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7 Patrones de la comunidad británica en Buenos Aires a finales del siglo XIX

Deborah Jakubs[1]

El Tratado anglo-argentino de Amistad, Comercio y Navegación, firmado en 1825 por el primer cónsul británico, Woodbine Parish, fue recibido con gran entusiasmo pues reconocía oficialmente la relación especial entre las dos naciones, un hecho de la vida cotidiana para los comerciantes británicos que para entonces estaban bien establecidos en Buenos Aires (Williams, 1935, pp. 53-55).

Era más que espíritu de francachela aquel que impulsó a los comerciantes británicos reunidos en la cena del día de San Andrés en 1825 a saludar con salvaje delirio la noticia de la firma del Tratado anglo-argentino de Amistad, Comercio y Navegación. Y era más que amor a las payasadas lo que los impulsó a demostrar su júbilo cuando arrojaron las copas por las ventanas del comedor y a expresar mejor sus sentimientos bebiendo de la botella. (Ferns, 1960, p. 90)

Para cuando Parish firmó el Tratado, la comunidad británica en Buenos Aires contaba con unas 4000 personas de diversos orígenes y habilidades. Entre ellas se encontraban los fundadores de la sociedad angloporteña. Parish comentó en Buenos Aires y las Provincias del Río de la Plata, publicado originalmente en 1839, que “muchos de nuestros compatriotas han contraído matrimonio con las hermosas porteñas, lo que sin duda ha contribuido bastante al benévolo cariño con que los hijos del país miran a los ingleses” (Parish, 1852, vol. 1, p. 183).

Desde esta temprana fase, la comunidad británica en Buenos Aires abarcaba un número creciente de comerciantes, artesanos, trabajadores manuales, maestros y muchos aventureros en busca de fortuna. El período 1835-1852 vio la llegada de irlandeses a Argentina y la consolidación de la clase comercial. La caída de Juan Manuel de Rosas en 1852 marcó el inicio de un período de crecientes actividades bancarias y de transporte, junto con la llegada de los empleados asociados a ellas y (especialmente a partir de 1860 y el auge ferroviario) de los ingenieros y los empleados con contratos temporarios (Mulhall, 1878, p. 328).

Este capítulo se centra en los patrones de trabajo, matrimonio y residencia de los británicos en la ciudad de Buenos Aires durante la segunda mitad del siglo XIX.[2] Se basa en relatos contemporáneos, así como en el análisis de los registros del primer censo nacional de 1869 y del segundo de 1895. Generalmente, se ha dado por supuesto que los británicos eran homogéneos en cuanto a clase económica y estatus ocupacional, elegían cónyuges de su propia comunidad y vivían en enclaves dentro de la ciudad relativamente aislados del resto de la población. La persistencia de esta visión es algo sorprendente, dados los relatos de viajeros y demás obras descriptivas contemporáneas. Una comparación completa de los británicos con otros grupos inmigrantes o con la población de Buenos Aires en general está fuera del alcance de este estudio, pero el análisis revela que, si bien los británicos pueden haber sido más visibles que otros grupos debido a las diferencias culturales y lingüísticas dentro del flujo migratorio y a su importante papel en la expansión financiera y de infraestructura del país, sus patrones comunitarios no eran tan peculiares como generalmente se suponía.

¿Qué decía Woodbine Parish sobre la composición de la comunidad en sus inicios? Según los registros de los súbditos británicos del consulado de Buenos Aires en 1825-1831 (se inició la inscripción formal en el año 1829, y la comunidad aún era pequeña), 4072 personas habían acudido al consulado para registrarse. Parish creía que había alrededor de mil más sin registrar en Buenos Aires y sus alrededores (Parish, 1839, p. 394). Las mujeres y los niños representaban el 34,9 % y no se les consignaba ninguna ocupación. El grupo más numeroso registrado era el de los artesanos –carpinteros y albañiles, mecánicos, por ejemplo–, que representaban el 47 % del total de trabajadores. El núcleo de la población activa de súbditos británicos en la ciudad estaba formado por comerciantes y dependientes que, aunque eran tan solo 466 (17,6 %) de una población trabajadora de 2650 personas, ejercían una influencia mucho mayor debido a la riqueza, el prestigio y los contactos comerciales con la élite empresarial criolla.

Cecilia Grierson, descendiente de uno de los miembros de la colonia de Monte Grande, la primera colonia escocesa en Argentina, corrobora las conclusiones de Parish con su enumeración de los establecimientos británicos en Buenos Aires en el mismo año, 1830. Era una comunidad muy activa –afirma– con cuarenta y nueve casas comerciales, dieciocho almacenes, cuatro hoteles, nueve carpinteros o ebanistas, tres tapiceros, dos depósitos, dos funerarias, tres herreros, un corredor, un rematador, dos impresores, cuatro pintores, un joyero, cuatro relojeros, cinco farmacéuticos, ocho médicos, seis sastres, dos marroquineros, dos encuadernadores, tres sombrereros, un hojalatero, un cervecero y cinco pequeñas tiendas minoristas (Grierson, 1925, p. 17). A medida que avanzó el siglo, llegaron de Gran Bretaña trabajadores calificados en cantidades cada vez mayores, entre ellos empleados bancarios, maquinistas de locomotoras, ingenieros y operadores de telégrafo; muchos habían sido contratados en Europa y otros habían llegado por su cuenta en busca de una vida mejor.

Entre las impresiones de finales del siglo XIX se encuentran las de Ernest William White, quien plasmó sus reflexiones sobre el país y su gente en Cameos from the Silver Land: or, the Experiences of a Young Naturalist in the Argentine Republic, publicado en Londres en 1881. Aunque no exento de sus propios sesgos, White presenta una descripción de la estructura social de la comunidad británica en Buenos Aires bastante más acertada que la de muchos viajeros contemporáneos. Identifica las “tres clases de ingleses” que vivían en la ciudad en aquella época: una “educada clase media”, una “clase baja de trabajadores manuales” y un triste grupo de “vagabundos” (White, 1881, vol. 1, p. 172). Otros afirmaban que estaba compuesta exclusivamente por empresarios y ferroviarios. Los relatos que se conservan son contradictorios; nos dicen que los británicos constituían la capa superior de la sociedad porteña, pero también encontramos un duro informe oficial del Foreign Office que discontinuaba el apoyo a los “súbditos británicos en apuros” que habían sido atraídos a Argentina con la promesa de trabajo estable y altos salarios, solo para encontrarse con que no podían mantenerse (The Standard, s. f.). En realidad, para la década de 1870, la comunidad británica en Buenos Aires se había vuelto compleja y diversa, y sus residentes representaban unas doscientas ocupaciones, difícilmente limitadas a los estratos económicos más altos. Un análisis de los patrones ocupacionales de los residentes británicos en Buenos Aires al momento de los censos, realizados con 26 años de diferencia, permite comprender mejor su vida laboral.

Patrones laborales

A lo largo del siglo XIX, la comunidad británica en Buenos Aires tuvo una estructura ocupacional con muchos niveles, y sus integrantes trabajaron en numerosos campos, abarcando todo el espectro de habilidades, con unas pocas áreas de especialización. ¿Cuáles eran los patrones ocupacionales? ¿Cambiaron con el tiempo? ¿Existían oportunidades de ascenso? ¿Qué sucedía con las mujeres y el trabajo? El hallazgo más sorprendente es la proporción inesperadamente alta de británicos involucrados en trabajos no calificados y serviles (Tablas 1 y 2). En 1869 en Buenos Aires, casi el 23 % de la población británica activa (mayores de 13 años) tenía trabajos no calificados o serviles (Sofer y Szuchman, 1976, pp. 159-171).[3] Estos incluían, por ejemplo, a jornaleros o peones, y a sirvientes (“domésticos”). Si se considera a los trabajadores semicalificados y de servicio (por ejemplo, cocineros, mozos y costureras), resulta que poco más del 37 % de los residentes británicos de Buenos Aires estaba en el extremo inferior del espectro ocupacional en el momento del primer censo nacional. Para 1895, cuando la población británica activa había crecido a 4274, estos porcentajes habían caído al 13,5 % y 11,4 % respectivamente, que todavía era un significativo 25,5 % del total de la población británica trabajadora en la ciudad.

Tabla 1. Distribución ocupacional de hombres británicos en Buenos Aires de edad 13-29, años del censo 1869 y 1895
1869
Porcentaje de nivel
1895
Porcentaje de nivel
EdadEdad
13-1920-29Todas las edades13-1920-29Todas las edades
No calificado/servil37,628,232,920,71517,9
Semicalificado/de servicio15,714,715,27,910,99,3
Calificado10,316,513,422,116,219,2
No manual bajo18,616,917,829,125,927,5
No manual medio511,58,3511,68,3
No manual alto1,22,31,82,36,64,5
Profesional bajo2,153,63,46,44,9
Profesional alto0,41,91,20,22,71,5
Misceláneo/desconocido9,12,869,54,77,1

Estas cifras resultan sorprendentes si se examinan de forma aislada, ya que la participación británica en trabajos serviles y no calificados no es ampliamente conocida ni esperable. Sin embargo, al compararlas con las de la población general de la ciudad y las de los extranjeros, resulta evidente de inmediato que los británicos, aunque presentes en toda la estructura ocupacional, seguían estando desproporcionadamente representados en los niveles superiores (no manuales y profesionales). En 1895, la proporción de británicos en empleos de nivel inferior (no calificados, serviles, semicalificados y de servicio) era del 25,5 %, considerablemente inferior al 39,8 % del total de residentes de la ciudad que trabajaban en esos sectores. Un porcentaje aún mayor de otros extranjeros (41,3 %) luchaba por ganarse la vida en los niveles inferiores. Hay más equilibrio en la siguiente categoría, trabajo calificado y no manual bajo (p. ej.: herreros, albañiles, plomeros, joyeros, tenderos, inspectores de gas), con 35,2 % para los británicos, 38,6 % para la población total y 40 % para todos los extranjeros residentes en la ciudad. Pero una vez más, la disparidad se hace evidente en la tercera categoría, que consiste en trabajos en niveles medios no manuales y profesionales bajos y altos: un notable 32,5 % de los residentes británicos de Buenos Aires trabajaban en esos niveles (p. ej.: fabricantes, inspectores de lana, jefes de estación, corredores, banqueros, monjas, arquitectos), mientras que solo el 16,1 % de la población de la ciudad en general y el 16,4 % de sus residentes extranjeros tenía esos trabajos. Esto fue un cambio ascendente en comparación con 1869, cuando el 24,9 % de los residentes británicos estaban empleados en estos niveles.

Tabla 2. Distribución ocupacional de hombres británicos en Buenos Aires de edad 40-59, años del censo 1869 y 1895
1869
Porcentaje de nivel
1895
Porcentaje de nivel
EdadEdad
40-4950-59Todas las edades40-4950-59Todas las edades
No calificado/servil14,611,913,312,19,610,9
Semicalificado/de servicio14,315,114,814,412,513,5
Calificado23,433,328,418,617,117,9
No manual bajo5,61,33,59,411,610,5
No manual medio14,313,213,815,413,714,6
No manual alto6,210,78,59,614,512,1
Profesional bajo9,78,89,38,87,78,3
Profesional alto3,71,32,55,976,5
Misceláneo/desconocido7,84,46,15,96,36,1

Para 1895, surge un claro patrón de británicos que trabajan como banqueros, corredores, institutrices, propietarios rurales y profesionales altos (p. ej.: abogados, veterinarios, médicos e ingenieros). Este cambio en relación con 1869 vino acompañado de una reducción correspondiente del trabajo británico en los niveles ocupacionales más bajos, mientras que la categoría media, representada en el censo mayoritariamente como “comercio”, se mantuvo prácticamente igual. La palabra “comercio” obviamente abarca muchos niveles y tipos de trabajo, desde pequeños negocios familiares o tiendas hasta empresas internacionales de importación y exportación, grandes fabricantes y mayoristas, etc.; debido a la vaguedad de términos como este usados en el censo, un análisis detallado resulta imposible.

Las diferencias en las ocupaciones entre los censos pueden atribuirse a varios factores. Uno de ellos es la cambiante composición de la emigración desde Gran Bretaña a Buenos Aires entre 1869 y 1895, y la llegada de trabajadores y profesionales más calificados. Esto es especialmente cierto en el caso de los empleados ferroviarios, quienes representan el mayor aumento de todos los grupos entre los censos. El creciente número y la más amplia gama de oportunidades abiertas a los potenciales emigrantes calificados y profesionales atraían a muchos más a la Argentina. También es posible que quienes permanecieron en Argentina pudieran ascender en la escala ocupacional entre los años de los dos censos. No sorprendería a nadie saber que esto es cierto, especialmente dada la supuesta reputación británica de destacar por su coraje, perseverancia y energía. Un editorial del Standard respalda esta opinión: “Los sirvientes con libretas de ahorros y hábitos estables pronto se emancipan y se convierten en propietarios; por lo tanto, el número de buenos empleados domésticos disminuye cada día, de modo que nuestra única esperanza reside en la inmigración” (“Editor’s Table”, The Standard, 22 de julio de 1865, p. 2).

Una mirada a la relación entre la estructura etaria de la comunidad y su contexto ocupacional arrojará más luz sobre esta cuestión. Si bien no fue posible seguir una cohorte específica entre un censo y otro, una comparación de los grupos etarios y sus empleos puede ofrecer indicios sobre la movilidad ocupacional. ¿Qué oportunidades se les presentaban a los jóvenes ingleses en Argentina a finales de la década de 1860? ¿Mejoró o empeoró la situación para 1895? ¿Tenía un joven que se quedaba en Buenos Aires alguna posibilidad de mejorar su posición? Una comparación de la distribución ocupacional de los hombres de 13 a 29 años en 1869, seguida de una comparación similar para los hombres de 40 a 59 años en 1895, ayudará a responder a estas preguntas. Por tanto, para examinar las posibilidades de ascenso de quienes permanecieron en el país, se comparará a los hombres que eran “jóvenes” en 1869 con el grupo de “mayores” en 1895.

En 1895, los jóvenes británicos trabajaban en empleos claramente diferentes a los de 1869. Los puestos que ocupaban a finales de siglo eran de un nivel superior, casi la mitad de ellos calificados o no manuales bajos. Mientras que el 48,1 % de los hombres de entre 13 y 29 años trabajaban en ocupaciones no calificadas, serviles o de servicio en el primero de los años, para 1895 este porcentaje había descendido al 27,2 %. El salto en el número de trabajadores calificados o no manuales bajos en este grupo etario explica lo que les ocurrió a quienes, veintiséis años antes, podrían haber sido empleados domésticos: para 1895 trabajaban como empleados de tiendas o bancos, o quizás para el ferrocarril. Para finales de siglo, los jóvenes británicos tenían oportunidades de mayor nivel que las que habían tenido en Buenos Aires en la época del primer censo, tal como lo había señalado The Standard.

Para los hombres mayores, el cambio no es tan abrupto, pero sí coincide con el patrón general de movilidad ascendente para el segundo de los años. El 28,1 % de los hombres mayores que trabajaban en el extremo inferior del espectro en 1869 había disminuido solo ligeramente en 1895 al 24,4 %. El cambio más notable fue en el nivel superior, del 34 % al 41,5 %. Si comparamos el grupo más joven de 1869 con el grupo mayor en 1895 (Tabla 3), suponiendo que pueden representar la misma cohorte, descubrimos dos cosas. En primer lugar, el porcentaje de los que trabajan en el nivel inferior cae radicalmente, del 48,1 % al 24,4 %; y, en segundo lugar, el número que trabaja en el nivel superior aumenta notablemente, del 14,9 % al 41,5 %. Estas cifras deben tomarse con cautela dada la movilidad geográfica de los británicos durante este período, pero los resultados implican que aquellos hombres que fueron a Buenos Aires cuando eran jóvenes y permanecieron allí durante toda su vida laboral pueden haber logrado una movilidad ascendente significativa, incluso si habían comenzado en un peldaño bajo de la escala ocupacional.

Tabla 3. Distribución ocupacional: cohorte de edad, hombres británicos en Buenos Aires de edad 13-29 en el año del censo 1869, hombres británicos de edad 40-59 en el año del censo 1895
1869
Porcentaje de nivel
1895
Porcentaje de nivel
EdadEdad
13-1920-29Todas las edades40-4950-59Todas las edades
No calificado/servil37,628,232,912,19,610,9
Semicalificado/de servicio15,714,715,214,412,513,5
Calificado10,316,513,418,617,117,9
No manual bajo18,616,917,89,411,610,5
No manual medio511,58,315,413,714,6
No manual alto1,22,31,89,614,512,1
Profesional bajo2,153,68,87,78,3
Profesional alto0,41,91,25,976,5
Misceláneo/desconocido9,12,865,96,36,1

¿Qué papel desempeñaron las mujeres británicas o de familias británicas en la vida laboral durante este período? Tanto en 1869 como en 1895, la mayoría de las mujeres empleadas se encontraban en lo más bajo de la escala ocupacional. En el primero de los años, el 52,2 % tenía trabajos no calificados o serviles, mayoritariamente como empleadas domésticas. Para 1895, el porcentaje en esta categoría había caído al 35,3 %, pero el trabajo se mantuvo igual. Solo hubo un cambio insignificante en el nivel semicalificado y de servicio, del 20,8 % al 20 %. Estas mujeres trabajaban como costureras o cocineras, o quizás se ganaban la vida planchando. En 1869, solo el 3 % de las mujeres británicas trabajadoras tenían empleos calificados, un total que ascendió al 6,8 % para 1895 e incluía modistas, cigarreras (casi todas de Gibraltar[4]) y algunas fabricantes de corsés. La participación de las mujeres era prácticamente insignificante en los niveles no manuales bajos y medios, que incluían trabajos en perfumerías o floristerías, o un raro rol de supervisión en una lavandería o tienda de tejidos. Sin embargo, se encontraron más en los niveles no manual alto y profesional bajo; estas mujeres trabajaban como institutrices y maestras, monjas y enfermeras, ocupaciones que representan casi la totalidad de su participación en la fuerza laboral. No es sorprendente que ninguna de ellas alcanzara el nivel profesional alto; varias, sin embargo, con toda probabilidad viudas irlandesas, indicaron su ocupación como “estanciera”. Un número considerable de mujeres (11,6 % en 1869 y 16,4 % en 1895) describieron su trabajo como “quehaceres domésticos” o “trabajo de casa”. La participación de las mujeres británicas y, de hecho, de todas las mujeres en la fuerza laboral en Argentina, claramente merece un estudio más profundo.

Pautas matrimoniales

La percepción común de la comunidad británica y angloargentina en Buenos Aires en esa época era que sus miembros rara vez se casaban con alguien que no perteneciera a su propio grupo social. Pocos trabajos académicos se han centrado específicamente en el tema de las pautas matrimoniales en Argentina, salvo en estudios más amplios sobre inmigración.[5] En cuanto al estado civil, la edad al contraer matrimonio y la incidencia de la viudez, los británicos generalmente se asemejaban a la sociedad en general. Puede resultar sorprendente saber que, para la década de 1890, el número de mujeres en la comunidad británica casi igualaba al de hombres, sobre todo teniendo en cuenta lo que conocemos sobre el numeroso ingreso en el país de empleados varones de empresas con sede en el Río de la Plata. En 1869, el 42,6 % de todos los británicos censados eran mujeres; para 1895, esa brecha de género del 14 % se había reducido a tan solo el 4 % y las mujeres representaban el 48 % de la población de la comunidad. Por lo tanto, para este año, la presencia de hombres y mujeres en la comunidad británica era casi exactamente la misma que en la población general (Germani, 1955, p. 35).

Parece que las mujeres británicas tendían a casarse más tarde que las de otras nacionalidades. Al menos esta es la conclusión que se desprende de las fuentes disponibles, incluidas muestras de los matrimonios celebrados en la catedral anglicana de San Juan y la iglesia escocesa de San Andrés (Lattes y Poctzer, 1968; Recchini de Lattes, 1971). Esto implicaría que más mujeres solteras emigraban solas para buscar trabajo en Buenos Aires, lo que también se confirma con los cambios en la proporción de género para 1895. Sin embargo, los datos verdaderamente comparables para la población general y para otros grupos inmigrantes son escasos, por lo que desconocemos cuán “típicos” eran los británicos en este sentido.

Pautas de matrimonios mixtos

El estudio del demógrafo italiano Franco Savorgnan es uno de los pocos que examinan los matrimonios mixtos entre grupos étnicos, y es la fuente en la que se basan los pocos que se centran en Argentina (Savorgnan, 1950). Este trabajo, que abarca el período relativamente breve de 1893 a 1908, se centra en la incidencia de la homogamia, es decir, del matrimonio dentro del propio grupo étnico. Su trabajo tiene muchos puntos sutiles, pero la conclusión general es que las personas de la misma nacionalidad tienden a contraer matrimonios homógamos. Esto se debe a la “identidad de religión y afinidad de clase social, nivel de vida, cultura, normas morales y gustos” (Savorgnan, 1950). Si bien el índice de homogamia para los británicos, según lo revelado por su trabajo, es alto, es importante señalar que no eran más homógamos que otros grupos étnicos y, de hecho, tendían a serlo menos que la mayoría. Esto surge de su análisis incluso al comparar a los ingleses con los italianos y los españoles, grupos que se suponen “fácilmente asimilables”. Es decir, la probabilidad de que un italiano se casara con una italiana era algo mayor que la de que un británico se casara con una británica, especialmente en la primera parte de este período de quince años.

Los datos del censo, que representan un tipo diferente de índice, respaldan los hallazgos de Savorgnan y ofrecen una visión más detallada del comportamiento real de los residentes británicos en Buenos Aires. La mayoría de los residentes británicos buscaron a una compatriota como cónyuge; y cuando los hombres británicos no se casaban con mujeres británicas, lo hacían con mayor frecuencia con argentinas, un número significativo de las cuales era, sin duda, angloargentina. Sin embargo, cuando las mujeres británicas no se casaban con hombres británicos, la mayoría de las veces elegían a otros europeos. Prácticamente ningún británico en ninguno de los dos años del censo se casó con un norteamericano.

¿Acaso este patrón de matrimonios mixtos implica que los británicos no se asimilaban? Esta pregunta también aplica a otros grupos étnicos en Argentina. No es fácil de responder, dados los cambios en la estructura poblacional y el sistema social durante este período. Es difícil definir la “asimilación” para cualquier grupo durante este tiempo de transición. Todos preservaron sus comunidades hasta cierto punto y es probable que a menudo se casaran dentro de su grupo de procedencia. Confirmar la asimilación a partir de las pautas matrimoniales puede ser difícil, ya que las uniones pueden representar, en el caso de los matrimonios británico-anglo-argentinos, una especie de homogamia encubierta. Los hombres británicos que se casaban con familias angloargentinas establecidas no se casaban “fuera de la comunidad”; de hecho, fortalecían y renovaban el carácter británico de la comunidad.[6] Y, en virtud de ser británicos, estos hombres a menudo tenían excelentes oportunidades de formar uniones conyugales exitosas con familias argentinas de clase alta, británicas o no. “En su patria, quizá fueran pequeños oficinistas y comerciantes, o pobres criadores de ovejas; pero en Argentina representaban al Imperio, tenían prestigio en la comunidad y eran caballeros” (Rennie, 1945, p. 165). Otro escritor señala que:

Al principio, Buenos Aires fue uno de los muchos vertederos de nuestros “buenos para nada”, y la libertad colonial que aceptaba a cada uno por su propia valía produjo una inevitable mezcla de todo tipo, de modo que no fue raro que británicos de dudosos antecedentes lograran conseguir una esposa entre las hijas de algún próspero residente británico. (Hammerton, 1914, p. 216)

Podemos concluir, dadas las estadísticas disponibles de los censos y los testimonios contemporáneos, que los británicos en Buenos Aires sí se casaron entre sí en un alto porcentaje (quizás incluso más allá de las estimaciones de Savorgnan). Sin embargo, la cuestión de la asimilación a través del matrimonio, no solo para este grupo, sino para todos los inmigrantes en Argentina durante esta época de grandes cambios, merece un estudio más profundo.

Patrones de residencia

El lugar donde viven las personas puede ser un buen indicador de su relación con la sociedad en general. Esto es particularmente cierto en el caso de los inmigrantes, cuya interacción diaria se ve atenuada por los factores espaciales de su asentamiento en una cultura diferente. Esta sección describe los patrones de asentamiento urbano de la comunidad británica en 1869 y el proceso de migración intraurbana de la comunidad –o de partes de ella– para 1895. Para ese año, la concentración de residentes británicos en el centro había ido desapareciendo gradualmente y británicos de todas las ocupaciones vivían en toda la ciudad.[7] Habían surgido algunos patrones: por ejemplo, una migración hacia el atractivo barrio Norte y una concentración de trabajadores ferroviarios cerca de las estaciones de ferrocarril. La comunidad aún no había comenzado la migración hacia los suburbios que caracterizaría a los británicos y angloargentinos más tarde, en el siglo XX (Sargent, 1974).

Los cuarenta años comprendidos entre 1870 y 1910 marcaron el “florecimiento” de Buenos Aires, cuando la ciudad se transformó de la “gran aldea” en la “París de Sudamérica” (Scobie, 1977, p. 29). A finales de la década de 1860, Buenos Aires estaba a punto de iniciar un asombroso desarrollo arquitectónico, comercial e intelectual que cambiaría la fisonomía y el carácter de la ciudad. La población, aunque multiplicada por la inmigración, persistiría en los patrones de residencia existentes desde tiempo atrás. Los recién llegados se unieron a sus compatriotas en zonas específicas de la ciudad y no fue hasta bien entrado el siglo XX, después de que la ola de inmigración hubiera disminuido y el número de argentinos comenzara a alcanzar al de los extranjeros, que estos patrones de residencia cambiaron significativamente.

Volviendo a la “gran aldea”, analicemos lo que sabemos sobre los patrones de residencia británicos en la década de 1860. Sabemos que había muchos británicos influyentes y adinerados en el centro comercial de la ciudad. Solían congregarse en la zona norte de la Plaza de Mayo. Su principal asociación, el Club de Residentes Extranjeros, se ubicaba en la calle San Martín, frente a la catedral. La iglesia anglicana de San Juan (posteriormente catedral), fundada por residentes británicos en 1831, se encontraba cerca. La Plaza de Mayo y las manzanas adyacentes formaban el centro de la actividad comercial, financiera y social, que comprendía lo que se conocía como el “barrio de los ingleses”. No solo hubo una concentración de instituciones financieras, sino también de la élite comercial extranjera, principalmente británica. El historiador James Scobie ha trazado las líneas generales de los patrones de residencia de los grupos inmigrantes, pero ni él ni otros autores han aportado muchas pistas sobre dónde vivía la gran cantidad de británicos de recursos más humildes, ese 75 % de trabajadores manuales. Pero el censo puede responder a algunas preguntas.

En 1870, la ciudad se extendía a lo largo de una cuadrícula de calles que corrían de norte a sur o de este a oeste, interrumpidas ocasionalmente por una plaza, un cementerio, una iglesia o una estación de ferrocarril. La calle Rivadavia era la arteria principal, y la Plaza de Mayo, el principal punto focal. La llegada de las líneas ferroviarias (el ferrocarril al oeste en 1857, el del sur en 1865 y el del norte en 1866) había acelerado el ritmo de la expansión de la ciudad y las nuevas construcciones en las líneas seguirían desempeñando un papel importante en su crecimiento.

La gran mayoría de los residentes tendía a concentrarse en un pequeño núcleo en el centro. Scobie estimó que casi la mitad de la población total vivía en el centro de la ciudad en 1869; según Sargent, “en 1869, alrededor del 85 % de la población de la ciudad, que se orientaba más hacia las actividades terciarias que hacia las secundarias, vivía a menos de dos kilómetros de la plaza principal” (1974, p. 12). Esto era consecuencia natural del predominio del movimiento peatonal en la ciudad: el tranvía público a caballo no apareció hasta 1870. Se habían comenzado a desarrollar subcentros comerciales (Once de Septiembre al oeste, Constitución al sur) debido a la ubicación de las terminales ferroviarias. La epidemia de fiebre amarilla de 1870-1871, inicialmente centrada en La Boca y San Telmo, pero que se extendió a zonas del centro y sus alrededores, impulsó a la gente a desplazarse hacia las afueras, a lugares más altos, aunque Sargent sostiene que “el desplazamiento hacia el norte del puerto y del centro comercial había comenzado a expulsar del sur a los ricos y a otros mucho antes de la epidemia de 1871” (1974, p. 12). En 1887, solo el 25 % de la población total residía en el centro de la ciudad, y solo el 10 % en 1909 (Scobie, 1977, cuadro 4, p. 337).

Aunque no existen estadísticas comparables disponibles para 1869, Scobie afirmó que “a pesar de la preferencia de la élite por la zona de Plaza de Mayo, la mayoría de los habitantes del centro eran obreros, artesanos, obreros especializados, pequeños comerciantes” (1977, p. 171). Muchos de ellos habían llegado poco antes y, dado que “la demanda de mano de obra en el centro era grande y el boleto de tranvía era caro hasta después de 1900”, estos recién llegados tendían a congregarse en conventillos y pensiones del centro (Scobie, 1977, p. 171). La mitad de la población total de Buenos Aires vivía en el centro de la ciudad en 1869; también la mitad de la población británica. De hecho, el censo muestra que más del 50 % de la población británica residía en seis distritos censales, las secciones 1 a 6, todas en el centro (Sargent, 1974, pp. 143-144).[8]

Para 1895, Buenos Aires –ahora Capital Federal– presentaba un panorama muy diferente al ambiente pueblerino de 1869 (Mapa 1, Sargent, 1974, p. 22). Un extenso sistema de tranvías había propiciado el surgimiento de varios nuevos asentamientos lejos del centro, sobre todo hacia Flores. La elegante Avenida de Mayo, que separaba los barrios más nuevos del norte de los barrios coloniales del sur, se abrió parcialmente al tráfico en 1895 y fue totalmente pavimentada con adoquines de madera a mediados de 1896 (Llanes, 1955). La Plaza Constitución, terminal del Ferrocarril del Sur y antiguamente un bullicioso mercado, se había adornado con una impresionante estación victoriana en 1887, y para 1895 las manzanas circundantes se estaban convirtiendo en una atractiva zona residencial.

Mapa 1. Ciudad central

La ciudad estaba abarrotada de gente, y llena de ruido y movimiento. A finales de la década de 1870 y principios de la de 1880,

las calles del centro perdieron su tranquilidad residencial y el valor de los terrenos en el centro se disparó, lo que llevó a muchos ricos a mudarse a los confines del Barrio Norte, más allá de la Plaza San Martín, y al aún más distante y emergente barrio de la Recoleta. (Sargent, 1974, p. 23)

La ciudad continuaba su expansión concéntrica desde el núcleo central del área metropolitana.

Para 1895, los residentes británicos se encontraban distribuidos entre las 29 secciones de la ciudad, con porcentajes que oscilaban entre el 1 % y un máximo del 15 % en cada una, con la mayoría entre el 3 y el 4 %. Solo el 13 % aún vivía en el centro de la ciudad. Esta distribución relativamente uniforme de los residentes británicos contradice la creencia de que definían sus propios enclaves dentro de la ciudad. Se concentraban en solo dos secciones, la 19 y la 23. La primera, al sur, abarcaba Barracas, sede de los patios ferroviarios y talleres del Ferrocarril del Sur (inaugurado en 1895, con financiación británica y con una plantilla mayoritariamente de ese origen). La empresa subvencionaba viviendas para sus empleados en el barrio, en pintorescos edificios multifamiliares construidos en el “estilo inglés”. La sección 23 representa Belgrano, un barrio predilecto para los comerciantes extranjeros a partir de la década de 1860.

Mapa 2. Secciones de censo, 1869 y 1895

A la izquierda, 1869. En gris: concentración de trabajadores calificados.
A la derecha, 1895. En gris: concentración de residentes británicos.
Fuente: Sargent (1974, p. 143).

Si hubo una mínima concentración de la población británica en las secciones de la ciudad, ¿existió alguna concentración identificable por clase o nivel ocupacional, aparte de la concentración de empresarios ingleses en Belgrano y de ferroviarios en Barracas? El proceso de cambio en el centro de la ciudad ofrece algunas pistas. En 1869, casi el 51 % de los residentes británicos de esta zona que abarcaba seis secciones estaba empleado en los niveles ocupacionales más bajos, mientras que aproximadamente el 45 % ocupaba puestos más prestigiosos (y lucrativos). Para 1895, esta proporción había cambiado, de modo que el 60 % de los británicos del centro de la ciudad estaba en los niveles ocupacionales más altos, en comparación con el 31 % en los niveles más bajos. Esto implica que, si bien el porcentaje relativo de británicos en el centro de la ciudad había disminuido del 50 al 13 % para 1895, los que permanecieron tendían a ser de un estrato más alto, lo cual afectaba (y reflejaba) el carácter del centro, algo no sorprendente dada su importancia comercial. El costo de los bienes raíces en el centro también había aumentado para 1895 y, a medida que el transporte dentro de toda la ciudad mejoró, haciendo posible que la gente viviera a una mayor distancia de su trabajo, el microcentro se volvió más exclusivo.

Parece que hubo otros “reductos” de concentración británica por ocupación dentro de la ciudad en ambos años, pero nada que se asemejara a un enclave de clase. La mayoría de estos pueden atribuirse a factores del desarrollo de la ciudad o de la comunidad. En 1869, por ejemplo, encontramos un núcleo de trabajadores calificados en las secciones 6, 19 y 20. La sección 6, delimitada por las calles Rivadavia, Independencia, Salta y Solís, estaba relativamente cerca de Plaza Once y no lejos de Plaza Constitución, zonas de actividad ferroviaria y mayorista. La sección 19, como se mencionó, albergaba a ingenieros ferroviarios, maquinistas y otros técnicos calificados. La sección 20, que abarcaba La Boca, podría deber su porcentaje relativamente alto de residentes calificados a las actividades portuarias. Para 1895, estas tres secciones seguían albergando a muchos británicos calificados, pero no en la misma concentración que en 1869: los británicos se habían dispersado por toda la ciudad.

Conclusiones

La comunidad británica en Buenos Aires en el siglo XIX, aunque eclipsada numéricamente por otros grupos, tuvo un impacto muy significativo en el desarrollo y crecimiento de las instituciones financieras, la infraestructura de transporte, el deporte y la educación. Ciertas suposiciones sobre la naturaleza de la comunidad han perdurado. De este análisis de los patrones de trabajo, matrimonio y residencia entre los británicos en Buenos Aires en la segunda mitad del siglo XIX podemos extraer varias conclusiones. Si bien hubo cierta concentración por profesión, trabajaron en todos los niveles laborales durante este período. A finales de siglo, esta diversidad persistía, aunque un porcentaje más alto de británicos ocupaba puestos de mayor nivel y calificación que otros residentes nacidos en el extranjero o la población en general. Además, experimentaron una movilidad social ascendente. La mayoría de las mujeres británicas trabajaba en labores no calificadas o semicalificadas, o en la gestión del hogar, con algunas excepciones en puestos profesionales bajos. También podemos concluir que la mayoría de los británicos tendía a casarse con compatriotas, pero lo hacía en menor medida que otros segmentos de la población extranjera. Las mujeres británicas que no se casaban con hombres británicos generalmente elegían parejas europeas, mientras que los hombres británicos tendían a elegir mujeres argentinas, entre ellas a las angloargentinas. Y, finalmente, así como los británicos trabajaban en todas las profesiones, también vivían en toda la ciudad. La distribución de los residentes de esta comunidad generalmente reflejaba la de la población general, con las excepciones señaladas. En el momento del primer censo nacional, los comerciantes se concentraban en el centro de la ciudad, al igual que la población en general. Para 1895, la mayoría de los residentes de Buenos Aires se habían mudado hacia las afueras, al norte, al igual que los británicos, inicialmente a Belgrano y, con el tiempo, más allá, construyendo nuevas comunidades a su paso.

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  1. Duke University (emérita). Mi profundo agradecimiento a Mariano Galazzi por la traducción de este trabajo, y a Drew Keener por su ayuda con las tablas y los mapas.
  2. El desarrollo de la comunidad británica ha sido bien descrito por David Rock (2010, 2019). De manera similar, Maxine Hanon (2005), especialmente en las pp. 7-17.
  3. Las categorías son: no calificado/servil (p. ej., jornalero, mucama); semicalificado/servicio (p. ej., estibador, nodriza); calificado (p. ej., carpintero, cigarrera); no manual bajo (p. ej., carnicero, florista); no manual medio y no especificado (p. ej., mercader, cambista); no manual alto (p. ej., corredor, enfermera); profesional bajo (p. ej., maestro, arquitecto); y profesional alto (p. ej., abogado, ingeniero).
  4. En los censos, la nacionalidad de los oriundos de Gibraltar se registraba como “inglesa”.
  5. Por ejemplo, Baily (1980), Szuchman (1977) y Germani (1971).
  6. Un matrimonio entre un inglés y una descendiente argentina de una familia británica aparecería en el censo como una unión entre un “inglés” y una “argentina”, según la nacionalidad oficial.
  7. Los datos del censo no solo permiten un análisis basado en factores como la edad, el estado civil, la nacionalidad, la nacionalidad del cónyuge y el número y la nacionalidad de los hijos, sino que también invitan a examinar el tipo de hogar (por ejemplo, unifamiliar, familia extensa, pensión), la combinación de nacionalidades que residen bajo el mismo techo, la distribución dentro de la ciudad por nivel ocupacional y las relaciones entre las personas que comparten un domicilio. El análisis de la estructura del hogar queda fuera del alcance de este trabajo.
  8. En el censo de 1869 había 20 circunscripciones; en 1895, 29. Muchas, aunque no todas, sufrieron cambios en sus límites entre el primer y el segundo censo.


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