Otras publicaciones:

12-3052t

9789877230277-frontcover

Otras publicaciones:

9789877230307-frontcover

9789877230970_frontcover1

5 El eterno retorno

Es sabido que la identidad

reside en la memoria y que la anulación

de esa facultad comporta la idiotez.”

Jorge L. Borges

El 17 de abril de 1949 Murena da inicio a una discusión en la revista Sur contra Victoria Ocampo, su directora. La contienda comienza cuando Murena en su columna “los penúltimos días”, también en la misma revista, dice: “Leo en Sur que Victoria Ocampo piensa editar un libro acerca de T. E. Lawrence, con juicios sobre ese fascinante personaje. “¿Qué significa para usted Lawrence?” ¿Por qué no publicar un libro titulado “Qué significa para usted Sarmiento?” Nos ignoramos tanto los argentinos, los americanos. Necesitamos con tanta urgencia directas palabras sobre nosotros mismos”.[1]

Victoria Ocampo toma estas palabras como un desafío y responde con cierta exasperación:

“Leo en Sur (nº 175) que H. A. Murena me aconseja editar un libro-encuesta con el siguiente título: “¿Qué significa para usted Sarmiento?” en vez del que tenía proyectado: “¿Qué significa para usted T. E. Lawrence?”.

[…]Murena estaría todavía en pañales cuando ya retumbaba con insistencia en mis oídos este air connu. Primero fue fulano, después mengano, después zutano.

[…]Sospecho lo que a Murena se la ha metido en la cabeza. Hace tiempo que las hojas nacionalistas nos han habituado a un lenguaje nada distinto.

[…]¡Qué Sarmiento ni Sarmiento! ¿Qué tiene que ver Sarmiento, San Martín y Alberdi –por grandes que sean- con todo esto?.

[…]No creo que resulte saludable en esta época, ni que sea la misión del escritor, exaltar los nacionalismos (de cualquier índole). Nunca se ha hecho desde Sur. Con eso de creerse cada cual el mejor, sólo se logra rebajar el nivel de los pueblos y de los individuos. Y es una manera de nacionalismo, aunque refinado, el decir, cuando alguien se propone publicar un libro sobre un inglés: “Sería más útil que fuese sobre un argentino”.[2]

Sobre la contestación de Victoria Ocampo, a Murena le llama la atención la mención a cierto “air connu” o repetición “nada distinta” de los temas que considera nacionales o pertenecientes al nacionalismo. En las palabras de Ocampo es claro que su visión del nacionalismo, en la que engloba a Murena, no aporta nada a la cultura de los pueblos o los individuos y en realidad es una forma que los degrada.

Murena interpreta varias cuestiones en esta respuesta de Victoria Ocampo, sin embargo la que nos interesa para nuestro trabajo es la que hace referencia al tema del “siempre lo mismo” o “lo ya conocido”.

“[…] que yo soy nacionalista, que mis palabras le hayan recordado un air connu al que las hojas nacionalistas la tienen habituada desde hace veinte años, y más, porque el nacionalismo es viejo como el tiempo. Pero en verdad, si se lo considera atentamente, no es curioso: se trata de una modalidad más del mismo problema que mi insinuación señalaba, el de no tener en cuenta la realidad que nos circunda, el de no analizarla, el de deshacerse de ella mediante prejuicios y una terminología simplista que incluye las acusaciones de nacionalismo y que tan frecuentada es entre nosotros.

De cualquier manera, esas palabras deber ser desechadas, esa actitud debe ser superada. De nada nos sirven el conclusivo del nacionalismo y el no terminante con que responde su hermano el internacionalismo.”[3]

Murena tiene una clave de lectura de lo nacional, que también tiene el relato forma nación, la lectura de los que nos es común, lo que nos circunda. El necesario programa de investigación sobre nuestra comprensión o incomprensión de la realidad que nos enfrenta.

Como el relato forma nación, Murena proclama que se debe hacer una mayor estimación sobre esta nueva forma de ver el mundo del americano-argentino, nueva, no mejor o peor, antes que abocarnos al análisis del pensamiento universal.

Lo que los pensadores eluden o desconocen es que el ser-ahí es ahí, tiene un mundo al que es arrojado, pero no como una dependencia de la razón; sino que este ahí es la radical cualificación histórica de todo su proyecto de comprensión e interpretación del mundo (Vattimo 1992: 98).

Y el ahí, decimos nosotros, no es opacidad local y singular que impide la visibilidad de lo universal. Es el paso previo en que la instauración de lo visible, lo nuestro, permite la posterior visión de lo universal. “Estos problemas piden su respuesta, piden que, psicológicamente, se los investigue con anterioridad a toda incursión en lo ecuménico”.[4]

La repetición de las investigaciones de nuestra realidad a partir de dilucidar la misma por nosotros mismos, es claramente un proyecto nacional, pero esto no quiere decir que sea un proyecto nacionalista o meramente telúrico como desinteresadamente expresan algunos miembros de la intelligentsia.

En todo caso son operaciones necesarias para sostener una identidad nacional, local o regional, como se quiera nombrar. Volver sobre Sarmiento, San Martín o Alberdi, es volver sobre nosotros, diferenciarnos del universal totalizador que nos permita realizar una afirmación propia.

Exhumar interpretaciones de nuestra realidad, confrontar experiencias sobre las luchas que nuestra naturaleza humana y geográfica proponen, discutir prejuicios sobre la forma que le damos a nuestra existencia; es algo más que nacionalismo, es “[…] esforzarse para posibilitar la vida en esta realidad, para nombrarla exactamente y traerla a la existencia”.[5]

Es cierto que hay un movimiento sobre lo mismo, antes de Victoria Ocampo y luego de ella. Porque la identidad se mantiene en la deliberación de su existencia, como un eterno retorno.

La necesidad de producir un sentido que la comunidad o el pueblo manifiestan a partir de las prácticas discursivas que componen el relato forma nación, son una voluntad de verdad que trata de reunir diversas conjeturas sobre su origen y el proceso por el cual terminan en constituirse como un pueblo.

El Eterno Retorno no es sobre el concepto de nación y su constitución como el Estado lo pretende, es fundamentalmente un movimiento que recae sobre la interpretación que el relato forma nación hace sobre el objeto nación, y que reúne los deseos, intereses, conflictos y acuerdos intergeneracionales que responden a las distintas experiencias del pueblo con dicho objeto.

Es aquí donde el Estado o las políticas de la memoria que trata de implementar se equivocan o no alcanzan a comprender dicho fenómeno.

El Estado y su intelligentisa buscan a través de la profundización de los estudios sobre la historia reconstruir una memoria que así, es siempre actual, y que va llenando todos los huecos que tiene la memoria del relato forma nación.

Con esta práctica, el Estado, mantiene una relación narcisista consigo mismo, y trata, en un Eterno Retorno, de dilucidar para sí, a cada momento, el proceso histórico en el que el pueblo está inmerso.

La burocracia estatal, padece el Estadocentrismo que lo lleva a refundar a cada momento la nación, tratando de detener así la irreversibilidad del tiempo y ocultar en alguna medida la debilidad que ese Estado tiene para prevenir los hechos futuros. Por ello se refugia en la aparente elucidación de un pasado que nos daría alguna clave para predecir el futuro; llevando a la práctica, nada más que un exceso en el ejercicio de conmemoración.

Con un Estado abocado a estas políticas de la memoria, pareciera que lo que se esconde, es un miedo al futuro que se presenta como imprevisible.

Sin embargo, bucear en la historia para implantar una política de la memoria[6] no es necesariamente crear un nuevo relato forma nación. ¿Por qué?

Porque en el movimiento del relato forma nación que utiliza la memoria colectiva, no son los procedimientos de la historia los que predominan, ya que la memoria de un pueblo que se narra en el relato forma nación, se presenta en base a arquetipos.

Eliade en su obra “El Mito del Eterno Retorno”[7]nos expresa que hay un proceso de “mistificación” de las personalidades o acontecimientos históricos que realiza la memoria popular. Si bien, las personalidades existen y pueden ser datadas por la historia, así como algunos de los acontecimientos más relevantes. Las personalidades históricas y esos acontecimientos, son recordados por la memoria popular o colectiva en tanto su ejemplaridad y como tal se trasladan a la categoría de arquetipos.

“[…] la memoria popular retiene difícilmente acontecimientos “individuales” y figuras “auténticas”. Funciona por medio de estructuras diferentes; categorías en lugar de acontecimientos, arquetipos en vez de personajes históricos. El personaje histórico es asimilado a su modelo mítico (héroe, etcétera), mientras que el acontecimiento se incluye en la categoría de las acciones míticas (lucha contra el monstruo, hermanos enemigos, etcétera).”

El cruce de los Andes es un buen ejemplo de acción que se la caracteriza como mítica y al pasar los años, y a pesar de mayores investigaciones, el mismo acontecimiento se va rodeando de una aureola mítica. Igual que el personaje, San Martín, que lo realiza.

Las nuevas investigaciones que muestran a un General invadido por diferentes dolencias y con pobrísimos recursos para enfrentarlas en las inclemencias del cruce, no hacen más que volver dicha acción como un ejemplo, un arquetipo.

El relato forma nación a través de la utilización de los arquetipos, instala en cada repetición de los mismos –las fechas, la memoria de las luchas sociales, los lugares- una suspensión del tiempo presente. Tratando en algún sentido de disminuir los alcances negativos que el tiempo actual pueda tener para quienes existencialmente están comprometidos en él; o mostrando la posibilidad de volver a lograr vencer los contratiempos que esos arquetipos ya han hecho.

La pregunta que esboza Nietzsche en El nacimiento de la Tragedia:

“Hacia dónde apunta la enorme necesidad histórica de la insatisfecha cultura moderna, el congregar en torno a sí numerosas otras culturas, el devorador querer conocer, si no es a la pérdida del mito, a la pérdida de la patria mítica, del mítico seno materno”.[8]

Es respondida por él mismo en la segunda Consideraciones intempestivas, al presentar su argumentación que esta cultura pobre de fuerza vital, necesita de la historia, del conocimiento, para poder continuar en su devenir. Nos inundamos de historia, del estudio de los pequeños detalles del pasado, sólo para transcurrir un presente que tiene una vida moribunda.

Ilusiones, pasiones y amor necesita la vida para permanecer viva (Safranski, R. 2004: 124), no una conciencia histórica plegada a la máquina del conocimiento, el historicismo.

Algunos quieren interpretar estas palabras de Nietzche independientemente de su teoría sobre el Eterno Retorno y por ello observan una “ilusión” imposible, la de comenzar a pensar si es necesario tanta historia. Pero el presente realiza otra síntesis.

A la historia lineal cargada de progreso, se le unen cada vez más las figuras del análisis cíclico. En economía, con las teoría sobre los ciclos económicos; en el estudio del tiempo y la teoría cíclica; en la utilización de los conceptos de fluctuación, de oscilación periódica o de crisis sistémicas. Todo parece que ahora puede ser pregnado por el tiempo cíclico.

Que podemos decir nosotros, los argentinos, para quienes desde hace muchas décadas, el ciclo de 10 años encierra el estupor de la pérdida y el inicio de otra etapa. Nosotros sabemos que cada 10 años debemos volver a empezar.

“Nacer en estos países puede llevar a la perplejidad y también a la reflexión. ¿Por qué se ha nacido en un país así? ¿Por qué debe uno preocuparse por haber nacido en un país determinado? Un país ¿no es algo que debería darse por descontado? O, en última instancia, no existir como una carga perpetua: no ser una condena casi inapelable. Pues es cierto también que los países atraviesan crisis durante las cuales es preciso preocuparse por ellos: pero las atraviesan, no nacen y viven en la crisis como enfermedad crónica e incurable.”[9]

El único horizonte de expectativas acorde a nuestra experiencia hasta el momento y que parece inamovible, es que hay una crisis social, política y económica cada 10 años. Se le teme a la historia, pero por la repetición que ella encierra para nuestra experiencia.

La intuición directa de la historia que se padece, es la que tiene valor para el colectivo social, aún cuando los cientistas sociales se lo nieguen por plural o subjetivo. Y ante la realidad el colectivo busca explicaciones, muchas de las cuales las encuentra en el relato forma nación. No se trata de pereza para pensar los tiempos actuales, sino de buscar imágenes ejemplares que permitan sobrellevarlos.


  1. H. A. Murena (2012): “Los Penúltimos Días (1949-1950)”, Valencia, Pre-Textos. Pág. 30
  2. Op. Cit. Págs. 127 – 130.
  3. Op.Cit. Pág. 70
  4. Op.Cit. Pág. 69
  5. Op.Cit. Pág. 70
  6. “Que el INSTITUTO NACIONAL DE REVISIONISMO HISTÓRICO ARGENTINO E IBEROAMERICANO “MANUEL DORREGO” no se abocará en exclusividad a la figura del mártir de Navarro sino a la reivindicación de todas y todos aquellos que, como él, defendieron el ideario nacional y popular ante el embate liberal y extranjerizante de quienes han sido, desde el principio de nuestra historia, sus adversarios, y que, en pro de sus intereses han pretendido oscurecerlos y relegarlo de la memoria colectiva del pueblo argentino.” Considerandos del Decreto 1880/2011 del 17/11/2011 de la Secretaria de Cultura de la Nación donde se crea el Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego. Boletín Oficial de la República Argentina N° 32.281 Año CXIX.
  7. Mircea ELIADE (2001): “El Mito del Eterno Retorno. Arquetipos y Repetición”, Avellaneda, Emecé.
  8. Párrafo citado en “Nietzche. Biografía de su pensamiento”, Rudiger Safranski (2004), Barcelona. Tusquets. Pág. 124
  9. Murena H.A. (2002): “La cárcel de la mente” en Visiones de Babel. México. Fondo de Cultura Económica.


Deja un comentario