Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

1 Los estudios sobre empresas y empresarios

Antecedentes, marco teórico
y estrategia metodológica

Introducción

El estudio sobre la acción empresaria, la conformación de estrategias corporativas y la relación entre empresas y Estado se configuró históricamente como un campo de análisis de la teoría económica. Esta situación comenzó a cambiar a fines de la década de 1970 y principalmente durante la década de 1980, a partir de la entrada de autores que abrevaron en otras disciplinas de las Ciencias Sociales y vinieron a ofrecer nuevas miradas y lecturas sobre los fenómenos económicos anteriormente mencionados.

En este capítulo daremos cuenta de algunas de estas discusiones en vías de construir nuestro marco teórico, partiendo principalmente de los aportes efectuados por la nueva sociología económica, con aportes de la sociología del desarrollo y la economía política.

La presentación de los conceptos que componen nuestro marco teórico se realizará a partir de mostrar un contrapunto con la propuesta de la teoría neoclásica. Daremos cuenta también de los matices introducidos por sus críticos dentro de esta corriente como fueron la teoría de los costos de transacción y la nueva economía institucional, con su modelo de racionalidad limitada, así como el evolucionismo, que destaca la importancia de procesos como rutina y aprendizaje para pensar la acción económica.

El capítulo se organiza de la siguiente forma: en primer lugar se presenta cómo se ha elaborado la agenda de investigación sobre grupos económicos. En segundo lugar, se introducen los conceptos de estrategia empresarial y concepciones de control incorporando los debates con distintas corrientes de la economía, lo que nos permite posteriormente presentar un concepto de acción económica como una forma de acción social. Retomando las críticas de la teoría de los costos de transacción y la Nueva Economía Institucional al enfoque neoclásico se presentan los aportes de la nueva sociología económica y la sociología del desarrollo para analizar la conformación de los mercados. Finalmente se introducen las diversas interpretaciones sobre el rol de los grupos económicos en América Latina y Argentina, señalando las vacancias en la literatura y ofreciendo una pregunta de investigación. Esta se acompaña de la exposición de la estrategia metodológica a seguir.

Los grupos económicos en la agenda de investigación

La destacada relevancia que los grupos económicos han tenido en los procesos de desarrollo económico de los países emergentes, principalmente asiáticos y latinoamericanos, ha suscitado el interés de una variada gama de investigaciones provenientes de diversas disciplinas de las Ciencias Sociales.[1] Señalados tanto como parte del problema como de la solución, su persistencia como forma de organización empresarial en diversos lugares del mundo que desafía el modelo clásico propio de las empresas anglosajonas, ha motivado reflexiones que buscan preguntarse cómo los grupos económicos emergen, crecen, se transforman, desaparecen y continúan incidiendo tanto local como internacionalmente. Las preguntas que los involucran indagan acerca de la estructura del grupo y sus estrategias productivas –diversificación, conglomeración, integración vertical–, las formas de propiedad y control –organización jerárquica, nivel de control familiar– y su vínculo con el Estado y las instituciones (Colpan y Hikino, 2010).[2]

Los trabajos pioneros de los economistas del desarrollo dieron cuenta de la pluralidad de actores económicos en los procesos de industrialización tardía (Gerschenkron, 1979) y el rol ocupado por los grupos económicos en sustituir las fallas de mercados como el de trabajo y de capital, o reducir los costos de transacción (Khanna y Palepu, 1997; Leff, 1978, 1979). Para los autores, en tanto los grupos surgen por diferentes razones y en diferentes contextos que es preciso analizar, no existe evidencia concluyente acerca de si favorecen o no al desarrollo y la creación de riqueza. Pueden ser tanto actores que contribuyan a compensar el subdesarrollo económico reemplazando a otras instituciones como a perjudicarlo debido a la búsqueda de rentas y su poder monopólico.

Desde una perspectiva basada en los recursos, resource-based view, Guillén (2000) sostuvo que el surgimiento de grupos económicos en economías emergentes es producto de condiciones asimétricas de comercio e inversión, que les permite a los propietarios y gerentes de los grupos ingresar repetidamente en nuevas industrias. Esta capacidad de entrada en nuevos sectores consiste en habilidades genéricas, no vinculadas a ningún sector en particular sino incorporadas en propietarios, directivos y gerentes, que les permiten realizar estudios de factibilidad, obtener licencias del Estado, obtener tecnologías y conocimientos técnicos extranjeros o establecer canales de abastecimiento y distribución.

La literatura financiera y sobre gestión empresarial (Almeida y Wolfenzon, 2006; Morck, 2010; Morck et al., 2005), se enfocó en estudiar los grupos económicos organizados de forma piramidal: una familia controla la empresa familiar y ejerce el bloque de control sobre un primer nivel de empresas que cotizan en bolsa, las cuales a su vez controlan a otras subsidiarias también bajo cotización. El resto de las acciones son ofrecidas a accionistas minoritarios. El efecto de este accionar conlleva a la concentración del poder económico y puede producir opacidad sobre quiénes son los accionistas en última instancia. Además, se ha señalado que el poder acumulado por sus accionistas mayoritarios, sobre todo familias, les permite, por medio de la tenencia de acciones clase A (con derecho a voto) canalizar beneficios –corporate tunnelling– en detrimento de los accionistas minoritarios, propietarios de acciones clase B (sin derecho a voto). Sin embargo, la literatura citada también señala que este tipo de grupos económicos puede sustituir a instituciones débiles como los mercados de capitales durante los procesos de industrialización.

Desde una mirada anclada en la economía política, Schneider (2009, 2010, 2013) cuestiona que trabajos como los anteriormente citados no incorporan o le otorgan baja relevancia en sus análisis a la política y el Estado. Para el autor, no se puede comprender el tamaño, el grado de diversificación y la reacción por parte de los grupos económicos ante cambios políticos y económicos, sin comenzar por indagar cómo las acciones del Estado favorecen o inhiben, tanto voluntaria como involuntariamente, el crecimiento de estas organizaciones. Esto puede incluir políticas de promoción que discriminan a favor de capitales locales frente a extranjeros o que empujan a la diversificación en nuevas actividades mediante las privatizaciones, así como regulaciones sobre fusiones y adquisiciones. Pero también cierto accionar involuntario como una aplicación débil de la ley o la inestabilidad política pueden forzar a la gestación de grupos económicos.

De acuerdo con Schneider, la preeminencia y resiliencia de estas organizaciones en América Latina, así como la complementariedad desarrollada con las empresas multinacionales, dio lugar a una variedad de capitalismo que no encaja en los dos tipos ideales elaborados por Hall y Soskice (2001): economías de mercado liberales o economías de mercado coordinadas. Schneider propone en su lugar el tipo ideal de economía de mercado jerárquica cuyas cuatro características son: presencia de grupos económicos y multinacionales, relaciones de trabajo atomizadas y bajas habilidades laborales.[3]

El énfasis dado en la incorporación al análisis de los grupos económicos del Estado y la política también podemos encontrarlo en los autores vinculados a la sociología del desarrollo y a la nueva sociología económica. Dentro del primer grupo se destacan los aportes de Amsden (1992, 2001), Chibber (2005, 2006), Evans (1995), Evans y Block (2007), Kohli (2004, 2007) y Wade (2004, 2018), quienes sostienen que el éxito o el fracaso en los procesos de desarrollo de los países de industrialización tardía se encuentra estrechamente vinculado a las características y la eficacia de la intervención estatal.

La conformación de los Estados denominados “desarrollistas” se caracterizó por fomentar perspectivas empresariales de largo plazo en las elites, el carácter selectivo de sus intervenciones y el reclutamiento meritocrático de sus integrantes, lo que permitió crear una burocracia cohesionada y enraizada que combinó aislamiento burocrático e inmersión en la estructura social. El eje explicativo para dar cuenta de la posibilidad de instalación de un Estado desarrollista está mediado por el vínculo entre este y los grupos económicos diversificados, o en términos más generales por la orientación de la clase empresarial hacia el Estado. La sociología del desarrollo busca discutir tanto la idea del mainstream económico acerca de una única racionalidad económica destinada a la maximización de beneficios, sosteniendo que la misma no puede encontrarse por fuera de los marcos estatales y las relaciones sociales dentro de las que se encuentran, así como el lugar asignado a las instituciones, en especial el Estado, en la conformación del mercado y la acción empresaria (Serrani, 2012a).

En tanto son los grupos económicos y no las empresas extranjeras los actores que han liderado el desarrollo en los países del este asiático, Amsden (2009) y Amsden y Hikino (1994) indagan en cuáles han sido las singularidades históricas de estas organizaciones cuestionando las explicaciones basadas en fallos de mercado (Leff, 1978), los costos de transacción (Williamson, 1981) o la generalización del modelo de gran empresa con múltiples divisiones (Chandler et al., 1997; Chandler y Hikino, 1990). Para los autores, los grupos económicos se caracterizaron por mayores grados de diversificación y coordinación que las grandes empresas de los países centrales. En tanto los grupos se encuentran imposibilitados de seguir la trayectoria de estas empresas –crecimiento en una línea productiva y diversificación hacia otras relacionadas–, efectuaron una diversificación oportunista y tecnológicamente no relacionada.[4] Su crecimiento tuvo como eje una transformación basada en el aprendizaje o el préstamo de tecnología extranjera ya comercializada en mercados internacionales altamente articulados. Esto fue financiado mediante endeudamiento extranjero con garantías de crédito y subvenciones del gobierno, lo que les permitió crecer a gran velocidad, con elevados índices de endeudamiento, pero manteniendo la estructura de propiedad familiar.

La nueva sociología económica también cuestiona la mirada que desde la economía se tiene sobre el surgimiento y expansión de los grupos económicos, en tanto para estas teorías, el entorno aparece solamente como un factor restrictivo de fondo. El punto de partida de la sociología económica fue la crítica al marco teórico de la economía neoclásica, cambiando el foco de análisis de los individuos a los grupos sociales e instituciones, y diferenciándose en el concepto de acción económica, su alcance y constreñimiento (Smelser y Swedberg, 2005). El enfoque buscó ir más allá de la incrustación institucional y los acuerdos sociales que conllevan la existencia del mercado, y se propuso abrir la caja negra del intercambio, la competencia y la producción (Fligstein y Dauter, 2007). La acción económica es explicada a partir de cuatro comportamientos sociales: instituciones, redes, poder y cognición. Los actores se comportan de acuerdo con esquema vinculados a roles sociales definidos como convenciones –nivel colectivo– y esquemas cognitivos –nivel individual–. Las convenciones y esquema se encuadran bajo marcos institucionales más amplios. El cambio es producido cuando las convenciones que hacen posible la acción se ven cuestionadas, dando lugar a una disputa por cuál convención alternativa se impondrá. La victoria de una u otra dependerá del poder y las redes pero también de un marco cultural y cognitivo que le otorgue sentido (Dobbin, 2021).

Bajo esta perspectiva de análisis, se enfatiza la imprecisión de la relación entre las acciones de las empresas y sus resultados, en los términos propuestos por los modelos económicos, donde la misma se presenta como automática e instantánea. El vínculo entre acción y resultado también es cuestionado en el sentido de que los managers no pueden identificar de manera confiable las relaciones que producen los resultados que observan, siendo incapaces de generar las respuestas apropiadas: “la complejidad de los eventos en las grandes empresas hace que la asignación de las causas a los mismos sea extremadamente problemática, incluso imposible” (Fligstein y Dauber, 1989, p. 83, traducción propia).

Los enfoques sociológicos destacan las dificultades del cambio organizacional, el rol jugado por el poder en el mantenimiento o cambio de las formas organizativas y la necesidad de definir el entorno (Fligstein y Dauber, 1989). Enfatizan también la centralidad del Estado y sus intervenciones en la creación y mantenimiento de los mercados a partir de organizar los derechos de propiedad y las reglas del intercambio. El contenido de tales normas y acuerdos de funcionamiento reflejan el poder relativo los funcionarios del Estado, las empresas y los trabajadores en el momento de su formación.

Esta perspectiva nos brinda una primera definición del grupo económico al entenderlo como “como el conjunto de empresas legalmente independientes ligadas por persistentes lazos que pueden ser tanto formales como informales” (Granovetter, 2010, p. 429, traducción propia). Los grupos se ubican, por lo tanto, en el medio entre dos tipos de organizaciones: las empresas vinculadas exclusivamente por alianzas estratégicas de corto plazo y aquellas consolidadas como una única entidad. Si bien existe una amplia variedad de formas organizativas y las empresas que integran un grupo son legalmente independientes, muchas de ellas tienen un propietario en común. Esta propiedad puede mantenerse directamente por los accionistas o por intermedio de otras compañías que controlen acciones de estas.

De aquí se desprenden dos dimensiones que nos permitirán abordar el estudio de estas organizaciones. La primera, de carácter interna, remite a las concepciones de control, lo que brinda el encuadre para el accionar del grupo, su estructura de autoridad y organización. La segunda, se refiere al vínculo con el Estado y cómo este crea, organiza y regula los mercados en los cuales los grupos se encuentran insertos.

Estrategias empresariales y concepciones de control

El estudio de las estrategias empresariales ha involucrado diferentes perspectivas teóricas desde aquellas vinculadas a las escuelas de negocio y administración hasta la teoría económica y los enfoques críticos de la nueva sociología económica. Los manuales de management nos brindan un primer acercamiento al concepto, entendiéndolo como:

El patrón de decisiones de una empresa que determina y revela sus objetivos, propósitos o metas, produce las principales políticas y planes para lograr esos objetivos, y define la gama de negocios que la empresa va a perseguir, el tipo de organización económica y humana que es o pretende ser, y la naturaleza de la contribución económica y no económica que pretende hacer a sus accionistas, empleados, clientes y comunidades. (Andrews, 1997, p. 52, traducción propia)

Esta perspectiva teórica considera no solo las estrategias como la definición de objetivos a largo plazo, sino que sitúa a los directivos en el centro de la escena como los responsables de esa conducción estratégica. De acuerdo con esta mirada, elaborada principalmente por el historiador de la empresa Alfred Chandler, existe asimetría de información acerca de mercados, tecnologías, formas de producción entre los directivos asalariados con escasa participación en el capital de la firma y los accionistas de la firma (Chandler, 1962). En esta lectura “heroica” sobre cómo funcionan las empresas (Fligstein, 2021), los altos directivos desarrollan capacidades de aprendizaje y conocimiento que le permite a las grandes empresas de capital intensivo enfrentar decisiones críticas de inversión, minimizar riesgo, y crecer (Hikino, 1997). Así, se desarrolla un círculo virtuoso entre la inversión en capital físico y las capacidades humanas y organizacionales para explotar las economías de escala, lo que impacta en la productividad y el desarrollo tecnológico. Para esta perspectiva teórica, el crecimiento de la gran empresa se convierte en motor de progreso para la sociedad (Chandler, 1996; Chandler y Hikino, 1997).

Desde las propias escuelas de negocios se elaboró una perspectiva contrapuesta conocida como la teoría de la agencia (Eisenhardt, 1989; Jensen, 1983; Pepper y Gore, 2015). Si en el primer caso los directivos eran la clave del éxito empresarial, de la expansión hacia otros mercados y del desarrollo tecnológico, según la teoría de la agencia, los directivos pasan a ser la causa de la caída en la rentabilidad de las compañías. Esto se debe a que ya no se preocupan por maximizar la rentabilidad, sino que buscan el crecimiento a largo plazo de las empresas, lo que permite maximizar sus ingresos en tanto asalariados y su prestigio personal y empresarial. El problema surge en tanto existe un principal (accionistas) y un agente (directivos) con asimetría de información donde el segundo no está actuando de acuerdo con el interés del primero.

De los costos de transacción al evolucionismo

La teoría de los costos de transacción y posteriormente el evolucionismo vinieron a ofrecer una mirada alternativa sobre las organizaciones empresariales, su accionar y estrategias. El punto de partida fue la crítica a la teoría neoclásica reponiendo el lugar de la empresa en el capitalismo moderno como forma de organización dominante. La teoría neoclásica no se preocupa por el gobierno corporativo en tanto la empresa se conceptualiza como una función de producción que posee información completa y opera en mercados competitivos. Cuestiones como las estrategias de diversificación o integración vertical, o la formación de oligopolios pasan a ser considerados mecanismos que socaban la competencia (Caves, 1989; G. J. Stigler, 1993).

En contraposición, la teoría de los costos de transacción (Coase, 1937; Williamson, 1981, 1988) sostiene que las empresas deben su existencia a la internalización de procesos que, en caso de ser realizados en el mercado, tendrían un precio mayor. Las empresas se desarrollan porque se convierten en mecanismos más eficaces que el mercado, generando una coordinación más eficiente que el sistema de precios. La teoría está construida sobre dos supuestos principales: existe racionalidad limitada por parte de los agentes económicos, lo cual aumenta los costos de transacción y hace difícil predecir resultados futuros, y algunos agentes pueden comportarse de forma oportunista, lo que hace necesario controlar las malas prácticas aumentando el costo de la gobernanza empresarial.[5]

La otra vertiente crítica desde la economía surgió del evolucionismo. Los autores de esta corriente recurren a la biología para realizar su abordaje conceptual pivoteando sobre tres conceptos centrales: competencia, aprendizaje y rutina (Nelson y Winter, 2002). La firma pasa a ser entendida como un nodo de competencias organizacionales coordinados por rutinas, en tanto patrones de conducta regulares que fundan su comportamiento. Las rutinas son producto de procesos de aprendizaje que dan lugar a respuestas casi automáticas. Las mismas configuran la memoria organizacional que orienta la toma de decisiones de las empresas. Los agentes no están dotados de ninguna racionalidad a priori, sino que su comportamiento es un proceso, resultado del aprendizaje realizado. El cambio de las rutinas se da lentamente a lo largo del tiempo. La persistencia de las rutinas no solo se debe a una resistencia al cambio, sino también a problemas vinculados a los costos de acceder y almacenar conocimiento. De esta forma, estamos frente a actores heterogéneos, con competencias y creencias diversas, actuando en contextos de incertidumbre y, por ende, con dificultades para definir cuál es el comportamiento racional que permite la maximización (López, 1996). Uno de los dilemas centrales a los que se enfrentan las empresas es entre aprendizaje y adaptación, “la disyuntiva de explorar nuevas oportunidades con un alto grado de incertidumbre, pero muy rentables en caso de éxito innovador, o explotar los conocimientos existentes mejorando y modificando lo que ya se conoce” (Dosi y Malerba, 1996, p. 6, traducción propia).

Los autores de esta corriente enfocados en contribuir a desarrollar una teoría de la firma cuestionan también a la literatura anteriormente reseñada sobre los alcances de las estrategias empresariales.[6] Frente a las consideraciones de las estrategias como grandes planes y generalizaciones, el evolucionismo plantea que la complejidad, la incertidumbre y el cambio llevan a considerar estos cursos de acción de forma más acotada. Además, en tanto las empresas difieren en sus capacidad para movilizar recursos y estructura organizativas es preciso considerar cada firma en su especificidad. Por lo tanto, las capacidades organizativas y tecnológicas de la empresa como una entidad colectiva pasan a ser más relevantes que las estrategias elaboradas por gerentes y directivos (S. Costa et al., 2023; Helfat y Winter, 2011).

El abordaje de la nueva sociología económica

Dentro de las perspectivas criticas encontramos a la nueva sociología económica, la cual no solo va a cuestionar los postulados neoclásicos sino también el marco teórico referenciado en Alfred Chandler y el rol de los directivos en las grandes empresas. Los señalamientos parten en dos direcciones: en primer lugar no consideraron el efecto del accionar estatal sobre las empresas, y en segundo lugar, se toma como un dato la construcción de las estrategias y líneas de acción de las empresas, sin cuestionarse el proceso por el cual estas son dotadas de legitimidad y compartida por los diferentes actores (DiMaggio y Powell, 1983; Dobbin, 1994; Fligstein, 2021).

Nos encontramos entonces con que es necesario ir más allá de entender que el mercado y la lógica de la producción condicionan exclusivamente las estrategias y el accionar de las empresas. En este sentido, en la definición de las estrategias empresariales es necesario tener en cuenta el vínculo entre aspectos políticos y económicos. Fligstein (1996) propone indagar en esta relación a partir de entender que hay dos tipos de estrategias elaboradas por las empresas: por un lado, aquellas económicas, destinadas a cooperar con sus competidores estableciendo controles de precios, creando barreras para la entrada de otras firmas, limitando la producción, o llevando adelante procesos de integración o diversificación; por otro lado, las estrategias políticas, que conllevan la intervención estatal y el establecimiento de determinadas regulaciones que reflejan a menudo los intereses organizados de un conjunto de empresas , cuyas acciones están destinadas a garantizar la supervivencia de la firma en dicho mercado. Desde esta perspectiva, “ningún actor puede determinar qué comportamientos maximizarán las ganancias (ya sea a priori o post hoc) y, por lo tanto, la acción está dirigida hacia la creación de mundos estables” (Fligstein, 1996, p. 659, traducción propia). Aunque los intentos de generar estabilidad no son siempre exitosos, eso no implica que las empresas dejen de intentarlo.

Este enfoque también lo podemos observar en el análisis que realiza Granovetter (2005) de los grupos económicos, para quien al indagar sobre el accionar empresario es preciso considerar las fuentes de solidaridad al interior del grupo, las formas de propiedad, la estructura de autoridad y toma de decisiones, el vínculo con las instituciones financieras y la relación con el Estado, ya que:

Una comprensión clara de cómo funcionan los grupos económicos requiere un abordaje más amplio. Especialmente a partir del hecho de que son familias las que dominan los grupos económicos en la mayoría de los países, nuestro análisis de cómo operan tiene que considerar en un solo marco tanto sus metas económicas como las no económicas (Granovetter, 2005, p. 442, traducción propia).

Siguiendo esta propuesta, Acuña (1994) sostiene que, si bien los factores estructurales fijan los límites dentro de los cuales las empresas toman sus decisiones de inversión y realizan sus intereses, no definen las estrategias de los actores y sus movimientos específicos. Así, “los límites estructural-económicos nos permiten comprender por qué los capitalistas no actuaron de manera a o b, pero no permiten explicar por qué lo hicieron de manera c o d” (Acuña, 1994, p. 61). El autor agrega que la lógica de mercado no es previa a las instituciones políticas, sino que las acciones del Estado, de otros actores, de las instituciones y las reglamentaciones del gobierno, son factores que co-constituyen al mercado. Por lo tanto, un análisis de las estrategias empresariales conlleva indagar tanto la articulación de lo estructural con lo político institucional, como de lo ideológico, en tanto dichas estrategias dependen también de la percepción de los límites de factibilidad en la persecución de diferentes objetivos.

En este sentido, Babic et al. (2022), Culpepper (2011, 2015), Fairfield (2015) y Fuchs y Lederer (2007), aportan herramientas a la hora de pensar la implementación de las estrategias empresariales al incorporar la pregunta acerca de cómo opera el poder corporativo. Los autores realizan una distinción típico-ideal entre el poder instrumental y el poder estructural. El primero es entendido como la capacidad para llevar adelante acciones políticas deliberadas, como el lobby, el financiamiento de campañas electorales o la participación en el diseño de políticas públicas, para incidir sobre las decisiones y regulaciones formuladas desde el Estado. Se construye a partir de diversas relaciones entre empresarios y políticos: los vínculos partidarios, la consulta institucionalizada (consulta del Ejecutivo a asociaciones empresariales), el reclutamiento (participación directa de las elites en la formulación de políticas) y los lazos informales (más débiles y contingentes que el reclutamiento y dependientes de las características del entorno institucional).[7] El poder estructural, por el contrario, no requiere organización o capacidad política para expresarse en tanto son las empresas quienes deciden sobre la (des)inversión, los precios y el empleo, afectando de esta manera al bienestar de la sociedad y el Estado, cuya dependencia es estructural. Para algunos de estos autores, el poder estructural es operacionalizado como una amenaza de desinversión, una señal que condiciona las políticas públicas. Sin embargo, su capacidad de condicionar puede verse limitada por diversos factores: desde la percepción de los funcionarios que diseñan las políticas acerca de esa amenaza difusa de desinversión hasta cuestiones que restrinjan el accionar del Estado como las crisis económicas o las guerras, o, en sentido inverso, la disponibilidad de fuentes de financiamiento –captura de renta– que aumentan el poder relativo del Estado (Acuña, 1994). Todo lo cual contribuye a matizar el concepto de poder estructural, quitándole sus rasgos funcionalistas y ex post, apuntalando de esta manera una perspectiva de carácter relacional (Viguera, 1998).

Por lo tanto, las estrategias y la acción empresaria necesitan atender a toda una serie de cuestiones ausentes en la mayoría de los enfoques de la teoría económica, focalizados en las empresas como agentes maximizadores de información completa y racionalidad perfecta, pero con dificultades para dar cuenta de procesos como la diversificación o la integración vertical. El análisis de las estrategias empresariales debe poner el foco tanto en el tipo de inserción sectorial desplegado por las empresas como la relación establecida entre las estrategias de inversión, de carácter microeconómico, y la intervención en el sistema político, o estrategias políticas. Esto supone considerar que la implementación de una estrategia empresarial es un proceso complejo que conlleva una particular lectura de la situación de la empresa y una proyección a mediano plazo de esta, identificando oportunidades y peligros de acuerdo con los recursos con los que cuenta donde los cursos de acción elegidos no pueden desprenderse del contexto en el que fueron producidos (Whitley, 2004).

La puesta en marcha de determinada estrategia empresarial seguida por un grupo económico conlleva, por ende, preguntarse sobre el propio proceso de gestación y elaboración de dicho curso de acción. Se trata en primer lugar de definir la lucha de poder interna por quién controla la organización, cómo se organiza y cómo se analizan las diferentes situación a las que tiene que hacer frente (White, 1992). Quienes se imponen logran desarrollar una mirada convincente sobre cómo hacer que funcione la empresa y de qué forma interactuar con otros competidores. Se despliega de esta manera una particular concepción de control corporativo, un marco interpretativo que estructura las percepciones sobre el funcionamiento del mercado y permite justificar acciones frente a otros (Fligstein, 2002).

El concepto es heredero de Goffman (2006), para quien los marcos interpretativos o marcos de referencia convierten:

en algo que tiene sentido lo que de otra manera sería un aspecto sin sentido de la escena […] Cualquiera que sea su grado de organización, todo marco de referencia primario permite a su usuario situar, percibir, identificar y etiquetar un número aparentemente infinito de sucesos concretos definidos en sus términos. Probablemente él no sea consciente de los rasgos organizados que tiene el marco de referencia, ni sea capaz de describir, con todo detalle, si se le pregunta, el marco de referencia, pero estos obstáculos no le impiden aplicarlo fácilmente y por entero (Goffman, 2006, p. 23).

De esta forma, los directivos que elaboran las estrategias interpretan sus ámbitos organizativos y generan respuestas, basadas en dichas lecturas, donde estas se presentan como las únicas posibles. Las líneas de acción están determinadas, por lo tanto, por una visión del mundo de carácter totalizador que significan esfuerzos por controlar los entornos internos y externos de una empresa o grupo y por un conjunto de expectativas ficticias –socialmente construidas– sobre los resultados futuros de las propias acciones (Beckert, 2016; Fligstein, 2021).[8]

Por lo tanto, las estrategias empresariales antes que la expresión de intereses rígidos que no pueden ser definidos a priori, están enmarcadas dentro de diferentes concepciones de control que estrechan el margen de lo considerado razonable, dotando de sentido a interés y objetivos (Beltrán, 2012).[9] Si la acción económica está enraizada en contextos más amplios, resulta clave definir como se constituyen esos ámbitos económicos, políticos y culturales que condicionan, moldean y limitan las estrategias empresariales y dan lugar a formas específicas de organización empresarial (Perrow, 2005).

El concepto de concepciones de control introduce a la vez la cuestión de la lucha por el poder al interior de las organizaciones acerca de qué mirada prevalecerá y cómo esto impactará en las estrategias a implementar. Directivos y accionistas con trayectorias laborales y educativas diferentes, pensarán sobre el mundo de forma disímil, dando lugar a cursos de acción distintos. Las estrategias por implementar y la estructura organizacional serán coherentes con la perspectiva que haya triunfado. Incluso, una misma estrategia tendrá significados diferentes de acuerdo con la concepción de control imperante (Fligstein, 1990).

Finalmente, la implementación de una estrategia económica y política particular bajo determinada concepción de control va a dar lugar a una forma particular de grupo económico. En este sentido, es posible identificar, en términos típico-ideales tres tipos de grupos económicos: orgánicos, de cartera y políticamente inducidos (Schneider, 2010).

Los grupos orgánicos están basados en la explotación de un conjunto de bienes, verticalmente integrados y con una fuerte sinergia organizacional buscando aprovechar las economías de escala. Las nuevas inversiones que llevan adelante suelen ser del tipo greenfield mientras la diversificación suele producirse en el largo plazo y de forma secuencial.

Por su parte, los grupos de cartera se focalizan en la adquisición y venta de empresas en tanto activos financieros, centralmente en sectores o países volátiles, por lo que sus estrategias están más destinadas a la compra de empresas que a su constitución. En tanto estas adquisiciones se suelen realizar en sectores completamente desvinculados del core business del grupo, el mismo presenta una baja integración en su gestión. En esta concepción las empresas del grupo se evalúan como un conjunto de activos que deben alcanzar determinada rentabilidad, caso contrario se produce la desinversión. Prevalece aquí una idea de las fusiones y adquisiciones como parte de la gestión del riesgo y suelen originarse en el sector bancario o a partir de la conformación de un pool de inversores provenientes del sector financiero (Behuria, 2022). En algunos casos, dependiendo las características de los países y mercados insertos, los objetivos perseguidos se encuadran bajo la idea de maximizar el valor para el accionista –maximizing shareholder value– por medio del incremento en la cotización bursátil de las empresas controladas (Lazonick y O’sullivan, 2000; Lazonick y Shin, 2020; Tulum et al., 2023).[10] [11]

Por último, los grupos políticamente inducidos surgen al calor de los incentivos gubernamentales, que pueden incluir desde la promoción industrial hasta la privatización de empresas públicas. Dentro de esta última categoría, Schneider también ubica a los grupos patrimoniales, entendidos como aquellos que surgen principalmente bajo gobiernos dictatoriales y donde desde el propio Estado se define la estructura del grupo a partir de concesiones a familiares, amigos y seguidores. La inserción sectorial depende de las rentas creadas por el gobierno antes que cualquier lógica de mercado. Un caso extremo dentro de los grupos políticamente inducidos lo constituyen los grupos de carácter patrimonial.[12]

Pese a esta construcción de tipos ideales diferenciados en términos analíticos, los grupos económicos pueden incorporar elementos de cada una de estas categorías bajo las cuales son clasificados. Los grupos orgánicos pueden combinar un conjunto de subsidiarias junto a inversiones de cartera, así como los grupos de cartera pueden ingresar a nuevos sectores al ser inducidos por políticas particulares, de forma que con el tiempo los grupos pueden cambiar sus estrategias predominantes, sea debido a modificaciones accionarias en la propiedad o modificaciones en los contextos políticos y macroeconómicos (Schneider, 2009). Además, si bien se trata de una clasificación típico-ideal la línea que separa a los grupos orgánicos de los políticamente inducidos puede ser difícil de distinguir en tanto los primeros también pueden haber desarrollado inversiones en sectores particulares como respuesta a intervenciones del Estado (Behuria, 2022).

La acción económica como forma de acción social

Un análisis de las estrategias empresariales requiere incorporar una noción de acción económica que, atendiendo a las complejidades mencionadas, vaya más allá del modelo provisto por la teoría económica que entiende a los actores provistos de información completa, bajo competencia perfecta y cálculo racional, pero es incapaz de atender a la complejidad y a la aparición de eventos novedosos, es decir situaciones en las cuales no existe una interpretación adecuada entre medios y fines. Esto se debe a que “la complejidad transforma en incertidumbre a los parámetros de las decisiones y sus interconexiones [por lo que] es imposible para los actores elegir medios racionalmente porque falta la base del cálculo racional” (Beckert, 2017, p. 19). Esto abre la pregunta acerca de cómo los actores toman decisiones sin tener un conocimiento probabilístico de las consecuencias que acarrean las mismas, es decir, cómo reducen la incertidumbre y estabilizan interacciones altamente contingentes para maximizar beneficios.

La propuesta de Beckert (2017) sostiene que la acción económica debe ser caracterizada como intencionalmente racional, en tanto los actores quieren mejorar su bienestar. El enfoque seguido es tributario de Weber (1922/2002), para quien “una acción debe llamarse ‘económicamente orientada’ en la medida en que su sentido subjetivo esté orientado por el deseo de obtener ciertas utilidades” (Weber, 1922/2002, p. 46). El concepto de utilidad de Weber hace hincapié en la oportunidad económica de los actores para aumentar sus beneficios (Beckert, 2017).

La oportunidad introduce la idea de incertidumbre ya que no se pueden anticipar completamente los resultados, por lo que las decisiones pasan a depender de la definición de la situación que hagan los actores y no de la selección entre opciones óptimas. La interpretación de situaciones para decidir un curso de acción se basa en juicios sobre condiciones materiales, relaciones causales y acciones futuras esperadas de los demás actores. La interpretación se convierte entonces en un proceso social, en juicios basados en expectativas compartidas intersubjetivamente, ya que “lo que determina la acción no es la estructura objetiva de la situación, sino la interpretación que se hace de ella, la cual forma parte de la situación y debe ser incluida en cualquier reflexión sobre posibles estrategias” (Nemiña, 2017, p. 117). Los procesos de interpretación implican entonces la interrelación entre agencia y estructura.

Esta conceptualización sobre la acción económica también tiene consecuencias en la relación que se establece entre medios y fines. Incorporando el planteo de Dewey sobre fines-en-vista, Beckert sostiene que los mismos son formados y revisados en el proceso de acción, adquiriendo un carácter experimental y provisional, al igual que los medios. De esta manera, los objetivos de la acción están fusionados con los medios, las instituciones y otros actores, y se convierten en puntos de orientación en busca de alternativas a distintas situaciones: “los fines proporcionan un significado para la actividad actual y son, en este sentido, un medio para la acción” (Beckert, 2017, p. 29).

La noción de acción intencionalmente racional de Beckert, mediada por procesos de interpretación, reinserta en el campo de los estudios sobre los procesos económicos la relación entre agencia y estructura: “lo que está concebido como racional no se puede concluir de forma independiente de las interpretaciones contingentes de los actores, y estas mismas interpretaciones se convierten en parámetros de la situación” (Beckert, 2017, p. 26). Al retomar los conceptos de rutina y reconstrucción de la perspectiva pragmatista, la acción económica pasa a ser leída en términos procesuales y permanentemente tensionada entre producción y reproducción.

Para la conceptualización de una teoría de la acción partimos desde una mirada que critica el enfoque construido desde la teoría económica: la asunción de la existencia de un actor que dado un set de opciones estables escoge un curso de acción para maximizar sus beneficios (Swedberg y Smelser, 2005). No descartamos el hecho de que la acción económica esté centrada en la utilidad y la oportunidad de obtener beneficios, sino que al introducir la idea de oportunidad aparece la incertidumbre, la imposibilidad de anticipar completamente los resultados y por lo tanto de identificar la estrategia óptima para cada situación. Esto conlleva que para definir cursos de acción se vuelve necesario para los actores realizar una tarea de interpretación de las situaciones, tarea que se vuelve un proceso colectivo a partir de experiencias compartidas intersubjetivamente (Weber, 1922/2002; Whitley, 2004).

No obstante, una comprensión mayor acerca de las trayectorias y las estrategias desplegadas por los grupos económicos precisa considerar cómo estos se han vinculado con el Estado y el conjunto de las instituciones políticas, así como la forma que han adoptado los mercados en los cuales se han insertado, lo que actuó como mecanismo de apertura o cierre de posibilidades de inversión y diversificación. En tanto no son meros actores pasivos, receptivos de diferentes políticas formuladas, el enfoque tiene que ser de tipo relacional (Andreoni y Sial, 2020).

Estado, empresas y mercado

La teoría neoclásica partió de un conjunto fijo de postulados donde los mercados están configurados como escenarios impersonales e idénticos para todos tipo de bienes y periodos, donde no importa la historia ni las instituciones y cualquier falta de convergencia entre teoría y realidad se debe a distorsiones introducidas por el accionar del gobierno (Hoff y Stiglitz, 2001).[13]

Entre las críticas a la ortodoxia de manual (Winter, 1991), encontramos en primer lugar a la teoría de los costos de transacción y la Nueva Economía Institucional. Como indicamos en el apartado anterior, la teoría de los costos de transacción planteó que no siempre el mercado, mediante el mecanismo de precios, es el coordinador de la actividad económica, en determinadas ocasiones, este rol lo ocupa el empresario (Coase, 1937). De acuerdo con Williamson (1981), los agentes están dotados de racionalidad limitada[14] y son dados al oportunismo, a la búsqueda del interés propio.[15] Ambos supuestos de comportamiento aumentan los costos de transacción y deben combinarse para estudiar la organización económica. De esta forma se cuestionan las ideas de mercados completos, competencia atomística y contratos perfectos. La perspectiva de Coase y Williamson parte de la existencia de fricciones en las relaciones de las empresas tanto internas como externas. Las internas pueden producirse en los mecanismos de toma de decisiones, generación o implementación de estrategias. La forma organizativa que adquiere la firma impacta sobre la reducción de los costos de transacción. También existen costos de transacción externos, es decir surgidos a partir de relaciones de la empresa con el entorno.

North (1989, 1990) retomó algunas de estas cuestiones desde la Nueva Economía Institucional, indicando que esta corriente busca incorporar una teoría de las instituciones a la teoría económica, sin reemplazar a la teoría neoclásica, sino elaborando un marco teórico a partir de la misma. Para North, las instituciones permiten reducir la incertidumbre de los intercambios y determinar el sistema de incentivos que les permite a los individuos elegir aquellas actividades donde resulta más rentable especializarse. Este enfoque parte de los individuos hacia las instituciones, tomando a los primeros como dados (Hodgson, 2001).

En este sentido, al institucionalismo se la ha cuestionado la existencia de individuos sin historia ni particularismos locales/nacionales (Bourdieu, 2002; Dobbin, 2021)[16], su sesgo funcionalista, en tanto las instituciones solo existen debido a que resuelven problemas de coordinación, lo que lleva a dejar poco espacio para el poder y el conflicto, y su excesivo apego a las reglas formales como sinónimo de fortaleza institucional. Esto implica situar a instituciones débiles como fallidas cuando podría tratarse de herramientas que cumplen otros propósitos debido al uso estratégico que hacen de ellas los actores (Acuña y Chudnovsky, 2013). Por lo tanto las instituciones “no sólo pueden influir sobre las variables ideológico-culturales y socioeconómicas y también sobre los actores, sino que pueden ser influidas por esas mismas variables y por el comportamiento de los actores. En definitiva, interesa comprender a las instituciones estando inmersas en el funcionamiento de una matriz política” (Acuña y Chudnovsky, 2013, p. 28).

Este corpus teórico también fue criticado la nueva sociología económica. Para Fligstein y Dauber (1989):

En todas las teorías económicas que hemos examinado, el criterio sobre la respuesta adecuada a las condiciones cambiantes no es problemático. Esto es cierto incluso si, como en la teoría de los costos de transacción, el propio cambio tiene consecuencias que no podían preverse debido a la racionalidad limitada. Existe, pues, un curioso desajuste entre la limitada capacidad de los actores para obtener y evaluar información sobre los intercambios en los que participan y su asombrosa capacidad para idear la respuesta óptima a los problemas de racionalidad limitada inherentes a esos intercambios.(Fligstein y Dauber, 1989, p. 81, traducción propia)

Granovetter (2017), por su parte, afirmó que los economistas enrolados en la nueva economía institucional parten de una concepción infrasocializada de la acción. En la revisión que realiza acerca de este desarrollo teórico, Granovetter indica que el análisis mezcla supuestos infra y sobresocializados ya presentes en el Leviatán de Hobbes. Por un lado, la excesiva valoración del poder jerárquico dentro de una empresa para evitar el oportunismo se parece a la idea de Estado soberano. Por otra parte, el mercado se parece al estado de naturaleza. Un mercado atomizado y anónimo que parte de una concepción infrasocializada que menosprecia “el papel de las relaciones sociales entre los individuos en las diferentes empresas para proporcionar orden en la vida económica” (Granovetter, 1985, p. 495, traducción propia).[17]

Retomando este planteo y puntualizando en la capacidad de agencia de los actores sociales, Granovetter y McGuire (1998) analizan el surgimiento del mercado eléctrico en Estados Unidos. Los autores sostienen que la forma adoptada por el mismo fue sólo una de las tantas posibles, y ni siquiera se trató de las más eficientes desde el punto de vista técnico o económico:

Su configuración específica se debió a que un conjunto de poderosos actores accedió a determinadas técnicas y las aplicó de forma muy visible y rentable. Esas técnicas eran el resultado de los conocimientos personales compartidos, las conexiones sociales, las condiciones organizativas y las oportunidades históricas de que disponían estos actores. (Granovetter y McGuire, 1998, p. 149, traducción propia) (Granovetter y McGuire, 1998: 149).

Añaden, además, que no solo es preciso identificar cada caso dentro de su contexto histórico donde no solo existen diferentes capacidades de movilizar recursos y ejercer influencia por medio de redes sociales, sino que, una vez establecido un mercado, se institucionaliza en normas determinadas y prácticas estandarizadas hasta que se produce una crisis. Lo que lleva a una red de vínculos entre actores empresariales que tienen la capacidad de redefinir y reconstruir el mercado. La lectura de Granovetter es heredera del desarrollo teórico de Berger y Luckmann (1966), para quienes las instituciones económicas son construidas socialmente. Esta mirada tiene eje en lo dinámico, en contraste con los trabajos neoclásicos que enfatizan la búsqueda de estados de equilibrio (Granovetter, 1992).

En este sentido, Fligstein (2002) y Powell y DiMaggio (2012) agregan que los mercados tienen tres fases: emergencia, estabilidad y crisis, encontrándose continuamente siendo organizados y desestabilizados. En esta permanente reorganización, se expresan no solo los distintos intereses de los actores que son parte de este, sino ante todo el accionar estatal, que proporciona las condiciones bajo las cuales las empresas se organizan, compiten y cooperan. Dichas condiciones pueden generar derechos de propiedad, estructuras de gobierno y reglas de intercambio. La aplicación de estas reglamentaciones no es neutral, ya que las mismas favorecen a determinados grupos de empresas y por lo tanto se convierten en un terreno de disputa. La principal herramienta del Estado para generar estabilidad en un mercado es restringir la competencia, ya sea limitando la competencia predatoria entre empresas o levantando barreras de entrada al ingreso de nuevos competidores. En este sentido, cada Estado tiene diferentes capacidades de intervención que dependen tanto de la naturaleza de la situación como de la propia historia institucional del mismo. Es posible distinguir dos polos de involucramiento del Estado en los mercados, que se referencian con dos procesos históricos particulares: la intervención directa, propia del modelo de desarrollo seguido por Francia y la regulación, cuyo modelo tiene como principal exponente a Estados Unidos. Fligstein afirma, en este sentido, que la transformación de un mercado es producto de fuerzas exógenas, principalmente la intervención política de los Estados.[18] Existe en este sentido una tensión permanente por parte de las empresas entre el reclamo y la necesidad de estabilización de los mercados por parte del Estado, y una accionar que lleve a disminuir la autonomía en decisiones criticas como las decisiones de inversión (Andreoni y Chang, 2019; Block, 1988).

La importancia otorgada al Estado en la creación y organización de los mercados también es destacada por Dobbin (1997) y Dobbin y Dowd (1997). Los autores se preguntan cómo diferentes regímenes políticos dan forma a mercados distintos y por lo tanto a variedades de comportamiento corporativo. En su análisis sobre la política ferroviaria de Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia enfatizan la centralidad de la cultura en delinear la forma en que las naciones perciben y responden a los problemas, y en la configuración de las estrategias de política industrial:

La cultura política tuvo un efecto inequívoco en la forma en que estas naciones llegaron a entender e institucionalizar la racionalidad económica. En cada país, las instituciones estatales tradicionales habían apoyado ciertas prácticas sociales y sometido otras, con el efecto de construir ciertas prácticas como constitutivas del orden y otras como contrarias al orden. Ante los rápidos cambios de la economía, los responsables políticos aplicaron estos principios de orden político al ámbito industrial. Así, la lógica de la organización política se convirtió en la lógica de la organización industrial. En términos generales, los Estados habían logrado el orden político situando la soberanía en la comunidad local, el Estado central o el individuo (Dobbin, 1994, p. 214, traducción propia).

Los análisis políticos, agrega Dobbin, suelen afirmar que el diseño de las políticas refleja la voluntad de grupos sociales en competencia que cuentan con intereses materiales divergentes. Sin embargo, para el autor, al igual que lo habíamos visto con Fligstein, dichos grupos fueron el resultado, en gran medida, del accionar estatal y sus instituciones.

Desde otra perspectiva, pero también dentro del campo de la sociología económica, Bourdieu (2002) indaga acerca de la estructura del campo económico, la posición ocupada en el mismo por las diferentes firmas y conglomerados empresarios y las disputas entre las mismas dentro de este espacio de relaciones de poder, que terminan constituyendo ciertas regularidades y reglas de juego específicas. Reglas de juego que definen ciertas relaciones con el exterior del campo, donde se libra “una competencia por el poder sobre el poder del Estado –en especial sobre el poder de reglamentación y los derechos de propiedad- y por las ventajas aseguradas por las diferentes intervenciones estatales” (Bourdieu, 2002, p. 232).

La sociología del desarrollo aporta evidencia histórica para pensar esta articulación entre Estado, empresarios y mercado, a partir de lo sucedido en distintos países de la periferia. A partir de preguntarse por qué ciertos países periféricos fueron capaces de forjar una trayectoria de desarrollo económico sostenido y otros no, Evans (1995; 1996) indaga en cómo han variado los Estados, sus estructuras internas y su vínculo con la sociedad analizando los casos de Corea, Brasil, India y Zaire. Para esto construye dos tipos ideales de Estado: los depredadores y los desarrollistas. Mientras en los primeros los lazos personales son la única forma de cohesión social, existe escasez de burocracia y la maximización individual tiene prioridad sobre los intereses colectivos. Los Estados denominados “desarrollistas” se caracterizan por fomentar perspectivas empresariales de largo plazo en las elites privadas, el carácter selectivo de sus intervenciones y el reclutamiento meritocrático de sus integrantes, lo que permite crear una burocracia cohesionada (de tipo weberiana), con importantes capacidades administrativas y con una identidad grupal que es la base para la constitución de redes informales tanto internas como externas. La construcción de estas redes público-privadas, que combinan aislamiento burocrático e inmersión en la estructura social, da lugar a lo que Evans denomina autonomía enraizada, una “situación en la cual los burócratas mantienen lazos estrechos con las empresas, pero aun así son capaces de formular sus preferencias en forma autónoma y de actuar en consecuencia” (Schneider y Wolfson, 1999, p. 49).[19] Evans agrega que frente a las intervenciones clásicas de los Estados como reguladores o productores, es preciso incorporar el rol de “parteros” o promotores, donde el foco pasa a estar puesto en la contribución de estos a la aparición de nuevos grupos económicos o la inducción de los ya existentes a incursionar en nuevos sectores sea mediante aranceles que protegen de la competencia, otorgando subvenciones o incentivos, o ayudando en las negociaciones con empresas transnacionales.[20] A estas tareas de coordinación y conducción de las estrategias de un puñado de grupos económicos con el objetivo de impulsar las economías de escala, Wade (2004, 2018) las denomina gobernar el mercado.[21]

A partir del estudio de los casos de Corea y Taiwán, Amsden (1992, 2007) agrega otro concepto para pensar la autonomía enraizada, como es la reciprocidad. Esta implica una relación entre Estado y empresarios, donde estos últimos realizan un uso productivo de los beneficios otorgados por los programas de promoción estatal. Para poder efectuar un análisis de los efectos y el alcance de la reciprocidad, propone distinguir cuatro elementos: las normas de desempeño, la supervisión, las sanciones y las acciones tendientes a asegurar la probidad del Estado. El enraizamiento permite entonces evaluar, controlar y moldear las reacciones privadas ante las iniciativas públicas, “amplia la inteligencia del Estado y vuelve más probable la concreción de sus medidas” (Evans y Wolfson, 1996, p. 29).[22]

Comparando las experiencia de la India y Corea, Chibber (2005, 2006) se pregunta por qué el primero fracasó en la instalación de un Estado desarrollista frente a la experiencia exitosa del segundo. Su argumento es que la construcción de las capacidades estatales no debe ser analizada dentro del Estado sino en la relación entre este y los actores sociales. Concretamente sostiene que es preciso dar cuenta de la orientación de la clase empresarial hacia el Estado. Mientras en el caso de la India se desarrolló una ofensiva del empresariado contra las elites políticas buscando limitar la autonomía estatal, en Corea fue la alianza entre los grupos económicos y la elite política lo que habilitó la construcción de las instituciones estatales. La diferencia radicó en que los modelos de desarrollo implementados –industrialización sustitutiva versus industrialización impulsada por exportaciones– generaron distintos incentivos políticos para la clase capitalista.[23]

Estrategia metodológica

La estrategia metodológica que se emplea combina el uso de técnicas propias del paradigma cualitativo (entrevistas y análisis bibliográfico y documental), junto a herramientas provenientes de la estadística descriptiva.[24]

El análisis de los cambios en el modelo de regulación energética se aborda mediante el análisis de documentos provenientes de las resoluciones dictadas por la Secretaría de Energía, la Compañía Administradora del Mercado Mayorista Eléctrico (Cammesa) y el Ente Nacional Regulador de la Electricidad (ENRE), relevamiento de fuentes periodísticas especializadas (Revista Petrotecnia, Revista Petroquímica, EconoJournal y Revista Trama) en el sector energético y entrevistas a exfuncionarios del área. Se realizaron en total ocho entrevistas a exfuncionarios entre los que se encuentran ministros, secretarios, subsecretarios y presidente del Ente Nacional Regulador de la Electricidad (ENRE). Las mismas fueron de carácter semiestructurado y se desarrollaron bajo modalidades presencial, telefónica y virtual. Esto se complementó con el relevamiento de estadísticas elaboradas por la Secretaría de Energía que permitió analizar la evolución de precios, tarifas, subsidios, inversiones, producción y generación de energía, redes de transporte y distribución.

Recuperando las investigaciones de Murillo (2009) y Vogel (1998, 2018), se construyó una tipología de dos modelos de regulación a partir de los objetivos propuestos por ambos:

  • Reforzar el control estatal sobre el sector, que definiremos como gobernar al mercado
  • Debilitar el control estatal sobre el sector, que definiremos como conformar al mercado
Tabla 1‑1. Operacionalización de los modelos regulatorios

Indicador

Gobernar al mercado

Conformar al mercado

Objetivo regulatorio

Macroeconómico/distributivo

Eficiencia sectorial

Límites al ingreso del capital extranjero

Si

No

Promoción de empresas locales

Alta

Limitada

Discrecionalidad en fijación de precios y tarifas

Alta

Limitada

Riesgo de captura regulatoria

Limitada

Alta

Requisitos de inversión

Si

No

Límite a la reintegración vertical

Limitada

Limitada

Reglas de ingreso al mercado

Si

No

Fuentes: elaboración propia en base a Murillo (2009) y Vogel (1998)

Para el análisis de las concepciones de control y estrategias empresariales se elaboró una muestra no representativa que incluye a los grupos económicos Pampa Energía, Sociedad Argentina de Energía (Sadesa), Genneia, Albanesi y Electroingeniería, así como al conjunto de las empresas que los mismos controlan. La elección de estos grupos responde a que se trata de firmas líderes en el mercado eléctrico, controladas por capitales locales y surgidas tras el fin de la convertibilidad. De manera conjunta los cinco grupos concentran el 40% del mercado de generación eléctrica, el 44% del mercado de distribución de electricidad (Edenor y Edesur), la compañía monopólica de transporte de electricidad (Transener), lideran la producción de energías renovables y estuvieron a cargo de la construcción de las principales obras de infraestructura energética. Por otra parte, se encuentran verticalmente integrados o diversificados hacia otros segmentos del sector energético como la producción de hidrocarburos, el transporte y la distribución de gas.

El estudio de este objetivo se llevó delante de la siguiente manera: en primer lugar, se realizaron siete entrevistas a accionistas, directivos y ejecutivos de las empresas arriba mencionadas, las mismas fueron de carácter semiestructurado y se efectuaron de forma presencial, telefónica y virtual. Estas entrevistas nos permitieron acceder a la perspectiva de los actores, conocer sus representaciones y cómo interpretaron los contextos políticos e institucionales que dieron forma a su accionar (Piovani, 2007).[25] En segundo lugar, se realizó un relevamiento de documentos elaborados por las propias entidades empresariales (memorias, anuarios, brochures), así como de información en medios de comunicación de alcance nacional (Ámbito Financiero, Clarín, El Cronista, La Nación, Página/12, Perfil) y prensa especializada (Revista Mercado, Revista Prensa Económica y Revista Apertura). Como destaca Schneider (2010), el uso de estudios de caso que indaguen en los archivos y documentos elaborados por las empresas y las entrevistas a sus directivos o accionistas, son una parte fundamental en el estudio de los grupos económicos. Esta información se complementó con entrevistas a periodistas especializados que sirvieron de fuentes.[26]

La tipología sobre grupos económicos –de portafolio, orgánicos y políticamente inducidos– se elaboró a partir de la operacionalización de las siguientes variables: grado de diversificación, motivación central, integración del management, vínculos del grupo con las filiales, vínculo con mercado de capitales y financiamiento, constitución del grupo, formación y trayectoria de directivos y accionistas.

Tabla 1‑2. Tipología de grupos económicos

Indicador

Orgánicos

De cartera

Políticamente inducidos

Fuente

Motivación central

Economías de escala (e integración vertical)

Gestión del riesgo

Incentivos políticos

Memorias empresariales / entrevistas / prensa

Grado de diversificación

Más reducido

La más amplia

Amplia

Memorias empresariales / entrevistas / prensa

Integración del management

Elevada

Variable

Variable

Memorias empresariales / entrevistas / prensa

Vínculos del Grupo con las filiales

De largo plazo

De corto plazo

De corto plazo

Memorias empresariales / entrevistas / prensa

Vínculo con mercado de capitales y financiamiento

Reducido, principalmente vía bancos

Elevado. Cotización de subsidiarias

Reducido, principalmente vía bancos

Memorias empresariales / balances / prospectos de emisión de deuda

Constitución del grupo

Familiar

Pool de inversores/private equity

Familiar

Memorias empresariales / entrevistas / prensa

Formación y trayectoria de directivos y accionistas

Producción/Ingeniería

Finanzas

Indistinto

Memorias empresariales / entrevistas / LinkedIn

El análisis sobre el desempeño empresario se realizó a partir de los balances publicados en la Comisión Nacional de Valores (CNV) de Argentina y la Securities and Exchange Commission (SEC) de Estados Unidos mientras los datos referidos a las cotizaciones bursátiles fueron extraídos mediante el paquete Tidyquant de R que utiliza como fuentes: Yahoo! Finance, Oanda y Bloomberg market data y fueron complementados con BYMA Data para el mercado de acciones local.[27] Esto se complementó con una entrevista a un jefe de investigación de renta variable (Head of equity research) de un banco de inversión local para ahondar en el conocimiento sobre los mercados de acciones y las métricas utilizadas.

El estudio sobre el desempeño de los grupos económicos incluyó analizar los siguientes indicadores: rentabilidad, nivel de endeudamiento, ratio de solvencia, inversión financiera, inversión productiva, composición del activo, composición del stock de pasivos financieros y rendimiento en el mercado de acciones.[28]

La rentabilidad se midió a partir de la métrica Return on equity (ROE) cuya información fue extraída del estado de resultados de los balances.

ROE = Utilidad Neta / Patrimonio Neto

El ratio de solvencia, que mide la forma en la cual las empresas financian su inversiones (fondos propios o endeudamiento), fue extraído a partir de la información provista en el estado de situación financiera y se estimó de la siguiente manera:

Solvencia = Activo Total / Pasivo Total

La inversión productiva se calculó a partir de diferenciar la inversión neta de la inversión en reposición. De esta manera es posible separar el financiamiento destinado a ampliar las capacidades productivas de los grupos del destinado a reponerlas (García Zanotti, 2020). Ambas partidas se extrajeron a partir del Estado de flujo de los balances contables.

Inversión productiva neta = Adquisición de propiedades, planta y equipo – Amortizaciones

Inversión productiva de reposición= Amortizaciones – Inversión productiva neta

La inversión financiera se calculó a partir de tres componentes: efectivo, que incluye en muchos casos plazos fijos o fondos comunes de inversión, activos financieros compuesta por títulos de deuda pública y privada así como acciones en otras empresas, préstamos otorgados, principalmente a filiales y asociadas y por último las inversiones permanentes compuestas por la adquisición de empresas que permite participar en las ganancias mediante dividendos o realizar ventas en pos de ganancias patrimoniales.

Inversión financiera = Activos financieros + Efectivo + Inversiones permanentes + Préstamos otorgados

El stock de pasivos financieros se estimó como la sumatoria entre las obligaciones negociables emitidas en el mercado de deuda corporativa, los préstamos bancarios y el financiamiento otorgado por CAMMESA. Dada la relevancia que adquiere el endeudamiento con CAMMESA para los grupos del sector se decidió incluirla. Para estimar el stock de pasivos financieros se recurrió al estado de situación financiera de los balances y posteriormente a las notas aclaratorias que permiten un desglose acabado del mismo.

Stock pasivos financieros = Obligaciones negociables + Préstamos +  Sociedades relacionadas + Financiamiento CAMMESA

La construcción de la medida de stock de pasivos financieros nos permitió construir a la postre el indicador sobre el nivel de endeudamiento de los grupos. El mismo es un cociente entre dicho stock y las ventas anuales.

Nivel de endeudamiento = Stock de préstamos financieros / Ventas

La composición del activo se calculó a partir de reclasificar los datos obtenidos en el estado de situación financiera. Los activos se dividen en aquellos de carácter productivo/comercial (propiedades, planta y equipo, intangibles y bienes de cambio) de aquellos financieros (caja, inversiones financieras e inversiones permanentes). También se consideran como activos financieros a las cuentas por cobrar ya que estas devengan interés (Davis, 2016) y, como veremos en el capítulo 5, ocupan un lugar relevante por la dinámica sectorial.

Composición del activo =  Bienes de cambio + Caja + Cuentas por cobrar + Intangibles + Inversiones financieras + Inversiones permanentes + Propiedades, planta y equipo + Otros

Conclusiones

El capítulo abordó la elaboración de un marco teórico y metodológico para el estudio de los grupos económicos locales, enfocado en comprender los procesos de gestación y elaboración de las estrategias empresariales, así como su vínculo con el Estado y los efectos de su accionar. La mirada adoptada es ante todo de carácter sociológico, no tanto por hacer eje en la literatura de esta disciplina, sino ante todo porque considera que el accionar empresario depende de consideraciones no estrictamente vinculadas con el mercado (Evans, 1979). Dicho de otra manera, el proceso de toma de decisiones depende de contextos sociales más amplios y apuestas por el futuro que contienen elevado nivel de incertidumbre.

Esta perspectiva teórico-metodológica condujo en primer lugar a efectuar una revisión de los abordajes efectuados desde las Ciencias Sociales para estudiar los grupos económicos. Desde las posturas económicas donde se resalta que estas organizaciones surgen y se desarrollan debido a fallas de mercado que terminan por suplantar hasta la literatura financiera enfocada en analizar los efectos de las familias propietarias sobre los accionistas minoritarios. La revisión nos permitió introducir diversas perspectivas criticas como las vinculadas a la economía política, la nueva sociología económica y la sociología del desarrollo que recuperan el rol del Estado como parte del vínculo entre este y los grupos económicos como factor explicativo, los cuestionamientos a la teoría mainstream señalando que los grupos son una forma organizativa de la actividad empresarial con una singularidad histórica propia antes que un fenómeno que se aleja de los cánones y, finalmente, la imprecisión entre acción y resultados que no sucede de forma automática ni instantánea como propone la teoría neoclásica.

Desde el lente de las perspectivas criticas señaladas se introdujeron los conceptos claves para este trabajo como: concepciones de control, estrategias económicas y políticas, el vínculo Estado-empresas en la organización de los mercados y características y alcance de la acción económica. La elaboración de los conceptos señalados se efectuó incorporando las discusiones que se dieron al interior de la teoría económica, cuyo eje es superar los supuestos neoclásicos de mercados completos, competencia atomística y contratos perfectos. La Nueva Economía Institucional y la corriente evolucionista nos brindaron algunas herramientas teóricas a partir del cuestionamiento a esta tríada de conceptos, ofreciendo un análisis donde los agentes son intencionalmente racionales, pero dicha racionalidad es limitada. El evolucionismo fue más allá, al plantear que dicha racionalidad tiene un carácter procesual, como resultado de los procesos de aprendizaje, concepto central junto al de competencia y rutina. Para esta teoría el cambio puede ser tanto endógeno (búsqueda de innovaciones tecnológicas), como exógeno, por relación con el entorno. Lo que existe, en última instancia, es una heterogeneidad de situaciones y posibilidades para las empresas, donde las mismas realizan apuestas innovadoras con resultados inciertos. Esta perspectiva abandona la idea de firma representativa, presente en la teoría neoclásica y permite complejizar este entramado de relaciones, dando cuenta de la incertidumbre y apuesta que significan para las empresas la puesta en práctica de las distintas estrategias que van diseñando.

La revisión de literatura incluyó indagar acerca de cómo fue estudiado desde América Latina la existencia de los grupos económicos como forma de organización empresarial predominante, considerando tanto las continuidades como las particularidades de cada caso nacional. Esto permitió dar cuenta de los abordajes efectuados por las Ciencias Sociales locales y plantear la pregunta de investigación de esta tesis. Finalmente, el capítulo presentó una estrategia metodológica para llevar adelante la investigación dando cuenta del enfoque a adoptar, la operacionalización de los conceptos anteriormente destacados y las fuentes para la elaboración de los datos.


  1. En los últimos años este campo de estudios comenzó a incluir también trabajos sobre el rol de los grupos económicos en el desarrollo de los países africanos tanto a nivel nacional como bajo una perspectiva comparada. Entre estos se destacan: Akinyoade y Uche (2018), Andreoni y Sial (2020), Behuria (2022), Booth y Golooba-Mutebi (2012), Hansen et al. (2018), Kelsall y Booth (2013) y Mann (2013).
  2. Existen diferentes abordajes y formas de conceptualizar el estudio de empresas y empresarios, así como su relación con el Estado y la política. Desde enfoques que parten del análisis del sector privado como capital, como asociaciones que dan lugar a la acción colectiva, como redes que permiten la construcción social de confianza y colaboración hasta aquellos que se orientan al estudio de la firma o grupo económico (Haggard et al., 1997).
  3. Para un análisis crítico del enfoque de variedades de capitalismo y su relevancia para pensar América Latina consultar Bizberg y Théret (2015a, 2015b), Schrank (2009) y Madariaga (2018).
  4. En la gran empresa con múltiples divisiones, “el estímulo más común para la diversificación fue el potencial de las economías de escala existentes en las principales unidades funcionales de una empresa: producción, distribución e investigación. En la mayoría de las empresas, el primer paso hacia esa diversificación de productos fue el desarrollo de una línea completa que explotara las instalaciones y capacidades de la empresa en las tres actividades principales” (Chandler y Hikino, 1990, p. 41, traducción propia).
  5. Este fue uno de los pilares que se utilizó para criticar el enfoque de Chandler. En contraposición, el historiador de la gran empresa entendía a los directivos como quienes innovan y aportan soluciones pragmáticas, lo que permite consolidar el dominio de las grandes empresas, antes que sujetos dados al oportunismo (Fligstein, 2008).
  6. Si bien es posible detectar elementos comunes, el evolucionismo ha mostrado ser una corriente teórica más que diversa con problemáticas que van desde analizar a nivel microeconómico las capacidades organizacionales de las empresas hasta los sistemas de innovación, el cambio tecnológico o el comercio internacional. De fondo operan supuestos ontológicos divergentes, lo que da lugar a preguntas de investigación diferente (Robert y Yoguel, 2013).
  7. Si bien parte de la literatura ha mostrado cómo grupos económicos o empresas con conexiones políticas obtuvieron mejor rentabilidad, acceso a mercados o financiamiento que aquellas que no (Claessens et al., 2008; Sojli y Tham, 2017). En una investigación sobre Brasil, Gama et al. (2018) matizaron estas conclusiones al sostener que la expansión y diversificación de los grupos económicos conlleva como condición necesaria pero no suficiente cierta relación histórica con el gobierno. Para los autores también es necesario que exista interés político del gobierno en la promoción de determinados grupos en desmedro de otros.
  8. Ficticias en el sentido de que son el producto de experiencias pasadas y vínculos con otros actores, lo que le otorga su carácter intersubjetivo. Además, “las historias que se cuentan son ficcionales en el sentido de que no se pueden hacer afirmaciones serias de la verdad con respecto a los eventos que se encuentran en el futuro. Al mismo tiempo, sin embargo, las expectativas creadas por estas herramientas, y las decisiones que provocan, ayudan a dar forma al futuro. Por lo tanto, comprender la conexión entre las expectativas, las historias, las instituciones, las teorías, las categorías y los resultados es crucial” (Beckert, 2016, p. 157, traducción propia).
  9. Esta falta de correspondencia automática entre intereses y lecturas situacionales del contexto político y económico efectuadas por los empresarios permite explicar, por ejemplo, cómo los grupos económicos fueron, en su mayoría, los grandes perdedores de la década de 1990 pese a haber sido uno de los actores que más a favor se posicionó sobre las reformas de mercado, condicionados por un clima de época que iba en esa dirección (Gaggero, 2011).
  10. La literatura que estudia este proceso para el caso norteamericano lo encuadra en la “revolución de los accionistas” inicia en los ’80 cuando tras una década de alta inflación y bajas tasas de rentabilidad, inversores institucionales, bancos de inversión y compañías de seguro promovieron un proceso de fusiones y restructuraciones especulativas de grandes empresas de Estados Unidos. El objetivo era aumentar el valor bursátil de las empresas y en caso de que este se redujera demasiado recurrir a la reorganización financiera, la recompra de acciones, desinversiones o aumento de deuda. Esto incluyó el reemplazo de los viejos gerentes enfocados en la producción por gerentes con eje en las finanzas. Bajo la idea –ideología para algunos autores– de crear valor para el accionista la literatura sostiene que las empresas pasan a estar guiadas por la extracción de valor antes que por la creación de valor, produciendo inestabilidad laboral, desigualdad de ingresos y caída de la productividad (Fligstein, 2021; Froud et al., 2006; Grün, 2004; Krier, 2012; Lazonick y Shin, 2020). De acuerdo con Braun (2021) y Fichtner et al. (2017), este modelo de primacía de los accionistas dio lugar a un capitalismo de gestores de activos, caracterizado por una gigantesca concentración de la propiedad en gestores como BlackRock, State Street Corporation o Vanguard, carteras altamente diversificadas y ningún interés en la conducción de las empresas.
  11. Este cambio en la orientación de las estrategias y la acción empresaria puede ser englobado en fenómenos más amplios como los vinculados a la financiarización si bien este se ha convertido en un concepto polisémico cuya conceptualización y alcances no han terminado de ser definidos (Mader et al., 2020; J. Rabinovich y Reddy, 2024). De acuerdo al nivel de análisis elegido, la financiarización puede ir desde una explicación macro sobre canales de acumulación o el peso de las instituciones financieras a nivel internacional (Epstein, 2005; Krippner, 2005), hasta un nivel micro vinculado al rol de las finanzas y la gestión del riesgo en la vida cotidiana (Aalbers, 2008), pasando por un nivel meso donde se indaga acerca de la actividad en los mercados financieras por parte de las empresas no financieras (Davis, 2018; Demir, 2009; Stockhammer, 2004). Además es preciso incorporar el clivaje centro-periferia para dar cuenta de cómo impacta el carácter dependiente en los diferentes países (Bonizzi, 2013).
  12. Este ha sido el caso de los grupos económicos surgidos por su vinculación con dictaduras como las de Somoza o Suharto y más recientemente, en países africanos donde incluso es posible encontrar grupos vinculados a partidos políticos o militares, lo que llevó a definirlo como capitalismo clientelar o Estado desarrollista patrimonial (Akinyoade y Uche, 2018; Booth y Golooba-Mutebi, 2012; Odijie, 2020).
  13. La perspectiva neoclásica se basa en que: “(a) los resultados están determinados por fuerzas fundamentales (que reflejan los recursos, las preferencias y la tecnología), (b) estas fuerzas conducen a resultados eficientes en términos de Pareto, y (c) las instituciones ni siquiera influyen en la elección del equilibrio” (Hoff y Stiglitz, 2001, p. 390, traducción propia).
  14. Esta situación provoca que las empresas elijan no la mejor opción posible, sino la que consideran mejor, desarrollando comportamientos de satisfacción más que de optimización (López, 1996).
  15. Esto implica que no necesariamente respetan sus compromisos y buscan sacar ventaja de nuevas situaciones.
  16. Bourdieu profundiza esta crítica al sostener que “el conjunto de las disposiciones del agente económico que fundan la ilusión de la universalidad ahistórica de las categorías y conceptos utilizados por esta ciencia, es en efecto el producto paradójico de una larga historia colectiva reproducida sin cesar en las historias individuales, de la que sólo puede dar razón el análisis histórico” (Bourdieu, 2002, p. 19).
  17. Para el autor, esta convergencia entre las miradas infra y sobresocializadas de la acción se termina expresando en la construcción de modelos donde los actores pasan a ser agentes representativos cuyo comportamiento es el resultado de las posiciones y los conjuntos de roles que se les asignan, estando desprovistos de toda historia, contenido especifico u ubicación estructural. Por lo tanto, es preciso evitar ambos extremos teóricos: “los actores no se comportan ni deciden como átomos fuera de un contexto social, ni se adhieren servilmente a un esquema escrito para ellos por la particular intersección de categorías socioculturales que ocupan. Sus intentos de acción intencionada se insertan en sistemas concretos y continuos de relaciones sociales” (Granovetter, 2017, p. 14, traducción propia).
  18. Esta perspectiva teórica es heredera de los análisis desarrollados por Polanyi en La gran transformación (1957/2017), donde el científico austríaco sostiene que el mercado está siempre enraizado en estructura sociales más amplias que lo hacen posible. Su existencia depende de una acción estatal continua que construya reglas y estructuras institucionales –las bases no contractuales del contrato– que permitan el intercambio los bienes básicos ficticios como la tierra, el trabajo y el dinero (Block, 2003; Evans y Block, 2007).
  19. Otros elementos de la autonomía enraizada son el intercambio de información, la flexibilidad y la renegociación.
  20. De acuerdo con Wright (1996), la propuesta de Evans logra sintetizar los marcos teóricos del marxismo y la teoría weberiana al vincular una dimensión sobre la estructura estatal (el grado de racionalización burocracia del Estado) y una dimensión sobre el vínculo entre Estado y clases sociales (autonomía enraizada).
  21. Kohli (2004, 2007) define esta estrategia como pro-empresa en contraste con la teoría neoliberal que aboga por una estrategia pro-mercado. La diferencia entre ambas estriba en que mientras esta última sostiene que el mercado sin interferencias realizará una asignación eficiente de los recursos impulsando la producción y el crecimiento, la estrategia pro-empresa puntualiza que el crecimiento depende de un compromiso del Estado con los grupos económicos que combine beneficios y represión.
  22. Para una reconstrucción histórica sobre su génesis y una crítica al concepto de Estado desarrollista consultar Haggard (2018), Jessop (2016) y Johnson (1999).
  23. Amsden (2007) cuestiona esta conclusión al sostener que los casos exitosos de desarrollo en la periferia no opusieron políticas orientadas a las exportaciones con la sustitución de importaciones sino que en muchos casos se complementaron mutuamente. De hecho las industrias de media tecnología, claves en el éxito coreano, primero se expandieron en el mercado local antes de salir a exportar.
  24. Entendemos por estadística descriptiva al conjunto de herramientas y procedimientos vinculados a la descripción de colecciones de observaciones estadísticas, referidas tanto al total de la población como a una muestra de la misma (García Ferrando, 1994).
  25. En la entrevista no se expresa simplemente “una sucesión de acontecimientos vividos sino la verbalización de una apropiación individual de la vida colectiva. Es por esto que no se trata de un registro fedatario de hechos o datos; es en cambio el arte del vínculo: un juego de estrategias comunicativas a partir del cual se registra un ‘decir sobre el hacer’” (Piovani, 2007, p. 2019).
  26. Como señala Evans (1979) en su estudio sobre el carácter dependiente del desarrollo en Brasil: “El método de mi investigación es consecuencia de la forma en que definí el tema. Para comprender la toma de decisiones que tiene lugar en las empresas, hay que hablar con los hombres que las dirigen. Una gran parte de las pruebas empíricas primarias en las que se basa mi análisis procede de entrevistas con ejecutivos” (Evans, 1979, p. 6, traducción propia).
  27. Si bien desde 2011-2012 la información disponible fue completa, con anterioridad no se cuenta con el total de los balances publicados para algunos grupos o empresas controladas por estos, particularmente en el caso de Electroingeniería. Este problema se agravó en tanto el grupo se encuentra constituido fiscalmente en la provincia de Córdoba cuya Inspección de Personas Jurídicas no permite el acceso a datos contables. La situación produjo que en algunas casos se efectuaran estimaciones a partir de las revistas Mercado y Prensa Económica, así como información publicada en medios.
  28. Los balances empresarios tienen tres partes: estado de situación financiera, estado de resultados y estado de flujos de efectivo. La descripción detallada de las operaciones y cambios en cada uno de ellos se encuentra en las notas aclaratorias.


Deja un comentario