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2 La dimensión estratégica del análisis foucaultiano de las racionalidades gubernamentales

Marilina Del Valle[1]

Introducción

El presente escrito explora diferentes lecturas de las relaciones que la analítica de las racionalidades gubernamentales, emprendida por Foucault a finales de los años 70, mantiene con el modelo estratégico focalizado en los juegos reversibles de fuerzas, elaborado por el filósofo francés en La voluntad de saber. El trabajo se dirige, en tal sentido, a reconstruir y examinar críticamente dos posibles aproximaciones a las relaciones entre los mencionados enfoques de análisis en una serie de recuperaciones de la analítica de la gubernamentalidad, y a elaborar, ulteriormente, una tercera propuesta de lectura.

De acuerdo con lo anterior, la exposición se divide en dos apartados. En el primero, se reconstruyen dos diferentes aproximaciones a la dimensión estratégica de la analítica de la gubernamentalidad. Por un lado, aquella localizable en los trabajos de Peter Miller y Nikolas Rose –particularmente, en su recuperación del concepto de “programa” planteado por Colin Gordon–. Por otro lado, la que atraviesa la crítica formulada por Lemke al concepto de “falla” y su propuesta de una focalización del análisis en las tensiones entre los programas políticos y las resistencias. Con respecto a estas lecturas, se plantea que envuelven una vinculación de la dinámica estratégica a elementos que persisten, de un modo u otro, contrapuestos a la elaboración racional del gobierno político: en el primer caso, el plano local, heterogéneo, perpetuamente instrumentalizable y programable de las tecnologías de poder, y, en el segundo, aquellos patrones de resistencias que signan de conflictos constitutivos a los programas políticos.

En el segundo apartado, se traza una lectura en clave estratégica de la historia de la gubernamentalidad elaborada por Foucault, con el fin de explorar una tercera lectura posible del enfoque del análisis derivado de tales estudios. Esta tercera lectura apuntaría a presentar a la analítica de la gubernamentalidad como una perspectiva de análisis dirigida no solo a las racionalidades políticas o “reflexividades prácticas” que se despliegan movilizadas por los específicos problemas derivados de la irreductibilidad de la materia a gobernar. Antes bien, tal perspectiva de análisis permitiría, además, reconstruir el interjuego de fuerzas desplegándose en el nivel de las racionalidades políticas o gubernamentales, esto es, el campo de tensiones y desplazamientos en virtud del cual las racionalidades políticas se enfrentan y conectan entre sí.

Dos posibles lecturas de las relaciones entre las grillas de la gubernamentalidad y la estrategia: la traducción y las resistencias

En torno a las nociones de “racionalidad política” y “traducción” elaboradas por Peter Miller y Nikolas Rose, es posible trazar un primer enfoque de análisis de las relaciones entre las grillas de la estrategia y la gubernamentalidad, cuyo rasgo distintivo es suponer un juego de correlaciones perpetuas entre los programas, estrategias y tecnologías de poder locales, y las racionalidades o programas políticos. Tal propuesta de análisis del dominio político formulada por Miller y Rose encuentra su punto de partida tanto en los trabajos del propio Foucault, como en la recuperación que realizan de una serie de conceptos previamente elaborados por Colin Gordon en sus análisis de los trabajos del filósofo francés. Esto es, la tríada compuesta por las nociones de programa, estrategia y tecnología de poder, y la noción de racionalidad gubernamental. En consecuencia, resulta preciso comenzar por un acercamiento a estas últimas nociones.

Gordon, en el epílogo de Power/knowledge (1980), en el marco de su reconstrucción del concepto foucaulteano de “poder-saber”, presenta los conceptos de “programa”, “estrategia” y “tecnología de poder” para aludir a tres niveles de la racionalidad inherente a los procedimientos de sujeción, que, a pesar de sus diferencias, deben ser abordados desde su estrecha complementación y correlación (pp. 245-258). En referencia a los programas, afirma que consisten en “discursos cuyo objeto (en ambos sentidos de la palabra) es volver racionalizable, transparente y programable lo real” (p. 245). En este sentido, hace hincapié en el carácter productivo de los programas. Esto es, señala que la noción de programa que es posible localizar en los trabajos de Foucault –a diferencia de la ideología– alude a saberes que configuran lo real al tiempo que lo constituyen como objeto de intervención. Gordon busca resaltar, además, que los programas se caracterizan por encontrarse perpetuamente sujetos a los desajustes introducidos por la irreductibilidad de la materia a la que se dirigen, es decir, los individuos y las poblaciones. Sin embargo, por contrapartida, trazando una figura que ulteriormente va a ser recuperada y también va a transformarse en objeto de críticas, Gordon señala que tales desajustes terminan convirtiéndose en un insumo para el funcionamiento y la creciente elaboración de los programas. Esto quiere decir que Gordon plantea que estos últimos convierten incesantemente los efectos no programados en materia de nuevas formas de conocimiento e intervención. En el marco de tal distinción tripartita, por otra parte, la noción de tecnología de poder es remitida a aquellos conjuntos de operaciones y elementos heterogéneos pertenecientes al plano de las prácticas no discursivas, de los que se valen los programas para dar forma a la realidad social.

Sin embargo, Gordon señala que las tecnologías de poder no son la simple “aplicación” de los programas, ya que, al margen de la complementación que establecen con estos últimos, conservan siempre una autonomía relativa que las habilita a introducir eventuales modificaciones (Gordon, 1980: 253, traducción propia)[2]. En ese sentido, afirma que tal característica de las tecnologías de poder “abre un amplio rango de posibilidades estratégicas” (p. 253). Así, en tal propuesta de lectura, la noción de estrategia viene a introducirse como un instrumento para pensar la complementación entre los “saberes-programas” y las tecnologías de poder más allá de la imagen de una determinación unilateral de la realidad social por parte de un “programador” (p. 246). Si tal imagen “confunde” las nociones de programa, estrategia y tecnología de poder “en un régimen monolítico de sujeción” (p. 245) –o mejor, asimila las últimas dos a la primera–, el análisis de Gordon va a dirigirse a trazar una clara diferenciación entre el nivel de los programas, por un lado, y el de los efectos no programados, por otro (p. 253). De acuerdo con esto, afirma que las estrategias –a diferencia de los programas estabilizados en el orden elaborado del discurso, la racionalidad y la reflexión (p. 246)– remiten a la “multiplicación, adaptación y reorganización de efectos” (p. 253) en el plano de las prácticas no discursivas. En este aspecto, la racionalidad de la estrategia refiere a una particular forma de disponer una heterogeneidad de elementos y prácticas que, en la medida en que emerge como una respuesta inmediata ante los efectos no programados, reviste un carácter táctico y provisorio. Por otra parte, Gordon señala que la racionalidad de la estrategia remite a “una función lógicamente híbrida (y a veces elusiva) que integra la producción de efectos con la utilización de esos efectos”. (p. 252). En consecuencia, en el marco de tal propuesta de lectura ─los “programas-estrategias”─ no adquieren determinación sino hasta el momento en que adquieren la coherencia que las constituye en programas. Así, sostiene Gordon:

[…] siempre existe la posibilidad de que el resultado de dos programas-estrategias en competición o conflicto sea la composición de un tercero. La coherencia lógica integrada del programa sirve aquí como vehículo para la flexibilidad improvisada de la estrategia (p. 252).

En el marco de tal recuperación, por lo tanto, se configura una contraposición entre el nivel discursivo y coherente que define la racionalidad de los programas, y el “mínimo de racionalidad» (p. 251) atribuible –por su dinamismo y heterogeneidad– a las estrategias. De acuerdo con tal aproximación a la noción de estrategia, y manifestando cierta extrañeza frente al hecho de que Foucault haya planteado la posibilidad de remitir tal noción a una forma de racionalidad, Gordon pone de relieve ciertas dificultades analíticas que esta presenta para el análisis de los procesos de constitución de las configuraciones de poder:

[…] la lógica estratégica no puede en sí misma implicar ningún tipo de coherencia necesaria. En otras palabras, una historia no puede basarse en el concepto de “estrategia”. Este concepto solo deviene pertinente como un instrumento para el desciframiento histórico en el punto en el que la instrumentalización del terreno social interactúa con su formación por parte de programas y tecnologías de poder (p. 252).

A través de tal recuperación de los conceptos de “programa”, “tecnología de poder” y “estrategia” en las investigaciones de Foucault, y a partir del énfasis en las relaciones que establecen entre sí, el objetivo de Gordon es permitir “un análisis no de la correspondencia perfecta entre los órdenes del discurso, las prácticas y los efectos, sino de la manera en la cual fallan en corresponder, y del significado positivo que pueden alcanzar tales discrepancias” (p. 247). Sin embargo, en virtud de lo expuesto, podría considerarse que el modo bajo el cual, desde tal propuesta de lectura, se piensa la dimensión de la estrategia vinculada a la de los programas plantea una paradoja a la hora de concebir los efectos de la primera en los segundos. En la medida en que el análisis de Gordon traza un proceso por el cual los efectos no programados vendrían a ser infinitamente reutilizados por los programas, tal movimiento termina por abolir el carácter agonístico que se pretende imprimir a la racionalidad programática a través de su vinculación con el nivel de la estrategia. Por otra parte, tal enfoque de lectura, aun a pesar de insistir en sus correlaciones, traza, en lo fundamental, una separación entre el plano estratégico y el de los programas.

En posteriores trabajos, desplegados entre fines de los años 80 y principios de los 90, Gordon (1987; 2015) recuperó el concepto de “racionalidad gubernamental” atendiendo a ulteriores estudios de Foucault (2016b; 2016a) sobre el problema del poder. Con respecto a esta última noción, que extrae de los análisis del filósofo francés en torno a la constitución de los gobiernos modernos, sostiene que alude a aquellas reflexiones sobre el ejercicio de poder que debe dirigirse, de un modo simultáneo, hacia el individuo y el conjunto de la población. Un análisis de las racionalidades gubernamentales envuelve emprender “el registro histórico de las problematizaciones de gobierno, de las preguntas acerca de cómo y qué gobernar, de cómo el gobierno es posible, de los principios esenciales de un ‘arte de gobierno’” (1987: 297, traducción propia) [3]. Esto es, un estudio acerca de la dinámica de reflexiones movilizada en torno al ejercicio del gobierno, que da lugar a los procedimientos, los objetos y los “principios” alrededor de los cuales vienen a articularse tales prácticas. Por otra parte, del mismo modo que para el caso de los programas de poder-saber, Gordon hace hincapié en el carácter discursivo de las racionalidades gubernamentales. En esta dirección, sostiene:

Foucault no está diciendo […] que no existe otra realidad que la del discurso. Pero está insistiendo […] en la necesidad de cierta clase de nominalismo histórico; la economía y la sociedad, los objetos de gobierno modernos son entidades cuya inteligibilidad depende de las formas de codificar y articular lo real que han sido inventadas. Está asegurando que estos objetos de gobierno tienen particulares pre-condiciones materiales y conceptuales, de las que depende su existencia y su operatividad en conocimientos específicos, técnicas, experticias (1987: 297-298).

Sin embargo, el modo de relación con el saber presupuesto por el concepto de racionalidad gubernamental atiende a elementos que vuelven irreductible aquella noción a una transcripción colectiva del poder-saber. Dicha especificidad se encuentra ligada a la vinculación que establece Gordon entre tal concepto y el ulterior desplazamiento ético de los estudios del filósofo francés. De acuerdo con esto, señala que “en sus últimos libros, Foucault [describió] todo su trabajo como un estudio de problematizaciones, esto es, de las formas en que los seres humanos se conciben y se dirigen a sí mismos, y a los diferentes aspectos de su ser individual y colectivo, como problemas” (1987: 297). Atendiendo a este elemento, en tal análisis la racionalidad gubernamental es presentada en los términos de una forma de pensamiento transversal a la sociedad, es decir, “capaz de hacer algún tipo de actividad pensable y practicable, tanto para sus ejecutantes como para aquellos sobre quienes esta práctica se ejerce” (2015: 3). En tal contexto, sugiere Gordon, el concepto de “racionalidad gubernamental” traza un desplazamiento con respecto a la concepción «meramente utilitaria» (2015: 9) del conocimiento en el esquema del poder-saber. Por contrapartida, la analítica de la gubernamentalidad, en virtud de la incorporación de elementos del legado cristiano que habilita para el análisis de las configuraciones modernas de poder, permite atender, asimismo, a la dimensión ética –o moral– involucrada en la relación del sujeto con la verdad (Gordon, 2015: 9).

Por otra parte, es posible afirmar que dentro del análisis de Gordon la racionalidad gubernamental envuelve, además, una dimensión estratégica. Sin embargo, esta dimensión no remite ya, en lo fundamental, a las correlaciones entre la formación programática del campo social y la instrumentalización agonística de sus desajustes, como tampoco se pone en juego eminentemente en las tensiones que se despliegan en el terreno regional de las tecnologías de poder. En el marco de la analítica de las racionalidades gubernamentales, el nivel estratégico puede localizarse en la perpetua relación de tensión que traza entre el gobierno y las libertades de los sujetos (2015: 6), en virtud de la cual se plantea que el primero “actúa sobre y a través de una serie abierta de posibilidades éticas y prácticas” (2015: 9). No obstante, Gordon entiende que tal relación, particularmente en su forma liberal, supone “una problemática prodigiosamente fértil, un vector continuo de invención política” (2015: 21).

Ulteriormente, en “Political power beyond the State: problematics of government” Miller y Rose (1992) exploran, bajo el influjo de los antes señalados análisis de Gordon, las herramientas que la analítica de la gubernamentalidad podría ofrecer a la teoría social, en especial, para abordar las transformaciones del liberalismo en las sociedades occidentales modernas. En esta dirección, afirman que una indagación focalizada en las «problemáticas de gobierno» (p. 175, traducción propia)[4] habilitaría el análisis de las mencionadas mutaciones, en la medida en que escapan a la clásica concepción del Estado bajo la forma de una estructura jurídica o un aparato de dominación contrapuesto a la sociedad civil (Rose, 1996: 42-43). Desde tal propuesta de lectura, el concepto de “gubernamentalidad” permite poner de manifiesto la multiplicidad de autoridades, mecanismos y fuerzas locales que se articulan en el ejercicio de la racionalidad política liberal.

En el mencionado artículo, el análisis de las “problemáticas de gobierno” se presenta dividido en dos niveles principales que se encuentran en correlación: el nivel de las «racionalidades políticas» y el conjunto heterogéneo de los «programas, cálculos y técnicas» en el que se concretan las prácticas de gobierno (Miller y Rose, 1992: 174). El primero de estos planos alude al ensamblaje de una serie de saberes acerca de la naturaleza de los objetos que gobernar, a un lenguaje específico y de carácter performativo, y a un conjunto de ideas morales acerca de los fines del gobierno (pp. 178-181). Estos tres elementos, de acuerdo con tal lectura, articulan el nivel de los ideales generales en torno de los cuales se constituye el dominio de lo político. No obstante, tal propuesta de análisis apuesta a poner de relieve las correlaciones continuas que las racionalidades políticas mantienen con la dinámica desplegada en el nivel local. En este punto, recuperando un concepto previamente formulado por Gordon, Miller y Rose afirman que los programas de gobierno aluden a aquellos proyectos que “buscan configurar espacios específicos y relaciones en formas consideradas deseables”, y que se constituyen en virtud de una continua tendencia hacia la rectificación de las “fallas” (pp. 181-183). Desde esta propuesta de lectura, entonces, destacando los perpetuos intercambios entre el nivel de los ideales políticos generales que constituyen las racionalidades políticas, y la dinámica de los programas configurados en torno de problemáticas específicas, se busca sortear la idea de una determinación vertical de los espacios locales por parte del “poder de Estado”. Dentro de este marco, se sostiene, antes bien, que “la posibilidad de traducción entre las moralidades, epistemologías e idiomas del poder político, y el gobierno de un espacio problemático específico, establece una mutualidad entre lo que es deseable y lo que se hace posible a través de las actividades calculadas de las fuerzas políticas” (p. 182). Esta correspondencia de la escala de las racionalidades políticas con la de los programas de gobierno recibe en el mencionado artículo el nombre de «traducción» (p. 181).

Esta crítica a la concepción del Estado bajo la forma de una instancia unificada de concentración del poder (Rose, 1996a: 42-43), centrada en las nociones de racionalidad política y traducción, es continuada por Rose (1996a) en “Governing ‘advanced’ liberal democracies”. En tal artículo, se propone, antes bien, analizar

la traducción del pensamiento y la acción desde un “centro de cálculo” en una diversidad de espacios dispersos a través del territorio –traducción en el sentido de un movimiento de un lugar a otro–. A través de la multitud de tales relevos móviles, se establecen relaciones entre aquellos que están espacial y temporalmente separados, y entre eventos y decisiones en esferas que, sin embargo, mantienen su autonomía formal (p. 43).

Sin embargo, en tal texto, Rose afirma que «es solo en la medida en que tales alineamientos de diversas fuerzas pueden establecerse que la acción calculada sobre la conducta a través del espacio y el tiempo puede tener lugar” (Rose, 1996a: 43).

Es posible considerar que la dimensión estratégica también atraviesa, de alguna manera, la concepción del análisis de la gubernamentalidad localizable en los mencionados textos de Miller y Rose. De su distinción y vinculación entre el nivel general de las racionalidades políticas y el nivel de los programas y tecnologías de poder focalizados en problemáticas específicas, se desprende que la dimensión estratégica de la analítica de la gubernamentalidad deriva, en lo fundamental, de su focalización en las conformaciones locales de poder imbricadas en la irreductibilidad de las prácticas y en los juegos de fuerzas que estas envuelven. En efecto, en otro escrito de 1996, Rose (1996b) pone de manifiesto tal asociación, al definir el nivel estratégico de análisis de las prácticas de gobierno como aquel constituido por “formas de autoridad y aparatos considerados no políticos» –sea el conocimiento de los expertos, el conocimiento judicial de las cortes, el conocimiento organizacional de los gerentes, o el conocimiento ‘natural’ de la familia y la madre” (p. 28). Este pasaje ilustra, por lo tanto, un rasgo presente tanto en “Political Power beyond the State” como en “Governing ‘advanced’ liberal democracies”; es decir que, para constituir un análisis de lo político enfocado en las formas de reflexión concretas a partir de las cuales dicho campo se constituye, resulta indispensable atender a las transacciones que las racionalidades políticas mantienen con la dinámica estratégica y regional de los programas y las tecnologías de gobierno. De tal manera, tales trabajos prometen trascender la idea del “poder de Estado”, y abrir paso a un análisis de la heterogeneidad constitutiva de las racionalidades políticas (Miller y Rose, 1992: 183-184) y sus transformaciones.

Sin embargo, en el marco de tal análisis, la constitución de un dominio de lo político, o de las racionalidades políticas, descansa sobre la posibilidad de que la heterogeneidad y movilidad de los programas y las tecnologías de gobierno venga a cohesionarse, a partir de la “victoria” de uno de los programas (p. 182), en torno a unos saberes, un lenguaje, ideas morales y problemas comunes. Miller y Rose afirman, así, que, «en la medida en que los actores han llegado a entender su situación de acuerdo con una lógica y un lenguaje similar, a considerar sus objetivos y su destino en cierto modo inextricables, están ensamblados en móviles y frágiles redes» (Miller y Rose, 1992: 184). La constitución de un dominio político –de racionalidades políticas traducidas en la interconexión de los múltiples programas de gobierno locales–, en sintonía con esto, depende del ordenamiento o “alineamiento” de la heterogeneidad de los programas, tecnologías y estrategias locales de acuerdo con principios comunes (Rose, 1996: 43).

Asimismo, se puede encontrar en “Foucault, Politics and Failure”, de Thomas Lemke (Lemke, 2013), otra aproximación a las relaciones entre la analítica de la gubernamentalidad y la dimensión estratégica. Desde esta segunda lectura, se entiende que atender al carácter estratégico del gobierno supone colocar en el centro del análisis las relaciones entre las tentativas del gobierno y las resistencias. Lemke plantea tal lectura de la grilla de la gubernamentalidad con el fin de sortear lo que considera las dificultades de varias recuperaciones anglosajonas de tal grilla de análisis, para pensar la constitución y la dinámica de transformación de los programas de gobierno atendiendo a su dimensión agonística (pp. 38-45). De acuerdo con Lemke, la imagen homogénea y progresiva de los programas de gobierno derivada de tales estudios se vincula a tal dificultad. Así, afirma que

algunos autores han tendido a tratar los programas como entidades cerradas y coherentes, como logros y triunfos antes que como proyectos y esfuerzos. A menudo han explicado de qué maneras los programas han oscurecido exitosamente las alternativas políticas, obstruyendo la resistencia y la oposición. Los programas gubernamentales fueron con frecuencia representados totalizantes y poderosos, en tanto que la contestación permanece residual y marginal (pp. 42-43).

Para Lemke, si bien existe una tendencia en tales recuperaciones a poner de relieve “la fragilidad y el aspecto dinámico del gobierno” (p. 43), en la medida en que se lo presenta como una “operación permanentemente fallida” (p. 43), la noción de “falla” (p. 43) impide incorporar en el análisis un elemento fundamental, esto es, la dimensión productiva de las resistencias. De acuerdo con Lemke, una de las principales críticas que se ha señalado al concepto de “falla” es que traza una imagen eminentemente negativa de las resistencias. Es decir, en virtud de tal noción el análisis se limita a concebir a las resistencias desde la perspectiva del programa, bajo la forma de obstrucciones a su realización. En otras palabras, se establece una contraposición entre la “pureza del programa” y la “confusa realidad” (p. 44), en virtud de la cual las resistencias son pensadas bajo la forma de focos de oposición de carácter irracional y marginal, inscritos en un proceso de asimilación incesantemente exitoso. Sin embargo, en cuanto tales, las resistencias son emplazadas fuera del campo de los programas de gobierno (pp. 42-43). Para Lemke, entonces, esta clase de lectura impide pensar los conflictos que envuelve el proceso de constitución de los programas. Encuentra en la profundización de la dimensión estratégica del enfoque de la gubernamentalidad una herramienta que “permite poner el foco en los conflictos y las oposiciones que avanzan contra las tecnologías y racionalidades constituyendo las prácticas gubernamentales” (pp. 44-45).

En este marco, Lemke plantea que las resistencias no se limitan a configurar “externalidades” que se producen en los “intervalos” entre los programas y su “realización” (p. 43). Antes bien, sostiene, las resistencias revisten una racionalidad propia que las acerca a los programas, y en virtud de la cual trazan una relación paradójica con estos últimos. Así, señala Lemke:

La oposición y las luchas […] no están limitadas a alguna clase de energía negativa o capacidad obstructiva. Antes que “distorsionar” los planes “originales”, ellas, por el contrario, son siempre ya parte de ellos, contribuyendo activamente a “concesiones”, “fisuras” e “incoherencias” constitutivas de tales programas. Así, un análisis del gobierno debe tomar en cuenta las “rupturas” o “brechas” interiores a los programas –viéndolas no como signos de sus fallas, sino como la propia condición de su existencia– (p. 43).

La paradoja de la relación entre los programas políticos y las resistencias, por lo tanto, radica en que estas últimas se configuran bajo la forma de movimientos de oposición que, a través de un juego agonístico de correlaciones, se integran a aquellos programas “contribuyendo” a la fragilidad de su constitución. De esta manera, las resistencias, antes que a un proceso de racionalización progresiva, remiten a una suerte de espacios de “irracionalidad” constitutivos de la racionalidad política (pp. 43-45). Desde esta perspectiva, Lemke señala que, aun cuando varias lecturas anglosajonas insistieron en la pluralidad de tecnologías y programas que articulan el dominio político en las sociedades liberales modernas, no abrieron espacio para pensar en el carácter agonístico de tales configuraciones. De acuerdo con esto, afirma que “los estudios de gubernamentalidad no solo tienen que asumir la pluralidad de racionalidades y tecnologías, sino que también tienen que entenderlas como plurales, desordenadas y contradictorias” (p. 41). Así, podría considerarse que, si las fallas fueron concebidas en algunas lecturas de la analítica de la gubernamentalidad bajo la forma del móvil perpetuo del progreso de las racionalidades políticas (Lemke, 2013: 38-41), el replanteamiento de la dimensión estratégica a través del problema de las resistencias configura, para Lemke, un camino posible para sortear tal lectura “teleológica” y poner de relieve la dimensión histórica, agonística y múltiple que interviene en su proceso de constitución (pp. 39-40). Siguiendo a Lemke, en este sentido, las resistencias se correlacionarían con los programas instando en estos últimos “concesiones”, “fisuras” e “incoherencias” (p. 43). Este desplazamiento del análisis remite a unas racionalidades políticas que no pueden estabilizarse sino bajo formas constitutivamente heterogéneas, conflictivas y contradictorias.

Por lo tanto, tal lectura en clave estratégica de la analítica de la gubernamentalidad, focalizada en las relaciones de coproducción entre los programas de gobierno y las resistencias, plantea la existencia de una relación paradójica entre ambos elementos, en la medida en que son presentados como estratos de la realidad que persisten irreductibles. En efecto, dos años atrás, en colaboración con U. Bröckling y S. Krasmann (Bröckling, Krasmann y Lemke, 2011: 17-20), Lemke había insistido en el carácter a la vez agonístico y constitutivo de las resistencias. Sostenía que, para abordar un análisis de las configuraciones de gobierno, “el énfasis debería ponerse en hacer visible una relación performativa en la cual las estrategias de gobierno y los patrones de resistencia se encuentran y definen uno a otro” (p. 18). Dentro de este marco, la noción de resistencia alude, sostenía Lemke, “a dos cosas muy dispares” (p. 19). Por una parte, tal noción remite a aquello que se opone pasiva o activamente a los esfuerzos gubernamentales; pero, por otra parte, también a “contra-regímenes” que componen un juego de tensiones constitutivas con el gobierno. En esta medida, afirma Lemke, la contradicción que envuelve la noción de resistencia radica en que alude tanto a aquel movimiento que “dirige y da forma al poder”, como a la espontaneidad del “contraataque” (Bröckling, Krasmann y Lemke, 2011: 19). Por lo tanto, en tal planteo el énfasis en el carácter paradójico del concepto de “resistencia” reintroduce una contraposición entre el nivel de las «estrategias de gobierno» (p. 18) y su apropiación discursiva del campo social, por un lado, y aquellos movimientos que buscan agonísticamente sustraerse a tal apropiación configurando «patrones» (p. 18) de prácticas irreductibles al gobierno. Esto es, a pesar de su carácter productivo, y si bien no aluden a una pura espontaneidad, las resistencias, en el marco del análisis de Lemke, se configuran a partir del dilema de no poder alcanzar una forma elaborada, en la medida en que su configuración discursiva tiende a asimilarlas a aquellas estrategias de gobierno a los que se oponen (Bröckling, Krasmann y Lemke, 2011: 7, 18).

El campo estratégico de las racionalidades políticas en la “historia de la gubernamentalidad”

Podría considerarse que la heterogeneidad de las racionalidades gubernamentales es trazada de diferentes modos a través de la “historia de la gubernamentalidad”, elaborada por Foucault en sus seminarios Seguridad, territorio, población (2016b) y Nacimiento de la biopolítica (2016a). En el primero de estos cursos, el filósofo francés busca poner de manifiesto la heterogeneidad absoluta entre la racionalidad inmanente al ejercicio del gobierno, y la configuración jurídico-institucional en virtud de la cual se constituyen los Estados modernos. En el segundo, por contrapartida, el análisis se desplaza hacia el trazado de los juegos de tensiones y desplazamientos que permiten dar cuenta de la singular mixtura para la cual se configuran las diferentes artes de gobierno.

Así, en Seguridad, territorio, población se plantea que la constitución de la gubernamentalidad moderna supone el desplazamiento de la antigua soberanía jurídica, sujeta a principios trascendentes de verdad y justicia, hacia el despliegue del gobierno bajo la forma de un conjunto de cálculos continuos dirigidos a la administración de las fuerzas de la población. De acuerdo con el filósofo francés, la primera formulación de la razón gubernamental moderna, denominada “razón de Estado”, tiene lugar durante el siglo XVII, momento en el que el relativo equilibrio entre la pluralidad de Estados europeos instaurado a través del Tratado de Westfalia, los emplazaba en una situación de amenaza permanente, al tiempo que les permitía preservar la soberanía. En estas condiciones, señala el filósofo francés, la política deviene una “física”, en la medida en que la materialidad de los Estados y su administración en competencia con otros Estados se convierte en un problema central, lo que da lugar a la estabilización de un nuevo campo de reflexiones imbricadas en las prácticas de gobierno y, en lo fundamental, ajenas al régimen jurídico. En efecto, Foucault hace hincapié en que, si en la política externa los nacientes Estados europeos trazaban objetivos limitados para mantener un balance de fuerzas, esto, en el nivel de su política interna, se traducía en objetivos ilimitados. Es decir, en una “policía positiva” (2016b: 355-378, 404-405) tendiente a una intervención cada vez más exhaustiva de “los hombres y las cosas” (p. 130). Así, a través de la multiplicación de los mecanismos de control y el desarrollo de saberes, el objetivo del gobierno es acrecentar y optimizar el cuerpo de la población en el que descansan las fuerzas del Estado. La apuesta de Foucault, en este marco, es proponer un camino de análisis del Estado, aun en sus formas más patentemente coercitivas, bajo la forma de una racionalidad de gobierno que responde a problemas específicos, sorteando, por contrapartida, la crítica al Estado bajo la forma de un “monstruo frío” enfrentado a la sociedad civil (pp. 20-23, 93-97).

Con respecto a la razón de Estado, entonces, Foucault señala que se traza a partir de un conflicto constitutivo con la teoría jurídica de la soberanía. En este sentido, afirma que la razón de Estado se configura bajo la forma de un “golpe de Estado permanente” (pp. 293-326). Esto es, si bien tal racionalidad encuentra eventualmente en el derecho un recurso táctico, en la medida en que se proyecta hacia la necesidad de salvar el Estado, la forma ulterior de la ley viene a configurar la suspensión del derecho. En este sentido, Foucault sostiene que

el golpe de Estado no es una ruptura con respecto a la razón de Estado. Al contrario, es un elemento, un acontecimiento, una manera de actuar que se inscribe en el horizonte general, la forma general de la razón de Estado, es decir, algo que excede las leyes o, en todo caso, que no se somete a ellas (p. 303).

El golpe de Estado se piensa, entonces, desde tal racionalidad, bajo la forma de un movimiento violento asestado por el propio Estado hacia el interior de sus fronteras, para hacer frente a la necesidad de salvarse. Entre la razón de Estado y el derecho se traza una relación de “absoluta heterogeneidad” (Foucault, 2014: 45), en virtud de la cual el derecho permanece siempre como un elemento exterior.

En la segunda mitad del siglo XVIII, una serie de acontecimientos se conjugan y así dan lugar a la constitución del arte en un gobernar liberal. En primer lugar, ocurre la emergencia de la población –que antes configurara la fuerza del Estado– bajo la forma de un cuerpo colectivo irreductible al principio de obediencia y el régimen de la soberanía, en la medida en que encuentra en el juego de los intereses particulares el motor de su desenvolvimiento. En segundo lugar, se da la configuración de los análisis económicos como un campo de saber independiente del Estado. Y, finalmente, tiene lugar la emergencia de aquellas formas específicas de ejercicio de poder a partir de la desregulación que el filósofo francés llama “mecanismos de seguridad” (pp. 19-108). Así, Foucault señala que, en el marco de los análisis económicos liberales, la población viene a ser concebida como una realidad sujeta a procesos que responden a leyes semejantes a las de los fenómenos naturales, procesos que a través del tiempo desencadenan una mecánica espontánea de autorregulación. Por contrapartida, tal cuerpo colectivo es pensado también en aquellos análisis bajo la forma de una realidad que es posible y necesario intervenir a través de un conjunto de procedimientos específicos, cuya finalidad es regular esa espontaneidad de la población en la que viene a encontrarse el principal punto de apoyo del gobierno. Así, de acuerdo con Foucault, correlativamente a tal concepción del “sujeto-objeto” (p. 64) de la población en el marco de los análisis económicos, la gubernamentalidad liberal articula un conjunto de políticas dirigidas al “medio”, que buscan abordar los problemas que afectan a la población (e.g., escasez, enfermedad) habilitando las interconexiones entre los elementos que la constituyen. Esto es, aquello que el filósofo francés llamó «mecanismos de seguridad” (Foucault, 2016b: 19-108). Con respecto a estos mecanismos, Foucault señala:

[… se intentará aprehender [las cosas] en el plano de su realidad efectiva. Y el mecanismo de seguridad va a funcionar a partir de esa realidad, al tratar de utilizarla como punto de apoyo y hacerla actuar, hacer actuar sus elementos en relación recíproca. En otras palabras, la ley prohíbe, la disciplina prescribe, y la seguridad, sin prohibir ni prescribir, y aunque eventualmente sé de algunos instrumentos vinculados con la interdicción y la prescripción, tiene la función esencial de responder a una realidad de tal manera que la respuesta la anule: la anule, la limite, la frene o la regule. Esta regulación en el elemento de la realidad es, creo, lo fundamental en los dispositivos de la seguridad (Foucault, 2016b: 68-69).

Es posible considerar, por lo tanto, que estos análisis de Foucault trazan la transformación en virtud de la cual la razón gubernamental moderna, en la segunda mitad del siglo XVIII, se desplazó desde la figura de la razón de Estado hacia aquella otra forma de gobierno articulada en torno del principio de laissez faire (Foucault, 2016a: 43-51). Sin embargo, de acuerdo con el filósofo francés, esta transformación se desplegó a través de dos momentos. El primero alude al programa fisiocrático orientado a vedar el campo económico al ejercicio de la soberanía política. La dificultad de esta propuesta es que envuelve un conflicto constitutivo entre la racionalidad liberal dirigida hacia la habilitación de las libertades en el campo económico, y la persistencia de la policía positiva de la razón de Estado a cargo del cuerpo social. En tal sentido, para el filósofo francés, el liberalismo se define positivamente en cuanto racionalidad gubernamental, antes bien, en su forma “clásica”. En efecto, los análisis de Foucault sobre el liberalismo clásico, en segundo lugar, se dirigen a localizar la racionalidad específica en el marco de la cual el principio de laissez faire puede ser pensado como una forma de intervención que busca actuar a través del desenvolvimiento de los mecanismos de la población. Hacia el final del curso Seguridad, territorio, población, Foucault afirma que, a partir de las transformaciones de la segunda mitad del siglo XVIII, el proyecto de una policía unitaria se “descompone” y da lugar a un nuevo ordenamiento de la racionalidad gubernamental. En tal momento, señala el filósofo francés en referencia a los mecanismos de seguridad: “[…] el crecimiento ordenado y todas las funciones positivas quedarán a cargo de una serie de instituciones, aparatos, mecanismos, etc., y la eliminación del desorden será responsabilidad de la policía” (pp. 405-414). Esto pone de manifiesto, por lo tanto, la insistencia de Foucault en presentar a la gubernamentalidad liberal bajo la forma de una limitación de la razón de Estado que, a diferencia del discurso jurídico, configura una “limitación interna” de la racionalidad de gobierno (Foucault, 2016a: 26).

En este caso, por lo tanto, el enfrentamiento no se presenta tanto como un juego de heterogeneidades absolutas, sino como un conjunto de transacciones y desplazamientos entre racionalidades constituidas –al menos inicialmente– alrededor del problema de la administración de la población. Dentro de este marco, entonces, la dimensión estratégica del análisis de la gubernamentalidad atiende a unos juegos de tensión cofundadora entre diferentes racionalidades de gobierno. El liberalismo, afirma Foucault, “no es algo distinto de la razón de Estado, no es un elemento externo y negador de esta; es más bien el punto de inflexión de la razón de Estado en la curva de su desarrollo” (p. 44). El principio de laissez faire, por lo tanto, debe ser leído bajo la forma de un reacomodamiento “frugal” (p. 44) de la necesidad y el principio que ordena “gobernar cada vez más” (2016b: 355-391). En tal sentido, el filósofo francés busca poner de relieve la racionalidad liberal en su positividad, y presentar, de este modo, una lectura diferente de aquella que lo concibe en términos de ideología (pp. 70-71). En los análisis de Foucault, el principio de laissez faire no alude tanto al repliegue de la intervención política concomitante a la instalación –con la consolidación del capitalismo– de los mecanismos de dominación en las relaciones de producción económica, como a un desplazamiento táctico de la razón de Estado en torno del cual se configura ulteriormente una nueva estrategia de gobierno.

En efecto, al final del curso Seguridad, territorio, población, Foucault se interesa por poner de manifiesto que existe un elemento al que había prestado poca atención, a través de las lecciones abocadas a trazar la especificidad de la razón de Estado. Esto es, la serie de “contraconductas” que se levantan concomitantemente a la estabilización de aquella gubernamentalidad (pp. 221-261, 405-409). En ese contexto, el filósofo francés alude, en primer lugar, a un conjunto de movimientos de contraconducta que busca desplazar aquella “historicidad de la razón de Estado” –es decir, su proyección hacia un desarrollo indefinido– y presenta a la sociedad civil liberándose de las tutelas del Estado y asimilando en su propia trama al gobierno. En segundo lugar, menciona aquellos movimientos que rechazan el principio de obediencia y trazan la figura de una población que vendría a reemplazar la ley del Estado por la ley de sus propias necesidades, y cobran la forma del “derecho absoluto a la revuelta” (p. 407). Finalmente, un tercer grupo de movimientos de contraconducta señalado por el filósofo francés es aquel en el que se invoca la figura de una población que va a lograr recuperar –sustrayéndola al Estado– la facultad para decir su propia verdad. Es posible considerar que, al concluir el mencionado curso, Foucault menciona tal conjunto de contraconductas, no tanto con el fin de plantear el problema de la resistencia al gobierno, sino con la intención de restituir el campo estratégico y la relación de tensión cofundadora que enfrenta y conecta, simultáneamente, al liberalismo y la razón de Estado. Así, sugiere:

[…] me pregunto si no será posible […] decir que, en el fondo, las contraconductas cuyo desarrollo presenciamos en correlato con la gubernamentalidad moderna […], cuyo objetivo esencial era, precisamente, rechazar la razón de Estado y sus exigencias fundamentales […] a través de las transformaciones que les señalé, tienen como apuesta los mismos elementos que esa gubernamentalidad había terminado por poner de manifiesto, es decir, los elementos que son la sociedad opuesta al Estado, la verdad económica con respecto al error, a la incomprensión, a la ceguera, el interés de todos en contraste con el interés particular, el valor absoluto de la población como realidad natural y viviente, la seguridad con respecto a la inseguridad y el peligro, la libertad con respecto a la reglamentación (Foucault, 2016b: 406).

Foucault se pregunta, entonces, si es posible ver en las apuestas de la nueva gubernamentalidad constituida por el liberalismo, antes que una oposición a la razón gubernamental moderna, un conjunto de movimientos que conducen a un descentramiento de la figura del Estado, acompañado de un reacomodamiento y desplazamiento de esta última y de la racionalidad gubernamental.

Sería posible pensar que tal imagen de un juego complejo de transacciones y desplazamientos en las formas del cálculo gubernamental es la que se pone de manifiesto en la noción de “lógica de la estrategia”. Al comenzar el curso Nacimiento de la biopolítica, habiendo aludido, de tal modo, a la gubernamentalidad liberal clásica –bajo la forma de una limitación interna de la razón de Estado–, Foucault presentaba la noción de lógica de la estrategia como un instrumento que permite abordar en su singularidad la concepción de la libertad y del derecho constituida por las problematizaciones liberales de las prácticas de gobierno (2016a: 39-40 y 55-65). En ese marco, sostiene que “la heterogeneidad nunca es un principio de exclusión […], jamás impide la coexistencia, ni la unión, ni la conexión” (Foucault, 2016a: 62). Asimismo, afirma:

Una lógica de la estrategia no hace valer elementos contradictorios en un elemento de lo homogéneo que promete su resolución en una unidad. La función de esa lógica de la estrategia es establecer las conexiones posibles entre elementos dispares y que siguen dispares. La lógica de la estrategia es la lógica de la conexión de lo heterogéneo y no la lógica de la homogeneización de lo contradictorio (Foucault, 2016a: 62).

En tal contexto, Foucault introduce la noción de lógica de la estrategia con el fin de matizar y precisar las diferencias entre las concepciones de la libertad y el derecho implicadas en dos diferentes artes de gobierno. Por una parte, el “camino rousseauniano” vinculado al derecho público y los derechos del hombre, planteados como límites externos al poder gubernamental constituido bajo la forma de la razón de Estado. Por otra parte, el “camino utilitario” (p. 63), ligado a la reivindicación de la independencia de los gobernados y desplegado, con la emergencia de la gubernamentalidad liberal, en los términos de una limitación interna a la razón gubernamental moderna. La perspectiva de la lógica de la estrategia le permite al filósofo francés, en este marco, remarcar las diferencias que separan a ambos sistemas, resaltando al mismo tiempo que no por ello mantienen una relación de contradicción. Antes bien, ambos esquemas jurídicos, articulados en torno a diferentes modos de pensar la libertad y el derecho, aluden a “dos procedimientos, dos coherencias, dos maneras de obrar […] heterogéneas”, entre las cuales es posible trazar “puentes, pasarelas, junturas” (2016a: 63). En un manuscrito del mencionado curso, Foucault también señalaba, en referencia al desplazamiento táctico del discurso del derecho, formulado en virtud de la necesidad de autolimitación de la práctica gubernamental, que

no son dos sistemas que se suceden, y ni siquiera que van a entrar en un conflicto insalvable. “Heterogeneidad” no quiere decir ‘contradicción’ sino ‘tensiones, fricciones, incompatibilidades mutuas, ajustes exitosos o malogrados, mezclas inestables’ […]. También quiere decir ‘tarea retomada sin cesar’, porque nunca se acaba, para establecer ya sea una coincidencia, ya sea, al menos, un régimen común (Foucault, 2016a: 39).

Es posible considerar que estas aclaraciones de Foucault, antes que reiterar el planteo de una “heterogeneidad absoluta” puesto de manifiesto mediante el análisis de las relaciones entre la razón de Estado y el derecho, tenían el objetivo de anticipar el tipo de investigación que buscaría llevar a cabo a través de tales lecciones en torno a las diferentes transformaciones del clásico principio de laissez faire, introducidas por los liberalismos del siglo XX en Alemania, Francia y Estados Unidos. En sus estudios sobre los replanteamientos de la racionalidad política liberal llevados a cabo por tales racionalidades de gobierno, el filósofo francés buscaría trazar no tanto el carácter constitutivo de la coexistencia en conflicto de diferentes racionalidades de gobierno, sino las “mezclas inestables” (p. 39) en virtud de las cuales vienen a determinarse en su singularidad. En este sentido, en sus análisis sobre el neoliberalismo (pp. 357-358), Foucault buscaba poner de manifiesto diferentes reediciones tácticas de la intervención estatal y las instituciones jurídicas. En efecto, al concluir tales análisis, vuelve a hacer hincapié en la existencia de “toda una serie de racionalidades gubernamentales que se encabalgan, se apoyan, se rebaten, se combaten unas a otras” (p. 358), y, en virtud de ello, en la naturaleza entremezclada de las racionalidades de gobierno.

Conclusiones

El presente trabajo, por una parte, buscó analizar dos diferentes perspectivas de lectura de la dimensión estratégica de la analítica de la gubernamentalidad. Con respecto a los textos de Gordon, Miller y Rose analizados, podría considerarse que, a través de tal conjunto de trabajos, se traza una serie infinita y progresiva de relevos entre el campo de las estrategias y el de las racionalidades gubernamentales. Esto es, se plantea una relación circular gracias a la cual la creciente racionalidad del dominio político se ve perpetuamente enriquecida, como resultado de la asimilación de los conflictos y las estrategias que se despliegan en el nivel regional. No obstante, Miller y Rose plantean –como consecuencia de la recuperación del concepto de “programa” formulado por Gordon– que la configuración del dominio político, la constitución de racionalidades o programas políticos, dependen de la incesante dinámica de ajustes debido a la cual una multiplicidad de estrategias, programas y tecnologías de poder, situados en la escala local, viene a cohesionarse de un modo siempre parcial, en el marco de las racionalidades o programas políticos, en torno de problemas, lenguajes y fines comunes. En relación con esta primera línea de lectura, podría afirmarse que, a partir del juego de sucesiones que traza y su concepción de las dinámicas del ejercicio de poder en virtud de diferentes escalas, mantiene, en lo fundamental, el dominio propiamente político sustraído al juego estratégico –no obstante su insistencia en la perpetua codeterminación entre ambas dimensiones–.

Con respecto a la lectura de Lemke, por otra parte, se mostró que en su crítica al concepto de “falla” busca precisar el modo mediante el cual tiene lugar la imbricación de las racionalidades políticas y los programas de gobierno en la dinámica estratégica. En esta dirección, Lemke encuentra en la noción de resistencia un elemento clave para pensar el proceso agonístico de constitución de los programas de gobierno, sorteando la contraposición entre la “pureza del programa” y la “confusa realidad”. Así, por una parte, Lemke afirma que las resistencias no configuran meras reacciones, sino que despliegan una racionalidad. Sin embargo, al plantear la “aporía” de las resistencias –esto es, al presentarlas como patrones de conductas que no pueden alcanzar una configuración discursiva sin convertirse en programas–, reintroduce la contraposición entre la “confusa realidad” y la “pureza del programa”. Por otro lado, la referencia de Lemke a la “doble naturaleza” de las resistencias –remitida al hecho de que configuran tanto oposiciones como el motor y la materia de la constitución de nuevas formas de gobierno– bajo la forma de una “contradicción” envuelve una concepción de las resistencias o las “contraconductas” antes bien desde un punto de vista ético. En el presente trabajo, no obstante, se planteó que el concepto de “contraconducta,” en el marco de la historia de la gubernamentalidad, opera, antes bien, bajo la forma de una figura orientada a reponer un campo estratégico de relaciones entre fuerzas, todas ellas remitidas, asimismo, en lo fundamental, a formas singulares de gobierno (Foucault, 2016a: 356-358).

También en este escrito se exploró un posible enfoque de lectura de la analítica de la gubernamentalidad en clave estratégica, focalizado en los juegos de tensiones que se despliegan en el propio campo de las racionalidades políticas, los cruces y desplazamientos tácticos constitutivos de tales formas de pensar el gobierno; esto es, podría decirse –siguiendo a Miller y Rose–, entre aquellos saberes, lenguajes y fines a partir de los cuales se configura una racionalidad política. En función de aquel objetivo, se recuperaron aquellas figuras trazadas en la historia de la gubernamentalidad foucaulteana que permiten subrayar la elaboración estratégica de las racionalidades gubernamentales: los conflictos constitutivos entre la intervención policial y el derecho en el marco de la razón de Estado, y los entrecruzamientos entre el principio de laissez faire, el principio de Estado y el derecho a través de las diferentes formulaciones del liberalismo más allá de los fisiócratas. A partir de la recuperación de las antes mencionadas figuras, es posible señalar que la elaboración estratégica de las racionalidades de gobierno se presenta no solo en el modo de la coexistencia entre racionalidades en conflicto, sino, asimismo, en el de la confluencia de diferentes racionalidades en una nueva forma. En tal sentido, se puede afirmar que el juego estratégico de tales racionalidades envuelve un singular modo de productividad, de carácter táctico antes que progresivo, cuyos puntos de “mayor” elaboración remiten, antes que a “conflictos insalvables”, a la constitución agonística de una “positividad singular” (Foucault, 1995: 16).

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  1. Universidad Nacional del Nordeste.
  2. Los pasajes del mencionado texto de Gordon citados en lo sucesivo constituyen también traducciones propias.
  3. Todas las citas de “The Soul of the Citizen: Max Weber and Michel Foucault on Rationality and Government” fueron traducidas por la autora del presente artículo.
  4.  En lo sucesivo, los pasajes citados en el presente apartado configuran traducciones propias.


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