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Revistas y política
en la transición democrática[1]

Los casos de Somos y Primera Plana

Marcelo Borrelli

Introducción

La derrota en Malvinas en junio de 1982 dejó a la dictadura militar definitivamente en retirada, tanto por su fracaso bélico como por la crisis económica e institucional y el hastío de la ciudadanía con su impronta autoritaria y represiva, todo lo cual ya estaba instalado antes de la guerra con el Reino Unido. Este contexto de derrumbe y descomposición (Quiroga, 2004) fue propicio para la vigorización de la opinión pública que dio lugar a voces y opiniones otrora invisibilizadas, y que tuvo en la prensa un activo ejercicio crítico frente a la realidad que se presentaba. El derrumbe de la dictadura hizo que estos medios se adaptaran rápidamente a las nuevas coordenadas que impuso el momento histórico y cumplieran con la importante función de reinformación de una sociedad que se iba preparando, no sin una gran incertidumbre, para el inicio de un nuevo ciclo democrático.

En este capítulo en particular, nos proponemos analizar dos revistas que formaban parte del abanico de medios que tenían una orientación política en sus agendas temáticas, aunque también cubrían otros temas de interés general. Concretamente, analizaremos críticamente las principales posiciones editoriales de las revistas Primera Plana y Somos en el escenario político posterior a la derrota militar en Malvinas a mediados de 1982 hasta las elecciones de octubre de 1983, que dieron por triunfador al candidato de la Unión Cívica Radical, Raúl Alfonsín. La comparación entre estas revistas supone un elemento de interés particular en cuanto representaron miradas opuestas sobre el proceso político argentino reciente y en relación con la disputa partidaria que se abrió en 1983 con la campaña proselitista, así como apoyos y críticas con diversos matices con respecto a las dos opciones electorales mayoritarias: el radicalismo y el justicialismo. Adicionalmente, se trata de revistas que no han sido estudiadas durante el periodo propuesto en este trabajo.[2]

El eje del análisis estará puesto en cómo estos medios de prensa evaluaron desde su sección editorial –aquella que expresa su posición institucional (Borrat, 1989)– la situación política ante el horizonte de finalización del gobierno militar y el de un retorno democrático. Este periodo de “transición” posterior a la derrota en Malvinas estuvo caracterizado por el fuerte desprestigio de las Fuerzas Armadas –abocadas a ofrecer algún tipo de “cierre” a la cuestión de los desaparecidos y a las secuelas represivas–, las movilizaciones de sectores afectados por sus políticas –como los organismos de derechos humanos o los sindicatos–, el empoderamiento de los partidos políticos y la movilización de una ciudadanía ya hastiada del autoritarismo militar (Ferrari, 2013; Franco, 2018, 2023; Melo, 1989; Novaro y Palermo, 2003; Quiroga, 2004; Suriano y Álvarez, 2013).

Enfoque de estudio

El trabajo se inscribe dentro del campo de estudios sobre las líneas editoriales de la prensa argentina y entiende al editorial como el espacio institucional en el que se resume el posicionamiento del medio y se sistematiza su orientación política e ideológica (Borrat, 1989). En relación con las revistas como objeto de estudio, las definimos como impresos de publicación periódica por entregas generalmente seriadas, de tamaño más reducido que el de los diarios y con un número acotado de páginas (Auza, 1998, p. 203), que suelen situarse en un punto medio entre la actualidad del diarismo y la discusión profunda del libro y que son consideradas como una fuente legítima de análisis histórico en cuanto pueden ser “generadoras o transmisoras de cambios significativos en la esfera pública” (Girbal-Blacha, 1999, p. 23). Las caracterizamos, a las aquí estudiadas, como de “orientación política” ya que “la política” en términos generales –y en particular los acontecimientos de la vida política nacional vinculados a las ideas políticas, las formas de gobierno, las luchas partidarias, la gestión estatal y gubernativa, los procesos electorales, etc. (Auza, 1998, p. 204)– fue el objeto privilegiado de sus agendas temáticas y lo que solía definir las tapas y las notas principales de cada edición.

Las revistas

Primera Plana fue fundada en noviembre de 1962 por el periodista Jacobo Timerman –quien renunció a su dirección en 1964– y prontamente se transformó en una revista insignia de su tiempo (Mazzei, 1997; Taroncher, 2012). Primera Plana fue el emblema de un nuevo tipo de periodismo de interpretación, que representó el anhelo de las clases medias urbanas por una mayor “modernización” y el acceso a los nuevos y sofisticados consumos culturales, las novedades internacionales, la información y el análisis político de calidad. Su periodo de esplendor se extendió hasta el año 1970, cuando fue temporalmente clausurada por cuestiones políticas por el gobierno militar de la “Revolución Argentina” (1966-1973). En agosto de 1971, fue comprada por Jorge Antonio, un empresario muy cercano al entonces expresidente Juan Perón, y dejó de publicarse por motivos económicos en octubre de 1973 (Carman, 2015, p. 544). En marzo de 1983, se reanudó su publicación, en lo que fue presentado por la revista como una “segunda época”, bajo la dirección del periodista Alejandro Sáez-Germain y la participación de Antonio en su Consejo Asesor. Inicialmente apareció en formato quincenal y en junio de ese año pasó a ser semanal, rondando las 60 páginas de extensión. En su nueva versión, recuperó algunas secciones de su primera etapa, pero en general presentó una organización flexible por temas que variaban de edición a edición. Sus posiciones editoriales en este periodo fueron abiertamente favorables al peronismo histórico, que se observa tanto en sus notas de actualidad y editoriales, como en la visibilidad que les otorgó a las figuras centrales del peronismo en sus tapas y notas. Si bien no contamos con datos fehacientes sobre su circulación neta pagada, Carlos Eichelbaum, periodista que participó inicialmente de su redacción, sugiere que tiraba cerca de 30 mil ejemplares.[3]

Somos fue un semanario de actualidad perteneciente a la editorial Atlántida que salió a la venta el 24 de septiembre de 1976 y se publicó hasta diciembre de 1993. Su director fue Aníbal C. Vigil, quien también se desempeñaba como presidente de la editorial Atlántida, empresa de medios de la cual formaba parte la revista. Se trataba de una publicación orientada a fracciones de la clase media y media-alta, con particular énfasis en sectores empresariales de tendencia liberal, interesados en la coyuntura política y económica nacional, así como en la vida cultural (Somos también se caracterizó por publicar notas de interés general o de “color”). Su política editorial se destacó por un ferviente antiperonismo y un apoyo militante a la dictadura, en particular en todo lo vinculado a la “lucha antisubversiva” y a la política económica de José Martínez de Hoz, ministro de Economía en el periodo 1976-1981. De todas maneras, en la etapa posterior a la derrota en Malvinas, exhibió un discurso crítico hacia las Fuerzas Armadas en el poder, a tono con el viraje de la opinión pública, dando cuenta de la frustración de los sectores civiles liberales a los que representaba la revista con la experiencia dictatorial. Para el periodo de estudio entre julio de 1982 y diciembre de 1983, tuvo, en promedio, una tirada neta pagada mensual de 24 mil ejemplares.[4]

Primera Plana: la denuncia del “continuismo” y la apuesta peronista

La mirada de Primera Plana sobre la dictadura que finalizaba fue de una crítica lapidaria y de una abierta oposición: el gobierno militar había puesto en crisis la propia “existencia” de la nación, y sus resultados estaban a la vista con “desocupados, desaparecidos, deuda externa, depreciación de los salarios, derrota en Malvinas, quiebra del aparato productivo” (Primera Plana, 25 de marzo de 1983, p. 12). La actualidad política era observada con profunda desazón por la “charca moral” (sic) y la “colonia financiera internacional” en la que los militares, y algunos civiles, habían transformado al país; pero, a diferencia de la mirada decadente de Somos que analizaremos posteriormente, entendía que, luego de las elecciones nacionales pautadas para el 30 de octubre de 1983, se podría empezar a “soñar” e “imaginar” un nuevo país (Primera Plana, 30 de septiembre de 1983, p. 4).

Esta consideración crítica sobre las Fuerzas Armadas no recaía sobre toda la institución, sino que estaba dirigida en particular al sector que definía como “liberal” (a diferencia de otro sector “nacionalista”); este era el que había comandado la dictadura y apoyado a su principal proyecto económico, el de Martínez de Hoz, y que en 1983 tenía una revalidación en la presidencia del general Reynaldo Bignone y su ministro de Economía, Jorge Wehbe. Para Primera Plana este proyecto liberal había ubicado al país en un lugar dependiente de Estados Unidos y de las “multinacionales”, centro de poder real que ya no apoyaba las opciones manu militari, sino la “formalidad democrática”. En el nuevo escenario argentino de transición, este poder internacional había elegido su candidato: Alfonsín era la opción que impediría la llegada del peronismo al poder, la fuerza “tradicionalmente popular” y “antiimperialista” que defendía la “justicia social” y la “independencia nacional” (Primera Plana, 22 de julio de 1983, p. 21). Esta construcción enunciativa fue el eje discursivo que Primera Plana utilizó para interpretar la realidad política desde su nueva época en marzo de 1983 y ante la campaña electoral y las elecciones de 1983.

La consagración de la candidatura de Alfonsín en la interna radical[5] fue recibida con dureza por Primera Plana: venía a consagrar la “antigua ilusión” de las minorías argentinas, que desde 1946 consistía en derrotar al peronismo. Pero la aventura política de Alfonsín no era una más, ya que se mostraba como la más “pretenciosa” que hubiera intentado antiperonista alguno: la “mejor planeada”, la “más apoyada” y la de “mejores modales”. Si bien el candidato radical era construido como una figura totalmente negativa –era el “continuismo” con el gobierno militar y una “democracia social sin pueblo” (Primera Plana, 9 de septiembre de 1983, pp. 21–22)–, también la revista parecía reconocer implícitamente que era un adversario desafiante por la novedosa construcción política que convocaba.

Esta opinión peyorativa sobre la figura de Alfonsín se estructuró tanto en el “develamiento” de los “puntos oscuros” del candidato –aquello que era “escondido” de la opinión pública al ser el preferido de los grandes medios de comunicación y por los recursos publicitarios y de marketing político novedosos que tenía a su favor–, como en la crítica a ciertos efectos que provocaba su discurso de campaña. En el primer ámbito, como se ha mencionado, hubo un fuerte hincapié en revelar los supuestos lazos ocultos entre el alfonsinismo y el gobierno militar (Primera Plana, 30 de septiembre de 1983, pp. 28-29), algo que contradecía abiertamente el discurso público del candidato que denunciaba el corporativismo militar y su herencia económica y que planteaba una “solución” al tema derechos humanos que en principio parecía contradecir los intereses militares.[6] En relación con sus propuestas discursivas, denunciaba que Alfonsín había despertado un “adormecido gorilismo en algunos sectores intelectuales” y que buscaba “enfrentarlos activamente con el pueblo”. Por ese motivo, su discurso venía a destruir la idea de la “unidad nacional” que habían consagrado Perón y el radical Ricardo Balbín, luego del retorno del peronismo al poder en 1973.[7] Alfonsín, en su afán puramente electoral, quería enfrentar a las clases medias con los sectores populares (Primera Plana, 23 de septiembre de 1983, p. 4), y por eso la revista denunciaba con cierto alarmismo, luego del masivo acto alfonsinista en la cancha de Ferro en septiembre de 1983, que los cánticos de los concurrentes sobre “acabar con la burocracia sindical” suponían un llamamiento inquietante a la “eliminación personal” de los dirigentes sindicales, teniendo en cuenta que en el pasado figuras como Augusto Vandor o José Rucci habían sido anatematizadas con ese eslogan antes de ser asesinadas. Es posible observar aquí que Primera Plana intentó forzar una interpretación extremista en el marco de la competencia electoral, ya que Alfonsín fue particularmente cuidadoso en campaña de no enarbolar un discurso abiertamente “antiperonista” con el objetivo estratégico de atraer votantes tradicionales del peronismo.

Otro elemento discursivo de la campaña del radicalismo que Primera Plana intentó desterrar fue la presentación de Alfonsín como un baluarte en la defensa de los derechos humanos. Por el contrario, la revista enfatizaba que en realidad el peronismo había sido la principal fuerza política víctima de la dictadura –por la intervención en los sindicatos y la represión contra sus dirigentes y militantes– y el que había alzado la voz de denuncia en plena dictadura con la llegada de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), en septiembre de 1979.[8] En cambio, para Primera Plana, Alfonsín había readaptado estratégicamente sus posiciones luego de la derrota en Malvinas y ya con la dictadura en retirada[9] (Primera Plana, 28 de octubre de 1983, pp. 27-28).

Uno de los pilares interpretativos de Primera Plana en esta etapa fue la certeza sobre la imbatibilidad del peronismo en las elecciones, una seguridad que, a priori, atravesaba todo el escenario político.[10] En efecto, en su primer número de septiembre –un día antes que el congreso partidario justicialista consagrara la candidatura presidencial–, la revista presentaba desde su portada una entrevista a Luder con un pronóstico inapelable: “Por qué gana Luder”.[11] Y revalidaba esta idea de imbatibilidad al asegurar que, con la fórmula resuelta, el peronismo era una “aplanadora en marcha hacia el poder” y que su candidatura lo convertía, en los hechos, en el “próximo presidente de los argentinos” (Primera Plana, 9 de septiembre de 1983, pp. 21-22).[12]

Sin embargo, la imagen de este peronismo fuerte e imbatible convivía en las páginas de Primera Plana sin aparentes contradicciones con la de un movimiento político construido como “víctima” de la dictadura y del sistema político partidario. Lo primero residía en el hecho histórico irrefutable, como se ha comentado, de que muchos de los dirigentes y militantes peronistas habían sufrido persecuciones, exilio o la desaparición forzada durante la dictadura militar, así como también por la intervención militar que habían sufrido los sindicatos peronistas. Pero, en el contexto de 1983, esa construcción recobraba nuevos bríos al destacar los efectos de los relatos considerados “difamantes” que ubicaban al peronismo como un peligro para el futuro democrático, con un particular énfasis en el rol nocivo del sindicalismo.[13] A ello se adicionaba que el peronismo no contaba casi con prensa a su favor, ni con medios económicos para la campaña. Su principal fortaleza era entonces su núcleo identitario más genuino: ser el mejor intérprete de los intereses populares, que en esa coyuntura le tocaba enfrentarse a una asociación poderosa entre los sectores residuales afines al “Proceso”, el poder financiero internacional y el alfonsinismo (Primera Plana, 28 de octubre de 1983, p. 34). Una visión de tipo conspirativa que, además, había sido parte intrínseca de la cultura política de las décadas pasadas.

La recta final hacia las elecciones iniciada en el mes de octubre exacerbó las construcciones negativas sobre Alfonsín y el radicalismo. La acusación del peronismo, que lo trataba peyorativamente como el “candidato de la Coca-Cola” para graficar rápidamente que era el candidato de las “multinacionales”, tuvo su repercusión en la revista en su edición del 7 de octubre, cuando publicó en tapa una supuesta “encuesta” realizada en sectores influyentes de Estados Unidos para los cuales Alfonsín era el candidato predilecto (figura 1). Una “certeza” que venía a consolidar el relato peronista que presentaba la elección como una disputa entre “liberación y dependencia” –términos de la discusión política también anclados en el pasado reciente más que en el porvenir democrático– y donde Alfonsín representaba ese lazo de “sujeción” política-económica con el todopoderoso país norteamericano.

En esta asociación de Alfonsín con sentidos negativos, hemos mencionado que la idea del “continuismo” fue un elemento distintivo, en cuanto el alfonsinismo era la concreción del proyecto liberal del gobierno militar, pero por otros medios. De allí que, en su editorial del 14 de octubre, propusiera sin ambages que en la elección del 30 de ese mes se ponía en juego lo mismo que el 24 de marzo de 1976: “De lo que se trata, por todos los medios, es de derrotar al movimiento popular. Si en 1976 fue por las armas, en estos momentos la coyuntura obliga a hacerlo por las urnas” (Primera Plana, 14 de octubre de 1983, p. 4). En este esquema dicotómico, Alfonsín era la “gran esperanza blanca” para derrotar al movimiento popular y con ese fin había reflotado los viejos odios, los viejos prejuicios de clase –y hasta raciales, aseguraba– contra el movimiento obrero y los dirigentes peronistas.

En su edición del 28 de octubre, la inmediatamente anterior a las elecciones, Primera Plana realizó una reivindicación histórica del justicialismo por su aporte al campo popular, revalidó las ideas negativas sobre Alfonsín ya estudiadas, y, a través de un editorial excepcional a doble página firmado por el propio Jorge Antonio, aseguró que la opción era entre la esperanza peronista y “los más siniestros intereses antinacionales”, esos mismos que habían derrocado a Perón en 1955 (Jorge Antonio, 28 de octubre de 1983, pp. 8-9). Para Primera Plana, pese al “mundo de ficción” que Alfonsín había creado sobre su figura, el triunfo peronista era “discutido por pocos”, y por eso le encomendaba dos grandes objetivos al llegar al gobierno: la unidad de las fuerzas populares y la del propio peronismo (que no era la meramente “formal” de esos meses que había sido necesaria para la batalla electoral). Una mención que daba cuenta de la fragmentación y las disputas internas dentro del colectivo peronista que desde Primera Plana no se desconocían, pero que se habían dejado a un lado en sus evaluaciones editoriales en favor de construir el triunfo electoral.

Figura 1. Alfonsín: un hombre de los “yankis” y las “multinacionales” (Primera Plana, 7 de octubre de 1983)

Fuente: Hemeroteca del Congreso de la Nación Argentina.

Luego de la dura derrota peronista del 30 de octubre en la elección presidencial, se instaló un clima de autocrítica y se transparentaron algunas de las ideas que se habían mantenido fuera de la mirada de la revista para preservar la unidad del espacio peronista. En el editorial que comentaba lo ocurrido, reconocía que una gran cantidad de peronistas, sin dejar de serlo, habían votado al candidato radical. La respuesta sobre por qué esto había ocurrido estaba principalmente focalizada en los errores que había cometido el propio peronismo. Por eso también la capacidad política de Alfonsín y de su propuesta era menospreciada al destacar exclusivamente –no sin cierta amargura– su habilidad para realizar una campaña bien planificada, donde había prevalecido la “imagen” y se había logrado conmover a la opinión pública (y para lo cual había contado con la colaboración de la prensa y el apoyo financiero de “origen inconfeso”).

Sobre la derrota del peronismo, aseguraba que la interna que había librado había sido desgastante y había dejado muchas divisiones, en un contexto donde habían prevalecido los enconos personales y las peleas por los cargos. A diferencia del radicalismo, la campaña preelectoral había sido “caótica, incoherente y hasta contradictoria” y se había arribado a las elecciones sin una conducción “férrea”. Destacaba también como otro de los grandes defectos al “exceso de soberbia”, al suponer que el triunfo estaba asegurado –característica de la cual, como se ha visto, Primera Plana había participado activamente–, sin medir que los peronistas no votaban meramente por disciplina partidaria, sino al candidato que fuera más “apto y honesto” para el cargo. Pese a todo, el peronismo había mantenido un apreciable caudal de seguidores; ahora debía ser constructivo y crítico, a la vez que debía reorganizarse para dar lugar a todas sus expresiones internas (Primera Plana, 4 de noviembre de 1983, pp. 4-5).

Finalmente, en el nuevo clima entusiasta que implicó el inminente retorno democrático, un día antes de la asunción presidencial del 10 de diciembre, Primera Plana se dirigió al nuevo presidente electo en un tono conciliador y le deseó la “mayor suerte del mundo”, en unas condiciones que, reconocía, eran “tremendas” y necesitaban de una conducción firme. En esta orientación, aseguraba:

… no se le debe exigir demasiado al nuevo presidente, al menos en los primeros meses de su mandato. Es deber de todos los argentinos apoyarlo con fuerza y honestidad siempre y cuando […] él demuestre que es merecedor de ese apoyo.

En ese nuevo contexto, la revista declaraba que tendría un afán constructivo, ejerciendo la crítica, pero con la meta de apuntalar el sistema constitucional (Primera Plana, 9 de diciembre de 1983, p. 4), una afirmación que se revalorizaba viniendo de un duro opositor al nuevo oficialismo, ya que podría dar cuenta de una voluntad genuina de fortalecer el juego democrático, luego de años de una cultura política tendiente a su avasallamiento en el marco de una lógica de amigo/enemigo.

Somos: del escepticismo a una moderada esperanza

La derrota en Malvinas, que significó la frustración definitiva del proyecto refundacional al que había apoyado con ahínco, causó en Somos una profunda decepción y escepticismo ante el futuro institucional que se abría para la Argentina.[14] Ante la crisis de gobierno, se mostró gravemente preocupada por la situación económica e institucional y, más aún, por la “indiferencia” y la “apatía” de la ciudadanía, que parecía ver con distancia lo que ocurría en la cúpula del poder (Somos, 2 de julio de 1982, p. 18). Su desconfianza estaba particularmente destinada hacia la sociedad argentina en su conjunto, a la que, luego del fracaso malvinense, señalaba como proclive a los “enamoramientos repentinos” (por caso: la dictadura en 1976 o Malvinas). En esta nueva transición, el novel “enamoramiento” parecía ser con las palabras “República, democracia y Constitución”, pero advertía con solemnidad que, para que esos conceptos tuvieran carnadura concreta, se necesitaba una sociedad educada cívicamente y que exigiera el cumplimiento constitucional; de allí que se preguntara “¿Estamos los argentinos preparados para ejercitar esta responsabilidad?”, con la contundente respuesta: “Creemos que no” (Somos, 16 de julio de 1982, p. 15). Se trataba, claramente, de una sociedad aún inmadura.

Sus dudas y su escepticismo frente al nuevo camino hacia la democracia que parecía estar dando el país se justificaban también en lo que había sido la última experiencia republicana encabezada por el peronismo durante 1973-1976, donde había predominado “el odio, la violencia, la demagogia y la no verdad” (Somos, 30 de julio de 1982, p. 13), un tópico que recordaría en forma recurrente durante toda la etapa de estudio. Justamente, la pregunta sobre cómo el peronismo se readaptaría a la democracia desvelaba a Somos (“¿Está preparado para dar soluciones en democracia?”, se preguntaba a fines de 1982), profundamente escéptica en virtud de las prácticas políticas que lo habían caracterizado en el pasado reciente. Para la revista, a fines de 1982, el peronismo seguía encerrado en sus “graves desacuerdos” y no se avizoraban “métodos republicanos” para resolver sus enfrentamientos internos (Somos, 22 de octubre de 1982, p. 3).[15]

Este pensamiento se enmarcaba dentro de una mirada decadente más amplia sobre la sociedad y la política argentinas, que involucraba aspectos tales como la “destrucción de la moneda, el vacío de poder y la erosión de la moral”, la “sensación de injusticia”, el “desorden”, la “inseguridad” o la búsqueda de “recetas mágicas” y de chivos expiatorios frente a las diversas crisis que habían afectado al país (Edgardo Ritacco, 6 de agosto de 1983, pp. 8-14; Somos, 6 de agosto de 1983, p. 15; Somos, 29 de octubre de 1982, p. 3). Un análisis que, si bien incluía a las Fuerzas Armadas, tendía a diluir su responsabilidad en torno a lo ocurrido en los años recientes al ubicar las causas de los problemas cíclicos del país en un ámbito más general y colectivo de una sociedad que aparecía como infantilizada.

Su percepción era profundamente escéptica no solo sobre el presente, sino sobre el futuro que la nueva etapa político-partidaria podía deparar: nuevamente los políticos de los partidos mayoritarios y los sindicalistas estaban adquiriendo actitudes demagógicas –y violentas en el caso de los segundos–, lo cual mostraba a las claras la falta de convicciones democráticas “profundas” (Somos, 10 de diciembre de 1982, p. 3). Su posición sobre el futuro democrático era de alerta por los peligros de repetir los “errores del pasado” y que esto frustrara nuevamente esa experiencia.

Uno de los ámbitos de mayor preocupación de la revista en estos meses fue el de la economía, tema que había sido una invariante editorial desde su aparición en 1976, con eje en los desmanejos en torno a la emisión monetaria, el déficit fiscal y la “consecuente” inflación, que no solo generaba perjuicios económicos, sino que repercutía en otros ámbitos y ponía en riesgo la “paz y la república” (Somos, 17 de septiembre de 1982, p. 33). Su mirada admonitoria alcanzaba desde ya al gobierno militar, que seguía comportándose de forma “inmadura” y no plasmaba una acción “coherente” y seria para impulsar la economía, intentando manejarla erróneamente por decretos o mecanismos de control, como tendía a hacerlo el gobierno de Bignone (Somos, 15 de octubre de 1982, p. 3).[16] Para Somos la inflación era un problema que trascendía lo económico, era un problema del sistema político, ya que tanto militares como partidos políticos no tenían el coraje suficiente para realizar los enormes sacrificios que suponían resolver de raíz la cuestión, y que para el liberalismo tenía como eje central el ajuste en las cuentas estatales y el freno a la emisión monetaria (Somos, 9 de julio de 1982, p. 15, y Somos, 15 de octubre de 1982, p. 3).

En un escenario de alta conflictividad gremial, con paros generales y diversas huelgas sectoriales, la revista también advirtió sobre las prácticas nocivas de uno de los sectores que más tribulaciones le generaba: el sindical. Señalaba la “anomalía” que el poder sindical tuviera más poder que los propios partidos (Somos, 8 de abril de 1983, p. 3) y, a propósito de la denuncia del “pacto militar-sindical”, si bien no podía precisar si había existido, reconocía que Alfonsín había puesto “el dedo en la llaga” por la repercusión que había tenido (Somos, 6 de mayo de 1983, p. 3).[17]

Una vez conocida la fórmula justicialista a inicios de septiembre, Somos ubicó el foco editorial en esta situación al sentenciar desde su tapa “Luder al gobierno ¿Miguel al poder?” (figura 2), destacando la primacía del poder sindical dentro del peronismo y la aparente subordinación a este del ala política.[18] En la nota presentaban al sindicalista como el “verdadero hombre fuerte del peronismo” y destacaba el lugar que tenían los sindicalistas en las listas de diputados y senadores para las elecciones de octubre de 1983 y en los cargos dentro del Partido Justicialista (Tabaré Areas y Jorge Vidal, 9 de septiembre de 1983, pp. 6-15).

En relación con otro de los temas clave de la transición, como fueron las secuelas de la represión ilegal, la cuestión de los desaparecidos y los derechos humanos, Somos adoptó una posición consecuente con lo que había sido su abierto apoyo a la “lucha antisubversiva” durante el periodo más crudo del terrorismo de Estado, pero con algunos matices vinculados al nuevo clima político de la transición. Si bien reconocía abiertamente que “los métodos empleados” habían sido “en muchos casos ilegales y de una crueldad atroz”,[19] insistía en que la mayoría de los argentinos, incluidas las fuerzas partidarias, habían apoyado a las Fuerzas Armadas y que no habían existido planteos sobre métodos. Pedía en ese sentido tener “memoria” en relación con la violencia y el caos del periodo 1973-1976 ya que, en su visión de la historia, no eran las Fuerzas Armadas las responsables del crecimiento de la “subversión”, sino la sociedad caótica de 1973 (Somos, 13 de mayo de 1983, p. 3). Inclusive, planteaba que en la campaña electoral la cuestión de la “subversión” había sido un “tema olvidado”, cuando debía ser clave para la nueva convivencia democrática; observaba allí con preocupación cierta “hipocresía” en poner el eje exclusivamente en las Fuerzas Armadas y en los problemas posteriores a 1976, que de todas formas no dejaba de reconocer (Somos, 16 de septiembre de 1983, p. 3).

Figura 2. Somos y la preocupación por el poder del sindicalismo peronista (9 de septiembre de 1983)

Fuente: Hemeroteca del Congreso de la Nación Argentina.

Figuras 3 y 4. Alfonsín en el centro de la escena
(Somos, 7 y 21 de octubre de 1983)

Fuente: Hemeroteca del Congreso de la Nación Argentina.

El último tramo de la campaña entre septiembre y octubre estuvo atravesado por el diagnóstico decadente y escéptico de Somos que ya se ha mencionado. Con respecto a la disputa electoral, en su última portada de septiembre, había alertado con contundencia que triunfaba Luder (“Gana Luder”, aseguraba el 30 de septiembre);[20] sin embargo, durante octubre Alfonsín pasó a hegemonizar ese espacio redaccional, mostrando un evidente crecimiento y cambio en las expectativas electorales (figuras 3 y 4). Luego del multitudinario acto del candidato radical en el obelisco de la Ciudad de Buenos Aires (el 26 de octubre, con una presencia de casi un millón de personas), el editorial de Somos por primera vez registró el “fenómeno Alfonsín” (véase el capítulo de Borrelli e Iturralde al respecto), dando su parecer sobre el candidato a pocos días de las elecciones generales. Allí lo definía como un “fenómeno político nuevo” y un “líder popular de gran atracción”. Sin arriesgar un vaticinio sobre las elecciones, encendía cierto optimismo por esa figura que parecía indicar que un porcentaje importante del pueblo argentino había “cambiado sus actitudes políticas”. En su parecer, había una “imagen más democrática detrás de Alfonsín, una promesa más concreta de vida democrática en el radicalismo que en el peronismo”, y eso parecía tener una novedosa influencia y marcar una “mayor adultez” popular. Aunque no compartía muchos de los puntos de su programa de gobierno, reconocía mayores “garantías democráticas”, y eso era motivo “suficiente” para ser optimista sobre el futuro (Somos, 28 de octubre de 1983, p. 3).

El triunfo de Alfonsín en las elecciones del 30 de octubre confirmó esta mirada; fue recibido como una “esperanza” y una prueba de que el pueblo argentino había madurado al rechazar el “matonismo”, la posibilidad de un “gobierno sindical” y de un candidato justicialista aprisionado por la lucha interna de su partido. En el nuevo tiempo que se abría, no se le podía exigir al nuevo presidente cambios de un “día para el otro” ya que recibía un país “destartalado”; pero sí existían temas prioritarios que debía tener en cuenta: la Justicia, la educación, la inflación, la eficiencia estatal, la virtud y buena fe dirigencial y el respeto a la Constitución (Somos, 4 de noviembre de 1983, p. 3). Elementos temáticos a los que Somos había privilegiado desde su agenda editorial en su distanciamiento de la experiencia dictatorial y que ahora se revalorizaban ante la frustración por el final fallido del gobierno militar y la expectativa de un nuevo tiempo democrático.

Conclusiones

Según hemos analizado, las revistas aquí estudiadas se hicieron eco en su espacio editorial del clima antidictatorial posterior a la derrota en Malvinas y mostraron una evaluación crítica de las Fuerzas Armadas en el gobierno, aunque con tonos y focos diferenciados en torno a esas objeciones. Mientras que Primera Plana tuvo una orientación de fuerte oposición acorde con la movilización ciudadana del momento, Somos reflejó la desazón producida por el fracaso militar, pero desde la mirada de los actores civiles que habían acompañado a la dictadura y veían frustradas las aspiraciones de 1976. En el espacio de las similitudes editoriales, las dos revistas dieron cuenta de la importancia del respeto constitucional para la nueva etapa democrática y coincidieron en que no debía exigírsele el nuevo presidente cambios inmediatos frente al peso de la gravosa situación heredada.

Con relación al nuevo horizonte democrático y a las opciones políticas en disputa durante la transición observamos los puntos de mayor diferenciación entre las revistas. Por su parte, Primera Plana, renacida en marzo de 1983 cuando el centro del escenario político empezaba a girar sobre la reorganización partidaria en vistas de las elecciones, tuvo también una impronta fuertemente militante en torno a reivindicar los valores del justicialismo y, como parte de la competencia electoral, dedicó un gran espacio editorial a desprestigiar la figura de Alfonsín. Su visión partía de una crítica total hacia la experiencia dictatorial, ubicándose desde una mirada nacional/popular revisionista de la historia y crítica de los sectores liberales civiles y militares. Su perspectiva partía de esquemas maniqueos, en donde el justicialismo representaba la defensa de los intereses populares frente a un radicalismo alfonsinista que era presentado como “continuidad” del liberalismo que había hegemonizado a la dictadura. En esa puja entre intereses foráneos/multinacionales e intereses nacionales/populares, interpretó la elección de 1983. Alfonsín, quien era el candidato de las “multinacionales”, del marketing y la “publicidad”, venía a representar los mismos intereses que habían estado detrás del golpe de 1976, pero ahora a través de “otros medios”, los de la formalidad democrática, ya que el mundo estaba cambiando y no toleraba más el pretorianismo militar. El triunfo de Alfonsín fue un duro golpe para la revista, que lo entendió más por los problemas internos del peronismo que por la capacidad del candidato de haber canalizado las demandas centrales de la hora y de haber sido protagonista de una construcción política más innovadora.

En el caso de Somos, primó una visión pesimista sobre el futuro, que iba a contrapelo de la movilización y la efervescencia política que vivió la sociedad argentina, particularmente ante el proceso electoral de 1983. Somos se distanció de esa vivencia más “emocional” y reclamó con preocupación elaboraciones más racionales que sopesaran los graves problemas que mostraba aún la sociedad argentina. Estos abarcaban diversos ámbitos de la realidad nacional, con particular énfasis en lo económico y lo político, donde se evidenciaban actitudes inmaduras y demagógicas. En esta visión también entraban las Fuerzas Armadas, con quienes Somos, que había formado parte del bloque civil liberal-conservador que había apoyado fuertemente a la dictadura, se mostró particularmente crítica por haber “traicionado” los objetivos de 1976 y haber conducido al país a una nueva frustración. Tal vez el único ámbito donde salvaguardó su legitimidad fue el de la “lucha antisubversiva”, objetivo cumplido, y que para Somos estaba siendo injustamente tergiversado por la sociedad civil, en un marco de reinformación sobre la represión ilegal que ahora ponía el foco en las preguntas sin respuestas, como la cuestión de los desaparecidos. En relación con la disputa electoral, fiel a su historia, la revista mostró su desconfianza hacia el peronismo, y, si bien no acordaba con la inspiración socialdemócrata del radicalismo alfonsinista, ante la cercanía de la elección comprendió que esta era la opción más “democrática”, de allí que albergara cierta esperanza moderada al concretarse el triunfo de Alfonsín. En definitiva, ante el fracaso militar que quedó expuesto luego de la derrota de Malvinas, Somos debió readaptar su posición editorial, tomar distancia del gobierno militar y explicar ante sus lectores por qué se había perdido la gran oportunidad histórica –a la que había apoyado con convicción– de refundar la política y la sociedad argentinas para siempre; por el contrario, luego de casi ocho años de práctica dictatorial, los problemas que impedían el desarrollo nacional no se habían modificado, y el retorno democrático no aseguraba por sí mismo que fueran a resolverse.

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  1. Una versión de este capítulo fue publicada en la revista Austral Comunicación, 13(1), 2024, pp. 1-33.
  2. Para el estudio de Somos durante el periodo 1976-1981, puede consultarse Borrelli y Gago (2021) y Urtasun (2008).
  3. Entrevista realizada por el autor a Carlos Eichelbaum, 3 de octubre de 2023.
  4. Fuente: Instituto Verificador de Circulaciones.
  5. La fórmula presidencial Alfonsín-Víctor Martínez fue consagrada en una convención radical entre el 28 y el 30 de julio de 1983, prevaleciendo en la interna de su partido ante el otrora poderoso balbinismo. Desde fines de 1982, Alfonsín había ido ganando relevancia pública, aupado en su fuerte crítica a la herencia dictatorial, su denuncia del supuesto “pacto militar-sindical” entre las Fuerzas Armadas y sectores del peronismo y un discurso democrático y renovador que lograba seducir a las clases medias y a los sectores independientes.
  6. En campaña Alfonsín articuló una propuesta concreta en torno a los derechos humanos al distinguir tres niveles de responsabilidad en un eventual juzgamiento de las Fuerzas Armadas. Se debía juzgar a los que habían dado las órdenes y a los que se habían “excedido” en su comportamiento, mientras que los que se habían visto obligados a su cumplimiento se verían exceptuados.
  7. Ambos líderes habían tenido un acercamiento político en 1973, e inclusive se llegó a conjeturar con una posible candidatura de “unidad nacional” Perón-Balbín para las elecciones presidenciales de septiembre de 1973 (Borrelli y Saborido, 2022).
  8. En el contexto de la llegada de la CIDH, el justicialismo se había pronunciado a través de dos comunicados, uno firmado por Isabel Perón, y otro por el vicepresidente del Partido, Deolindo Bittel, que había sido explícito al hablar de “terrorismo de Estado”.
  9. La revista omitía en su evaluación que Alfonsín no era un advenedizo en el tema y había participado desde diciembre de 1975 como dirigente político y abogado en la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, una entidad plural que había nacido ante la escalada de la violencia política y que durante la dictadura iría de una posición más moderada a otra de mayor denuncia.
  10. Esta certeza se asentaba sobre varios elementos. En principio, el peronismo nunca había sido vencido en elecciones libres a nivel nacional, había movilizado más seguidores que los radicales en los actos de campaña –aunque estos habían movilizado gran cantidad de ciudadanos–, y las reafiliaciones partidarias realizadas durante 1983 habían sido mucho mayores en el justicialismo que en el radicalismo (3.005.355 y 1.410.123 de afiliaciones, respectivamente) (Ferrari, 2013, p. 47).
  11. La elección de la candidatura justicialista había resultado muy compleja por la fragmentación y las disputas intestinas por el poder y se resolvió apenas dos meses antes de la elección. La conflictividad intrapartidaria se expresó en la multiplicación de posibles postulantes de los distintos agrupamientos internos, que denotaba una fragmentación lesiva para un partido cuyo funcionamiento había dependido históricamente del liderazgo indiscutido de Juan Domingo Perón. Adicionalmente, contra las intenciones de la “rama política” del PJ, el sindicalismo peronista tuvo prevalencia en la definición de las candidaturas, que se comprobó en el decisivo respaldo a la fórmula finalmente consagrada de Luder-Bittel por parte del secretario general de las 62 Organizaciones y vicepresidente segundo del Partido Justicialista, el sindicalista Lorenzo Miguel (Baeza Belda, 2017, pp. 162-163; Ferrari 2013, p. 35; Suriano y Álvarez, 2013, pp. 221-223; Velázquez Ramírez, 2019, pp. 71).
  12. Cabe resaltar que, en estos dos meses de campaña, la figura de Luder acapararía mucho menos atención en Primera Plana que la de Alfonsín, a quien se le dedicarían diversas notas para tratar de erosionarlo en su legitimidad. En parte esto también daría cuenta de la potencia del candidato radical y de un candidato justicialista mucho menos carismático y con una propuesta electoral menos innovadora.
  13. En pos de disputar esa pelea por el sentido común y mostrar aspectos positivos asociados al peronismo, la revista publicó en tapa una nota a Herminio Iglesias, dirigente bonaerense y candidato a gobernador por la provincia de Buenos Aires que tenía una muy mala imagen en los sectores medios urbanos. La tapa se titulaba “¿Quién le teme a Herminio Iglesias?”, con una imagen dibujada del dirigente, y en la nota se destacaba su origen humilde y su carácter “sencillo, popular […] [y] auténtico” (Primera Plana, 9 de septiembre de 1983, pp. 24-26).
  14. Ya poco antes de la recuperación de Malvinas, Somos había expresado ciertas objeciones hacia la dictadura (Gago y Saborido, 2011).
  15. En otros editoriales el peronismo era retratado como “ruidoso, emocional al extremo, mal educado, violento”, un peronismo que en el poder violaba las “normas democráticas fundamentales” (con un reiterado énfasis, como se ha dicho, en la experiencia 1973-1976) (Somos, 29 de abril de 1983, p. 3). Aunque también reconocía que había ciertos “políticos sensatos” dentro del justicialismo (Somos, 29 de julio de 1983, p. 3). Debe señalarse que, aun con prácticas internas facciosas, decisionismo, disputas desgastantes y en algunos casos violentas, el peronismo pudo resolver sus candidaturas en 1983 yendo a una novedosa elección interna.
  16. Inclusive, en julio de 1982, había denominado como un “golpe dirigista” a las medidas del nuevo ministro de Economía Dagnino Pastore (en el cargo hasta fines de agosto de 1982), quien, en tándem con el presidente del Banco Central, Domingo Cavallo, había dispuesto una serie de medidas que suponían una mayor intervención estatal sobre la economía.
  17. En abril de 1983, Alfonsín había denunciado públicamente un posible pacto entre sectores militares y sindicales peronistas que garantizaría la impunidad castrense por los crímenes cometidos durante la dictadura en un eventual gobierno justicialista, que a su vez se beneficiaría de la no injerencia castrense para asegurar la gobernabilidad. La versión de un acuerdo de este tipo había surgido desde los propios sectores de la izquierda peronista a fines de 1982 (Ferrari, 2023, pp. 65-66, y Velázquez Ramírez, 2019, p. 72), pero Alfonsín la popularizó y logró así manejar los tiempos de la campaña electoral.
  18. Una frase que, además, remitía al convulsionado año 1973 y a la máxima “Cámpora al gobierno, Perón al poder”, de la campaña previa a las elecciones del 11 de marzo de 1973, y que en la comparación histórica ubicaba en un claro lugar de debilidad a Luder.
  19. E indicaba que, si había habido integrantes de las fuerzas de seguridad que habían violado la ley, estos debían ser “investigados y sancionados”, aunque partía de entender esos hechos como eventuales “desviaciones” del accionar de las fuerzas (Somos, 18 de febrero de 1983, p. 3).
  20. Desde su primera edición del año 1983, Somos se destacó por la publicación de encuestas electorales (sobre la novedad de las encuestas para la campaña de 1983, véase Vommaro [2006]).


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