De la autodepuración fallida al Juicio a las Juntas
Eduardo Raíces y Marcelo Borrelli
Introducción
El presente trabajo examina el discurso del semanario El Periodista de Buenos Aires (en adelante, EP) sobre la “cuestión militar” entre las postrimerías de 1984 y los primeros meses de 1985, en los preliminares del denominado Juicio a las Juntas. Se trató de una etapa convulsionada de la relación entre el gobierno radical y las Fuerzas Armadas Argentinas (FF. AA.) por el fracaso de la estrategia oficial de “autodepuración” castrense, el final de la investigación de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) y el accionar de la Justicia civil a partir del procesamiento de los militares acusados por los crímenes del terrorismo de Estado, entre los hechos más relevantes.
En cuanto medio dirigido a los sectores progresistas, desde un primer momento EP le otorgó un lugar privilegiado a la cuestión militar en su agenda temática, entendida con relación al replanteo de las relaciones cívico-militares, a la subordinación de las FF. AA. a las autoridades civiles, a la definición de un nuevo modelo de convivencia institucional (Frederic, 2008, pp. 35-36; López, 1994, p. 14), a las demandas sociales de justicia y a la superación del pasado autoritario. Tres temas, al respecto, concentraron su interés: el vínculo del nuevo gobierno con las FF. AA., sus políticas frente a las violaciones a los derechos humanos cometidas por aquellas en el ejercicio del poder y las seguidas para su acomodamiento subsiguiente a la vida democrática. Cabe señalar que la problematización del decurso de las FF. AA. integró la agenda mediática en la etapa precedente e inmediatamente posterior a la recuperación del orden constitucional (López, 1994, pp. 13-14).
Desde este prisma, EP se constituye en estudio de un caso significativo por su relevancia particular en la época. Justifica adicionalmente nuestro interés en la etapa propuesta el que en su transcurso los sentidos sobre lo militar a la luz de su relación con la represión estatal ilegal estuvieran todavía en disputa en la escena pública, previo a la constitución de una “verdad” sobre el terrorismo de Estado a partir del Nunca Más y, en especial, del Juicio a las Juntas (Crenzel, 2008, p. 117; Feld, 2015, pp. 310-311). El corpus considerado abarca del número inicial de septiembre de 1984 al número 29 de fines de marzo de 1985. Su análisis asume carácter cronológico, dada la frecuencia semanal de EP y la intensidad de los acontecimientos relativos a la cuestión militar producidos en estos meses. Para su tratamiento, empleamos un enfoque cualitativo de análisis de contenidos escritos y visuales. Describimos el perfil del medio, su contexto de desarrollo y sus lineamientos ideológicos. Asimismo, incluimos referencias sucintas de los y las integrantes del staff con relación a su desempeño en la revista.
El Periodista de Buenos Aires, comprometido con la democracia
Promediando 1984, aparecía en los kioscos El Periodista de Buenos Aires, concebido como un semanario de análisis político integrado por periodistas profesionales y que incluiría periódicamente colaboraciones de plumas intelectuales destacadas (Raíces, 2021; Ulanovsky, 2005). Vástago de la exitosa revista Humor, EP se presentó como la “primera revista política surgida en democracia” (Humor, agosto de 1984, p. 5) y apuntó a acompañar las vicisitudes de su consolidación a través del seguimiento crítico de la acción gubernamental, de la denuncia de los perjuicios socioeconómicos provocados por la dictadura y del acompañamiento de las demandas del movimiento de derechos humanos. Su contrato de lectura se alimentó de los valores de la justicia social, el pluralismo, la defensa de las instituciones democráticas y la participación ciudadana (Raíces, 2021, pp. 271-272), acordes al clima expectante abierto por la asunción de Alfonsín. En tal sentido, venía a inscribirse en un mercado mediático promisorio, con un público predispuesto por la apertura acentuada tras la derrota en la guerra de Malvinas (De Diego, 2007). En él se insertaban productos con un relativo grado de afinidad ideológica disidente y opositora de la dictadura, que intentaron recapitular infructuosamente auges precedentes, como la segunda etapa de Primera Plana (véase Borrelli, en este libro); un diario de orientación peronista como La Voz; publicaciones no limitadas a la actualidad, como El Porteño y Caras y Caretas en su tercera etapa, o pertenecientes al campo intelectual, como Punto de Vista (surgida en 1978) (Mercader, 2024), Unidos (en 1983) (Garategaray, 2019) y Debates en la Sociedad y la Cultura (en 1984) (Reano y Smola, 2014), entre otras. Ello sin contar la continuidad de la propia Humor.
Durante el periodo estudiado, tuvo una extensión de 52 páginas y se organizó en secciones fijas de política nacional, economía, política internacional, reportajes, información general y cultura, e incorporó periódicamente informes especiales sobre temas de interés público. Ostentó un formato tabloide, impresión a dos colores y portadas de grandes titulares, como rasgos tomados de la prensa diaria en función de estimular su masificación discursiva. El proyecto fue inicialmente concebido por el incansable emprendedor editorial y fundador del sello Ediciones de la Urraca, Andrés Cascioli, y el periodista y escritor proveniente del exilio Osvaldo Soriano. Desavenencias posteriores determinaron que su vértice directivo quedara conformado por Cascioli con dos periodistas convocados por Soriano y provenientes del exilio europeo, Carlos Gabetta y Carlos Alfieri (Igal, 2013, pp. 170-171). La numerosa redacción se compuso de profesionales con experiencia, igualmente atravesados en muchos casos por las experiencias de la militancia política y el exilio posterior, junto a otros y otras noveles, formados durante la dictadura. Entre sus integrantes más destacados, se contaron intelectuales, escritores, periodistas y militantes de derechos humanos como Álvaro Abós, Osvaldo Bayer, Matilde Herrera, Mario Benedetti, Antonio Dal Masetto, Eduardo Galeano, Luis Sicilia, Mabel Itzcovich, Rogelio García Lupo, Tomás Eloy Martínez, Mirta Mántaras, Carlos Ábalo, Rodolfo Mattarollo, Julio Huasi, Norberto Colominas, Gregorio Selser, Pablo Piacentini, Ricardo Piglia, Horacio Verbitsky y David Viñas.
Según las fuentes consultadas, su tirada osciló entre los 80.000 y 100.000 ejemplares en los primeros años, con picos en etapas como la del Juicio a las Juntas –con un promedio de 85.000 de venta semanal– y acontecimientos como el alzamiento carapintada de Semana Santa de 1987. Problemas financieros, sumados a una declinación constante de las ventas, fueron parte de las razones de su cierre en 1989 (Igal, 2013, p. 172; Ulanovsky, 2005, p. 194).
Los militares en el nuevo escenario constitucional
Las FF. AA. que entregaron el poder al gobierno electo de Raúl Alfonsín el 10 de diciembre de 1983 enfrentaban un desprestigio ostensible, originado por distintas causas. Debe mencionarse entre ellas la incesante crisis económica, la derrota en la guerra por Malvinas en junio de 1982, la presión internacional y local por las violaciones a los derechos humanos y el malestar social ante el autoritarismo, expresado en la reactivación partidaria y sindical y la movilización ciudadana (López, 1994, p. 63).
En este contexto, y ante la evidencia del proceder estatal criminal, el nuevo gobierno se vio ante el desafío de resolver un problema penal y ético de cara a la demanda ciudadana por un nuevo contrato social basado en el imperio de la ley. En tanto, al mismo tiempo, debía mantener relaciones armónicas con un poder militar desprestigiado pero con poder suficiente para obstaculizar su gestión (González Bombal, 1995; Jelin, 1995). Inicialmente, procuró modificar la relación entre las FF. AA. y la sociedad con diversas medidas: una reducción presupuestaria, reformas en las normativas de Defensa, reestructuraciones organizacionales, el retiro de algunos mandos identificados con la dictadura y, finalmente, el sometimiento a juicio de los delitos relacionados con las violaciones a los derechos humanos (Canelo, 2006, pp. 90-91; López, 1994, pp. 71-89).
Con relación a este último aspecto, el más sensible para la política militar oficial, se diseñó una estrategia de limitación del alcance de los procesamientos a las cúpulas como responsables primarias de la represión. Con esto, se pretendían eludir las inculpaciones con sentido descendente a los subordinados y acotar la extensión del escenario de conflicto potencial con la institución castrense. A inicios de 1984, el gobierno logró sancionar en el Parlamento una reforma al Código de Justicia Militar por la que los delitos denunciados quedaban sujetos a la jurisdicción castrense (la Justicia civil sería su segunda instancia en caso de demora injustificada o como instancia de apelación ante una sentencia). Asimismo, aparecía plasmada la idea de “obediencia debida” en el sentido señalado (Acuña y Smulovitz, 1995; Canelo, 2006; Crenzel, 2008) con la excepción de la comisión de “hechos atroces y aberrantes”. Esta última salvedad, incorporada en virtud del acuerdo con la oposición parlamentaria, relativizaba, en los hechos, la aplicación de tal principio. Su objetivo apuntaba a la “autodepuración” militar y se complementó con la derogación parlamentaria de la ley de autoamnistía (a fines de diciembre de 1983)[2] y el decreto 158 de enjuiciamiento de las tres primeras Juntas, en principio instrumentado por el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (COSUFA).[3] Pero el 25 de septiembre de 1984, este se negó a juzgarlas al declarar que sus órdenes habían sido “inobjetablemente legítimas”. En consecuencia, la Cámara Federal de la Capital Federal dispuso encargarse del juicio el 4 de octubre de 1984 (Aboy Carlés, 2001, p. 193; Acuña y Smulovitz, 1995, pp. 50-57). El proceso se desarrolló de abril a diciembre de 1985 y culminó con la condena de las cúpulas y la resolución de que se prosiguiera la persecución al resto del personal denunciado por los graves delitos vinculados a la represión.[4]
En paralelo, el clima de apertura y de restauración de la libertad de expresión había fomentado el interés social por el pasado reciente y en especial por las consecuencias de la represión, reflejado en la atención conferida a las denuncias de los organismos de derechos humanos (Jelin, 1995). Desde el plano mediático, una de sus inflexiones se produjo en el denominado “show del horror”, centrado en la mostración sensacionalista de enterramientos anónimos relacionados con las víctimas represivas, en la exhibición de centros clandestinos de detención y en la publicación de confesiones de represores (Feld, 2015, pp. 291-294). Conjuntamente, se registró un notable consumo de literatura de ficción y ensayística ambientada en la década del 70, evocativa tanto de la cuestión de las militancias armadas como de los efectos sociales del terrorismo de Estado (De Diego, 2007). El posterior éxito editorial del libro Nunca Más, que condensaba el informe de la CONADEP, fue también emblema de esta etapa marcada por la demanda de conocimiento sobre los hechos represivos y las expectativas de justicia (Crenzel, 2008).
Unas Fuerzas Armadas ¿democráticas?
En este apartado resultan materia fundamental para nuestro estudio los artículos publicados en EP por Luis Sicilia,[5] Horacio Verbitsky[6] y Carlos Gabetta,[7] que concentraron los análisis sobre la cuestión militar. Una característica compartida de su enfoque fue el tratamiento analítico e interpretativo de los hechos noticiosos respectivos, en sintonía con el perfil mediático de EP. Por su presencia en portada de modo parcial o total durante trece de las veintinueve ediciones, podemos caracterizar a dichas notas, siguiendo a Leñero y Marín (1991, pp. 305-309), como “artículos editoriales” que tendieron a expresar la postura de la dirección. En particular, las columnas de Gabetta, por su calidad de jefe de redacción –en 1986 sería director del medio–, cumplieron regularmente tal función (Raíces, 2021, pp. 269-270).
En la edición inaugural de EP, Sicilia mencionaba colateralmente la cuestión militar al referir a la aprobación parlamentaria de pliegos de ascenso de oficiales con denuncias ante la Justicia. Estos habían sido logrados por el gobierno con resistencias dentro de su propia bancada y la oposición de los organismos de derechos humanos. Del mismo modo, señalaba actitudes desafiantes de los uniformados frente a la investigación de la CONADEP (Luis Sicilia, 22 de septiembre de 1984, pp. 2-3). Dos aspectos relucían en la nota: la adopción implícita del discurso sobre la culpabilidad de los denunciados como responsables de “violaciones a los derechos humanos” (Feld, 2015, p. 288), con base en la posición de los organismos de derechos humanos, y el señalamiento del retroceso que suponían los ascensos para el sistema democrático.
Pero otros dos textos del mismo número, un informe y una columna de opinión, brindaban claves específicas sobre el modo en que EP conceptualizaba al actor militar. A doble página, el informe describía la situación institucional a propósito de la influencia de los grupos ultraderechistas en su seno (Luis Bernardino, 15 de septiembre de 1984, pp. 4-5). En él se planteaban la crisis de identidad militar y los problemas presupuestarios como fuentes de conflicto, a lo que se venían a añadir los procesamientos. Para el analista, la inadecuación de las FF. AA. al escenario posdictatorial se originaba en el revés en Malvinas, en su interpretación de la paradójica “derrota política” acarreada por el éxito en la lucha antiguerrillera –en cuanto las indagatorias y procesamientos judiciales constituían una “revancha subversiva”–,[8] en el fracaso del rol de vigilancia regional y en la carencia de lineamientos funcionales para la nueva etapa tras el abandono con la debacle dictatorial de la Doctrina de la Seguridad Nacional (DSN).[9] Asimismo, se señalaba que, si bien la crisis económica y la merma salarial creaban malestar en las escalas medias y bajas ante las diferencias sociales con los altos mandos, este resultaba atenuado por el efecto cohesionador de los procesamientos judiciales (ver, al respecto, Canelo, 2006, pp. 68 y 93-94). Por otra parte, la nota establecía una clasificación ideológica de las cúpulas –sin mencionarlo, refería casi exclusivamente al Ejército, tal vez bajo la influencia de su predominio tradicional– entre los “profesionalistas” o “liberales de derecha”, los “constitucionalistas” y los “nacionalistas duros”. Los “profesionalistas” eran la facción dominante y expresaban el autonomismo militar en su intención de mantener la gravitación política; los “constitucionalistas” aparecían dispuestos a negociar reformas moderadas dando cauce a la expectativa oficial de una integración paulatina de las armas a la vida constitucional; y los “nacionalistas duros” eran un sector minoritario, abiertamente apologético de la dictadura y eventual promotor de conatos golpistas (Luis Bernardino, 15 de septiembre de 1984, pp. 4-5).
Esta lectura de las FF. AA. con base en sus diferencias ideológicas internas y grados de reacción corporativa, amén de corresponderse a su intervención constante en la vida política argentina desde 1930, heredaba en definitiva una lectura tradicional en el periodismo argentino, como asimismo aparecía formalizada en obras académicas contemporáneas de historiadores y politólogos extranjeros, como Robert Potash y Alain Rouquié, que participaban del auge de la literatura explicativa del pasado reciente ya aludido. En la evaluación del semanario, superar el faccionalismo como amenaza al orden constitucional del gobierno requería dotar a las Fuerzas Armadas de una “doctrina de defensa de la soberanía nacional” contrapuesta a la DSN, y encarar su recomposición presupuestaria. Con ello se podría reducir el influjo de los “nacionalistas duros” y de los “profesionalistas” adeptos a un statu quo asociado al liberalismo económico (Luis Bernardino, 15 de septiembre de 1984, pp. 4-5). Este planteo se ajustaba a los planes en curso por aquellos meses para elaborar una nueva ley de defensa en reemplazo de la impuesta durante la dictadura de Juan Carlos Onganía en 1966.[10]
El texto precitado culminaba con la noticia de un inminente encuentro en Buenos Aires de “militares latinoamericanos democráticos”, organizado por la Unidad Argentino Latinoamericana (UALA), con asistencia de exoficiales locales, otros en actividad y retirados de varios países de la región, legisladores y dirigentes políticos.[11] El evento obtendría amplia cobertura del medio, en consonancia con el ofrecido posteriormente a un grupo de uniformados participantes que pocas semanas después presentaron en sociedad el Centro de Militares para la Democracia Argentina (CEMIDA) (Mazzei, 2011). EP cubriría las principales actividades del Centro y tendría a sus representantes como fuentes de consulta. De hecho, desde el segundo número un retirado afín, el capitán Federico Mittelbach, publicó una columna regular en EP que impulsaba la adopción de cambios doctrinarios para las Fuerzas Armadas, polemizaba con las declaraciones públicas de algunos jerarcas dictatoriales, mientras reivindicaba su procesamiento judicial y pretendía dejar sentada una ética profesional acorde con los principios democráticos. Dada la preeminencia pública de una figura castrense asociada a la actividad represiva (Feld y Salvi, 2019, pp. 15-16), estas referencias ofrecían visibilidad y legitimidad a sectores de conformación minoritaria pero adeptos a un profesionalismo integrado al orden constitucional y a las transformaciones institucionales que trabajosamente llevaba adelante el Ejecutivo y ponderaba el semanario.
El gobierno y la “encerrona militar”
En el segundo número, de fines de septiembre de 1984, EP dio amplia cobertura a la presentación del informe de la CONADEP (Raíces, 2022). Publicó un informe sintético de sus contenidos, deteniéndose en los testimonios de secuestrados y secuestradas, en la identificación de los responsables de las capturas y los tormentos y en la conformación de las áreas operativas y los centros clandestinos de detención, para fundamentar el carácter planificado de la represión ilegal. Su aprobación a las iniciativas oficiales en la materia y la demanda de avanzar sin vacilaciones quedaba sentada en la portada, al mostrar el rostro de un presidente atribulado bajo el titular: “Desaparecidos: la hora de la verdad” (EP, 22 de septiembre de 1984, p. 52).[12] La importancia probatoria concedida al trabajo de la CONADEP abonaba la narrativa humanitaria sobre la condición de víctimas de los y las testimoniantes (Crenzel, 2014, pp. 48-49; Raíces, 2022, p. 70), adoptaba su punto de vista como veraz y contradecía el discurso ambiguo sobre los perpetradores presente en buena parte del entramado mediático durante al menos los primeros meses de la posdictadura (Feld, 2015, pp. 309-310). Por el contrario, los definía como tales, al señalar las extendidas responsabilidades institucionales en los secuestros, las cautividades, los tormentos y las ejecuciones y al destacar la distribución geográfica represiva como signo de planificación sistemática.
La siguiente edición volvía a poner en tapa la cuestión militar al analizar el rechazo del COSUFA a juzgar a los miembros de las Juntas. Con un título que aludía a las consecuencias de haber adoptado desde la esfera oficial una estrategia errónea, la portada de EP advertía sobre “la encerrona militar” (figura 1). La caricatura ilustrativa de Carlos Nine representaba, además, el desafío castrense condensado en la figura emblemática del exdictador Jorge Rafael Videla como verdugo de una República en la picota –plasmada con la imagen convencional francesa de Marianne como personificación nacional–. En la bajada, la revista denunciaba sin ambigüedades la “definición antidemocrática” del Consejo y conminaba a Alfonsín a responder enérgicamente en cuanto de ello dependía “el curso de la historia constitucional” del país. La nota de portada de Luis Sicilia retomaba esta caracterización (Luis Sicilia, 29 de septiembre de 1984, pp. 2-3). Ante este panorama, se describía a un gobierno “con notorias contradicciones y falencias” y reacio a convocar a las mayorías nacionales en defensa de la democracia, porque los efectos económico-sociales de su reciente compromiso con el Fondo Monetario Internacional (FMI)[13] le restaban legitimidad.
Figura 1. Los militares y el desafío a la República
(El Periodista de Buenos Aires, 29 de septiembre de 1984)

Fuente: Hemeroteca del Congreso de la Nación Argentina.
Gabetta se pronunciaba en términos similares a Sicilia, al interpretar que tanto el desgaste gubernamental en la gestión, como la falta de cambios institucionales sustanciales habían favorecido la definición del COSUFA y el “paso a la ofensiva” castrense luego de una etapa de repliegue inicial:
El poder militar muestra otra vez su garra. Es consciente de que en un país subdesarrollado, dependiente y en grave crisis, la democracia política que con tanta tenacidad ejerce el gobierno radical conduce inexorablemente a la exigencia de los requisitos materiales que la hacen realmente efectiva (Carlos Gabetta, 29 de septiembre de 1984, p. 3).
El análisis se apoyaba en categorías relacionadas con los paradigmas de cambio social de las décadas anteriores (“subdesarrollo”, “dependencia”) (Terán, 2008, pp. 286-287) y desde ese encuadre mantenía a las FF. AA. provenientes de la dictadura como principal obstáculo para la implantación de una democracia concebida de modo “sustantivo”, por implicar no solo el respeto a las libertades y garantías del Estado de derecho –la “democracia política”–, sino la autonomía productiva y la redistribución del ingreso nacionales (Reano y Smola, 2014). Aunque sus supuestos analíticos en parte habían venido desde la irrupción dictatorial siendo objeto de un proceso crítico y autocrítico entre los sectores intelectuales, distinciones como la antedicha denotaban una toma de partido implícita desde la amalgama de percepciones progresistas del semanario por la profundización democrática dentro de los marcos procedimentales. Sus límites eran criticados mientras, a la luz de los efectos represivos, se presuponían la base indispensable de toda democratización ulterior. Gabetta culminaba llamando al gobierno a convocar al conjunto de la sociedad para enfrentar a quienes “ha[bía]n decidido refugiarse en el seno de las Fuerzas Armadas, al precio de enfrentarlas con la Nación” (Carlos Gabetta, 29 de septiembre de 1984, p. 3). Esgrimía con ello la invocación permanente del semanario a la movilización y la participación ciudadana para tensionar aquellos límites “democrático-políticos” establecidos en 1983 y vencer en el conflicto con el corporativismo castrense, instrumentalizado por el poder económico contra las mayorías.
Ante un panorama político sensibilizado, EP concluía que el gobierno se encontraba en su “momento más difícil” (EP, 6 de octubre de 1984, portada; Luis Sicilia, 13 de octubre de 1984, p. 2). Volviendo a ubicarse como un juez crítico de los aspectos concesivos de su política militar, exponía en su visible contraportada los antecedentes represivos de los militares propuestos por el Poder Ejecutivo para su ascenso, a tono con las denuncias de las organizaciones de derechos humanos (EP, 6 de octubre de 1984, p. 52). La exposición de información sensible fue refrendada en su edición de principios de noviembre cuando publicó como nota de tapa la lista de represores recabada por la CONADEP –con personal de seguridad, civil y eclesiástico–, parte integrante del informe presentado a Alfonsín, pero omitida deliberadamente de la difusión pública y del libro Nunca Más para prevenir una presunta irritación militar (Raíces, 2022) (EP, 3 de noviembre de 1984, portada y varias notas). Esta explicitación provocaría una reacción gubernamental destemplada, pero, en la óptica del medio, probaba la extensión de la nómina represiva, su distribución nacional, la participación cómplice de instituciones cuestionadas como la Iglesia católica y la sistematicidad del accionar represivo.[14]
Pocos días después, con la renuncia de los miembros del COSUFA, y la intensificación de los atentados contra locales partidarios y de organismos de derechos humanos, EP volvía a alertar sobre la “contraofensiva de la derecha” y a exigirle al gobierno la convocatoria a todo el arco político para afrontarla (EP, 17 de noviembre de 1984, portada y contraportada; Luis Sicilia, 8 de diciembre de 1984, pp. 5-6).[15] Así como denunciaba, en cercana sintonía con la posición relativamente intransigente de varios de los organismos –como las Madres y otros–, las derivaciones probables de la estrategia oficial concesiva en el tratamiento de las inculpaciones sobre los hechos represivos:
Las autoridades han ofrecido el beneficio de la obediencia debida, al cual sin duda seguirá alguna forma de amnistía para el grueso del inquietante cuadro de oficiales, poniendo como condición el castigo más o menos ejemplarizador de las cúpulas y de los responsables autores de hechos “groseros” (los Camps, Menéndez, Chamorro, etcétera…). Pero aun ese mínimo –e injusto precio– sigue siendo resistido (Luis Sicilia, 8 de diciembre de 1984, p. 6).[16]
La acechante amenaza del “golpismo”
En adelante, la cobertura de la cuestión militar comenzó a plantearse decisivamente en torno a la figura de la conspiración, entendida como la prolongación en democracia de la actividad militar clandestina e ilegal de la dictadura. Desde una sección de notas breves denominada “Prisma”, se reiterarían trascendidos de fuentes anónimas sobre la difusión de propaganda antidemocrática en unidades militares y se mencionarían actividades de recolección de datos de los servicios de inteligencia del Ejército. Para entonces, los rumores de intentonas golpistas poblaban la escena pública (Mazzei, 2011, p. 41) a partir de recurrentes manifestaciones de militares activos y retirados –traducidas desde la esfera oficial como “desestabilizaciones” “por derecha” del orden constitucional–, y llevarían a la realización de una marcha en defensa de la democracia a fines de diciembre de 1984. Motorizada por los sectores políticos y de los organismos de derechos humanos más cercanos al oficialismo, la marcha fue difundida enfáticamente por EP y se correspondía con su insistente interpelación a la movilización ciudadana.[17]
A mediados de diciembre, el encadenamiento noticioso pareció albergar cierta expectativa, informándose en portada sobre la convocatoria a declarar al teniente de navío Alfredo Astiz, requerido por la Justicia federal por el secuestro y la desaparición de la adolescente sueca Dagmar Hagelin. Entretanto, la contratapa detallaba el proyecto gubernamental de ley de defensa, elogiado por el cambio de orientación respecto a la Doctrina de Seguridad Nacional (Rodolfo Mattarollo, 15 de diciembre de 1984, pp. 2-3; EP, 15 de diciembre de 1984, p. 52). El acompañamiento gubernamental a la actuación judicial en el caso de Astiz fue interpretado auspiciosamente como un nuevo impulso en la confrontación del golpismo, y, en la edición siguiente, se informaba, en esta línea, sobre la confirmación del juzgamiento de las Juntas por la Cámara Federal (EP, 29 de diciembre de 1984, p. 3).
Durante esta etapa, el periodista Horacio Verbitsky comenzó a constituirse en uno de los principales analistas de la actividad considerada conspirativa. En ediciones sucesivas se dedicaría a denunciar las operaciones de inteligencia para desacreditar los testimonios de antiguos represores arrepentidos, a señalar núcleos ideológicamente reaccionarios en el seno castrense y a documentar la participación de sectores eclesiásticos ultramontanos en los hechos represivos (EP, 8 de diciembre de 1984, pp. 8-9; 22 de diciembre de 1984, p. 5; 10 de noviembre de 1984, pp. 3-4).[18] Ello en un escenario en que EP fustigaba con creciente insistencia sobre la “parálisis” gubernamental derivada tanto de la amenaza golpista, como de las contradicciones intrapartidarias, mientras promovía un viraje en la política económica para la adopción de medidas nacionalizadoras en los planos financiero y del comercio exterior. La contención de los conatos rebeldes y el avance en el control de las variables económicas clave convergían en la lectura del semanario como pasos necesarios para asegurar un desarrollo nacional que revirtiera las políticas heredadas de la dictadura y, a la vez, aseguraran la vigencia del Estado de derecho.[19]
Con el despuntar del nuevo año, EP mantuvo en portada la cuestión militar, tematizando los trascendidos sobre el reemplazo del jefe del Estado Mayor General del Ejército (EMGE), general Ricardo Pianta. La nota respectiva brindaba los perfiles de cada candidato en términos de su trayectoria profesional, personalidad y antecedentes con relación a sus posiciones políticas y responsabilidades en la represión ilegal. La información suministrada, que demostraba el acceso del medio a fuentes reservadas –como las opiniones de pares anónimos sobre los nombrados–, propio de una producción periodística profesional, indicaba las preferencias del medio respecto a las opciones vistas como más acordes al respeto al orden constitucional, ante un clima político de creciente insubordinación castrense a las autoridades constitucionales. Esta última era, precisamente, la tesis de otro artículo extenso de la edición, originado en declaraciones a la prensa del secretario general del Ejército, coronel Abbate, que, con las de otros mandos retirados y en activo, demostrarían la relatividad de las divisiones internas en las FF. AA. frente al “consenso antisubversivo” (Canelo, 2006, p. 68) y su correlativa adscripción bajo la lógica de la Guerra Fría a la égida estadounidense.[20]
A tono con la agitación subsistente durante febrero, las ediciones siguientes devolvían a la portada la cuestión del “golpismo” bajo la figura de la conspiración orquestada en acuerdo con sectores civiles (figura 2). Distintas declaraciones de mandos y de voceros del sector financiero en que alertaban en torno a un “rebrote subversivo” aparecían conectadas a un documento publicado por EP sobre un supuesto Centro de Estudios ligado a las esferas militares y que mostraban una conjura cívico-militar desestabilizadora. Si a fines de año había alertado sobre el surgimiento de un “polo conspirativo” (Luis Sicilia, 17 de noviembre de 1984, p. 52), escasos meses después la figura de la conjura como capa de sentido añadida a la cualidad represiva ganaba espesor argumentativo y dramatismo discursivo, a través de los datos sobre planes y articulaciones cívico-militares anunciados en los gruesos titulares del medio.
Figura 2. El Periodista advierte sobre el “golpismo” (8 de febrero de 1985)

Fuente: Hemeroteca del Congreso de la Nación Argentina.
En esa línea, EP acusaría al dirigente sindical y titular del Partido Justicialista bonaerense, Herminio Iglesias –retratado con escasa sutileza en la tapa como un Frankenstein con uniforme de las SS–, de ser referente de la “Operación Capricornio”, una “acción psicológica” que buscaba desalentar la indagación sobre la represión ilegal y desacreditar la autoridad gubernamental hasta lograr el reemplazo del presidente por su vice Víctor Martínez, considerado un exponente de los sectores conservadores de la UCR (Luis Sicilia, 15 de septiembre de 1984, p. 3). Se señalaba, así, a una figura asociada a prácticas políticas violentas, vinculada a mandos militares del nacionalismo “duro”, denunciado por Alfonsín en los albores de la campaña electoral por alentar un supuesto “pacto militar-sindical” (Aboy Carlés, 2001, pp. 189 y 271) y por confabular con sectores antidemocráticos.[21] De esta forma, la prédica del semanario indicaba que, tras la escena aparentemente caótica de declaraciones desafiantes y atentados y de renovadas acusaciones oficiales de “desestabilización democrática”, se descubría, en efecto, una trama cívico-militar organizada y concreta (Luis Sicilia, 15 de febrero de 1985, pp. 2-4).
En este contexto desafiante, a inicios de marzo, el relevo y pase a retiro de los generales Pianta y Fernández Torres sería aprobado por EP, en cuanto probaría que el Poder Ejecutivo retomaba la iniciativa con “una energía superior a la de cualquier otro gobierno civil en el pasado” (EP, 8 de marzo de 1985, bajada de titular de portada).[22] La nota de tapa de Verbitsky reconstruía parte del suceso y afirmaba que la medida había interrumpido un nuevo plan golpista, denominado “Aurora”, que contemplaba atentados a medios y periodistas. Pero su análisis cuestionaba la ambivalencia oficial, en cuanto los militares designados habían ocupado posiciones comprometidas en el aparato represivo durante la dictadura, y se referenciaba en las críticas de uno de los más destacados dirigentes del movimiento de derechos humanos, premio Nobel de la Paz en 1980 y titular del Servicio de Paz y Justicia (SERPAJ), Adolfo Pérez Esquivel (Horacio Verbitsky, 8 de marzo de 1985, pp. 2-3).[23] En vísperas del juzgamiento a las Juntas, Verbitsky repitió el cuestionamiento al establecimiento de los niveles de responsabilidad y fustigó los trascendidos de una eventual amnistía, que dominaron los primeros meses del año (Aboy Carlés, 2001, pp. 196-197). Con todo, admitía la posibilidad de que los nuevos mandos se adecuaran a un “proyecto nacional” que en materia de defensa relacionaba con las concepciones doctrinarias del proyecto de ley en tratamiento parlamentario –valorado positivamente en el semanario–, mientras reconocía la necesidad de dotar a las FF. AA. de un presupuesto adecuado para aliviar el malestar institucional en términos remunerativos (Horacio Verbitsky, 15 de marzo de 1985, p. 3).
Conclusiones
El protagonismo otorgado al actor militar en la agenda El Periodista de Buenos Aires en la inmediata posdictadura derivó de las condiciones de época, que hacían de la cuestión militar y los problemas económicos los principales escollos para el establecimiento pleno del Estado de derecho. En ese marco, sostuvo la demanda hacia el gobierno de Alfonsín para que, tras un año de gestión, abandonara un proceder calificado de ambiguo y excesivamente contemplativo. De sus crónicas, análisis y denuncias, se deducen los imperativos –que retomaban en general los reclamos del movimiento de derechos humanos, incluso en sus diferencias internas, a partir de los nexos de los integrantes del medio con él– de concretar el juzgamiento de los implicados en la represión, contener los atentados desestabilizadores, las manifestaciones de insubordinación y los conatos rebeldes de los sectores golpistas, a la vez que exigía realizar las reformas pendientes que aseguraran el control civil de las fuerzas de seguridad e inteligencia.
La figura castrense predominante en sus páginas se revela fundamentalmente connotada por su participación en la represión dictatorial, por su permeabilidad a las dinámicas facciosas del nacionalismo “duro” y por su instrumentalización por parte de los sectores económicamente dominantes. Como tal resultó estrechamente ligada a la forma en que se había ido delineando en los organismos de derechos humanos la narrativa humanitaria para fundamentar en la escena pública las demandas de esclarecimiento y justicia. Ella fue, de hecho, esgrimida como apuesta por instalar una “verdad” sobre los hechos represivos, en un marco en que la disputa social por el sentido del pasado reciente –como represión ilegal o “guerra antisubversiva”– no estaba tendencialmente saldada en favor de la primera acepción (Franco, 2018, pp. 344-347; Feld, 2015). Tal imagen del actor castrense quedó asociada –en el agitado clima político de 1984– a actitudes públicas de insubordinación y de desafío a las autoridades electas, con formas clandestinas y violentas de intimidación. Asumió, de tal forma, sentidos negativos añadidos a los de su participación represiva, condensados en el discurso de la época en términos como “mano de obra desocupada” y “desestabilización democrática”. En términos editoriales, esa silueta amenazadora propulsó un fuerte dramatismo discursivo. Varias de las portadas que relevamos buscaron transmitir la sensación de un desafío al sistema democrático atizado por núcleos extremistas que incluían la participación civil –con la personalidad del dirigente Iglesias como representación del estigma fascista y filomilitar impregnado en la ortodoxia peronista– a través de declaraciones, “acciones psicológicas” e intentonas conspirativas, sobre los que EP cumplía en dar la voz de alerta.
Las presentaciones de planes de conjura y nóminas de sus probables responsables y de documentos oficiales reservados como el listado completo del personal asociado a la represión de la CONADEP resultaron, desde la óptica profesional comprometida con el sistema democrático del medio, iniciativas acordes al reclamo social por la plena consecución de justicia como base indeclinable de su vigencia, frente a la cauta realpolitik gubernamental. Asimismo, deben reconocerse como suma de incipientes aportes periodísticos “de investigación”, que se concebían como factor fundamental de la transparencia informativa en la construcción de una novel sociedad democrática. Se trataba de una vertiente que, bajo el presupuesto de la facultad periodística para indagar y exponer a la luz pública las maquinaciones ocultas de los poderes, alcanzaría auge local en la década posterior, con autores como Verbitsky, destacado articulista de tapa con el correr de los números en EP (Ulanovsky, 2005, p. 170).
Por otra parte, el respaldo a las iniciativas que desde la labor parlamentaria y el discurso público impulsaban reformas institucionales para las FF. AA. ratificaba una línea editorial que, lejos de alentar una postura antimilitar, entendía que la profundización de ese reformismo era clave en la consolidación democrática. Se explican en esa dirección la cobertura de las actividades de militares retirados –y contados en actividad– del CEMIDA y la integración a sus contenidos de una columna de opinión firmada por uno de sus adherentes. Aunque minoritario, este sector demostraba simbólicamente la existencia de un pensamiento y un perfil militar alternativos a los del binomio represor-golpista, acorde a un profesionalismo integrado a la vida democrática.
Entre la expectativa de justicia y la de un cambio institucional profundo, entre el “golpismo” como acechanza de un pasado ominoso y la democracia como horizonte de respeto de derechos y entre las interpelaciones al Estado y a la ciudadanía en defensa de aquella, se organizaron, en consecuencia, los principales núcleos de la elaboración temática y configuración discursiva de EP sobre la cuestión militar. Propia de un periodo de singular intensidad en que los logros entonces recientes de derechos y libertades no se daban aún por asegurados y prefiguraban límites tajantes a las demandas de una “primavera democrática” que, en sus vetas más progresistas, aspiraba a representar EP.
Referencias bibliográficas
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- Este capítulo fue publicado originalmente en la revista PolHis, 30, julio-diciembre de 2022, pp. 164-200.↵
- En septiembre de 1983, la dictadura promulgó la Ley 22.924 de Pacificación Nacional –más conocida como de “Autoamnistía”–, que extinguía la acción penal contra los delitos de índole “subversiva” y las acciones de las fuerzas de seguridad para combatirlos desde el 25 de mayo de 1973 hasta el 17 de junio de 1982. De esta manera, intentó asegurar impunidad al personal militar implicado en la represión ilegal.↵
- El 13 de diciembre de 1983, Alfonsín dictó los decretos 157, 158 y 187; el primero ordenaba la persecución penal de los líderes guerrilleros actuantes durante la década del 70; el 187 creaba la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), dependiente de su órbita y encargada de investigar las denuncias sobre desaparición forzada. ↵
- Esta decisión judicial fue contra las intenciones oficiales de limitar los enjuiciamientos y aparejaría una situación conflictiva ininterrumpida entre el gobierno nacional y las Fuerzas Armadas (López, 1994; Canelo, 2006).↵
- Secretario de redacción del semanario El Popular, colaboró en las revistas Imagen del País, La Semanal y los diarios Crónica, El Cronista Comercial y Buenos Aires Herald.↵
- Hacia 1984 Verbitsky ostentaba una importante trayectoria periodística (había participado del Semanario de la CGT de los Argentinos, Confirmado, La Opinión, Clarín, entre otros); en los años 70, integró la organización político-armada Montoneros y fue director del diario Noticias (1974), vinculado a aquella. En dictadura formó parte de ANCLA (Agencia de Noticias Clandestina) junto a Rodolfo Walsh, desde donde se hicieron circular a nivel nacional las primeras noticias sobre la represión ilegal.↵
- Periodista, fue parte del Ejército Revolucionario del Pueblo, brazo armado del trotskista Partido Revolucionario de los Trabajadores. Durante su exilio en Europa, colaboró en medios franceses y mexicanos, posteriormente hizo lo propio en Humor, y fue activo denunciante de las violaciones a los derechos humanos cometidas por la dictadura militar (Gabetta, 1983).↵
- Para la interpretación castrense de los organismos de derechos humanos como “agentes de la subversión derrotada”, ver Feld y Salvi (2019); Franco (2018).↵
- Originada en Estados Unidos durante la década del 50, la DSN partía en el marco de la Guerra Fría de la existencia de escenarios de “guerra limitada” y “guerra revolucionaria” en las naciones periféricas para exportar el modelo comunista y socavar los valores “occidentales y cristianos”. Implicaba el combate no a un enemigo exterior, sino interno y fundamentalmente operativo en el plano ideológico. Para contrarrestarlo, las fuerzas de seguridad podían traspasar la legalidad dado el tipo excepcional de conflicto y agresión implicados (López, 1994, pp. 57-59).↵
- Sobre la política de defensa de Alfonsín, véase Acuña y Smulovitz (1995); Canelo (2006); Frederic (2008); López (1994).↵
- Se trataba del Primer Foro Latinoamericano de Defensa, llevado adelante en Buenos Aires del 28 de setiembre al 1.º de octubre de 1984. UALA fue creada en 1984 y presidida por el exmagistrado Julio César Urien, padre de un guardiamarina homónimo exonerado por respaldar al peronismo en 1972, militante de Montoneros y encarcelado entre 1975 y 1982. Su objetivo apuntó a promover la integración continental desde una perspectiva de izquierda nacional.↵
- El lanzamiento de EP coincidió con la presentación del informe de la CONADEP, uno de los principales temas iniciales de la revista (Raíces, 2022). La dirección editorial la respaldó y criticó su cuestionamiento por parte de algunos organismos como Madres de Plaza de Mayo y sectores de la oposición política. La creación bajo la órbita del Ejecutivo, y no como comisión bicameral parlamentaria, había sido resistida por ciertos organismos de derechos humanos al verla como parte de la estrategia gubernamental para garantizar procesos de “justicia limitada” (Crenzel, 2008, pp. 60-61).↵
- A fines de septiembre de 1984, el gobierno anunció un acuerdo con el FMI que era la precondición exigida por los bancos privados acreedores para avanzar en una renegociación de la deuda externa; el acuerdo preveía la reducción del déficit público, la eliminación de los controles de precios y la disminución de la inflación, entre otras medidas (Clarín, 26 de septiembre de 1984, pp. 20-21).↵
- Esta publicación obligó al área de prensa del Ejecutivo a aclarar que no era fidedigna respecto a la lista recibida por aquel, que difundirla violaría el principio de presunción de inocencia y que promovía la “desestabilización” del orden político. El incidente tuvo eco en la prensa internacional: diarios españoles destacaron la implicación eclesiástica y el desafío que su difusión supuso respecto a lo dispuesto por el gobierno (Raíces, 2022, p. 73).↵
- En el transcurso del año, se habían producido diversos atentados e intimidaciones, y EP publicó una reseña de los más resonantes (Rómulo Echagüe, 29 de septiembre de 1984, p. 52).↵
- Por su mención en testimonios de víctimas y figuración en la prensa, los nombrados se habían convertido en militares represores emblemáticos. También, véase Horacio Verbitsky, 5 de enero de 1985, p. 7.↵
- La marcha fue convocada por la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) (de la que Alfonsín era miembro fundador) y tuvo lugar el 21 de diciembre. La precedió el día previo la “Marcha de la resistencia” encabezada por las Madres –que veían a la convocatoria de la APDH como una maniobra oficialista– bajo las consignas de “juicio castigo a los culpables” y “aparición con vida de los desaparecidos”.↵
- Varias de sus publicaciones en EP fueron compiladas posteriormente en libros (Verbitsky, 1985; 1987).↵
- Desde la portada del número 16 (29 de diciembre de 1985), se proponía la nacionalización de la banca y del comercio exterior. Poco después, se especulaba sobre el abandono gubernamental de los objetivos autonómicos ante el anuncio de un nuevo esquema económico (luego presentado como el Plan Austral). Véase Carlos Gabetta, 29 de diciembre de 1985, p. 3; Luis Sicilia, 5 de enero de 1985, pp. 2-3.↵
- Abbate había relacionado los viajes de voluntariado de los militantes del Partido Comunista Argentino a la Nicaragua sandinista con la “subversión”. Ver Luis Sicilia, 18 de enero de 1985, pp. 2-3.↵
- Iglesias había quemado un ataúd con la bandera del radicalismo en el cierre de campaña justicialista de 1983 y quedaría asociado, en adelante, con las prácticas violentas de un pasado que superar. ↵
- La liberación inmediata del capitán Astiz por decisión de los nuevos integrantes del COSUFA produjo un contrapunto entre el gobierno y los mandos que desencadenó la destitución sucesiva del jefe del Estado Mayor Conjunto (EMC), general Julio Fernández Torres, y del general Pianta (Canelo, 2006, p. 96).↵
- Pérez Esquivel había rechazado integrar la CONADEP y era parte del sector del movimiento que cuestionaba el abordaje oficial de los delitos del terrorismo de Estado.↵






