Otras publicaciones:

9789877230543-frontcover

9789871867738_frontcover

Otras publicaciones:

9789871867905_frontcover

12-2070t

4 Anudando

En lo que concierne a la vinculación de la temática aquí esbozada como así también respecto al claro del camino andado en esta investigación, se quisiera dejar de manifiesto imbricaciones que se trenzan, o que han formado parte del diálogo implícito a la hora de emprender la senda del pensar. Se recompondrá la articulación que fue guía para la pregunta, intentando cartografiar la corporalidad del texto desplegado en su propia prolongación, haciendo de las vibraciones arrojadas en cada letra una constelación en la que se hace ostensible al menos uno de los sentidos aquí trazados.

En ese contexto, este trabajo se circunscribió a recorrer los senderos que abrió la pregunta que guió, ella fue el hilo, en ella se prestó la conducción, por ese motivo el escrito ha adquirido una corporalidad distinta, una corporalidad invertebrada, derramada y contenida sobre el nudo de lo problemático, en ello se insiste, sobre ello hemos pensado en lo salvo.

Permítase utilizar un guiño del lenguaje alemán para ejemplificar lo recorrido: se ha intentado en la retención de la meditación (besininunng) la internación en el sentido (sinn) que está trazado en el propio desbrozarse del camino. Allí se ha intentado fundirse en el vaivén incesante que provoca el misterio del pensar. Sin perder nunca el horizonte de nuestra íntima constitución mestiza, se ha circundado el pensar de América en el abrigo de las insinuaciones de Kusch. Acuciados por la penumbra que proyecta sobre el mundo la herencia metafísica y la era de la técnica se ha perseverado en el habitar. En la corrosión que se nos ha exhibido como el peligro inquietante de la homogeneidad planetaria intrincada en la complexión de la cibernética, como también en la pérdida de particularidades en las culturas amparadas por el saber racional y utilitario, hemos pretendido librarnos -en la medida que nos fue dable- de ese padecimiento instrumental. Para ello se ha acudido a la llamada de Heidegger con el que en el diálogo abierto con Kusch se ha intentado morar en el templado movimiento de lo sencillo. La procedencia se ha desdibujado hasta convertirse en un reconocimiento fútil y servicial del orden sistémico que hunde con ahínco el desarraigo más esencial en el que nos hemos acometido: la pérdida del estar, y con él, del mundo, de las cosas (das Geringe). En la espesura de la palabra de Heidegger hemos encontrado una morada en la estancia, una estancia que prepare el lugar para la espera… para habitar en la amplitud del cielo y la profundidad de la tierra sustentadora. Para la mirada intemporal del paisaje que se despliega inmensamente a lo largo del camino, poblando y brotando con flores, tilos, texturas, aromas, pasos y huellas. Huellas de un camino sembrado que vuelve, que no se desentiende de un pasado que lo conforma, del cual nunca puede huir porque aún no ha llegado. Por eso creemos en los pasos y no en la independencia de ellos, porque los pasos marcan trazos relacionantes: el camino, el caminante, el lugar que los contorna, su reciprocidad gratuita que los aúna. No en vano se ha ahondado en el destello que protege la cuaternidad, ya que en ese instante efímero pero promisorio de construcción cuidadora emana el crecimiento de la disponibilidad latente que habitaba en el lenguaje de esta investigación. Kusch o Heidegger no son más que nombres. Lo que está en juego es el intento – siempre fallido- de dar con lo que se intenta decir.

Y en ello apareció la tierra. La cerrazón última que permite el trazo de sus cortaduras, soportando siempre el asesto de líneas que cercan fronteras sagradas que enlazan vanos. En ese fondo que laxo no permite su desfondamiento, la tierra da lugar para el arraigo, para la respiración homeostática del terreno que lo mancomuna en autoctonía, en su propiedad. En ese cerramiento liminar se configura el comportamiento de la pobreza del anillar. En el gesto simple y sereno que deja ser en el entrañamiento de la convivencia. La verdad nos ha abrazado en la pertenencia mutua que de nosotros simplemente requiere el cuidadoso intervenir, en el atento delinear que solo rasga y enmarca sus irregularidades dejándose guiar por las rectas medidas del cielo, de esta manera da forma abierta a la tierra que solo existe como marcada (comarca). Pero el límite entre lo sutil y lo invasivo, lo dominador y lo que deja ser, es evanescente, por eso nuestra época en vez de comportarse según las posibilidades que le brinda el territorio y las directrices que le señala el cielo, agrede, extrae, explota y somete a la naturaleza convirtiéndola en objeto del señorío de la técnica. Que en pos de perfeccionar, defender (secuestrando), maximizar, disponer, mutila excesivamente logrando la artificialidad del mundo, que solo se retiene como nombre vacío. La técnica se absolutiza como tecnología incorporando dentro de sí la teoría y el lenguaje que le permiten reorientar constantemente sus preceptos emplazando el metamorfoseo de la vieja idea de mundo, en una nueva: el mundo digital. La era de las comunicaciones cibernéticas, que en el aceleramiento ínsito de la globalización virtualiza fantásticamente el futuro y derruye marginando las imágenes del pasado. La computabilización de la planetarización es un hecho. Todo es explicable, deducible. No hay fenómeno que no sea inferido mediante leyes y/o procesos estandarizados científica y metodológicamente. Pero frente a la maquinación de la técnica que todo lo pone a su dominio, ella se topará con la retracción última, la indisponibilidad que refractaria a la técnica, nunca dejará domeñarse completamente: la tierra. Allí se encontrarán nuevos faros para el giro, siempre que se habite pensando.

Frente a esa perspectiva se ha insistido en dejar brillar otros modos de comprender nuestra constitución fundamental. Se ha privilegiado lo raigal, el alzamiento posibilitador del estanciar, la reunión congregadora que en su estar deja ser a lo cohabitante. El hogar que asienta morada para lo sencillo que es el crecimiento sereno. Los lugares que entrañan el experienciar de los mortales, que hieden y exhalan al aliento vital que ronda en la unidad dócil de lo cuaternario. En ese contexto de remisiones de los cuatro se anilla la construcción de mundo, en la mutua pertenencia que enlaza con sus vueltas espejantes. En el intento de la vigilancia atenta del pensamiento rememorante se ha querido conjuntar el habitar (como modo propio de los mortales en la tierra) y el crecimiento que cuida, cultivando, haciendo crecer. Por eso el llamado a la promoción del resguardo de la relación que habita en la libertad de tierra, cielo, mortales y dioses. Por eso se ha intentado hacernos eco de esa voz articulando estructuraciones de sentido que permitan dar cuenta de la sustracción y la donación que originariamente otorga el estar. Pugnando por una custodia que pudiera torcer nuestra relación con lo técnico.

Todo ello nos ha traído de vuelta a nuestro horizonte latinoamericano, que como sedimento del pensar Occidental, se nos ha revelado en la latencia vibrante de su corazón abierto. Allí se ha reposado en la pregunta originaria que permita la torsión del gobierno del pensamiento metafísico moderno. Nuestra marginación se nos ha manifestado como una posibilidad plegada, que emergente del riesgo, clama su vuelta. En ese orden, se ha indagado la palpitación originaria de América, allí se oyó el vertiginoso silencio que esconde nuestro estar. Buscábamos formas para describir nuestra experiencia latinoamericana y avizoramos en el examen que el estar implicaba más de lo que se creía. Nos hundimos en el estudio de nuevas referencias constitutivas que pudieran orientar nuestro estar ubicados en esta parte del mundo, en una historia acontecida que estructura nuestra identidad diferenciada que está siendo para el fruto. Para ello se intentó seguir el viaje comenzado por Kusch y que remonta a tiempos inmemoriales. Se intentó pensar desde América, para América, guiados por la fuerza numinosa que habita en cada uno de sus gestos. Procurando recorrer los símbolos que la conforman, la historia que permanece en su sangre fresca, la sabiduría popular que en su mudez colorea el paisaje que lo retracciona inevitablemente a su honda raíz telúrica. En ese acierto simbólico habita el encuentro sagrado con el mensaje fugaz de los dioses, que desde el símbolo hace sentida su ausencia, pero sin embargo, guarda en sí las señas de su haber sido y su siempre posible adviento inesperado.

En la sobresaturación que Occidente despunta, hallamos la posibilidad del grito estruendoso que nos ubica en la cercanía de nuestro esenciamiento propio. En el brotar de nuestro estar-siendo damos sentido a la mismidad del permanecer en sí fundante que apertura más allá de sí mismo. En esta síntesis complexa (del estar-siendo) hallamos el encarnamiento de nuestra experiencia en latinoamérica, él le da palabra a nuestro estar y marchar, a nuestro callar y hablar, a nuestro fundar y crecer. En esa dimensión originaria acertamos con la puesta en palabra de un experienciar que habita previamente a la constitución del logos y la razón, topamos con el sentido que se pone a la guarda y a la entrega de ese silencio misterioso que descansa en su pre-reflexividad.

Por tanto, ante el amenazar de la técnica y la racionalidad moderna que esgrime la pretensión de remplazar toda otra forma de salir-de-lo-oculto, el pueblo latinoamericano -en lo hondo de su sabiduría- ha opuesto resistencia a su eliminación total. Esos vestigios aguardan pacientemente en la acogida y pertenencia que brinda la tierra como símbolo del estar que permanece siendo en su donación que desborda y se abandona para el crecimiento que permita el tomar y el dejar. Por todo esto nuestra mixtura nos abre el claro a las dimensiones que entrecruzan horizontes, en ellas no hay posesión conceptual, en ella caminamos en el cobijo de nuestro estar-siendo-acontecimiento vital en medio de la fuerza demoníaca vigorosa del continente.

En ese sentido, nuestra tradición vernácula se erige culturalmente en el intersticio capaz de armonizar las diferencias conservando su autenticidad. En ello reside la sapiencia de nuestro estar-siendo que como anonadamiento fecundo de sí, permite la reunión unificadora de riqueza y pobreza, de ser y nada. En el gesto apropiador de nuestra esencia anquilosada en la tierra que da abrigo, sobre nuestro cielo que traza medidas, con nuestros operadores simbólicos que conforman nuestra experiencia que alberga en lo sencillo del nacimiento gratificante el habitar propio. La maduración de nuestra dimensión auténtica se sitúa más allá de toda dialéctica, distante de la objetivación cosificante del hacer, alejada del afán vertiginoso del producir conceptos, huidiza de la perversión subjetivizada, porque ella solamente tiene comienzo a la manera de un pensar co-operante, en el que tiene lugar en el pensar lo mismo. Allí se dispone nuestra entrega, en la sosegada fecundidad del ser libre, en su abnegación de toda intencionalidad calculadora, en el obrar para nada, en la participación comprometedora de la carencia de propósito, en la ausencia de para qué y por qué, en el obrar que se hace presente en el dar cada paso, en el sentido del hoy, en el camino…

Entonces, ¿qué sucede con los restos que somos? ¿qué implica nuestra búsqueda que rastrea la diferencia que fuimos? Pensábamos en ubicarnos en la huella del otro pensar, creíamos que si seguíamos el camino de nuestra particularidad, de nuestra perforación que nos muestra como rebabas de un sistema uniformante e igualador de los espacios que no facilitan las junturas, podríamos encontrar nuestra verdad. ¿Qué ha quedado de todo eso? Ha quedado el sacrificio de ser el asunto que nos ocupa. De saber que por más que el sistema lógico representacional viva de sorber las diferencias en su estructura tecno-liberal democrática, nos mantenemos en la persistencia viva que insiste en el pensar que se entrega a la supervivencia de su sustracción, de su resto, conservando su diferencia sin regocijarse en el calvario de su asimilación que linda con la parsimonia de lo fétido. En la fuerza viva que sostiene la relación de una meditación que no busca su integración ni su reconocimiento, en la arremolinada fiesta caótica de seguir siendo el resto que nos han condenado a ser, pero siéndolo de un modo más originario, o con otras palabras, dentro de nuestro horizonte auténtico, en una danza propia. En relación a ello Kusch escribirá:

La necesidad de ver claro para enseñar cosas claras encierra una trampa, porque implica cancelar la potencialidad del pensamiento. Significa no comprender que cuando se piensa realmente, se lo hace en una oscura nebulosa. Pensar claro recién se da al cabo de un largo itinerario que pasa por una penosa y oscura gestación donde de nada valen los métodos. Nuestra cultura se halla aún en los planos más profundos del hombre y no ha logrado una realidad objetiva. Lo que se diga de esa cultura debe ser, por lo tanto, subjetivo hasta lindar con el caos. ¿Qué se afronta el peligro de que sólo resalta el caos? Tanto mejor. Peor sería repetir, en los viejos moldes, las perezosas mentiras que hemos cultivado sobre nuestra realidad. Sólo así, lo americano podrá ser aprehendido en las raíces mismas de nuestra vida, que es la única creadora de cultura. Uno se tira un lance a partir de un pálpito y temblando de miedo de caer en el ridículo, si tiene suerte, arriba a la pegada. Este sería más o menos el mecanismo del divino macaneo creador que nos hace tanta falta. Las raíces de todo pensamiento, lejos de estar en la razón, están en las puras emociones. (Ongaro Haelterman, C. [Pensamiento Americano UNTREF]. (22 de mayo del 2014). Claudio Ongaro Haelterman: Estética en el pensamiento de Rodolfo Kusch. Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=TI28r5LDYnE)

Quizás la investigación sea solo eso… el hecho de tirar un lance buscando un arraigo en el suelo; arraigo que se convierta en un acierto fundante, algo sagrado en donde constituirnos.



Deja un comentario