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1 Del fundamento Inconmovible

1.1. La ciudad pulcra – proyecto de luz natural

Se comenzará indagando los términos que el acápite señala. ¿Qué tipo de relación es la que se establece entre la ciudad, la pulcritud, la luz y el hombre?, ¿acaso uno de ellos puede ser entendido sin los otros? ¿No estamos arrojados ya hacia las vías del proyecto que sigue su curso de manera frenética? Verdad inicial acaecida entre los griegos, carácter prometeico destinal, el hombre (¿realmente es él?, ¿qué es él?), ha llevado a cabo hasta el éxtasis su verdad revelada. Herencia pro-gresiva, pro-positiva, pro-yectiva, pro-gramadora que se ha asumido impulso motorizador. Hemos llevado adelante -claro, ¿cómo podríamos esperar otra cosa?- la efectivización de lo real como disposición calculadora. El hombre se ha erigido incólume en su esenciar las cosas mediante la luz de su razón. ¡Ay, qué de exabruptos ha conducido su endiosada Razón!

Naturaleza racional que ha hecho del mundo proporción, objeto, número, valor, contabilización, idealización matematizante. La incertidumbre que asedia al hombre se “mide” en función de dichos criterios. Comprensión que encuentra su fundamento en su esencia determinante: ζῷον λόγον ἔχον, rasgo que la tradición interpreta en “animal racional. Allí su destino y el de toda la humanidad que conduce – o conducida- a través de la Razón, devasta la tierra. Proceso expansivo de apoteosis de la Razón: dominadora del mundo. Y el hombre, en su arrogancia infinita dominador de lo racional. Voluntad de Voluntad que se alimenta de la segregación de su propia medida. Cogito indubitable y certero que representa y produce poniendo todo en relación a sí como en frente, es decir, como objeto. El objeto en su carácter de objetualidad depende del sujeto que lo representa, y en tanto que el sujeto pensante se piensa a sí mismo “pasa a ser el primer objeto del representar ontológico” (Heidegger, 2001: 53). El mundo queda presa de la imagen representativa que lo experimenta como situado ante el sujeto, todo es puesto delante deviniendo en un enfrentamiento respecto a la conciencia que lo representa. “El hombre dispone el mundo en relación hacia sí mismo y trae aquí la naturaleza, la produce, para sí mismo” (Heidegger, 2015: 213-214).

La voluntad da la propia pauta estableciendo un orden -en el más exacto sentido- que aparta todo aquello que no puede ser apresado por la razón en su aparecerse ante ella. Propagación de la abstracción conceptual fantasmagórica de lo racional que determina, según una concepción muy curiosa del hacer salir de lo oculto: la certeza. La certidumbre de la Razón, amparada en la lógica y el progreso de las ciencias son los pilares fundamentales del camino metafísico que consolidó Occidente. El surgimiento de la Lógica como disciplina entre los griegos, y su conceptualización como ámbito de análisis del discurso, en base a argumentos racionales (lógica silogística) cimienta la constitución del Sujeto Absoluto alcanzado por Hegel en la Modernidad. Aún se pueden rastrear aquellos heraldos -perdidos- que presagiaban la soberanía de la Razón. La mirada metafísica que experimentó la tradición Occidental refiere a la profundización, prosecución y transformación de lo acaecido en los albores de la civilización griega (más precisamente el camino puesto en vías podríamos situarlo a partir de Platón).

El estado de cosas al cual estamos inscriptos y que en algún sentido forma parte de nuestra estructuración, recorre senderos que atraviesan distintos destinos epocales. Somos constituidos en ellos de un modo tan imbricado e inquietante que la dimensión de las relaciones sobre las cuales estamos entramados queda ocultas, pero aún desde ese silencio sigue operando. Con esto se quiere decir que la presentación aquí esbozada no tiene que ver con el intento de un observador de realizar una descripción como si pudiera abstenerse del cuadro al cual él también pertenece. Tampoco se conforma con restituir la añoranza inconducente que el estado fausto nos está esperando a la vuelta de la esquina para hallar una realidad más apacible. Aquí se intenta meditar con… la correspondencia del ¿con quién? dependerá del atento oír de quien escucha y quien escribe. Al puntualizar los rasgos que configuran la estancia del hombre sobre la tierra no se pretende hacer un análisis historiográfico que constate paso por paso el rumbo de su camino sobre el mundo, por el contrario se pretende poner de relieve en este apartado en particular, cómo y hasta qué punto el destino metafísico de Occidente ha decantado en nuestra desintegración latinoamericana, pero también en la errancia esencial del hombre sobre el planeta.

La profecía de la razón calculadora se disemina hasta dominar el globo entero, no queda porción geográfica que no sienta el influjo de esa mentalidad arrolladora. La naturaleza comienza a ser sometida a la cuantificación, se la disecciona en cuanto comprensión originaria para hacer de ella una extracción que permita captar hasta su última división. La materia se disuelve en el aire, mientras la abstracción empujada por los avances científicos se arroga el reino de lo real. La tan celebrada ciencia amenaza transformando todo en vórtice, ante lo cual la realität navega en el espiral arrebatado de su movimiento. “Su modo de representar [el de las ciencias exactas de la época moderna] persigue a la Naturaleza como una trama de fuerzas calculables” (Heidegger, 2001: 20) susceptible de dar: masa, volumen, peso, forma, velocidad, entre otras. Las distancias, el tiempo, la experiencia, quedan entregadas y dominadas por la teoría científica que las coloca de antemano en el plexo de las relaciones establecidas. La ciencia actúa emplazando la naturaleza en base a su solicitación y cómputo, adquiriendo su status de conocimiento en paralelo a su absoluta ignorancia. El progreso científico encarna y lleva hacia su cúspide aquel ideal ignoto de la tan esperada luminosidad, de la transparencia; sin advertir que en pos de alcanzar su tan ansiada claridad, las cosas pierden su sentido, el hombre que anhelaba capturar los fundamentos queda en la absoluta vacuidad del mundo y de sí mismo. De este modo, las sensaciones empiezan a dejar de sentirse, las letras comienzan a ser signo muerto, las flores pierden su aroma, el universo es despojado de sus atributos y todo queda reducido a mera materia almacenable y movimiento planificable, mecanizable.

La entrada de Occidente con su carga metafísica en el continente americano produce una fractura que solo podía -según el propio intelecto lo dictamina- ser armonizada mediante la Trinidad de razón, justicia y conocimiento. Es de este modo, que la marcha irrefrenable de Occidente y la tradición onto-teo-lógica comienzan a fagocitar todo aquello que quedaba de espiritual por estas tierras, a romper las vinculaciones arraigadas entre los pueblos y el territorio. La partida comenzó con la irrupción de las ciudades en América, allí se comenzó a escamotear el miedo originario poniéndose a resguardo en el aparente recinto sagrado. En aquel lugar se instauraba “un orden de razón para evitar la irracionalidad del mundo con su ira divina, sus rayos y sus truenos” (Kusch, [1962], 2007: 134), las murallas de la ciudad demarcaban los límites, expulsando de ella todo aquello que no pudiera ser controlable, manipulable, comprensible. En este sentido, se inauguró la creación de la humanidad ciudadana, pulcra, racional e iluminadora -cuando no ilustrada- negando así toda forma de religión, “por la simple razón de que toda ciudad la niega […] Ellas sustituyen la religión por la técnica, y ésta no es otra cosa que una religión venida a menos”(135). La constitución de la ciudad moderna aniquila así la pertenencia al mundo en el que habita, se desliga de él, pierde la gravitación del suelo sobre el que se sustenta. Purgando de este modo, una concepción fundamental del mundo, la ciudad se yuxtapone en su lugar. La ciudad fragmentaria pretende erigirse como totalidad, como superación definitiva de los espantos originarios, como mundo armónico al cual es necesario pertenecer.

La ciudad se construye sobre la pretensión moderna del aseguramiento, sobre el poder de creación de su segunda naturaleza, porque todo en ella se construye para siempre: la ciudad -siempre- supera al tiempo. Allí el hombre trueca la volatilidad de los espantos que la naturaleza le ofrece para convertirse en soberano de su espacio, administrando mediante la razón y su conocimiento la vía regia para el desarrollo de la vida ciudadana. Es así que el hombre se divorcia de lo inhóspito de la tierra y se encarcela en las fronteras de su reino, donde puede llevar hasta su máximo esplendor la objetivación del mundo. Fortalecido y amparado en instituciones cada vez más complejas, concretadas en prohibiciones morales y principios de conductas abstractas, el ser humano hace del mundo exterior, rival de la ciudad, instrumento de su capricho. Todo está ante él como para ser exigido, valorado: animales, ríos, montañas, bosques, etc. Quedan merced de la voluntad que díscola extrae y almacena todo lo vital sobre la faz de la tierra. Lo material se transforma en disponible, el imperio de lo técnico comienza a mostrar su rostro esencial.

La industria, la tecnificación de la naturaleza, el estado como fuerza maquinal desenvuelto bajo el signo de la ciencia y la técnica desembocaron en un proceso de matematización del mundo, fuerzas económicas rigiendo el destino de las naciones, y adquiriendo una dinámica que tiende a escapar de su mero control. Urdimbre de consumo, progreso y capital invisible que despersonaliza las estructuras de dominio y regulación. El mundo se vuelve objeto, pero el objeto a su vez se vuelve vacuo, todo es administrado en base a relaciones vacías de poder entre sujetos insustanciales, y objetos sin propiedades: la oquedad del mero intercambio. Kusch rastrea la génesis histórica de este acontecer en la evangelización cristiana y la figura del mercader con su afán de ser alguien en los límites intra-muros. Allí él se sedimenta como soberano de su terruño y se apropia de la tierra que le da sostén, reemplaza lógica y metafísicamente las fuerzas exteriores que lo sobrepasaban, e instaura dentro del ámbito ciudadano su ordenanza, instituye su Campamento[1]. Las normas y principios son fruto de su régimen: la ira del hombre. La modernidad Occidental se configura en un despunte naciente del proyecto argénteo inicial, el cogito y la certidumbre que él impone se nutren de la aspiración por el más (quantum de poder, rasgo originario de la voluntad de voluntad). La santa ciudad se sitúa como ombligo del mundo, pero ahora…

Ombligo sin mundo o mejor un mundo hecho como un inmenso atado de géneros, que llenaba un espacio originalmente vacío. Así la ira de dios fue reemplazada por la ira del hombre pulcro, un hombre que ahora era el ser parmenídeo, redondo y esférico, que proyectaba su perfección en un progreso ilimitado a base de atado de géneros. (Kusch, [1962], 2007: 143)

Y en su recinto amurallado el anhelo de salvación por medio de las quimeras de su razón.

La mecánica institucional del trabajo y la comprensión del hombre como sucedáneo, fue anquilosando la imagen dinámica de las sociedades en un constructo complejo e invertebrado de fragmentaciones técnicas, de conjuntos de emplazamientos proyectados en pos de la luminosidad de la realidad. La subjetividad moderna apoyada en sus distintos instrumentos se divorcia de aquel rastro que había quedado inerme de su impronta, y todo lo dispone de acuerdo a la medida que establece, creando así un nuevo mundo, jugando al juego divino de la creación, compite contra la naturaleza y ambiciona el más de su poder, ello amparado en su espacio habitual de los objetos, tal como Kusch lo denomina “patio de los objetos”: “el patio supone el lugar vacío donde conversamos y convivimos con los vecinos, para lo cual ponemos muebles, o sea las cosas que hemos creado para estar cómodos en el mundo. Y la ciudad crea esa posibilidad…” (152).

Félix Duque (2008) comenta en su excelso libro “Habitar la tierra“, que no hay domesticación posible si previamente no ha habido una sacralización. Revelador e indispensable aporte. Desde la entrada de Occidente en latinoamérica nunca se ha exaltado más la concepción sagrada de la “humanidad”, paralelamente a los latrocinios ejercidos sobre “ella” (figura idílica, aparte). Exterminio irreverente llevado adelante por maquinaciones congénitas a una voluntad incondicionada que irradia un dominio que se muestra superior a las meras decisiones racionales. Tendencia que muestra su faz inconducente e inconsciente. Masacres que exhiben el semblante corroído de lo que se oculta. Apariciones resplandecientes que comienzan a poner en jaque la figura del hombre completo. Decíamos, la sacralización impulsa el propio desvanecimiento de la idea del hombre: el romanticismo sostenido en resabios del espíritu medieval, se rebela contra el desprestigio del hombre y en su afán de exacerbarlo mediante determinaciones de tipo lógico-científicas-morales (antropológicas) lo hunde en lo más anodino de su vacuidad: “Por eso flota en Occidente paradójicamente la culpa de si ha defendido lo humano, o si, más bien, no lo ha perdido por el simple hecho de que lo humano fue concretado hasta el punto de exigir una definición” (Kusch, [1978], 2007: 349).

La moral como instrumento metafísico de la concepción tradicional del ser se ha institucionalizado al punto de esenciar a las culturas Occidentales en la égida del humanismo. Como tan acertadamente pronuncia Heidegger: “La humanitas del homo humanus se determina desde la perspectiva previamente establecida de una interpretación de la naturaleza, la historia, el mundo y el fundamento del mundo, esto es, de lo ente en su totalidad” (Heidegger, 2006: 23). Por tanto, detrás de toda preocupación por el humanismo, debiéramos encontrar que lo que la fundamenta previamente, es una determinación metafísica, una entidad universal y abstracta que representa cada particular, es decir, una comprensión con presunciones ónticas – ontológicas. El imperio de la moral y sus principios no hacen más que ocultar un fundamento que lo sostiene, que le da vigencia y poder; como argumentábamos, este grund es de tipo metafísico, fraguado por la comprensión del ser (“concepto” de la tradición Occidental) como voluntad de razón, de saber, de derecho, de poder. Como tal concepto, es fruto del nudo más abigarrado de la modernidad: el pensar representacional y la abstracción totalizante de la subjetividad. Pero dicha herencia destinal del pensar ha transitado las vías que nos ubican en nuestro tiempo apremiante, en el peligro más inminente, en el lugar del problema: la esencia de la técnica.

La sed de la explotación técnica ha arrasado con lo que aún se mostraba presuntuoso como lo era el hombre, ni la dádiva moral, ni su vano orgullo ha podido hacer frente al exterminio de la vieja idea de “hombre”. En las megalópolis actuales habita el fantasma del humanismo, que todo lo tiñe en nihilismo, el apesadumbrado espectro de lo cuantificable y su subjetivización -obstancia- ha hecho que del hombre quede un rostro occiso y huero de notas particulares y específicas. Restos de una llama sustraída. Mera fuerza de trabajo, mercancía despojada de cualidades. Él que se posicionaba como sujeto para un objeto, se vuelve un objeto más. Material de mediatizaciones de todo tipo: comunicación, poder, derecho, trabajo, economía, biología, etc. ¿Qué queda del “hombre” en esa trama que lo envuelve? mera nada, vaciedad solicitable para disponer como instrumento. ¡Tamaño absurdo que el hombre vacío se vea a sí mismo como completo! Tal es el modo en el que estamos estructurados por la esencia de la técnica, obturados ante su modo de hacer salir de lo oculto, nos hallamos en el páramo más lejos del origen, el hombre-máquina y con él su concepción augusta universal se encuentra provocada a la promoción de la técnica: “individuos tan narcisistas psíquicamente como mercantilmente intercambiables, tan autárquicos como sometidos a un mismo troquel mediático, tan deseosos de una estética contemplación de la naturaleza como plenamente desarraigados de la tierra natal, tan sobrados de técnicas como faltos de mitos y de historias” (Duque, 2008: 88), el desierto crece…

Pero el desierto crece de una manera muy particular, como se señalaba, el espíritu proyectivo y planificador ha hecho de la ciudad una estructura geométrica, matematizable. El pensamiento calculador ha encontrado el modo de expresión adecuado en la arquitectura y el paisajismo diseñador de las ciudades, todo se manifiesta allí como deleite del intelecto frente al milagro de sus construcciones. Vanagloria de un espíritu henchido por su propio orgullo racionalista, ideal de la imagen pura en que figura y forma se pertenecen en el entendimiento del constructor. Aquí habita el “Triunfo del Hombre, del Constructor y Ordenador, sobre la Tierra” (Duque, 2008: 93) y como tal, opuesto a las fuerzas indómitas de la naturaleza y el espacio exterior a la ciudad, allí habita el desconcierto. Pero como los estratagemas de la voluntad extractiva son elocuentes, la medida de la tierra queda olvidada y reemplazada por la absolutización de la geometría, con la cual además, se pone a la tierra y aquellos espacios inhóspitos, como espectáculos para la contemplación del ocio vacacional que permite la ciudad. Mera fantasía construida por el cálculo y la planificación que adorna adrede intentando recuperar la imagen prístina del paisaje¸ movimiento desolador del destino epocal al que pertenecemos. La extracción de la naturaleza se pone al servicio del hombre que atiborrado de poder sigue su marcha vertiginosa hasta las últimas consecuencias:

El hombre encarga la naturaleza allí donde ella no basta a su representar. El hombre produce cosas nuevas allí donde le faltan. El hombre desplaza las cosas de allí donde le molestan. El hombre oculta las cosas allí donde le distraen de sus propósitos. El hombre expone allí donde exhibe sus propios resultados y ensalza y hace propaganda de su propia empresa. (Heidegger, 2015: 214)

Tal vez ya sea demasiado tarde -siempre lo es- puede que lo que quede de mundo, solo sea su sustracción: el in-mundo, el ámbito donde la relación de la cuadratura (das geviert) no florece, se oculta ante la mirada acechante de lo técnico. Pero el camino del pensar es largo, y requiere de las torsiones que abran nuevos espacios, hacia allí nos emprendemos, en la preparación de la meditación que pregunta, que dócil y austera oye el eco de la pertenencia que guarda.

1.2. Del fundamento metafísico: La presencia constante

¿Por qué recorrer los escollos que nos conducen por la historia de Occidente?, ¿por qué no dejar atrás ese lastre y asumir nuestra historia de América?, ¿a qué se debe la insistencia en el estudio de una imposición esencial como la asumida en nuestro contexto latinoamericano? Las respuestas a estas preguntas probablemente sean diversas teniendo en consideración el enfoque interpretativo de quien las formule. Lo cierto es que en la presente investigación, se ha decidido preguntar por la tradición metafísica Occidental, porque se considera que dicha pregunta -y tantas otras más- podrán abrir las vías hacia otro pensar. Pero un pensar que no inquiere en la propia constitución del pensar esencial, podrá caer presa de su propio espejismo. Es menester, en este sentido, no desconocer que estamos articulados tanto por la historia de Occidente, como también por una historia que poco conocemos y hasta olvidamos de América. En el intersticio de esa confrontación debemos situarnos y preguntar pensando, por nuestro modo propio de comprensión. El meditar riguroso debe ser acompañado por la escucha atenta de lo que la tradición no-pensó, lo aún no pensado, que debe ser puesto en cuestión y desde allí, hallar el logos que nos permita la congregación, el lugar originario donde el estar siendo acontece en la apropiación de su verdad.

Por tanto, debemos puntualizar aquellos rasgos de la tradición metafísica que han esenciado en lo que actualmente experimentamos como la esencia de la técnica. La pregunta por antonomasia de la metafísica es por el ente en total (ὄν ῆ ὄν)[2], de él se pregunta: ¿Qué es? y ¿Cómo es? La pregunta agita todo el pensar de Occidente; se pregunta por el ente en su esencialidad, es decir, en su rasgo más íntimo, “el ente en cuanto ente”. Los esfuerzos por contestar dicha pregunta aúnan toda la tradición metafísica que inicia en los griegos y culmina en Hegel. Introducirnos en dicha cuestión excedería los límites del proyecto, lo que parece importante soslayar es la ordenación del pensamiento Occidental, y el influjo de él al que hemos asistido (y lo seguimos haciendo). Cabe entonces poner de relieve, cómo lo que señalábamos anteriormente, respecto de la prioridad de la ciencia, la lógica y la estructura racional del pensar, se reúne y se experimenta en su esplendor en el desarrollo de la metafísica. Todo ello se desprende del fundamento de lo ente y una determinada manera de anteponer su verdad. Es decir, el pensar que piensa la verdad del ente en cuanto tal en la época de los griegos se robustece en la lógica αποφαντικα (apofántica), entendida como el apego al brillo del manifestarse, del aparecer, y en torno a ello la verdad y la falsedad de lo predicable de suyo. La correspondencia entre el juicio y la cosa como ámbito de la verdad y la representabilidad del lenguaje como modo de desocultación del fenómeno, ha sido lo que ha primado durante la tradición de Occidente. Siendo de este modo, no es casual que la lógica apoyada en una fundamentación óntica (el ente en cuanto tal) se haya fortalecido en la enunciación de principios directivos que actúan de fundamento ordenador para comprender la realidad, ellos formulados por Aristóteles: Principio de no-contradicción, principio de tercero excluido, principio de identidad. Estos han construido el suelo sobre el cual se apoyaría Occidente para reflexionar sobre el ser del ente, dando a este constancia en la presencia. Es decir, la idea que en Platón se difuminaba en el mundo inteligible, con Aristóteles adquiere corporeidad, identidad. El fundamento del ente se adhiere en lo presente dando solidificación a lo pensable.

El modo primordial de entender la presencia y los principios rectores señalados por Aristóteles, dictaminaron el recorrido que Occidente realizó en el preguntar. Sustentados en una manera muy especial de comprender a los griegos, la metafísica medieval pensó el ente como el ens summum, para ello era necesario hallar el fundamento que pudiera dar crédito a la escena fulgurante que se abría en el camino. Claro que el ente que fundamenta y da fundamento a todo lo existente no fue una idea fácil de despreciar; la teología en concordancia con el apoyo de la lógica y la metafísica consolidaron una opinión dominante, tanto por el común -sano, luminoso- entendimiento, como también por la fuerza aglutinadora del ejercicio del poder.

Antes de seguir una breve aclaración: lo que aquí se intenta poner de manifiesto no es la equivocación de los filósofos que determinaron la historia del pensar Occidental, ni mucho menos sería propio de la tarea considerarlos como meros errores, lo que se intenta señalar es cómo la manera metafísica de comprender el “ser” se ha anudado en la tradición del pensamiento haciendo resplandecer determinadas relaciones y obturando otras. Aquellas que han sido obstruidas son las que son necesarias volver a hacer aparecer en el camino pensante junto con la tradición. Digamos lo siguiente, no estamos achacando la historia de la metafísica a Aristóteles por poner un ejemplo; de cierto que si volviéramos a leer a Aristóteles con una mirada más despejada podríamos encontrar preguntas que pondrían en cuestión la manera clásica en la que ha sido comprendido. Cada interpretación abre un mundo, aquí intentamos transitar por la senda lóbrega que ellos surcan.

En ese sentido, el desarrollo de la pregunta metafísica de Occidente llevó a la prioridad del ente por sobre el ser, el cual quedó olvidado y hasta entremezclado en su relación con el ente. Tal como observábamos, esta preeminencia del ente fue adquiriendo distintas posibilidades de acuerdo a la comprensión de la época. Es así que en el Medioevo lo ente quedó apresado en la idea de un ente supremo que se erigía como fundamento del mundo. El desarrollo de las ciencias y el afán de luz, condujeron al pensamiento a no aceptar nada como verdadero a menos que se presentase con los rasgos de la distinción y la claridad para el entendimiento. La exaltación de lo ente como fundamento encuentra su acabamiento en Hegel, el sujeto absoluto llega a la abstracción más acabada del saber objetivo, la totalización anhelante del espíritu que reúne el desarrollo de Occidente en el sistema. Lo presente se muestra en su carácter más manifiesto, todo se sigue de secuencias dialécticas que explican los momentos en que la razón es consciente de dicho saber. Hegel es quien arriba al pináculo del pensar Occidental identificando el ser -del ente- y el pensar en el que se recoge todo lo que es. “Se piensa el ser: el sujeto (pensante) se dedica al ser (objeto) encontrando la unidad entre los opuestos, dialécticamente (método)” (Cepeda, 2017: 64). Verdad, entonces es para Hegel, la absoluta certeza del sujeto absoluto que se sabe a sí mismo sustancia, la realidad efectiva.

En esa progresiva búsqueda del fundamento como lo ente en el sentido de la realidad efectiva y la presencia constante, se vislumbra en virtud de las indicaciones de Heidegger pero también a partir de Kusch y su estudio de las culturas precolombinas, que hay un asimiento hacia lo desvelado, lo luminoso. El hombre Occidental queda embelesado con el brillo que produce el corrimiento de lo ocultado y olvida -de la manera más empecinada- que para que haya luz tiene que haber también sombra. Pero no como una secuencia dialéctica de la cual una se seguiría de la otra, no. Lo velado y lo desvelado a una, al mismo momento, emanando en un instante de desasimiento. La donación y la sustracción en un mismo acto. Hemos quedado fascinados ante el asombro del ente como lo desocultado, y nos hemos enceguecidos ante la posibilidad laudable que para que ello se dé tiene que haber también algo que se oculta posibilitándolo. Esto es lo que los griegos conocieron como: aletheia. Aún el sentido de lo que indica esa palabra nos permanece desconocido, es en este apropiamiento que hacemos de aquello que nos conforma lo que debemos oír. No podemos permanecer ajenos al modo del proceder de lo originario, ya Heráclito decía: “θύζιρ κπύπηεζθαι θιλεῖ, el emerger (del ocultarse) otorga su favor al ocultarse” (Heidegger, 2001: 201). Si la metafísica ha quedado presa del ocultamiento del pliegue entre ente y ser, privilegiando la manifestación del ente y el carácter apofántico de la verdad de los juicios, nosotros debemos situarnos en la posibilidad de su superación, de trascender el espacio que se abre justamente allí donde el pliegue se instala. “La metafísica ha dejado las cosas suspendidas en medio del ente, sin que el ser del ente pueda jamás ser experienciado” (Heidegger, 2001: 56), pero en la época de la esencia de la técnica aún asistimos al abrazamiento ardiente de la totalidad de lo ente.

Que el misterio del preguntar sea nuestra guía, que lo cerrado que no cierra muestre que guarda lo abierto, que allí insistamos, que allí habitemos: reuniendo, coligando. Estamos siendo destino, volvamos a descubrir del mundo lo que mundea: protegiendo, preparando. ¿Cuál es nuestra medida? Lo libre: que deja-ser-estando. Avistemos la luz del eclipse y miremos de frente al peligro, solo allí nos será dado lo que nos permitirá mancomunarnos en nuestro estar-siendo.

Sumidos en el radical hundimiento de las pretensiones civilizadoras, nos hallamos ante la interpelación más acuciante: ¿Qué hacer entonces? La respuesta pretende desviar el foco de la actitud provocante y práctica del hacer. No debemos hacer nada, si entendemos el hacer como la transformación idealizante de la realidad. Insistimos, debemos pensar con y situarnos a la escucha, preparar la morada para que la verdad acaezca. Mientras tanto, ante la sombra proyectada de la tradición metafísica que todo uniforma en el comercio del cálculo representador, meditemos primero con Heidegger sobre la estancia del hombre y luego veamos cómo Kusch co-a-propia el gesto de la verdad esenciante.


  1. Héctor A. Murena en su magistral escrito “El nombre secreto o un intento de explicación de ciertos males argentinos y americanos, pasados y presentes” [1969] utiliza la figura del campamento para caracterizar la fundación de las ciudades en América, las cuales se erigieron en torno a la extracción de la riqueza, disponiendo de las utilidades de turno, de los viajantes, siempre de paso, rumbo a ningún lado, guiados únicamente por la Fiebre del Oro.
  2. “Por eso, el estudio de todas las especies de ente en cuanto ente, y el de las especies de las especies, incumbe a una ciencia genéricamente una. Ente y uno son idénticos” (Aristóteles, 2000: 219) formalización de lo que será el campo abierto para el pensar.


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