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Prólogo

Esteban Serrani

¿Es posible crear una burguesía nacional? Y, de serlo, ¿es necesariamente deseable?

La pregunta atraviesa buena parte de la historia económica argentina. Detrás de cada proyecto de industrialización estuvo la expectativa de ampliar capacidades productivas para sostener el crecimiento económico y, al mismo tiempo, construir capacidades estatales para orientarlo y convertirlo en desarrollo. Esta pregunte remite a los factores que explicar por qué algunos países lograron construir empresas capaces de transformar su estructura productiva mientras que otros quedaron atrapados en estrategias fallidas, girando en círculos entre capitales extranjeros, burguesía nacional y estrategias rentistas rentistas o prebendarias.

Sin embargo, esta no es una pregunta exclusivamente argentina. La Francia de posguerra combinó planificación, financiamiento público y selección de sectores estratégicos para construir campeones nacionales, como Renault, EDF o Airbus. Corea del Sur siguió otro camino a partir de otorgar crédito dirigido, protección y disciplina exportadora, los cuales contribuyeron a convertir conglomerados como Samsung y Hyundai en actores globales. Alemania ofreció una variante menos dirigista, asentada en instituciones de coordinación entre empresas, bancos y sindicatos. La literatura sobre el “Estado emprendedor” mostró que incluso en Estados Unidos innovaciones decisivas descansaron sobre agencias públicas que financiaron investigación y asumieron riesgos tempranos.

En efecto, no hay una única forma de construir capacidades empresariales como tampoco hay garantía de que cualquier intervención estatal las produzca. La fórmula, molesta en sí misma, no nos permite optar entre opciones dicotómica. Esta misma puede generar capacidades productivas, pero también rentas sin inversión. Empresas competitivas pero también empresarios dependientes de privilegios. Coordinación público-privada pero también captura. Por eso la pregunta académica sobre los fundamentos de las trayectorias de desarrollo nunca reparó simplemente en determinar cuánto Estado y cuánto mercado. Segundo lamento (o el mismo de siempre): muy a nuestro pesar, la fórmula, simplemente no contiene opciones dicotómicas.

Este libro entra de lleno en esa discusión desde un sector prototípico como es el eléctrico de la posconvertibilidad. Entre 2003 y 2019 el mercado fue reorganizado a partir de que se pesificaron tarifas, se alteró el esquema de precios relativos, el Estado volvió a coordinar inversiones, financiar infraestructura y se promovió el ingreso de capitales locales. Mas tarde, se avanzó en la dirección opuesta, con dolarización, recomposición tarifaria y mayor protagonismo privado. En medio de esas transformaciones, parte del capital extranjero retrocedió y un conjunto de grupos locales encontró oportunidades de expansión.

Sin embargo, Pampa Energía, Sadesa, Genneia, Albanesi y Electroingeniería, principales animadores privados de estas transformaciones, siguiendo caminos distintos terminaron ocupando posiciones centrales. Pero, ¿qué es lo que explica que aun teniendo recorridos distintos fueron capaces de ocupar esas posiciones?.

Responder este interrogante exige abandonar dos atajos. El primer atajo a evitar consiste en imaginar empresarios que simplemente reaccionan frente a incentivos económicos. El segundo, en suponer que basta conocer quién gobierna para anticipar quién gana y quién pierde. Este libro muestra algo más incómodo: ni los empresarios saben siempre adónde los llevarán sus decisiones ni el Estado controla ex ante los resultados de sus políticas.

A preguntas clásicas, respuestas originales. Aquí reside una de sus novedades del libro. Este recupera la tradición de economía política centrada en el análisis del Estado desarrollista, pero la hace dialogar con la sociología económica. De Neil Fligstein toma las concepciones de control para comprender cómo los empresarios interpretan el mercado y delimitan estrategias posibles. De Jens Beckert, las expectativas ficticias que recuerdan que invertir es apostar sobre un futuro incierto. Con Peter Evans el problema se desplaza hacia la autonomía estatal y el enraizamiento del Estado en redes sociales y empresariales que pueden volver efectiva su intervención (como también bloquearla). Y con Robert Wade aparece una idea decisiva: los mercados no son simplemente liberados o intervenidos, sino que son gobernados mediante combinaciones concretas de reglas públicas y decisiones privadas.

A partir de esta articulación poco explorada en la literatura argentina, el libro presenta tres hallazgos sobresalientes.

El primero muestra que un mismo conjunto de incentivos no produjo una única conducta empresarial. Algunos grupos económicos compraron empresas en crisis, otros construyeron nueva capacidad productiva y otros crecieron ligados a la obra pública. Tampoco obtuvieron los mismos resultados, ya que algunas apuestas abrieron nuevas oportunidades de expansión, mientras otras encontraron rápidamente sus límites. Esta heterogeneidad muestra que las estrategias empresariales no pueden deducirse directamente del contexto y que las concepciones de control con las que los grupos interpretan el mercado y orientan sus decisiones importan para explicar tanto sus cursos de acción como sus resultados.

El segundo muestra que Estado y empresas se moldearon mutuamente. Durante la etapa de gobernar al mercado, la regulación buscó subordinar la eficiencia sectorial a objetivos macroeconómicos y distributivos, aunque la autonomía estatal no siempre estuvo acompañada por capacidades suficientes para sostener ese orden. La posterior orientación hacia conformar al mercado invirtió esas prioridades, promoviendo una mayor inversión privada, dolarizando los ingresos del sector y reduciendo la coordinación estatal, sin producir el orden estable que prometía. La trayectoria del sector revela así un proceso de co-construcción entre Estado y empresas, en donde ni el primero gobierna unilateralmente al mercado ni las segundas capturan automáticamente al Estado, y donde las regulaciones y sus resultados emergen de una relación conflictiva entre actores con recursos, poder y capacidades desiguales.

El tercero muestra que de esa interacción emergió un nuevo empresariado energético nacional. Su rasgo distintivo no fue escapar de la regulación, sino aprender a crecer dentro de ella, interpretar sus cambios, anticipar nuevas reglas, negociar con el Estado, aprovechar las oportunidades que abrían las políticas públicas e intentar influir sobre su orientación. Con el tiempo, estos grupos se convirtieron en verdaderos especialistas en mercados regulados. La posconvertibilidad consolidó así un empresariado cuyo crecimiento descansó precisamente en su capacidad para desenvolverse estratégica y políticamente en mercados en los que la acción estatal era una dimensión constitutiva de la competencia.

Entonces, ¿puede el Estado contribuir a crear una burguesía nacional? Sí. ¿Es deseable? Depende. ¿Con eso alcanza? No necesariamente. Como se muestra en el libro, el origen nacional del capital no garantiza inversión, formación de cuasi rentas de innovación ni la contribución a cumplir objetivos de política productiva afines a una estratega más amplia de desarrollo económico, mucho menos a una distribución igualitaria de esos ingresos.

Este libro abona a discutir esta hipótesis propia de los estudios sobre el capitalismo en Argentina tanto de la segunda mitad del siglo XX como en las especificidades que emergen en este siglo. Y además, nos lleva a pensar que el desafío es más exigente. Por un lado, construir una relación entre Estado y empresarios capaz de transformar apoyo político en inversión, capacidades productivas, innovación y empleo. Pero por otro lado, disciplinar las rentas que no generan desarrollo y sostener las apuestas que sí lo hacen.

En definitiva, en economías periféricas del siglo XXI la discusión decisiva no pasa por elegir entre Estado o mercado. Estas deben hacer foco en revisar qué tipo de Estado se necesita, qué forma del empresariado es deseable y para qué proyecto de desarrollo. Solo cuando esa relación logra combinar transformación productiva, crecimiento y distribución del ingreso, una burguesía nacional deja de ser apenas una elite con pasaporte argentino para convertirse en un actor central de una coalición más amplia capaz de impulsar el desarrollo nacional.

24 de agosto de 2026



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