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9 Los mamíferos fósiles de las Pampas y el pichiciego de Mendoza

Un asunto consular

Irina Podgorny[1]

Introducción

En 1838, el erudito napolitano Pedro de Angelis envió una breve nota al agrimensor y escritor argentino Juan María Gutiérrez (1809-1878), quien trabajaba en el Departamento Topográfico de la Provincia de Buenos Aires, creado tras la Revolución de Mayo de 1810. De Angelis había llegado a Buenos Aires desde París en 1827, contratado por una administración que, a su llegada, había dejado de existir (Sabor, 1995). Sin empleo, De Angelis sobreviviría como periodista, tipógrafo, educador, propagandista y archivero de Juan Manuel de Rosas. Gutiérrez, por su lado, fue miembro fundador del efímero Salón Literario establecido en Buenos Aires en mayo de 1837 (Weinberg, 1958), un espacio frecuentado por estudiantes universitarios, escritores y pensadores, entre ellos, el poeta Esteban Echeverría (1805-1851).

De Angelis era un ávido lector de las novedades científicas europeas, y gracias a ello sabía del interés por los manuscritos coloniales y los especímenes de historia natural de la región. En 1838, había comenzado a publicar su “Recopilación de leyes y decretos promulgados en Buenos Aires” y su “Colección de Obras y Documentos relativos a la Historia Antigua y Moderna de las Provincias del Río de la Plata”, donde editaba informes y mapas de los antiguos archivos coloniales de gran valor para el gobierno local y para las potencias comerciales interesadas en las tierras y las rutas de navegación que conectaban el interior con los puertos de Buenos Aires y Montevideo. De Angelis fue uno de los interlocutores de los cónsules que, en los mismos años, empezaron a llegar a Buenos Aires, figuras clave en la adquisición de datos y especímenes para las colecciones de sus países. Los cónsules, para lograrlo, acudieron a sus compatriotas residentes y al intercambio de favores y recompensas que distribuían según sus intereses. De este modo, construyeron cadenas de información donde los objetos y los datos circulaban a través de personas que hablaban el mismo idioma y compartían códigos culturales. Así, los agentes consulares británicos, franceses y sardos solían trabajar con personas de sus comunidades establecidas en el Río de la Plata bajo la protección u obligación de su país de origen.

En su billete a Gutiérrez de 1838, De Angelis mencionaba la ayuda que recibía de Echeverría y del piloto genovés Nicola Descalzi (1801-1857), astrónomo de la expedición al Río Negro en la campaña contra los indios organizada por Rosas en 1833 (Fernández Arlaud, 1976; García y Podgorny, 2013). De Angelis comentaba que había hablado con él el día anterior y que le prestaría una copia de un mapa a su regreso del viaje que había emprendido para exhumar unos huesos. De Angelis, antes de despedirse, parafraseaba unos versos:

como me parece que dice el Sr. Echeverría

…, mirando

El hondo cauce anchuroso

De un arroyo que copioso

Entre la paja corría

Se volvió atrás, exclamando,

Arrobado de alegría:

Allí en la orilla verdosa,
el inmoble cuerpo posa.[2]

Era un extracto modificado de “El Pajonal”, la quinta parte de “La cautiva”, poema incluido en las Rimas de Echeverría, publicadas en 1837. En esa escena, María y Brian se refugian del calor y la sequía. María encuentra agua y salva a su marido. De Angelis eliminó esas líneas para centrarse en la felicidad por la mera presencia del cadáver. Al cambiar una letra, esta alude a un Descalzi, feliz por haber encontrado un cuerpo inerte. Con ello, se burlaba del genovés que, mientras inspeccionaba las propiedades del francés Frederique Massot y de la inglesa Hannah Byrne/Ana Birne (Cuneo, 1940), aprovechó para buscar fósiles en los arroyos. Al final de dicho billete, De Angelis reflexiona: “Yo nunca tendré tanta dicha”.

Josefa Sabor (1995) afirmó que Descalzi fue contratado por De Angelis, quien lo introdujo en el negocio de los fósiles. Sin embargo, para 1838, De Angelis lo consideraba “el mayor calumniador de Buenos Aires”. Dado el carácter conflictivo del piloto –envuelto en varios procesos judiciales– y el mal genio del napolitano, no es de extrañar que esta asociación durara poco. Pero ¿por qué el hallazgo de huesos se asocia con la felicidad y la fortuna? ¿Por qué se involucraron en estas actividades? Ambos sabían que se trataba de objetos muy codiciados y, en ese sentido, de un recurso que les permitiría regresar a Europa u obtener favores para vivir mejor en América. Y es aquí donde se cruzan con los cónsules, el puente para obtener lo que desean. Este capítulo se refiere a Woodbine Parish (1796-1882) y a Charles Griffiths (1790-1850), quien permaneció en Buenos Aires hasta 1846. Como conmemora este volumen, a finales del verano de 1825 Parish firmó el Tratado de Amistad, Comercio y Navegación que acompañaba el reconocimiento oficial por parte de Gran Bretaña de la independencia de las Provincias del Río de la Plata (Gallo, 1994; Hanon, 2005). En estas costas, Parish pasaría cinco años de su vida, dedicado a la diplomacia y a la recopilación de datos sobre la historia, la historia natural y el potencial económico del país a través de diferentes agentes. Desde los rincones más remotos, le llegaban observaciones geográficas y documentos extraídos de los archivos coloniales, acompañados por animales en alcohol, plantas y fósiles.

Este capítulo ilustra esas cadenas de información e intercambio. Como Martin Rudwick (1997) subrayó hace mucho tiempo, la práctica de la anatomía comparada dependía del intercambio de cartas, huesos y dibujos procedentes de lugares lejanos. Al rastrear las rutas de los fósiles comercializados en la década de 1830, se muestra también cómo estos objetos con poco valor intrínseco se cargan de nuevos significados simbólicos, científicos y monetarios. Se trata de una circulación fragmentaria y de un mundo definido por las rutas comerciales, la ambición personal y los intereses de los administradores de los museos. Los esqueletos –desperdigados en la inmensidad de la pampa– se dispersarían aún más en las colecciones de ambos lados del Atlántico. De hecho, construir un animal fósil significaba –y significa– reunir dientes, pies y, lo más importante, fragmentos de información que, como muestra este artículo, se generan simultáneamente, pero en pedazos. En ese sentido, el conocimiento se trata de fragmentos reunidos y dispersados por mecanismos que actúan en direcciones opuestas.

Del basurero al museo

En 1824, Woodbine Parish llegó a Buenos Aires. Con el objetivo de obtener los informes existentes sobre las provincias, creó “cadenas de información” estructuradas en torno a su registro de ciudadanos británicos y, en particular, de médicos y topógrafos residentes en las provincias (Parish, 1839, p. XIV).

En los primeros años de su estancia, Parish envió a Inglaterra un animal muy pequeño conocido localmente como “pichiciego” y llamado Chlamyphorus truncatus. Hasta el arribo de ese espécimen, los naturalistas europeos habían dudado de su existencia: se zanjaba una controversia, pero se desencadenaba otra, en este caso sobre la anatomía del mamífero extinto Megatherium, cuyo único y gigantesco esqueleto, procedente de Luján, se exhibía desde fines del siglo XVIII en Madrid (Figura 1).

Figura 1. Copia del boceto del animal corpulento y raro enviado a Madrid hecha por el sacerdote B. Muñoz y publicada en las Obras Completas de D. Larrañaga sin la firma del primero

Fuente: Parish (1839).

Chlamyphorus procedía de Mendoza, enviado por el oficial médico del servicio naval escocés John Gillies, que había llegado en 1820 y desde entonces había viajado por todo el país (Gibbs, 1951). El espécimen fue presentado en alcohol al Museo de la Sociedad Zoológica de Londres y descrito por el zoólogo William Yarrell (1828), quien en marzo de 1828 informó sobre su disección. El esqueleto se parecía más al del armadillo que al de cualquier otro mamífero. Sin embargo, difería en la composición y disposición de la coraza, en la extremidad posterior truncada y en la cola (Figura 2).

Figura 2. El pichiciego en la descripción de Yarrell (1828)

Fuente: Parish (1839).

Parish, que había enviado a Inglaterra huesos de mastodonte encontrados en el valle de Tarija, recibió entonces el encargo del reverendo William Buckland, profesor de Geología en Oxford, de procurar otros fósiles en las provincias del Río de la Plata y en 1830 se enteró de una fuente de huesos existente unos 200 kilómetros al sur de Buenos Aires, en la cuenca seca del río Salado y sus lagunas afluentes:

Oí que se habían traído a Buenos Aires unos huesos de un tamaño extraordinario procedentes de la estancia de Don Hilario Sosa, en el Salado: […] al ir a verlos, me llamó inmediatamente la atención su parecido con la representación que Cuvier hacía del mastodonte [y del megaterio] […] Fueron descubiertos […] por un peón que pasaba por allí accidentalmente y que vio la parte superior de la pelvis sobresaliendo de la superficie del agua.[3]

Estas noticias sobre los fósiles surgieron de la cadena de información que unía el campo con los estancieros de Buenos Aires: como también ocurre en el presente, la sequía había dejado al descubierto los huesos y los trabajadores, siguiendo las instrucciones sobre la higiene de las estancias, informaron sobre la presencia de animales muertos. De hecho, en 1819 Rosas (1908), propietario de una de las estancias donde se encontrarían osamentas, había recopilado una serie de instrucciones, donde subrayaba la importancia de la observación y del registro: todo hombre que supiera leer y escribir debía estar dispuesto a asentar el acontecimiento más nimio para así transmitirlo a sus patrones. Como Rosas, ahora gobernador de la provincia, mantenía una excelente relación con Parish, el cónsul se benefició indirectamente de esas instrucciones establecidas para mantener las estancias limpias y en buen estado. Rosas, en efecto, había incluido vigilar las osamentas:

De ninguna manera debe haber huesos esparcidos […] Los hombres no deben vivir rodeados de basura. Insisto: tampoco se pueden aceptar huesos y huesecillos esparcidos por todas partes, todo debe ir al vertedero de basura […] Los esqueletos de todo tipo de animales, independientemente de su calidad, deben reunirse en un lugar destinado a tal fin. Por lo tanto, no debe haber esqueletos en el campo, todos deben ser recogidos y reunidos para el marcado del ganado. (Rosas, 1908, pp. 28, 31)

Por mera contingencia, los procedimientos relacionados con la higiene de los establecimientos rurales se incorporaron a la cadena de información consular. Los huesos se hicieron visibles como basura y, en vez de quemarse o usarse para cubrir la escasez de piedra, se mudaron a las colecciones anatómicas británicas.

Parish comentó que no fue fácil:

Interesado en obtener estos restos, no fue fácil convencer a Don Hilario Sosa para que me los cediera ya que tenía competencia: su médico era francés y casi lo convenció de enviarlos al Museo de París; uno de mis compatriotas del norte ofreció una gran suma por ellos, ya que los deseaba para Edimburgo; y, por último, algunos miembros del Gobierno de Buenos Aires, al enterarse del interés general que despertaban, comenzaron a pensar que lo más adecuado sería conservarlos para su propio Museo.[4]

Lo que hasta hace poco había sido basura despertaba codicia y rivalidades. Probablemente gracias a sus buenas relaciones con los estancieros, Parish no solo consiguió el esqueleto, sino también el cráneo, que Sosa había regalado al padre Saturnino Segurola (1776-1854), uno de los coleccionistas y estudiosos de la historia natural de Buenos Aires.

Parish contrató a “una persona competente para buscar los huesos” y conoció al Sr. Oakley, “antiguo asistente de uno de los Museos Públicos de Historia Natural de los Estados Unidos” o, en palabras de Darwin, un carpintero o ebanista pelirrojo. Con un buen dominio del inglés y del castellano, Oakley usó sus habilidades como carpintero para la extracción de fósiles. En cuatro días llegó al Salado y se encontró con huesos esparcidos por las orillas. Algunas de las vértebras habían resultado dañadas por el fuego; otras, por la exposición al sol y al aire durante los seis o siete meses que habían permanecido allí. Oakley comentó:

Afortunadamente, a los peones la pelvis les pareció inútil: por mucho que la giraran, todos coincidían en que no era ni la mitad de cómoda como asiento que la cabeza de un buey o de un caballo. Las vértebras, en cambio, no se les escaparon y, en un lugar donde no se ve ni una piedra, fueron aprovechadas como sustitutos para armar sus fogones. [5]

Como indicaban las instrucciones de Rosas, los huesos se recogían y se utilizaban en la temporada de marcado como asientos o piedras para las fogatas para hervir agua, asar carne o calentar las marcas. Oakley, después de recoger los huesos sueltos, examinó el lecho del río, sondeando con una caña de punta larga. Constató la existencia de algunos elementos incrustados en el barro, suponiendo que era lo que buscaba, pero ignorando cómo sacarlos. Su destreza le ayudó a concebir y construir una presa en el cauce y, con la ayuda de media docena de trabajadores, el terraplén se completó en unos cinco días. Mientras algunos huesos se encontraron juntos, otros se recogieron a una distancia de entre nueve y doce metros entre sí, algunos perfectamente duros y pulidos, otros porosos o podridos, de manera que solo el ojo experto de un ebanista podía ver –o crear– las caras articulares que alguna vez habían existido.

Parish encargó a Oakley que hiciera averiguaciones entre la gente del campo, en particular entre quienes excavaban zanjas, obteniendo otros reportes de hallazgos de huesos en las propiedades de Rosas, quien inmediatamente ofreció todas las facilidades y la ayuda de su gente y de las autoridades locales. Oakley pasó unas tres semanas desenterrando dos esqueletos envueltos

en una gruesa capa, o más bien en una concha parecida a la de una tortuga, en lo que se diferenciaban del espécimen del marqués de Loreto, del del señor Sosa y de todos los demás de los que había oído hablar.[6]

Su forma parecía natural y perfecta cuando fue descubierto, pero al sacarlo de su lecho se rompió en pequeños pedazos y se desintegró en polvo. El otro esqueleto yacía incrustado en un estrato de arcilla dura en la orilla de la laguna de la Estancia Las Averías, y una parte de este quedó al descubierto debido al batir de las aguas en tiempo de tormenta. Los peones aseguraron que medía al menos doce pies de largo y entre cuatro y seis en su parte más ancha o profunda. Era muy duro, pero no se podía sacar. Sin embargo, Oakley recogió los fragmentos más grandes, que se secaron y se endurecieron al quedar expuestos al aire. Los esqueletos, embalados, fueron trasladados a Buenos Aires en carros tirados por bueyes, desde donde el cónsul los envió a Inglaterra a principios de 1831.

Teniendo en cuenta la dispersión espacial de los huesos, que la pelvis y el cráneo ya se encontraban en Buenos Aires y que desde entonces habían transcurrido seis o siete meses hasta el día de 1830 cuando Oakley comenzó a excavar, queda claro el papel desempeñado por Parish en la composición del esqueleto. Incluso cuando el cónsul, que atribuyó los huesos primero al mastodonte, no era en absoluto un experto en anatomía comparada. Para él, las piezas eran fragmentos de una única entidad natural, es decir, de un esqueleto de megaterio y, de esta manera, fueron enviadas a Londres (Clift, 1835). Una vez allí, los esqueletos fueron entregados al Museo Hunter del Real Colegio de Cirujanos, con la condición de que el Consejo de Administración pagara el flete desde Buenos Aires y que se presentaran moldes a otras colecciones: la Sociedad Geológica, la Universidad de Cambridge, el Museo Británico y William Buckland, encargado de la supervisión de los moldes (Podgorny, 2001). William Clift, conservador del Museo Hunter, se encargó de su descripción, tratando de decidir qué hacer con los fragmentos del enorme caparazón, dudas que se replicaron en Montevideo, Buenos Aires, Londres, Berlín y París.

De hecho, en 1827, el naturalista alemán Christian Weiss había descrito los fragmentos enviados desde la provincia Cisplatina, atribuyendo algunos de ellos a un género de tortugas y preguntándose si Megatherium tendría un caparazón articulado similar al del armadillo. Por entonces, el zoólogo francés Geoffroy Saint-Hilaire pidió a Humboldt que intercediera para obtener copias de estos fragmentos almacenados en Berlín para el museo de París. Geoffroy atribuyó las escamas a las armaduras del género de cocodrilos Teleosaurus. Sin embargo, varios anatomistas siguieron investigando la relación con los armadillos vivos y el pichiciego, casi convencidos de que en el futuro Mega­therium debía llevar una armadura similar a la de Chlamy­phorus. Además, muchos consideraban que Megatherium debía ser eliminado del grupo de los perezosos y relacionado, en cambio, con los armadillos (Podgorny, 2013).

Hoy en día pocos recuerdan que el pichiciego fue el modelo para concebir esta anatomía acorazada: una caricatura guardada en los archivos ingleses lo confirma, mostrando que esa idea estaba en sus mentes (Figura 3).

Figura 3. Caricatura de W. Home Clift sobre el debate acerca de la anatomía acorazada del megaterio mientras un esqueleto desnudo la reclama (su padre W. Clift montando sobre el primero y usando la coraza como montura mientras su cuñado Richard Owen, como Dios en el Cielo, resuelve el problema) (reproducido de Podgorny, 2013)

Fuente: Podgorny (2013).

Ese boceto, sin embargo, es clave para comprender la inestabilidad con la que se iba conformando la anatomía de los animales fósiles que se estaban definiendo hace 200 años (Rudwick, 1975). En ese contexto, en junio de 1832, Clift presentó ante la Sociedad Geológica de Londres sus descripciones de los esqueletos enviados por Parish, un acontecimiento que se difundió inmediatamente en la prensa porteña. Clift incluyó un mapa de Buenos Aires en el que se indicaban los lugares donde se habían encontrado los huesos y un dibujo con los huesos ausentes en el esqueleto de Londres que circuló por las provincias del Río de la Plata a través de los cónsules. Estos “huesos faltantes” alimentaron la llamada “fiebre fosilífera” que estalló en las pampas en la segunda mitad de la década de 1830.

Aunque Clift tituló su obra “Descripción de los restos de Megatherium”, se refería a tres esqueletos diferentes, sin aclarar a qué animal pertenecía el caparazón. Las dudas de Clift estaban relacionadas con la convicción, muy extendida en aquellos años, de que Chlamyphorus truncatus era, en su estructura, una versión en miniatura del animal que había tenido un caparazón. Esto dio lugar a una historia de intrigas y espionaje en la que participaron agentes de diferentes museos de Londres, Sudamérica y varias ciudades europeas, mientras se trataba de dilucidar quién era el propietario de la armadura. Buckland (1836, pp. 159-160), en Inglaterra, consideraba que todos los huesos traídos por Parish pertenecían al género Megatherium, conjeturando que este estaba “probablemente cubierto con una coraza ósea… parecida a la coraza que cubre a los animales actuales de esas regiones cálidas y arenosas de Sudamérica”.

El largo año de 1838

Luego de que Clift publicara su artículo, Charles Darwin envió a Inglaterra un número considerable de piezas del esqueleto de Megatherium y otros animales. Al igual que Parish, Darwin los presentó al Museo del Colegio de Cirujanos, expresando su deseo de que los moldes se entregaran al Museo Británico, la Sociedad Geológica, Cambridge, Oxford y un juego para él.

Clift y su yerno Richard Owen manifestaron su interés en estas colecciones. Owen las describiría en los cuatro números de Zoology of the Voyage of the Beagle, cuyo primer número apareció en febrero de 1838. Los números segundo y tercero se publicaron en marzo y mayo de 1839; el cuarto, en abril de 1840. Mientras tanto, a finales de 1838, Owen creó el nuevo género Glyptodon, reuniendo otro informe consular de Buenos Aires con los huesos que Parish había donado en 1831.

En esos años, el tipo de relación entre los animales sudamericanos extintos y vivientes cambiaría una y otra vez según los informes, las ofertas y los paquetes enviados por los proveedores de fósiles, quienes, atraídos por la creciente demanda, descubrieron que el comercio de huesos representaba una excelente inversión (Podgorny, 2011, 2013). El volumen y la cantidad de fósiles provistos por personajes como De Angelis o Descalzi multiplicaron los proporcionados por Darwin y Parish. Se trata de una fauna surgida de emprendimientos locales, pero también de los archivos de la antigua administración española y de los protocolos empleados en el estudio de las pampas, motorizados por la competencia de los coleccionistas y diversas instituciones científicas.

Paralelamente a la elaboración de Fossil Mammalia de Darwin/Owen (1840-1841), Parish preparó su famoso informe sobre las provincias del Río de la Plata, cuya redacción refleja las dudas y las nuevas alianzas creadas por los huesos: cuando el segundo escribía el capítulo dedicado a la geología de las pampas, empezó siguiendo las sugerencias de Buckland, aunque también era asesorado por Joseph Pentland, antiguo secretario del Consulado General en Perú. Desde 1828, Pentland residía en París, actuando como enlace entre los científicos ingleses y el laboratorio de Georges Cuvier, que, a pesar de la muerte de este en 1832, seguía siendo el centro más prestigioso de anatomía comparada (Sarjeant y Delair, 1979; Sarjeant, 1993). De acuerdo a estos consejos, Parish pospuso la finalización del capítulo sobre la anatomía del megaterio que quería incluir en su libro.

Clift, por su parte, inició una búsqueda de armadillos en las colecciones británicas para comparar las patas de Megatherium con las de estos animales. Contó con la ayuda de varios traductores, que le prepararon memorandos sobre las obras alemanas y las noticias del Plata y París transmitidas a Parish. Así descubrió que la literatura ya había mencionado otras armaduras y que algunas yacían abandonadas en los gabinetes británicos.[7] Clift recopiló cartas, transcripciones, traducciones e informes con el mismo celo y detalle con que diseccionaba animales y montaba esqueletos, demostrando que la anatomía comparada iba y venía entre los textos, las figuras y los objetos dispersos por el mundo. Su prudencia le impidió decidir sobre la naturaleza de Megatherium y las dudas también estallaron en París.

En diciembre de 1835, Pentland había escrito a Parish para preguntarle si ciertos huesos de la pata trasera almacenados en Londres, cuyos moldes, como dijimos, fueron donados a París, se habían encontrado asociados con la cubierta escamosa. Le resultaba difícil conciliar estas piezas con la estructura general de Megatherium, confiándole a Parish que la pata trasera era la de un armadillo gigante, casi tan grande como un elefante o un rinoceronte.[8] Pentland estaba casi seguro de que Parish recibiría la gloria de haber descubierto un animal nuevo, tan interesante como Megatherium. Parish respondió confirmando la ubicación de los huesos y comentando las dudas reinantes en Inglaterra:

Por consiguiente, le rogué a Buckland que no se comprometiera a afirmar que la coraza era parte de Megatherium. Sin embargo, sé que se inclina a hacerlo, ideas confirmadas por algunos restos (enviados, creo, a Berlín) que vio en su último viaje por el continente.[9]

En enero de 1836, Pentland le resumió sus trabajos sobre la anatomía de los fósiles sudamericanos y le señaló que Megatherium, muy probablemente, había sido peludo, al igual que los perezosos modernos. Estaba seguro de que la región de Salado había contado con dos animales gigantescos; uno emparentado con el perezoso y el otro con el armadillo según sus observaciones hechas en el Museo de París, concluyendo: “La opinión de Buckland sobre la cobertura escamosa del Megatherium no se sostiene”.[10] Pero Buckland no quiso escuchar: el 9 de enero escribió que no tenía ninguna duda de que otros animales pudieron haber tenido una coraza, pero “el hallazgo de media docena de corazas no privará al Megatherium de su privilegio de pertenecer a ese honorable cuerpo”.[11] Richard Owen tendría el placer de borrar los párrafos relacionados con la coraza de Megatherium en la segunda edición del tratado de Buckland de 1869. Sin embargo, no siempre había pensado así. De hecho, al publicar el primer número de Fossil Mammalia (febrero de 1838), Owen, ignorando las opiniones de Pentland, situó al megaterio entre la familia de los armadillos. Pero todo cambiaría con las noticias llegadas de Buenos Aires unos meses más tarde.

A finales de 1838, Parish intentaba terminar su libro, oscilando entre las opiniones de Buckland y las de Pentland y afirmando que había motivos para suponer que el megaterio estaba cubierto por una coraza. Además, dedicó varias páginas a la descripción y representación de Yarrell del Chlamyphorus para explicar la anatomía del megaterio acorazado. Pero al recibir una carta de Buenos Aires se percató de cuánta razón tenía Pentland y contactó inmediatamente a Owen para entregarle el último informe del cónsul Griffiths. Este había recibido una nota de Nicolás Descalzi, quien había traído a la ciudad los huesos de un inmenso megaterio, ese que –según De Angelis– le procuraba una felicidad enorme. Griffiths, en posesión del artículo y del boceto de Clift, visitó a Descalzi y descubrió que la pelvis faltante en Londres, allí se encontraba en buen estado. Griffiths añadió que Descalzi, consciente del entusiasmo británico, pedía 2000 dólares de plata por cada uno de sus esqueletos, pero que el cónsul sardo ya había llegado a una especie de acuerdo con él.[12] Londres recibió en su lugar uno de los dientes y un boceto del animal, que “transmitía la idea de un cuadrúpedo gigantesco de la familia Megatherium o Armadillo, con el esqueleto interno y la cubierta ósea externa en sus posiciones relativas naturales” (Figura 4).

Figura 4. Boceto enviado por Griffiths

Fuente: conservado en los Archivos del NHM (versión de la autora).

Cuando el volumen de su obra estaba casi impreso, Parish recibió las conclusiones de Owen: basándose en la forma regularmente acanalada o esculpida de una parte del diente, Owen estableció un género nuevo de cuadrúpedos.[13] Parish corrigió la cuestión añadiendo cuatro páginas al libro ya terminado e impreso, numerando las páginas adicionales con letras de “178b” a “e” para mantener el índice tal y como estaba, y añadiendo “un boceto reducido por el Sr. Clift, a partir de un dibujo original realizado in situ”, al principio del libro. Esta inserción le permitió añadir la nota de Owen y que este ganara la prioridad en la creación de un género de características colosales (Figura 5).

Figura 5. El gliptodonte de la obra de Parish (1839)

Fuente: Parish (1839).

La urgencia en publicar surgía de la inminente descripción del mismo por parte del orictólogo alemán Heinrich G. Bronn y del danés Peter Lund (Lopes, 2008). Además, por encargo de la Biblioteca y Museo de Montevideo, el médico Teodoro Vilardebó, Bernardo Berro y Arsène Isabelle, encargado de negocios de Francia, excavaron en diciembre de 1837, en la Banda Oriental, el esqueleto de un enorme animal provisto de su caparazón, al que se le dio el nombre de Dasypus giganteus. Publicaron una nota en Montevideo en 1838 que enviaron a París.[14] Antes, Parish había recibido esa misma noticia desde Buenos Aires y la tradujo para Owen, pero como no se comunicó oficialmente, la creación del género Glyptodon ocurre y se data en las páginas incluidas en el libro de Parish a finales de 1838.

Glyptodon es de hecho el resultado de hallazgos desconectados entre sí, pero unidos por la demanda de huesos. En esas redes se superponen diferentes tradiciones de conocimiento y confluyen transacciones comerciales, diplomáticas, científicas y filosóficas. Owen demostró su capacidad para trabajar con la fragmentación de los mundos creados por las diversas colecciones europeas, con su fragilidad y con la cantidad de objetos llegados de Sudamérica, en un mundo donde los cónsules podían articular, como un carpintero, la información que reunían a uno y otro lado del océano.

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Fuentes

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Buckland, W. (1869). Geology and mineralogy as exhibiting the power, wisdom, and goodness of God (2.ª ed.). Bell & Daldy.

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D’Alton, E. (1835). Über die von dem verstorbenen Herrn Sellow aus der Banda Oriental mitgebrachten fossilen Panzerfragmente. Abhandlungen der Königlichen Akademie der Wissenschaften zu Berlin, 369-424.

Echeverría, E. (1873). Cartas a Pedro de Angelis. Editor del Archivo Americano. En Obras completas, 4 (pp. 228-326). Imprenta y Librería de Mayo.

Falkner, T. (1954). A description of Patagonia and the adjoining parts of South America. Hertford. Impreso por C. Pugh (Londres) y vendido por T. Lewis (Russell Street, Londres). (Edición facsimilar, trabajo original de 1774).

Informe presentado a la Comisión de Biblioteca y Museo por los miembros de ella, Dr. Bernardo Berro y Dr. Teodoro M. Vilardebó, sobre el reciente descubrimiento de un animal fósil, en el Partido de Piedra Sola, Departamento de Colonia, El Universal (1840). En R. Schiaffino, Vida y obra de Teodoro M. Vilardebó (1803-1857). Médico y Naturalista. Higienista e Historiador (pp. 221-234). El Siglo Ilustrado.

Larrañaga, D. A. (1922). Escritos de don Dámaso Antonio Larrañaga. Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay.

Owen, R. (1840-1841). The Zoology of the Voyage of H.M.S. Beagle, under the Command of Captain FitzRoy, R.N., during the Years 1832–1836. Part I. Fossil Mammalia (1840–1841). Smith, Elder & Co.

Parish, W. (1839). Buenos Ayres and the Provinces of the Rio de la Plata: Their present state and trade. J. Murray.

Rosas, J. M. de. (1908). Instrucciones para los mayordomos ó encargados de estancias o Instrucciones para los ayudantes recorredores de las estancias que deberán cumplir con puntualidad y delicadeza, con una noticia preliminar de Adolfo Saldías. Publicaciones Americanas.

Vilardebó, T., Berro, B. e Isabelle, A. (1840). Informe sobre el descubrimiento de un animal fósil al sur de Montevideo. En R. Schiaffino (Ed.), Vida y obra de Teodoro M. Vilardebó (pp. 221-234). El Siglo Ilustrado.

Yarrell, W. (1828). On the osteology of the Chlamyphorus truncatus. The Zoological Journal, 3, 544-553.

Material de archivo

Barclay Pentland Esq., J. (17 de diciembre de 1835). [Carta a Woodbine Parish Esq.]. NHM, FE.

Buckland, W. (9 de enero de 1836). [Carta a Woodbine Parish Esq.]. NHM, FE.

De Angelis, P. (1838). [Carta a Gutiérrez]. Fondo Casavalle, Archivo General de la Nación

Griffiths, H. M. (2 de noviembre de 1838). [Copia de un extracto de una carta del Sr. Griffiths H. M. Cónsul en Buenos Aires, a Sir Woodbine Parish, Buenos Aires]. NHM.

Notas manuscritas sobre Glyptodon 1838, OC 78, Colección Owen. NHM, Noticia de un cuadrúpedo extinto encontrado en estado fósil en el mes de septiembre pasado en la provincia de Buenos Aires, en Sudamérica, por R. Owen (diciembre de 1838).

Parish, W. (1 de junio de 1832). [Copia del artículo del Sr. Parish sobre el Megatherium, con permiso del autor]. M.S. Natural History Museum, Londres.

Parish, W. (23 de diciembre de 1835). [Copia de la respuesta del Sr. Parish a la carta del Sr. Pentland], NHM FE.

Pentland, J. (4 de enero de 1836). [Carta a Woodbine Parish]. NHM, FE.

Resumen del relato de los huesos fósiles encontrados cerca de Montevideo en 1838 y que ahora se encuentran en el museo de esa ciudad (c. 1838). NHM, FE.


  1. Archivo Histórico del Museo de La Plata.
  2. De Angelis a Gutiérrez (1838, Fondo Casavalle, Archivo General de la Nación).
  3. Copia del artículo del Sr. Parish sobre el Megatherium, con permiso del autor (1 de junio de 1832. M. S. Natural History Museum, Londres, intervenido en el original).
  4. Copia del artículo del Sr. Parish sobre el Megatherium, con permiso del autor (1 de junio de 1832).
  5. Copia del artículo del Sr. Parish sobre el Megatherium, con permiso del autor (1 de junio de 1832).
  6. Copia del artículo del Sr. Parish sobre el Megatherium, con permiso del autor (1 de junio de 1832).
  7. En el siglo XVIII, el padre jesuita Thomas Falkner se refirió al caparazón de un animal compuesto por huesos hexagonales. Véase Thomas Falkner, Description of Patagonia and the adjoining parts of South America; Hertford, (facsímil de 1954/1774, p. 55). Pedro de Angelis publicó una traducción al español en Buenos Aires en 1835, que fue reseñada por Parish en las revistas británicas en 1837.
  8. Joseph Barclay Pentland Esq. a Woodbine Parish Esq. (17 de diciembre de 1835, NHM, FE).
  9. Copia de la respuesta del Sr. Parish a la carta del Sr. Pentland (23 de diciembre de 1835, NHM FE, traducción propia, cursivas del original).
  10. Pentland a Woodbine Parish (4 de enero de 1836, NHM, FE).
  11. Dr. Buckland a Woodbine Parish Esq. (9 de enero de 1836, NHM FE).
  12. Copia de un extracto de una carta del Sr. Griffiths H. M. Cónsul en Buenos Aires, a Sir Woodbine Parish, Buenos Aires (2 de noviembre de 1838, NHM), copiada por Clift el 12 de febrero de 1839, quien, a las 5 de la mañana, finalizó esta transcripción. Cf. Chiaramonte (1991) y Podgorny (2023).
  13. Notas manuscritas sobre Glyptodon 1838, OC 78, Colección Owen. NHM, Noticia de un cuadrúpedo extinto encontrado en estado fósil en el mes de septiembre pasado en la provincia de Buenos Aires, en Sudamérica, por R. Owen (diciembre de 1838). Acompañado de un dibujo que representa al animal completo tal y como apareció y una sección de los dientes, se ha recibido uno de ellos.
  14. La traducción de las notas publicadas en los periódicos de Montevideo no incluía los nombres de los descubridores ni los dados a los huesos; cf. “Resumen del relato de los huesos fósiles encontrados cerca de Montevideo en 1838 y que ahora se encuentran en el museo de esa ciudad” (c. 1838, NHM, FE), e “Informe presentado a la Comisión de Biblioteca y Museo por los miembros de ella, Dr. Bernardo Berro y Dr. Teodoro M. Vilardebó, sobre el reciente descubrimiento de un animal fósil, en el Partido de Piedra Sola, Departamento de Colonia”, El Universal, en Rafael Schiaffino (1840), Vida y obra de Teodoro M. Vilardebó (1803-1857). Médico y Naturalista. Higienista e Historiador (pp. 221-234).


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