Redacción en la transición a la democracia
Marcelo Borrelli y Micaela Iturralde
Introducción
La prensa gráfica en general, y las revistas de actualidad política en particular, constituyeron actores políticos clave en la reorganización de la esfera pública en el contexto final de la última dictadura militar en Argentina (1976-1983). La descomposición del poder autoritario, acelerada por el fracaso de la experiencia bélica en las Islas Malvinas en junio de 1982, instaló un escenario de “transición” hacia la democracia que obligó a un reposicionamiento de los principales actores políticos. En ese marco, se abrió un período de intenso tratamiento público sobre el futuro político del país que implicó un proceso de permanente semantización de la política en el que participaron muy activamente los medios de comunicación.
En este capítulo analizaremos el caso de la revista Redacción, con el objetivo de estudiar su discurso editorial en la coyuntura abierta entre la derrota argentina en la guerra de Malvinas y el retorno de la institucionalidad democrática en diciembre de 1983. La revista, dirigida por el periodista Hugo Gambini, había nacido en marzo de 1973 y, para la época bajo estudio, era un medio de referencia para los lectores interesados en conocer los pormenores de la vida política del país. Además de analizar la crisis final del régimen dictatorial, su agenda informativa y editorial se enfocó en la reorganización de las principales fuerzas partidarias, en los debates en torno a la recuperación del sistema democrático y, particularmente, en la construcción de un nuevo liderazgo democrático en torno a la figura del dirigente de la Unión Cívica Radical (UCR) Raúl Alfonsín.
Redacción en torno a su décimo aniversario (1973-1983)
La revista Redacción nació en marzo de 1973 bajo la dirección editorial del periodista Hugo Gambini, quien ya tenía una importante trayectoria en medios escritos.[2] Hacia 1982-1983 su publicación era mensual, su extensión promediaba entre las 80 y las 130 páginas –según la edición–, y su tirada oscilaba entre los quince y los treinta mil ejemplares. La revista abarcaba diversos temas, con eje principal en la actualidad política nacional e internacional, pasando por la economía, la cultura y la historia, entre otros. Se presentaba como “la revista líder de opinión” y estaba destinada a un lector de clase media informado, empresarios y sectores dirigentes en general. En relación con su staff, durante el periodo bajo estudio, Emiliana López Saavedra fue su directora ejecutiva (era además esposa de Gambini), tenía a su cargo las entrevistas a personalidades destacadas y algunas notas de actualidad; sus secretarios de redacción fueron Abel González y Abel Figueroa, y la revista contó con una importante cantidad de “colaboradores especiales” que cubrían diversos ámbitos temáticos.[3] A fines de la década de 1990, pasó a llamarse Redacción Económica y fue publicada hasta 2003.
Desde sus orígenes, Redacción se destacó por su perfil opositor al peronismo, e, inclusive, su nacimiento estuvo impulsado por la decisión de Gambini de presentar un medio crítico al nuevo gobierno peronista que arribó al poder luego de ganar las elecciones del 11 de marzo de 1973.[4] Ante la muerte del, en ese momento, presidente Juan Domingo Perón en julio de 1974, la revista advirtió que, si el peronismo no se institucionalizaba, se fracturaría, y fue inclemente en la crítica al posterior gobierno de María Estela “Isabel” Martínez de Perón, al que acusó de ser el principal responsable del golpe militar que la derrocó el 24 de marzo de 1976 (Borrelli y Saborido, 2021). Con las Fuerzas Armadas en el poder, la revista reconoció la legitimidad de los militares para modelar el nuevo sistema político, pero con cierta premura les reclamó que concretaran algún tipo de “propuesta política” para converger en un futuro mediato hacia una “democracia madura” (Borrelli, 2021a). En ese terreno, ya desde mediados de 1978, publicó la sección “Tempo político”, donde se mencionaban rumores y comentarios vinculados a la vida política nacional y se transcribían declaraciones de políticos, dirigentes civiles y militares. La revista buscó así ofrecer mayor visibilidad a las “voces políticas” para que el gobierno militar concretara una mayor apertura a los civiles, uno de los ejes de su editorialización. También advirtió sobre los perjuicios de la política económica de José Martínez de Hoz –ministro durante 1976-1981– sobre los sectores industriales y mostró su preocupación ante actos de censura que afectaron la libertad de expresión en el ámbito cultural y del periodismo, o frente al manejo discrecional de los medios de comunicación en manos estatales.
Al cumplirse su décimo aniversario, celebrado en la edición de abril de 1983, Redacción se presentó a sí misma como una defensora de la democracia y la república,[5] eje temático de la tapa y del editorial de Gambini de esa edición (Hugo Gambini, abril de 1983, pp. 11-12) y de una compilación de opiniones vertidas en sus páginas durante los diez años transcurridos que intentaban mostrar la coherencia de su posición (Redacción, abril de 1983, pp. 67-82). La edición expuso el nuevo fracaso militar y se hizo eco del ya hegemónico reclamo por el retorno de las garantías constitucionales, que resumía en la mención al artículo 18 de la Constitución Nacional.[6] En este relato autocelebratorio, se omitían o matizaban elementos que podían contradecirlo, como la adhesión de la revista al golpe de Estado de 1976, la valoración positiva de las Fuerzas Armadas como actor legítimo para reordenar la sociedad política argentina, la evaluación del presidente militar Jorge Videla como “garante” de un eventual funcionamiento democrático o su prédica triunfalista frente al conflicto por Malvinas (Borrelli y Saborido, 2021).
Malvinas en Redacción: del triunfalismo a la desazón
La antesala del desembarco de las tropas argentinas en Malvinas en abril de 1982 estuvo signada por un creciente y acelerado desprestigio del gobierno militar que, desde 1981, había propiciado cierto clima de distensión política y cultural (Franco, 2018). En el caso de la prensa gráfica masiva, esto tuvo como principal consecuencia el aumento del tono crítico y de denuncia de ciertos aspectos del régimen dictatorial, en particular, en torno de la cuestión de las violaciones a los derechos humanos, las consecuencias de la crisis económica, la censura en el ámbito cultural y las dificultades de la dictadura para plasmar planes de institucionalización con una efectiva convergencia con los sectores civiles (Borrelli, 2016; Borrelli, 2021b; Iturralde, 2018; Saborido y Borrelli, 2011).
En este escenario, durante el verano de 1982, Redacción se hizo eco de las voces críticas que objetaron la continuidad del gobierno militar. El desplazamiento del general Roberto Viola y su reemplazo por el general Leopoldo Galtieri en diciembre de 1981 habían sido recibidos con cierto malestar por parte de la revista, que citó profusamente declaraciones de diferentes referentes partidarios que exigían el retorno a la institucionalidad democrática (Redacción, enero de 1982, p. 12).[7] Asimismo, resultó frecuente en esta etapa la publicación de notas de análisis y entrevistas realizadas a intelectuales y a figuras del mundo académico, que validaron de manera teórica y conceptual la demanda de recuperación democrática. En los meses previos a la contienda bélica, la cuestión partidaria, y en particular la aprobación de un nuevo estatuto para los partidos políticos, concitó un amplio interés por parte de la publicación dirigida por Gambini.[8] Los editoriales por él firmados contuvieron fuertes críticas al proyecto del régimen de crear un partido político oficial y de dictar un estatuto partidario limitativo, al que vinculaba con experiencias políticas altamente restrictivas tales como el llamado “fraude patriótico”, implementado en los años de la llamada “década infame” (Hugo Gambini, febrero de 1982, p. 11). El tono crítico alcanzó una faceta inesperada cuando, durante el mes de marzo de 1982, Redacción consagró su espacio editorial a la violación de los derechos humanos, con un título por demás contundente: “Las torturas siguen existiendo”. Si bien la cuestión no había recibido una tematización comprometida por parte del mensuario, en un contexto de fuerte cuestionamiento al poder autoritario, la revista dedicó su espacio editorial a reproducir el testimonio de un preso recientemente liberado que había relatado en detalle –en una entrevista ofrecida al diario Clarín– el secuestro, la detención clandestina y las torturas a las que había sido sometido por parte de personas que en el editorial no eran identificadas (Hugo Gambini, marzo de 1982, p. 12). De todas maneras, cabe resaltar que, aunque el relato era pormenorizado, no había en la nota una responsabilización directa hacia el gobierno militar, sino una crítica a la práctica de la tortura en cuanto atravesaba a la historia argentina en general.[9]
El clima de creciente oposición hacia la dictadura, como ocurrió en la mayoría de los medios de prensa durante esos meses, se revirtió de un momento al otro cuando la noticia del desembarco de las tropas nacionales en el archipiélago del Atlántico Sur alcanzó las redacciones, el 2 de abril de 1982. Apelando a una prédica habitual en la prensa durante el conflicto malvinense (Escudero, 1996), la revista de Gambini se colmó de expresiones nacionalistas y patrióticas que decodificaron lo sucedido como una gesta heroica contra el colonialismo imperialista británico (Borrelli y Gago, 2021).[10] En la presentación realizada por los directores para el número de abril de 1982, se renunció incluso a toda pretensión de imparcialidad al declarar que era “imposible escribir con la mente fría”, para concluir: “No podemos ser ajenos a la conmoción nacional. Nos invade el mismo fervor que llevó a todos los argentinos a embanderar la ciudad y a ganar las calles en defensa de la soberanía” (Los directores, abril de 1982, p. 5).
Durante los meses que duró la conflagración, el tema Malvinas catalizó por completo la agenda mediática nacional y, en el caso de Redacción, condujo al levantamiento de varias secciones fijas para poder brindar cobertura al conflicto. Apelando a la épica histórica con su editorial “¡No pasarán!”, Gambini expuso el entusiasmo nacionalista que despertó la medida dispuesta por el régimen y aseguró que tanto civiles como militares “se han puesto de pie para tender su mano generosa en defensa de la soberanía” (Hugo Gambini, abril de 1982, p. 6). Este tono exitista permeó todos los panoramas y las interpretaciones publicados en las páginas de la revista, que no ahorró en recursos para exponer un relato triunfalista que legitimó el accionar militar argentino, a la par que se menospreciaba el poder bélico inglés.
Esta orientación no fue obstáculo para que ya en el número de mayo de 1982 se incluyera un reportaje realizado por López Saavedra al escritor Ernesto Sábato que recuperaba el debate sobre el futuro del régimen y la cuestión de la democracia. Sábato, luego de las muestras de aprobación pública hacia Videla que había tenido en 1976 o su exaltación nacionalista durante el Mundial 78, desde 1981 se había plegado al movimiento por los derechos humanos y venía esgrimiendo un discurso crítico hacia el régimen dictatorial (Novaro y Palermo, 2003, p. 487). El afamado autor exponía en sus respuestas una denuncia directa de los gobiernos autoritarios y de los procesos destituyentes de la democracia y, como contraparte, demandaba respeto de la institucionalidad al abogar por la recuperación de la Constitución. Sus dichos referían también al ejercicio de la violencia estatal de la dictadura, condenando su ilegalidad y afirmando que la democracia era el único régimen que permitía castigar la violencia mediante la justicia (Emiliana López Saavedra, mayo de 1982, pp. 24-28).
La derrota bélica oficializada el 14 de junio de 1982 fue leída por Redacción en clave de “desazón” y cargó las responsabilidades sobre la conducción castrense del conflicto, eximiendo a los soldados argentinos, quienes fueron destacados por su entrega, coraje, profesionalidad y heroicidad (Hugo Gambini, junio de 1982, p. 7; Redacción, junio de 1982, p. 11). La posición del director puso en evidencia un elemento que se iría consolidando en los meses posteriores en la opinión pública: que las Fuerzas Armadas habían “engañado” al pueblo argentino con relación al manejo informativo sobre lo ocurrido en Malvinas. Pero también dejaba en claro hasta qué punto la mediación periodística indispensable para el tratamiento noticioso había quedado al menos suspendida en el caso de Redacción, que les había otorgado crédito a las informaciones oficiales favorables a la posición argentina.
Redacción y la reorganización partidaria
Si bien la cuestión de la “transición” a la democracia había constituido un tema de agenda latente durante toda la dictadura, la derrota en la guerra lo catapultó a la primera plana de todas las portadas. Una vez iniciada la posguerra, los análisis en clave bélica mutaron rápidamente hacia la consideración de la crisis del elenco gobernante y su salida del poder más o menos inmediata.[11] Este viraje se observó también en la cobertura periodística de Redacción. Para la edición de junio, signada por la rendición argentina, el nuevo tema que se impuso de manera contundente fue el retorno de la democracia. Desde la portada de su edición, publicada luego de la derrota, afirmaba con letra tipo catástrofe “Cómo será la salida” y consagraba su atención a las que presentaba como las dos primeras propuestas de una transición hacia la democracia: la del dirigente radical Raúl Alfonsín y la del abogado Ricardo Yofre, también radical y exsubsecretario general del presidente militar Jorge Videla entre 1976 y 1977.[12] Alfonsín era caracterizado como el líder de la agrupación interna “más combativa” del radicalismo (en referencia al Movimiento de Renovación y Cambio –véase más adelante–), y su propuesta enfatizaba la necesidad de comenzar de inmediato una transición hacia la democracia gestionada por los civiles. Yofre coincidía en la necesidad de realizar una convocatoria amplia destinada a los diferentes sectores políticos, sindicales y empresariales; sin embargo, señalaba que esta debía hacerse desde el mismo régimen, a fin de evitar nuevos y nocivos desencuentros entre civiles y militares (Redacción, junio de 1982, p. 2).
La senda abierta en este número se consolidó, edición tras edición, durante la segunda mitad del año 1982 y todo 1983. La “transición a la democracia”,[13] encarnada en temas tales como la crisis institucional de la dictadura, la reorganización del sistema de partidos y la definición del cronograma electoral, consagró de modo privilegiado la atención de Redacción, que, en la coyuntura, expuso un discurso favorable a los actores civiles frente al actor militar, posición expresada con claridad en el editorial que analizó la situación nacional ante la disolución de la Junta de Comandantes en junio de 1982:
Ahora que la fantasía se evaporó, no parece quedar demasiado tiempo ni espacio político para negociar nada. Hay que hacer las valijas e irse. La única concertación viable es firmar un acta de compromiso en defensa de la Constitución Nacional. Si luego la respetan, los militares podrán recuperar el prestigio que tenían antes de meterse en política (Hugo Gambini, julio de 1982, p. 9).
En el contexto de un “clima antidictatorial” (Velázquez Ramírez, 2019, p. 60), los militares aparecían representados ahora como esa “otredad negativa” que debía lidiar con las consecuencias de haberse “metido” en un ámbito que no les era propio, como la política, aunque en los hechos eran actores claves de la política argentina desde hacía décadas. Por otra parte, destáquese el tópico discursivo del “respeto a la Constitución”, ya que se volvió en la publicación una constante del período.[14]
La contundente presencia de la clase política en las páginas de la revista ofrece también otra característica destacada de la cobertura de esta etapa. La cuestión partidaria concentró toda la atención de Redacción durante estos meses, la que consagró sus diferentes secciones a tratar la reorganización de los partidos, las internas de los diferentes espacios políticos, los candidatos y sus perfiles, los apoyos intra e interpartidarios, los actos proselitistas, los discursos de campaña y las plataformas políticas, entre otras cuestiones. La reorganización partidaria no solo se convirtió en la cuestión privilegiada de los editoriales y las notas de opinión, sino que su tratamiento desbordó estos espacios tradicionalmente consagrados al tema político y se expresó en la mayoría de las portadas, los suplementos y los informes especiales publicados por la revista. En cada número de esta etapa, hasta que se dieron a conocer las candidaturas oficiales en septiembre de 1983, se publicó una entrevista con un dirigente de cada uno de los principales espacios políticos de todo el arco partidario y se le dedicó amplio espacio a tratar los debates en torno a la cuestión electoral y la reorganización del sistema político.
La contracara de este retorno de la representación de “lo civil” fue el creciente desprestigio del actor militar en todas sus dimensiones, denunciado tanto por su arbitrariedad como por su ineficacia. Un distanciamiento que de alguna manera representaba al que estaba realizando un sector importante de la opinión pública nacional, que en el pasado inmediato había apoyado pasiva o activamente la promesa ordenancista de la dictadura, y ahora, frente a su evidente fracaso político, tomaba distancia y ubicaba al actor militar como el principal responsable de los problemas del país (Novaro y Palermo, 2003; Quiroga, 2004).
El creciente interés de la ciudadanía por el nuevo tiempo político fue ampliamente destacado por Redacción, que, haciendo gala de un, por momentos, eufórico espíritu cívico, expuso tempranamente hacia agosto de 1982:
Muy pocas veces se ha conocido en la historia de nuestro país un momento de tanto interés por participar activamente en la vida interna de los partidos políticos como el que acaba de desatarse ahora (Hugo Gambini, agosto de 1982, p. 9).
Ante una ciudadanía que durante más de seis años se había desacostumbrado a las prácticas electorales, la revista, apelando a un estilo pedagógico y demostrando una decidida voluntad de intervención en la coyuntura, se hizo eco de ese “saludable interés” y lanzó en el mes de septiembre de 1982 una colección de fascículos titulada “Formación política para la democracia” con diversas informaciones sobre el funcionamiento de las instituciones políticas de la república.[15]
Sin embargo, en este punto, es relevante reconocer que las cuestiones anteriormente mencionadas –la crítica al régimen dictatorial, la demanda de retorno a la democracia, el respeto por la Constitución, la jerarquización editorial de los procesos de reorganización partidaria o, incluso, la vocación de contribuir a la formación cívica del público lector– no resultan el rasgo más distintivo del tratamiento periodístico realizado por Redacción, sino que fueron rasgos compartidos con las transformaciones operadas en las coberturas de la prensa gráfica en general luego de la guerra de Malvinas. En todo caso, como veremos, la nota distintiva que caracterizó y diferenció a la revista de Gambini radicó en su temprana, decidida y certera apuesta por la candidatura presidencial de Raúl Alfonsín y el papel destacado que asumió la publicación en la construcción de una legitimidad pública en torno de la figura del dirigente radical.
La construcción del “fenómeno Alfonsín”
Tempranamente, en septiembre de 1982, un año antes de la definición de las internas partidarias de los dos principales espacios políticos nacionales –radicalismo y justicialismo–, Redacción anunciaba y, al mismo tiempo, vaticinaba lo que denominaba como “el fenómeno de Alfonsín” (figura 1).[16] Con la elaboración de un suplemento especial dedicado a la cuestión, Alfonsín era presentado como “un joven y promisorio dirigente de Chascomús”[17] que se había convertido “en un fenómeno de seducción juvenil” y en una figura atractiva “para quienes añoran a los gobiernos de sólidas convicciones democráticas” (Redacción, septiembre de 1982, p. 10). La revista destacaba su “vertiginosa postulación” y el impacto que había producido, que excedía “los propios límites partidarios” y generaba una gran expectativa entre quienes buscaban “nuevas figuras” frente al proceso electoral que se avizoraba (Redacción, septiembre de 1982, p. 2). Su figura representaba para la revista “un fenómeno no demasiado frecuente en la historia política argentina: la coincidencia de los padres con los hijos” (Redacción, septiembre de 1982, p. 10), y era dotada de una valoración positiva al vincularla directamente con la del expresidente radical Arturo Illia (1963-1966), que era recuperado como ejemplo de honradez y estatura moral (Hugo Gambini, febrero de 1983, p. 9).[18]
Esta temprana adhesión a Alfonsín se expresó durante toda la etapa bajo estudio en el espacio destacado que Redacción destinó para ensalzar su figura: fotografías y referencias a los multitudinarios actos alfonsinistas, propagandas de afiliación, informaciones sobre las actividades del dirigente, referencias a sus discursos e intervenciones públicas que constituyeron una presencia destacada extendida por los diferentes ámbitos de la superficie redaccional.
Figura 1. Redacción advierte tempranamente sobre el “fenómeno de Alfonsín” (septiembre de 1982)

Fuente: Hemeroteca del Congreso de la Nación Argentina.
La atención otorgada a la interna partidaria de la UCR también constituyó un indicio del lugar jerarquizado que la revista buscó otorgarle a Alfonsín dentro del proceso de reorganización del partido. Si bien la interna del Partido Justicialista (PJ) y, en menor medida, la de otros espacios políticos minoritarios encontraron eco en las páginas de Redacción, la cobertura ofrecida a unos y otros resultó claramente contrastante. Mientras que el radicalismo era vinculado con “los gobiernos respetuosos de la Constitución, tolerantes con los adversarios, enemigos históricos del estado de sitio y de otras represiones, honestos con el manejo de los asuntos públicos”, del peronismo se decía que “su falta de organización le crea serios problemas de entendimiento, y aún en el caso de lograrlo y de seleccionar al mejor candidato posible, deberá sortear luego los imponderables arrebatos madrileños de la señora viuda del fundador del partido” (Redacción, septiembre de 1982, p. 12), en referencia a Isabel Perón, ya que era una gran incógnita el rol que adoptaría en la interna peronista.[19] Redacción reforzaba así un componente nodal de su contrato de lectura: la crítica y la desconfianza hacia el movimiento peronista, rasgo editorial destacable desde su nacimiento en marzo de 1973.
Como sugieren los estudios sobre la dinámica partidaria para este periodo (Aboy Carlés, 2001; Ferrari y Gordillo, 2015; Tcach, 1996; Velázquez Ramírez, 2019; Yannuzzi, 1996), el radicalismo contaba con una estructura partidaria prácticamente intacta con asentados mecanismos de selección de las candidaturas, que había experimentado un recambio generacional que promovió la expansión interna del llamado Movimiento de Renovación y Cambio, encabezado por Alfonsín desde 1972, por sobre Línea Nacional, conducida por el líder indiscutible del radicalismo hasta 1981, Ricardo Balbín.[20] Con su prédica democrática y anticorporativista, Alfonsín logró forjar una imagen combativa que entroncó con el clima antidictatorial pos Malvinas (siendo, además, uno de los pocos dirigentes partidarios que no apoyó la aventura militar). El fallecimiento de Balbín en septiembre de 1981, el apoyo de los sectores juveniles del radicalismo, su indudable carisma y su capacidad para tejer alianzas con otros sectores internos de su partido lo encumbraron como su líder hacia fines de julio de 1983, plataforma desde la cual se presentó como candidato presidencial y logró construir un nuevo liderazgo que captó a un amplio espectro de la opinión pública.[21]
Conforme avanzaba el descrédito del régimen castrense, jalonado por la nueva visibilidad pública que adquirían las consecuencias del plan represivo en materia de violaciones a los derechos humanos (Franco, 2018; Iturralde, 2018), Redacción asumió un discurso abiertamente crítico y de denuncia sobre el gobierno militar. Pero antes que la sensible cuestión de los derechos humanos y los desaparecidos –que, como se mencionó, no había formado parte de su agenda temática durante la dictadura–, la punta de lanza de las críticas esgrimidas por la revista fue la arbitrariedad y el autoritarismo del gobierno en aspectos tales como la censura y la clausura de publicaciones periódicas,[22] o las dilaciones para asegurar el retorno de la institucionalidad democrática.
En este nuevo escenario, además del discurso de explícita valoración de las instituciones democráticas y de denuncia del autoritarismo del régimen, Redacción asumió una exaltación épica de la movilización ciudadana que se dio en diversas marchas, protestas, actos y reuniones de tinte antidictatorial.[23] También las campañas de afiliación y las cifras récord de participación partidaria durante 1983 encontraron en la revista gran interés ya que, además de ser una evidencia de la vitalidad cívica y de la demanda por un pronto retorno a la institucionalidad republicana, fueron interpretadas como muestras explícitas de adhesión a la candidatura radical entre los sectores independientes y los nuevos votantes sin identificación partidaria previa.[24]
Esta reivindicación democrática y antiautoritaria constituyó un modo de permanente articulación y legitimación con el discurso alfonsinista construido por entonces en la misma clave. De modo tal que, por ejemplo, la denuncia por parte del candidato radical de un posible “pacto militar-sindical” hacia abril de 1983, que garantizaría la impunidad castrense por los crímenes cometidos durante la dictadura si se producía un triunfo justicialista en la contienda electoral, encontró en Redacción un lugar destacado.[25] El editorial dedicado a la cuestión ofrecía una detallada reseña histórica de las relaciones entre el sindicalismo peronista y las Fuerzas Armadas y, haciendo propia la imputación, afirmaba que de concretarse este nuevo pacto:
… otra vez se vería seriamente afectada la democracia, pues el poder sindical volvería a reemplazar al poder militar con similares características autoritarias. Y esto, que perjudica a todos los partidos por igual –incluyendo al propio justicialismo, por más que lo niegue–, pone en peligro la estabilidad del futuro gobierno democrático, sea del signo que fuere (Hugo Gambini, mayo de 1983, p. 11).
En estos meses previos a las elecciones, la revista de Gambini intervino reproduciendo ampliamente el discurso alfonsinista –con eje en la ruptura con el pasado y su cuestionamiento a ciertas corporaciones, como los sindicatos y las Fuerzas Armadas (Aboy Carlés, 2001)– y tomó parte en los debates y las acusaciones que atravesaron la etapa de la reorganización partidaria. Por ejemplo, cuestionó las críticas de los dirigentes peronistas que emparentaron a Alfonsín con la Unión Democrática de 1946 por haber sumado apoyos de otros partidos para su candidatura.[26] Para ello, recordó la extensa tradición acuerdista del peronismo desde su propio origen en 1945-1946 y, más aún, expuso las contradicciones del planteo justicialista al informar, no sin cierta ironía, que Ítalo Luder –en ese momento precandidato presidencial por el justicialismo– había sido candidato a diputado en 1946 nada menos que de la propia Unión Democrática por la provincia de Santa Fe,[27] con lo que contaba en su haber “el curioso antecedente de haber votado por Tamborini-Mosca, en contra de Perón” (Hugo Gambini, agosto de 1983, p. 11).[28]
En agosto de 1983, cuando ya Alfonsín era el candidato radical, pero aún no estaban definidas la candidatura peronista y la de otros partidos, la revista de Gambini revalidó su pronóstico respecto de la consagración de Alfonsín como uno de los preferidos del nuevo tiempo político, señalando: “Han pasado doce meses y hoy el ‘fenómeno de Alfonsín’ es un hecho irreversible. Gane o no las próximas elecciones nacionales, es imposible ignorar la fuerza arrolladora de su ascenso político”. Redacción se autoasignaba una posición destacada al haber anticipado el ascenso del dirigente radical y señalaba con cierta jactancia: “Muchos de los que sonreían con suspicacia ahora se han convertido en acérrimos partidarios de su candidatura” (Redacción, agosto de 1983, p. 15).
La campaña electoral y el triunfo de “el favorito”
La consagración de la fórmula Alfonsín-Martínez en la convención radical celebrada entre el 28 y el 30 de julio de 1983 fue interpretada como un hecho esperable pero cuya temprana resolución, por oposición a la interna peronista, configuraba una ventaja del radicalismo sobre su rival. Sin embargo, a partir de septiembre de 1983, la definición de las listas de ambos espacios[29] y el inicio oficial de la campaña electoral implicó un cambio en el tono de la revista, que conforme se acercaron las elecciones, asumió una posición marcadamente opositora y denuncialista de la alternativa peronista. La consagración de Herminio Iglesias como candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires, y la centralidad de la rama sindical en la definición de las candidaturas justicialistas –personificada en la figura del jefe de la Unión Obrera Metalúrgica y de las 62 Organizaciones, Lorenzo Miguel–, fue leída, además de como la principal constatación de la veracidad del denunciado “pacto militar–sindical”, como un factor desestabilizador para la anhelada democratización (Redacción, septiembre de 1983, p. 12).[30]
Ante el peso del sector sindical en la interna justicialista, el editorial de Gambini no dejaba dudas sobre su posición ante un eventual triunfo peronista en las elecciones de octubre y, en un directo mensaje al electorado, señalaba:
Hasta no hace mucho se pensaba que un gobierno radical correría el grave riesgo de que los sindicatos lo desestabilizaran desde la oposición. Ahora se teme –con razón– que un gobierno peronista asuma con el virus de la desestabilización en su propio seno. […]. No hay duda de que los sindicalistas se preparan para “gobernar”. Y los militares para volver. Felizmente, alguien puede impedir todavía que esto ocurra: la ciudadanía (Hugo Gambini, septiembre de 1983, p. 11).
Destáquese en esta interpretación la asociación negativa entre el actor sindical y el militar, a tono con la denuncia del “pacto” realizada por Alfonsín, y la oposición de este binomio con la “ciudadanía”. Más importante aún era el solapamiento implícito entre esa ciudadanía y el radicalismo alfonsinista, ya que en definitiva para la revista, en la coyuntura electoral de 1983, lo único que realmente podía impedir la realización del pacto era la llegada de Alfonsín al poder a través, sí, del voto ciudadano.
La edición de octubre, última antes de los comicios que se realizaron el 30 de ese mes, expresó de manera cabal la posición de la revista al consagrar su tapa a la imagen de Alfonsín en plena toma de la palabra, con un gesto enfático con su puño cerrado, junto con un titular que lo presentaba como “El favorito” (figura 2). La publicación incluía una entrevista realizada por los directores al candidato radical, a quien los sondeos de opinión señalaban, según la publicación, como el “candidato notoriamente favorito”. Sin dudas este número, especialmente consagrado a analizar los futuros comicios, puede ser caracterizado como el punto más alto en la estrategia editorial de Redacción para orientar el voto ciudadano en favor del candidato radical.
A fin de fundamentar su posición en favor de Alfonsín, Gambini realizaba un minucioso contrapunto entre este y Luder en el que se proponía reforzar ante los lectores la evidente primacía política del primero sobre el segundo. En sintonía con su editorial de septiembre de 1983, la comparación presentaba a Luder como un candidato colocado por “los jerarcas del poder sindical autoritario que hoy maneja al Partido Justicialista”, condicionado y sin control sobre el aparato partidario, marginado de los miembros de su partido más calificados, con una imagen pública poco atractiva, con escasos dotes de oratoria, conduciendo un espacio político obsoleto, sin liderazgos claros, pleno de actitudes violentas y preso de internas irreconciliables. Alfonsín, en cambio, aparecía caracterizado como un dirigente joven de un partido en pleno proceso de renovación y aggiornamiento a los nuevos tiempos, con la confianza en su figura de los propios radicales y de los sectores independientes, con un abierto compromiso con la democracia, las libertades y la justicia, una imagen altamente positiva y una campaña que había batido récords de movilización y fervor cívico (Hugo Gambini, octubre de 1983, p. 11).
Figura 2. Redacción, ¿una revista alfonsinista antes del alfonsinismo? (octubre de 1983)

Fuente: Hemeroteca del Congreso de la Nación Argentina.
El tan inesperado como contundente triunfo electoral radical por el 52 % de los votos en las elecciones del 30 de octubre de 1983 pareció otorgar validez a los diagnósticos y las interpretaciones construidos por Redacción en la coyuntura de la transición, confirmación que fue profusamente citada en tono autocelebratorio en las ediciones de noviembre y diciembre, como prueba de la capacidad de anticipación de la revista (“Una vez más, Redacción no se equivocó”; Redacción, noviembre 1983, p. 5). Esto contrastaba, además, con la posición de otras publicaciones que, enfatizaba, “bailotearon –como siempre– al compás del exitismo, anunciando un día que ganaba Alfonsín y al otro que triunfaba Luder” (Redacción, noviembre de 1983, p. 7).
El editorial de Gambini consagrado al análisis de la elección de Alfonsín no escatimó en alabanzas y elogios para con el recientemente electo presidente de la nación. En un relato apologético de la figura de Alfonsín, escrito en clave personal, el director de Redacción expresó que lo conocía hacía tiempo, que podía dar cuenta de su “trato afable” y que no había “ninguna ficción en su personalidad pública que esconda una cara diferente”. Recordó asimismo que, sin ser él mismo radical, había aceptado redactar en 1972 un folleto de campaña interna para el ahora elegido mandatario, en el que ya había advertido las virtudes de quien en ese momento no había podido consagrarse como candidato por su partido (Balbín fue finalmente el candidato presidencial en marzo de 1973). Concluía la narración del ascenso y la victoria alfonsinista con una arenga que rezaba: “Señor Presidente: ¡adelante y buena suerte!” (Hugo Gambini, noviembre de 1983, pp. 10-11).
La posición pública de Gambini evidentemente lo acercó al nuevo oficialismo, y, luego de asumir el nuevo gobierno el 10 de diciembre de 1983, sería designado como presidente del directorio de la agencia nacional de noticias Télam (según se informó en Redacción, “por expreso pedido del presidente de la Nación”) (Redacción, diciembre de 1983, p. 9). En consecuencia, a partir del número 130 de diciembre de 1983, López Saavedra, quien venía ejerciendo las funciones de directora ejecutiva en los últimos cinco años, asumió la dirección general de Redacción. El primer editorial a su cargo, titulado “La República encontrada” –en alusión contrastante con el nombre del recientemente estrenado documental La República perdida–,[31] ofrecía una sucinta revisión de la historia argentina centrada en el problema de la inestabilidad democrática hasta llegar al actual retorno de la institucionalidad. Para la revista, el arribo de Alfonsín a la presidencia marcaba el fin de una etapa y el inicio de otra nueva, y consagraba su atención a los principales desafíos de la herencia dictatorial, como ser el problema del juzgamiento de los delitos vinculados con la represión, el endeudamiento público y la crisis financiera. Si bien entonces al flamante presidente le esperaba una “dura faena”, se afirmaba que tenía los suficientes atributos para gobernar: “capacidad, sentido común, humildad para escuchar y también fuerza en sus decisiones” (Emiliana López Saavedra, diciembre de 1983, p. 11).
Conclusiones
En el contexto de la transición, las revistas políticas constituyeron actores claves en la reorganización del espacio de debate político y en la reconstrucción de un imaginario democrático. El tema político en general y, en particular, la cuestión partidaria y electoral atravesaron casi todos los espacios de la superficie redaccional de estas publicaciones que se consagraron a un reposicionamiento que abandonó cualquier forma de legitimación dictatorial en un nuevo contexto de enunciación pública notablemente modificado en función de la valoración de la democracia.
En este marco, la cobertura realizada por Redacción rápidamente se articuló con los valores cívicos enaltecidos por la opinión pública luego de la derrota en Malvinas. Pese a su fervoroso apoyo a la acción, rápidamente retomó su prédica en torno a cómo debía ser la “salida” hacia la nueva república, e inclusive adoptó un rol pedagógico y de decidida intervención pública para “educar” al ciudadano en las responsabilidades que demandaban el tiempo por venir. Pero la originalidad de la posición de la revista fue su temprana apuesta por Alfonsín, en cuanto dirigente que contenía una esperanza de renovación de las prácticas políticas; un “fenómeno” inesperado que captaba la atención de las nuevas y viejas generaciones por igual. A medida que su figura fue creciendo, Redacción reprodujo y, más aún, coprodujo algunos de los ejes discursivos fundamentales del proyecto político alfonsinista: el carácter refundacional de la democracia, el combate a las corporaciones –con eje en el binomio militar-sindical–, la valoración de la justicia como respuesta al autoritarismo y la impunidad militar, el rechazo a las prácticas políticas violentas o la revalorización de la Constitución fueron algunos de los elementos característicos de la prédica del dirigente radical que encontraron en la publicación una caja de resonancia y un espacio de producción de los nuevos lenguajes políticos fundamentales para el proceso de transición a la democracia.
A partir, entonces, del rol adoptado por la revista en la construcción del “fenómeno Alfonsín”, vale preguntarse en qué medida, además de un fenómeno político, la consagración pública de Alfonsín fue también un fenómeno mediático. Y, en forma concomitante, de qué manera las coberturas mediáticas como las aquí estudiadas contribuyeron a la construcción del nuevo liderazgo político que encarnó el dirigente radical. Si bien las respuestas a estos interrogantes exceden con creces los alcances del presente trabajo, los resultados aquí obtenidos permiten plantearlos como disparadores para indagar en futuros trabajos.
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- Este capítulo fue originalmente publicado en la revista Pilquen. Sección Ciencias Sociales, 26(2), abril-junio de 2023, 35-61.↵
- Se había iniciado en el periodismo en 1957 en La Vanguardia y luego trabajó en El Avisador Mercantil, Crítica, Noticias Gráficas, Crónica, Vea y Lea, Leoplán, El Economista, Primera Plana, Panorama, Siete Días y La Opinión. Tenía una orientación política ligada al socialismo.↵
- Armando Alonso Piñeiro y Osiris Troiani (“Internacionales”), Carlos Quirós (“Política Nacional”), Daniel Muchnik, Pablo Kandel y León Schwartzman (“Economía”), Gabriel Ribas y Luis Alberto Romero (“Historia”), Pablo Mendelevich, Pablo Sirven, Gregorio Weinberg, Jaime Potenze, Kive Staiff (“Cultura”) y Oscar Troncoso (“Actualidad y Cultura”), entre otros.↵
- Entrevista realizada a Hugo Gambini por María Paula Gago, 22 de marzo de 2011.↵
- La revista realizó una celebración por sus diez años el 19 de abril de 1983 en el Hotel Plaza de la Ciudad de Buenos Aires, de la que participaron los principales dirigentes políticos del momento, empresarios, periodistas y otras personalidades (con una casi nula participación de militares). Puede verse una amplia cobertura fotográfica del evento en la edición de mayo (Redacción, mayo de 1983, pp. 48-67). ↵
- Un artículo de la Constitución que ya Gambini había citado en su totalidad en marzo de 1982 al comentar un caso de tortura (Hugo Gambini, marzo de 1982, p. 11).↵
- Para ese momento los principales partidos políticos se encontraban reunidos en el marco de la Multipartidaria, un espacio de recomposición partidaria desde el que se intentaba negociar con el gobierno militar una mayor apertura política. Los partidos estaban en pleno proceso de lenta reconstrucción interna, no estaban preparados aún para una inmediata toma del poder y, por ende, presionaban por soluciones negociadas con las Fuerzas Armadas.↵
- El estatuto sería sancionado finalmente por el nuevo presidente militar Reynaldo Bignone luego de la derrota en Malvinas, en agosto de 1982. Su sanción, junto al levantamiento de la veda política, otorgó claros indicios de la voluntad militar de orientar el régimen hacia la salida democrática (Quiroga, 2004, pp. 320-321). ↵
- Tampoco el tema estuvo presente en la tapa de la edición, siendo exclusivamente mencionado en el editorial de Gambini.↵
- La tapa de abril incluía una foto de varios soldados alzando una bandera argentina, bajo el título de “No pasarán!”, mientras que en la portada de mayo se anunciaba triunfal “La Royal Navy se hunde!”, por sobre las fotografías de tres barcos de guerra británicos.↵
- Luego de la guerra, la Junta Militar gobernante se disolvió por las profundas disputas entre las armas, luego de lo cual quedó transitoriamente solo el Ejército al frente del gobierno. El 1.º de julio de 1982, el general Bignone asumió como nuevo presidente de la Nación y, a fines de septiembre de 1982, la Junta volvió a reconstituirse con la Fuerza Aérea y la Armada.↵
- Yofre, ligado en su momento a Ricardo Balbín, había sido uno de los asesores de Videla que había intentado promover el acercamiento del gobierno militar a los civiles.↵
- La cuestión de la definición de los procesos de “transición” ha sido largamente debatida en las ciencias políticas y sociales, y el tema excede los objetivos de este artículo. Para una revisión del caso argentino, véase Mazzei (2011) y Reano y Garategaray (2021).↵
- Una referencia que se enlazará con el discurso del propio Alfonsín, que en cada acto de su campaña proselitista en 1983 finalizaba con la recitación del Preámbulo de la Constitución Nacional. ↵
- En la publicidad que promocionaba la novedad, se preguntaba: “Qué es un diputado? Quiénes hacen una plataforma? Cómo funciona un partido? [sic]”. Y en el primer fascículo, enunciaba en tapa: “Cómo votar”. ↵
- Alfonsín ya había sido tapa de la revista por primera vez durante el periodo dictatorial en mayo de 1980, bajo el titular “Alfonsín: los errores del gobierno”, que anunciaba una entrevista realizada por López Saavedra (pp. 24-29). La entrevista giraba en torno al “diálogo político” que a inicios de 1980 el gobierno militar había entablado con ciertas fuerzas civiles.↵
- Ciudad de la provincia de Buenos Aires ubicada a poco más de 100 kilómetros de la Capital Federal de la cual era oriundo y donde inició su carrera política.↵
- Illia era el referente de la Línea Córdoba en la interna radical y durante la dictadura se acercó a la posición más combativa de Alfonsín (Tcach, 1996, pp. 36 y 44). En efecto, de la convergencia entre ambas corrientes surgirá la fórmula presidencial Alfonsín-Víctor Martínez. La figura de Illia había retornado furtivamente a la palestra pública en 1982 y en vinculación con Alfonsín, cuando en soledad éste había propuesto, pocos días antes de la invasión a Malvinas, que asumiera un gobierno de transición conducido por un dirigente civil designado por la Multipartidaria, que en su consideración debía ser Illia. Cuando en junio de ese año Alfonsín insistió con la propuesta, el mismo expresidente la rechazó públicamente (Novaro y Palermo, 2003, pp. 470-471). ↵
- El peronismo se encontraba atomizado entre una gran cantidad de líneas internas y con un peso importante del actor sindical en su estructura partidaria (Ferrari, 2013, pp. 27-37). ↵
- Luego del golpe de 1976, Alfonsín, aun desde una posición interna minoritaria, se diferenció de Balbín tanto por su posición más crítica de la dictadura –aunque, en un primer momento, propició de manera efímera salidas concertadas–, por su propuesta de una mayor autonomía con relación al peronismo –sin recaer en una posición antiperonista– y por el reclamo con respecto a los derechos humanos (rol que además ejerció como miembro cofundador en 1975 de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos). Sobre la trayectoria de Alfonsín, véase Gerchunoff (2022); Masi (2014); Muiño (2013).↵
- A los fines de nuestro trabajo, destáquese que Alfonsín contó con la adhesión de un grupo de socialistas desencantados con su partido que formaron el Movimiento Radical Socialista y del que formó parte Gambini. Ese grupo fundó el Centro Alfredo L. Palacios, que fue inaugurado por Alfonsín a fines de junio de 1983 (Ferrari, 2013, p. 147).↵
- Hugo Gambini, noviembre de 1982, p. 9. En la misma edición, puede consultarse la entrevista de López Saavedra a la periodista Magdalena Ruiz Guiñazú sobre la libertad de prensa (Redacción, noviembre de 1982, pp. 70-72). ↵
- Véase como ejemplo la tapa de diciembre de 1982: “La protesta civil”. ↵
- Hacia abril de 1983, se verificó un inédito proceso de reafiliación partidaria, por el cual el 31 % de los ciudadanos habilitados para votar se habían afiliado a alguna agrupación política (siendo ese porcentaje históricamente de un 10 %) (Melo, 1989: 42). El fenómeno tomó tal envergadura, que hasta las afiliaciones de personajes famosos eran anunciadas por la prensa (Ferrari, 2013: 47). ↵
- El rumor sobre ese posible pacto había surgido primero de la propia interna peronista, cuando en octubre de 1982 Nilda Garré −vinculada a la izquierda peronista− señaló que el poderoso gremialista Lorenzo Miguel estaba preparando ese acuerdo. Alfonsín logró darle masividad al rumor al denunciarlo públicamente en abril de 1983 y con ese acto trasladó simbólicamente el desprestigio que recaía sobre los militares hacia el sindicalismo −principal sostén del poder peronista−, además de vincular al peronismo con las prácticas políticas del pasado que se querían superar. La denuncia ganó adhesiones en una opinión pública proclive a rechazar un pacto corporativo que se daba de espaldas a la ciudadanía y contrastaba con los valores democráticos que debían prevalecer en la nueva etapa que estaba naciendo. Sobre el pacto, véase Ferrari (2013, pp. 65-77); Franco (2018, pp. 270); Melo (1989, pp. 48-49); Quiroga (2004, pp. 342); Suriano y Álvarez (2013, pp. 231).↵
- La Unión Democrática se había conformado justamente con varios partidos –como el radicalismo, el socialismo, los comunistas y los demócratas progresistas–, en una alianza electoral para hacer frente a la candidatura presidencial de Juan Perón. ↵
- Luder había sido afiliado radical hasta fines de 1946 (Ferrari, 2013, p. 157).↵
- José Tamborini y Enrique Mosca fue la fórmula presidencial de la Unión Democrática en 1946. ↵
- La candidatura presidencial justicialista fue conformada por Ítalo Luder-Deolindo Bittel.↵
- La figura de Iglesias, caudillo peronista de Avellaneda de íntima vinculación con los sindicatos, estaba asociada a las prácticas violentas de un sector del peronismo; inclusive el congreso que aprobó su candidatura fue caótico, con grupos violentos que respondían a Iglesias copando el lugar donde se desarrolló (Ferrari, 2013: 158).↵
- Documental estrenado en septiembre de 1983 que narraba la historia argentina desde 1930 hasta 1976 en una clave histórica reivindicada por el radicalismo.↵






