realistas, textualistas o surrealistas. Es el relato como mecanismo de biopoder, es el relato de los cuerpos[3] construyendo la realidad. Son lo hombres convertidos en símbolos significantes que reúnen en su propia piel los diversos sentidos que la conquista les está otorgando y con ellos a la realidad, que está inventando-descubriendo este nuevo mundo. Relato, que así, se convierte en univoco, además, por la falta de material escrito realizado por los pueblos originarios, facilitando la tarea de establecer un relato único y por lo tanto “conquistador” de la nueva realidad. Otra vez, la literatura creando lo real.

Junto con este relato conquistador, único y esclavista, también harán su aparición otros relatos más igualitarios, más “misericordiosos” de la construcción de América. Son los que tendrán en Fray Bartolomé de Las Casas, principalmente en su obra Historia de las Indias, su mayor exponente. Pero si bien, la discusión que Las Casas impone es para otorgar la dignidad de criaturas humanas a los indios, sin embargo, estas criaturas son humanas, en tanto potencias de criaturas cristianas.

“[…] la misma afirmación de la igualdad de los hombres se hace en nombre de una religión particular, el cristianismo, sin que se reconozca tal particularismo. Hay pues un peligro potencial de ver que se afirme, no sólo la naturaleza humana de los indios, sino también su” naturaleza cristiana”.

La Casas habla de leyes y reglas naturales y de derechos de los hombres; pero ¿quién decide sobre qué es natural en materia de leyes y derechos? ¿no será precisamente la religión cristiana?; puesto que el cristianismo es universalista, implica una indiferencia esencial de todos los seres humanos[4]

y por ello, agregamos nosotros, la imposibilidad de ver al otro, el indio, como distinto a mí, como criatura que puede ser humana, sin ser cristiana.

Así, ese relato aminora su carácter esclavista, pero sigue siendo “único”, y se modela en una tensión que se desplaza del relato “conquistador” al relato “colonial”.

La naturaleza de América, los ríos de América, los nativos de América, solo serán “papel” para inscribir el relato conquistador-colonial. Más que extraer sólo una enorme plusvalía de América –lo cual no quiere decir que se ignore el fin de expoliar a las colonias-, se trata también de imponer un código (Baudrillard, 1984: 31). Pero, ¿cuál es el código?, el estilo de narración de la conquista, que continuará en la colonización, es la imposición de la superioridad natural del conquistador y la inferioridad natural de lo americano.

Tres siglos de un discurso único que en cada instancia cotidiana de la burocracia gubernamental del Imperio y de la administración de las Indias, dramatizaba la existencia de lo americano como lo inferior.

“Cuando se percibe en su aspecto inmediato el contexto colonial, es evidente que lo que divide al mundo es primero el hecho de pertenecer o no a tal especie, a tal raza” (Fanon 2007 : 34), en nuestro caso la división estaba dada por si se es español o se es criollo.

Alrededor de este relato del defecto americano y la supremacía europea, se entablarán innumerables discusiones, hasta hoy; la revolución de 1810 será el primer intento por establecer un relato que elimine, suplante o supere al relato colonial.

Mariano Moreno comienza a desandar el relato de una conquista que se presenta como la garante de nuestra inclusión y participación en la historia occidental y en el progreso de la modernidad. Y para ello, comienza por quitarle legitimidad a la historia de la colonización, o mejor dicho, le imprime a la colonización el atributo de ser la forma ilegítima de apoderarse de un pueblo.

“Las Américas no se ven unidas a los monarcas españoles por el pacto social, que únicamente puede sostener la legitimidad y decoro de una dominación […] la América, en ningún caso puede considerarse sujeta a aquella obligación; ella no ha concurrido a la celebración del pacto social de que derivan los monarcas españoles, los únicos títulos de la legitimidad de su imperio: la fuerza y la violencia son la única base de la conquista, que agregó estas regiones al trono español, conquista que en trescientos años no ha podido borrar de la memoria de los hombres las atrocidades y horrores con que fue ejecutada, y que no habiéndose ratificado jamás por el consentimiento libre y unánime de estos pueblos, no ha añadido en su abono título alguno al primitivo de la fuerza y violencia que la produjeron. Ahora, pues, la fuerza no induce derecho, ni puede nacer de ella una legítima obligación que nos impida resistirla, apenas podamos hacerlo impunemente; pues, como dice Juan Jacobo Rousseau, una vez que recupera el pueblo su libertad, por el mismo derecho que hubo para despojarle de ella, o tiene razón para recobrarla, o no la había para quitársela.[5]

Moreno es el estandarte de una estrategia de emparentar el relato hispánico con el relato del despotismo y la esclavitud. Se trata de mostrar que no hay desarrollo ni progreso, valores importantes para esa época, en el proceso de la colonización de las Provincias del Río de la Plata. Además, conciente de la necesidad de establecer la lucha en el campo de la cultura, Moreno en su prólogo a la traducción de “El Contrato Social” de Rousseau expresa:

“Los deseos más fervorosos se desvanecen, [se refiere a las ideas de la revolución] si una mano maestra no va progresivamente encadenando los sucesos, y preparando, por la particular reforma de cada ramo, la consolidación de un bien general, que haga palpables a cada ciudadano las ventajas de la constitución y lo interese en su defensa como en la de un bien propio y personal. Esta obra es absolutamente imposible en pueblos que han nacido en la esclavitud, mientras no se les saque de la ignorancia de sus propios derechos que han vivido […] en tan críticas circunstancias [el período revolucionario] todo ciudadano está obligado a comunicar sus luces y sus conocimientos; y el soldado que opone su pecho a las balas de los enemigos exteriores, no hace mayor servicio que el sabio que abandona su retiro y ataca con frente serena la ambición, la ignorancia, el egoísmo y demás pasiones, enemigos interiores del Estado, y tanto más terribles, cuanto ejercen una guerra oculta y logran frecuentemente de sus rivales una venganza segura.”

No sólo se debe luchar en el frente para sostener la revolución, sino también que los hombres “sabios” y todo ciudadano, debe movilizarse con sus conocimientos en esta “guerra oculta” contra los “enemigos interiores” representados por la cultura hispánica predominante. Por ello, en esta guerra cultural, se debe lograr “interesar” al pueblo, a las masas, sobre sus propios derechos. El establecimiento de su propia cultura, como un “bien propio”.

Moreno parece prefigurar lo que Fanon (2007: 202) dirá un siglo y medio después

“Por último, en un tercer período, llamado de lucha, el colonizado –tras haber intentado perderse en el pueblo, perderse con el pueblo- va por el contrario a sacudir al pueblo. En vez de favorecer el letargo del pueblo se transforma en el que despierta al pueblo. Literatura de combate, literatura revolucionaria, literatura nacional.”

Es claro que para Moreno, es el momento de sustituir la simbología hispánica en las ahora Provincias Unidas del Río de la Plata, fuertemente afincadas en la administración y la burocracia de los gobiernos otrora organizados por la península; como una forma de comenzar un relato propio a través de los documentos o bandos de gobierno; por ello se ordena:

“Desde la fecha de esta providencia ningún tribunal, corporación, o jefe, civil, militar o eclesiástico, conferirá empleo público a persona que no haya nacido en estas provincias”.[6]

Moreno es el prototipo, hay otros, del intelectual político que busca legitimar todas las acciones independentistas que se realicen y que establecerán los contornos de una nueva entidad política, imaginando una nueva Nación.

Trabajo complejo, ya que el mismo se debe realizar desde el sustrato cultural de la colonia, utilizando sus estructuras, pero modificando el estilo, que ahora será adecuado al contexto revolucionario y de ruptura con la hispanización. Se trata de lograr un relato americano-argentino.

Queda la discusión sobre si la decisión voluntaria de generar una nación, decisión de las que nos habla Renán, es suficiente para generar un nuevo relato y con ello una nueva comunidad política, que se desprenda de su pasado colonial.

Alberdi[7] sostiene que es posible una poesía o literatura americanista-argentina, en el período colonial; mientras que Florencio Varela[8] expresa que:

“Ninguna literatura americana pudo haber mientras duró la dominación de la España; Colonia ninguna puede tener una literatura propia; porque no es propia la existencia de que goza, y la literatura no es más que la expresión de las condiciones y elementos de la existencia social.”

Para nosotros, este debate, que como tal puede continuar sin una resolución en uno u otro sentido; es importante porque reconoce la aparición, con muletas para Alberdi, o pleno, para Varela, de un relato nacional. Pero además, porque en este último autor se liga la existencia material del pueblo enmancipado, a las posibilidades de un relato propio.

Existe una publicación de 1824, La Lira Argentina, que reúne “todas las piezas poéticas o de simple versificación que han salido en Buenos Aires durante la guerra de la Independencia”[9].

En ella podemos encontrar los movimientos y tensiones que el relato de nuestra lucha por la independencia tenía, para imponer una nueva forma en el arte de decir (poesía o cantares, clase ciudadana o campestre): esta nueva forma nación. Es por ello que se encuentran, por ejemplo, referencias clásicas de una cultura europea:

“De los nuevos campeones los rostros Marte mismo parece animar”,

junto con referencias sobre los pueblos originarios de América:

    “Se conmueven del Inca las tumbas

y en sus huesos revive el ardor,

lo que ve renovando a sus hijos

de la Patria el antiguo esplendor.”

Estos movimientos que se encuentran en una misma poesía, la llamada Marcha Nacional de Vicente López y Planes, elegida por el pueblo de Buenos Aires y que luego sería el Himno Nacional Argentino; serían comunes en esta etapa de afirmación de la nacionalidad.

También por ello, se expresaban con naturalidad los nombres de Provincias Unidas del Sud, Provincias Unidas, Provincias Unidas del Río de la Plata, América o la América del Sud:

     “el clarín de la guerra, cual trueno

en los campos del Sud, resonó.

Buenos Aires se opone a la frente

de los pueblos de la ínclita Unión,

y con brazos robustos desgarran

al ibérico altivo León.”

En la Oda 50, también de Vicente López y Planes, sobre la batalla de Suipacha, dice:

     [sobre Balcarce] “de todo americano

sois más que el griego y el célebre romano

[…]” ¡Usurpadores del Perú! Rivales

del que tiene por cuna

el suelo, que os brindó con la fortuna,”

[…] “Esa legión de indianos generosos

los aceros no esgrime,

sino en sostén del que oprimido gime.”

[…] “Ceda Esparta en Termópilas la palma,

cédala a los Indianos,

que hallaron en Suipacha a los tiranos.”

[…] “salve, mi jefe amado,

pues la América todas has libertado.”

La Oda a la excelentísima Junta Gubernativa de las Provincias del Río de la Plata de Juan Ramón Rojas expresa:

    “mi predilecto pueblo (a quien los hombres

llamarán Buenos Aires) de las manos

de los ministros que venderla intenten,

arrancará debidamente el mando.

Pondralo a cargo de patriotas fieles;

y estos dignos varones esforzados,

modelos de valor y de prudencia,

levantarán el edificio sacro

de la perpetua libertad augusta,

que a la América toda yo preparo.”

[…] “cuando ya los ejércitos valientes

de mi elegido pueblo, colocados

sobre los altos Andes harán verse,

y a un mismo tiempo en los feroces campos

de la banda oriental de su distrito,

invencibles rindiendo a sus contrarios,

imponiendo terror a los rebeldes,

y en libertad poniendo a sus hermanos.”

Un Soneto de Fray Cayetano Rodríguez expresa:

    “En llanto amargo América gemía

bajo opresores grillos agobiada

sujeta ¡oh, Dios! a venerar postrada

los tiránicos golpes que sufría.

Su dolor al Olimpo enternecía,

mas el ibero con injusta espada

la libertad le niega suspirada

por sostener su orgullo y tiranía.

¡Oh, duro estado! Más llegó el momento

y día veinte y cinco reservado,

en que cayó de un golpe aquel cimiento

que al despotismo tuvo entronizado,

y en que la libertad subió a su asiento,

y a un trono por tres siglos usurpado.”

Algunas inscripciones colocadas el día 25 de mayo de 1815 en las cuatro estatuas de la Plaza de la Victoria:

   “Europa admirada ve

lo que nunca ver pensó,

libre a la que esclavizó,

sin saber cómo y porqué.

Sin sentirlo se le fue

el pájaro de la mano:

voló; ya se afana en vano:

no lo volverá a coger;

quiera o no quiera, ha de ser

libre el suelo americano.”

Estas piezas de la literatura de la época pueden ser analizadas a partir de su inclusión en distintos estilos, a saber: neoclásicos, románticos o gauchescos y a las distintas hibridaciones que pudieran existir entre ellos. Sin embargo, lo que nos interesa ver aquí, es el encabalgamiento de distintos motivos que ingresan en el relato de la forma nación y cómo esos motivos expresan dentro de ese relato, distintas ficciones narrativas que imaginan lo real de la nación.

2.2 Los Motivos Generativos y La Metáfora

Shumway (2002) propone el concepto de ficciones orientadoras, para dar cuenta de aquellas “mitologías nacionales” que “son necesarias para darles a los individuos un sentimiento de nación, comunidad, identidad colectiva y un destino común nacional” (2002: 15a) agregando que son ficciones porque “no pueden ser probadas, y en realidad suelen ser creaciones artificiales como ficciones literarias.” (2002: 14).

Si bien nosotros recogemos esta idea de la poesis del relato forma nación, no queda claro en el planteo de Shumway por qué algunas de estas ficciones se convierten en orientadoras y otras son desechadas. O en realidad, si es en una lectura posterior de estas mitologías nacionales, interpretadas retrospectivamente, lo que conforman esas ficciones orientadoras. Esta situación se complejiza aún más, según nuestro entender, cuando Shumway toma de Morgan la idea de ficciones, pero ficciones que los “gobiernos” crean: “El éxito en la tarea de gobierno…exige la aceptación de ficciones…” (2002: 15b).

Entonces: ¿las ficciones solo pueden ser las propuestas por los gobiernos? ¿Hay alguien que tiene la particularidad de decidir cual es la ficción orientadora?

Nosotros preferimos hablar de “motivos generativos” que forman ficciones narrativas que elaboran el relato forma nación.

Esta idea de la existencia de “motivos generativos”, encierra la acción de sustraer del horizonte de experiencias, con las cuales interactuamos en el mundo, aquellas a las que intencionalmente nos las representamos como síntesis de sentidos.

Se trata de núcleos de sentido, que elaboran un circuito de significación (Marcus, 2012) que se vislumbra en la construcción del relato forma nación. Pero además, la elaboración de este concepto, responde también a la característica intencional que posee.

Los motivos generativos, significan movimiento y tensión, porque son expresiones de una voluntad que se le quiere aportar a un relato, que para el caso del relato forma nación, es una voluntad de verdad. Utilizando las palabras de Nietzsche[10]:

“Seamos, pues, más discretos, menos filósofos y admitamos, que en cada voluntad existe, ante todo, una infinidad de sentimientos: el sentimiento del estado del que se quiere salir, el del estado al cual se tiende, la sensación de estas dos direcciones mismas, o sea “desde aquí” “hasta allá”; en fin, una sensación muscular que, sin llegar a poner en movimiento brazos y piernas, entra a formar parte de él tan pronto como nos disponemos a “querer”. Del mismo modo que el sentir, un sentir múltiple, es evidente que uno de los componentes de la voluntad, contiene también un “pensar”; en todo acto voluntario hay un pensamiento directriz, y, por tanto, hay que cuidarse de creer que se puede aislar este pensamiento del “querer” para obtener un precipitado que seguiría siendo voluntad. En tercer lugar, la voluntad no es únicamente un conjunto de sensaciones y pensamientos, sino también y ante todo un estado afectivo, la emoción derivada del mando, del poderío.”

Estos motivos generativos, se utilizan en el relato para ir desde un lugar, la colonia, hacia otro, la república. Con la intención clara de “querer” la libertad.

Se trata de “pensar” desde ese lugar del “querer”, y por ello los poemas relatan la feroz epopeya de la cultura “indiana” contra el imperialismo ibérico.

Este “querer” va más allá y por ello lleva a pensar en establecer una línea de continuidad entre aquellos europeos (aquí es importante observar que no sólo se nombran a los españoles) que esquilmaron a estas tierras y los que en ese momento eran representantes de España, por lo que la necesidad de liberarse de los mismos, es una cuestión de lógica histórica, de naturalización de la revancha.

Pero a la vez se crea, la comparación entre esos indianos, y quienes fueron los creadores espirituales de Europa, los romanos o atenienses. A los dioses del olimpo, se los muestra nuevamente regocijados por la aparición de un “pueblo” tan lleno de valentía como los Espartanos. Tratando así, de incluirnos en la historia occidental, casi desde sus mismos orígenes. La historia que hace tres siglos no nos reconocía y que ahora lo hace desde un lugar periférico, porque se sigue escribiendo en Europa.

También aparece la necesidad de elevar al criollo por sobre una Europa esclavista y culturalmente inclinada al despotismo. Esta estrategia es la forma en que se presenta el movimiento criollo para contrarrestar la idea, llevada durante tres siglos, de una inferioridad americana. Por ello, se utiliza la figura de la aparición de un pueblo, el Americano, que sólo utiliza la fuerza en defensa del oprimido, y no como conquistador, como sí se realiza en los países europeos.

Las cuestiones que la intelligentsia y el pueblo; convertidos en poetas proponen sobre las características de la patria que está alumbrando, son temáticas que se demarcan de un ámbito experimentado por ellos. Son éstas y no otras las inquietudes existenciales, en tanto existentes, que son puestas en valor junto con la comunidad a la que se pertenece. No hay una “vanguardia” que interpreta a una masa pasiva, por lo menos en nuestro caso, porque lo que se extrae o significa en núcleos de sentido, son motivos que participan de la realidad empírica de la comunidad.

La introducción en la época de la conquista y la colonia, de las condiciones excepcionales de “nuestra naturaleza” para entender el carácter de nuestro pueblo, o el carácter de la épica a desarrollar por la revolución; no sería un motivo que luego retomaría Sarmiento, o que persiste en nuestra literatura, géneros musicales, teatro, cine; sino fuera lo que existencialmente se vivía y vivimos como realidad.

La llanura, las cadenas montañosas, el horizonte del mar; hacen a la idea de una característica de nuestra naturaleza: la imagen de una extensión territorial que abruma, que es siempre inalcanzable. No decimos que este dato configura un tipo humano, decimos, que hay un humano que vive con este dato, y en la existencia, lo resignifica como valioso.

Igual curso, lo analizaremos en otro lugar de este trabajo, siguen la forma de enfrentarse al despotismo y la cultura colonial, la relación con Europa, la construcción de la historia, la idea de libertad; que son núcleos de sentido en el relato de nuestra forma nación. Estos motivos desarrollan un circuito de significación[11] que persiste en el tiempo por pertenecer a una realidad dada, la Argentina-Americana[12], que continúa. De eso se trata el canto Espartano nombrado por Renán “somos lo que fuisteis, seremos lo que sois”.

No se trata de ficciones orientadoras invocadas desde el gobierno, clase dominante o una parte de la comunidad. Pamplona (2003) es claro cuando expresa: “Es ampliamente sabido que la nación, como constructo cultural, es siempre un trabajo colectivo de muchos[13]”; se trata de motivos que forman el relato nación porque están dentro del circuito de significación que el existente, utiliza para entender su realidad y la de su comunidad.

Nuevamente: la puesta en el mismo espacio de “los indianos”, “los incas”, “Esparta”, “Termópilas”, “Olimpo”, podemos interpretarla como la construcción de una etnicidad ficticia; la invención de una comunidad (Balibar, E. 1991), o como lo que realmente es, una comunidad en el año 1800 en las Provincias Unidas del Sud, donde había una presencia indígena real.

Es por ello, que planteamos que no había en los revolucionarios de mayo la pretensión de construir esa etnicidad ficticia; si tal vez posteriormente, en la generación Mitrista, la cual estaba concientemente fundando un Estado que necesitaba a una nación y que bajo este imperativo crea una etnicidad ficticia donde se trata de homogeneizar a toda la población bajo el concepto de “crisol de razas” (deliberadamente blancas y europeas).

Tampoco decimos, en concordancia con Álvarez (2004: 135), que el movimiento independentista de Mayo tuviera una impronta indigenista. Pero sí, reconocemos la necesidad de homologar la independencia del despotismo español, a la independencia perdida por los líderes indígenas originarios de estas tierras.

Se trata de incluir en el relato épico necesario para la revolución, a los relatos épicos de las batallas llevadas adelante por nuestros antepasados, también contra el mismo enemigo.

“Se re-escribe la resistencia indígena al colonizador como un contracanto de la épica de la conquista, vertiendo aquellas lejanas glorias sobre sus propias luchas emancipadoras presentes, que resultan legitimadas y prestigiadas, para perfilar una genealogía y remitir a un agravio primero que justifique el derecho a una independencia dibujada como la recuperación de un remoto pasado arrebatado. Por tanto, los poemas hablan más de aquello a lo que el criollo aspira que del indígena mismo: el verdadero núcleo imaginario del motivo indígena en La lira argentina no es el indio –ni el contemporáneo ni el distante en el tiempo-, sino la construcción y el elogio del sujeto independentista contemporáneo en función del objeto indígena evocado”.[14]

En una lucha abierta por la posibilidad de establecer una legitimidad de origen, con las dificultades propias de encontrar y establecer una identidad que sostenga la invarianza que significa una Nación, para los de adentro y para los de afuera, este sujeto independentista del que nos habla Álvarez, va a elaborar un relato forma nación a partir de motivos generadores propios, que son sus propias metáforas del relato forma nación. Metáforas que persistirán en el tiempo y que aparecen a cada instante de nuestra historia nacional, con diferentes variaciones.

Utilizando las propias palabras y dotando al relato con sus propias lógicas, que no tienen por qué responder a razones, sociales, económicas o políticas. Como bien lo expresa Borges:

“Me figuro que una nación desarrolla las palabras que necesita. Esta observación, hecha por Chesterton (creo que en su libro sobre Watts), equivale a decir que la lengua no es, como el diccionario nos sugiere, un invento de académicos y filólogos. Antes bien, ha sido desarrollada a través del tiempo, a través de mucho tiempo, por campesinos, pescadores, cazadores y caballeros. No surge de las bibliotecas, sino de los campos, del mar, de los ríos, de la noche, del alba […] Hay versos que, evidentemente, son hermosos y no tienen sentido. Pero, incluso así, tienen sentido: no para la razón, sino para la imaginación”.[15]

Son palabras que el pueblo utiliza las que toma Murena para proponer varias metáforas que recorren el relato forma nación que nos imagina. Las mismas que nosotros exploraremos, con el convencimiento que dichas metáforas son las que persisten en el relato forma nación desde sus orígenes; y que negarlas, es renegar sobre el origen, detener la posibilidad de conocer nuestra existencia, y modificarla.

Murena plantea las metáforas del pecado original, el parricidio, la desposesión, la ahistoricidad; todas sobre América, que para él, es lo mismo que Argentina. Las metáforas que elige, son núcleos de sentido que se encuentran en una reflexión más abarcativa, sobre el movimiento que el hombre argentino-americano debe realizar para, precisamente, darse a sí mismo un relato propio:

“Recordaba mi insistir en la diferencia total de América y, a medida que veía ciudades y gentes, me invadía la desazón, más: la vergüenza […] Fue de semejante nadir de donde salió la respuesta a esa perplejidad que sin duda yacía en mí desde mucho antes del viaje. Y la respuesta decía que América buscaba también la plenitud de lo humano, pero que para cumplirla mediante sí debía en un primer paso apartarse de lo ya cumplido por otros.

Debía descender al fondo de sí con movimientos que significaban en principio una negación de lo occidental. Y no sólo de lo occidental, sino de todas las formas en que se hubiese plasmado la plenitud. América debía descender a lo informe, a sus zonas abismales: únicamente cuando pareciera hallarse en pleno extravío se encontraría cerca de su camino. Porque aunque lo que los americanos buscábamos fuera igual que lo que ya habían logrado otros, debíamos buscarlo a través de la diferencia. Sólo separándonos de los demás llegaríamos a donde los demás estaban.”[16]

Murena enfrenta la necesidad, poco económica para los cientistas sociales o cientistas en general, de renegar de los caminos ya abiertos por occidente; e iniciar nuevos caminos, aunque más no sea, para llegar a los mismos logros.

Si queremos erradicar la occidentalización forzada a la que fuimos sometidos, el autor plantea un movimiento de ruptura radical con lo que se toma como lo naturalmente impuesto, la colonización occidental. Pero también Murena, con esta proposición, expresa su aversión a las totalizaciones, en este caso, a la realizada por occidente y su racionalismo, sobre América. Se trata de dispersar las totalizaciones aprehendidas por nosotros, sobre nosotros, pero creadas por otros.

La importancia que da Murena a la metáfora, es central en la operación crítica que realiza sobre la realidad de Argentina-América, y de los relatos que expresan a América-Argentina. Porque las metáforas expresan la diversidad y la multivocacidad de lo real. Dando lugar así a la utilización de un “método asistemático deliberado”, para interpretar lo real. Por ello en el prólogo de Homo atomicus, Murena dice de sí:

“Como no es filósofo ni historiador por profesión, sino sencillamente alguien que no deja de asombrarse ante el mundo en el que le fue dado nacer, como habita –por añadidura- en un rincón de ese mundo en el que las grandes bibliotecas, en las que se pueden fundamentar las propias intuiciones, no resultan asequibles, y como esas intuiciones, por otro lado, lo urgían sin descanso a que no las dejase inexpresadas, el autor ha preferido presentar sus metáforas sin despojarlas de su índole acentuadamente personal, apoyadas en términos históricos de elección discutible y –pese a que sea “deudor tanto a griegos como a bárbaros, tanto a sabios como a simples”- sin el aparato erudito de menciones, citas y reconocimientos que le prestase aire de respetabilidad […] el autor ofrece a las críticas blanco fácil y lo sabe. No obstante, ha dejado que así fuese. Tiene la esperanza de que sus hipótesis –aunque cuestionables en los detalles- encierren en el fondo un adarme de alguna indiscutible verdad.”[17]

Para Murena las metáforas son los instrumentos que producen los desplazamientos del sentido unívoco que se quiere dar a lo real “que salta sobre la estructura lógica con que los malos pecadores quieren atrapar y matar al mundo”[18].

La metáfora para el autor, tiene el poder de instalar algo, más allá de si es lógico o no –por eso la compara a la fe-, dando lugar así a la aparición de nuevas realidades “No hay nada demostrable en el campo de la metáfora, fe. Simplemente, las cosas son mostradas, basta”[19].

Es por ello que las metáforas que propone Murena, pueden ser históricamente apócrifas, pero si “son creídas” por el existente, si estas formas parten de los núcleos de sentido con que se explica, en parte, su existencia dentro de un conjunto, tal vez es porque está mostrando algo “verdadero”. Algo que los “saberes bajos” como diría Foucault, de los que el pueblo se nutre, ya “saben”.

La peculiaridad de una nación o del relato forma nación que una comunidad adopta, no está en inventar algo nuevo sino en presentar una forma distinta de imaginar, de metaforizar, lo que nos aglutina y compone el horizonte de nuestras existencias (Anderson 2007). Y para ello Murena establece las metáforas del parricidio, la llanura como lo inasible y el desasosiego de la ahistoricidad.

Con estas metáforas, como ya lo expresamos anteriormente, es que se trata de comprender la operación cultural que establece nuestro relato forma nación que en concordancia con Murena; nos muestra una identidad de característica “diversa y fracturada” que pugna por la descolonización del pensamiento que nos aglutina, el deslizamiento de las teorías vigentes, el parricidio de las claves europeas en la interpretación nacional y el compromiso negativo con las instituciones sociales, que nuestra propia comunidad genera.

Estas serían las claves de nuestro relato forma nación que prevalecen para Murena y para nosotros. Y por ello, el eterno retorno en la re-fundación del país que el Estado realiza, cada vez que se inviste como la nación; es a nuestro entender, como ya lo dijimos, el esfuerzo que la administración hace racionalmente para suturar la diferencia, no percatándose que de esa manera, se produce un artefacto cultural, que le hace el juego al sostenimiento de la colonialidad.


  1. Creemos que es necesario no minimizar el concepto de Nuevo Mundo: “En primer lugar el descubrimiento de América, o más bien el de los americanos, es sin duda el encuentro más asombroso de nuestra historia. En el “descubrimiento” de los demás continentes y de los demás hombres no existe realmente ese sentimiento de extrañeza radical: los europeos nunca ignoraron por completo la existencia de África, o de la India, o de China; su recuerdo está siempre ya presente, desde los orígenes […] el descubrimiento de América es lo que anuncia y funda nuestra identidad presente; aún si toda fecha que permite separar dos épocas es arbitraria, no hay ninguna que convenga más para marcar el comienzo de la era moderna que el año de 1492, en que Colón atraviesa el océano Atlántico. Todo somos, descendientes directos de Colón, con él comienza nuestra genealogía –en la medida en que la palabra “comienzo” tiene sentido-. Desde 1492 estamos en una época que, como dijo Las Casas refiriéndose a la navegación de Colón, es “tan nueva y tan nunca […] vista ni oída”. Todorov, T. (2011) La conquista de América, el problema del otro. Avellaneda. Siglo Veintiuno.
  2. “El relato de la conquista de América muestra como un orden de la vida –un modelo biopolítico- fue intervenido y dominado por un biopoder establecido desde otra cultura distinta. Este invasor logró someter a una civilización y un centenar de naciones (acaso pueblos). El saqueo no resultó suficiente, la derrota sobre los dominados fue tan decisiva, y la convicción de la superioridad racial y moral de los vencedores tan sincera, que nada detuvo que establecieran un orden de la vida basado en la explotación de las riquezas del territorio conquistado […] en cualquier caso es innegable que la conquista y colonización de América impuso un orden y una administración de la vida con fines extractivos y que la biopolítica nos puede brindar una perspectiva útil para abordar estas cuestiones desde el problema de la vida.” Esteves, R. (2012) Biopolítica, populismo y poscolonialismo. Debates Actuales de la Teoría Política Contemporánea. teoriapoliticacontemporanea.blogspot.com
  3. Sería interesante iniciar investigaciones sobre le concepto de nuda vida a partir de nuestros propios registros de lo ocurrido en América.
  4. Todorov, T. (2011) La conquista de América, el problema del otro. Avellaneda. Siglo Veintiuno. Pag.198
  5. Sobre las miras del Congreso que acaba de convocarse, y constitución del Estado/1810. Doctrina Democrática, edición de Ricardo Rojas, Librería La Facultad, de Juan Roldán, 1915. www.biblioteca.clarín.com
  6. Circular de la Junta del 3 de Diciembre de 1810 en Doctrina Democrática, edición de Ricardo Rojas, Librería La Facultad, de Juan Roldán, 1915. www.biblioteca.clarín.com
  7. Alberdi, J. Observaciones sobre el Certamen poético celebrado en Montevideo en 1841, en Obras completas, Vol. II, Buenos Aires, 1886, citado en La construcción de una identidad: el mundo indígena en la literatura independentista (La Lira Argentina), Elena Lorenzo Álvarez en América sin Nombre N° 5-6 diciembre 2004, Págs.130-137. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
  8. Varela, F. Informe de la Comisión Clasificadora del Certamen poético de Mayo, Montevideo, Imprenta Constitucional del P.P.Olave, 25 de mayo de 1841, Págs. 1-XVIII, citado en La construcción de una identidad: el mundo indígena en la literatura independentista (La Lira Argentina), Elena Lorenzo Álvarez en América sin Nombre N° 5-6 diciembre 2004, Págs.130-137. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
  9. La LIRA ARGENTINA ó colección DE LAS PIEZAS POÉTICAS dadas a luz EN BUENOS- AYRES durante la guerra DE SU INDEPENDENCIA. (1823). Buenos – Ayres, es una recopilación de 131 poemas, desde el período de las invasiones inglesas (1807) hasta el año de su publicación. www.integrar.bue.edu.ar
  10. Nietzsche, F. (1998) Mas allá del Bien y del Mal. Buenos Aires. Buró.
  11. Marcus, G. (2012) El Basurero de la Historia, Buenos Aires, Paidós.
  12. En adelante el binomio Argentina-America o América-Argentina, se utilizará indistintamente como lo mismo, siguiendo a Murena.
  13. Traducción propia: Pamplona, M. (2003) “Ambiguidades do pensamento latino-americano: intelectuais e a Idoia de cacao na Argentina e no Brasil” en Estudios Históricos, Río de Janeiro, N° 32, Pág. 3-31.
  14. Lorenzo Álvarez, E. (2004) La Construcción de una identidad: El mundo indígena en la literatura independentista (La Lira Argentina) en América sin Nombre N° 5-6, diciembre 2004, pp.130-137. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. www.cervantesvirtual.com
  15. Borges, J. (2005) Arte poética-Seis conferencias. Barcelona. Crítica. Pág. 101 y 105.
  16. Murena, H. (2006) El pecado original de América. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica. Pág. 10.
  17. Murena, H. (1961) Homo atomicus. Buenos Aires. Sur. Págs. 11-12
  18. Murena, H. (2002) La Metáfora y lo Sagrado, en Visiones de Babel. México. Fondo de Cultura Económica. Págs. 440/41.
  19. Ibídem, Pág. 438.


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