Encuentros culturales en el espacio rioplatense durante las invasiones inglesas (1806-1807)
Jesús Godoy Savoia[1]
En el siguiente capítulo abordaremos el escenario de las invasiones inglesas al Río de la Plata (1806-1807) desde una perspectiva sociocultural. ¿De qué manera fueron recibidos los británicos a su llegada al territorio rioplatense? ¿Cómo se configuraron los encuentros entre los británicos y la población en este contexto de un frágil dominio del territorio? ¿Qué espacios se configuraron como zonas de interacción?
En nuestro análisis no observaremos lo estrictamente “militar”: las escenas del combate, el enfrentamiento directo o la configuración de las milicias, sino que pondremos nuestra lupa en el escenario cotidiano de las ciudades portuarias durante el período de la ocupación, con el objetivo de evaluar cómo esta experiencia afectó a la gente de a pie. Esta decisión metodológica responde a la convicción de que los episodios estrictamente bélicos, si bien centrales para comprender el desenlace militar de las expediciones, tienden a reducir las interacciones a su dimensión más coercitiva, ofreciendo un marco limitado para analizar la complejidad de los vínculos sociales y culturales que se desarrollaron en el día a día de la ocupación. En este sentido, consideramos que las interacciones en el marco de las expediciones no pueden definirse solo a partir de la conflictividad, sino que tuvieron una naturaleza dinámica y cambiante. Por ello, nos parece adecuado pensar los vínculos a partir de un concepto definido por Gilbert Joseph (2005) que creemos permite capturar su complejidad: los encuentros culturales, definidos como “interacciones polivalentes” en las zonas de interacción de los imperios. Tales encuentros se explican no solo a partir del conflicto y el enfrentamiento, sino que también señalan intentos realizados por personas de culturas diferentes para entablar relaciones que no exigen negar o cancelar la subjetividad de la otra parte; indican esfuerzos por entender al otro, abordarlo y establecer una empatía con él.
En el capítulo haremos referencia a la ocupación británica de Buenos Aires entre junio y agosto de 1806, aunque también dialogaremos parcialmente con la ocupación de Montevideo, considerando que allí también ocurrió un intenso intercambio entre la tropa británica y la sociedad local. A través del cruce metodológico de diarios de viaje de soldados británicos, memorias de figuras de la sociedad local, expedientes judiciales y el periódico británico The Southern Star, analizaremos las recepciones de la sociedad local a la invasión británica y las múltiples formas de interacción que se desarrollaron durante esta experiencia. En este sentido, nos enfocaremos primero en el contexto inicial de la conquista y la ocupación, para luego recuperar las numerosas zonas de interacción donde se produjeron los principales encuentros entre la tropa británica y la sociedad portuaria.
La conquista del espacio rioplatense y las reacciones de la sociedad local
El 25 de junio de 1806, en medio de un clima neblinoso que anunciaba una tormenta de invierno, la tropa británica (compuesta por alrededor de 1600 hombres) desembarcó a unos kilómetros de su destino, en la localidad de Quilmes.[2] A pesar de ciertas dificultades en el terreno, sumadas a las copiosas lluvias que finalmente perturbaron a los británicos, el ejército pudo avanzar y repeler el ataque de infantería que lideraba el subinspector del ejército, coronel Pedro Arze. Al día siguiente, se intentó otra resistencia en el Riachuelo, pero los británicos se impusieron nuevamente. Desde aquella distancia la tropa ya contemplaba “las altas torres de Buenos Aires: grandioso objetivo de nuestras esperanzas y fin de nuestros trabajos”, según comentaba ansiosamente el capitán Gillespie en su diario (1986, p. 45).
El 27 de junio de 1806, las fuerzas británicas entraban finalmente a la capital virreinal, en medio de un temporal lluvioso, al ritmo marcial de los tambores y las gaitas escocesas. Gillespie marcaba en su diario cómo curiosamente los “balcones de las casas estaban alineados con el bello sexo, que daba la bienvenida con sonrisas y no parecía de ninguna manera disgustado con el cambio” (1986, p. 46). El entonces virrey, Rafael de Sobremonte, quien había actuado de manera muy irregular durante la defensa, decidió cumplir con el protocolo de invasión y se marchó hacia Córdoba con los caudales de la ciudad, mientras que las tropas se replegaron en la fortaleza. El comandante de la expedición, William Carr Beresford, y el resto de los oficiales fueron finalmente recibidos por las autoridades militares y eclesiásticas, quienes luego de unos días de debate firmaron la capitulación. En este contexto, se mantuvieron en los mismos cargos a las autoridades virreinales, pero se les exigió la jura de fidelidad al rey británico Jorge III. El cabildo civil, los eclesiásticos y los altos funcionarios juraron entonces fidelidad al monarca extranjero, en lo que Halperín Donghi define como una “sumisión unánime y nada reticente” (1972/2023). Aunque Beresford no contaba con instrucciones formales del gobierno, su comportamiento indica una clara voluntad de imperialismo formal. Si bien había un grupo de vecinos expectantes con un posible apoyo al incipiente movimiento de emancipación, esa ilusión se disolvería muy pronto. De esta forma, Buenos Aires sería, durante 45 días, una parte integrante del imperio británico.
La recepción inmediata de la tropa británica en la ciudad fue bastante difusa. No podemos clasificarla a partir de una completa hostilidad, ni tampoco como una total condescendencia. En diferentes diarios personales de la época encontramos opiniones más bien amargas, como lo acertaba un joven Mariano Moreno: “yo he visto en la plaza llorar a muchos hombres por la infamia en que se les entregaba, y yo mismo he llorado más que otro alguno” (Moreno, 1960, p. 94). Sin embargo, en este mismo contexto, pueden hallarse reflexiones marcadas con cierto optimismo, como la de Mariquita Sánchez de Thompson, mujer destacada en el seno de la élite. Años después, en una correspondencia a modo de memoria privada, recordaba con detalle el aspecto de las tropas que se apropiaron de la ciudad y confirmaba el entusiasmo femenino que destacó el capitán Gillespie en su diario:
Las más lindas tropas que se podían ver, el uniforme más poético, botines de cinta punzó cruzadas, una parte de la pierna desnuda, una pollerita corta, una gorra de una tercia de alto, todo formada de plumas negras, y una cinta escocesa que formaba el cintillo […] Este lindo uniforme sobre la más bella juventud, sobre caras de nieve, la limpieza de estas tropas admirables, ¡qué contraste tan grande! (Mizraje, 2010, p. 162)
Mariquita hacía una comparación con las fuerzas milicianas locales, de quienes tenía una opinión muy despectiva e incluso racista, aunque acorde a la cosmovisión de la época: “es preciso confesar que nuestra gente del campo no es linda, es fuerte y robusta, pero negra. Las cabezas como un redondel […] todos rotos, en cabellos sucios, todo lo más miserable y feo” (Mizraje, 2010, p. 162). Debemos entender tales valoraciones en el contexto de “atlantización”: la sociedad colonial porteña le estaba dando la espalda a la América andina, para emprender una orientación hacia el Atlántico y, concretamente, a la sociedad europea, en el marco de una severa crítica al sistema colonial español, particularmente entre un sector de los estratos más altos. Una parte de la “sociedad decente” era por lo tanto muy permeable al vínculo con los extranjeros (más allá de los españoles) y en muchos casos desarrollaron alianzas matrimoniales, que podían ser visualizadas como un “acceso a la modernidad” (Rimbot, 2021). Tal era el caso de Mariquita, quien luego de enfrentar la voluntad de sus padres y transitar un juicio de disenso, contrajo matrimonio con el hombre de carrera naval, Martin Thompson, descendiente de un comerciante inglés y educado militarmente en Europa.[3]
De esta forma, los británicos eran valorados por un sector como portadores de “valores civilizatorios” y una promesa de progreso y bienestar. En esta línea, Mariquita también se expresaba sobre el impacto de la conquista en la cultura material de la región. Consideremos que durante el mes y medio de dominio prevaleció una política de libre comercio y más de mil comerciantes británicos circularon por el puerto: “nos trajeron la luz, el amor al confort, las comodidades de la vida toda, el aseo en todo” (Mizraje, 2010, p. 150). Mariquita se estaba refiriendo, claramente, a la circulación de mercaderías traídas desde Gran Bretaña: “¡qué placer tuvimos al ver un jabón fino! ¡un lindo mueble, un buen ropero! Pues lo más se guardaba en cómodas del Janeiro, bien toscas” (p. 150).
Debemos notar, sin embargo, que este acercamiento a menudo entraba en conflicto con un sentimiento muy fuerte y arraigado en la población local: el de la religión católica. Es importante remarcar esto último: los británicos suponían no solo un enemigo nacional, sino también uno religioso. Durante la colonia, las instituciones eclesiásticas custodiaban la pureza de fe con el auxilio de autoridades civiles y contaban con varios instrumentos jurídicos, económicos, pedagógicos y espirituales para garantizar la reproducción de una sociedad uniformemente católica. En este período no había, por lo tanto, atisbos de duda sobre la absoluta exclusividad de la que debía gozar el culto católico. Así lo determinaba en una carta un sacerdote español, el fray Francisco de Jesús Castañeda. Este hombre había contraído un vínculo cercano con un oficial inglés durante la ocupación británica en Buenos Aires, pero en su correspondencia privada expresaba incomodidad por el tema religioso: “P.D. Angli Essent Angeli, si forent Catholici”[4] (Salas, 1986, p. 50).
Nos interesa en este punto profundizar el concepto de encuentros culturales, planteando la hipótesis del historiador suizo Urs Bitterli (1989). Como una forma de desagregar el concepto, Bitterli desarrolla una tipología particular para clasificar las diferentes interacciones en un extenso período comprendido entre 1492 y 1800. En primer lugar, el “contacto”, que se define como un encuentro inicial, de corta duración y usualmente de buena voluntad. Con el tiempo, los contactos podían resultar en “colisiones”, momentos en que la parte más débil era amenazada con la pérdida de identidad cultural, mientras que incluso su existencia física estaba en peligro. Ahora, esta situación de conflictividad no siempre ocurría, y en ese caso hablamos de “relaciones”, definidas como una serie prolongada de contactos recíprocos sobre la base del equilibrio o el empate político.
Siguiendo este esquema, podemos pensar que este factor de la religión generó “colisiones” a largo plazo. Si bien es indudable que fue un punto de tensión, en realidad este argumento podría matizarse. De acuerdo con el testimonio de un soldado inglés asentado en Montevideo tras la ocupación en febrero de 1807 (cuyo nombre no sabemos porque escribió su diario de viaje bajo el anonimato), podemos observar que, a pesar de las tensiones, las diferencias de credo fueron superadas. Este militar reportaba que fue asignado a la casa de una mujer viuda y su anciano padre y anunció que recibió “muchos cuidados” de esta familia. En su diario, escrito unos meses después del acontecimiento, los recordaba con una profunda sensibilidad:
During the seven months I remained in Monte Video, she behaved to me like a mother. To her I was indebted for many comforts. Never shall I forget María de Parides: she was of a small figure, yet elegant in her appearance. (Journal of a soldier of the 71st Regiment from 1806–1815, 2011, p. 31)
Sin embargo, se reproducía también una mirada característica de la concepción de superioridad británica en términos “civilizatorios”, en la cual se depreciaba la cultura católica de la región. “They are ignorant in extreme and very superstitious” (Journal of a soldier of the 71st Regiment from 1806–1815, 2011, p. 35), declaraba el soldado, anunciando con sorpresa que María creía que su marido había muerto por la maldición de un viejo indio. Su convivencia diaria con esta familia le permitió al militar replicar los comportamientos que le llamaron profundamente la atención y los calificó de meras supercherías:
If the old man sneezed, María called Jesus! […] When they knock at any door, they say Ave María Purísima […] When they leave Anyone, they say Vaya Usted con Dios, and when they are angry, it is a common phrase Vaya usted con los mil Demonios. (Journal of a soldier of the 71st Regiment from 1806–1815, 2011, p. 31)
El soldado indicó que fue adoptando cada una de estas costumbres, pero simplemente para guardar apariencias. Hubo una preocupación permanente por parte de la mujer viuda sobre la “condición herética” debido a su fe protestante. Incluso el joven recibió numerosas visitas de un sacerdote de la ciudad, quien le daba lecciones sobre los “numerosos errores de su fe”. Podríamos determinar que, en este esquema de relaciones, una parte de la sociedad asumió el papel de evangelizadores. En este caso, si bien no logró de ninguna forma convencer al militar para un eventual bautismo al catolicismo, el soldado recordaba que “forjaron una linda amistad” (Journal of a soldier of the 71st Regiment from 1806–1815, 2011, p. 37), por lo que, más que colisiones, tendríamos que hablar de relaciones.
A pesar de la diferencia religiosa, los contactos entre británicos y miembros del clero en este espacio rioplatense fueron extendidos. Si bien nuestro foco de análisis son los militares, creemos que merece la pena citar el diario de un comerciante anónimo en Montevideo, quien se refirió incluso más específicamente a este tema. Recordemos que las expediciones consistieron, como determina Schlez (2021), en una gran avanzada del capital industrial. La operación no solo significó la movilización de “cañoneras y soldados”, sino también de comerciantes que se vieron atraídos por la perspectiva de los mercados sudamericanos y establecieron una fuerte presencia mercantil en el territorio (Schlez, 2021, p. 127).
En su escrito, el comerciante narra la visita junto a unos miembros del clero (uno de los cuales era descendiente de irlandeses, de apellido Campbell) a una capilla local. Allí se dio un curioso encuentro: los padres hicieron de guía explicando detalladamente las imágenes y las pinturas que adornaban la iglesia, una característica no común en la religión protestante. El comerciante fue entonces profundamente interrogado sobre su propia religión, al exhibir un desconocimiento sobre tales imágenes. Instruidos los padres sobre el protestantismo, el británico aseveraba en su diario que lo consideraron solo “un poco diferente al paganismo” (Notes on the viceroyalty of La Plata in South America, 1808, p. 61). Otras escenas de encuentro cordial se narran en el diario: en otra ocasión los padres “ajustaron amablemente el horario de su cena al de la hora británica” y compartieron una comida en el convento, donde se entonaron varias melodías, entre ellas el himno británico “God save the King”. “We found the monks so affectionate that it was not in our power to effect an escape without being hugged by the whole convent […] They are a very respectable class, and, generally speaking, men of some intelligence and instruction” (Notes on the viceroyalty of La Plata in South America, 1808, p. 65). Aquella valoración positiva del clero se enmarcaba, sin embargo, en una crítica general, pues se señalaba que estos hombres controlaban “las mentes del pueblo”, sometiéndolos a un estado de “perpetua ignorancia”. El tema de la ignorancia reaparece en este diario, pero incluso con más claridad: el comerciante demostró su estupor al interrogar a ciertos personajes de aquella sociedad con respecto a sus conocimientos geográficos.
I was once asked […] if England was separated by sea from France? And whether you could travel by hand from North America to London? […] Another day he asked me if Rio Janeiro was as far as Lisbon? They usually suppose London to be larger than Great Britain, and his Britannic Majesty is often here called the King of London. (Notes on the viceroyalty of La Plata in South America, 1808, p. 83)
Esta retórica sobre la ignorancia es común y atravesaba también los escritos de los oficiales británicos. Había una intencionalidad marcada por presentar a la sociedad española como una ignorante y atrasada, para justificar el lenguaje de una “misión civilizadora” sobre pueblos nativos que eran presentados como “incompletos” o “inhábiles” para alcanzar lo que los europeos eran.
Las zonas de interacción durante la ocupación británica del espacio rioplatense
Varias fueron las zonas de interacción, los puntos de encuentro entre los británicos y la sociedad local, que se configuraron en este contexto. El primero de ellos fue el fuerte de Buenos Aires, donde se instalaron Beresford, los oficiales y una parte del regimiento 71 de Highlanders. Según observamos en un expediente judicial posterior, las autoridades del gobierno virreinal configuraron una lista de todos aquellos vecinos porteños que frecuentaron el fuerte en tiempos de la ocupación, en lo que podríamos definir como un esquema de vigilancia (AGN, Tribunales, S9-3267, exp. 22, 1806-1807). Un grupo de personajes de la sociedad local se acercó por diversos motivos a la fortaleza y entabló un contacto diario con los británicos. Tres de ellos fueron Ulpiano Barreda, Francisco Díaz Arenas y Vicente Capello, quienes cumplieron el papel de traductores por sus conocimientos del idioma inglés. Tomaré en este sentido una reflexión de Andrés Baeza (2021), quien determina el rol fundamental de los intérpretes por su carácter de “mediadores culturales”: gracias a ellos se superaron las barreras de idioma y religión, lo que facilitó los contactos entre angloparlantes e hispanoparlantes.
Baeza está pensando, sin embargo, en el rol de los británicos en la conformación de la armada chilena en el contexto de la independencia, por lo que aquel servicio fue valorado positivamente. En el caso del Río de la Plata, al contrario, el rol de los intérpretes fue severamente cuestionado por las autoridades locales, pues los “mediadores culturales” lo fueron en un contexto de ocupación imperial, que facilitó la penetración del imperialismo formal británico.
Podemos precisar, en este sentido, el caso de Vicente Capello: luego de la Reconquista, se le abrió una causa judicial y se lo condenó por traidor, a pesar de que había luchado en la defensa de la ciudad. Su domicilio fue violado y se embargaron todos sus bienes, incluida una estancia que poseía en las cercanías de Colonia del Sacramento. Eventualmente, fue condenado a 10 años de prisión, aunque gracias a la defensa de su abogado, salió en libertad en 1811 (AGN, Tribunales, S9-3269, exp. 22, 1806-1807). Si bien en su defensa aducía que fue coaccionado, creemos que se trató de un colaborador activo, pues en el expediente también se aclara que Capello se encargó de confiscar los planos de la ciudad de Buenos Aires y el pueblo de Las Conchas al coronel don Eustaquio Giannini, para entregarlos a Beresford en el fuerte. Más allá de sus verdaderas intencionalidades, difíciles de dilucidar con la documentación disponible, su caso nos demuestra que la interacción activa con las fuerzas de ocupación se tradujo, luego de la Reconquista, en sanciones penales severas.
Otro de los espacios públicos donde observamos prácticas de sociabilidad fue el paseo de la Alameda (actual avenida Leandro N. Alem), uno de los primeros paseos ribereños de la ciudad. Con el tiempo, se había instaurado la práctica de frecuentarlo para tomar aire fresco e interactuar entre los diferentes vecinos. En tiempos de la ocupación británica, la banda de música del regimiento 71 de Highlanders organizó diferentes conciertos musicales. El paseo recreativo se tiñó de los sonidos de la lejana Escocia, caracterizados por la aguda musicalidad de las gaitas, y se convirtió en punto de reunión entre los oficiales británicos y algunos vecinos destacados. “Los generales paseaban de bracete por las calles con las Marcos, las Escaladas y Sarrateas”, observaba el cadete de los húsares Ignacio Núñez (1960, p. 227) en un tono despectivo y de oposición a los británicos, a quienes consideraba como unos “seres llenos de corrupción”. Más tarde se referiría a ciertas “costumbres corruptoras” que llegaron con el ejército:
Como buenos bebedores que son, han enseñado a los nuestros a saludarse con la copa, cambiar de cubiertos a cada plato, a abandonar el cigarro en la calle, y otras diversas y extrañas costumbres que se van haciendo carne entre la gente […] Lo más grave es, sin duda, la conversación y trato con estos herejes, que andan alucinando a mentes ingenuas, hablando boberías de sus Leyes y Parlamento, de la Carta Magna, de las libertades individuales. (Núñez, 1960, p. 220)
Si bien había vecinos dispuestos a socializar con la tropa foránea, no debemos perder de vista también este comportamiento, que advertía un total distanciamiento de aquellos hombres considerados como “enemigos de la patria y la religión” (Núñez, 1960, p. 223).
Observemos ahora la ciudad de Montevideo. Recordemos que su conquista se produjo ocho meses después que la de Buenos Aires, gracias al envío de refuerzos desde Gran Bretaña, coordinados por el general Sir Samuel Auchmuty. Consistía en una tropa de unos 5500 hombres, sumada a unos 800 marineros y soldados de infantería marina. La ciudad fue ocupada entre febrero y julio de 1807. En este período de intensa interacción con la sociedad local, debemos destacar el periódico The Southern Star, cuyo espacio de redacción también podemos evaluar como una clara zona de interacción entre británicos y nativos. El periódico circuló diariamente entre el 23 de mayo y el 4 de julio de 1807. Su anuncio determinó que se publicarían noticias de interés general, avisos y extractos de otros periódicos europeos, aunque como indica Juan Neves Sarriegui (2021), el diario funcionó ante todo como aparato de propaganda del gobierno británico.
En primer lugar, debemos marcar que hubo una elección particular respecto a su formato: el diario se publicó de manera bilingüe, en inglés y español. Esto daba cuenta del encuentro lingüístico que efectivamente ocurría en la ciudad. Como marca Rosario Lázaro (2020) en su análisis de la lingüística de The Southern Star, si bien utilitario, hubo un interés de ambas partes para abordar la política, la cultura y la lengua del otro. Así lo evidenciaban varios anuncios realizados en las diferentes emisiones. Un ejemplo es el del inglés David Creighton, quien ofrecía en la edición del 23 de mayo clases particulares de su lengua a un “número selecto de discípulos” (Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay, 1807/1942). En la misma sintonía, en la publicación del 30 de mayo un anuncio laboral advertía que se precisaba “un mozo para ayudar en un Almácen [sic] de este Pueblo, el que será más apreciable que poseyese los dos idiomas: Yngles [sic] y Español”. El cruce de idiomas, más profundo que en Buenos Aires por la extensión de la ocupación, es un elemento esencial para considerar dentro de esta zona de contacto.
La publicación del diario se posibilitó gracias a la instalación de una imprenta en la calle San Diego. En el prólogo a la edición de 1942, Ariosto González marca que no se trató de un periódico del ejército británico, sino de un negocio particular autorizado y protegido por la autoridad militar. En su reciente estudio, Juan Neves Sarriegui (2021, p. 205) señala, sin embargo, que el comandante de las fuerzas de ocupación, Sir Samuel Auchmuty, tenía control sobre la política editorial, pues había designado a dos delegados para ello: en la versión en inglés, a Thomas Bradford, y en la versión española, a Manuel Aniceto Padilla. Es importante destacar que participaron en esta empresa tanto escritores anglosajones como españoles. Si bien aún hay debate sobre los posibles escritores del periódico, pues escribían usualmente usando apodos, sabemos con certeza que el mencionado altoperuano Padilla, quien ayudó a escapar a William Beresford en 1806, fue uno de los columnistas habituales (Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay, 1807/1942). Según Néstor Cremonte (2010, p. 118), también lo fue el industrial y periodista Juan Hipólito Vieytes, quien escribía bajo el nombre de Anselmo Nayteya.
El espacio de la imprenta se configuró como una zona de interacción, pero con un matiz particular: aquí observamos una clara dinámica de la colaboración, pues aquellos americanos nativos que participaron de esta empresa asistieron a la legitimación de la ocupación británica (y, por lo tanto, a la penetración del imperio formal) desde lo discursivo. El periódico, en este sentido, se alineaba claramente con los intereses expansivos del imperio británico, aunque con una retórica particular. El objetivo de las diferentes impresiones fue ofrecer una imagen positiva de los beneficios del gobierno de ocupación. Como marcaron otros autores, se pretendía instalar la idea de un “conquistador benevolente”. Así, en la edición del sábado 23 de mayo se indicaba, en una parte de la columna, que el propósito de esta empresa era “alentar aquella harmonía [sic], concordia y amistad que debe existir entre los súbditos del mismo gobierno” (Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay, 1807/1942, p. 37). Se aclaraba, más adelante, que “el gobierno Inglés [sic] desea vuestra felicidad de todo corazón y se halla interesado en la prosperidad de todos los habitantes” (p. 35). Los “ingleses” se anunciaban de esta forma no como conquistadores, sino como defensores de una “justa libertad” que surgiría en el marco de su “gobierno civilizador”, una típica representación del ideario imperialista en este contexto. Estas apreciaciones se inscribían en el marco de una valoración histórica positiva del dominio británico:
La Inglaterra en sus conquistas sigue un camino diferente. Sus victorias son compasivas y humanas. Viene como el ángel de la paz seguida de sus compañeras la tolerancia, libertad y justicia: sus generales no son feroces como los franceses, no son virreyes pobres y sin mérito alguno, arruinados en su reputación y caudales […] Nuestros Generales Ingleses son hombres de honor, hidalgos y caballeros. (Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay, 1807/1942, p. 35)
Tales elogios sobre la civilización del imperio británico se contrastaban con una feroz crítica sobre la administración que el imperio español había realizado sobre sus territorios de ultramar. Esta tierra aparecía, por las diferentes regulaciones impuestas por la monarquía borbónica[5], como carente de libertad; una sociedad oprimida por su propia monarquía, tal como podemos observar en otro fragmento de la misma columna:
En una monarquía absoluta como la española, la libertad, las posesiones y la vida del vasallo dependen del capricho de un tirano. El rey de Gran Bretaña es el padre de sus súbditos. Su poder reconocer por base el amor, y no el miedo […] En someteros al cetro inglés compartiréis los mismos derechos y privilegios que gozamos nosotros. (Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay, 1807/1942, p. 35).
Se enumeraban, de esta manera, las sucesivas medidas que acabarían con la “tiranía española”, como el “comercio libre de exacciones injustas y monopolios onerosos”, o una justicia que se administraría con “imparcialidad rigurosa”. Aún más, se trataba de aminorar el punto de tensión que comentábamos previamente: la religión. No había, a ojos del columnista, grandes diferencias entre los credos: “Los protestantes son Christianos [sic] como vosotros. Nuestra religión es la misma: apenas difiere en algunos puntos. Los dos creemos en el Dios todopoderoso, y nuestro señor Jesu Christo [sic], que padeció en la cruz para salvarnos” (Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay, 1807/1942, p. 35).
El periódico funcionó, de esta manera, como un dispositivo para estrechar lazos entre el gobierno de ocupación y los habitantes de Montevideo, articulado en una zona de interacción entre nativos británicos y colaboradores locales. La reacción de las autoridades virreinales no se demoró. Las noticias sobre esta publicación desataron una fuerte oposición en Buenos Aires, donde la Audiencia prohibió de manera terminante su circulación y lectura. En un decreto de la Real Audiencia, se acusaba a la Estrella del Sur de ser un pasquín lleno de falsas noticias y de abominables ideas contra la religión católica y el gobierno español. El escrito era, desde esta perspectiva, producto de un carácter británico engañoso, ambicioso, cruel y avaro (Street, 1967). Había, de esta manera, dos visiones absolutamente contrapuestas sobre el carácter y el propósito de esta empresa editorial.
Por último, debemos destacar la zona de interacción más privada: las residencias particulares de algunos vecinos, que abrieron sus puertas a los oficiales del ejército conquistador. Una de las prácticas de sociabilidad compartidas en estos espacios fueron los “convites”. En aquellas ocasiones, se montaba una mesa con la distintiva platería de la región y los oficiales eran invitados a comer, convidados con alimentos locales como el pato, el pavo y diferentes sopas, además de bebidas alcohólicas. El capitán Gillespie recuerda en su diario una velada diurna en Buenos Aires que compartió con el capitán de ingenieros Belgrano en su residencia, en donde bebieron “vinos de San Juan y Mendoza” y disfrutaron de un concierto de guitarras españolas (Gillespie, 1986, p. 61). La ocasión más comentada en el contexto fue, sin embargo, el “convite” que se realizó en la casa de Martín de Sarratea, prestigioso comerciante español apoderado de la Real Compañía de Filipinas, con amplias conexiones con Europa y los Estados Unidos. A la reunión asistió una parte de la oficialidad británica y varios miembros destacados de la sociedad local, incluido el propio Santiago de Liniers. Las malas lenguas insistieron en que las señoritas estuvieron muy “complacidas” con la presencia anglosajona, y se hicieron “varios brindis y agasajos” al estilo ceremonial de los británicos (Salas, 1986, p. 119).
La sociabilidad más amplia se configuraba, sin embargo, en torno a las renombradas tertulias. Como determina Alina Silveira (2017), se trataba de espacios abiertos a los extranjeros, a los cuales concurrían hombres y mujeres por igual, y donde se daban conversaciones que presuponían ciertos lazos de amistad. Eran puntos de encuentro vitales porque allí se tejían las redes de relaciones que luego tendrían injerencia en la vida social, política y comercial de la ciudad.
En su diario, el soldado Alexander Gillespie dejó una descripción costumbrista de la funcionalidad que cumplían estas reuniones y expuso una mirada crítica por la precariedad material de los hogares, aunque a su vez elogió la musicalidad de los eventos:
Allí concurrían todas las niñas del barrio, sin ceremonia, envueltas en sus largos mantos […] No había chimeneas y se utilizaba el fuego solamente con frío extremo. Ningún extranjero deja de sufrir jaqueca por los vapores del carbón […] No se ofrecían tampoco refrescos en estas ocasiones […] La música era tenida perfectamente. Los valses estaban en boga y la música era de piano, acompañado con guitarra, que todos los rangos tocaban. (Gillespie, 1986, p. 59)
Las residencias privadas se configuraron, entonces, como un espacio íntimo de intercambio entre la oficialidad británica y algunas figuras prominentes de la sociedad local. Aunque estos encuentros demuestran una evidente cercanía con los británicos, no podemos suponerlos como un acto de apoyo activo a la empresa de conquista (a excepción del periódico The Southern Star). Según el clásico texto de Vicente Sierra (1969, pp. 85-86), entre los asistentes a las tertulias predominaban miembros del “partido de la independencia”, pero no es un dato que pueda corroborarse con las fuentes disponibles. Vemos, además, que varias figuras que asistieron a estos encuentros luego participaron activamente de la Reconquista, como el caso de Martín de Sarratea o Santiago de Liniers. El mismo Gillespie (1986, p. 60) aclaraba en su diario que en los encuentros no se hablaba de “política ni religión” por las tensiones que ello desataba. Sin embargo, Pilar González Bernaldo (1991, p. 14) en su análisis de las formas de sociabilidad rioplatense, concluye que las “invasiones inglesas” aceleraron sin duda la formación de espacios de sociabilidad politizados, pues hacia 1808 ya eran varias las menciones de “clubes, reuniones de revolucionarios y logias secretas” que confabulaban contra la autoridad del virrey.
Conclusión
En su posición de invasores del espacio rioplatense, los soldados británicos transitaron por espacios públicos y privados, tejiendo relaciones que variaron notablemente en su carácter. Estas interacciones se desarrollaron en un contexto marcado por el enfrentamiento militar y por una ocupación impuesta por la fuerza, factores que condicionaron las dinámicas sociales y los márgenes de acción de los distintos actores involucrados. En este contexto, evidenciamos que la respuesta de la sociedad portuaria fue múltiple. Se articularon redes de colaboración activa que daban cuenta de una cierta legitimación del intento de imperialismo formal británico; relaciones simpáticas y cordiales que evidenciaban la existencia de códigos culturales compartidos y la valorización de la ocupación británica en términos de sus capitales simbólicos; y, al mismo tiempo, un sentimiento persistente de distanciamiento y oposición. Como vimos a lo largo del capítulo, estas actitudes variaron según los actores sociales. Mientras que una parte de la élite portuaria –en particular figuras vinculadas al comercio atlántico y al incipiente grupo proemancipación– se mostró dispuesta a socializar con los británicos, miembros de las instituciones coloniales, milicianos y otros integrantes de los sectores plebeyos expresaron una marcada apatía y, con frecuencia, una actitud crítica frente a tales relaciones. En este marco de ocupación y creciente tensión, la conflictividad no se tradujo necesariamente en colisiones en todos los planos de la vida cotidiana, como lo demuestra la convivencia íntima entre británicos y nativos en residencias particulares, que coexistió –no sin tensiones– con el recuerdo reciente del enfrentamiento y la presencia permanente de una fuerza militar extranjera.
La religión se mostraba en ese marco como un punto importante de diferencia entre los sujetos sociales, lo que llevó a un intento de “evangelización” de los británicos; muchas veces fallido, pero no siempre causa de conflicto. Hemos remarcado varias escenas de intercambio cordial de costumbres y conocimiento con miembros de órdenes religiosas. A pesar de las críticas de herejía, algunos sacerdotes también se mostraron dispuestos a integrar estas redes de sociabilidad. Los encuentros significaban un intento por abordar y comprender a la otredad.
Nos parece importante, por último, remarcar las observaciones de los diferentes agentes británicos sobre la sociedad local. Tal como hemos visto a través de sus escritos, los comentarios están permeados por un discurso civilizatorio característico de la “mirada imperial” (Pratt, 2010), en el que permanentemente se acusa a la sociedad nativa de atraso e ignorancia. De esta manera pretende justificarse el dominio imperial, como hemos visto a través de la retórica del periódico británico The Southern Star. El periódico no solo revela el profundo cruce lingüístico en el marco de la ocupación y la interacción entre nativos y británicos en la redacción, sino que también da cuenta de la retórica del “conquistador benevolente”, que, como evaluamos, exhibía una clara crítica a la monarquía borbónica y trataba de legitimar el dominio formal de Gran Bretaña sobre el territorio del Plata. Esto puede entenderse en el marco de los conflictos entre los diferentes modelos imperiales: el británico, identificado por esta retórica como el imperio de la benevolencia y la libertad, y el hispánico, asociado a partir de esta narrativa con la tiranía y la opresión.
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Tasación que hacemos de los efectos y muebles pertenecientes a D. Vicente Capello, existentes en poder de don José Santos de Inchaurregui (1807). Archivo General de la Nación (AGN). Tribunales, S9-3269, exp. 27. Buenos Aires, Argentina.
- Universidad de San Andrés.↵
- La tropa destinada a la expedición de Buenos Aires era muy variopinta. Desde el cabo de Buena Esperanza, desde donde partió la expedición, se seleccionó al regimiento 71 de Highlanders, puesto a las órdenes del teniente coronel Dennis Pack, el regimiento 20 de Dragones Ligeros, un destacamento de la Royal Artillery, a cargo del capitán Ogilvie, el cuerpo de Royal Marines y personal civil, 60 mujeres y 40 niños (familiares del regimiento 71). Sin embargo, el reclutamiento no acabó allí. En abril de 1806 la expedición finalmente zarpó hacia el territorio rioplatense, pero hacia fin de aquel mes se detuvo en la pequeña y remota isla de Santa Elena (posesión británica desde el siglo XVII en el medio del océano Atlántico) con el fin de reclutar más tropa. El gobernador Robert Patton recibió en su residencia al comodoro Popham y le cedió 150 hombres de infantería y 100 de artillería, que pertenecían a los respectivos regimientos de Santa Elena. Entre esta tropa había una mezcla de nacionalidades muy importante: alemanes, holandeses e incluso chinos.↵
- Los padres de Mariquita compartían una visión mucho más “tradicional” y, como la usanza de la época, pretendían arreglar su matrimonio dentro del núcleo familiar, con un primo del mismo origen español. Ante la desafiante negativa de Mariquita, se llegó a un juicio de disenso con mediación del virrey, en donde su madre, Magdalena Trillo, manifestó una enorme preocupación por la ineptitud de Thompson “como potencial administrador de los bienes familiares, y por el peligro de que se convirtiese en despilfarrador de los mismos” (Sánchez, 2014, p. 36). Este es un buen ejemplo de cómo la “alianza con los británicos” era en realidad un elemento divisorio entre la élite colonial.↵
- Los ingleses serían ángeles si fueran católicos.↵
- Lo cual es paradójico, si consideramos que los británicos aplicaron regulaciones igualmente opresivas en sus colonias en Norteamérica. ↵






