3 Naturaleza/Cultura

¿Una dicotomía universal?

FT: Ahora bien –tal como sabemos por sus trabajos y los de otros colegas– las relaciones que un pueblo indígena mantiene con el entorno no se limitan a estas dimensiones ecológicas y económicas. De hecho, cuando usted realizó su investigación, se propuso abordar de manera simultánea las dimensiones materiales e ideales de la relación de los achuar con el entorno. Me gustaría que pudiera contar cuáles aspectos de su etnografía lo fueron conduciendo a lo que años más tarde denominó el “animismo” y al cuestionamiento de la oposición –pretendidamente universal– entre naturaleza y cultura, conocida también como la gran división.

 

PD: Sí, es una buena pregunta, porque, en el fondo, no hay un método privilegiado para descubrir este tipo de cosas. Son las circunstancias y el azar los que gobiernan la investigación etnográfica. Cuando uno vive permanentemente con la gente, cuando uno escucha todo lo que dicen –nosotros vivíamos en las casas con los achuar–, en cierto momento, cuando empezamos a comprender la lengua, hay cosas que llaman la atención. Y voy a mencionar una de ellas, que jugó un papel importante en mi manera de comprender la relación que los achuar tenían con su medioambiente, con los no humanos. En esa sociedad, antes del amanecer, las personas se reúnen alrededor de una fogata y hablan de los sueños que unos y otros tuvieron durante la noche, para decidir cuáles van a ser las actividades del día. Y, de hecho, en general, había dos tipos de sueños: sueños que se interpretaban de manera casi automática, con reglas de conversión. Por ejemplo, si soñaban que iban a pescar, que habían ido a pescar, era una buena señal para cazar. Si soñaban que habían visto un manada de pecarí, era una señal de que tal vez iban a ser atacados por enemigos. Se trataba entonces de conversiones totalmente automáticas. Y además había otros sueños muy extraños, en los que seres humanos visitaban al soñador para dejarle un mensaje. Y estos humanos, muy a menudo, eran plantas o animales. Recuerdo una mañana en la que una mujer contaba que una planta de mandioca, en realidad una jovencita, la había visitado en su sueño para intentar envenenarla. Y, en realidad, se trataba de una planta de mandioca que habían sembrado muy cerca de otra planta que sirve para envenenar a los peces. Se la pone en el agua, es una raíz que desorienta a los peces. Es una técnica de pesca. De modo que empecé a hacer preguntas. ¿Cómo es esta historia? La mujer me respondió: “Sí, porque en realidad todos piensan que las plantas de mandioca son humanos. Entonces se puede conversar con ellas, hablarles… Como se ven como humanos, nosotros las tratamos como tales. Evidentemente, eso no nos impide comerlas, por supuesto, pero son personas en gran medida como nosotros, porque tienen un alma”. La expresión utilizada localmente era “wacan”. Entonces son personas. La expresión en achuar es “aents”. Personas son todos los seres del mundo que tienen un alma con la que podemos comunicarnos. Y existe una jerarquía, por supuesto, entre estos seres. Algunos son humanos. Podemos hablar con ellos y son humanos que hablan la misma lengua que uno. Las aguas forman parte del mismo conjunto. Y esto fue, entonces, una primera sorpresa. En definitiva, la mayor parte de las plantas y de los animales eran personas con las que podíamos comunicarnos a través de los sueños.

Y una segunda sorpresa fue que me di cuenta de que los achuar entonaban, todo el tiempo, cantos mágicos destinados a las plantas y a los animales, aunque eran encantamientos mentales. Evidentemente, no se veían. Eran discursos del alma, cantos muy poéticos, por cierto, dirigidos al alma de las plantas y de los animales, pero también dirigidos al alma de humanos que se encontraban lejos. Un marido va a entonar, cuando se dirige a la guerra, por ejemplo, cantos mágicos para que su mujer no lo olvide, para que piense en él. Se trata entonces de una técnica para actuar sobre los demás.

Así, las mujeres entonaban estos cantos, mentalmente, para las plantas que cultivaban. Los hombres entonaban estos cantos, mentalmente, para los animales que cazaban. Y noté que, en definitiva, lo que había ido a estudiar –las relaciones entre una sociedad y su ambiente natural– estaba conformado por una multiplicidad de relaciones interpersonales entre humanos y no humanos, que eran relaciones de complicidad, de antagonismo, de seducción, de depredación… Y no se trataba, en absoluto, de la adaptación de una sociedad a un ambiente dado. Y en ese momento me dije que esta noción, esta oposición entre naturaleza y sociedad, que como filósofo había utilizado y que era la cosa más común para nosotros –porque, particularmente en las ciencias sociales, gracias a esta oposición entre naturaleza y cultura podemos estudiar desde una abadía medieval o una ciudad griega hasta una población amazónica, etc.–, para toda esta gente no tenía ningún significado. Y, en el fondo, ese fue el elemento disparador que motivó mi interés posterior por el tema, y que me llevó a definir, en un primer momento, lo que tenía frente a mis ojos en la comunidad achuar y en otras partes de la Amazonia.

Posteriormente, leyendo bibliografía etnográfica, comprendí que la situación que había observado no era tan diferente –aun cuando los etnógrafos no la formulaban exactamente del mismo modo–, ya que en toda la Amazonia no había un distinción clara entre naturaleza y sociedad. Por eso decidí llamar a esto “animismo”. Se trata de una noción antigua, inventada a fines del siglo XIX, que perdió un poco de crédito, pero que me parecía que ponía claramente el acento en el hecho de que, por un lado, los Amerindios de las tierras bajas consideraban que la mayoría de las plantas y de los animales tenían una vida interior análoga a la suya pero, por otro lado, las plantas y los animales, también los espíritus, tenían cuerpos que les daban acceso a mundos particulares. Esta es una idea muy interesante, en definitiva, que fue desarrollada por un gran etólogo, Jakob von Uexküll: me refiero a la idea de que un ser tiene acceso a un mundo que es la extensión de sus órganos. Así, el mundo de un pez no es el mundo de una mariposa. El mundo de una mariposa no es el mundo de un yaguareté. El mundo de un yaguareté no es el mundo de un humano. El mundo de un humano no es el mundo de un tucán o de un águila. Porque cada uno de estos seres, por sus propias capacidades biológicas, vive en mundos que son bastante específicos. Y la genialidad del animismo consiste en que, a pesar de que estos mundos son tan diversos, las diferentes especies que componen lo que nosotros vemos como un mundo único pueden comunicarse entre ellas mismas, gracias a una vivencia interior idéntica. En eso consiste el animismo.



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