2 Los achuar y la “naturaleza”

FT: Por la década de 1970, cuando ustedes se fueron, los indígenas amazónicos llevaban un estilo de vida muy distinto al que llevan hoy en día, y en cierto modo autodeterminaban su forma de vida y su relación con la naturaleza en base a sus reglas de vida. Ahora bien, la antropología dominante en la época solía ver a los indígenas amazónicos como un apéndice de la naturaleza. Es decir que las instituciones sociales –en base a este determinismo ambiental– eran concebidas como las formas adaptativas a las limitaciones de un entorno. Por ejemplo, la guerra muchas veces fue leída como consecuencia de la carencia de proteínas para la alimentación. Usted partió entonces a hacer trabajo de campo con la idea de rebatir estos postulados teóricos del determinismo ambiental. Me gustaría saber específicamente qué tipo de datos se dedicó a registrar, con miras precisamente a discutir estas teorías del determinismo ambiental tan elementales.

 

PD: Tal vez antes de responder debo decir que hay una cosa muy llamativa que surge de la lectura de las crónicas, de todo lo que se ha escrito sobre los indios de la Amazonia antes de la aparición de la antropología –porque los indios de las tierras bajas de América del Sur ya estaban presentes en el imaginario europeo mucho antes de que la antropología profesional hiciese su aparición como disciplina a fines del siglo XIX. Cuando leemos a los cronistas franceses ubicados en la costa brasileña y a los españoles y portugueses ubicados en otros sectores, hay algo que llama la atención desde el inicio, desde las cartas de Cristóbal Colón hasta los trabajos de la escuela alemana de etnología a fines del siglo XIX, y es que a los indios de la Amazonia siempre se los presenta como un apéndice de la naturaleza, retomando la expresión que usted utilizó previamente. Es decir que desde una perspectiva positiva, son –como diría Montaigne– filósofos desnudos, que viven de los frutos que la naturaleza generosa les entrega. Y desde una óptica negativa, son bestias, salvajes o caníbales, totalmente dominados por sus instintos. Sea cual fuere la hipótesis, la idea es la misma. Es decir, se trata de seres naturales que apenas se distinguen de la naturaleza. Y la explicación que encontramos en los textos de un gran número de teóricos, hasta fines del siglo XIX, es la siguiente: no tienen instituciones sociales; son, como se decía en francés –como manifestaron los cronistas contemporáneos cuando descubrieron a los Tupinambá, en el litoral brasileño–, gente “sin fe, sin ley, sin rey”. Ninguna de las instituciones clásicas que Europa conocía se hacía visible en esas sociedades. Y, en definitiva, me dije: “Si esta calificación es tan constante, probablemente lo es porque estas personas tienen una relación muy particular con la naturaleza”. Y por esta razón dirigí mi interés hacia este aspecto en particular.

Tal como usted señalaba, es cierto que en los Estados Unidos, la escuela determinista quería en aquella época que la mayor parte de las instituciones y de las prácticas sociales fuesen totalmente delimitadas por factores ecológicos. Yo tenía bastantes dudas frente a esta postura, en particular porque en Francia hay, en geografía, desde hace mucho tiempo, una escuela posibilista –desarrollada a comienzos del siglo XX– que pone el acento en el hecho de que las limitaciones ambientales lo son solo en cierto modo. Se trata, en realidad, de posibilidades que se ofrecen a la vida social, de llevar tal o cual tipo de existencia, de utilizar tal o cual recurso, y no son limitaciones determinantes. Pero, al mismo tiempo, había que llevar adelante un análisis que permitiese invalidar estas teorías, no solo desde el punto de vista epistemológico general sino también a través de datos etnográficos y empíricos. Esto se puede hacer de manera muy simple. Los achuar ocupaban dos tipos de entornos: uno ribereño y otro interfluvial. El entorno ribereño abarcaba las costas de los grandes ríos, con particular abundancia de recursos, en especial de peces. Y también tierras muy fértiles, en las terrazas aluviales. Y además un ecosistema ribereño con pequeñas colinas, suelos muy pobres y fuentes de proteínas constituidas principalmente por animales arborícolas, como monos, aves, etc. Y en la teoría de la escuela determinista estadounidense, las instituciones que derivaban de estos dos tipos de entornos eran totalmente diferentes. Ahora bien, por un lado, pude demostrar que los achuar estaban allí instalados desde hacía mucho tiempo, que ocupaban estos dos tipos de ambientes y que no había ningún tipo de diferencia en sus instituciones en virtud del tipo de entorno que explotaban. Esta era una manera, en definitiva, de eliminar la idea del determinismo.

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Paantam en Sasaime, Amazonia ecuatoriana (1977).

Pero, particularmente, lo que pudimos demostrar con otros colegas como William Balée –un botánico estadounidense que hizo el mismo tipo de trabajo en Brasil– es que las propias técnicas de uso de la naturaleza, su agricultura itinerante de tala y quema, la agricultura bajo cubierta forestal, etc., tenían por resultado la inexistencia de una separación tajante entre el espacio hortícola –donde se cultivaba la mandioca y un gran número de otras especies– y la selva. Existía entonces una continuidad. Y, en definitiva, la selva, a su vez, había sido profundamente modificada por estos hábitos culturales y agrícolas, de modo tal que no había, en el fondo, una sociedad que hubiese caído como del cielo en un ambiente natural ya constituido en su totalidad sino un proceso de evolución conjunta que duró miles de años, entre una población humana y poblaciones no humanas. Así, la selva es de por sí, en parte, el producto de estas acciones humanas sobre la naturaleza. Por lo tanto, no había determinación sino, por el contrario, una acción humana muy presente en la definición del medioambiente que los achuar utilizaban.



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