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Prólogo

De los exilios en la (in)quietud de lo móvil
y los saberes en juego

Alberto L. Bialakowsky[1]

Nos dirigimos en automóvil a Ensenada, Baja California. Estamos recorriendo la ruta que parte de Tijuana, la misma que se dirige en dirección costera a Rosarito y circula en su tramo inicial en paralelo a la ‘Línea’, como denominan regionalmente a las sucesivas vallas amuralladas y torretas de vigilancia que trazan la frontera internacional con los Estados Unidos ahora, lo que fuera el antiguo México antes. Es mediodía. Desfilan ante nosotros imágenes mortuorias representadas en afiches que memoran a quienes han quedado allí –en ese interregno– para siempre en su intento de cruce. De improviso, vemos caminando avecinados a las alambradas, casi distraídamente, como de paseo en especie de jolgorio, a unos jóvenes, luciendo ropa liviana, sin atados ni mochilas a la vista. De pronto uno de ellos se sube sobre los hombros del otro y salta los alambrados hacia el otro lado. En este sólo, simple e insólito acto pasa en un instante su condición de hombre libre a migrante indocumentado furtivo, en un acto de bautismo que lo llevará a cambiar su historia y dejarnos una huella imborrable en la nuestra.

Relato de viaje, México, 2010

Te vistes y sabes que es hora de terminar tu viaje, cuyo objetivo te era desconocido y que en cambio, con una claridad más deslumbradora que la luz del día, tienes la certidumbre de conocer, de poseer, de haber hecho tuyo, y quisieras que esta certeza estuviera acompañada por el concierto para piano y orquesta en do mayor de Mozart, porque oyes su música, pero quieres el allegro vivace con la cadencia Senkin interpretado por los dedos mágicos de María Joao Pires… Leíste el libro misterioso que encontraste por casualidad en el cajón de la mesilla. Y ese libro de un autor que ya preveía todo de ti, tu itinerario, tu recorrido, te ha hecho pensar que quizá estuvieras persiguiendo tu futuro y al mismo tiempo te ha hecho adquirir de nuevo el sentido de aquello que perdiste; es tu viaje vertical, tu viaje hacia el verdadero final implacable e inconsciente, es como si se hubiera colocado en horizontal: ¡es verdad, es verdad! Tú eres móvil y el tiempo te está atravesando, y su futuro te está buscando,te está encontrando, te está viviendo: te ha vivido ya…

Antonio Tabucchi, Milán, 2001[2]

El hecho literario y el hecho biográfico se entrecruzan. Desde aquella milenaria decisión final crucial socrática, la elección vital frente al exilio siempre resultará forzosa, implica una ruptura cuyos puentes no lograrán suturar los desgarramientos como instancia duradera y transicional (Lidia M. Fernández) al mismo tiempo. Los significados del exilio son múltiples e icónicos, comprenderlos es una decisión analítica que lleva de suyo las interrogaciones en múltiples avenidas. Tomar una decisión metodológica parte al menos de dos elementos. Por un lado, optar si la interpretación correrá en sentido de comprender las cuestiones puestas en juego a nivel macro social o recalará en las biografías subjetivas. Por otro lado, se trata de avalar lo comprendido con una legitimación que se construye a través del juego de verdad científica, y la elección de cuáles significados se le adjudicarán para validar la explicación: si a la muestra estadística referida a las masas migrantes o a la instalación antropológica de las historias de vida a modo icónico. La ciencia positivista no se ha decidido aún por legitimar totalmente el holograma, pero la conciencia agitada sobre la existencia real de la complejidad advierte que no se puede prescindir ni de una ni de otra cara del poliedro de la realidad circundante, es necesario complementarlas (Rosa Martha Romo Beltrán).

Lo forzoso y lo furtivo del migrante no pueden sino quedar como núcleos residuales subjetivos, pues la inmanencia que se desprende de lo raigal no puede ser desechado. Operan como desprendimiento, como cicatriz que remite al origen, al universo y al soporte vital del lenguaje materno, a la comparación del entorno social y a los mecanismos de defensa. Los tatuajes del origen no pueden quitarse, así como tampoco las tinturas de la subjetividad impresas como palimpsesto en las decisiones “racionales”, el contexto eco-social va adherido a la vida de los sujetos. Toda arqueología señala que el origen paradójicamente proviene del movimiento trashumante, de traslación. Aún el conquistador que avasalla la tierra que ocupa la nombra con sus nombres. Lo cual no impide reconocer que la fusión siempre ha (re)creado nuestros universos simbólicos.

La cuestión en este ensayo se hace especialmente singular pues se trata de migraciones intelectuales, se trata del movimiento de un sujeto reflexivo, alguien que coloca en conciencia la traslación tras-fronteras como intercambio de saberes, como cambios de lugar e itinerarios intelectuales (Isabel Guglielmone). En el trasfondo, igualmente, siempre la partida contiene aquellos artífices arcaicos de la expulsión y la recepción social, aún cuando la decisión de migrar quede investida y homologada al deseo, a la tentación, al encandilamiento del cambio. El exilio no puede eludir saberse entre entornos sociales, las comunidades de partida y las de llegada, unas por el sentir de abandono y otras por impacto de arribo (Lidia M. Fernández).

Cabe al investigador quedar exigido en este interrogarse en medio de estas dos especificidades convergentes, la del entorno social y la de la comunidad científica. Acaso sin ocaso se mueven entre dos esferas permanentes. La imposible libre circulación entre fronteras políticas y la conciencia de que la ciencia pertenece en su factura al entorno social en que se nutre (Claudio Suasnábar). Los espacios se unen y bifurcan al mismo tiempo. Los exilios intelectuales quizás son impensables sin estos dos recorridos, por una parte por extrañamiento del terruño y por otra, por la absorción del medio de llegada. Probablemente nunca, como heridas, queden totalmente suturadas, aquella por la nostalgia y estas por la supervivencia intelectual.

Es posible así coincidir con Julio Cortázar, pues quizás el ser literario –como señalaba Enrique Marí[3]– alcanza con otro lenguaje a comprender estas hendiduras y hacerlas puente con la conceptualización científica, especialmente en el campo de las ciencias sociales:

[…] Había un paso que franquear: el de ver al prójimo no sólo como el individuo o los individuos que uno conoce sino también verlo como sociedades enteras, pueblos, civilizaciones, conjuntos humanos… Cuando volví a París (donde residía, desde Cuba)… sentí que no sólo era argentino: era latinoamericano, y ese fenómeno de tentativa de liberación y de conquista de una soberanía a la que acababa de asistir era el catalizador…

Pero la interrogación académica –postulamos– no podrá salir de su lugar de (in)quietud si no se ofrece una elección metodológica, pues para comprender este tránsito se exigirá por lo tanto una estrategia que pueda abarcarla, así el testimonio (Rosa Martha Romo Beltrán) asume su protagonismo como instrumento de lectura de las trayectorias biográficas. Método y contenidos se enlazan para brindar el descubrimiento, como se muestra en las experiencias analizadas como la mexicana, y como aquellos migrantes que con su impacto de a-llegados han nutrido el intelecto circundante. El testimonio, al indagar en la trama de la historia de vida, lo muta a holograma del contexto social. El exilio y el trayecto permiten develar como culminación una amalgama. Queda contradicha la hipótesis de lo extraño y el extrañamiento subjetivo del migrante, para dar cuenta de que la simbiosis intelectual colectiva resulta generativa de innovación, así como dinamiza el debate y el desarrollo del conocimiento (Rosa Martha Romo Beltrán)[4].

Desde otra cara del prisma se reflexionará: “[…] el exilio para una parte de la intelectualidad fue un momento en el cual mirar hacia atrás, de ver qué se hizo, y por otro lado, de revisar con qué instrumentos teóricos se plantearon esas alternativas” (Claudio Suasnábar). Así, el análisis se realiza con referencias, por una parte, a aquellas teorías que brindaron marco a la acción política, como por la otra, al campo de lucha en contextos dictatoriales. Y se trata por ende tanto de exilios intelectuales externos como internos. Inflexiones de una praxis que comprometían la vida en las décadas de los setenta y ochenta, que hacían del pensamiento y la acción una unidad para el cambio social. El exilio cobraba así una intensidad que no podría soslayarse, homologable –quizás– a aquellos holocaustos intelectuales republicanos, o los pensadores críticos perseguidos de la escuela de Frankfurt como Walter Benjamin[5]. El exilio como catalizador se expresaba como puente de ruta para repensar aquellos episteme, sus percusiones académicas y educativas.

En cualquier significado de su polisemia el exilio contiene un cambio de lugar (Isabel Guglielmone), a la vez que un desgarro, un destierro, aun cuando lo forzado quede difuminado. Este corte umbilical implicará una intersección, y en esta pérdida en consuelo, podrá –quizás– brindar la oportunidad que lleve al despertar de un giro intelectual, a un aguzado sentido de ampliación de los horizontes de partida. Ciertamente, a condición de que el refugio del refugiado resulte nutriente. Así lo demuestran los logros en la trayectoria biográfica del passeur Armand Mattelart, cuyos alcances espejan cartografías coincidentes entre mutantes geografías e itinerarios intelectuales. Mediaciones del mediador, constructor de puentes entre continentes (Isabel Guglielmone). Se hace así comprobación la conjunción encarnada de los pensamientos y el medio que los aquilata. Si, por un lado, las ideas tienen pertenencia subjetiva, también dependen de la interlocución social. Entre la clausura del silencio y la palabra median los dispositivos de poder comunicativo que los agitan, subsumen o vitalizan aún en el exilio, “en todo exilio”.

Con estas palabras todo ha consistido en promover la lectura de este valioso manuscrito: “Generaciones intelectuales en movimiento: Argentina-México-Chile-Francia”, emergido en el marco del seminario permanente Procesos Laborales e Intelecto Colectivo, del Instituto de Investigaciones Gino Germani. Vaya entonces en dirección de este aliento una posdata en lo que sigue como colofón también a modo de epígrafe literario dedicado a sus autores.

Y es muy natural que la intensidad de un dolor que excede de la medida común prive de la elección de palabras cuando frecuentemente ahoga también la voz […] Recorramos todas las tierras; ni una sola encontraremos en el mundo que sea extraña al hombre.
(Séneca, 2000: 4 /19)[6]

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“Hacer soplos con la vida”, Obra plástica de la artista Guillermina Victoria,
2016. http://wilhelmina18.wix.com/arte-victoria

El relámpago partió una explosión en círculo,
el humus trepó colgajos en el aire,
las aguas ascendieron montañas
sembrando crustáceos,
en las riberas mica y plata,
des-terrados a-llegados
hicieron un alto
para mirar hacia atrás,
el silencio despeñó
melancolías
y pétalos como verbos
sus voces
A.L.B.


  1. Profesor e Investigador, Carrera de Sociología e Instituto de Investigaciones Gino Germani, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires. Visiting Professor, Rhodes University.
  2. Tabucchi, Antonio 2004, Se está haciendo cada vez más tarde (Buenos Aires: Editorial Anagrama Barcelona), páginas 196-197
  3. Marí, Enrique E. 2002, Teoría de las ficciones (Buenos Aires: Biblos).
  4. Puede citarse, en sintonía con el ensayo, la trayectoria homóloga del científico argentino Rolando García (1919-2012) y su exilio en México, acogido por la UNAM, autor que junto con Jean Piaget fundaran una nueva visión epistemológica, como así desarrollara la comprensión e investigación interdisciplinaria de “sistemas complejos” (Cfr. Revista Horizontes Sociológicos – Asociación Argentina de Sociología/AAS: http://aasociologia.­­wordpress.com/­­revista­-horizontes­-­sociologicos/).
  5. (1892-1940).
  6. Séneca, Lucio Anneo 2000, Consolación a Helvia (Ediciones elaleph.com).


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