1 Etnografía, etnología y antropología

Florencia Tola: Buenas tardes, Philippe, bienvenido a la Argentina. Es un placer tenerlo nuevamente por acá y poder dialogar con usted. Para empezar, querría preguntarle sobre sus ideas acerca de lo que son la antropología y la etnografía. Específicamente, me gustaría saber qué ideas tenía sobre la antropología y la etnografía antes de empezar su trabajo de campo en un pueblo indígena de la Amazonia ecuatoriana y qué ideas tuvo luego de esa experiencia.

 

Philippe Descola: La antropología es el estudio de las diversas maneras de vivir la condición humana. En el interior de este programa muy, muy general, hay diferentes enfoques, que pueden seguirse separadamente o que pueden combinarse. El punto de partida es el enfoque etnográfico, es decir, el estudio en situación, por inmersión, de larga duración, dentro de una comunidad determinada. Y esas comunidades pueden ser de naturaleza muy variada.

Estuve en la Amazonia estudiando a los Amerindios, pero tengo colegas que trabajan sobre las patrullas de policía en los suburbios, al norte de París. Y también pienso en el trabajo de Edwin Hutchins, un colega estadounidense que trabajó sobre un buque escuela de la Marina de guerra de su país. Entonces cualquier colectivo al que ingresemos por inmersión y que estudiemos durante mucho tiempo puede constituir un objeto de estudio etnográfico. La etnología es de por sí un primer nivel de generalización, en el que nos interesamos por propiedades compartidas por sociedades vecinas. En Amazonia, por ejemplo, ¿hay comunidades de prácticas de instituciones? Ese es el estudio etnológico que se hace por inferencia y generalización, a partir de casos particulares. Y la antropología, finalmente, es el estudio de las propiedades formales de la vida social. Y dichas propiedades formales, en general, son estudiadas mediante la formulación de hipótesis que se verifican a partir de los materiales etnográficos acumulados, por supuesto, por otros etnógrafos, por historiadores… Así, estos dos enfoques que se suponen completamente diferentes –etnografía, etnología por un lado y antropología por el otro–, en realidad, se acercan mucho más de lo que podríamos pensar: las preguntas que se plantea un antropólogo se las formula, esencialmente, porque las descubrió previamente en un enfoque etnográfico, estando en contacto con una determinada población, compartiendo la vida de personas que, por su manera de vivir, por sus prácticas, lo asombraron, lo sorprendieron y, finalmente, lo alentaron a desarrollar un enfoque más general. Y también, por otro lado, los materiales que utiliza un antropólogo para realizar grandes comparaciones son materiales que fueron filtrados previamente por etnógrafos y etnólogos. Entonces, hay que saber qué procedimientos se utilizaron para filtrar esos materiales. Es importante haber pasado por esa instancia personalmente.

Cuando fui a hacer trabajo de campo, tenía una formación previa como filósofo y sabía lo que era la antropología, porque había leído a los grandes antropólogos como quien fue mi maestro, Claude Lévi-Strauss, pero al mismo tiempo me fascinaba la idea de tener que estudiar localmente, en contextos delimitados, poblaciones que, en definitiva, ponían en marcha, día tras día, maneras de vivir, maneras de pensar que yo intentaba comprender. Por eso me dediqué a la antropología. La filosofía me parecía un poco abstracta. Y en lugar de tener que tratar con experiencias de pensamiento, me interesaba mucho más la idea de observar experiencias de vida que son de por sí experiencias de pensamiento, aunque no se las formule de manera reflexiva.

 

FT: Retomando su experiencia etnográfica entre los achuar, en la década de 1970 usted partió junto con Anne-Christine Taylor –su esposa, ella también antropóloga– a hacer trabajo de campo con este grupo jíbaro que por aquellos años despertaba sin duda el imaginario exotista occidental, a raíz de las famosas reducciones de cabezas. ¿Cómo fue hacer etnografía de a dos y cómo fue su experiencia inicial de trabajo de campo entre los achuar?

 

PD: La decisión de ir a vivir con el pueblo achuar nació de mi interés por la relación que existe entre una sociedad y su entorno. Y para ello me pareció útil estudiar a un grupo social que no había tenido demasiado contacto con el exterior. Entonces, si fuimos hacia los achuar, no fue por un deseo de primitivismo o de autenticidad. Simplemente sucedía que el sistema de uso de la naturaleza que este pueblo había desarrollado –por lo menos, tal como yo pensaba– tenía características que habían sido poco modificadas por influencias externas. No había trabajo asalariado, no había dinero, había pocas herramientas metálicas. Y eso lo sabía porque los etnólogos que habían estudiado a grupos jíbaros vecinos hablaban de los achuar y decían: “Sí, hay un grupo allí que se llama los achuar. Están más o menos por ahí, no sabemos exactamente dónde y no han sido objeto de indagación etnográfica alguna”.

La primera dificultad fue encontrarlos, porque nadie sabía dónde estaban. Finalmente, cuando logramos instalarnos, la experiencia etnográfica consistió esencialmente en hacernos adoptar, como si fuésemos unos niños un poco torpes –entiendo que es una experiencia etnográfica compartida por todos los etnólogos–. Una gran parte del tiempo que les dedicamos a los achuar, al comienzo, viviendo con ellos, la destinamos a hacer estudios precisamente sobre su mundo circundante, porque había una sola persona que hablaba algo de español, pero los demás, obviamente, no hablaban ni una palabra, por lo que tuvimos que aprender su lengua. Una lengua que no era extremadamente difícil, pero que tenía una estructura completamente diferente a la de otras lenguas europeas que conozco. Y esto llevó mucho tiempo.

El trabajo de campo comenzó con estudios muy concretos: medíamos las parcelas, contábamos la cantidad de plantas de mandioca que había, pesábamos lo que traían del huerto. Eran estudios un poco aburridos… Trazar los planos de las poblaciones, etc. Y, lentamente, fuimos aprendiendo su lengua. Y fue un poco como sucede con una película hablada en una lengua que desconocemos. De golpe, aparecen fragmentos de subtítulos y empezamos a entender algo, después los subtítulos se hacen más completos y finalmente, un día, uno se dice: “¡Entiendo todo lo que dicen! ¡Es maravilloso!”

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Philippe Descola en Ecuador, durante su trabajo de campo (1976).

Por otro lado, generalmente decían cosas muy banales. Pero, de todos modos, esa es evidentemente la clave para acceder: el conocimiento de la lengua es la llave de acceso. Además, es una sociedad que mantiene una división sexual de tareas muy marcada. Mi mujer, Anne-Christine Taylor, trabajaba con las mujeres y yo con los hombres. Aunque ella era muy competente porque trabajaba en la huerta, estaba en la cocina, mientras que yo era totalmente incompetente porque no soy un buen cazador. Llevé un fusil, es cierto, pero la verdad es que ellos no tenían muchas ganas de que los acompañara a cazar porque yo asustaba a los animales. Entonces intenté cumplir, lo mejor posible, mis funciones masculinas entre los achuar. Esta manera de repartirnos las tareas nos hacía lucir menos exóticos. Éramos una pareja y creo que esa era una de las razones por las que nos aceptaron, teniendo en cuenta que los primeros contactos pacíficos habían sucedido poco tiempo antes: éramos para ellos una fuente de distracción, en una sociedad en la que esto no abunda.



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