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2 Faltan nombres sagrados

Debido a la experiencia de Delos el viaje a Grecia se convirtió por primera vez en estancia, en permanencia clarificada de aquello que es aλήθεια. A saber, el ámbito del ocultar desocultante que brinda estancia a la physis, al puro abrirse, encerrado en sí, de los montes e islas, del cielo y del mar, de las plantas y animales, al abrirse en el que cada cosa aparece en su forma fuertemente troquelada y sin embargo suavemente fluctuante. En la estancia deparada así por la aλήθεια aparece también el ἔεγoν, toda hechura y construcción dispuestas por el obrar humano[énfasis agregado]. (Heidegger, 2008: 38)

Nos hemos sumergido en lo desalbergante de la esencia de lo técnico, en el reino de las comunicaciones virtualizadas que fragmentan el espacio y el tiempo hasta hacerlo añicos, en el onanismo orgiástico de los sueños de la Razón moderna encarnados en el sujeto trascendental y su coyunda con el estado-nación. Allí nos hemos avistado, aún son muchas las cosas que se nos escapan, pero hemos de dar una venida a Heidegger, él fue quién frente a tamaño frenesí ha insistido en la estancia. Heidegger es un pensador de la reunión, de la vecindad, de la congregación, de aquello que en un tiempo supo entenderse como logos, en su aspecto de legein, de juntura, pero no de cualquier tipo de juntura sino de aquella que preserva, que alberga, dejando espacio, abriendo a su través. Solo aquello que se pone delante dejándolo estar, se abroquela, se concierne, se retroalimenta en su desbrozar el campo para lo abierto, para su asentamiento y su habitar. El reunir dona de espacio el lugar, la comarca, la contrada, solo allí se habita en la pertenencia originaria. Aquella que da espacio a lo libre para que acontezca en su estar-siendo siempre preservación de lo coligante en su esenciarse: en el destinar arrojado extático que nos arriesga a la íntima pobreza del pensar que encuentra la conveniencia de lo desocultante de su hacer. Así también, los lugares son Cosas (Dingen) que en su simplicidad cosean, abren mundo. En ese entramado significativo de juegos de espejos anillantes que apropian y reflejan el acaecimiento de lo despejado, se hace patente la cercanía de la correspondencia hacia el ser que: “sólo los hombres, como mortales, alcanzan habitando el mundo como mundo. Sólo aquello del mundo que es de poca monta llegará alguna vez a ser cosa” (Heidegger, 2001: 134).

Oír la llamada del ser es estar atento a la interpelación que reclama advenimiento, mutua pertenencia que usa y necesita (brauchen) sostenimiento en la cercanía que abriga el pensar meditante. La verdad del ser exhorta respecto para con ella, pero no a la manera de sumisión, sino más bien de reciprocidad, de compromiso. El ser en tanto donación y retracción abandona al ente a su riesgo, lo desata, lo arroja soltándolo al peligro de su liberación, a su estado de abierto, a la búsqueda del camino que dé con el sentido. Pero en su corazón abierto el ser siempre reclama al hombre, y el hombre pertenece a esa escucha, su preguntar habita en el terreno de lo misterioso, aquello que da que pensar, el elemento que conduce la meditación. Experienciar la pertenencia de lo que a lo ente desecha, pero a la vez lo mantiene protegido, en torno a sí, errando esencialmente en su acogida que esencia en su destinar:

¿Qué pasaría, pues, si apenas supiésemos dónde estamos y quiénes somos?, ¿y si las respuestas habidas a la pregunta acerca de quiénes somos sólo dependiesen de la correspondiente aplicación de una respuesta dada hace tiempo, una respuesta que quizá apenas corresponde a lo que es preguntado en la aludida pregunta acerca de quiénes somos? (Heidegger, 1994: 123)

Así también el ser se abandona para que el hombre haga de él una mera representación, un ente como otros. El ser se da y se retira en la danza de la cuaternidad: en la cerrazón de lo profundo de la tierra que se muestra como impenetrable, en la abertura del cielo constelado que impertérrito ordena, en el mensaje ausente de los dioses que hace mella, en el pensar rememorante de los mortales que traza surcos en el camino aquistado. Heidegger sentencia que el espacio abierto por la comunión de los cuatro es lo que hace mundo, en el juego de ser conducidos a su esencia propia. En su esenciar, la cuaternidad coliga en lo sencillo, aquello que:

Encierra el enigma de lo que permanece y es grande. Entra de improviso en el hombre y requiere una larga maduración. En lo imperceptible de lo que es siempre lo mismo oculta su bendición. La vastedad de todo lo que ha crecido y habita los alrededores del camino, dispensa mundo. Sólo en lo no dicho de su lenguaje Dios es Dios, según dice Meister Eckhart, el viejo maestro de lecturas y de la vida. (Heidegger, 2003: 31)

Es que Heidegger nos obliga a detenernos a pensar: sólo con la lucidez de sus indicaciones es posible atisbar el armazón del pensar metafísico y su exaltación en la época moderna. Con esa capacidad sublime de adensar en el diálogo con los pensadores, Heidegger nos provee pistas que permiten meditar sobre la constitución de la subjetividad y el juego del ser -en el que nosotros, también- estamos inscriptos. ¿Acaso la influencia del pensar Occidental -Platón, Aristóteles, Kant, Hegel, Nietzsche, etc- no ha convertido la interpretación de la verdad del ser en una comprensión planetaria? El pensar metafísico ha alcanzado la cúspide en su extensión por sobre la faz de la tierra. Ella ha sobrevenido en la indiferenciación y el aspecto que hoy tan claramente experimentamos de uniformidad. El pensar metafísico ha devenido pensar calculante, legislante, representante herencia de antaño- maquínico y tecno-científico. Hoy más que nunca las redes -tamaña coincidencia- tejen su entramado por todo el globo. Asistimos y somos espectadores de la concreción de los sueños de la modernidad. La lejanía se ha suprimido, ya no hay distancias espaciales ni temporales que puedan surtir influjo, referencia[1]. Era de la tecnología ya entronizada como técnica y como logos, sustancia virtual desplegada en el cosmos, caosmos: “plexo (en alemán Inbegriff; en latín omnitudo: el espacio lógico de la divinidad racionalista) de integración creciente y consciente […] de procesos de innovación comunicacional” (Duque, 2000: 104). Presencia autorreflexiva que recoge en sí y asume toda diferencia, identidad metafísica llevada a cabo y desdoblada en su realidad efectiva.

Por eso para él es menester otro pensar, aquel que se fundamenta en la kehre, la torna, el viraje, aquel que salta sobre sí mismo para caer en el mismo punto pero originariamente (ursprung) por fuera, retornando hacia el olvido del ser se abre el camino del acaecimiento propio, se ilumina repentinamente la esencia del ser en lo despejado del inicio. La amenaza de la era de la técnica clausura la memoria, condena al olvido del ser, a su propio olvido, y a su vagar errático en medio del dominio de lo ente. El paso atrás desvela el olvido, lo desnuda, lo muestra en su rostro de lo que es tal cual es, sin máscaras, en el plexo de relaciones entreveradas. Reverberando en el asombro se trata de experienciar la estancia esencial de la historia acontecida (geschichte), para ello el hombre debe sumergirse en la presta posibilidad de correspondencia, de recordar interiorizándose en el inicio esencial, aquel que envía-sido:

Esta rememoración experiencia el acaecimiento propio único de la de-propiación del ente, en la cual se despeja la menesterosidad de la verdad del ser y de este modo también la inicialidad de la verdad, y donde se ilumina el ser humano en forma de despedida. (Heidegger, 2001: 57)

El pensar heideggerano se sitúa en ese intersticio en el que los modos del poner que reúne la Gestell son puestos en jaque, por tanto no pretende ser un pensar “activo” o “propositivo”, sino que se ubica a la escucha del ser que da señas para la meditación, en el despojo de las determinaciones, de las representaciones, en el abandono que implica la gelassenheit[2] (la serenidad), solo así podrá ser zanjado el olvido en el que la tradición metafísica ha insistido: “En la meditación recordamos e interiorizamos el ser y el modo en que éste inicialmente esencia y todavía, en tanto que inicial, esencia, sin devenir por ello en cada caso un ente del presente” (Heidegger, 1994: 127). El ser sigue esenciando en lo sido, es una manifestación de la desocultación de él, en la que este destina y arroja, nosotros preparamos la morada para su encuentro.

Con el alejamiento total del mundo que implica la era tecnológica, el tiempo y el espacio quedan suprimidos, la cercanía implosiona, todo se consume en un “aquí y ahora” fugaz y fuera de tiempo, el propio tiempo se mata a sí mismo en búsqueda de ampliar su aceleración, se disecciona, se atomiza, desaparece. Sin espacio (raum) no hay lugar para la aparición de lo sagrado:

Pero lo sacro, que es el único espacio esencial de la divinidad, que es también lo único que permite que se abra la dimensión de los dioses y el dios, sólo llega a manifestarse si previamente, y tras largos preparativos, el ser mismo se ha abierto en su claro y llega a ser experimentado en su verdad. Sólo así comienza, a partir del ser, la superación de ese desterramiento por el que no sólo los hombres, sino la esencia del hombre, vagan sin rumbo. (Heidegger, 2006: 51-52)

El espaciar que se abre en el cavilar, o en el experimentar las huellas precursoras que en el pensar poetizante advienen, son la libre donación para la preparación de la morada, de la aparición de los dioses, y su duración en torno. El claro (lichtung) otorga lugar para el habitar, el conceder lugar franquea el espacio para el acampe dentro de una frontera (horismós) “aquello a partir de donde algo comienza a ser lo que es (comienza su esencia)” (Heidegger, 2001: 114). A estos espacios pertenece el estar desocupado (Ausgespartsein), percibiendo su fragancia duradera que reserva. El conceder plaza avía la residencia que copertenece estando cada cosa en su respectivo sitio y desde donde se abre a las otras cosas. Frente a dicha situación el Da-sein se recoge a sí estableciendo una continuidad entre la extensión que es, un entre que incorpora el pendular de su nacimiento y su muerte; una duración en ese trayecto de recolección, una detención, un de-morarse, una estancia. La demora presupone la duración de las cosas; la cosa (ding) es el coligar que congrega en el vacío ondular concerniente en la permanencia de los Cuatro, abriendo espacio para el habitar de los mortales, para la perduración en la complexión esencial de las tonalidades. Estas coordenadas otorgan al habitar una constancia (habitualidad) en la que se intenta estabilizar el suelo para la estancia en la verdad del ser. Esta estancia es la única que procura la experiencia de lo estable, del apoyo, de la protección:

El termino ήθος significa estancia, lugar donde se mora. La palabra nombra el ámbito abierto donde mora el hombre. Lo abierto de su estancia deja aparecer lo que le viene reservado a la esencia del hombre y en su venida se detiene en su proximidad. La estancia del hombre contiene y preserva el advenimiento de aquello que le toca al hombre en su esencia. (Heidegger, 2006: 75)

El camino de campo (Der Feldweg) señala este recorrido del ir y venir, del aquí para allá, en el aliento del camino de campo se dispensa mundo congregando todo lo que crece a su alrededor, susurra sutilmente aquello a lo que los hombres permanecen sordos. El camino de campo es un juego de recolección que abriga la duración, todo avanza en el hálito del camino y regresa en el eco silencioso de su serenidad. El aquí y allá del camino detiene el mundo en lo Mismo, en el anillo que permanece en el resplandor de su simplicidad liberando:

Ahora el aliento del camino de campo es muy nítido. ¿Es el alma que habla? ¿Es el mundo que habla? ¿Es Dios que habla?

Todo habla de la renuncia en lo mismo. La renuncia no quita. La renuncia da. Da la fuerza inagotable de lo sencillo[énfasis agregado]. El aliento hace morar en un largo origen. (Heidegger, 2003: 45)

Declara Pizarnik (2016): “la luz es un excedente de demasiadas cosas demasiado lejanas. En extrañas cosas moro” (345). Claro, la estancia ordinaria del hombre sobre la tierra es la preparación del espacio abierto para la presentación de lo extraordinario, de la apertura al misterio que adviene ocultándose. La estancia será entonces, el pensar que conduzca a la ex-sistencia histórica, a la humanidad -semejantes condicionados por su “estar a la muerte”-, al ámbito donde brota lo salvo, en medio del peligro. Pero para ello habrá que auscultar la tachadura que abre la encrucijada de los Cuatro, allí el ser (Seyn) se despliega en la indisponibilidad tras la donación, que abandona, siempre abandona. Solo gracias a esa retracción y retirada del ser, es posible el acaecer propicio, aquel que remite, apunta, y dice -propiamente- lo Mismo. Ya el ser en la manera – ¡siempre es una manera!- acontecida históricamente por Heidegger ha sido agotado como un destino que se destina, ahora es el tiempo de encontrar nuevas referencias, nuevos nombres sagrados. Tal vez la maduración en el aliento del camino de campo nos dé una pista para encontrar una morada en lo sencillo.


  1. Heidegger agorero prorrumpe en Introducción a la metafísica [1987]: “Cuando se haya conquistado técnicamente y explotado económicamente hasta el último rincón del planeta, cuando cualquier acontecimiento en cualquier lugar se haya vuelto accesible con la rapidez que se desee, cuando se pueda ‘asistir’ simultáneamente a un atentado contra un rey de Francia y un concierto sinfónico en Tokio, cuando el tiempo ya sólo equivalga a velocidad, instantaneidad y simultaneidad y el tiempo en tanto historia haya desaparecido de cualquier ex-sistencia de todos los pueblos […] entonces, sí, todavía entonces, como un fantasma que se proyecta más allá de todas estas quimeras, se extenderá la pregunta: ¿para qué?, ¿hacia dónde?, ¿y luego qué?” (Heidegger, 2003: 42-43).
  2.  Término de difícil traducción que habitualmente se suele relacionar con la actitud de “dejadez” de desapego, de desasimiento, de abandono, etcétera, en contraposición a una actitud voluntarista y propositiva. Aunque todas estas comprensiones habría que tamizarlas ya que no se refiere a un abandono en cuanto “pasividad”; más bien se trata simultáneamente de un abrirse y un apartarse, un abandono y un involucrarse; para profundizar la riqueza semántica de la noción sería propicio hundirse en la composición que el pensador alemán explora en la conjunción del “lassen“, como también sería necesario explorar la cuestión en el marco de la relación con el maestro Eckhardt (quién emplea por vez primera el término). Todo ello tal vez resplandezcan las migajas desparramadas que germinalmente convoquen el estremecimiento extático de estar-en-el-mundo.


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