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3 Modos generacionales de habitar la paraguayidad en una ciudad intermedia de Misiones

Natalia Gavazzo y Débora Gerbaudo Suarez

Introducción

Desde hace varios años, ambas autoras de este texto desarrollamos investigaciones antropológicas sobre la migración paraguaya en Buenos Aires, comprendiendo los modos de identificación y la participación comunitaria, tanto de jóvenes migrantes como de hijas/os de migrantes (Gavazzo, 2008 y 2012; Halpern y Gavazzo, 2012; Gerbaudo Suárez, 2016 y 2018; Gavazzo y Gerbaudo Suárez, 2020a). En este marco, conocimos a Laura y Daniela Funes, dos jóvenes argentinas que defendían activamente los derechos de la migración paraguaya en el país como descendientes de padres de ese origen que viven en Misiones. Desde esa pertenencia como “hijas” se identificaban con las generaciones más jóvenes de inmigrantes latinoamericanos en diversas asociaciones. Si bien residen en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), sus vidas transcurrían en un movimiento constante hacia dos ciudades misioneras: Posadas, la capital metropolitana, y Eldorado, la ciudad intermedia que las vio crecer y donde residen sus padres y hermanas.

A partir de estos contactos, así como del intercambio con investigadoras/es del ámbito de la antropología urbana, nos empezamos a preguntar sobre la necesidad de ampliar la mirada sobre la migración por fuera de los centros metropolitanos y en relación con las movilidades interurbanas. ¿Cuáles son las dinámicas de la migración paraguaya en las ciudades intermedias? ¿Cómo comprender las transformaciones de esas ciudades desde la perspectiva de las/os migrantes en ellas? Y al mismo tiempo ¿Cómo abordar la dimensión generacional de las migraciones considerando su inscripción no sólo en el tiempo sino también en el espacio?

Fuimos pensando estas inquietudes a la luz de los estudios que ven a las ciudades intermedias no como algo deficitario en contraposición con lo metropolitano, sino como un fenómeno en sí mismo, desde el cual articular nuevos modos de interrogar lo urbano (Bellet y Llop, 2004; Greene, 2007; Carrión, 2013; Noel, 2016). Esto se da en diálogo con una perspectiva de la ciudad centrada en las formas desiguales del “habitar” el espacio y sus jerarquías entre distintos actores urbanos (Giglia, 2012; Noel y de Abrantes, 2014; de Abrantes y Felice, 2015).

Retomando estas cuestiones, en este capítulo analizamos los modos generacionales de habitar una ciudad intermedia por parte de una familia argentino-paraguaya combinando distintas metodologías. En la primera parte, caracterizamos a Eldorado a partir de datos estadísticos, mapas y fotografías que contextualizan su crecimiento demográfico y la urbanización acelerada de las últimas décadas en relación a los procesos migratorios. Recuperamos asimismo estudios históricos para dar cuenta de una dimensión cultural e identitaria de la ciudad que reconoce como “fundadores” a sus primeros habitantes europeos, particularmente alemanes, en detrimento de otros orígenes, influyendo fuertemente la “integración” de las y los migrantes procedentes de origen paraguayo en esta localidad.

En una segunda parte, utilizaremos la información previa para contemplar la movilidad de una familia migrante en relación con la historia más amplia de la ciudad y sus transformaciones. El objetivo es analizar los modos de habitar la ciudad de Eldorado desarrollados entre las distintas generaciones de la familia Funes, tanto de los padres como de sus hijas, a lo largo de sus vidas. A partir de relatos biográficos, consideramos “el habitar” desde las movilidades entre ciudades motivadas por diversos proyectos educativos y laborales de sus integrantes, para luego explorar los diálogos inter-generacionales en torno a identidades ligadas a “lo paraguayo” (o “paraguayidades”), tanto hacia adentro de la familia como hacia afuera en la sociedad eldoradense.

Recurrimos al método biográfico para recuperar historias de vida entre las distintas generaciones de una familia (Mallimaci y Giménez, 2006) y procuramos reconocer la perspectiva emic de los actores en el proceso (Guber, 2004). Además, desarrollamos una etnografía multilocal (Marcus, 2001) con varios de sus integrantes residiendo en distintas ciudades. Así, a fines del 2017 viajamos a Misiones, con una estadía en Eldorado y otra en la ciudad de Posadas, donde realizamos observación participante en escenas de la vida familiar, tanto en la casa de los padres como en las de sus hijas. También realizamos entrevistas semi estructuradas con la generación de los padres donde repasamos su migración pionera, sus movilidades entre ciudades, sus percepciones sobre el espacio urbano y sus modalidades de participación comunitaria en la colectividad paraguaya de la localidad.

Con el tiempo, continuamos en contacto con las hijas residentes en Buenos Aires, con quienes sostuvimos diversos intercambios que retroalimentaron los resultados preliminares del trabajo de campo. Además, hacia fines del 2020 realizamos entrevistas estructuradas con ellas también contemplando cuestiones generacionales con sus padres y con sus hermanas. Relevamos sus experiencias en la infancia, la adolescencia y la adultez en relación con el tránsito entre ciudades y sus reflexiones sobre el habitar la “paraguayidad” en Eldorado.

La investigación etnográfica in situ nos permitió seguir las trayectorias de las personas, sus discursos y prácticas para entender la vinculación que establecen con los lugares. Esas trayectorias se vuelven claves para comprender el rol de las comunidades migrantes en las transformaciones urbanas de ciudades intermedias, al menos en el contexto argentino, y la influencia de la variable generacional en los modos de habitar las pertenencias y los espacios a lo largo de la vida.

Marco teórico

El interés socioantropológico por la integración de las y los migrantes y su distribución espacial en las ciudades tiene una larga historia en las ciencias sociales. Un ejemplo de ello son los estudios sobre la aculturación que se pueden rastrear a la Escuela de Chicago que se enfocó en los procesos de urbanización y transformación sociocultural en las grandes ciudades, con frecuencia motorizados por las poblaciones desplazadas (Park et al, 1925).

En el modelo ecológico, la ciudad aparecía como un mosaico formado por mundos relativamente autónomos, donde la asimilación de los recién llegados dependía del tipo de relaciones establecidas –simbióticas o sociales– y de su temporalidad medida en generaciones de migrantes (Hannerz, 1986). Estos estudios en Chicago y otras ciudades sentaron las bases de la etnografía urbana y sedimentaron la asimilación de lo urbano a lo metropolitano (Noel, 2016). Por su parte, los estudios de la pequeña comunidad (Community Studies) permitieron comprender no solo la asimilación, sino también los procesos de transculturación en la escala de las pequeñas ciudades (Herskovits, 1948). No obstante, se pensaba a la comunidad rural como una sociedad homogénea y aislada que, al entrar en contacto con otra, más heterogénea y móvil, transformaba su modo de vida hacia otro más urbano con una pérdida de la cohesión social (Redfield, 1941; 1946). Tanto los enfoques sobre las ciudades metropolitanas como los de pequeñas comunidades resultan útiles para pensar los modos de integración en la ciudad, entre la insularidad y la asimilación.

En otra línea, los abordajes sobre las ciudades intermedias dan cuenta de transformaciones en contextos urbanos particulares. Dichas ciudades no son ya las pequeñas aldeas o comunidades aisladas ni tampoco las metrópolis o sus zonas conurbanas, por ello presentan sus propias lógicas para entender la migración hacia estas. La función de intermediación que cumplen permite comprender los procesos de crecimiento y transformación de la ciudad a partir de la influencia y relación que mantiene sobre su territorio inmediato y, a la vez, sobre los flujos y relaciones que genera hacia el exterior (Bellet y Llop, 1999). Asimismo, es posible pensar estas urbes como “ciudades en red” en un sistema urbano (Carrión, 2013). Cada ciudad es un nodo de interconexión y la migración internacional “representa una nueva forma de integración de las ciudades a la red urbana global (remesas económicas y culturales, incorporación de tecnología de punta)” complejizando la intermediación urbana (Carrión, 2013: 23). Resulta interesante poner estas perspectivas en diálogo con los estudios migratorios que analizan las redes que las/os migrantes traman al circular entre ciudades, tanto de manera interna como externa (internacional).

Así como las migraciones permiten la integración de las ciudades intermedias a otras dentro de una red local, transnacional o global, también es importante considerar el modo en que las y los migrantes son integrados a la sociedad local. Sobre todo, considerando la importancia de los factores culturales e identitarios que constituyen a estas ciudades y permiten entender sus modos de desarrollo en pos de garantizar una cierta cohesión social (Bellet y Llop, 2004). De hecho, entre los factores para el desarrollo de las ciudades intermedias se destaca la participación activa de la población en la gestión y planificación de la ciudad.

Así, entendemos “la formación de lo urbano [como el] fruto de un proceso histórico sobre el que inciden diversas dimensiones (culturales, económicas y sociales) que ayudan a explicar la diversidad y especificidad del medio urbano” (Bellet y Llop, 2004: 10). Entre esas dimensiones, focalizamos sobre la cultura y lo cultural para estudiar las relaciones sociales, los procesos de adaptación y los cambios en las comunidades de inmigrantes (Gavazzo, 2011). Sin perder de vista que las movilidades permiten conectar fenómenos locales con otros de índole nacional o regional (Glick Schiller, 2010; Feldman, 2018), comprendemos las transformaciones que las/os migrantes introducen en las localidades como productoras/es de distintas formas de ciudadanía a partir de la participación comunitaria, ya que moldean y son moldeadas/os por el contexto en el que operan, tanto en la sociedad emisora como receptora (Gavazzo y Nejamkis, 2017).

Teniendo en cuenta que las identificaciones son procesos dinámicos de construcción de pertenencias, entendemos que existen imaginarios vinculados a las localidades de origen y de destino que determinan no solo las subjetividades de las/os migrantes y las relaciones interpersonales entre ellas/os y con sus “otros”, sino también las representaciones sociales, los imaginarios urbanos locales, la cultura política y los derechos asociados a la nacionalidad. Como veremos, el caso argentino contempla la inmigración como constitutiva de su identidad, pero excluye frecuentemente a “lo paraguayo” que –estigmatizado– hace que muchos jóvenes nieguen ese origen o que deban usarlo para reflexionar críticamente sobre su propia historia para activar una participación comunitaria frente a este.

Eldorado como ciudad intermedia y receptora de migración

Tal como analizamos previamente (Gavazzo y Gerbaudo Suárez, 2020b), Eldorado es una aglomeración mediana en la provincia de Misiones. La ciudad se ubica en el Departamento con el mismo nombre, donde viven 78.152 personas. Si bien las definiciones cuantitativas de las ciudades intermedias varían ampliamente según cada país y región, coincidimos con la caracterización de Sassone (2000) quien comprende bajo esta categoría a ciudades con poblaciones que oscilan entre los 20.000 y 150.000 habitantes para los índices de Argentina. Se trata de ciudades que se localizan en el límite de un hinterland metropolitano y por ello se mantienen fuera de los procesos de peri-urbanización. A la vez, sostienen una relación más o menos fluida con sus metrópolis, pero no son ciudades dormitorio o satélites de ellas (Noel, 2016).

Sin embargo, la caracterización de ciudad intermedia no se reduce sólo a los aspectos cuantitativos. Siguiendo a Bellet y Llop (2004) consideramos que “el potencial e importancia de la ciudad no dependen tanto de su talla demográfica como del modo en que esta se articula con el resto de los elementos del sistema: la capacidad de crear relaciones y tejer una red, así como las características de las mismas” (Bellet y Llop, 2004: 2). Así, observamos que la distribución poblacional en la región es sumamente desigual, ya que la mayoría se concentra en el municipio de Eldorado con 57.323 habitantes, y el resto en las cinco colonias agrícolas que lo circundan (INDEC, 2012). Se trata del mayor centro urbano en la zona que cumple una función de intermediación al trazar una red de circulaciones intra e interdepartamentales.

Figura 1. Ubicación de Eldorado en la provincia de Misiones

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Fuente: Municipalidad de Eldorado (2020).

Eldorado concentra la oferta laboral de servicios, en la que muchos habitantes buscan insertarse en momentos de desempleo en las áreas rurales. Además, su crecimiento paulatino también implicó el movimiento inverso en momentos de expansión económica donde sus pobladores ofrecen nuevos servicios desde el centro hacia las colonias. Si bien Eldorado se encuentra en un área considerada periferia rezagada en relación al resto del país, su dinamismo la ubica dentro de las ciudades intermedias misioneras con un crecimiento mayor al de la capital provincial (Michelini y Davies, 2009). Lo que la convierte en el centro de la periferia en el sistema de jerarquías urbanas (Bellet y Llop, 2004).

Esto es posible gracias al sistema de transportes que ubica a la ciudad en un lugar estratégico de intermediación respecto de otras (Figura 1). La Ruta N° 12 comunica a Eldorado, por un lado, con Posadas -la capital de la provincia- y, por otro, con Puerto Iguazú, la segunda ciudad en importancia sobre todo por su industria turística y su condición de ciudad fronteriza con Brasil y Paraguay. De este modo, Eldorado habilita procesos de movilidad inter e interdepartamentales al interior de la provincia de Misiones.

La Ruta N° 17 o “picada maestra” conecta esta ciudad con otros dos Departamentos (San Pedro y Gral. Manuel Belgrano) y refleja un desarrollo urbano en forma alargada con viviendas construidas de manera lineal hacia ambos lados de la misma (Figura 2). Este es otro factor que potencia su rol de “intermediación” entre los espacios metropolitanos de mayor nivel y pequeñas aglomeraciones rurales de pocos miles de habitantes en el límite con la selva.

Figura 2. Trama urbana de la localidad de Eldorado

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Fuente: Elaboración propia sobre la base de Google Maps (2020).

Carrión (2013) señala que es importante ver el peso que las ciudades intermedias adquieren en ciertas regiones según su funcionalidad internacional. En este sentido, a partir del proceso de crecimiento poblacional y de acelerada urbanización podemos pensar en Eldorado como una “ciudad en red” en el marco de procesos de globalización económica y cultural que desde sus inicios y hasta la actualidad la fueron configurando y reconfigurando como nodo. En este proceso desempeñaron un rol importante los circuitos de migración rural-urbana, interprovincial e internacional de países limítrofes, sobre todo de Paraguay.

Por último, queremos señalar la importancia de otras dimensiones sociales y culturales que hacen a la particularidad de la ciudad. En su caracterización de las ciudades intermedias, Ballet y Llop destacan “la capacidad local y territorial de crear identidad propia (a partir de una) apropiación sociocultural del medio urbano y territorial” (Ballet y Llop, 2004:7). En comparación con las metrópolis, las aglomeraciones más pequeñas podrían producir una mayor identificación de los ciudadanos con el territorio, y por ende una mayor cohesión social entre sus miembros. En este sentido, Eldorado es un enclave con un fuerte sentido de pertenencia a la ciudad y su origen cultural inmigrante.

La historia urbana de Eldorado está atravesada por proyectos de poblamiento y colonización luego de la federalización de Misiones (1881). Como explica Gallero (2008), en el marco de la ley Avellaneda[1] allí convivieron modelos de colonización oficial y privada. Esta última predominó en Eldorado con el alemán Adolfo Julio Schwelm (imagen 3), quien dirigió la mayor empresa de colonización de tierras en la región y fundó la ciudad en 1919. Frente a la derrota de Alemania en la primera guerra mundial y la pobreza, la necesidad de emigrar fue un imperativo para muchos de sus ciudadanos. En ese contexto Schwelm desarrolló una intensa propaganda de atracción de inmigrantes, específicamente alemanes hacia Eldorado.

Se hablaba de Misiones como un lugar utópico que ofrecía tierra para el colono alemán, lo que “aseguraba el mantenimiento de la germaneidad y facilitaba la integración social en la nueva comunidad” (Gallero, 2008:79). Si bien predominaron migrantes alemanes, daneses y suecos, confluyeron también británicos, austríacos y húngaros. Así, a pesar de la preexistencia de pueblos indígenas como los Tupí Guarní y los Aché, y también de paraguayos y brasileños, fue el origen europeo alemán el que sentó las bases de “una” identidad socio cultural en la zona.

Ello se refleja en la traza urbana en base al Waldhufendörf[2], un modelo de colonización implementado en el campo alemán entre los siglos XVIII y XIX en áreas montañosas pobladas con bosques (Arenhardt, 2009). Se construyó en Eldorado un sistema lineal con una “picada maestra” y picadas transversales en los diferentes kilómetros donde fueron localizados los distintos asentamientos de migrantes según criterios identitarios como el lugar de origen y el idioma (Jelin, 2009: 78).

Con el tiempo, su paisaje fue cambiando en distintas etapas. Una primera de organización, desde su fundación hasta 1948, en que se avanzó sobre la ocupación del suelo pasando del paisaje natural de la selva a un paisaje rural de explotación agrícola. En una segunda etapa, hasta principios de 1970, se desarrolló la infraestructura de rutas que conectó la zona con el resto de la provincia adquiriendo la forma de paisaje rururbano. Ello incentivó una importante migración rural hacia el núcleo de poblamiento debido a la disminución de la productividad en el campo y la caída de precios de los cultivos industriales (García, 2004).

Finalmente, desde fines de la década de 1970 hasta principios del siglo XXI, el centro experimentó un gran crecimiento ya consolidándose como paisaje urbano con mayor infraestructura de hospitales, escuelas y servicios básicos. Los migrantes que protagonizaron la expansión urbana provinieron en su mayor parte de colonias y localidades vecinas, así como, de otras provincias como Formosa y Corrientes.

Dicha evolución da cuenta de la diversidad de orígenes de la población que contribuyó al crecimiento de la ciudad, no obstante, la identidad alemana fue la que perduró en el paisaje. Dan cuenta de ello los numerosos monumentos de Eldorado en el Parque Municipal Salto Küppers o el Museo Schwelm, también los cauces de agua o “saltos” que llevan el nombre de sus fundadores, los cuales a pesar de haber sido renombrados en épocas recientes “la gente igual los sigue llamando por el nombre con que lo bautizaron los primeros pobladores”[3].

Además, la Plazoleta de las Naciones y el mural “Camino al Centenario”, que el municipio encargó pintar para conmemorar los 100 años de su fundación, recuperan y reproducen la metáfora del “crisol de razas” bajo la cual se incorpora la diversidad cultural, aunque de modo selectivo[4]. Al respecto, uno de los mitos de fundación de la ciudad se basa en “la absoluta falta de población” en la que se habría desencadenado la épica del colono alemán domesticando el entorno natural con mucho sacrificio (Arenhardt, 2018). La autora explica que en el idioma alemán quienes no tenían descendencia europea eran concebidos como Shwarze (de tez oscura) o Hiesige (criollo, nativo), utilizando este último como despectivo. No obstante, fueron esos trabajadores estacionales o mensú (en guaraní) quienes históricamente trabajaron en los obrajes y que luego se quedaron contribuyendo en gran parte con los europeos en el desarrollo de la colonia.

En este sentido, Jelin (2009) también señala que “los europeos consideraban a Eldorado como su pueblo, y los demás eran vistos como extranjeros”. De modo tal que el notorio silencio sobre los habitantes del lugar se resume en una enorme distancia cultural.

Los colonos tenían una idea bien clara de los hábitos de los paraguayos: vivir al día, no pensar en el futuro, inestabilidad social […] no eran una amenaza, porque las relaciones eran clara y explícitamente jerárquicas. Los alemanes y los guaraníes pertenecían a dos mundos diferentes y separados. Los peones paraguayos eran Hiesigen, y con esto bastaba” (Jelin, 2009: 78).

No obstante, el aporte migratorio paraguayo fue uno de los factores importantes en el crecimiento poblacional del NEA, sobre todo en las provincias de Misiones y Formosa en la última parte del siglo XIX y hasta la mitad del siglo XX (Bruno, 2008). Históricamente, la migración paraguaya en la zona fue de carácter estacional de acuerdo a la demanda de mano de obra en el campo, pero luego fue haciéndose progresivamente permanente y urbana. A un lado y otro de la frontera coexistieron corrientes migratorias de carácter rural-rural, intercambios entre ciudades pequeñas y también entre áreas metropolitanas como Posadas-Encarnación y/o áreas complejas como la zona de la Triple Frontera (Bolsi y Meichtry, 1982; Meichtry y Beck, 2002).

Al respecto, Balán (1985) señaló que la población paraguaya tuvo gran presencia en ciudades como Posadas y Formosa entre las décadas de 1940 a 1960, lo cual coincidió con una intensificación del proceso argentino de sustitución de importaciones. Migrantes limítrofes pasaron a ocupar puestos que los argentinos dejaban para migrar a Buenos Aires y trabajar en las industrias. De modo tal que la pérdida de población nativa fue equilibrada por la afluencia de la población paraguaya (Bolsi y Meichtry, 1982). Así, las/os paraguayas/os contribuyeron a la reactivación de las economías regionales en la zona de Misiones. A la vez, en Paraguay los procesos de concentración de la tierra, el régimen dictatorial y la persecución a opositores se consolidaron como factores de expulsión. Ahora bien, en la década de los setenta con el declive de estas economías la mayoría de las/os paraguayas/os migró hacia el Gran Buenos Aires, donde continúa con recambios generacionales en la actualidad (Cerrutti, 2009). Es frecuente de hecho pensar a las generaciones de migrantes a partir de las distintas “olas” o “flujos” de llegada al destino; en ese sentido, la migración paraguaya lleva ya varias generaciones en el país y en esta región, en un proceso de transformación que se visibiliza únicamente en una perspectiva histórica de larga duración que contemple esos recambios.

Con el tiempo, la población paraguaya experimentó “un pasaje de un patrón predominante de anclaje fronterizo-regional, con eje en las provincias del NEA, hacia otro concentrado en el área bonaerense y principalmente metropolitana” (Bruno, 2012: 23). No obstante, el Gran Posadas se consolidó como una alternativa migratoria entre las décadas de los ‘60 y ’80 en parte por la cercanía territorial y ciertos patrones culturales en común. A diferencia de paraguayos en otras ciudades del nordeste, la trayectoria en Misiones indica una migración “por etapas”, es decir que residieron en otras localidades argentinas antes de arribar a Posadas. En este caso, se considera que “las redes migratorias operaron en la circulación de información (y ayuda) que desembocaron en un movimiento de otra naturaleza, desde una ciudad central a una periférica” (Bruno, 2008). De este modo, se puede concebir un “sistema urbano” configurado por las trayectorias de los migrantes entre distintas ciudades argentinas.

En suma, los aspectos geográficos, demográficos y socioculturales descriptos sirven para entender las características particulares de esta ciudad intermedia fundada por migrantes, en la que se inserta la familia sujeto de nuestra investigación.

Haciendo etnografía con historias de familia

En este apartado recuperamos la perspectiva emic sobre los modos de habitar la ciudad desde el punto de vista de una familia migrante que vive en ella. Recurrimos a la historia de vida como un modo de relacionar biografías/trayectorias individuales/familiares con el contexto social, cultural, político y/o simbólico en el que transcurren, teniendo en cuenta cómo ese contexto influencia y es transformado por ellas (Mallimaci y Giménez, 2006). Nos basamos en el subcampo de las historias de familias en tanto que la mirada diacrónica no se centra en la vida de una persona sino en el tiempo familiar, que transcurre de generación en generación (Bertaux, 1996).

La familia en cuestión presenta una serie de características paradigmáticas para este abordaje. Como dijimos al inicio, los Funes son una familia argentino-paraguaya, con madre y padre migrantes, de antigua residencia en el país y con al menos dos generaciones viviendo en la ciudad de Eldorado. Como veremos a continuación, varios de sus integrantes transitaron y/o vivieron en distintas ciudades argentinas, tanto metropolitanas como intermedias. Asimismo, el grupo familiar cuenta con una larga tradición de participación en organizaciones comunitarias, lo que la convierte en referente para sus connacionales. Con esto, pretendemos a continuación problematizar algunos aspectos de la perspectiva generacional de las migraciones desde una dimensión temporal y también espacial que aporten a la comprensión de los modos de habitar las ciudades intermedias.

La visión de los padres: buscar y dar una vida mejor

La familia Funes está compuesta por padre y madre paraguayos, Nicolás (60) e Irene (58) y sus cuatro hijas argentinas: Laura (32), Daniela (38), Florencia (46) y Liliana (47). No todas viven en Eldorado, pero conocimos a la mayoría durante el trabajo de campo en distintas ciudades, inicialmente en Buenos Aires.

Los padres nacieron en Coronel Bogado, una ciudad intermedia de Paraguay tan sólo a 49km de Encarnación y de la frontera argentina con Posadas. Nicolás tenía cuatro hermanos mayores que ya habían migrado a la Argentina entre fines de la década de 1950 y principios de 1960 y se habían asentado en Eldorado cuando aún se aprovechaba el auge de las economías regionales, cuya producción en el nordeste giraba en torno a las cosechas de algodón, tabaco, yerba mate y té. Se trataba de una cultura migratoria (Halpern y Gavazzo, 2012) ya instalada como horizonte de posibilidad para las/os jóvenes paraguayas/os, ya que como nos comenta, “todos los que terminan su estudio secundario en Paraguay se van a la Argentina”

A las condiciones estructurales como la atracción del mercado laboral y las desigualdades en los salarios, se suman también aspectos culturales como los imaginarios urbanos sobre las posibilidades de ascenso en Argentina que influyen sobre el incentivo a migrar. Además, las condiciones del contexto sociopolítico paraguayo en la década de los setenta fueron un factor de expulsión. A diferencia de sus hermanos, decidieron venir primero a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA). Allí enseguida apelaron a redes de amigos y compatriotas instalados en la ciudad, que les consiguieron trabajo: él en la construcción y ella en la costura, enclaves étnicos de los migrantes en el mercado de trabajo segmentado de Buenos Aires (Maguid, 1997).

Además de las posibilidades económicas, Nicolás reflexionaba “nosotros vinimos en la gran ciudad, en el primer mundo que es Buenos Aires, para mí, en lo cultural”. Su idea de la metrópolis estaba enmarcada no sólo por el desarrollo económico sino también por el desarrollo cultural. No obstante, la misma ciudad que les abrió un mundo de posibilidades también les cerró las puertas ya que luego de un tiempo, se vieron obligados a mudarse a La Matanza en el conurbano bonaerense (o Gran Buenos Aires, GBA). Esto responde al patrón tradicional de asentamiento en las metrópolis graficado por el modelo ecológico de Park y Burgess (1925), según el cual los migrantes viven en las zonas más marginales de la metrópolis hasta que luego, en el mejor de los casos, logran alguna trayectoria de ascenso que les permite a sus hijas/os más adaptadas/os a la sociedad local vivir en zonas de la ciudad con mejor acceso a los servicios y otro estrato social.

Del mismo modo, Mera (2012) señala que, ante las imposibilidades de acceso a la ciudad, las/os paraguayas/os apelan a las redes sociales entre migrantes para facilitar su inserción en otros espacios a través de diversas estrategias habitacionales, aunque en su mayoría son deficitarias. Así, Nicolás consiguió trabajo como obrero en una de las empresas metalúrgicas más grandes del país, sin embargo, se lamenta respecto a mudarse: “¡Cometí un gran error! porque estábamos tan bien en la capital!”

Por otra parte, eso les permitió reducir los costos de vida e incluso con el tiempo armar su propio taller textil con el que ahorrar y enviar dinero a Misiones para construir su casa en Eldorado. Allí migraron definitivamente en el año 1983 con sus tres primeras hijas que, como vimos, coincidió con el progresivo proceso de urbanización en la zona, debido a la movilidad intra (rural/urbana) e inter provincial, como en este caso.

Con el tiempo la familia abrió su propio comercio textil en el centro de la ciudad. Así lo recordaba Laura, la hija menor nacida y criada en aquella ciudad misionera, una vez establecidos: “Yo tengo fotos de cómo estaban construyendo donde está el negocio de mis viejos y no había nada! Era mucho más fácil comprar tierras en ese momento”. Nicolás reconoce que siempre trabajaron bien como fabricantes: “Nosotros implementamos, acá en Eldorado, los uniformes exclusivos para los colegios con la firma nuestra. Ahora también hay mucha gente que hace eso, ¡pero nosotros picamos primero!”

A partir de la experiencia en el rubro textil en Buenos Aires facilitaron el flujo de mercancías en Misiones ya que nos contaban “¡Trajimos todas las máquinas industriales de Buenos Aires… teníamos el más avanzado! Entonces económicamente nos fue bien”. En el proceso, crearon relaciones con la sociedad local, principalmente a partir de la cooperación con las instituciones educativas líderes de la zona.

De tal modo, a partir de sus movilidades los padres desarrollaron distintas percepciones sobre lo urbano en sus modos de habitar la ciudad (Giglia, 2012). Si en un principio las redes transnacionales favorecieron el acceso a oportunidades metropolitanas, luego derivaron en derroteros comunes a la precarización de nichos laborales para los migrantes en general. No obstante, la decisión de volver a migrar esta vez a una ciudad intermedia, donde contaban con redes de parentesco, les permitió detentar un capital locacional (Abramo, 2003), que ubicó de manera diferencial a la familia en su acceso a la ciudad, considerándola como un espacio para el desarrollo económico, pero también cultural, como luego veremos. Asimismo, esta familia migrante transformó el paisaje de la ciudad fomentando la actividad comercial en un centro de incipiente desarrollo urbano con la introducción de maquinarias, mercancías y su distribución en áreas donde no las había y estableciendo nuevas redes y alianzas en el proceso.

Uno de los argumentos comunes es que las ciudades intermedias se suelen definir negativamente (Ballet y Llop, 1999; Noel, 2016). En este caso, podemos ver que, si bien alejarse de la “gran ciudad” implicó tener menos “oportunidades”, a la vez, es justamente en la ciudad intermedia donde los padres pudieron contar con otra geografía de oportunidades (Del Rio en de Abrantes y Felice, 2015) para alcanzar un ascenso económico y social, que en la metrópolis difícilmente hubieran conseguido. En nuestro caso, el recorrido de la familia entre ciudades, tanto metropolitanas como intermedias, nos muestra distintas experiencias urbanas atravesadas por migraciones internacionales e internas, pero también nos habla del rol que desempeñan las ciudades en el sistema urbano donde las migraciones ocurren. Por otro lado, la ubicación de Eldorado con respecto a Paraguay permite ampliar la mirada hacia ciudades fronterizas que asumen la función de intermediación binacional (Carrión, 2013). Si anteriormente, observamos a esta ciudad como nodo de interconexión interurbano e inter provincial misionero, a partir de las migraciones de la familia Funes también observamos que conecta ciudades intermedias a ambos lados de la frontera en el corredor argentino-paraguayo y de este modo vincula a ambos países.

En nuestro caso, esto se da como parte de las redes previamente construidas a través de las migraciones anteriores de hermanos y también en el marco la historia que encarnan los padres para edificar una “mejor vida” para sus hijas. Ellas, por su parte, continuaron con la circularidad migratoria de sus padres para seguir sus propios proyectos juveniles, educativos, familiares y políticos, como veremos a continuación. Como en otros casos analizados (Gavazzo, 2012; Gerbaudo Suarez, 2016), esto da cuenta de la centralidad de la variable generacional -particularmente en las relaciones familiares, genealógicas- en la comprensión de los procesos de integración urbana de los migrantes.

La visión de las hijas: aprovechar lo recibido

Las cuatro hermanas Funes nacieron en Argentina, tres en Buenos Aires y una en Eldorado. Las dos mayores llevan casi 20 años de diferencia con las dos menores, lo que marca dos grupos de edad con características propias, pero también muestra diversas experiencias urbanas.

Cuando Florencia y Liliana eran pequeñas, sus padres las enviaron a vivir por un tiempo a Paraguay, cada una con una abuela. Florencia recordaba “Yo me quede hasta los dos años y pico con mi abuela en Bogado, mientras ellos vivían en Buenos Aires que estaban trabajando a full”. La migración internacional como estrategia económica de los padres implicó también la migración de sus hijas, en este caso de una ciudad metropolitana a una intermedia en otro país, siguiendo el modelo de las cadenas globales de cuidado (Sanchís y Rodríguez, 2011) que implican la consolidación de familias transnacionales (Levitt, 2010). Allí no solo habitaron otro paisaje urbano sino también otro contexto sociocultural. Convivieron con niñas guaraní hablantes que trabajaban en la casa realizando tareas domésticas[5]. Así aprendieron el idioma por estrecho contacto con otras niñas de su edad que no hablaban castellano y no mediante sus propios padres, ya que tanto Irene como Nicolás lo hablan, pero no lo enseñaron.

Luego, se reunificaron con sus padres ya en Eldorado donde cursaron sus estudios primarios y secundarios. Con la mayoría de edad sus propios proyectos educativos también implicaron migraciones. Florencia se dedicó a la música y viajó a Buenos Aires para perfeccionarse:

– Yo había estudiado en un conservatorio privado de Eldorado que tenía una filial en Buenos Aires, pero no era de muy buena calidad…
– Era una red de negocios básicamente – acota Daniela
– ¡Y si! todos los conservatorios en el interior son así! En cambio, en Buenos Aires tenes la opción pública y oficial, allá no.

Así, Florencia se recibió como Profesora de Música en el conservatorio municipal y da clases a niñas/os en jardines de infantes. Al respecto, ella reflexiona “pesó mucho que mi papá ya tenía un departamento acá desde antes, lo compró con la intención de que nosotras lo podamos usar para estudiar”.

En ese sentido, las expectativas de los padres sobre sus hijas y la inversión previa facilitaron sus posibilidades de migrar para estudiar, generando un capital diferenciado para ellas respecto de otras/os jóvenes que se quedan en Eldorado. “Lamentablemente es como dice papá ‘te tenes que ir a Buenos Aires para progresar’. Por eso hay tanta desigualdad también, la persona que no tiene recursos va a estudiar lo que pueda y en donde pueda”. Creemos que aquí se expresa lo que de Abrantes y Felice (2015) resaltan sobre una ciudad intermedia (en su caso costera): las/os jóvenes de esos espacios enfrentan desigualdades no solo por su clase sino también por su posición residencial lo cual condiciona no sólo su derecho a la ciudad sino incluso el derecho a ser “jóvenes” allí, generando una brecha entre quienes son vistas/os como tales y quiénes no por la sociedad local.

Por su parte, Daniela también migró para estudiar, pero su primer destino fue Posadas, donde se recibió de Licenciatura en Comunicación en la Universidad Nacional de Misiones (UNaM): “A mí no me dieron la opción Buenos Aires directamente! Mis viejos son muy controladores, yo quería separarme e irme”. En cambio, Florencia tuvo otra experiencia “a mí no me pasó eso, no quería irme de casa, era muy apegada, pero ellos organizaron y me vine.” En ambos casos las experiencias de ciudad estuvieron marcadas por las expectativas familiares vinculadas a la migración y la educación. Mientras que Florencia vio como opción irse para seguir el mandato familiar, Daniela buscó irse para alejarse de ese mandato. 

Cuando Daniela terminó la carrera de grado, decidió continuar sus estudios de posgrado en Buenos Aires donde tendría mejores posibilidades laborales que en Posadas: “Cuesta trabajar cuando terminas la facultad, si hubiera conseguido trabajo bueno me hubiera quedado, pero el mercado laboral en Posadas es muy pequeño.” Al igual que sus hermanas mayores, Daniela y Laura también estudiaron en Buenos Aires, donde la primera se recibió de Doctora en Antropología y trabaja en investigación dentro del Estado. Pero, estando en la capital misionera y a diferencia de su hermana Florencia, Daniela recuerda “cada 15 días agarraba un colectivo y me iba a Eldorado… también me iba mucho a Bogado a cuidar a mi abuela. Ellos también cada vez que iban a Paraguay pasaban por Posadas, yo los veía más que Flor.” En eso también los modos de habitar son diferentes, como señala Florencia: “claro, no es lo mismo estar a 200km que a 2000 km. Yo cuando estudiaba en Buenos Aires me iba a poco.”

No obstante, sus diferencias y en retrospectiva ambas coinciden sobre algunas transformaciones urbanas y sociales que caracterizan a la ciudad y su gente. En primer lugar, refieren al proceso de fragmentación urbana que acompañó su desarrollo en las últimas décadas. Según Florencia, “hay una parte de la ciudad que ahora hay un puente, y al otro lado cada vez más barrios y más gente.” Paradójicamente, ese puente que hoy restringe el acceso simbólico a la ciudad es el mismo bajo el cual se pintó el mural en homenaje a los orígenes migrantes de la misma (imagen 3). Además, Daniela agrega “esa zona es donde están los sectores populares y todas las migraciones van a parar allá porque no pueden acceder ni a un alquiler, a veces van tomando terrenos. Hay una fragmentación muy importante entre una zona y otra.”

Estos testimonios relatan procesos de urbanización “desordenada” que se fueron dando con el tiempo y que son compartidos por otras ciudades intermedias. Para el caso de Villa Gesell, Noel y de Abrantes (2020) ilustran un tipo de repertorio sociológico, identitario y moral que la sociedad local despliega caracterizando la llegada de nuevos habitantes en clave de invasión migratoria y culpándolos de la “conurbanización” de la ciudad. El desarrollo de barrios empobrecidos en la periferia de estas ciudades medianas da cuenta de fronteras espaciales (Noel y de Abrantes, 2014), tanto materiales –a un lado y otro de un bulevar– como simbólicas entre “los antiguos residentes” quienes serían merecedores de la ciudad y “los recién llegados” definidos como “intrusos” y por lo tanto no la merecerían.

En Eldorado parece observarse un escenario similar, sobre todo en momentos de crisis sanitaria donde las fronteras de todo tipo recrudecen. Como señala Daniela “con el coronavirus eso se vio peor! Se cerró ese puente dividiendo la ciudad ¡la gente no podía pasar! Con las colonias rurales hicieron lo mismo, cerraron el camino con palos. Si un niño se enferma y lo tiene que llevar al hospital qué hace, se muere ahí?!”. En este caso, la pandemia visibilizó las fronteras internas de la ciudad con su periferia rural y urbana. Además, Florencia reflexiona “hicieron eso sin si quiera existir un caso de COVID, primó el miedo y el egoísmo! ¡No hubo casos no porque fueron eficientes sino porque fueron egoístas para que la gente no pasara, es terrible! Eso es una conciencia de pueblo.” Conciencia que reflejaría una idea de quienes son merecedores de la ciudad y sus recursos sanitarios y quiénes no, frente a la cual las hermanas Funes comparten su indignación.

En segundo lugar, la privatización es otra de las transformaciones que señalan. Al respecto, Florencia mencionaba que “Eldorado ha pasado por un crecimiento demográfico muy grande, aparecieron más universidades privadas.” Daniela coincidía en esto agregando:

En Eldorado el sector privado siempre crece, el problema es lo público. Por ejemplo, el SAMIC[6] que es el hospital más importante de toda la zona del Alto Paraná no solamente se está deteriorando sino también todas las salitas de salud del resto de la región. Entonces todos van a ahí y se multiplica la presión ¡Pero el que tiene plata va a la clínica privada y ya! Eso está muy instalado en el sentido común eldoradense

En este sentido, Florencia concluía “¡Es una ciudad muy burguesa!”. En este sentido, Daniela afirmaba también “si vos sos de la clase profesional es otra cosa, es re importante ser profesional, contador o abogado. Si te vas lo importante es el título que vos vuelvas tengas un auto y tu casa”. Así, atributos como la clase, la posición residencial, el nivel educativo y la antigüedad influyen en los modos de habitar esta ciudad intermedia.

A continuación, exploramos cómo además la variable nacional operó en el proceso migratorio y de identificación de esta familia con el origen paraguayo.

Diálogos inter-generacionales sobre la “paraguayidad”

La identificación con “lo paraguayo” hacia “afuera” y hacia “adentro” de la familia configuró los modos de habitar la ciudad para las distintas generaciones. Buscamos aquí entonces recuperar escenas de la vida familiar o testimonios que den cuenta de esa identificación con el origen migratorio, tanto en la casa como en el espacio público comunitario.

Hacia adentro de la casa

Queremos resaltar una escena ocurrida durante nuestro último día en Eldorado. Un domingo al mediodía compartimos un asado con la familia en casa de los padres. Estaban ellos, sus cuatro hijas, su nieta, un amigo de la familia y nosotras. Después del almuerzo, mientras tomamos tereré Nicolás se dispuso a organizar un mini concierto para nosotras “voy a hacer unas canciones para las antropólogas” dijo.

Primero, cantó una canción en guaraní, acompañando con su guitarra. Luego con Florencia interpretó otra. Por pedido de las hermanas, cantaron la guarania “Regalo de amor”, un género musical desarrollado mayormente por paraguayos en el exilio en Buenos Aires. Nosotras registramos la performance con celular y Laura, la hija menor, también. De este modo, el encuentro adquirió otro tono a partir de esa representación musical en la casa familiar donde pasamos a integrar la audiencia.

Si bien ese día en el living comedor se había improvisado un escenario, esto fue posible por elementos que habíamos visto días antes formando parte del ambiente. Hacia un costado de la sala había unos parlantes muy grandes, una bandeja de música, micrófonos y un atril con partituras. En efecto, Nicolás es músico y siempre quiso continuar estudiando en Buenos Aires, pero no le fue posible. De todos modos, continuó con su sueño de modo autodidacta e incluyo a sus hijas en esta iniciativa.

Así, Florencia contaba que recordaba con mucho cariño esa canción, con letra en español y guaraní, ya que solía interpretarla de pequeña con su padre en fiestas de la colectividad. Laura también agregaba:

Mi papá es músico y siempre tuvo contacto con músicos, entonces en las fiestas traía delegaciones de músicos de Paraguay. Por más que yo no fuese a Paraguay, nosotros en Argentina siempre estuvimos asociados a lo paraguayo.

El folklore paraguayo y el idioma guaraní son elementos arraigados en las distintas generaciones de la familia. Por un lado, la transmisión cultural de la música y de una identidad paraguaya asociada a ella fue algo que Nicolás cultivó en sus hijas haciéndolas partícipes de eventos de la colectividad en Eldorado.

Por otra parte, el aprendizaje del idioma guaraní también está atravesado por una cuestión generacional dentro de la familia. La diversidad lingüística en torno al guaraní en la familia está influenciada por experiencias de vida en diferentes contextos históricos y geográficos. Así, según las distintas generaciones podemos distinguir entre quienes dominan el guaraní (madre y padre), quienes hablan y entienden (las hijas más grandes) y quienes no lo hablan (las hijas más chicas).

Laura cuestionaba con nostalgia la escasa voluntad de “los paraguayos” de transmitir el idioma a sus hijas/os, en comparación con otras colectividades. Su padre, considera que el guaraní siempre fue un idioma menospreciado por el Estado paraguayo, llegando incluso a ser prohibido durante la dictadura de Stroessner. Con este contexto de fondo, para cualquier paraguaya/o hablar el idioma y transmitirlo a sus hijas/os es una cuestión de resistencia cultural y política. Por eso Nicolás, ahora de grande, se muestra muy interesado en recuperar el idioma, sus valores y la historia asociada a él.

De alguna manera, esta pequeña performance familiar –y las conversaciones derivadas de ella- reflejan el ambiente de expectativa por mostrar “hacia afuera” (nosotras, antropólogas, no paraguayas) la cultura de una familia unida por la música y también por una cultura política de la migración transmitida entre las distintas generaciones.

Hacia afuera en el centro paraguayo

La interacción de la familia en Eldorado no se limitó a la empresa comercial, sino que también se interesaron por el desarrollo social y cultural. Los Funes son referentes de la cultura paraguaya en la localidad, ya que Nicolás fue presidente del único centro cultural paraguayo de la ciudad.

Una tarde nos llevaron a visitarlo, muy cerca del casco urbano. Es un edificio de amplias dimensiones, con un gran salón, una biblioteca y un pequeño santuario a la virgen de Caacupé en su frente. Entre los años 1993 y 2003 él y su familia, contribuyeron en gran parte con el crecimiento edilicio, social y económico del Centro Social y Cultural Paraguayo fundado hace 80 años. Algunos vecinos lo recuerdan como una “institución que supo enaltecer las costumbres, arraigos y tradiciones de los hermanos paraguayos. ¡Sede social y dirigencia siempre al servicio de la comunidad eldoradense toda!!” (Eldorado en el Recuerdo, 18 de Julio de 2017).

La participación comunitaria en el Centro le permitió a la familia no sólo difundir la cultura paraguaya sino también, “integrarse” a una sociedad local edificada a partir de la pertenencia a las colectividades de inmigrantes. En este sentido, Nicolás refuerza: “¡nosotros formamos, quien le habla, la colectividad paraguaya de Eldorado! Que he participado en el crisol de razas”. Las condiciones locales de la participación se estructuran en clave étnico nacional, a partir de la organización de centros culturales, festivales y escuelas. En dichos espacios se recrean pertenencias y se difunden costumbres a favor de la integración en una ciudad intermedia particular que, como vimos, fue fundada por inmigrantes “colonos” que emprendieron la explotación económica de la zona y desarrollaron una identidad que aún perdura en los múltiples homenajes a sus fundadores en la ciudad.

Además, la participación de toda la familia en el club era importante en otro sentido. Las hijas, desde muy pequeñas, bailaban danzas folclóricas y también cantaban en los eventos patrios del Centro. Una tarde en el río, Laura nos contaba “Nosotras de chiquitas estábamos en las fiestas, en las reuniones por el 14 de mayo o por el 15 de agosto[7] […] y por más que yo no fuese de Paraguay, en Argentina siempre estuvimos asociados a lo paraguayo”. Ese “no ser”, pero “estar asociada a” tiene que ver con el esfuerzo consciente que su madre y padre hicieron por involucrarlas en una cultura paraguaya a través de la música y el arte. Para Nicolás todas sus hijas “trabajaban porque la institución la teníamos que sacar adelante. Difundíamos nuestra cultura, ellas (hijas) desarrollaban su arte, su talento y defendían nuestra cultura”.

Tal como hemos observado en nuestras investigaciones, es muy frecuente que la inclusión de los descendientes de paraguayos en las organizaciones comunitarias –sobre todo a edades tempranas- se dé principalmente a partir de las prácticas artísticas y culturales. Esto puede derivar en relaciones de solidaridad y cercanía o en conflictos entre padres e hijas/os sobre todo por el contexto estigmatizante hacia la condición migrante paraguaya (Gavazzo, 2012). Este fenómeno sucede tanto en las ciudades metropolitanas como en las no metropolitanas, de modo que constituye una práctica transnacional de vinculación inter-generacional con el origen migratorio y por ende de participación en los procesos de comunalización.

Dicha participación social y cultural implicó gestiones concretas que contribuyeron a la urbanización de la ciudad, como la construcción y ampliación del Centro así como la pavimentación de calles aledañas en dialogo con el municipio. En el proceso, la familia fue haciendo parte de un imaginario urbano de la colectividad paraguaya en la sociedad eldoradense.

Para los padres, el modo de habitar la ciudad estuvo íntimamente ligado a su rol desempeñado en la colectividad. El mismo consistía no sólo en la difusión de la cultura paraguaya (o “paraguayidad”) sino incluso en su “defensa”. Como vimos, Nicolás considera que la principal amenaza a la cultura paraguaya viene del propio Paraguay. Allí la dictadura instaló la censura sobre aspectos identitarios claves como el idioma guaraní o la guarania. Frente a esto, Nicolás cuenta que “hacía un esfuerzo enorme, traía músicos de Buenos Aires, de Asunción”, por medio del Ministerio de Cultura tanto de Argentina como de Paraguay para que tocaran gratis en eventos de la localidad. De este modo, la familia encontró una forma de difundir su cultura mediante un mecanismo de integración “hacia afuera” (Gavazzo, 2004) con la sociedad misionera a través del arte, las danzas folclóricas y la música paraguaya en Eldorado.

Dicho mecanismo fue también una forma de defender esa cultura que sentían bajo amenaza y que lograron preservar “hacia adentro” de la familia a través de la transmisión de valores, costumbres y tradiciones paraguayas a sus hijas argentinas. Esta expectativa de continuidad de los padres hacia la pertenencia paraguaya se traduce en escenas de la vida familiar e íntima, como vimos, pero también en la participación en organizaciones comunitarias.

Ahora bien, para las hijas esta construcción de lo paraguayo en la sociedad eldoradense no estuvo exenta de tensiones, sino que marco diferencias tanto con los padres como entre ellas y derivó en distintos modos de habitar la nacionalidad en la ciudad. En relación a la participación en el Centro, Daniela confesaba: “bueno, no teníamos mucha opción de no colaborar con eso. A mí no me gustaba. Mi papá nos arrastraba a todo lo que se hacía, ¡te ponía el traje, tenias que bailar, tenías que cocinar! participar, ayudar! así como tenias que ayudar en la casa también en el centro”.

Además, agrega “yo sentía que la militancia adentro del club traía muchos problemas a la casa” como por ejemplo pérdidas económicas en eventos del club o peleas internas entre sus dirigentes que repercutían cargando de estrés y peleas entre su padre y madre. Las fronteras entre el adentro y el afuera de la participación se desdibujan.

En cambio, Florencia no lo vivió con pesadez sino por el contrario, “a mí me encantaba estar en la cocina del centro paraguayo, también me encantaba bailar y ponerme el traje”. Como vimos, esto se relaciona con el recorrido diferencial que tuvo cada una respecto al mandato familiar, pero también con diferencias generacionales entre ellas, enmarcadas en el tiempo y el espacio. Lo primero se refleja en la propia reflexión de Daniela “pasa que a mí me tocaron padres más viejos. Papa siempre dice con las dos primeras nosotros crecimos juntos, ¡a las dos últimas les toco lo que les toco!”.

La distancia etaria entre ellas deriva en distintas experiencias de crianza que impactan sobre el modo en que cada una experimentó su rol en la familia y en la ciudad, al menos de niñas. Asimismo, entre ambas encuentran posibles explicaciones:

– …Puede ser, pasa que cuando ella [Daniela] percibió todo eso yo ya no estaba en Eldorado sino en Buenos Aires. Cuando yo era adolescente allá (en Eldorado), ella era muy niña entonces percibimos por eso también diferente
– ¡Lo que pasa es que cuando vos eras chica papá no era presidente del centro paraguayo! cuando él se vuelve presidente vos ya estabas en Bs. As.
– ¡Sí, claro tus experiencias no son las mismas que las mías!

Ya de grandes, aparecen otras marcas generacionales atravesadas por lo espacial en las cuales desarrollan distintos modos de habitar la nacionalidad. Daniela contaba:

Hoy soy la más militante de Paraguay, pero para mí fue todo un trabajo de reconstrucción identitaria. Tomé una decisión en un momento de mi vida, estando en Buenos Aires, con lo del golpe y todo el dolor y expectativas, habiendo hecho mis propios vínculos. Porque antes todo lo que era de la paraguayidad venia de la mano de mis padres.

Ese proceso, que se dio con la movilidad y como parte de su construcción adulta, coincide también con un despertar político. Así como sus padres “defendieron” al Paraguay a través del lenguaje y la música, su hija encontró una vía similar en el activismo político en Buenos Aires participando en organizaciones paraguayas contra la destitución del ex presidente Fernando Lugo. Aunque su hermana también se estableció en la misma ciudad, destaca “yo no hice ese tipo de conexiones, siempre me vincule más con la colectividad paraguaya cuando viajaba a Misiones y a Paraguay”. Estas diferencias generacionales, tanto con sus padres como entre ellas, influyeron sobre los distintos modos de habitar la pertenencia paraguaya en Eldorado. Sus experiencias en el hogar y en la participación comunitaria reflejan distintas dimensiones del habitar para estas jóvenes provenientes de una familia migrante y asociadas al origen paraguayo, tanto en una ciudad intermedia como en otra metropolitana.

Conclusiones

En este capítulo analizamos los modos de habitar una ciudad intermedia de la provincia de Misiones por parte de distintas generaciones, entre migrantes paraguayas/os y sus descendientes. El objetivo fue comprender las diversas experiencias generacionales y urbanas examinando sus trayectorias migratorias y educativas/laborales entre Eldorado y otras ciudades, tanto como argentinas como paraguayas.

En principio, caracterizamos a Eldorado en su rol de intermediación como un punto en un circuito migratorio más amplio, móvil y dinámico de movilidades internas e internacionales. Por su condición fronteriza con Paraguay, forma parte de una cultura migratoria que luego facilita traslados en las sucesivas generaciones. Este tipo de ciudades en red, son configuradas por procesos económicos interconectados, pero también, los migrantes las transforman generando otros. Tal fue el caso de la familia Funes que expandió sus redes transnacionales mediante la participación comunitaria ligada a lo artístico y de las redes translocales que supieron construir sus hijas a partir de las movilidades entre ciudades argentinas.

Además, exploramos la dimensión cultural de esta ciudad dando cuenta de la presencia histórica de migraciones que son hoy parte del imaginario urbano, aunque de manera desigual. Así, vimos como en la representación nacional de un “crisol de razas” que dio origen a la ciudad, su carácter europeizante resulta estigmatizador de lo paraguayo.

Luego, reconstruimos las experiencias de dicha familia argentino paraguaya que forma parte de las movilidades en esa zona, pero que también presenta particularidades que la distinguen de otros recorridos posibles de la migración paraguaya allí. Sus testimonios y vivencias reflejan en sus biografías huellas de las transformaciones urbanas acontecidas en Eldorado, Posadas y Buenos Aires a lo largo del tiempo.

Así, los modos de habitar el espacio urbano se ven atravesados por “lo migratorio” y también por “lo generacional”. La heterogeneidad de experiencias entre las generaciones genealógicas (padres e hijas) y etarias (hermanas mayores y menores) refleja las diversas identificaciones con el origen paraguayo o de habitar la paraguayidad en la ciudad. La posibilidad de acompañar prácticas asociadas a esa pertenencia nacional, en el seno del hogar o en organizaciones de la colectividad, depende de maneras generacionales de auto-percibirse y de responder a los estigmas asociados a ella. A su vez, otras pertenencias como la edad, la clase o la posición residencial también influyen en las oportunidades que la ciudad presenta para las distintas generaciones en un contexto histórico u otro.

Por último, queremos destacar algunos desafíos teórico-metodológicos de la investigación y las maneras de sortearlos. Nos encontramos con una convergencia teórica escasa entre los estudios migratorios y los estudios urbanos en los debates contemporáneos. Más aún si consideramos que se ha escrito muy poco aún sobre las dinámicas de los migrantes en las ciudades intermedias, frente a la prolífica bibliografía sobre sus experiencias en ciudades metropolitanas, particularmente Buenos Aires para el caso argentino.

En ese sentido, tres estrategias fueron clave para descentrar la mirada en la comprensión de otras realidades y/o de la misma desde otras perspectivas, ya sea en relación a las migraciones o a lo urbano. Primero, asumir la movilidad como parte de la investigación fue un ejercicio esencial. En ello, la etnografía multilocal fue fundamental para entender la vinculación que las personas establecen con los espacios y las pertenencias asociadas a ellos. De hecho, “seguir a las personas” entre distintas ciudades nos llevó al origen mismo de la pregunta por las dinámicas migratorias en otros espacios urbanos.

Segundo, en el proceso de investigar las transformaciones de la ciudad y las experiencias generacionales de sus habitantes, encontramos útil complementar el trabajo de campo in situ con la recopilación y el análisis de fuentes históricas. Sobre todo, aquellas aportadas por sus propios habitantes quienes convertidos en cuasi historiadoras/es locales, construyen activamente un archivo colectivo en espacios virtuales (grupos de Facebook, blogs) con el objetivo explicito de visibilizar la historia de los lugares y su rol en ellos.

Por último, intercambiar nuestros resultados de análisis preliminares con nuestras interlocutoras entrevistadas en el campo implicó un modo productivo para la validación de los datos e incluso un camino posible para pensar modos de investigación colaborativa en la antropología urbana sobre las ciudades intermedias.

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Recursos de Internet

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“Mural por el centenario” (28 de febrero de 2019). Facebook. Eldorado en el Recuerdo. https://bit.ly/3jkUjwn

“Colectividad paraguaya en Eldorado” (30 de agosto de 2015). Blog de Frances Lowe. https://bit.ly/2WsZeCL

“Municipalidad de Eldorado” (2 de febrero de 2021). https://bit.ly/3mEWu0a


  1. La Ley de Inmigración y Colonización (N° 817) promulgada por el presidente Nicolás Avellaneda en 1876 promovió la ocupación planificada de tierras y la ubicación de colonos europeos con la idea de que vinieran a “poblar” y “civilizar” el territorio.
  2. Waldhufendörf: Wald: bosque; Hufen: porción de tierra cultivable generalmente entre 12 y 22 yugadas. Dörf: pueblo (Gallero, 2008) o “aldea que se extiende en una franja angosta del bosque” (Jelin, 2009).
  3. María Galasso, historiadora y encargada turística. Fuente: https://bit.ly/3BwK8eL. Última fecha de consulta: 30 de agosto de 2021.
  4. Para detalles, ver los trabajos de Caggiano, 2005; Gavazzo, 2008. El debate sobre el “crisol de razas” de la argentinidad ha sido materia de varios estudios, mostrando que el marco nacional ha propiciado una identificación de la población con la inmigración europea lo que va en contra de las posibilidades de las personas de “marcarse” en torno a la paraguayidad.
  5. El sistema de “criadazgo” es muy practicado en Paraguay. Se trata de niñas de origen rural, indígena y pobre que son acogidas en casas de familias con personas mayores, en general empleadas para “ayudar a cocinar, con las gallinas, las vacas” lo cual les permite además estudiar en la escuela primaria.
  6. El Hospital SAMIC Eldorado se creó en 1971. Es una institución sanitaria de complejidad que brinda atención a la población no sólo de la ciudad sino también de otros departamentos y del vecino país Paraguay. Sobre el histórico desfinanciamiento del hospital leer Stolkiner (2001).
  7. Ambas son fechas patrias de Paraguay que se celebran en Eldorado. El 14 de mayo es el aniversario de la independencia de Paraguay. El 15 de agosto es el día de la fundación de Asunción, su ciudad capital.


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