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5 Gubernamentalidad
y comunicación de masas

La emergencia de la sociedad de los públicos

Emiliano Venier[1]

 

Introducción

En Nacimiento de la biopolítica y en Seguridad, territorio y población, Foucault (2008) sostiene que hay dos problematizaciones del Estado a partir del siglo XVII, que son el control de la economía y el control de la opinión pública. Con el nacimiento de la sociedad civil como espacio para resolver las contradicciones entre la economía y la política, van a tener surgimiento los discursos públicos sobre la economía y la opinión sobre temáticas de interés público (Lazzarato, 2007: 94). Desde el siglo XVII se expresó una voluntad de controlar, sustraer la vitalidad de los mecanismos que permitían la circulación de la opinión en las sociedades occidentales. Esta coerción se aplicará mediante diferentes formas jurídicas, desde los mecanismos de censura explícita, hasta las restricciones en la provisión de papel para prensa.

Lo que va a resultar una singularidad a fines del siglo XIX y comienzos del XX va a ser el ingreso de la opinión y la información en el dominio de la biopolítica y las técnicas de seguridad. Este nuevo estatus se expresará, en primer lugar, en el desarrollo de un espacio de producción de saberes nucleados, en un principio, en la psicología de las masas, pero que en poco tiempo incorporaría herramientas del cálculo matemático y estadístico aplicado a la política y al mercado (Mattelart, 2007). En segundo lugar, y con el surgimiento de las tecnologías de la comunicación de emisión (radio y televisión), se desarrollará una serie de regulaciones jurídicas para conducir el funcionamiento de estos aparatos de expresión.

En este proceso se destaca la emergencia de la noción de “público” para caracterizar y problematizar la forma social que debería ser gobernada a partir de la expansión de los medios de comunicación. La palabra “público” había hecho referencia a lo largo de la historia a todo aquello que trascendía el ámbito de lo privado, pero en este contexto servirá de relevo a las categorías de “población” y de “masa” con las que la psicología de las multitudes del siglo XIX pensaron la forma de asociación de individuos que se configuraba en torno a los medios.

Asumiendo una perspectiva de análisis desde la gubernamentalidad, se sostiene que las relaciones de poder se piensan como juego de estrategias entre libertades, y que para pensar técnicas de gubernamentalidad es menester comprender que, para las técnicas de seguridad, el individuo no es el origen absoluto de la acción, que no se actúa sobre el individuo, sino que se interviene sobre una serie de elementos que van a conducir la acción del individuo (Lazzarato, 2006: 74). Asimismo, es necesario considerar a los sujetos involucrados en esa relación con un amplio margen de libertad.

Analizando el devenir de las problematizaciones en el campo de la comunicación, se advierte que en las descripciones sobre las relaciones sociales mediadas por las tecnologías de la expresión y la comunicación, los individuos en cuanto públicos adolecían de esa libertad. Esa relación en términos de asimetría y manipulación dominante fue planteada en las primeras hipótesis del análisis social sobre la comunicación desde los comienzos del siglo XX con la metáfora de la “aguja hipodérmica” o el “público fantasma” planteado por Walter Lippman en esos mismos años; la Escuela de Frankfurt tampoco atribuyó libertad al individuo alienado de la sociedad de la cultura de masas. Una cierta libertad en la significación de los mensajes le será conferida a los públicos mediante hipótesis y teorías de la comunicación y la cultura desarrolladas en EEUU e Inglaterra durante los años 1960 y 1970 que definieron como dominio de su saber las prácticas específicas de los receptores de los mensajes de los medios en su vinculación con las tecnologías.

En este trabajo se buscará recuperar, desde la perspectiva de la gubernamentalidad, esos primeros momentos en la problematización en torno a la noción de público en algunos de los autores que desarrollaron las ideas que más influyeron en el modo de pensar la sociedad y los procesos de la comunicación masiva en los comienzos del SXX, la recepción de esas ideas en la Argentina y el momento de ruptura que significó la emergencia del neoliberalismo como racionalidad de gobierno.

El nacimiento de la sociedad de los públicos

Para Foucault (2008), la sociedad civil constituye un dispositivo que adquirió vitalidad en el capitalismo para lograr conciliar las tensiones entre el homo æconomicus y del homo juridicus, dos construcciones que resultaron claves para la gubernamentalidad liberal. Esas dos construcciones se articulaban como un tercer dominio, distinto de los hogares privados y del poder público. La esfera pública se constituyó como el espacio de la sociedad civil, a diferencia de la asociación privada, por una parte, y la sociedad política institucionalizada, por otra. Su especificidad consistió en proporcionar la infraestructura para la elaboración de la opinión pública a través del debate público, es decir, el debate sobre cuestiones de interés general y cuestiones de interés común. A estos debates se suman todos los ciudadanos potencialmente afectados por los resultados de decisiones políticas sobre los temas en juego, y se llevan a cabo de acuerdo con reglas racionales. La participación y la deliberación son los aspectos cruciales de esta esfera de acción social.

Ese espacio en el que se encontraban las opiniones va a sufrir transformaciones vinculadas a las mutaciones de la vida urbana, producidas por la industrialización, y de las formas y las técnicas de gobierno de las democracias masivas en el siglo XIX. Ese espacio pensado por la Ilustración comenzaba a desdibujarse en la consideración de la gubernamentalidad liberal con la aparición de mediadores y técnicas de manipulación para la formación de la opinión en las masas.

La “opinión pública” ya no es el concepto heredado de la Ilustración, concepto normativo de una opinión (idealmente) formada con la razón. Designa más bien a la masa segmentada en la que se expresan intereses divididos y hasta conflictivos. […] Se deduce que el carácter público de la opinión, es decir, su representación institucionalizada en la prensa y el parlamento, ya no puede ser identificado como antes con algo así como una “voluntad general” digna de ese nombre (Ferry, 1998: 17).

Pero es necesario relacionar esta transformación del espacio de la opinión en las sociedades industrializadas con otros elementos mediante los cuales el pensamiento social, político y económico va a intentar inteligir y conducir las formaciones y las relaciones sociales. La primera de ellas, según Foucault, será la de población, a la cual ubica como una de las grandes novedades en las técnicas de poder del siglo XVIII. La razón gubernamental comenzará a desarrollar toda una problematización sobre lo viviente y sobre lo humano, desplazándose del derecho a “hacer morir” que caracterizaba al poder feudal, para pensar la población como una potencia a la cual hay que darle vitalidades, hay que hacer vivir.

Como ya se mencionó, una de las grandes novedades en las técnicas de poder, en el siglo XVIII, fue la aparición de la población como el problema económico y político: la población-riqueza, la población-mano de obra o la capacidad de trabajo, la población en equilibrio entre su propio crecimiento y los recursos de los que dispone. Los gobiernos perciben que no están en relación con sujetos, ni con un pueblo, sino con una población, con sus fenómenos específicos y sus variables propias: natalidad, morbilidad, vida útil, fecundidad, estado de salud, frecuencia de las enfermedades, la forma de alimentación y de hábitat (Foucault, 2014: 35).

Frente a esta realidad nueva de la población, en la que una de las particularidades es articular los problemas de salud, de alimento, de mortalidad sobre las necesidades económicas de la producción de riqueza, hubo que desarrollar formas de acción que respondieran a las apuestas planteadas por esta. La población se vuelve así “constitutive de l’apparition d’un bio‐pouvoir: par sa double détermination épistémologique et politique[2] (Olivesi, 2006: 120), que es analizada como un conjunto de elementos que de un lado se relacionan con el régimen general de los seres vivos, y del otro puede dar lugar a intervenciones concertadas (Olivesi, 2006).

Las técnicas de la expresión, la comunicación y la información participan en esa nueva inteligibilidad social y tendrán una relevancia en las consideraciones conducentes a pensar las influencias y las formas del gobierno, sea en términos de amenaza o destacando su potencial gubernamental para orientar las conductas colectivas. Estas especulaciones podrían vincularse al carácter pasivo e influenciable que se le atribuyó desde el pensamiento político al individuo y los agrupamientos sociales en su relación con los medios. En su análisis de la conocida carta de Rousseau (1712-1778) a M. d’Alembert sobre los espectáculos, Kohn (2008) trata de recuperar las complicidades entre la esfera pública y el espectáculo, y los cuestionamientos a la constitución de una subjetividad evasiva de los temas relevantes que Rousseau atribuía a las diferentes formas de espectáculo. En su análisis, Kohn afirma que para Rousseau el teatro inculcaba una especie de inercia y pasividad que derivaba en consecuencias en el ámbito político y cultural. Temía que las élites pudieran usar el teatro para despolitizar a los ciudadanos, haciéndolos conformes con su papel como espectadores, lo que sustraería la capacidad para la participación política (Kohn, 2008: 469). “For Rousseau the theater is emblematic of a general characteristic of modernity: the growth of the society of the spectacle and the decline of participatory public life” (Kohn, 2008: 469).[3]

El paso de una forma de participación activa en la vida política a la manera pasiva que se constituía, según Rousseau, a causa de la popularización del teatro comercial también es trabajada por Mondzain (2007) en su genealogía del dispositivo que instaló un modo de establecer lo visible y lo invisible, lo que el espectador puede y no puede ver de un espectáculo, constituyendo una subjetividad que Mondzain denomina “homo spectator y que se trasladará al espacio de la vida pública.

De esta manera, en las sociedades que se habían agenciado libertades políticas, como las de la libertad de expresión y de reunión, se comenzaban a desarrollar debates en torno a la naturaleza de la opinión colectiva y sus supuestos efectos sobre la vida en la ciudad. Esto dio lugar, en el siglo XIX, a toda una preocupación por las conductas colectivas y las diferentes formas de influencia que alientan esas conductas como un tema de interés central en los estudios de las nacientes ciencias sociales, bajo el problema de las multitudes y las masas. Esos primeros estudios se inscribían, según Mattelart, en

la misma línea que las tesis de la escuela de antropología criminal, y de las de la psicología de las multitudes. Prefigurando el conductismo, la concepción predominante del recetor es la de un individuo que funciona como autómata en una visión manipuladora de la sociedad. Pero la polémica sobre la relación entre hipnotizado e hipnotizador que caracterizaría la relación entre el individuo y el colectivo también da origen a un enfoque etnográfico de los públicos en cuanto a factores constitutivos de un nuevo tipo de sociedad (Mattelart, 2007: 279).

De esta manera, los estudios sobre la criminalidad de la psicología comenzaron a trazar el camino para que la psicología de las multitudes diera los primeros debates sobre las relaciones entre la sociedad y los nacientes medios de comunicación. En este contexto, los trabajos relevados (Castillo Castillo, 1996; De Fleur y Ball-Rokeach, 1986; Latour, 2008; Lazzarato, 2006; Lazzarato, 2007; Mattelart, 2007; McQuail, 2010; Moragas Spà, 2003) destacan tres autores cuyas singulares indagaciones tuvieron una amplia recepción en el pensamiento social de occidente: el sociólogo italiano Scipio Sighele (1868-1913), el médico francés Gustave Le Bon (1841-1931) y el sociólogo, criminólogo y psicólogo social francés Gabriel Tarde (1843-1904). Lo que aparece en los planteos de estos autores, aunque de manera particular en Sighele y Tarde, es la idea de que las agrupaciones sociales no son algo dado ni se generan espontáneamente, sino, como todos los fenómenos sociales, son producto de ciertas prácticas.

Las contribuciones de Le Bon a la noción de público no son tan relevantes como sí lo han sido las repercusiones de sus reflexiones sobre las multitudes en la peligrosidad que implicaban los procesos de sugestión cuando los individuos se encuentran en una agrupación. Las multitudes como aglomeraciones de individuos asumen una identidad singular que trasciende las particularidades de los individuos que la componen. Le Bon les asignaba un alma cuyas características son combinadas con las características de la raza. Pero más allá de los rasgos que pudieran asumir las multitudes en virtud de la raza predominante en los individuos que la integran, siempre esa muchedumbre será para Le Bon un ser “impulsivo, irritable, irracional, exagerado en sus sentimientos, carente de juicio y de espíritu crítico” (Le Bon en Mattelart, 2007: 305).

El aporte de Sighele a los estudios sobre la conformación del público y las nuevas “formas de sugestión” que representa la prensa y el periodismo están desarrolladas en el capítulo tercero de la segunda entrega de La foule criminelle (Sighele, 1901). Aquí presentará un esquema en que el fenómeno de la sugestión convierte al periodista en un líder que, mediante sus opiniones, puede influir en los comportamientos de una agrupación de individuos lectores a la cual denominará “público”. A esta la distinguirá de otros agrupamientos colectivos, como la multitud a la que considera como una formación superada por el público moderno, cuyo proceso lo describirá de la siguiente manera:

Les publics modernes […] sont beaucoup moins stables et beaucoup moins définis: ils sont, si je puis m’exprimer ainsi, des organismes mobiles et fluctuants, car on ne peut jamais préciser la qualité des individus qui les composent, et encore moins leur nombre. Un public est aujourd’hui une espèce de nébuleuse; s’il est facile de distinguer le point central, il est difficile de déterminer les limites. On y entre et on en sort à son gré; et les raisons héréditaires ou traditionnelles n’ont guère de force pour contraindre quelque personne à faire partie de l’un ou de l’autre de ces publics. Nous pouvons dire que le public est – pour la vie sociale – ce qu’est pour la vue une chute d’eau, qui nous produit toujours la même impression, quoique les gouttes d’eau qui la composent changent continuellement. Les gouttes du public sont les individus.

Et non seulement il y a une variation continuelle dans les gouttes qui forment la cataracte, ou – pour abandonner la métaphore – dans les cellules qui forment cet organisme collectif qui est le public, mais encore ce même organisme perd de plus en plus les caractères de stabilité et d’intangibilité qu’il avait autrefois[4] (Sighele, 1901: 217).

En su análisis sobre los públicos, Sighele se remite en numerosas oportunidades a Gabriel Tarde, de la misma manera que lo hará Le Bon en una oportunidad, y que también lo harán los padres del pragmatismo norteamericano promotores de los estudios en medios de comunicación.

El problema de las multitudes argentinas

Los desarrollos realizados por Le Bon, Sighele y Tarde tuvieron una recepción inmediata por la intelectualidad argentina de fines del siglo XIX tanto en las figuras de José María Ramos Mejía[5] (1849-1914) como de su discípulo José Ingenieros (1877-1925). Ambos intelectuales son representantes del pensamiento social biologicista-positivista y sus contribuciones son consideradas como parte esencial de la matriz del pensamiento argentino, y particularmente de aquel que buscó indagar en la dinámica y el gobierno de lo social (Terán, 2008: 19-20). En la obra de Ramos Mejía, hay dos textos que son destacados como influyentes en las problematizaciones sobre el gobierno: Las multitudes argentinas (1899) y Los simuladores del talento (1904). En ambas obras aparece una mirada de lo social que, por un lado, remite a lo planteado por Le Bon para las multitudes europeas en cuanto a las características de la irracionalidad y emocionalidad que las hace, en cierto modo, irascibles e impredecibles. En este esquema, el individuo es un ser que se disuelve en la multitud entregándose a la pasión y a la sumisión de una autoridad o conductor con capacidad de sugestionarlo. Esta subjetividad, que pone en relieve Ramos Mejía, se relaciona con las producidas en el ámbito de las instituciones disciplinarias, como el ejército y los hospitales. Lo que Ramos Mejía veía en los individuos que conformaban la multitud argentina era

el individuo humilde, de conciencia equívoca, de inteligencia vaga y poco aguda, de sistema nervioso relativamente rudimentario é ineducado, que percibe por el sentimiento, que piensa con el corazón y á veces con el vientre: en suma el hombre cuya mentalidad superior evoluciona lentamente, quedando reducida su vida cerebral á las facultades sensitivas (Ramos Mejía, 1899: 11).

La maleabilidad de los individuos que conforman esas multitudes es responsable del surgimiento y permanencia de líderes como Juan Manuel de Rosas (Ramos Mejía, 1899). Pero Ramos Mejía también considera que estas multitudes constituyen los músculos de la nación, son los brazos que ganaron las batallas y los que producen los bienes materiales. Su esfuerzo y compromiso intelectual, entonces, será identificar los elementos que enferman por contagio al organismo social, y reconducir esas fuerzas hacia la virtud, que no será tanto el homo æconomicus –se encuentra en su obra todo un cuestionamiento al mercantilismo y su moral–, sino un sujeto más próximo al sujeto ilustrado (Terán, 2008: 21).

En su libro Los simuladores de talentos en las luchas por la personalidad y la vida, Ramos Mejía desarrolla el fenómeno psicológico-social de la simulación, y, entre los “aparatos para simulaciones de talentos”, se destacan el uso del lenguaje en diversas prácticas discursivas que provocan sugestión y contagio colectivo.[6] En el capítulo IV, va a incorporar el problema del fenómeno de la prensa y el periodismo como uno de los “auxiliares de la simulación”, un instrumento que se pone al servicio del simulador con alta capacidad de sugestión en los individuos y cuyo funcionamiento respondería casi exclusivamente a intereses mercantiles.

En la hipnosis periodística la disposición del espíritu para creerlo todo; hace retroceder al lector espantado ante un león imaginario, muestra la mancha de sangre palpitante, el estigma de la vergüenza donde no hay sino aire o espacio vacío […]. Primoroso instrumento aquel que sin necesitar de la hipnosis obtiene tan pasiva obediencia. Ella como los sugeridores ambulantes demuestra claramente la pasividad del ser humano á la heterosugestión de la prensa y la facilidad con que la representación mental se transforma en sensación y en acto (Ramos Mejía, 1904: 182-183).

Para Ramos Mejía, la ampliación del mercado de lectores, como consecuencia de la incorporación de destrezas lectoras en la población producto de la educación pública, no contribuyó con la constitución de un público ilustrado y crítico. Aquello que aparece en los diarios o en innovaciones, como el cine o la fotografía, constituyen instrumentos dañinos por su eficacia para construir el engaño y la sugestión en las masas.

La era de los públicos: contribuciones de Gabriel Tarde

En la bisagra que implicó el cambio de siglo, el sistema conceptual de Gabriel Tarde resulta interesante en sus contribuciones para pensar la emergencia de una nueva inteligibilidad de lo social, a partir de las dinámicas que comenzaban a advertirse por la presencia de los medios masivos de comunicación en las ciudades.

El concepto de “público” es desarrollado por Gabriel Tarde en su escrito de 1901 titulado La opinión y la multitud (Tarde, 2011, 2013), donde plantea distinguir la forma de masa o multitud –utilizadas por la sociología del siglo XIX– y propone la noción de público o públicos como “la forma moderna de los colectivos sociales” (Nocera, 2013). Tarde sugiere que las multitudes son un sujeto colectivo, son una reminiscencia del pasado, que presentan en este sentido «algo de animal» y que están condenadas a desaparecer del escenario social, sustituidas por los públicos. La multitud requiere del espacio para materializarse, y esa presencia en simultáneo es posible por la acción de un líder que movilice a los individuos a congregarse. La idea de público está más vinculada con el tiempo que con el espacio. Los individuos no se ven conducidos en el contacto de reuniones públicas, sino que cada vez más la sugestión se transmite desde arriba.

Para Tarde, el público es una agrupación social dispersa en la que la afectación de las mentes de unas sobre las otras se produce por una acción a distancia (Tarde, 2013). La temporalidad, la actualidad promovida por la prensa es determinante para la conformación de los públicos, y esa sensación de actualidad se construye a través del dispositivo de las noticias. Asimismo, para Tarde el individuo puede formar parte de diferentes públicos, lo que le brinda a esta forma de asociación un carácter singular ya que, por ejemplo, un individuo no podría formar parte de dos clases sociales al mismo tiempo.

La formación de un público supone entonces una evolución mental y social mucho más avanzada que la formación de una multitud. La acción de sugestionar, puramente ideal, el contagio sin contacto, que supone ese agrupamiento puramente abstracto y, sin embargo, tan real, esa multitud espiritualizada, elevada, por decirlo así, al segundo grado de potencia, solo ha podido nacer a partir de muchos siglos de vida social más grosera, más elemental (Tarde, 2013: 88-89).

El público constituye una relación más desterritorializada que las otras formas de vínculo, enlazada por una “comunicación de espíritu a espíritu” (Tarde citado en Lazzarato, 2006: 114) en la que opera todo un proceso de persuasión irradiada desde los medios de comunicación (Tarde se referirá fundamentalmente a la prensa escrita) y favorecida por la sensación de actualidad que estos construyen con el dispositivo de la noticia. También advertirá que, en esta experiencia temporal generada por la prensa, lo actual no es lo que está ocurriendo, sino lo que actualmente despierta interés en un grupo social. La pasión por la actualidad aumenta con la socialidad. Es la necesidad de compartir la actualidad la real vinculación entre los lectores de la prensa. La afectación no se produce por las opiniones particulares, sino por la sensación de compartir una actualidad. Tarde ejemplifica diciendo que, si un individuo lee con avidez la noticia de un diario y no se da cuenta sino luego de un rato de que el diario es de la semana pasada, inmediatamente el individuo pierde el interés. ¿Por qué? Dice Tarde que porque advierte que es el único lector. Entonces explica esa sensación de desasosiego por no corresponder a la actualidad.

Esa “sugestión a distancia” (Tarde, 2013: 88) que produce la prensa a los individuos que constituyen su público se hace posible para Tarde porque existe una práctica intensa en la vida urbana de sugestión por proximidad, en un proceso imitativo que el autor describirá minuciosamente. Tarde introduce la figura del publicista[7] en relación con el público. El publicista es proclive a captar un estado de conciencia individual o “estado de espíritu” al cual le da una expresión. Ese estado de espíritu se vuelve una especie de fuerza colectiva que conducirá, por sugestión, a otros individuos (Tarde, 2013: 95) mediante una “corriente continua de informaciones y de excitaciones comunes” (Mattelart, 2007: 310).

Esos flujos o corrientes que unifica y vivifica la prensa y el periodismo son conducidos para Tarde por la conversación, y es la conversación la principal fuerza constitutiva de la opinión; la prensa lo que hace es alimentarla. La ampliación de conversaciones simultáneas sobre un mismo tema en su magnitud, y en un ámbito geográfico cada vez más extenso, constituye una de las características de la sociedad de los públicos, y explica, para Tarde, la potencia creciente de la opinión contra la tradición; también explica tanto la movilidad de la opinión, como el contrapeso de su poder (Tarde, 2013: 154-155)

Otra distinción relevante que Lazzarato recupera del esquema de Tarde, que se encuentra en el texto La psicología y la economía política (Tarde, 2011), es el planteo de que los procesos de la economía están vinculados, a partir de las leyes de la imitación, a los procesos de la opinión y la comunicación. Es decir que comunicación y economía forman parte de una misma dimensión. Este modo de articularlas lo distingue del esquema de la tradición marxista en la que la economía forma parte de la estructura y la opinión de la superestructura. En el esquema de Tarde, no hay estructura y superestructura, sino dispositivos que están agenciados conjuntamente, y la comunicación y la opinión pública es estratégica para las condiciones de la economía: en la sociedad de control, la producción de bienes va encabalgada a la producción de necesidades y deseos mediante la publicidad y la comunicación (Lazzarato, 2007). En su sistema Tarde abre una crítica a la economía política por su tendencia economicista y su tendencia a eludir el tratamiento de la imitación o propagación de los hábitos de consumo, la oposición o las luchas en el seno de las relaciones de producción y de consumo, y los procesos de innovación como los tres aspectos que le parecen esenciales para comprender la vida económica (Mattelart, 2007: 315).

Es posible rastrear las influencias de la propuesta sociológica de Tarde como zócalo de diversos abordajes sociológicos y comunicacionales, particularmente los estudios de procedencia norteamericana. En primer lugar, la tradición del pragmatismo norteamericano en las figuras de Dewey y Parks, la tradición de los Mass Comunication Research en la figura de Paul Lazarfeld (Katz, 2008), y, según afirma Mattelart, algunos han sugerido que el sistema de Tarde ha contribuido a brindar elementos a los partidarios del difusionismo, una concepción evolucionista de la difusión de la innovación que tuviera adeptos en la línea de investigación e intervención en comunicación, que tuvo una presencia importante en Latinoamérica en la década del 50 (Mattelart, 2007: 314).

El problema de la opinión pública para el pragmatismo norteamericano de la Universidad de Chicago

El otro conjunto de ideas que remiten al modo en que se ha pensado la articulación de lo social bajo la clave de público, en el contexto de la crisis de lo social de los primeros años del siglo XX, es el desarrollado por la tradición del pragmatismo norteamericano. Mientras en Europa la perspectiva hegemónica del pensamiento social lo ostentaba la sociología positivista o la dialéctica del materialismo histórico del marxismo, en Estados Unidos la orientación será psicosociológica y con una fuerte influencia de los trabajos de Gabriel Tarde. Dentro de esta tradición cuyo núcleo se estableció en la Universidad de Chicago, son tres los autores más reconocidos que han fijado su interés en desarrollar en profundidad esta categoría explicativa: Robert Park (1864-1944), John Dewey (1859-1952) y, unos años más tarde, Herbert Blumer (1900-1987), en la línea del interaccionismo simbólico.

Por un lado, Robert Park, en 1904, publicará su tesis doctoral bajo el título “La masa y el público: una investigación metodológica y sociológica” (Park, 1996). En este trabajo el autor parte de las conceptualizaciones realizadas desde la “psicología de las masas”, recogiendo los aportes de Sighele, Le Bon y Tarde. Los conceptos clave de esas dinámicas serán los de “imitación” y “oposición”, recuperados del pensador francés Gabriel Tarde. En esta tesis, si la idea de imitación le permite a Park ubicar el proceso que alimenta y configura una asociación determinada, la oposición, llevada a una perspectiva colectiva, le permitirá describir el fenómeno de la opinión pública que será resultante del “comportamiento crítico” de individuos o grupos.

La llamada “opinión pública” no es más que un impulso colectivo carente de ilustración que puede manipularse con eslóganes. El periodismo moderno, del que se supone que instruye y dirige la opinión pública al informar y discutir sobre los acontecimientos, tiende a convertirse sencillamente en un mecanismo para el dominio de la atención social. La opinión que surge de esta manera adopta una figura lógicamente similar al juicio derivado de la percepción irreflexiva: la opinión se forma directamente al percibir la idea.

Es característico de la masa que se mueva siempre en la etapa perceptiva del desarrollo de la conciencia. En cambio, lo característico del público es que su conducta, que se expresa en la opinión pública, sea el resultado de una discusión en la que los individuos adopten posiciones opuestas. Tal discusión se basa en el relato de los hechos (Park, 1904: 404).

La producción de una agrupación social cualquiera en un público se funda, para Park, en los valores objetivos que individuos reflexivos discutan y compartan en torno a determinadas construcciones ideales del mundo (Park, 1904: 405).

Por su parte, John Dewey, quien desarrolló la conceptualización del público en el libro La opinión pública y sus problemas (Dewey, 2004), hace referencia a una forma de asociación de individuos en defensa o en la promoción de unas consecuencias que se producen por las transacciones privadas o públicas. Como las consecuencias de las acciones pueden extenderse más allá de los implicados directamente en las transacciones, Dewey define dos tipos de intereses y de medidas de regulación de los actos. En un caso, el control se dirigirá a los directamente implicados; en otros casos, cuando el interés se genera por estar afectado por la influencia práctica de la acción en cuestión, el control debe ejercerse por medios indirectos. A partir de aquí, posiciona Dewey su hipótesis.

Los afectados indirecta y seriamente para bien o para mal forman un grupo lo bastante distintivo como para exigir un reconocimiento y un nombre. El nombre escogido es el público. Este público se organiza y se hace efectivo mediante los representantes que, como guardianes de las costumbres, como legisladores, como ejecutivos, jueces, etc., se ocupan de sus intereses específicos utilizando para ello unos métodos con los que se pretende regular las acciones conjuntas de los individuos y los grupos. Entonces en este sentido, la asociación se procurará a sí misma una organización política, y nace algo que viene a constituir el gobierno: el público se constituye como un Estado político (Dewey, 2004: 75).

Para sugerir el interés por la opinión pública, Dewey ejemplifica con la conversación, que, cuando es entre dos individuos, en general, constituye un acto privado. Allí posiciona una transacción de tipo privado cuya consecuencia puede ser pública en virtud del tenor de la conversación o de su objeto. El caso de los medios de comunicación masivos implicará siempre consecuencias (positivas o negativas) directas o indirectas para todo un conjunto de individuos que conforman, integran o conviven en una determinada unidad política territorial. Esa afectación se da en el plano de la estimulación de determinadas corrientes de opinión, y también en la estimulación de determinadas conductas o pautas de comportamiento que son fijadas en los diferentes productos culturales que circulan. Entonces, a partir de la comunión que se establece en torno a las opiniones o a las pautas, los individuos que conforman una comunidad de sentido o de intereses se agruparán conformando un público más o menos activo.

El planteo de Dewey es un planteo constructivista en el sentido de que plantea que la democracia y el Estado son invenciones que se ajustan a las necesidades de determinados grupos, asociaciones o públicos. Con ello se propone demostrar que la posibilidad de una democracia está más cerca de un arte que de una ciencia. Solo hay que remitirse a la historia, dice Dewey, y constatar cuáles han sido los movimientos, las necesidades y las fuerzas que han dado lugar a las formas de gobierno que luego se instituyeron. Esas formas institucionales han asumido diferentes modalidades en diferentes momentos y sociedades. La posibilidad de profundizar la democracia para Dewey se asienta en el paso de la Gran Sociedad (la sociedad industrial, desintegrada, de multiplicidad de públicos descoordinados y desconectados) a una Gran Comunidad conectada y activa en la comunión de intereses individuales y colectivos. La apuesta de Dewey por la Gran Comunidad se elevará a partir de dos pilares: el conocimiento social y la comunicación.

El conocimiento social es un conocimiento práctico de cómo identificar, recuperar y conducir las necesidades de los públicos o comunidades específicas. En este plano, la comunicación asume una doble relevancia en el sentido de constituir una herramienta para favorecer el diálogo de puesta en común de las percepciones individuales y poner en circulación los flujos de la opinión colectiva. Por otro lado, la comunicación se vuelve relevante para poner en común el conocimiento social generado, de modo que pueda alimentar procesos de apropiación por parte de individuos y grupos para mejorar las formas de vida y la experiencia política y gubernamental.

El tercero de los autores, que, desde la Universidad de Chicago, ha propuesto una definición de “público” que ha tenido repercusiones en el campo de la investigación social y de la comunicación, ha sido Herbert Blumer, referente del interaccionismo simbólico. Casi cincuenta años después de los trabajos de Dewey y Park, Blumer actualizará la noción de público de acuerdo con ciertos compromisos que marcaban el contexto histórico en el que fue pensado:

Se usa el término “público” para referirse a un grupo de gente [que]: a) se enfrenta a un problema; b) que está mentalmente dividido en cuanto al modo de resolverlo, y c) que abre un debate con este fin. […]. La existencia de un problema, de un debate y de una opinión colectiva es la marca de un público (Blumer citado en Castillo Castillo, 1996: 79).

Blumer piensa la idea de público en su distinción con la de masa que aún pervive como categoría. Le generan cierto desasosiego las transformaciones culturales que fueron producidas en la sociedad norteamericana por la intervención de factores como los periódicos, el cine, la radio y la televisión. Estos elementos han contribuido, según el pensamiento de Blumer, a la desintegración de la sociedad, siendo perjudiciales para la constitución de una subjetividad participativa de las problemáticas de interés colectivo.[8] En cambio, guarda esperanzas de que el individuo podrá eludir el aislamiento y la alienación si se constituye en público, es decir, si puede ser interpelado por los problemas y participar en un espacio para confrontar opiniones y encontrar una resolución conjunta o bien una opinión colectiva.

Del público fantasma a la constitución de un cuerpo político

Las primeras décadas del siglo XX constituyeron un momento de crisis del liberalismo económico y la economía de mercado. El orden capitalista liberal impulsado desde el siglo XVII por la industrialización, la especialización y la división del trabajo había logrado instalarse en gran parte del mundo occidental, y prometía extenderse al resto del planeta, aunque no sin conflictos y descontentos derivados de las formas de explotación y las desigualdades sociales. Frente a los eventos que mostraban los límites del laissez faire, aparecía la necesidad de una forma de gobierno de la población que permitiera regular los desequilibrios, y allí emergió el welfare state, es decir, el Estado benefactor, interviniendo en dominios que, para los defensores del orden liberal, le estaban vedados: el mercado y la opinión pública.

Esta solución, que era conducida por formas de gobierno totalitarias, será advertida por los liberales más ortodoxos como un límite al juego de las libertades individuales, una intromisión que no conduce al buen gobierno[9], a la felicidad de la población, sino que, por el contrario, se traduce en formas totalitarias y despóticas que llevan a la pobreza.

En la búsqueda de la salida al atolladero, hubo un esfuerzo que fue a contrapelo del sentido que tenía la circulación de las ideas en ese momento. Originado en los Estados Unidos, el análisis de la prensa y la economía política en la sociedad occidental elaborado por Walter Lippman tuvo una importante recepción en diferentes países de Europa.

Para Lippman, la crisis debía resolverse apelando a una vía que, por un lado, revisara y corrigiera los errores del liberalismo clásico y conservador (el laissez faire, laissez passer) que condujeron a la crisis; pero que, por otro lado, esa solución no implicara poner límites a las libertades individuales, al despliegue de las fuerzas de ese homo æconomicus cuyo ímpetu había logrado transformar la condición de vida de gran parte de la población. La iniciativa comenzó a tener carácter orgánico cuando en 1938 el francés Luis Rougier convocó en París a un conjunto de personalidades que estaban pensando una vía que permitiera la renovación del liberalismo en aquel momento.[10] La reunión llevó el nombre de Coloquio Lippmann en referencia al periodista norteamericano, quien el mismo año publicaría el libro The Good Society (Lippmann, 1944), un pormenorizado estudio sobre el estado de la economía y la política en la sociedad occidental de comienzos del siglo XX que sería el leitmotiv del evento. El Coloquio Lippmann fue el ensayo para la constitución en 1947 de la Sociedad Mont Pelerin, el primer think tank de ese nuevo arte para el gobierno que adquirió el nombre de “neoliberalismo” en aquella reunión de 1938.

La figura de Lippmann resulta sugestiva no solo en el contexto del origen del neoliberalismo, sino también en el origen de las reflexiones políticas, periodísticas y académicas en torno a los medios de comunicación de masas, los procesos de la opinión pública y la conformación de los públicos en las formas de gobierno democráticas del siglo XX. El autor, casi veinte años antes de ser invitado por Rougier, afirmaba contundentemente que, “en sentido estricto, la crisis actual de la democracia occidental es una crisis de su periodismo” (Lippmann, 2011: 7).

Los libros Liberty and the News (1920), Public Opinion (1922) y The Phantom Public (1925)[11] constituyeron obras referenciales para los estudios en comunicación en Norteamérica y en nuestra región, en especial en los primeros momentos de las escuelas de periodismo y comunicación. Al respecto, Noam Chomsky destaca la relevancia de la figura de Lippmann como “la más respetada del periodismo norteamericano durante medio siglo” (Chomsky, 2005). El parecer de Lippman en referencia al juego de la opinión y el gobierno en la democracia se mantiene en un terreno entre una cautelosa expectativa y el escepticismo. En su primer libro, Libertad y Prensa, aunque crítico de la labor de la prensa, mantiene cierta expectativa en los medios de comunicación masivos y en la opinión que circula por la prensa, como el pilar que permite la ilustración del público-ciudadano en la Gran Sociedad donde

los individuos actúan y se relacionan entre sí en un entorno que ya no es el mundo visible de los hogares, sus vecindarios y sus comunidades. Es un entorno invisible del que necesitan recibir información (Lippmann, 2011: 101).

Sin embargo, las imágenes del mundo que la prensa acerca a los ciudadanos se conforma, en su mayoría, de noticias “sin requisito de fiabilidad, test de credibilidad o castigo por perjurio alguno” (Lippmann, 2011: 33).

Lippmann deja en claro, particularmente en su libro El público fantasma, sus cuestionamientos hacia las democracias populares, y niega la posibilidad de existencia de un público omnicompetente que pueda asumir una reflexión y una acción política que permita la conducción hacia el progreso. En este contexto, la opinión está conducida por los medios de comunicación, que contribuyen a formar las imágenes del mundo en la mente de los públicos. Los gobiernos siempre advirtieron en la prensa un instrumento para establecer los consensos necesarios. Así describe Chomsky la posición de Lippmann al respecto del gobierno en la democracia norteamericana.

dice [Lippmann] que hay un nuevo arte en el método de la democracia, la manufactura del consenso. Al manufacturar el consenso, puede superar el hecho de que formalmente mucha gente tenga derecho a votar. Podemos hacerlo irrelevante, porque podemos manufacturar el consenso y asegurarnos de que sus opiniones y actitudes estén estructuradas de tal forma que siempre hagan lo que les digamos, incluso si tienen un modo formal de participar. Así tendremos una democracia real. Funcionará correctamente (Chomsky, 2005).

Sin embargo, advierte Lippmann, el logro de ese consenso depende cada vez más de la mediación de las empresas periodísticas, una actividad privada, lo que evidencia una contradicción difícil de resolver para la articulación política, ya en los inicios del siglo XX (Lippmann, 2011). Los problemas que señala son la falta de regulación de la actividad periodística, que los periodistas carecen del profesionalismo para asumir esa función y que las empresas periodísticas están manejadas por empresarios que, en no pocas oportunidades, pondrán el interés particular por sobre el interés general. Este escenario, sumado a su comprensión de que los públicos populares son fácilmente moldeados por la propaganda que circula por los medios masivos, termina de configurar el escepticismo que Lippmann guardará para la constitución de un cuerpo político para una democracia en la Gran Sociedad.

Existe en la bibliografía norteamericana todo un tratamiento de las posiciones sostenidas por Dewey y por Lippman, a las cuales se las enfrentó. Bruno Latour, en el libro Ensamblando lo social, recupera esta problematización y sugiere que lo que aparece tanto en Dewey como en Lippman es un compromiso por solucionar un problema central de la política que se hace visible con el surgimiento de la sociedad como categoría, que es la recomposición y amalgama de un cuerpo político que restaure la fragmentación resultante de la sociedad. A ambos autores los une la preocupación por constituir un cuerpo en constante peligro de disolución: ese fantasma que denomina Lippman para referirse a la forma en que devino el público en los albores de un siglo XX en el que se presentaba al orden liberal relevado por formas colectivistas y despóticas de gobierno.

La concepción fantasmagórica del cuerpo político descripto por Lippman es una constante que aparecerá bajo la figura del alienado por las industrias culturales o del narcotizado por los contenidos de entretenimiento de los mass media. Dewey, en debate con las ideas de Lippman, responde que, desde el mito del contrato social, ese fantasma siempre estuvo en riesgo de disolución. Nunca se supuso la existencia de un público como una esencia, un ser cuya vitalidad no le estuviera dada por la acción política (Latour, 2008: 231).

En este dilema constitutivo de las problematizaciones de la economía política, los nuevos medios masivos como articuladores de la opinión comenzaban a considerarse parte estratégica del problema de la disolución del público, pero, al mismo tiempo, de la solución para reconstituir el agregado humano informe, para materializar la forma fantasmagórica en un cuerpo político reasumiendo, en palabras de Latour, esa “hazaña imposible de la política”.

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  1. Universidad Nacional de Salta.
  2. “constitutiva de la aparición de un biopoder: por su doble determinación epistemológica y política” (traducción propia).
  3. “Para Rousseau, el teatro es emblemático de una característica general de la modernidad: el crecimiento de la sociedad del espectáculo y el declive de la vida pública participativa” (traducción propia).
  4. “Los públicos modernos […] son mucho menos estables y mucho menos definidos [que los públicos del siglo XVII y XVIII]: son, si puedo expresarlo así, organismos móviles y fluctuantes, porque nunca se puede especificar la calidad de las personas que la componen, y mucho menos su número. Un público es ahora una especie de nebulosa; si es fácil distinguir el punto central, es difícil determinar los límites. Entramos y salimos a voluntad; y las razones hereditarias o tradicionales tienen poca fuerza para obligar a cualquiera a ser parte de uno u otro de estos públicos. Podemos decir que el público es –para la vida social– lo que para la vista es una cascada, que siempre produce la misma impresión, aunque las gotas de agua que la componen cambian continuamente. Las gotas del público son los individuos.
    Y no solo hay una variación continua en las gotas que forman la catarata, o –abandonando la metáfora– en las células que forman este organismo colectivo que es el público, sino que también este mismo organismo pierde cada vez más características de estabilidad e intangibilidad que tuvo otras veces” (traducción propia).
  5. José María Ramos Mejía fue miembro de la Academia Nacional de Medicina desde 1905. Amigo íntimo del presidente Carlos Pellegrini, fue elegido diputado en 1888 y en 1883, fundó y dirigió la Asistencia Pública de Buenos Aires y presidió el Departamento Nacional de Higiene y el Consejo Nacional de Educación (1908-1913).
  6. También incorpora en su argumentación una serie de mecanismos de defensa que desarrollan los individuos de los diferentes niveles sociales para eludir el contagio malicioso de los simuladores.
  7. Puede resultar sintomático que la noción de publicista sea retomada unos pocos años más tarde por Emil Dovifat, para definir un campo de estudios empíricos sobre los medios de comunicación masivos que se denominó la “Publizistik (Valbuena, 1997), que sostenía un modelo verticalista de la comunicación.
  8. El factor del aislamiento físico y «normativo» del individuo en la masa es lo que explica, en gran parte, el interés que la teoría hipodérmica concede a la capacidad manipuladora de los primeros medios de comunicación de masas. Los ejemplos históricos de los fenómenos de propaganda de masas durante el nazismo y los periodos bélicos proporcionaban, obviamente, amplias corroboraciones a dichos modelos cognoscitivos. Una segunda razón importante en esta caracterización de las masas es su continuidad con parte de la tradición europea del pensamiento fílosófico-político: las masas son una agregación que surge y vive más allá y contra los vínculos comunitarios preexistentes, que resulta de la desintegración de las culturas locales, y en la que los papeles comunicativos son forzosamente impersonales y anónimos. La debilidad de una audience indefensa y pasiva deriva precisamente de esta disolución y fragmentación (Wolf, 1987: 27).
  9. Sin embargo, para Robert Castel (en Corcuff, 2014), el “estado social”, a partir de la promoción de un conjunto de “soportes sociales”, como previsión y seguridad social, pensiones y seguros, y otros dispositivos de solidaridad, constituye las bases del individualismo moderno en el orden neoliberal.
  10. De la reunión participó “un importante contingente de extranjeros, entre quienes se encontraban José Castillejo (España), Marcel van Zeeland (Bélgica), John Bell Condliffe, Friedrich von Hayek, Michael Polanyi (Gran Bretaña), Michael Heilperin (Polonia), Ludwig von Mises, Alexander Rustow, Wilhelm Röpke, el Dr. [Alfred] Schütz (Escuela Austríaca), B. Hooper y Walter Lippman (Estados Unidos), profesores participantes de la Facultad de Derecho (Louis Baudin y Bernard Lavergne), de dueños racionalizadores (Louis Marlio, Auguste Detœuf, Ernest Mercier) de la Editorial de Médicis (Marcel Bourgeois), de altos funcionarios de la administración económica (Jacques Rueff y Roger Auboin, director general del Banco de Pagos Internacionales), y finalmente los que Louis Rougier llamó “el congreso juvenil” (Raymond Aron, Étienne Mantoux, Robert Marjolin, André Piatier)” (Denord, 2001).
  11. Publicados en castellano como Libertad y prensa (2011), La opinión pública (2003) y El público fantasma (2011).


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