4 La ambición comparativa

FT: Me gustaría referirme brevemente a algunas cuestiones de método. Sin duda, la etnografía es el sustrato inicial que da estímulo a una reflexión antropológica de orden más general. En sus libros La selva culta y Las lanzas del crepúsculo, de algún modo se traduce esa experiencia etnográfica. Ahora bien, en Más allá de naturaleza y cultura, usted no procede por generalizaciones sucesivas de casos particulares, sino que parte de una hipótesis antropológica más amplia, más general. Me gustaría que cuente cómo es este paso entre una experiencia etnográfica como la que tuvo entre los achuar de la Amazonia ecuatoriana y su labor antropológica de mayor envergadura, plasmada en el libro Más allá de naturaleza y cultura.

 

PD: El primer tipo de comparatismo que practica un antropólogo es el comparatismo entre la situación que observa y lo que sabe del mundo del que él proviene. Y era evidente, entre los achuar, que la manera en que ellos concebían las relaciones con los no humanos era inversa a la nuestra. Es decir que nosotros pensamos –desde el siglo XVII, digamos– que los humanos forman una especie aparte, por su mundo interior, por sus capacidades subjetivas, por sus capacidades de reflexión, etc. Pero, al mismo tiempo, sabemos también, prácticamente desde esa misma época, que los humanos están gobernados por las leyes de la física y de la química y que no se distinguen, en realidad, de los demás seres del mundo desde este punto de vista. Con los achuar era exactamente al revés. Ellos decían: los humanos no son para nada singulares por sus cualidades morales, ya que las plantas y los animales se ven como humanos con los que se puede entablar una comunicación. Mientras que, en realidad, desde el punto de vista físico, cada especie vegetal, cada especie animal tiene acceso a mundos singulares y forma así una naturaleza que le es propia. Entonces, primera oposición central. Y esta oposición se basó, precisamente, en la idea de que todos los humanos pueden observar continuidades o discontinuidades entre ellos mismos y otros seres que los rodean, desde el punto de vista de las inferencias que hacen respecto del mundo interior, respecto de las dimensiones físicas. Entonces, primera oposición entre lo que llamé “animismo” y lo que llamé, para calificar nuestro propio mundo, “naturalismo”.

Pero no alcanzaba, porque era evidente que cuando leemos bibliografía etnográfica, aparecen otras fórmulas que son muy diversas, bastante diferentes de las dos ya mencionadas. Entonces, a través de la lectura etnográfica, a través del aprendizaje, a través de los seminarios de investigación y de los debates con colegas, se me ocurrió que había otras dos fórmulas posibles, al margen de las que ya cité –el naturalismo y el animismo. Y que consisten, por el contrario, en considerar que todos los seres del mundo se encuentran segmentados en bloques, dentro de los cuales se encuentran humanos y no humanos, que comparten las mismas cualidades físicas y morales. Esto es el totemismo. El totemismo australiano constituye un caso emblemático. ¿Qué es una clase totémica? Una clase en la que hay determinado grupo de humanos y no otros, con canguros, ballenas, acacias, etc. Y se supone que todos ellos tienen las mismas cualidades, es decir que son más bien rápidos o algo lentos, bastante redondeados o más angulosos. Y el nombre que va a designar al tótem se refiere a una cualidad que englobará todas esas cualidades morales y físicas, compartidas por el grupo. Algo muy curioso, muy contraintuitivo.

Y luego hay otra fórmula, que es la inversa. Todo es diferente. El mundo está compuesto por singularidades y como un mundo compuesto por singularidades es difícil de habitar, incluso es difícil de pensar, hay que poder encontrar, entre estas singularidades, relaciones de analogía, relaciones de correspondencia. Y vamos entonces a alinear de algún modo estos elementos variados, para ubicarlos en clasificaciones muy clásicas –valga la redundancia–, que conocemos tanto en el sur de los Estados Unidos como en el pensamiento chino o en las ideas renacentistas, vamos a ordenar por color, función, oficio, clase animal, etc. Y cada una de estas series, de algún modo, permitirá poner orden en un mundo extremadamente diverso. He llamado a este sistema “analogismo”, porque se basa en el razonamiento analógico, que por otro lado es universal, pero que aquí es utilizado de manera sistemática para conectar singularidades. Entonces, a lo largo del tiempo –y, evidentemente, con muchas lecturas en mi haber–, estas cuatro fórmulas finalmente se me impusieron.



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