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3 Nikolas Rose

1985-2005

Aldo Avellaneda[1]

Introducción

«Este libro está dedicado a todos aquellos que, al inventar la democracia técnica, reinventan la democracia». Esta es la dedicatoria del libro de Callon, Lascoumes y Barthe, Acting in an Uncertain World. An Essay on Technical Democracy. La fuerza de la doble asociación que contiene entre mundos o esferas tratados por la filosofía o la teoría política como mutuamente exteriores es precisamente la misma potencia de originalidad en buena parte del trabajo de Nikolas Rose (1949). La vida, la ética, la política anudadas en un mismo párrafo a tablas de doble entrada, test psicológicos, focus group, censos, saldos de cuenta corriente y PBI, aulas, fábricas, el consumo o los diseños de espacios públicos.

El requerimiento que estructura, en este caso, el plano analítico es el de un vínculo de inmanencia entre la vida y los recursos, las cumbres de las definiciones éticas, psicológicas e incluso biológicas y las técnicas de evaluación y orientación de los comportamientos. En los orígenes de nuestra tradición intelectual, al incorporar a la democracia en las discusiones etéreas sobre formas de gobierno, se habría efectuado una operación que las reflexiones eruditas posteriores no dejaron de replicar. La licuación de la mundanidad del asunto. Sin embargo, tal mundanidad lejos está de ser la aceptación de una realidad dada (o su impugnación por una realidad velada detrás del “mundo que vemos”, como ha sido buena parte del programa sociológico) con el consecuente desprestigio de las fatigas intelectuales y expertas que hablaron incansablemente de la organización de nuestras vidas, produciendo diagnósticos y valoraciones a través de los tiempos. Precisamente, el derrotero político ha estado y estará en relación con formas históricas de reflexión sobre objetos e individuos (una curva de normalidad estadística o la racionalidad estimada de un consumidor). Como alguna vez notó Foucault, las relaciones de poder no pueden separarse de las relaciones de objeto. La organización política y económica de nuestras sociedades ha sido fraguada en el mismo vía crucis técnico-reflexivo que los modelos de persona que buena parte del espectro ideológico actual supone que deben habitar en ella (seres capaces de un autoescrutinio, tolerantes, polivalentes y responsables de sí mismos).

En algún momento de la segunda mitad de la década del 80, estas fueron algunas de las hipótesis que Nikolas Rose puso a funcionar en una gama de estudios similares y diversos, al tiempo que se dispuso a animar y a organizar una red internacional de académicos bajo la denominación de Red de Historia del Presente. Entre los últimos años de esa década y los primeros de la siguiente, pasó hilando buena parte de las hipótesis que alimentó en los años siguientes. “Governing Economic Life” (1990); “Political Power beyond the State. Problematics of Government” (1992, pero cuyo material original data de 1989), o “Government, Authority and Expertise in Advanced Liberalism” (1993), entre otros artículos, apiñan una serie de ideas que llegaron a constituir rasgos de un proyecto intelectual.

Por esos años, el pensamiento de Rose se fue formando en torno a tres capas de autores dispuestos alrededor de estilos similares de pensamiento. En primer lugar, Foucault. Se trataba de una lectura que demandaba nuevas claves analíticas para repensar las relaciones de sujeción en el marco de una creciente separación de las propuestas marxistas. Refiere además a una imagen de Foucault que definitivamente no cuadra con las tres regiones en las que escolásticamente ha sido dividida su obra. No son tanto los libros recuperados (Historia de la clínica, Vigilar y Castigar e Historia de la Sexualidad vol. 1), sino los materiales menores de fines de los 70 (las “Tanner Lectures” del 1979, la clase sobre «Gubernamentalidad» del 1.º de febrero de 1978, además de «El sujeto y el poder», de principios de los 80) los que dan el tono del análisis. Una segunda capa de materiales está formada por los trabajos de los colaboradores de Foucault en el Còllege de France. En las publicaciones de finales de los 80, Rose se vale de algunos materiales de Pascuale Pasquino, Giovanna Procacci, Jaques Donzelot y Daniel Defert. Por último, cuatro autores que, si bien son algo más lejanos a Foucault, de todos ellos podemos afirmar que han quedado en cercanía, sea por apreciaciones del propio Foucault o de estos. Me refiero a Ian Hacking, Bruno Latour, Gaston Bachelard y George Canguilhem. No puede obviarse el hecho de que, salvo algunos de este último grupo, todos estos autores habían aparecido en la revista Ideology and Consciousness (a partir del sexto número I&C), una publicación de vida más bien corta pero intensa, entre los años 1977 y 1981, de la que Rose fue uno de sus animadores. Los escritos de Foucault y de otros autores publicados allí serán, muchos años después, retomados con recurrencia por trabajos autoinscriptos en los “Estudios en Gubernamentalidad”.

En este trabajo, intento reponer lo que me parece han sido tres constantes de indagación en su producción intelectual entre los años 1985-2005, y que juntas permiten singularizar la tonalidad de todo el proyecto. Una línea de indagación sobre los saberes expertos, una segunda línea de trabajo sobre la formación de los ensambles y las redes de gobierno, y una tercera relativa a la formación de los regímenes del yo. Creo que no podrá hallarse trabajo del autor que refiera con exclusividad a algunas de estas tres áreas, de modo que dicha segmentación es una artificialidad de mi parte. Espero poder justificar tal arbitrariedad al presentar en detalle los elementos en juego, las hipótesis y las líneas argumentales centrales de cada zona de trabajo, dejando en todo momento aclarado que no pueden comprenderse como poseedoras de un valor en sí mismas. La elección del periodo asume como extremos la publicación de su tesis doctoral The Psychological Complex y una de las recopilaciones de sus escritos, Powers of Freedom (2004). De modo posterior, y a excepción de Governing the Present (2008, aunque el material recopilado corresponde a la década del 90), Rose se ha dedicado casi con exclusividad al estudio de las neurociencias. Es este aspecto el que no está cubierto en esta presentación. La única excepción a este encuadre temporal son algunas páginas introductorias precisamente de Governing the Present, así como unos pocos artículos ya de este milenio.

Aunque reconocido como uno de los referentes de los “estudios de gubernamentalidad”, enfoque que ha conocido una productividad importante en el mundo académico hispanoparlante, se cuentan muy pocos materiales traducidos de Nikolas Rose: alrededor de cinco o seis artículos, más un libro publicado por la Universidad Pedagógica y algunas traducciones de cátedra colgadas en la web. No he podido hallar tampoco algún trabajo que se detenga en los rasgos de su proyecto y en la rica gama de intereses y discusiones en las que estuvo involucrado. Este trabajo pretende ser un aporte introductorio.

La formación de los saberes expertos

La fórmula “saberes expertos” no tiene el estatus de un concepto en los trabajos de Rose. De hecho, no ha utilizado de modo regular alguno en particular. Se ha servido de términos como “disciplinas”, “campo psi”, “experticia”, o “saberes” (knowledge). Si prefiero la definición de “saberes expertos”, es porque acerca el objeto de análisis a las otras dos líneas de indagación, pero además porque se acomoda de mejor modo al conjunto de hipótesis que orientan su trabajo.

Prácticamente, no hay publicación en la que no haya dedicado, de soslayo al menos, una atención a los saberes expertos. La convicción de que el ejercicio moderno de la política es incomprensible sin un ojo puesto en ellos no es suficiente. En los modos y los medios con los que estamos en contacto con las instituciones, con otras personas e, incluso, con nosotros mismos, los saberes expertos (incluidos los que no están totalmente “acreditados” académicamente y cuya circulación es ajena a los campus universitarios) juegan también algún rol. Por supuesto que existe una gama de literatura referida a este tema. El ejercicio de los “ingenieros sociales” y su papel en las instituciones o los elencos gubernamentales, la circulación del conocimiento e ideas en ámbitos transnacionales, y su impacto en las instituciones del Estado, pero también en las organizaciones no gubernamentales, son algunos de los modos en los que el “saber experto” fue estudiado, descripto y valorado.

Quizá no sea excesivo afirmar que toda la obra remite de una forma u otra al papel de los saberes en las formas de gobierno, y en la forma en que moldean una acción sobre otras acciones. Sin embargo, en The Psychological Complex (1985) y Governing the Soul (1989), su presencia vertebra todo el relato. En ambos casos se trata de la formación de “lo psicológico”; con esto se refiere a una gama versátil, oscilante y conflictiva de conocimientos sobre la psique (psicología, psiquiatría, psicoanálisis, psicosociología, con sus respectivos enfoques y corrientes internos) y los lugares y los problemas asociados. En The Psychological Complex, se había ceñido a un arco temporal que va desde finales del siglo XVIII hasta principios del siglo XX, mientras que Governing the Soul recorre el periodo bienestarista, desde la década del 30 a la del 70 en el siglo XX. En ambos casos el recorte geográfico es el mismo, la sociedad inglesa y, en menor medida, la norteamericana. Más allá de estos detalles, y de que en este último haya expandido los análisis a la vida económica y otras experiencias (el campo psi en las fábricas y en el ejército), el tipo de enfoque y el interés parecen permanecer en bastante sintonía.

Rose se distancia de tres modelos de relatos históricos sobre el campo de los saberes expertos (Rose, 1985: 225 y ss.; 1988: 180-183; 1996: 40-43). En primer lugar, sigue a Canguilhem para evitar los “relatos recurrentes”. Se trata de las historias que corren por una vertical paralela a la evolución de los objetos. Son relatos que dividen la historia de los saberes en preobjetuales (aún no tenían un objeto definido) y objetuales. Rose se detiene en la psicología, en su “pasado lejano” y su “historia reciente”, pero podrían indicarse desarrollos paralelos en otros campos. Los manuales de sociología suelen contener un capítulo dedicado a esa “sociología sin objeto” que anidaría en las preocupaciones y las elucubraciones de ensayistas e intelectuales en el siglo XVIII. Más allá de su “función legitimadora” y de la constitución performativa del saber que enuncia su propia evolución, lo conmovedor es la paradoja propuesta, la filiación irreductible entre saber y objeto y, a la vez, su desvinculación radical, toda vez que le es preexistente. Por lo general, esto estuvo vinculado, además, a las aspiraciones de universalidad y objetividad de los enunciados elaborados en un medioambiente en el que la experimentación y la cuantificación pasaron a funcionar como garantes de los enunciados de verdad.

Frente a estas narrativas, la “historia social”, sin llegar a convalidar la división entre “historia interna” e “historia externa”, promovió el estudio del desarrollo de los saberes en los medioambientes particulares en los que habrían cobrado un cuerpo teórico y técnico maduro. Esto, que fue visto como una virtud y una ventaja frente a las empresas autocelebratorias, comportaba, en los casos más groseros, una marcada devaluación de las vicisitudes domésticas del fenómeno (los instrumentos concretos involucrados en la elaboración de conocimientos), así como, en la mayoría de los casos, una remisión a factores explicativos tan generales como poco precisos (campos profesionales, los actores políticos, la economía, la cultura).[2]

Por último, Rose procede a evitar el “construccionismo irónico”, cuya aspiración radica en lo fundamental en desprestigiar y falsear las aspiraciones de veracidad y universalidad de los enunciados científicos, al evidenciar que todo objeto está contaminado de historicidad. El desafío está en el lado opuesto. Mostrar por un lado cómo, en el campo “disolvente” de la historicidad, un conjunto más bien reducido de instrumentos y técnicas intelectuales se las arreglan para estabilizar y normativizar sus juicios, lo que produce un plano de ordenamiento estable para la evaluación de un conjunto de fenómenos, y, por otro, por medio de qué mecanismos algunos fenómenos llegan a ser blanco de análisis de un determinado saber (algunas patologías para el campo psi) y a circular, por procesos de traducción mediante, en otros campos laicos y expertos. Otro indicador de distancia con la perspectiva construccionista es el peso de lo discursivo en las narrativas. Para Rose, no es la inmaterialidad discursiva el soporte y la herramienta de la crítica, o el blanco de los análisis. Antes que una deconstrucción anclada en el lenguaje o en los sistemas de significación, se necesita una descripción menos épica pero más operativa de las sinergias entre actividades, criterios mentales y artefactos que vuelven posible la función moderna de los saberes técnicos.

En Inventing Ourselves (1996), vinculará sus desarrollos a la “fenomenotécnica” bachelardiana, aunque, en buena parte de su producción de esos años (1985-1995), la recuperación de los planteos de Ian Hacking y Bruno Latour es importante. Trabajos como Representing and Intervening o Ciencia en Acción han participado en la estabilización de su punto de vista sobre la genealogía de los saberes empíricos, que, de todos modos, mantiene con ellos algunas distancias, en lo fundamental respecto al proyecto general referido a los modos regulares e históricos de orientación de los comportamientos. Pero también por la conjunción de dos movimientos analíticos que aquí, y a riesgo de evidenciar alguna carencia creativa, refiero como “inversión de Kuhn” y “aplanamiento descriptivo”.

Como es conocido, el modelo kuhneano de cambio y renovación de las teorías científicas adscribe a una visión de las comunidades científicas como factores casi solitarios que sancionan la caducidad de los saberes. Además, los procesos de solidificación o erosión de las teorías científicas siguen un patrón conocido, del centro a la periferia en el momento de consolidación, y de la periferia al centro en el segundo. El núcleo de un paradigma es a la vez su roca más dura. Los problemas para brindar respuestas coherentes de los fenómenos comienzan en diferentes lugares extremos de la “aplicación”, en los lindes de la teoría. Claro que Kuhn pensó esto teniendo como modelo a la física (aunque su preocupación por la “inestabilidad” de las ciencias sociales fue explícita[3]), pero ha servido como marco interpretativo general, más allá de que hayan surgido numerosos desarrollos desde entonces.

Las historias desplegadas por Rose, en lo fundamental en The Psychological Complex y Governing the Soul, toman un camino diferente. En él, los episodios centrales en la producción de conocimiento no son el laboratorio ni la clínica, las oficinas y los estudios, sino los que Foucault había llamado los “puntos terminales”, las zonas en las que diferentes autoridades sociales se las tienen que arreglar para organizar los comportamientos en dirección a un objetivo prefijado.

La anomalía en torno a la cual se organizaba la psicología individual no era una anomalía de un proceso de la vida […]. Era una anomalía en términos de una norma de funcionamiento especificada por aparatos sociales particulares. La inquietud que permitió establecer la normatividad de la psicología individual estuvo constituida por los objetivos del gobierno y no por las vicisitudes de la psique. Fueron la escuela, los tribunales, la policía y el ejército los que proporcionaron a la psicología del individuo aquellos a quienes tendría que poder interpretar como anormales (Rose, 1985: 229, cursivas mías).[4]

Esto no quiere decir que la “anormalidad” psicológica fuera ajustada según una regla social “externa” al campo del saber. Se refiere, antes bien, a que algunas situaciones identificadas y valoradas como disfuncionales con relación a parámetros de funcionamiento y expectativas de entornos muy precisos requirieron y estimularon la intervención de un novel campo de saberes sobre la mente humana, con el correspondiente despliegue de operaciones y técnicas específicas. En algunos momentos, Rose se ha referido a la importancia de esas “epistemologías institucionales” (término que toma de C. Gordon), grillas de inteligibilidad difusas que operaban en el marco de unas “prácticas organizativas cotidianas de aquellos aparatos sociales […] que buscaban organizar a las personas de modo masivo y en relación con objetivos particulares: reforma, educación, cura, virtud” (Rose, 1991b: 93, ver también 1996: 61). Ellas habrían alumbrado la zona del bosque en la que sería posible hallar nichos de trabajo robustos para producir por contrapartida el estándar de una norma general.

El segundo movimiento analítico, el del aplanamiento descriptivo, refiere a la articulación de técnicas e instrumentos en lugares específicos (espacios físicos), que tienen un efecto compositivo (por ej., datos agregados) en el marco de intereses y preocupaciones que a su vez provienen de otros lugares. Entre estos distintos espacios, se dan procesos de “traducción” cuya versatilidad e inestabilidad debe además tenerse en cuenta. La fortaleza de este sesgo desprejuiciadamente empírico de recorrido de una red permite conectar instrumentos y técnicas intelectuales consideradas como asépticas (pruebas de laboratorio, cálculos estadísticos, experimentos de repetición u otros) a lugares, preocupaciones e intereses explícitamente orientados.

Para Rose, el redescubrimiento del rol del “grupo primario” en la psicología de mediados del siglo XX no puede disociarse de la utilización de la “escala Rickert”, en estudios de la “solidaridad de los combatientes” llevados a cabo en el marco de la Segunda Guerra. Pero no menos interesante es la hipótesis de que tal redescubrimiento fue leído como una “confirmación” de otros trabajos realizados en Estados Unidos en la década del 20, relativos al rol de los agrupamientos de individuos en los lugares de trabajo. La noción de grupo primario y las técnicas que permitían medir su relevancia estaban asociadas a preocupaciones por la resolución de problemas bien precisos en escenarios concretos (la de una mayor resistencia en un escenario de combate, o la de una mayor capacidad productiva). La gestión de los agrupamientos organizativos y colaborativos en el ejército o en la fábrica “se lograría a través de los vínculos del grupo primario y alineando a los individuos mediante este mecanismo con los objetivos de la organización. La psicología social podría convertirse en una ciencia de la administración” (Rose, 1999 [1989]: 45).

Los saberes expertos son fenómenos técnicos cuya singularidad no está en “representar” una realidad preexistente, pero tampoco en falsearla. Una curva estadística refleja “algo” que existe en el dominio de su experticia y que no encontraríamos en ningún lugar fuera de las oficinas de la universidad, gubernamentales o privadas. Pero, a su vez, esa curva está sostenida por una movilización de recursos materiales (“avalancha de números impresos”, circuitos de encuestadores) que fungen de soportes materiales de los cálculos. El sentido de la “tecnicidad” de los saberes expertos en Rose está relacionado, como en Foucault, a su capacidad productiva, en este caso, a otro modo de volver inteligible lo real. Esto es posible, por un lado, gracias a mecanismos intelectuales conocidos (modelos explicativos, teorías o fórmulas), y a técnicas de inscripción muy diversas (pequeños procedimientos en los cuales una existencia real es convertida en una grafía y es ubicada en un plano junto a otras existencias; pueden ser tests, ecuaciones, cuadros estadísticos, cuadernos de campo, etc.)[5]; pero también gracias a esos marcos de comprensión difusos que operan en determinados entornos y convocan su atención (“epistemologías institucionales”) o se articulan a posteriori provocando efectos generales (autoridades públicas). Para Rose, no se trata de negar la veracidad de los conocimientos, sino de exponer de la manera más minuciosa posible los proyectos y los posibles efectos con los que están involucrados. Todo esto da lugar a una comprensión de la formación de los saberes expertos en un proceso permanente de solapamiento entre actores humanos y no humanos diversos, proyectos políticos y controversias sociales que, si bien no las explican, mantienen una conexión oscilante con ellas.

Estos son algunos de los elementos en esta línea de indagación. Para seguir, deberíamos decir algo sobre episodios de traducción, ensamblajes, zonas tecnológicas y redes socio-técnicas, y, por supuesto, sobre las categorías directrices, racionalidades políticas y tecnologías de gobierno. Esto nos lleva a la segunda gran zona de indagación trabajada por Rose, la articulación entre una genealogía de los saberes técnicos y las expectativas/pretensiones de autoridades e instituciones de las más variadas (incluido el Estado, pero «más allá» de él) para orientar o prescribir nuestros comportamientos.

Línea de formación de los ensamblajes y las redes de gobierno

Respecto de la psicología, Rose había dicho que

forma parte de la racionalidad práctica de los ensamblajes que buscan actuar sobre los seres humanos para moldear su conducta en direcciones específicas, ensamblajes tales como el del sistema jurídico, de la educación, de la crianza de los niños e, incluso, de la orientación espiritual (Rose, 1996: 55).

La figura de los “expertos” es central para Rose a nuestros modos de concebir la organización política[6]. Sin embargo, las condiciones de posibilidad de su ejercicio están dadas por procesos de acoples y empalmes, y se encuentran en vinculación a formas específicas de pensamiento sobre nuestras conductas; de ello toca hablar ahora.

N. Elías ha concebido la singularidad de nuestro proceso evolutivo en una doble tendencia. Por un lado, una mayor expansión de las cadenas humanas de interacción y dependencia mutua; por otro, el pasaje de las instancias de control físico a las de autocontrol (la psicologización de la censura de nuestras acciones). La vinculación que en algún momento se ha hecho entre esta lectura y el proyecto intelectual de N. Rose me permite precisar las líneas argumentales básicas de esta línea de indagación en el enfoque.

En primer lugar, en Rose no existe una tendencia macrohistórica (ni siquiera la variante weberiana de racionalización de los procesos vitales) debido a que en su proyecto la novedad y la discontinuidad son elementos que conspiran con una visión de este tipo.[7] En segundo lugar, la propuesta de Elias de cadenas humanas de interacción y dependencia contiene en sus propios términos los procesos de moldeado y orientación de los comportamientos. Se trata de una tendencia evolutiva histórica, no vinculada a múltiples nacimientos, a proyectos políticos, avances en sectores específicos (medicina, economía, guerra, etc.). Rose se ha detenido en ensamblajes plurales y discontinuos de elementos heterogéneos, siempre vinculados a objetivos previamente delimitados. Los seres humanos no entramos en cadenas sin fin de dependencia, sino que lo hacemos en el marco de espacios más o menos organizados con base en fines particulares. Cada vez con mayor fuerza, los procesos de nuestra formación intelectual, de nuestras destrezas laborales o nuestra capacidad de autosatisfacción suponen algún tipo de esquematización previa por parte de autoridades simbólicas, afectivas o legales, potenciales o reales, de grupos u organizaciones públicas, privadas o comunitarias que, en nombre del bien de sí mismos, de algunos o de todos, posan su atención sobre algún fenómeno que los perturba. Si la conducta de individuos o grupos parece requerir algún tipo de orientación es porque algo en ellas aparece como problemático, incierto o perturbador para alguien (Miller y Rose, 2010: 14).

El gobierno es una modalidad de ejercicio del poder que se caracteriza por una “acción sobre acciones” y, de ese modo, “conducción de conductas”. Lo que le interesa a Rose es que el gobierno no es “dominación” de un cuerpo, no es castigo ni es suplicio, aunque bien pueda valerse en casos puntuales de unos y otros para encauzar los comportamientos. Rose asume que el neologismo foucaultiano de “gubernamentalidad” permite la restitución del carácter mental, reflexivo, de los procesos de gobierno.[8] Supone además que es posible caracterizar patrones históricos de reflexividad más o menos comunes sobre la forma de orientar los comportamientos. Tales patrones no son un sistema, sino más bien estilos. Pueden estar coloreados reflexivamente de un modo diferenciado y poseer una forma moral distintiva, además de un carácter epistemológico singular y de un lenguaje más o menos familiar y común (Rose, 2004: 26). Lo singular es que la visión de la organización de nuestras sociedades comienza a aparecer a la vez como esquemas de coordinación y alineación de recursos, autoridades y espacios, en el juego de racionalidades específicas de gobierno que pueden compartir estilos unas con otras.

El proceso, también originalmente señalado por Foucault, de “gubernamentalización del Estado” es comprendido por Rose como el momento de conexión de los aparatos formales de dominio (específicamente las monarquías europeas del siglo XVIII) a las estrategias de gestión de los procesos biológicos, psíquicos y económicos de las personas. Rose sigue a Foucault en la identificación de este como el rasgo singular de nuestra modernidad política, e infiere que las variantes existentes de racionalidades políticas aspiran a presentar propuestas en el marco de aquel nuevo horizonte generado ya hace unos tres siglos. Pero, junto a esto, otro aspecto fundamental de este proceso de gubernamentalización del Estado es que sitúa a las instancias público-estatales y a las autoridades públicas en estrechos vínculos y tramas organizativas con la gama difusa y móvil de pequeñas instituciones, de autoridades y expertos de relevancia y temática variada, con los que forma esquemas generales de gobierno.

¿[C]ómo, en un determinado momento histórico, el aparato formal del Estado había llegado a enredarse con el negocio de conocer y administrar las vidas y las actividades de las personas y las cosas repartidas en un territorio? A pesar de que las concepciones tradicionales del poder habían visto el imperativo de gobernar como la esencia del estado, era ahora claro que los estados no siempre gobernaban en este sentido. Y la creciente centralidad para el gobierno de un aparato político, que comenzaba en el siglo XVIII en occidente, no era asunto de un poder central que extendía su dominio sobre la sociedad a través de la expansión de la maquinaria de control estatal. Era más útil empezar por la hipótesis inversa –que, en un momento histórico particular, los estados se las habían arreglado para conectarse a una diversidad de fuerzas de grupos que de diferentes maneras habían tratado largamente de moldear y administrar las vidas de los individuos en procura de distintas metas–. (O`Malley, Rose, Valverde, 2006: 120-121; ver Miller y Rose, 1992: 190).[9]

Esto, que había sido la tesis central de “Political Power beyond the State. Problematics of Government” (1992 [1989]) generó alguna controversia en la primera mitad de la década del 90.[10] Debe comprenderse que, desde finales de la década de los 70, cotizaba en alza un estilo de trabajo de sociología histórica que se alimentaba de datos de alta agregación y con ejercicios analíticos basados en estructuras de causalidad múltiples (algunas referencias son Charles Tilly, Theda Scokpol, Dietrich Rueschmeyer, Michael Mann).[11] En la respuesta que Rose y Miller dieron a un artículo que polemizaba con ellos en este punto, trataban de identificar qué, respecto a los análisis en los que estaba implicado como un objeto el Estado, les resultaba problemático.

[N]o negamos la existencia de “Estados” entendidos como aparatos políticos y sus dispositivos asociados y técnicas de gobierno. Nuestro argumento [es], más bien, que uno no tiene la obligación de dar cuenta de tales ensamblajes en el lenguaje filosófico y constitucional del siglo XIX, y aún menos para sustentar esta descripción engañosa con una infraestructura teórica derivada de la teoría social y política del siglo XIX, que otorga al «Estado» una necesidad, funcionalidad y territorialización bastante ilusorias (Miller y Rose, 1995: 593-594).

La metáfora física del Estado como una masa corporal que se expande o se achica (término empleado en Miller y Rose, 1992: 174) parece ser el principal blanco de crítica aquí. No solamente ha permeado el lenguaje de la militancia política de izquierdas y derechas y del periodismo, sino también los proyectos teóricos liberales y marxistas. El cambio de enfoque implicaba una disposición a analizar esquemas pensados de coordinación de instancias no solamente diversas, sino algunas de ellas independientes de la lógica de subordinación estatal, para comprender el derrotero de las formas en que la gestión de la vida de individuos, grupos y poblaciones era diagramada y puesta en operatividad. También era un llamado a la consideración de que, junto a las estructuras de dominación soberana plasmadas en codificaciones jurídicas sobre un determinado territorio, existen diagramas de gobierno más bien negociados, matrices de pensamiento más bien eclécticas y en constante traducción. La gubernamentalización del Estado representa a la vez la intervención de los aparatos públicos/soberanos en la gestión de la vida y de la conducta, pero no sin apoyos, relevos o ejercicios de extensión vinculados a otras instancias y autoridades (religiosas, carismáticas, expertas, políticas, etc.), en algunos casos con antecedentes remotos en su ejercicio.

Este punto conecta con una de las tres distancias que el proyecto de Rose señala en distintos momentos. Se trata de una distancia de la concepción estado-céntrica de formación y funcionamiento de las organizaciones políticas en occidente (teniendo presente, claro, la identificación puntual de las sociedades noratlánticas). Algunas formulaciones realizadas por Foucault, así como sus propios estudios para el caso inglés, lo han llevado a predicar un cambio en la mirada y hasta en el lenguaje del análisis político, tratar de producir “nuevas formas de anatomizar el poder político” (1993: 173; 1996; 1; 2004: 15). Una segunda distancia está relacionada con lo que ha llamado el “realismo sociológico”. Esto refiere a las propuestas que buscan la producción de un relato histórico en función de lo realmente acontecido (los efectos de la Revolución Industrial, los factores de la eclosión de la URSS) de modo independiente a las formas de pensamiento históricas operantes en tales periodos. El problema con esto es que conlleva el supuesto de elaboración de un relato sobre el sentido del pasado, pasando por arriba de las relaciones de objeto que definían las estrategias y las tácticas del momento, los medios y los fines del gobierno. Por contrapartida, el interés de Rose se sitúa en

las formas en que, durante los últimos doscientos años, las autoridades se han hecho repetidamente preguntas que siguen esta forma sociológica: ¿cuál es la realidad de las personas, de la economía, de la familia?; ¿qué es lo que explica los problemas y lo que llevaría a su mejora?; ¿Qué efectos han producido nuestras estrategias en el pasado?; ¿qué se puede y se debe hacer y por quiénes, para mejorar las cosas? (Rose, 1993: 289).

En los manuales, memorias, obras de economía o medicina, proyectos y programas de gobierno en la educación o la salud, etc., encontraremos las pistas para definir lo que estaba en juego y cuáles eran los márgenes de lo mismo y lo diferente. De este modo, el proyecto de Rose declinaría una vinculación con enfoques que buscan “sistemas”, “estructuras”, o “lógicas”, y que al hacerlo prestarían reverencia a objetos por arriba y por detrás de los esquemas históricos de reflexividad en el marco de zonas de gobierno particulares. Sin embargo, y este es el tercer lugar de distanciamiento, existe además en Rose un marcado rechazo del ejercicio de la historiografía de las ideas o la historia intelectual. Estudiar las artes de gobierno no significa hacer un estudio de las representaciones, pues, como lo señalé en el anterior apartado, las “relaciones de objeto” refieren a una cuestión técnica y productiva, no de representación ni de sentido. Rose está interesado en marcos reflexivos con alguna cualidad técnica, puesto que aspiran a ser gubernamentales.[12]

En lo que quizá sea un extraño momento de simplificación del enfoque, Rose ha esgrimido que los esquemas de gubernamentalidad pueden comprenderse según dos elementos generales, las racionalidades políticas y las tecnologías de gobierno.[13] Respecto del primero, en algún momento se refirió a lo que otras propuestas llaman “ideologías políticas” (Rose, 2007 [1996]: 115), pero también lo utilizó como sinónimo de “programas de gobierno” (Miller y Rose, 2010: 15). Algo que no está claro en sus escritos, pero que no sería ajeno a su propuesta general, es una búsqueda de los proyectos específicos y técnicos en el marco de corrientes ideológicas, pero esto es algo que tan solo se puede intuir. En su primera formulación, estaba ligado al “carácter discursivo de la gubernamentalidad”, y a la atención que se le debe prestar al lenguaje puesto que, por las características ya mencionadas, vuelven dominios de realidad capaces de ser pensados y calculados. Esto se refuerza aun más por sus “rasgos tecnológicos”, es decir, sus modos de existencia (escritura en prosa, cuadros, fórmulas, ecuaciones, etc.).

Bajo la noción de “tecnologías de gobierno”, parecen convivir dos sentidos no similares, aunque claramente ubicables en el proyecto, los cuales Rose parece utilizar de manera alternada. El primero está relacionado con la idea de ‘instrumento, artefacto o procedimiento’. En esta dirección, Rose podrá caracterizar las maniobras señaladas por Hacking de “inscripción” y “cálculo” como tecnologías.[14] Por otro lado, también daba lugar a pensar lo tecnológico como una zona de combinatoria especial, un arreglo de elementos heterogéneos en alguna dirección en particular.

El término “tecnología” dirige nuestra atención a las formas características en que se organizan las prácticas para producir ciertos resultados en términos de conducta humana: reforma, eficiencia, educación, cura o virtud. Dirige el análisis a las formas técnicas inventadas para producir estos resultados: formas de combinar personas, verdades, juicios, dispositivos y acciones en una forma estable, reproducible y duradera (Rose, 1991a: 92).[15]

Lo interesante, y quizá no del todo recuperado en los ejercicios de mirada retrospectiva del propio Rose, es la vinculación de su propuesta con otros elementos de una relevancia menor en el proyecto. Conceptos y ángulos de enfoque derivados de los trabajos de Ian Hacking y Bruno Latour, que precisan una comprensión más fina del tipo de propuesta y que permiten sopesar el peso de algunos elementos de la teoría del actor-red en el programa de estudio de Rose de las artes de gobierno, particularmente el modo de concepción del funcionamiento del poder en red.

Para que un dominio sea gobernable, no solo se necesita del lenguaje para pensarlo, sino también la información para evaluar su condición […]. La información establece un relevo entre las autoridades y los eventos y las personas a una distancia de ellos. Permite que las características del dominio según la pertinencia (tipos de bienes y mano de obra, edades de las personas, prevalencia de la enfermedad, tasas de natalidad o mortalidad) se representen de forma calculable en el lugar donde se tomarán las decisiones al respecto: la oficina del gerente, la sala de guerra, el Ministerio de Economía y otros centros de cálculo similares (Rose, 1990: 108; ver también 1991b).[16]

De este modo, los centros de cálculo son nodos de importancia en una red. El flujo de información generado por los saberes expertos o entidades más bien laicas y amateurs (según fuera el caso) entra en un proceso de traducción, es decir, es vinculado a nuevos objetivos de características molares. Episodios tácticos y locales de gobierno son afiliados de este modo a estrategias globales. Estas son finalmente las condiciones de posibilidad para el “gobierno a distancia”, otro rasgo de nuestra modernidad política para Rose.[17]

La propuesta de lectura histórica de Rose es que todos estos elementos, que mantienen fluctuaciones constantes entre sí, han estado coordinados en un panorama global de dos o tres modos en los últimos 150 años. Han quedado definidas así “familias de gubernamentalidad” (Miller y Rose, 2010: 17), identificables no solamente por sus racionalidades políticas (liberalismo, socialismo, etc.), sino fundamentalmente por la similitud de los diagramas generales de redes de gobierno pensadas. En estas existirían, además, esquematizaciones similares respecto a dominios de realidad (población, espacio, economía, etc.) sobre los que se debería intervenir, y respecto a en qué forma hacerlo. En un artículo de 1993, Rose presenta por primera vez una caracterización tripartita de los esquemas de gubernamentalidad modernos.[18] Estaría formada por el liberalismo clásico (que debería diferenciarse del liberalismo ahora como racionalidad política), los regímenes de Estado de bienestar y el neoliberalismo. Esbozo a continuación, y de manera brevísima, algunas de las características con que Rose describe a cada uno.[19]

En cuanto al liberalismo, un rasgo definitorio hasta entonces es que inaugura una vigilancia y control epistémico constantes respecto de la conducta del gobierno político, particularmente en relación con el insidioso esquema del qué gobernar y de qué manera. Un segundo rasgo es que, por medio de sus “polos no liberales de gobierno” (la irradiación de las instituciones disciplinarias), se pretendía “crear las condiciones subjetivas, las formas de autodominio, de autorregulación y autocontrol necesarias para gobernar una nación ahora concebida como una entidad formada por ciudadanos libres y civilizados” (Rose, 1997: 26). La relación con los expertos fue constitutiva e intrínseca, es decir, resultaron por vez primera un elemento necesario, sin el cual el gobierno a distancia no hubiera sido posible (en esto diferencia Rose el proyecto liberal del proyecto de los fisiócratas o cualquier otro esquema del periodo monárquico).

Luego del emergente de la “cuestión social” y el espinoso tema de la “gobernabilidad de la democracia” a fines del siglo XIX (Rose recupera esto de J. Donzelot), la solución que representó la “socialización de la sociedad” implicó una fuerte mutación en las racionalidades políticas y las tecnologías de gobierno.

“El Estado de bienestar” fue una fórmula para recodificar, a lo largo de varias dimensiones diferentes, las relaciones entre el campo político y la gestión de los asuntos económicos y sociales, en los que la autoridad de la Verdad y la de los expertos como aquellos que pueden hablar y promulgarla adquirirían un nuevo papel. El Estado se convertiría en el garante tanto de la libertad del individuo como de la libertad de la empresa capitalista. Al mismo tiempo, el Estado debía producir un conjunto de dispositivos técnicos que “reinventaran la comunidad”, para socializar tanto la ciudadanía individual como la vida económica en nombre de la seguridad colectiva (Rose, 1993: 293).

Con respecto al neoliberalismo, una aclaración. Rose ha utilizado en varias ocasiones la noción de sociedades liberales avanzadas para manifestar la idea de que entre el liberalismo clásico y los proyectos neoliberales existen marcadas zonas de continuidad, lo que ha relativizado de este modo algunas posiciones que marcarían rupturas evidentes, como las del propio Foucault, por caso (Foucault, 2007: 155-158). Dicho esto, el neoliberalismo se caracteriza, para Rose, en primer lugar, por el hecho de que “el imperio de los expertos sociales” se haya fracturado, “lo cual dio lugar a diferentes especialidades en competencia” (Foucault, 2007: 31), y por que prevalece además “una distancia entre las decisiones de las instituciones políticas formales y otros actores sociales”. Los antiguos centros de cálculo y puntos nodales en las redes de gobierno se han pluralizado y han ganado autonomía (en términos comparados), lo cual habría producido un doble fenómeno. Una desafiliación de los esquemas de gobierno de ciertos grupos poblacionales, por un lado, y, por otro, la “deslegitimación del papel de los expertos en los dispositivos del gobierno social” y el cuestionamiento de su poder, visto como causa de “relaciones que ahora aparecían como tutelares y degradantes para [la] autonomía”. Todo esto terminó multiplicando los fenómenos de control y de riesgo que este aspiraba a conjurar.

No he dicho nada, en lo fundamental sobre el neoliberalismo, de los cambios que se dan para Rose en el gobierno de la economía, y de la entrada en escena para las ciencias sociales del problema de la subjetividad, entre otros aspectos. Todo esto tiene relación con la tercera de las grandes zonas de indagación de Rose, los regímenes históricos del yo sobre los que estas familias de gubernamentalidad han procurado ejercer su acción de gobierno.

Línea de formación de los regímenes del yo

En una entrevista a Nikolas Rose realizada con Guillermo Vega hace algunos años, al comentar su trayectoria intelectual a comienzos de los años 80, y con relación al grupo que animaba la revista I&C, Rose precisó, respecto a la cuestión del sujeto, lo siguiente:

Algunos pensaban que era necesaria una teoría del sujeto basada en el psicoanálisis, con el fin de comprender cómo funciona la ideología. Otros pensábamos, desde un enfoque foucaultiano, que no pasaba por tener una teoría del sujeto, sino por indagar acerca de cómo los sujetos fueron entendidos y objetivados desde otros lugares o por otros, y cómo se entendieron a sí mismos, y en relación consigo mismos. En esto consistía el enfoque foucaultiano (Avellaneda, Rose y Vega, 2012: 3).

“Evitar una teoría del sujeto” es, en este caso, renunciar de antemano a proponer las formas en las que los individuos adquirimos conciencia, para nosotros mismos y para los demás, de nuestra condición de sujetos, esto es, de que nos hemos objetivado y fuimos objetivados ante los demás como tales. En el marco de lo tratado en las páginas precedentes, si no hay una teoría del sujeto, hay una descripción de los diversos regímenes del yo que operan de modo sucesivo y paralelo en nuestras sociedades, en directa relación con los saberes expertos y con los ensamblajes y las redes de gobierno en las que estamos involucrados. Un esfuerzo concomitante en Rose fue tratar de desarmar las dos series antagónicas intimidad –yo–privacidad, y rol social–vida pública–política. “Los pensamientos y los sentimientos pueden aparecer como el tejido y la constitución del yo íntimo, pero están organizados socialmente” (Rose, 1989: 1)[20].

De sus estudios sobre el campo psi, había esgrimido tempranamente una hipótesis que vinculaba el terreno político a los individuos. Dicho campo habría sido una pieza de importancia en la consolidación de las formas de gubernamentalidad a principios del siglo XX.[21] La autolimitación impuesta desde el diagrama jurídico liberal a las prerrogativas del gobierno político y los diques que ello significaba a las “intervenciones coercitivas directas en las vidas individuales” proporcionaron una relevancia al tipo de tareas brindadas o por brindar por el complejo psicológico, ya que posibilitaba que los individuos pudieran autorregularse (por medio de técnicas como la autoinspección, el automonitoreo, la auto-problematización y la confesión) bajo la premisa de estar participando de modo activo en sus propias vidas. En Governing the Soul, Rose se dedica a evidenciar el grado de dispersión de estos procedimientos en la psicología de guerra, la psicología laboral, entre otros ámbitos.

Junto a ello, ya sea en solitario o en coautoría con Miller, ha identificado por lo menos otros tres procedimientos diseminadores del gobierno por medio de la constitución de un “yo”: 1) el lenguaje y las técnicas de gobierno referidas al consumo (Miller y Rose, 1997); 2) los desarrollos psicoterapéuticos (Rose, 1994; 2007); 3) el gobierno a través de la libertad (Rose, 2000; 2004).

Rose se ha detenido en el periodo de 1950-1970 al considerar que en estas décadas florecieron las técnicas de propaganda y persuasión del consumo, en el marco de una economía keynesiana necesitada de un estímulo constante a la demanda. El “ensamble del sujeto del consumo” supuso una nueva cruzada de los críticos sociales, ya que “la industria del consumo, en alianza con los científicos sociales, intentaba introducirse en el sacrosanto dominio de la intimidad del hogar y de la psique individual” (Miller y Rose, 1997: 7). El detallado estudio de los resultados de las investigaciones llevadas a cabo por la Clínica Tavistock muestra el modo en que no resultó nada fácil poder comprender a los individuos en cuanto “consumidores”, y los factores que debían cumplirse para que pudieran sentirse como tales sin la presión explícita por el gasto de dinero. Rose detalla cómo esto parecía funcionar en los casos en los que existían entornos sociales o valores morales que jugaban en conexión singular con los estímulos (la estética de la mujer y el shampoo, por caso). De este modo, los estudios sobre la persuasión al consumo, es decir, las maniobras para que el individuo pudiera sentir placer al consumir, representaban una forma de manufactura de la subjetividad.

Respecto a los desarrollos psicoterapéuticos, por lo general, la crítica a la psicoterapia fue que construía enclaves patológicos y privados a lo que tenía causas más bien sociales y económicas. Una suerte de último eslabón en la escala de la dominación. Y aunque muy posiblemente pueda haber algo de todo esto en juego, el punto seguido por Rose fue el opuesto. «[…] lo que me gustaría sugerir es que la forma más interesante de analizar esta cuestión del poder y de su influencia en la psicoterapia es examinar las vías mediante las cuales los terapeutas conforman el camino a través del cual los seres humanos ejercen su libertad» (Rose, 2007: 106). En el nombre de su propio bienestar y felicidad, “el gobierno de la autoridad se convierte en una cuestión terapéutica”. Quedaría por agregar la dispersión de estas “experticias terapéuticas” hacia zonas no acreditadas por las universidades, de saberes más bien esotéricos (¿podrían incluirse algunos discursos religiosos?) que funcionarían como una variante de las “curas del alma” que buscan combatir nuevas patologías caracterizadas por un lenguaje entre espiritual y religioso, aunque temáticamente orientado hacia los problemas más terrenales y cotidianos.

Finalmente, la cuestión del gobierno “a través de la libertad”, y no en su contra, ha sido otro de los puntos controversiales en los trabajos de Rose. Desde una posición que evidencia problemas de lectura al considerar la existencia de una valoración de su parte, hasta presuntos argumentos en contra que sostienen la remanida y paradojal dupla de la libertad como el efecto de las disciplinas, la tesis fundamental de Rose ─a lo largo de todo el siglo XX, se ha buscado gobernar promulgando en los individuos capacidades y lenguajes, elaborando un interior que funcione como criterio y punto arquimédico de la propia conducta, y a la vez construyendo una plataforma de derechos-murallas─ no ha sido, me parece, lo suficientemente considerada.

[A] pesar de las disputas sobre sus definiciones y debates sobre la prioridad relativa de la libertad en oposición a otros objetivos políticos, hay acuerdo sobre la creencia de que los seres humanos son, en su naturaleza, en realidad, potencialmente, idealmente, sujetos de libertad, y, por lo tanto, que deben ser gobernados y deben gobernarse a sí mismos, como tales.

 

Es precisamente debido a la potencia de las políticas y las éticas de la libertad que ella requiere un diagnóstico. ¿Se puede adoptar una actitud “intempestiva” hacia la libertad? ¿Se puede ver el valor de la libertad en sí misma como una cosa de este mundo, reunida a partir de una multitud de accidentes y contingencias, por grandes estrategias de poder y control, por ingenuos gestos de humanitarismo y preocupación, intervenciones filantrópicas nobles y de altos principios morales, sin contar mil insignificantes rencores y pequeñas maniobras? ¿Podríamos considerar el nacimiento de la libertad como un logro del gobierno? (Rose, 2004: 62).

En Rose, desarrollar una actitud “intempestiva” respecto de la libertad toma la forma de una indagación sobre los factores que han posibilitado el “ensamblaje civilizatorio” (la familia y el hogar, la educación y la ciudad). Junto a los ensamblajes disciplinarios ya identificados y estudiados por una abundante literatura, el equipamiento de las sensibilidades y los cálculos del propio interés, el agenciamiento moral y la responsabilización, la introspección y el auto-escrutinio de nuestros vicios y placeres ha sido provocado por una multitud de pequeñas autoridades en una articulación oscilante con las estructuras burocrático-territoriales de dominio. No podría comprenderse el valor de la libertad como objetivo político sin prestar atención a la presencia de las nuevas realidades y espacios de intervención de una “individualidad” generados en el marco de estos ensambles (ver Rose, 2000: 141-175; 2004: 61-97).

Por último, y brevemente, deseo referirme a la cuestión de la subjetivad y las ciencias sociales en los últimos veinte años del siglo pasado. Michel Foucault llegó a señalar, al final del curso La Sociedad Punitiva, un episodio singular con relación a Emile Durkheim. Las tramas de cohesión social o de su carencia formuladas y descriptas por él tuvieron como trasfondo una monumental expansión de redes de anudamiento y coacción de los individuos (surgimiento de las más variadas instituciones), en el marco más general de la consolidación de proyectos económicos y políticos. Durkheim habría dado estatus de ley social a redes y tramas de coacción relativamente recientes, y a la vez las habría dispuesto sobre un esquema explicativo que las invisibilizaba, utilizando como alternativa la vía argumental relativa a la expansión y complejización de la división del trabajo. De ese modo, habría asumido la formulación de leyes sociales sin tomar nota del complejo ensamblaje institucional-tecnológico (escuelas, fábricas, hospitales, ejércitos, etc.) que estaba vinculando enormes masas de individuos (los muchos en pocos espacios) a trayectorias, cronologías, estilos, “culturas”, novedosos en su similitud aplanada.

Pues bien, quizá se trate menos de relatar la aventura del sujeto para los discursos de las ciencias sociales y humanas en las últimas décadas del siglo XX, que de precisar las formas en que la «subjetividad» fue “descubierta” por estas en el mismo proceso con el que los procedimientos de gobierno y las zonas tecnológicas comenzaban a alimentar la idea y la sensación en todos nosotros de que nuestro «yo» (un interior recargado de psicología y afectividad o cálculos racionales sobre nuestros propios gustos) debía ser el nuevo punto de normatividad desde el cual relacionarnos con el mundo. Al hacer una «crítica de la crítica» denunciando que los enfoques marxistas habrían sido cómplices en la normalización social (esto, claro está, no solo y no tanto por lo ocurrido en los regímenes comunistas, sino por el instrumental con el que se trató de manejar la “superestructura”), los progresismos culturales en la academia habrían tomado por propio, como el viejo Durkheim, lo que en realidad era el efecto de cambios mayores en los ensamblajes de gobierno y las racionalidades políticas. Claro que esto corre el riesgo de caricaturizar lo ocurrido, pero no sería después de todo una falsa ironía que algunas de las nociones como «subjetividades de resistencia» o «subjetividades alternativas» fueran convocadas a una reyerta política en la cual los contrincantes se vincularan genealógicamente.

Conclusión

He realizado un repaso por las tres zonas en las que el trabajo de Nikolas Rose se ha detenido particular aunque no aisladamente, según mi criterio. He tratado de no vincular sesgos hagiográficos, pero tampoco de generar un efecto tribunal. Me he limitado a indicar las líneas argumentales y a reponer algunos ejemplos o casos que me han parecido ilustrativos.

Reparo aquí solamente en un par de indicaciones sobre el proyecto en general que no me fue posible reponer en los apartados anteriores.

En primer lugar, hay que destacar que, tal como Rose lo indicó en varias ocasiones, vivimos en un mundo atiborrado de programas y proyectos de gobierno, pero no en un mundo programado. Y como lo he tratado de precisar en otra ocasión, la descripción detallada de las redes de gobierno no debe ser leída como la confirmación de sus efectos. Más allá de esto, es realmente notable que la trayectoria intelectual de uno de los máximos referentes de los Estudios en Gubernamentalidad, en forma independiente de los juicios que nos merezcan sus hipótesis y argumentos, fuera realizada caminando por el costado de la industria editorial de los cursos de Foucault. Rose ha señalado en algunas entrevistas que nunca le interesó el papel de intérprete y erudito en Foucault. Lo bueno es constatar que, al cabo de un repaso por parte de su programa de estudio sobre las artes de gobierno, no parece haberlo necesitado.

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  1. Universidad Nacional del Nordeste.
  2. Para un análisis de cada uno de estos campos, ver Rose, 1996: 41-51.
  3. Kuhn, 2004: 13.
  4. Salvo indicación de lo contrario, todas las traducciones son mías. En otro lugar podemos leer: “No debemos considerar el papel de las ciencias psicológicas aquí como una aplicación de los avances conceptuales realizados en la serenidad del estudio o el laboratorio. El ímpetu no fluyó de un centro académico a una periferia práctica, o de un conocimiento de la normalidad a una aplicación a la patología […]. Las ciencias psicológicas no se consolidaron en disciplinas en torno al proyecto atemporal de comprensión de la mente humana, sino en torno a problemas contingentes e históricamente variables de la vida institucional, las capacidades psicofísicas y los fenómenos de comportamiento […]” (Rose, 1988: 186).
  5. Ver el cap. 5 de Inventing Ourselves para la recuperación y desarrollo por parte de Rose de esta noción.
  6. Numerosas publicaciones abordan este tema, pero señalo particularmente Rose (1993) y Miller y Rose (1994).
  7. “Hablar de racionalidades de gobierno no es sugerir que el gobierno respete un principio atemporal de ‘racionalidad’ ni ubicar la genealogía de gobierno dentro de una historia lineal de racionalización” (Miller y Rose, 1995: 595, nota al pie 5).
  8. La estabilización del lenguaje y su sentido comienza a percibirse en los años 1987-1988, si bien en The Psychological Complex los modos reflexivos de M. Foucault son claramente perceptibles. Dos de los primeros artículos en los que trabajan con una gama de términos y reflexiones cercanas a la gubernamentalidad son “Beyond the Public/Private División. Law, Power and the Family” (1987) y “The Tavistock Programme. The Government of Subjectivity and Social Life” (1988) (este último, junto a P. Miller).
  9. En este trabajo, la noción de gobierno que exponen los autores está concentrada en una cita de un texto de Donzelot que había aparecido en I&C en 1979. Para un acercamiento previo de Rose a esta noción, ver Rose, 2000: 143.
  10. Ver Curtis (1995) y la respuesta de Miller y Rose (1995).
  11. En otro trabajo he realizado alguna caracterización de esta literatura en la referente al peso que le asignan a las guerras en la formación de los Estados (Avellaneda, 2017).
  12. En un trabajo reciente, refiero la distancia que puede identificarse en Foucault respecto de este campo (historia de las ideas políticas), por medio de un estudio comparativo con la propuesta de Quentin Skinner. Tener en cuenta lo siguiente: “Lo programático es el ámbito de los diseños presentados por filósofos, economistas, políticos, fisiócratas y filántropos, informes gubernamentales, comités de investigación, libros blancos, propuestas y contrapropuestas de organizaciones de negocios, trabajo o finanzas, organizaciones benéficas y profesionales que buscan configurar zonas y relaciones específicas en modos pensados como deseables” (Miller y Rose,1992: 181).
  13. El primer lugar en el que refiere a esta distinción es en “Governing Economic Life” (1990), en coautoría con P. Miller. Será replicada luego en otros artículos y llegará a ganar relevancia en los balances y diagnósticos formulados en Powers of Freedom (2004) y Governing the Present (2008).
  14. En el quinto capítulo de The Psychological Complex, la noción de una tecnología psicológica estaba ligada en el mismo modo a tests de inteligencia (Rose, 1985: 112). En esta dirección, se refirió además a “tecnologías de la memoria” (Rose, 1996: 240) y a otras que “hacen que los seres humanos sean capaces de ser y hacer cosas particulares: hacer listas, enviar mensajes, acumular información de lugares distantes en un solo lugar, individualizarse y ordenarse entre sí, ampliando nuevas líneas de fuerza, posibilitando nuevos efectos” (ídem, 238-239). Antes que Latour, Rose había explicitado su deuda con “el maravilloso libro” Representar e Intervenir de I. Hacking (TPC, 1985: 13, nota al pie 4).
  15. Esta variante parece vincularse de mejor modo con los trabajos de Dean (1996) y Barry (2001). Me he referido a su función en los estudios de gubernamentalidad en otro lugar (Avellaneda, 2015).
  16. “El gobierno depende de los cálculos en un lugar sobre cómo afectar las cosas en otro. La información sobre tipos de bienes, edades de las personas, salud, criminalidad, etc., debe ser transportada y acumulada en lugares […] para que pueda ser utilizada en el cálculo. […] Al permitir que los eventos se agreguen a través del espacio y el tiempo, revelan y construyen normas y procesos a los que se pueden adjuntar las evaluaciones y sobre las cuales se pueden dirigir las intervenciones” (Rose, 1992: 185-186).
  17. Quizá la referencia más directa a la noción de B. Latour de traducción en Rose, 1996: 55.
  18. Una versión ampliada de este artículo apareció posteriormente como capítulo del libro Foucault and Political Reason (Rose, 1996: 37-64), que fue a su vez traducido parcialmente en la revista mexicana Archipiélago al año siguiente (Rose, 1997: 29-40) y que resultó en el último capítulo de Governing the Present (Foucault, 2008: 199-218). Tenemos un estudio particular sobre el liberalismo avanzado en el cuarto capítulo de Powers of Freedom (Rose, 2004: 137-165).
  19. “Cuando los estudios de gubernamentalidad hablan de liberalismo, de bienestar, de neoliberalismo y similares, es en este sentido en que deben entenderse estos términos: no como designantes de una época, sino como la individualización de una multiplicidad de intentos para racionalizar la naturaleza, los medios, los fines, los límites para el ejercicio del poder y los estilos de gobierno, los instrumentos, las técnicas y las prácticas a los que se vinculan” (Rose, 2004: 28).
  20. Nótese el carácter de la organización. Pocos años más tarde, Rose prácticamente prescindirá de tal apelativo.
  21. “Los mecanismos de examen de las ciencias psicológicas, de los cuales el diagnóstico psiquiátrico y la prueba de inteligencia son dos paradigmas, proporcionaron cada uno un mecanismo para convertir la subjetividad en pensamiento como una fuerza calculable. El examen no solo hace visible la individualidad humana, sino que la ubica en una red de escritura, transcribiendo atributos y sus variaciones en formas codificadas, lo que les permite acumularse, resumirse, promediarse y normalizarse, en resumen, documentarse. Dicha documentación de la psique permitió que los elementos de cualquier vida individual que fueran pertinentes a las autoridades se reunieran en un expediente, se consagraran en un archivo o se transmitieran a un lugar central donde las huellas individuales pudieran ser comparadas, evaluadas y juzgadas” (Rose, 1989: 7-8).


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