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Introducción

Nos encontramos inundados por la disputa mediática, estatal y académica, que tiene por objeto todos los relatos de nuestra realidad social, política y económica. Una vez vencida la dictadura y el genocidio; surge la necesidad por parte de la sociedad, de encontrar un relato que de cuenta de nosotros mismos y de nuestra acción.

La nueva democracia[1] comenzó a abrir las esclusas que encerraban algunas de las zonas opacas de nuestra historia pasada y reciente. De pronto, también nuestro país se integraba al movimiento mundial iniciado a fines del siglo XX y que se refuerza en el comienzo del nuevo milenio, con un marcado interés sobre el pasado. Por ello, la memoria y la forma de hacer la historia pasan a ser “una preocupación central de la cultura y de la política” (Rabotnikof, N. 2003: 1).

La preocupación por como hacer la historia nacional, deja de ser una preocupación de los eruditos, para presentarse sin tapujos, como el espacio político donde se establece una lucha, un campo de batalla perpetuo (Gruner, E. 2011) por el sentido y el significado de nuestra historia que siempre existió, y por momentos fue invisibilizado,

Es Gruner (2005: 14) quien nos dice:

En este sentido lo que Ricoeur ha llamado el “conflicto de las interpretaciones” es un componente constitutivo del combate ideológico desarrollado alrededor de lo que Gramsci denomina el “sentido común” de una formación social, combate esencial para la construcción de la hegemonía, de un consenso legitimador para una determinada forma de dominación social. Es, por lo tanto –si se me permite la expresión-, una lucha por el sentido, que busca violentar los imaginarios colectivos para redefinir el proceso de producción simbólica mediante el cual una sociedad y una época se explican a si mismas el funcionamiento del Poder.

Así tomada, como construcción de consenso para privilegiar una estrategia de interpretación de las “narrativas” de una sociedad, la noción de hegemonía se constituye en paradigma teórico para analizar históricamente las formas culturales de la dominación en general. Más aún; es a partir de una noción combinada de hegemonía hermenéutica que podría entenderse, como tal, la cultura de una sociedad histórica cualquiera, ya que la cultura es políticamente ininteligible a menos de pensarla como inscripta en (objeto de, atravesada por) un campo de fuerzas en pugna, un campo de poder en el cual lo que se dirime es, en última instancia, el sentido de la constitución de las identidades colectivas.”

Una lucha que siempre es necesaria, para construir una forma hegemónica que permita la legitimación del proceso de construcción simbólica que el Estado[2] propone sobre los imaginarios colectivos.

La importancia que esta “batalla” ha adquirido en estos tiempos en nuestro país, lo demuestra entre otras cosas, la creación del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano “Manuel Dorrego”, el 17 de noviembre de 2011 por Decreto 1880/2011 de la presidencia de la Nación. En los considerandos de dicho Decreto, se expresa que la finalidad del mismo:

“[…]será estudiar, investigar y difundir la vida y la obra de personalidades y circunstancias destacadas de nuestra historia que no han recibido el reconocimiento adecuado en un ámbito institucional de carácter académico, acorde con las rigurosas exigencias del saber científico”. Agregando en su Artículo 1° – “Créase en jurisdicción de la SECRETARIA DE CULTURA de la PRESIDENCIA DE LA NACION, el INSTITUTO NACIONAL DE REVISIONISMO HISTORICO ARGENTINO E IBEROAMERICANO ”MANUEL DORREGO”, con carácter de organismo desconcentrado, cuya finalidad primordial será el estudio, la ponderación y la enseñanza de la vida y obra de las personalidades de nuestra historia y de la Historia Iberoamericana, que obligan a revisar el lugar y el sentido que les fuera adjudicado por la historia oficial, escrita por los vencedores de las guerras civiles del siglo XIX.”

En este proceso de “disputa por la historia” o “disputa por la memoria” (Rabotnikof, N. 2007: 4) es que nos interesa problematizar la temática del “relato forma nación”[3] que se presenta en nuestro país.

Utilizamos la noción de problematización propuesta por Foucault porque es la que responde a nuestros intereses, economizando el desarrollo de varios supuestos. Es decir, hay un momento, que a los fines de nuestro estudio establecemos a partir de 1983, en que la instauración del relato forma nación se convierte en un problema, tal vez de una envergadura mayor que en otras épocas, y que continúa. Dando lugar a la revalorización del pensamiento de nuestra forma nación y logrando que la intellingentsia, se ponga en movimiento.

Utilizando una hipótesis ad hoc, diremos que este desarrollo de la discusión sobre el relato forma nación, es el resultado de dos movimientos ocurridos en nuestra historia reciente.

Uno de ellos esta dado por la aparición del Proceso de Reorganización Nacional que da lugar a una dictadura cívico-militar entre los años 1976-1983. Este “Proceso[4]” puso en acción y sobre la superficie, elementos larvados de totalitarismo que ya formaban parte de nuestro relato forma nación[5] y que a la luz, comienzan a tratar de imponerse por sobre otros elementos que también formaban parte del relato forma nación. Este procedimiento de desembarco y conquista sobre el relato forma nación, el “Proceso” lo llevó a cabo utilizando como herramienta fundamental a la categoría de Razón de Estado. Es decir, la necesidad “racional” de negar los antagonismos sociales que existen en la base de la sociedad, a partir de la racionalización que el Estado realiza, y que trata de corregir las distorsiones que se presentan en la esfera social.

Esta imposición de la Razón de Estado, que según Hegel debería armonizar el sistema de necesidades que crea las diferencias en la sociedad; se convierte en una expresión que trata de ser hegemónica y que se expresa en una acción totalitaria, que muestra que sólo la fundamentación que realiza el Estado, es la racionalmente aceptable, porque lo dice el Estado.

Así, el Estado se convierte en la forma que se impone sobre la Nación, o la demérita República.

De esta manera, decimos nosotros, la reorganización nacional propuesta por el “Proceso”, fue la de eludir la forma nación, privilegiando el relato de la forma Estado, que crea a la Nación.

El otro elemento que creemos forma parte de esta visibilización sobre el relato forma nación, es el resultado de otro proceso que en nuestra época contemporánea fue iniciado por las organizaciones de los derechos humanos, dentro de ellas con mayor fuerza por las Madres de Plaza de Mayo y su consigna por el “no olvido”[6].

En esa primera etapa, de esos aciagos años de la dictadura homicida, la lucha era por no olvidar. Por mantener en el escenario (la plaza de mayo) el recuerdo de “los desaparecidos”. Esta lucha por no olvidar, en una segunda etapa y ya con la nueva democracia, va ir variando a otras prácticas sociales como el “escrache”[7], que es la apropiación del recuerdo, la manifestación concreta y material en un lugar, en una persona, de la memoria.

Esta lucha por la memoria, sostenida con gran vitalidad por varias organizaciones e instituciones de la sociedad civil, por fuera del Estado; además se fue ampliando a otros elementos, recursos y conquistas de nuestra sociedad que también fueron “desaparecidas” con la dictadura. Estamos hablando de las conquistas sociales y laborales que la dictadura suprimió dentro de un plan general de llevar a nuestra sociedad a una forma menos igualitaria.

Estas dos cuestiones, la memoria para no olvidar a los desaparecidos y la memoria por no olvidar las conquistas sociales desaparecidas, fue lo que inscribió definitivamente la cuestión de la memoria y su formación en el plano de los intereses políticos de nuestra nueva democracia.

En esta investigación trabajaremos sobre esta problematización del relato forma nación, para ponernos en contacto con algunos de los diferentes abordajes que este relato forma nación tiene, y sobre el análisis de algunos de los elementos que lo componen.

Pero, si hay una idea de un problema, es porque algo se advierte como incierto, ambivalente, confuso; en las coordenadas que nuestro pensamiento tiene actualmente para poder pensarlo. “Se trata de un ejercicio filosófico: en él se ventila saber en qué medida el trabajo de pensar su propia historia puede liberar al pensamiento de lo que piensa en silencio y permitirle pensar de otro modo” (Foucault, M. 2003: 12).

¿Pero cuales son las inconsistencias o fragilidades, los espacios inciertos o confusos del relato forma nación que aparecen desde 1983 hasta nuestros días? Propondremos algunos ejemplos.

En el discurso de asunción del Dr. Raúl Alfonsín como presidente de la Nación ante la Asamblea Legislativa del 10/12/1983, dice en algunos de sus párrafos:

“Honorable Congreso: La voluntad del pueblo, a través de sus representantes, se hace presente hoy en este augusto recinto para dar testimonio de que se inicia en estos instantes una nueva etapa de nuestra vida nacional.

La noción de ser protagonistas de este nuevo comienzo, que será definitivo, nos inspira a todos un sentimiento de responsabilidad acorde con el esfuerzo que hoy emprendemos juntos, y nos infunde el valor para afrontar un conjunto de dificultades muy graves que acosan a nuestra patria.

Esas dificultades son múltiples e inmensas, bien lo sabemos, pero vamos a salir adelante, con la fe y el empuje necesarios, porque tenemos sin duda los recursos, la voluntad y el coraje. Y sobre todo, porque en este empeño estamos todos unidos […] Vamos a establecer definitivamente en la Argentina la democracia que todos los argentinos queremos, dinámica, plena de participación y movilización popular para lo grandes objetivos nacionales […]”

Las jornadas de triunfo popular sobre la oscuridad de la dictadura genocida, están bien encarnadas en un discurso que viene a instalar un “nuevo comienzo, que será definitivo”. En una “nueva etapa de nuestra vida nacional” que vino para establecerse “definitivamente”. Comenzamos de nuevo la vida de la nación “porque en este empeño estamos todos unidos”. Con este discurso se trata de encarnar, en el Estado, la tarea fundacional de crear nuevamente a la Nación.

Sin embargo, el gobierno del Dr. Raúl Alfonsín debería irse antes de cumplir su mandato y el 8 de julio de 1989 asumía el Dr. Carlos Saúl Menem como nuevo presidente de la Nación, quien en su discurso ante la Asamblea Legislativa, pronuncia palabras como estas:

“[…] Hermanas y hermanos, con una sola voz para decirla al mundo: Se levanta a la faz de la tierra, una nueva y gloriosa nación […] sobre estas ruinas, construiremos todos juntos el hogar que nos merecemos.

Sobre este país quebrado, levantaremos una patria nueva, para nosotros y para nuestros hijos […] hay que decir la verdad, de una vez por todas. La Argentina está rota. En esta hora histórica, comienza su reconstrucción.

[…] Por eso, al hablar ante el Honorable Congreso y ante la expectativa del mundo, deseo que mi voz llegue a cada casa, que habite en cada corazón, que comparta cada mesa, que abrace a todos y a cada uno de los argentinos, que en esta horas viven instancias difíciles, dramáticas, decisivas y fundacionales como nunca.

[…] No existe otra manera de decirlo: el país está quebrado, devastado, destruido, arrasado […] Porque toda la ciudadanía sabe que no miento, si afirmo que estamos viviendo una crisis dolorosa y larga. La peor. La más profunda. La más terminal. La más terrible de todas las crisis de las cuales tengamos memoria.

[…] Por eso, no les vengo a hablar de tiempo perdidos. Los vengo a convocar para el nacimiento de un nuevo tiempo. De una nueva oportunidad. Tal vez la última. Tal vez la más importante, decisiva y clave oportunidad de nuestros días. El país más hermoso es el que todavía no construimos.

[…] El pueblo argentino votó por la epopeya de la unidad nacional. […] Se murió el país donde impera la ley de la selva. Se acabó el país oficial y el país sumergido. Se acabó el país visible y el país real.

Yo vengo a unir a esas dos Argentinas. Vengo a luchar por el reencuentro de esas dos patrias.

[…] Nuestro futuro común no existe todavía. Pero si existe nuestro presente. Y desde este presente es que se impone la necesidad de estrechar filas, sumar voluntades y elevar nuestros objetivos hacia un destino de grandeza. Porque Argentina sin grandeza no puede ser realmente Argentina. Porque una Nación sin todos sus sectores conjugados en un verdadero trabajo colectivo no es realmente una Nación.

[…] A la Argentina la sanamos entre todos los argentinos o la Argentina se muere. Se muere. Esta es la cruel opción. […] vamos a sentar las bases de un Estado para la defensa nacional, y no para la defensa del delito o de la coima. Vamos a refundar un Estado para el servicio del pueblo, y no para el servicio de las burocracias que siempre encuentran un problema para cada solución.

[…] Hermanos de todas las naciones: En este tiempo fundacional, la independencia económica significa para este gobierno la derrota de nuestro estancamiento, la victoria de la producción, el triunfo del desarrollo.

[…] Vivimos una instancia terminal, que debemos eliminar a tiempo. Porque corremos peligro de disolución.

[…] Sé que el camino estará lleno de tropiezos, de dudas, de problemas. El comienzo será durísimo.

[…] Por eso, en este día inaugural para todos los argentinos, yo elevo mi corazón a Dios Nuestro Señor […] le pido amor. Porque sólo con amor nacerá una Argentina nueva […] le pido paz, para escuchar mejor la voz del pueblo, que siempre es la voz de Dios.

Una voz que hoy se alza como una oración, como un ruego, como un grito conmovedor:

Argentina, levántate y anda

Argentina, levántate y anda

Argentina, levántate y anda.”

En este discurso, la idea de una refundación de la Nación se evidencia con más fuerza, y para ello, se utiliza la idea de una “disolución” de la Nación, producto del período anterior.

Argumentando que son horas “fundacionales como nunca”. Se caracteriza la situación de manera tal que el país está “quebrado, devastado, destruido, arrasado” y “la Argentina se muere. Se muere.”

Si indagáramos en torno a los discursos posteriores a la segunda guerra mundial, parecería que estamos ante la descripción de alguna nación europea devastada por la misma; o de alguna nación del sudeste asiático, luego de la lucha por la liberación de su territorio de las colonias imperiales o económicas. Sin embargo, se trata de un presidente que pudo ser elegido democráticamente, que habla sobre el estado de las cosas que recibe, de otro gobierno democráticamente elegido. No hubo ninguna ruptura institucional o una invasión extranjera que haya destruido a la Nación.

Pero además, con estas palabras, no se reconoce al período anterior dentro de un proceso más o menos afortunado de la vida de la Nación, sino que se lo presenta como una anomalía, algo extraño al devenir de la Nación; diciendo; “[…] Nuestro futuro común no existe todavía. Pero si existe nuestro presente.” ¿Cuál presente? Otra vez, ¿el presente fundacional?

Se reniega sobre la posibilidad de la existencia de un relato que provenga del pasado y que pueda continuar en el futuro. Si hay un relato que dé consistencia a los diferentes tiempos de la Nación, se lo ignora, se lo descarta.

Se nos dice que en este presente, debemos olvidar el anterior relato, porque ese relato es el que lleva a la Nación a su “disolución”; es el relato de la imposibilidad de la continuidad de una comunidad.

Difícil es integrar la idea de una Nación, cuando no subsiste un relato que pueda transmitir la existencia de una “sustancia invariable” (Balibar, E. 1991) y efectivamente pueda contener los distintos imaginarios nacionales.

Años más tarde y significativamente, como anunciando la “ausencia” que pronto se haría presente en todos los aspectos de la gestión; en el discurso de asunción ante la Asamblea Legislativa del 10 de diciembre de 1999, el presidente Dr. Fernando De la Rúa sólo hace una enumeración de acciones a seguir para aliviar el “enorme déficit presupuestario”, pero sin embargo, hace una mención breve a la necesidad de implantar el origen al decir: “No vengo a emprolijar modelos, sino a que entre todos luchemos por un país distinto.”

El devenir de la gestión de ese gobierno terminaría instalando el “no lugar” de la política, de la economía, de la sociedad, y al contrario de lo que anunciaba en dicho discurso; se decidió a “emprolijar” el modelo anterior, convocando a quienes los habían prohijado (Domingo Cavallo).

La crisis institucional que tiene su cénit los días 19 y 20 de diciembre de 2001, daba paso, con la huída del presidente De la Rúa, a la asunción el día 20 de diciembre del Presidente de la Cámara de Senadores, Ramón Puerta al frente del ejecutivo. Quien deja su cargo el 23 de diciembre a favor de Adolfo Rodríguez Saá; quien el 30 de diciembre renuncia, y asume el gobierno el Presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Camaño; quien convoca a la Asamblea Legislativa, que el 2 de Enero de 2002 elige al Dr. Eduardo Duhalde como presidente provisional hasta el término del mandato iniciado por De la Rúa, o sea, hasta el 10 de diciembre de 2003.

Pero la realidad tenía otro doblez en su camino, y el 26 de junio de 2002 se producen los hechos ocurridos en el Puente Pueyrredón, donde mueren fusilados por la policía de la Provincia de Buenos Aires, los militantes sociales, Maximiliano Kosteki y Darío Santillán.

Las contradicciones del Estado Nacional para dar cuenta de lo ocurrido, significaron un impacto muy fuerte en la opinión pública y el descrédito del gobierno del Dr. Duhalde, que así debió llamar a elecciones anticipadas para el 27 de abril de ese mismo año.

El 25 de mayo de 2003, el presidente Dr. Néstor Kirchner, en su discurso de asunción ante la Asamblea Legislativa expresa:

“[…] Se trata, entonces, de hacer nacer una Argentina con progreso social, donde los hijos puedan aspirar a vivir mejor que sus padres, sobre la base de su esfuerzo, capacidad y trabajo […] pensamos el mundo en argentino, desde un modelo propio. Este proyecto nacional que expresamos, convoca a todos y cada uno de los ciudadanos argentinos y por encima y por fuera de los alineamientos partidarios a poner mano a la hora de este trabajo de refundar la patria […] no he pedido ni solicitaré cheques en blanco. Vengo, en cambio, a proponerles un sueño: reconstruir nuestra propia identidad como pueblo y como Nación; vengo a proponerles un sueño que es la construcción de la verdad y la Justicia; vengo a proponerles un sueño que es el de volver a tener una Argentina con todos y para todos […] anhelo que por estos caminos se levante a la faz de la Tierra una nueva y gloriosa Nación: la nuestra.”

Pareciera impensable la expresión de un programa o proyecto de gobierno, sin la enunciación de “hacer nacer una Argentina”, “refundar la patria” o “reconstruir nuestra propia identidad como pueblo y como Nación.”

Nuevamente, transcurridos sólo unos años, habrá en “la faz de la Tierra una nueva y gloriosa Nación”.

Necesariamente se instala la pregunta por la anterior Nación, ¿acaso no es la misma?

El éxito del relato de la forma nación está en demostrar el encadenamiento “casi natural” de todos los hechos que terminan modelando nuestra nación, tratando de ocultar con la mayor eficacia posible la idea “devastadora” para la identidad, respecto a que estos mismos hechos no representan, objetivamente, una evolución necesaria, sino un encadenamiento coyuntural (Balibar, E. 1991: 138).

Esto nos suscita diversos interrogantes; ¿Ocurre este mecanismo en nuestro país? O mejor dicho, ¿así funciona en nuestra forma nación? ¿Es eficiente y suficientemente integradora la acción de nuestro Estado para hegemonizar la construcción de la forma nación que necesita? ¿Habrá rupturas que tal vez son imposibles de suturar en nuestro trayecto hasta nuestra forma nación actual? ¿Son las continuidades las que conforman nuestra identidad o las disrupciones?

Tanto en el discurso de asunción de su primer mandato, como del segundo, ante la Asamblea Legislativa, la presidenta Dra. Cristina Fernández de Kirchner no incurrió en la lógica de la refundación del país. Tal vez, porque la nación ya había sido refundada por intermedio de su antecesor, quien además era su marido. Sin embargo, las fiestas del Bicentenario y la creación del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano “Manuel Dorrego”; muestran la necesidad de recurrir a un relato de la forma nación, que sea nuevamente fundacional.

En el año 2010 el Estado Argentino se propuso lograr la saturación de los medios orales, escritos y televisivos, públicos y privados, abordando el tema de la conmemoración del Bicentenario. También se preocupó en integrar en este movimiento a las instituciones educativas independientemente de su condición de laicas o confesionales, de educación primaria, secundaria, terciaria o universitaria; incluso las instituciones de educación no formal. Todas las instituciones del ámbito gubernamental o aquellas que dependen de la política gubernamental, fueron aleccionadas para que hicieran mención en sus actividades al Bicentenario.

Congresos, seminarios, ferias del libro, jornadas, foros de discusión, espacios virtuales, clases públicas y cursos; fueron avalados y hasta sostenidos económicamente por el Estado Argentino; siempre y cuando el tema fuera el Bicentenario. En realidad cualquier tema que se vinculara al Bicentenario (la pregunta es ¿cual no?) se ofrecía, como parte de una gran movilización en el plano de la cultura de consumo masivo. Como si todo estuviera orientado en una vieja formula; tratar de movilizar al cuartel, la escuela, la iglesia y el Estado, tras un fin en común. Y como respetando esa vieja formula, los actos oficiales, significaron la movilización de masas en escenarios monumentales[8]. Y de pronto, todos nos dijeron que podíamos ser uno. Uno con la Nación. Que según la lectura de la mayoría de nuestros politólogos, es en realidad, Uno con el Estado[9].

En esta conmemoración del Bicentenario, ¿celebramos la nación, su historia? o a través de toda esta escenificación histórica ¿solo mostramos que estudiamos sus celebraciones? (Nora, 1984) imponiendo el calendario[10] a historizar.

Pero entronizar la preocupación sobre como se escribe la historia, el relato, nos lleva a otra cuestión también presente en este Bicentenario; ¿Qué parte de la memoria se convierte en historia?, ¿es lo mismo la historia, que la memoria?

Con este proceso tutelado e impulsado por la necesidad de construir un relato homogéneo, la memoria se va integrando a la historia a partir de un procedimiento de “vigilancia conmemorativa” que va construyendo lugares para la memoria. Lugares en los cuales se corre el riesgo de deformar, transformar y petrificar a la memoria, ingresándola a un proceso donde se convertirá en memoria archivística, registradora. “No solamente guardar todo, conservar todo de los signos; indicativos de la memoria, incluso si no sabemos exactamente de qué memoria son indicadores. Pero producir archivos es el imperativo de la época” (Le Goff, J. 1991: 174).

Nuestra sociedad ya estuvo en una época reciente transitando por un lugar, donde el deber era “el olvido”. Hoy nuestra sociedad recorre un momento de su devenir donde existe un “deber de memoria” (Ob.cit.).

Un tiempo en el que nuevamente se van constituyendo las identidades de los grupos sociales y se rescatan las identidades que ya estaban, o se encuentran en la constitución de la Nación.

Toda esta efervescencia cultural sobre la historia de nuestra historia, engloba varias cuestiones que tiene que ver con la constitución de la forma nación.

Por ello se discute sobre cuales son los materiales para construir la historia y los procedimientos que dan lugar a su producción, a las formas de su difusión; o la pregunta sobre los orígenes, la influencia del proceso colonial o los mecanismos que dan lugar a la invención de las llamadas tradiciones que aglutinan una identidad. Como también al análisis de la puesta en marcha de las acciones que conforman una comunidad naturalizada, que se constituye en la base de una nación. Así como el debate respecto a la lengua elegida, que establece la unidad de esta “comunidad natural” (Balibar, 1996) construida.

Incluye además, como participan el Estado, los intelectuales, los educadores, la intelligentsia, en el proceso de creación de la Nación (Pamplona, 2003: 7). “[…] como se superaron prácticamente el desarrollo desigual de las ciudades y del campo, la industrialización y la desindustrialización, la colonización y la descolonización, las guerras y la reacción de las revoluciones […]” (Wallerstein, I., Balibar, E. 1991: 144).

Todos estos elementos nos muestran que el campo de batalla sobre el ambiente histórico donde nos toca vivir es intrincado, múltiple, heterogéneo, a pesar que el objetivo de la confrontación está en la domesticación de la memoria colectiva. Es decir, en la instauración de una memoria colectiva homogénea, que de todas maneras siempre es inestable.

El relato que se construye como el aglutinante de la forma nación, tiene que convivir con la existencia de relatos que se contraponen, yuxtaponen, negocian entre sí, se mestizan. Relatos que emergen como los fundantes y otros que se ocluyen, pero no desaparecen, y esperan agazapados que una revisión los exhume.

En este estado de situación, nos parece claro aquello que nos dice Foucault en El orden del Discurso, “el discurso no es simplemente aquello que traduce las luchas o los sistemas de dominación, sino aquello por lo que, y por medio de lo cual se lucha, aquel poder del que quiere uno adueñarse” (1983: 12). En este caso, el discurso que instaura la Nación, que construye la identidad.

Los festejos del Bicentenario y la nueva racionalización que se hace del calendario por parte del Estado nos invitan a decir que la memoria conmemorativa, por obra de esta prestidigitación, se convierte en la historia, en el relato de la historia.

¿El Estado que se refunda a cada momento, porque es el Estado que pertenece a grupos políticos, clases dominantes, que cambian; es el qué impone el relato forma nación, para mantener su hegemonía?

¿Qué ocurre cuando el relato que debe nacionalizar[11] a las personas, no parece ser eficaz? ¿Es contradictorio el eterno retorno de la re-fundación de la Nación con la existencia de un relato unitario y persistente en los tiempos? ¿O hay otro relato que se mantiene invariable y que interroga al proyecto de la forma nación alcanzada, y que discute nuestro destino; como un cimiento que enterrado por capas y capas de falsos relatos, parecidos a ficciones de coyuntura; aún cumple su tarea de sostener una forma de identidad?

¿Es este relato que construye el Estado sobre la Nación, y por ende sobre nosotros, un relato que facilita un sistema de comprensión sobre lo que configura nuestra existencia como sociedad?

¿Por qué lo preguntamos? Porque según lo manifestado anteriormente; un relato sobre nosotros mismos, donde el nosotros perece invariablemente cada cuatro o seis años, ante Otros, que constituyen nuevamente el nosotros; es difícil que pueda inscribirse como un relato que aglutine a una comunidad.

Como el eterno retorno que plantea Nietzsche, los discursos de asunción y la presente “política de la memoria” (Rabotnikof, N. 2007: 13) desnuda el punto de inflexión de la temática que queremos problematizar. Es decir, las dificultades que tiene el relato que nos da la forma nación para mantener, a pesar de los vaivenes coyunturales, la trayectoria de esa “sustancia invariable” sobre la sociedad, sobre el pueblo, sobre las personas.

Llama la atención que en esos discursos inaugurales no se opta por enfrentar las crisis y los problemas, remitiéndolos a un relato preexistente que nos aglutina y por el que vale la pena seguir formando parte de esta forma nación. Tal vez, en realidad, lo que los jefes del Estado perciben o la burocracia les dicta, es que deben volver a fundar la Nación (un nuevo relato de nuestra forma nación); ya que la forma persistente, no es la que sirve a sus intereses.

Sin embargo, la comunidad se resiste a disgregarse, por lo menos hasta este momento, por lo que hipotetizamos; que debe existir algún núcleo o núcleos de sentido que permite reconocernos en la continuidad del relato forma nación, un “horizonte” que organiza y sostiene núcleos de sentido.

Un indicio de estas existencias se advierte cuando junto con la reconstrucción de un nuevo relato de la forma nación de características totalizantes por parte del Estado, también hacen su aparición, otros estudios sobre nuestra historia y sobre nuestra memoria, que se encontraban “soterrados en el interior de los conjuntos funcionales y sistemáticos, y que la crítica ha hecho reaparecer, evidentemente a través del instrumento de la erudición […] de saberes sometidos” (Foucault, M. 1980: 128).

La crítica que estos saberes sometidos realizan a la imposición de un relato forma nación, nos lleva a otra pegunta: ¿La identidad de nuestra forma nación es la dispersión, la discontinuidad, lo heterogéneo?

Nuestra tarea es tomar este grupo de problematizaciones para las que Héctor A. Murena propone una hermenéutica[12] sobre los orígenes, proyecto y destino de nuestra forma nación, a través de la utilización de una visión dialéctica, pero de imposible síntesis. Método que pone en colisión a los relatos integradores o totalizantes, para imponer una mirada caracterizada por la “dispersión”.

La tradición existente en la antropología, la sociología, la literatura; sobre la construcción del relato de la forma nación, recurre a las totalizaciones o la interpretación única, como característica inevitable ¿natural? que crea la forma nación, la identidad. Y con Murena analizaremos esa tradición;

Ya Sarmiento en la Introducción del Facundo nos dice:

“En la Enciclopedia Nueva he leído un brillante trabajo sobre el general Bolívar, en el que se hace a aquel caudillo americano toda la justicia que merece por sus talentos y por su genio; pero en esta biografía, como en todas las otras que de él se han escrito, he visto al general europeo, los mariscales del Imperio, un Napoleón menos colosal; pero no he visto al caudillo americano, al jefe de un levantamiento de las masas; veo el remedo de la Europa, y nada que me revele la América.”

Murena toma este ejemplo para decirnos sobre la importancia de estudiar los hechos americanos, argentinos[13], desde nosotros mismos. Por eso Murena se preocupa por poner, como diría Sarmiento en el caso de Bolívar; “…las decoraciones y los trajes americanos” a nuestros temas.

Renovado el debate sobre la identidad nacional, nuestro objetivo general, es reabrir las dudas sobre las formas unitarias y totalizantes de ver la forma nación; a favor de una visión nacional original que encarna Murena. Original, porque en el origen de la forma nación plantea una “fractura histórica” como fundante y que impide asimilar la idea de continuidad a nuestra propia historia. Claro, que para instalar la discusión de cuales son “las decoraciones y los trajes americanos” que nos dan identidad, Murena debe arrastrar a la luz de su interpretación a varios significados, ya significados antes en otras latitudes.

Para ello el mecanismo que utiliza es el de llevar esos significados a la brillante luz, “según la cual cada punto de la tierra posee una irradiación única, compleja y de algún modo fatídica” (Murena, 2002: 223) que proviene de nuestro territorio y de lo que ven nuestros ojos en la naturaleza que nos contiene.

Así nos muestra la maniobra que pretende crear el espejismo de la unidad, donde en realidad hay diferencia, ya que “esas radiaciones se hacen manifiestas –y a la vez se eclipsan- en la particular historia que se constela y se estratifica en torno a cada punto terrestre” (ibídem).

Cuando Sartre en 1961 en el Prefacio de Los condenados de la Tierra de Frantz Fanon, elogia a este por expresar “No perdamos el tiempo en estériles letanías ni en mimetismos nauseabundos. Abandonemos a esa Europa que no deja de hablar del hombre al mismo tiempo que lo asesina por dondequiera que lo encuentra, en todas las esquinas de sus propias calles, en todos los rincones del mundo. Hace siglos que en nombre de una pretendida “aventura espiritual” ahoga a casi toda la humanidad”; también le pide a su Europa que escuche a uno de los hombres que engendró en el desarrollo de su movimiento expansionista. Sin embargo, esta apelación de Sartre no deja de ser la de un europeo con los códigos europeos, que piensa y se piensa en la crítica (¿operando sobre el pensamiento de Fanon?).

Murena, siete años antes, en 1954, propone lo mismo a Europa, pero desde un lugar distinto; el americano, y haciendo hincapié en que es América la que provoca “El giro antieuropeo que la historia espiritual de Europa” sufre con Mallarmé, Rimbaud, Lautrémont, Baudelaire; debido a la influencia en ellos de Edgar Allan Poe.

En El pecado original de América (1954) Murena dice: “Poe es el primer golpe dado por América contra las puertas de Europa. Es el primer azote con que el alma europea, después de su viaje a América, refluye sobre sí misma, para minar y romper la vieja residencia […] porque, para decirlo de una vez, la verdadera palabra que Poe lanza sobre Europa es en general la de destrucción, y específicamente la de aniquilación de la historia, aniquilación de Europa, términos similares para el hombre occidental.”

Murena cambia radicalmente la forma de entender nuestro pasado, nuestra historia, al estudiar lo que América propone para sí. Invierte la relación de centro y periferia, de colonizador y colonizado, ubicando a Europa como la que es “mestizada” por el pensamiento americano a través de una “voluntad de ruptura con el espíritu europeo”.

Por ello, no es sólo la lucha por la descolonización de nuestra cultura la que emprende, sino también por la descolonización de nuestra identidad nacional. Murena presenta batalla a los aspectos de la “nacionalidad”, que en realidad son elementos coloniales que parasitan nuestra identidad[14].

La acción hermenéutica emprendida por Murena se basa en mostrar que América también reorganiza a Europa, y que parte de la plenitud de Europa, está en el halo vital que recibe desde la aparición de América.

El “descubrimiento” de este continente no buscado, el encuentro de lo no previsto, la realidad de lo que no existía; pero que sin embargo es reclamado como suyo “desde siempre”, por Europa; “la América”. Se vuelve sobre su origen inventado –occidente- y produce un movimiento de re-occidentalización desde nuevos significados, que antes no existían.

Por eso, cuando el autor toma a Edgar Allan Poe reconoce que las temáticas que este abarca son ecuménicas, pero “la forma en que son reiteradas por Poe podía producirse entonces sólo en América. Porque América es precisamente una nueva vuelta de tuerca sobre el drama humano” (Murena, 2006: 28)

Es una nueva forma de interpretar lo humano, distinta a la que se realiza en Europa, lo que se hace desde América; porque es otra forma de “ser humano” la que se desenvuelve en estas tierras.

Estimula en Murena la preocupación febril por la diferencia, “porque aunque lo que los americanos buscábamos fuera igual que lo que ya habían logrado otros, debíamos buscarlo a través de la diferencia. Sólo separándonos de los demás llegaríamos a donde los demás estaban”. Es esta la manera que el autor establece para terminar con la práctica de una cultura subsidiaria, de una identidad subalterna.

“Con América se da el escandaloso caso de que –salvo frustrados intentos- ha sido y es interpretada, inclusive por los americanos, según una clave puramente europea”, dice Murena, por ello a partir del reconocimiento de este hecho es que se debe iniciar el camino de la superación. ¿Cómo?

La estrategia que utiliza Murena para ello y que es parte de nuestro objetivo resaltar, es la radicalización del movimiento americanista-argentino, iniciado entre otros por Sarmiento, Martínez Estrada, Scalabrini Ortiz, Alberdi.

Esta radicalización se basa en proponer el “parricidio”, que analizaremos más adelante, como método de interpretación de nuestra realidad.

Esta primera operación se completa con la instauración de la ruptura histórica que Murena llama “pecado” y que nos aleja de la figura colonial que nos envuelve en el mito de América-Argentina, como la tierra de la esperanza, o América-Argentina, como la tierra de la barbarie.

Si como expresa Anderson (2007) “Las comunidades no deben distinguirse por su falsedad o legitimidad, sino por el estilo con el que son imaginadas”; en este trabajo trataremos de recuperar un estilo de imaginarnos como comunidad nacional, donde se encuentra Murena; que presenta nuestra “diversa y fracturada” identidad, junto con todas las operaciones culturales que de esa característica se desprenden (descolonización del pensamiento, deslizamiento de las teorías vigentes, parricidio de las claves europeas en la interpretación nacional, compromiso negativo con las instituciones sociales), como el relato nación que nos contiene. Por ello, el eterno retorno en la re-fundación del país que el Estado realiza, cada vez que se inviste como la Nación; es a nuestro entender, el esfuerzo que la administración hace racionalmente, para suturar la diferencia[15].

En esta posición, es que discutiremos con aquellos para los cuales es el relato del Estado el que prevalece, en la forma en que nos imaginamos nuestra Nación. Y en todo caso, si esto es así, mostraremos las inconsistencias que de tal actitud se desprenden.


  1. Denominaremos así, al período que se inicia en el año 1983, luego de la dictadura genocida, hasta nuestros días.
  2. Debemos aclarar sin embargo, que si se trata del Estado, no es “propone” la palabra más adecuada. Por las características del Estado, la palabra adecuada es, “violenta”. Ya que el Estado de turno, trata de destotalizar para retotalizar el sentido, según sus necesidades. “La memoria colectiva ha constituido un hito importante en la lucha por el poder conducida por las fuerzas sociales. Apoderarse de la memoria y del olvido es una de las máximas preocupaciones de las clases, de los grupos, de los individuos que han dominado y dominan las sociedades históricas. Los olvidos, los silencios de la historia son reveladores de estos mecanismos de manipulación de la memoria colectiva” Le Goff, J. (1991) El Orden de la Memoria. El tiempo como imaginario. Barcelona. Paidos. Pág. 134.
  3. Etienne Balibar utiliza el término “forma nación” para dar cuenta de aquella formación social que se constituye en un tipo distinto de comunidad que mantiene una “sustancia invariable”, durante siglos en un territorio más o menos estable, con una denominación más o menos unívoca”. Y que según el autor, “se nos ha presentado siempre con las características de un relato”. BALIBAR, E. y WALLERSTEIN, I. (1991) Raza, Nación y Clase. Santander. Iepala.
  4. En adelante, al Proceso de Reorganización Nacional lo denominaremos como el “Proceso”.
  5. Algunos ejemplos son la Ley 4.144 de 1902, conocida como Ley de Residencia, que habilitaba al Gobierno a expulsar a inmigrantes sin juicio previo y que se utilizó para reprimir la organización sindical y política de los trabajadores. Otro es la creación de la Liga Patriótica Argentina, antecedente de una organización paramilitar, protegida por el Estado y por último el golpe militar de 1930 en manos del General Félix Uriburu de orientación fascista.
  6. “Ni olvido, Ni perdón. Juicio y castigo a los culpables”.
  7. Palabra que en la jerga común, significa identificar en forma vergonzante a quienes participaron de la dictadura y la represión.
  8. “Con ocasión de los 200 años de la Revolución de Mayo se dispusieron varios días de festejos que fueron días también de feriado nacional y en la ancha Avenida 9 de Julio y en la Plaza de Mayo el gentío llenó las calles y celebró ese cumpleaños de la Revolución de Mayo. Muchos, sobre todo los periodistas, hablaban de “el cumpleaños número 200 de la Patria” con esa verba rimbombante de la gente a la que vive de sumarse a las correntadas de la opinión pública. La calle fue pensada, fue significada, fue configurada por el espectáculo del festejo y no tanto por la gente ni por la fiesta. El sujeto que estuvo allí no fue la gente de 2001 sino el público de 2010. La alegría de encontrarse con otros en la calle anduvo flotando por ahí pero no fue una abertura que se explorara precisamente mucho. Esta calle dejó así de ser lugar de encuentro y pensamiento políticos o dosmiluneros para ser lugar de un espectáculo, tal vez lugar de –en términos de Bauman– una “comunidad-percha” es decir, una ocasión construida por y para el espectáculo, una comunidad que no dura mucho más que lo que dura este”. Pablo Hupert (2011), “Bicentenario festejos palmarios” en PabloHupertHistoriador.htm.
  9. La lectura del libro El Apoyo Mutuo (1989) de Piotr Alekséyevich Kropotkin es un arduo trabajo que presenta la forma en que las ciudades libres en Europa, dieron lugar a las naciones; frente a la tesis de que las mismas fueron reinventadas por el agrupamiento forzoso realizado por los emperadores, el papa o el mito teleológico de la necesidad del Estado.
  10. 0 En este 2010 del Bicentenario, el Poder Ejecutivo modificó por decreto el calendario de las fechas denominadas patrias y/o festivas, creando nuevas conmemoraciones por sobre otras, lo que nos recuerda que “. . . en una sociedad la intervención de los que detentan el poder sobre la medición del tiempo es un elemento esencial de su poder: el calendario es uno de los grandes emblemas e instrumentos de poder; por otra parte, sólo los detentores carismáticos del poder son amos del calendario: rey, sacerdotes, revolucionarios” (Le Goff,1991: 184) . Y Estado, agregaríamos nosotros.
  11. Entendemos con Balibar (1991) que nacionalizar a las personas quiere decir, contener a las mismas dentro del relato de la forma nación. Incluirlas en un proceso en el cual se identifican con ese relato.
  12. Hablamos de hermenéutica aquí “para designar la interpretación de todo discurso escrito o hablado, de todo producto lingüístico. Ahora bien, puesto que el ser de las cosas y del Dasein mismo es tal ante todo en el lenguaje, y como, por otro lado, la existencia es constitutivamente relación con el ser, hermenéutica, es decir, interpretación, encuentro con el lenguaje, es la existencia en su dimensión más auténtica”. Vattimo, G. (2002) Introducción a Heidegger. Barcelona. Gedisa.
  13. Murena utiliza el término americano en su acepción más literal e integradora, como los habitantes de la tierra americana. Indígenas, recién llegados de Europa, Asia o África, mestizos no hacen a la diferencia para el autor. “Porque el mestizaje americano –que en algunos países asume la forma racial- es de orden mental, espiritual. Este mestizaje surge del enfrentamiento de las criaturas con un ambiente histórico extraño al que les era habitual. […] por esa razón, por ser el mestizaje americano de orden mental, los problemas americanos suelen darse en la Argentina mucho antes que en los otros países de América, y a veces hasta con mayor intensidad.” El pecado original de América. (2006). Buenos Aires. Fondo de Cultura Económica.
  14. “Pues –como equívocamente lo señalan los que destacan en sus criaturas la influencia de Dostoievsky- lo que Arlt, al afrontar el problema general de la vida, descubrió en sí y transmitió a sus personajes, a semejanza de Dostoievsky, fue que los argentinos, los americanos, como los rusos, sienten una especie de ilegalidad vital, una desautorización de sus existencias en el ámbito nacional, como si esa justificación estuviera reservada solo para el occidente de Europa. Una ilegalidad que con la búsqueda de la intensidad del sufrimiento, de los apretujones del dolor, se intenta superar.” Héctor A. Murena en su ensayo sobre Roberto Arlt en El pecado original de América. (2006). Fondo de Cultura Económica.
  15. “El Estado, no es la Patria; es la abstracción, la ficción metafísica, mística, política y jurídica de la Patria. Las masas populares de todos los países aman profundamente a su patria, pero es un amor natural, real. El patriotismo del pueblo no es una idea; es un hecho. Y el patriotismo político, el amor al Estado, no es la expresión justa de ese hecho, sino una expresión desnaturalizada por medio de una abstracción falaz y siempre en beneficio de una minoría explotadora”. Bakunin, M. (1975). Bakunin: La Libertad. Buenos Aires, Proyección.


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