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3 Los escritos de John Allen en la Edinburgh Review sobre la cuestión americana (1810-1811)

Alejandra Pasino[1]

Durante los conflictivos años de las revoluciones hispánicas, iniciadas en 1808 como resultado de la invasión napoleónica a la Península Ibérica, un sector de la oposición whig al gobierno británico tuvo una activa y particular participación en los debates en torno a las necesarias modificaciones de la Monarquía Hispánica, que, además, involucraban la necesidad de replantear el vínculo con sus territorios americanos.

Dicho sector estaba comandado por la figura de Henry Richard Fox, Lord Holland, barón de Holland (1773-1840),[2] quien desde 1796 ocupó un escaño en la Cámara de los Lores bajo el patronazgo político de su tío Charles James Fox, principal figura de oposición a los gobiernos tories. De acuerdo con los trabajos de Leslie Mitchell (1980) y Manuel Moreno Alonso (1997), su nombre se encuentra presente en casi todas las discusiones que tuvieron lugar durante esa época, oponiéndose a los tories a partir de una férrea defensa de la libertad individual, la tolerancia religiosa, la abolición de la esclavitud y la libertad de comercio. Siendo, además, el anfitrión de la célebre tertulia en su residencia en las afueras de Londres, conocida como Holland House,[3] y activo participante del Spanish Club, donde se había recibido a los primeros patriotas españoles llegados a Inglaterra para iniciar la alianza contra los franceses con el gobierno de Jorge III.

En el transcurso de su vida política, Lord Holland contó con la colaboración y el asesoramiento del médico cirujano, filósofo e historiador, graduado de la Universidad de Edimburgo, John Allen (1771-1843),[4] quien lo acompañó en sus viajes a España durante la primera década del siglo XIX.

A comienzos de 1809, la familia Holland y su séquito arribaron a Sevilla y permanecieron en la región de Andalucía durante seis meses. Se habían embarcado en octubre de 1808 en uno de los buques de tropas que llevaban refuerzos a La Coruña, situación que no fue del agrado del gobierno británico,[5] porque los Holland viajaron por Andalucía a modo de embajadores informales dada la amistad que tenían con varios de los que en esos momentos eran personajes centrales de la política española –como fue el caso de Gaspar de Jovellanos y del joven Manuel Quintana– e incluso con miembros del ejército expedicionario británico. Así, Lord Holland se dispuso a jugar el papel de experto en las cosas de España para influir, a la vez, sobre el gobierno de Londres y las inestables autoridades hispánicas. En Sevilla se hospedaron en el Palacio de las Dueñas, donde recrearon las reuniones de Holland House en las que participaban integrantes y funcionarios del gobierno español, como Jovellanos, Garay, Hermida –ministro de Justicia y luego presidente en las Cortes gaditanas–, Calvo de Rozas, Capmany, Gallego y Quintana, junto a colaboradores como Blanco, Antillón y Lista. Lord Holland y John Allen siguieron con atención los proyectos de los jóvenes liberales, recomendando las virtudes del modelo político británico, su moderación y la importancia del constitucionalismo histórico con escaso éxito.[6] Esta sociabilidad otorgó a Allen un conocimiento profundo sobre la situación política peninsular. El fruto de ella se ve reflejado en los artículos publicados en el Morning Chronicle –para el que trabajó como corresponsal– sobre el conflicto peninsular (Duran de Porras, 2008).

Además, Allen formó parte de una tertulia, conformada en su mayor parte por jóvenes escoceses que recogían la experiencia de la Universidad de Edimburgo: Francis Horner, Francis Jeffrey, Sydney Smith y Henry Brougham, quienes, en 1802, fundaron la Edinburgh Review. Desde su primer número los editores expresaron que no se contentarían con comentar el mérito literario de los libros, sino que su interés radicaba en exponer ideas amplias y originales sobre los temas tratados en ellos, lo cual otorgó a la publicación un marcado carácter político que la convirtió rápidamente en el principal órgano periodístico de la oposición whig. Su eje fue la publicación de reseñas de variados temas –literarios, científicos, económicos, políticos, artísticos– llevadas adelante por especialistas en la materia, pero publicadas de manera anónima y, por lo tanto, bajo la responsabilidad editorial de la revista. La mayoría de sus artículos iban encabezados por los títulos de los libros reseñados, pero en muchos casos la reseña solo era una excusa para que su autor expusiera sus ideas y opiniones.[7] John Allen fue colaborador regular de la revista, especialmente sobre asuntos y publicaciones sobre Hispanoamérica.

Las consideraciones de John Allen sobre la cuestión americana

En su análisis sobre los artículos referidos a la América hispana en la Edinburgh Review entre 1803 y 1828, José Alberich (1980) afirma que Allen publicó cinco reseñas. Las tres primeras[8] publicadas entre 1806 y 1807, tratan sobre libros atinentes a las regiones de Venezuela, Buenos Aires y Perú. En sus comentarios sobre el libro de Depons, aludió a la expedición de Miranda a las costas de Venezuela, expresando que Inglaterra debía dar su apoyo a la emancipación de las colonias españolas. En la reseña de la obra de Helm, menciona la primera invasión inglesa al Río de la Plata, exponiendo dudas sobre las ventajas comerciales de la región debido a la composición y agresividad de sus pobladores. Es importante ubicar estos artículos en su contexto de elaboración, ya que las reseñas de Allen se escribieron durante la alianza entre España y la Francia revolucionaria, concretada en los tratados de San Ildefonso (1796) y de Aranjuez (1801), que establecieron el común enfrentamiento contra Gran Bretaña. Finalmente, en la reseña sobre el Mercurio Peruano, da cuenta de la importancia que estaba adquiriendo la región, aportando estadísticas comerciales y mineras. En líneas generales, en sus comentarios, Allen reproduce los tópicos de la época sobre la crueldad de la conquista y colonización y exhibe los prejuicios protestantes que caracterizaban a la revista (Alberich, 1980, pp. 132-133, 138).

Las otras dos reseñas tratan sobre distintas partes de la obra de Alexander von Humboldt,[9] elaboradas en un contexto distinto a las anteriores, el momento de la alianza entre Inglaterra y España para enfrentar a Napoleón, que constituyen el centro de nuestro análisis. Su importancia radica en que fueron traducidas bajo la supervisión del propio Allen y publicadas en el periódico londinense El Español, que tuvo una amplia circulación en los territorios hispanoamericanos.[10] Como hemos demostrado en otros trabajos, las diversas propuestas para lograr mantener la integridad de la monarquía española y evitar, por diversos motivos, lo que consideraron una emancipación prematura de sus antiguas colonias, plasmadas por Joseph Blanco White, editor y redactor del mencionado periódico, tienen como punto de partida las reflexiones de Allen y, posteriormente, un trabajo conjunto entre ambos escritores (Pasino, 2025). Ello implicó que su recepción tanto en Londres como en algunas ciudades de la América hispana haya generado debates.[11]

Como hemos mencionado, el artículo de Allen, traducido por Blanco para insertar en su periódico, fue la reseña del tomo preliminar de la obra[12] de Humboldt, Essai Politique sur le Royaume de la Nouvelle Espagne, publicada en París en 1808-1809, debido a la importancia que toda información sobre América tenía en esos momentos (el artículo se publicó en abril de 1810). Por lo tanto, su objetivo fue presentar a los lectores algunas ideas sobre el contenido de la obra y una serie de reflexiones sobre el estado actual de América, siendo estas últimas las que revisten, a los fines de nuestro trabajo, mayor interés.[13]

Tomando como base las descripciones de la obra, Allen postuló que las reformas introducidas por Carlos III habían generado importantes progresos en los territorios coloniales, una “revolución grande” (Blanco White, 1810, p. 244) o “feliz revolución” (p. 266) que atribuyó a tres aspectos. En primer lugar, el comercio libre –aclarando que así lo denominaban los españoles– que había posibilitado destruir los estorbos que paralizaban la economía. Sus beneficios podían verse en el ingreso a las colonias de productos europeos, de mejor calidad y a precios más reducidos, lo que generaba un sano efecto sobre las costumbres, posibilitando en los colonos hábitos laboriosos, amor a la ciencia, la literatura y las artes. En segundo lugar, el establecimiento del régimen de intendencias que permitió una administración más racional, ya que la existencia de magistrados intermedios, como lo eran los intendentes, garantizaba al menos limitar los abusos de poder a los que estaban sometidas las clases inferiores. Y, por último, la reducción del precio del azogue, que dio amplios beneficios a los mineros debido a la facilidad para obtenerlo a un precio moderado (pp. 266-268).

Así, para Allen la prosperidad de las colonias se debía a la acción del gobierno español que había logrado revertir sus anteriores errores. Pero ello no significaba la inexistencia de otros que debían ser subsanados. Es en este tramo de su análisis donde aparecen dos de sus principales propuestas: la puesta en marcha de un auténtico libre comercio y la necesidad de dejar en manos de los criollos o españoles americanos el gobierno de sus asuntos internos.

Los beneficios del libre comercio no debían acarrear pérdidas al fisco porque se ahorraría el gasto generado por la burocracia de “dependientes ociosos del gobierno” (Blanco White, 1810, p. 270) y, al mismo tiempo, tendría un efecto político porque anularía la consecuente opresión al pueblo al eliminar “la pesada carga que imponía a sus colonos sujetándolos a la ignorancia, indolencia y torpeza de los marineros y los fabricantes españoles” (p. 271). Para Allen, España era el país con menos derecho en Europa para exigir a sus colonias un comercio exclusivo ya que carecía de fondos, industria, máquinas y conocimientos. La constante intromisión del gobierno español en asuntos económicos era la parte más dañina y pesada de su política, además de ser una doctrina peligrosa y fatal al dejar en manos de los caprichos de sus gobernantes conceder o retirar privilegios e imponer impuestos que arruinaban a los individuos y destruían la confianza necesaria en las operaciones comerciales (pp. 271-272).

Con respecto al gobierno o administración interna de las colonias, identificó como principal falla la ausencia de responsabilidad efectiva de los funcionarios coloniales que solían quedar impunes ante el abuso de poder para su propio beneficio, generando gastos innecesarios para sostener “una multitud de consumidores ociosos y estériles, ruinosos para el pueblo y poco atractivos para el erario” (Blanco White, 1810, p. 273). A lo que sumó la ausencia de libertad de imprenta, la inexistencia de asambleas coloniales independientes de la corona y, sobre todo, la división de sus habitantes en castas “señaladas por la naturaleza con diferentes colores, distinguidas por las leyes y la opinión, por la diferencia de jerarquía y privilegios” (pp. 272-274). Este último aspecto condujo a Allen a dedicar varias páginas de su escrito para describir esa situación que, como veremos, constituye el ingrediente central en su análisis sobre la escasa posibilidad que tenían los territorios americanos para convertirse en Estados independientes.

En su análisis sostuvo que la primera clase en dignidad, riqueza e inteligencia se encontraba dividida entre españoles europeos y españoles americanos debido a la torpe política del gobierno que, justificada en su desconfianza hacia los criollos, dejaba en manos de los peninsulares los principales cargos de la administración. Esta situación generaba una mala predisposición de los americanos hacia el gobierno que los “deprime y desprecia” (Blanco White, 1810, p. 275). Ante ello, los mestizos, como segunda clase que debía soportar mayor desprecio y marginación a pesar de sus riquezas, unían sus demandas a los criollos; situación que podía conducir, en caso de disensiones civiles, a un obrar conjunto contra los europeos, pero también contra los indios. Estos últimos tenían para Allen una situación particular, la protección legal del gobierno. Si bien postuló que ella se había originado por principios de humanidad, su resultado tenía efectos negativos porque contribuía a retardar la aculturación y civilización al mantenerlos en un estado de pupilaje, en una perpetua infancia (p. 278). Para él se trataba no solo de privilegios inútiles y perjudiciales sino peligrosos desde el punto de vista social, ya que generaban el resentimiento de otra clase, los mulatos y negros, que los “aborrecen y envidian, en tanto que los roban y desprecian” (p. 279), aunque en la estimación pública eran superiores a los indios (p. 281).

En este punto criticó a los “especuladores que han recomendado la invasión de la América española con el objeto de emancipar a los indios” (Blanco White, 1810, p. 279), presumiblemente en referencia a Juan Pablo Viscardo.[14] Para Allen, si bien la conquista del nuevo mundo se había justificado con falsos argumentos y se había llevado adelante con exceso de crueldad, ello no podía desembocar en aceptar el reclamo de devolver a los indios el dominio que se usurpó a sus antepasados. Sobre todo porque la colonización los había precipitado a un estado de degradación que solo podía revertirse con una sabia e ilustrada política. Ante esto sentenció que revestir de autoridad a las poblaciones originarias podía ser más pernicioso que el “fanatismo religioso o revolucionario” (p. 279).

A partir de la identificación de los problemas que debían resolverse, Allen avanzó en su análisis focalizándose en torno a los conceptos de independencia, emancipación, guerra civil e imperio constitucional. Como era frecuente en la época, el término independencia refería, de acuerdo con el contexto discursivo de su utilización, tanto al gobierno interno como a la separación política (Pasino, 2014). Su primer sentido como “gobierno residente en el mismo país” tiene para Allen aspectos positivos y negativos. Entre los primeros resaltó la abolición de las prohibiciones y reglamentos perjudiciales para el comercio y la industria y, además, los abusos de la justicia. Y entre los segundos, los efectos de otorgar el poder a criollos en la férrea sociedad de castas, lo cual constituía el principal obstáculo para la unión y prosperidad de los americanos. Tomando como ejemplo la experiencia norteamericana, afirmó que “un gobierno criollo fijará con más esmero y demarcará más sensiblemente la distinción entre las demás castas y la suya” y su consecuente aumento de la “opresión y degradación en los indios” (Blanco White, 1810, p. 283).

La independencia como separación política se introduce en su discurso en un doble tiempo, cuya división se sostiene en el desarrollo de los acontecimientos generados en 1808. El primero, en el marco de los resentimientos criollos, podría haber conducido a la separación con un fatal resultado ya que, como hemos visto, reforzaría los privilegios de castas y conduciría a una guerra civil entre ellas. Por eso Allen solicitó a sus lectores que recordaran las diferencias entre el estado social de la América española con las experiencias revolucionarias de Inglaterra en 1688, los Estados Unidos en 1776 y la de Francia en 1789 (Blanco White, 1810, p. 284).

El segundo tiempo se inaugura con la crisis de la monarquía española y el consecuente vacío de poder. Ante esto planteó el siguiente interrogante: “¿Qué impedimento ha tenido ninguna de las provincias de la América Española para declararse independiente durante estos últimos diez y ocho meses?” (Blanco White, 1810, p. 285), cuya simple respuesta se encontraba en las demostraciones de afecto a la madre patria, evidenciada no solo en discursos sino en el envío de ayuda económica. No descartó el analista la existencia de sectores proclives a la independencia, sobre todo en el contexto de la torpe política de Carlos IV, pero la masa del pueblo estaba unida a la metrópoli y, sin duda, resistiría cualquier intento de separación. Debido a ello, el hipotético desembarco de un ejército extranjero que ofrece independencia a los americanos, en obvia alusión a los franceses porque Allen solo sutilmente menciona la fracasada experiencia británica, podría encontrar apoyo en un sector reducido de la población y conduciría a la guerra civil, a la ruina y devastación de las colonias.

Ante esto reivindicó la política americana de la Junta Central, que con sus decretos había “emancipado” a las colonias, “proclamando su independencia” (Blanco White, 1810, p. 287). El uso de los términos alude a la constitución de gobiernos internos en igualdad con los peninsulares que el gobierno español debía propiciar para conformar su Imperio constitucional. Era este el único remedio no solo para poder seguir recibiendo los necesarios auxilios económicos para la guerra contra Napoleón, sino también porque, en caso de derrota, América era el único asilo del gobierno, como depositaria de la lengua, las costumbres y las instituciones españolas (p. 288).

Para Allen estaba en manos del gobierno español otorgar a sus colonias americanas los beneficios que los colonos norteamericanos, dada la ineptitud de la monarquía inglesa, habían tenido que obtener por medio del enfrentamiento. El gobierno español contaba con un aspecto favorable, el “entusiasmo nacional” (Blanco White, 1810, p. 289) en torno al nombre de Fernando VII, porque en el marco del proceso revolucionario iniciado en 1808 se le atribuyeron las mejores cualidades que debía tener un monarca, pues bajo su nombre “cualquier gobierno que se establezca tendrá a su favor toda la ilusión de la fidelidad, sin ninguna de las desventajas, que es menester confesar, trae consigo algunas veces el gobierno monárquico” (p. 290). También era consciente de que la figura de Fernando era fruto del levantamiento contra los franceses porque este había sido “arrancado del poder demasiado pronto para haber desanimado las esperanzas de su pueblo” (p. 290). Pero, aunque careciera de las bondades que se le atribuían, era un medio para garantizar la unión y la seguridad de su Imperio mientras se llevaba adelante la obra constitucional. La ventaja era indudable, “es menester confesar que Fernando está haciendo, hasta en Valencay, un bien extraordinario a sus súbditos” (p. 295).

En el último apartado de sus reflexiones, Allen abordó el tema de la forma de gobierno que podía establecerse en los territorios americanos, reconociendo que era un tema complejo y, por ello, no se atrevía a tratarlo debido no solo a la extensión territorial sino a sus diferencias de población y producción. Por eso solo adelantó que no podía suponerse que en todas partes se estableciera la misma forma de gobierno y el mismo género de administración. Ante esto solo bastaba que Fernando VII fuera reconocido en todos los territorios como legítimo soberano y que un consejo dirigiera los intereses generales de sus súbditos confederados (Blanco White, 1810, p. 295). Los americanos podían optar por la forma de gobierno que consideraran conveniente en sus diversos territorios, pero esta debía abolir la distinción de castas porque todo hombre libre debía tener los mismos derechos civiles, y el ejercicio del poder político debía originarse en la capacidad y en la riqueza, que indefectiblemente excluiría a las castas inferiores, que en el estado presente no tenían capacidad para ejercerlo (p. 291). Eso no los excluía en el futuro porque la puesta en marcha de una auténtica libertad de comercio y producción, con su consecuente aumento de riquezas y mejora en las costumbres, pondría el acceso a los empleos políticos al alcance de todos.

La segunda reseña de la obra de Humboldt que Allen elaboró fue publicada en el Edinburgh Review en febrero de 1811; su traducción también apareció en las páginas de El Español y era, por lo tanto, de fácil acceso para los lectores hispánicos (Blanco White, 1812, pp. 241-278).[15] Esta, siguiendo el modelo que ya hemos comentado sobre el tipo de escritos publicados en la revista, se inicia con una serie de reflexiones sobre el estado de la América española, finalizando con la reproducción de algunos párrafos y sus comentarios sobre la obra de Humboldt.

En dichas reflexiones, que fueron redactadas en el contexto de la declaración de la independencia absoluta de Caracas en abril de 1811, la intensificación del accionar bélico y político de los grupos revolucionarios hispanoamericanos y las reacciones del gobierno español ante ellos –envío de tropas y de nuevas autoridades–, Allen utilizó una retórica crítica para alertar sobre las consecuencias de esos sucesos y, al mismo tiempo, reforzar sus anteriores propuestas.

Si en su anterior reseña se refirió a las reformas de Carlos III como una “feliz revolución”, en esta inició sus reflexiones aludiendo a la “lamentable revolución” que se había apoderado de los territorios americanos descritos por Humboldt. Esa situación se hacía evidente en los efectos económicos y políticos que los enfrentamientos entre criollos y peninsulares –que denomina como guerra civil– estaban causando. Su diagnóstico fue claro y contundente: la guerra entre el Gobierno español y sus colonias americanas significaba la ruina de España, pero la proclamada independencia de los hispanoamericanos no significaba un provecho para esos territorios.

Debido a ello, sus primeras críticas apuntan a la política americana de la Junta Central, la Regencia y las Cortes, afirmando que ante la situación de opresión que vivían los colonos y el descontento que ello generaba –exclusión de los empleos, ausencia de libertad para comerciar y de establecer sus gobiernos internos– “nada valen las declaraciones de derechos abstractos” (Blanco White, 2012, p. 243). Insiste en sus críticas al Consulado de Comercio de Cádiz, que solo buscaba proteger el antiguo monopolio comercial financiando el envío de tropas para reprimir a los rebeldes de Caracas. Ese accionar fue el que permitió a los líderes de la revolución poner en marcha sus planes de independencia absoluta.

En la descripción que Allen construye de la situación de Venezuela se detiene, en varias oportunidades, en la figura de Francisco de Miranda, a quien denomina como un “jefe experimentado en revoluciones” que “había pasado su vida en suscitar enemigos a España” (Blanco White, 2012, p. 248); afirmando que este había logrado regresar a América e incorporarse a la facción independentista.[16]

Sobre Buenos Aires afirma que era el principal territorio que requería la puesta en práctica de un auténtico libre comercio porque su población estaba compuesta principalmente por comerciantes, cuyos frutos eran perecederos y, por lo tanto, eran los más afectados por el monopolio que intentaba reactivar y potenciar los comerciantes gaditanos.

Llegado al punto de exponer sus recomendaciones, retomó varias de las propuestas que había expuesto en su anterior reseña, pero adaptándolas al nuevo contexto marcado por la dilación –y el posterior fracaso– de la propuesta de mediación británica, como por la política llevada adelante por las Cortes con respecto a América.

Ante esto afirmó que no era conveniente que las colonias se separaran completamente de la metrópoli, salvo que se vieran obligadas a hacerlo si las Cortes continuaban con su política o si los franceses conquistaban enteramente la península. Para Allen, los americanos debían contemplar tres inconvenientes centrales. En primer lugar, la indefectible guerra civil y sus efectos, porque los españoles no renunciarían, sin dar batalla, a sus propiedades, empleos y privilegios. En segundo lugar, la falta de experiencia de los criollos en la administración de sus asuntos internos, porque

la libertad para ser gozada de lleno no ha de ser tomada antes de tiempo. El modo de aprovechar las ocasiones que la favorecen, es no quererlo todo de una vez, sino solamente aquello que exigen las circunstancias del tiempo y que la opinión pública permite. (Blanco White, 2012, p. 256)

Por último, reitera la existencia de una población dividida en castas que solo podía superarse con el paso del tiempo y una política adecuada. Ante este último aspecto, Allen interrogó:

¿Podrán el odio y la emulación de las castas inferiores sufrir que el poder político del estado sea patrimonio exclusivo de los blancos? ¿Cuáles serán los cimientos de los nuevos edificios políticos con que se ha de adornar la América? ¿Si la propiedad se constituye como la base del poder político, como podrán las castas subordinadas reconciliarse con un sistema que las dejará desnudas y sin protección a merced de sus amos y atareadores [sic]? (Blanco White, 2012, p. 257)

Burlándose de la alternativa de la soberanía del pueblo, explicó que esa opción debía enfrentar la ignorancia y la ciega furia de la muchedumbre sin educación. El único remedio que los criollos tenían a su disposición era la figura del monarca, al tratarse de una autoridad respetada por la mayor parte de los habitantes americanos y, sobre todo, porque su poder no emanaba del pueblo. Pero también utilizó la ironía con los criollos al expresar que sus reclamos no podían extenderse a los tiempos de la conquista porque, si dejaban abiertas esas cuentas atrasadas, serían ellos los que debían pagarlas a los descendientes de Atahualpa. Por eso, aconsejó a los criollos que dejaran de lado los principios de derecho natural porque solo lograrían abrir un conflicto con las castas.

Ante ese oscuro panorama, Allen expuso su propuesta orientada a lograr una independencia moderada, la cual permitiría la conciliación entre los intereses de la metrópoli y los territorios americanos: la erección de legislaturas provinciales en América con la facultad de imponer contribuciones y hacer leyes con la aprobación de la Corona. Estas debían ser elegidas por el pueblo y convocadas por el rey, sosteniendo la representación política sobre la propiedad, ya que, de esa manera, las castas no estarían excluidas. Descartó lo que a esa altura consideraba un “proyecto visionario e impracticable” de representar los intereses de América en las Cortes de España, posicionando al monarca como único vínculo. Aclarando que, hasta que Fernando VII pudiera volver de su cautiverio, los americanos debían reconocer el poder ejecutivo establecido en España (Blanco White, 2012, p. 260).

Para que este proyecto pudiera ser puesto en marcha, la metrópoli debía hacer concesiones. En primer lugar, garantizar que la mayor parte de los integrantes de los gobiernos americanos, del ejército, los tribunales, la Iglesia y los responsables de las rentas se encontraran en manos de miembros de la población local –fueran estos americanos o europeos con una extensa residencia en la región–. En segundo lugar, asegurar la absoluta libertad del comercio, abierto al tráfico con todas las naciones aliadas a España, cuyas contribuciones debían ser establecidas y recaudadas por las legislaturas locales. En tercer lugar, era urgente corregir la corrupción de los tribunales y para ello debían ser reemplazados por otros, cuya actuación debía ser independiente del gobierno ejecutivo depositado en la Corona. En cuarto lugar, el establecimiento de contribuciones y nuevas leyes debía quedar en manos de las legislaturas locales y contar con la aprobación de la Corona.

Si bien las propuestas de Allen tuvieron como norte lograr el fin de la guerra civil y conservar la integridad del Imperio español, no se privó de afirmar que si el gobierno metropolitano, representado por la Regencia y las Cortes, no aceptaba esas reformas, “los americanos deben continuar con su insurrección y obtener la satisfacción de lo pasado y seguridad para lo futuro, que el orgullo y la avaricia no quisieron concederles” (Blanco White, 2012, p. 258).

Reflexiones finales

Con frecuencia la historiografía ha limitado el análisis del vínculo entre Inglaterra y las revoluciones hispanoamericanas poniendo el eje en la centralidad que ocupó la alianza entre el gobierno tory británico y los diversos gobiernos españoles para enfrentar a Napoleón.

Como resultado de este breve ensayo, que amplía el corpus documental al accionar de la oposición whig, hemos dado cuenta de que la cuestión americana también formaba parte de las discusiones en Londres. Así, la identificación del accionar que irradió desde Holland House nos permitió dar cuenta de sus propuestas, fruto de la pluma de John Allen, y sobre todo de su recepción en los territorios americanos como resultado de la traducción y publicación de sus reseñas en el periódico El Español de Blanco White, que tuvo una amplia circulación en Hispanoamérica.

Estas propuestas conjuntas entre Allen y Blanco, si bien siempre tuvieron como norte intentar mantener la integridad del Imperio hispánico, responsabilizaron a los gobiernos españoles de una posible separación debido a su torpeza política. Al mismo tiempo dieron cuenta de las dificultades y las limitaciones que los criollos debían enfrentar para constituir nuevas comunidades políticas.

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  1. UBA, Departamento de Historia; Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani, UBA; CONICET.
  2. Henry Richard Fox, tercer Lord Holland (1773-1840). En 1793 viajó por primera vez a España –donde conoció a Gaspar de Jovellanos– para pasar de Madrid a Florencia, donde conoció a su futura esposa Elizabeth Vassall. En 1802 viajó nuevamente a la península y permaneció hasta 1805 –durante la etapa de paz diplomática que Manuel Godoy había logrado entre la guerra de las Naranjas y la batalla de Trafalgar–, donde intentó obtener la libertad de Jovellanos –preso desde 1801– y conoció a Antonio Capmany, Manuel Quintana y los integrantes de su tertulia madrileña. Volvió a la península en 1809 y, en la Sevilla revolucionaria, tuvo una activa participación dentro del círculo de liberales que acompañaban a la Junta Central.
  3. Fue uno de los salones más importantes de Inglaterra donde se desarrollaban actividades políticas, literarias y artísticas. En ella solían reunirse los líderes de la facción whig y, también, los intelectuales radicales, como los benthamistas, escritores, artistas, diplomáticos y selectos refugiados políticos, especialmente liberales españoles e hispanoamericanos. Entre 1808 y 1840 Holland House fue uno de los centros de difusión del pensamiento liberal y el centro del movimiento hispanófilo y americanista.
  4. John Allen (1771-1843) estudió medicina en la Universidad de Edimburgo, aunque siempre se vio atraído por las humanidades y la política. Fue un gran defensor de las ideas whigs y formó parte de la tertulia de Francis Horner y Francis Jeffrey, miembros fundadores de la Edinburgh Review, en la cual publicó varios artículos referidos a España y sus colonias americanas. En 1802 pasó a servir a Lord Holland, quien necesitaba un médico que lo acompañara en su segundo viaje a España para tutelar la salud de su familia. A su regreso a Londres, trabajó de manera no oficial con el gobierno whig, como secretario de la comisión encargada de las relaciones comerciales con la América española, en la que trabajaba Holland. Sus viajes por España y las relaciones que allí entabló lo convirtieron en uno de los ingleses que mejor conocía la realidad peninsular. Fue un ateo convencido y un gran defensor de la tolerancia religiosa.
  5. Es importante señalar que existían diferencias entre la posición de Lord Holland y el gobierno británico con respecto a la función que debía cumplir el ejército expedicionario que se encontraba en La Coruña. Para el gobierno tory era una guerra contra Napoleón en la Península Ibérica, con escasa ayuda de sus nuevos aliados españoles; por su parte, Lord Holland compartía con los españoles la idea de una guerra de independencia librada con la ayuda de los británicos.
  6. En Sevilla, Allen redactó sus Suggestions on the Cortes, que posteriormente fueron publicadas en Londres (septiembre de 1809a) y traducidas al castellano por Ángel de la Vega, Insinuaciones sobre las Cortes (1809b), para ser remitidas a la península.
  7. Durante las primeras décadas del siglo XIX, las principales revistas literarias y científicas de Gran Bretaña fueron la Edinburgh Review y la Quarterly Review. Ambas fueron trimestrales y reflejaban la opinión culta y mejor informada en su tiempo, alcanzando a un alto número de lectores ya que sus tiradas superaban los 10 000 ejemplares, cuando el Times tenía una tirada diaria de 8000. Por su parte, la Quarterly Review apareció por primera vez en 1809 como reacción a la posición tomada por la Edinburgh Review frente a la guerra de España y, a partir de 1810, sobre la cuestión americana (Alberich, 1980).
  8. “Depons-Voyage dans l´ Amerique Méridionales” (vol. VIII, julio de 1806, pp. 378-399); “Helm’s Travels from Buenos Aires” (vol. IX, octubre de 1806, pp. 168-176); y “Mercurio Peruano” (vol. IX, enero de 1807, pp. 433-458).
  9. “Humboldt-Essai Politique sur la Nouvelle Espagne” (vol. XVI, abril de 1810, pp. 62-102); y “Humboldt-Essai Politique sur la Nouvelle Espagne” (vol. XIX, noviembre de 1811, pp. 164-198).
  10. “Examen de la obra intitulada Essai Politique sur le Royaume de la Nouvelle Espagne, par Alexander de Humboldt. Paris 1808-9” en El Español, Tomo I, núm. 4 (30/7/1810, pp. 243-304). Antes de publicarla en el periódico, Blanco envió la traducción completa a Allen, quien estimó: “me parece perfectamente buena y no creo que requiera alteración o corrección” (Blanco White, 1810, p. 42). “De un artículo del Edinburgh Review, sobre el libro intitulado: Essai politique sur le royaume de la Nouvelle-Espagne. Par Alexander Humboldt; les quatre dernières livraisons, in 4to, avec un atlas géographique et physique, in folio. Paris, 1809”, en El Español, Tomo IV, núm. 22 (enero de 1812, pp. 241-278). Para el análisis de las características del periódico, su editor y redactor y su circulación en territorios hispanoamericanos, véase Pons (2006) y Pasino (2025).
  11. El debate más importante fue el que se generó entre el novohispano Fray Servando Teresa de Mier y Blanco White en torno a la declaración de independencia absoluta de Venezuela (abril de 1811) y la posibilidad de establecer gobiernos republicanos en los territorios americanos (Pasino, 2011; Rosetti, 2023).
  12. De acuerdo con la edición de la obra consultada por los editores de la Edinburgh Review, está dividida en seis partes. La primera contiene observaciones generales sobre la extensión y aspecto físico de Nueva España, la segunda sobre su población y la división de la sociedad en castas, la tercera presenta una descripción de sus intendencias y una comparación de su población con su superficie, la cuarta contiene noticias sobre agricultura y minas, la quinta trata sobre comercio y manufacturas y la sexta describe el sistema de rentas y la defensa militar del país. La reseña solo toma las tres primeras partes que eran las publicadas hasta ese momento (Blanco White, 1810, pp. 246-247).
  13. José María Portillo expresa que la obra de Humboldt “estaba de moda en Europa para conocer las cosas del Nuevo Mundo español. La posibilidad que tuvo de viajar por la América española con fines científicos le permitió reunir datos sobre el virreinato de Nueva España, aportando a los eruditos europeos cifras sobre la población y distribución racial de la misma. Las diferencias de la obra de Humboldt con aquellas que tenían como objetivos demostrar la natural incapacidad americana para el progreso y la civilización, la buena labor colonial inglesa frente a la desastrosa apropiación española de la mayor parte del continente, se evidencian en el mencionado trabajo de campo que dejaba menos espacio a la especulación, a la historia filosófica y se adentraba más en el análisis empírico” (2007, pp. LXXXIV-LXXXV).
  14. Existen variados estudios sobre la obra de Viscardo, entre los actuales se destaca Brading (2004). Hemos abordado la relación entre Viscardo y Miranda, y la recepción en Buenos Aires de la mencionada Carta (Pasino, 2016).
  15. “Traducción de un artículo del Edinburgh Review, sobre el libro intitulado: Essai politique sur le royaume de la Nouvelle-Espagne. Par Alexandre Humboldt; les quatre dernières livraisons, in 4º, avec un atlas géographique et physique, in folio. Paris, 1809-10-11” (Blanco White, 1812, pp. 241-278). En su presentación Blanco recordó a los lectores la publicación de la anterior reseña y añadió: “Yo haría mucho agravio al público español, y especialmente a mis lectores si les privase de la traducción de este segundo artículo tan sabio, y tan profundo como el primero, y evidentemente fruto de la misma pluma” (p. 241).
  16. La crítica a la figura de Miranda, quien, como es conocido, tenía vínculos con miembros del gobierno británico y con sectores de la oposición, no es casual. En la prensa de Cádiz, entre las críticas que se publicaban hacia los británicos, apareció la acusación de haber permitido su partida hacia Caracas. El propio Lord Holland, en su correspondencia con Blanco White, dio cuenta de la veracidad de la acusación, añadiendo que el nombre de Miranda “era naturalmente detestable para los españoles viejos, y sus planes eran, creo, igualmente hostiles a su propio país y a la conexión de Gran Bretaña con España o con Suramérica” (Lord Holland, 1810, p. 80).


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