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3 Los ojos de Buda

Cynthia Acuña Matayoshi

Lacan observa en el seminario 10 que en la estatua del Buda de Kamakura (en Japón), “no hay abertura del ojo” (Lacan, 2006: 246). Sus párpados dejan ver una hendidura que no es ni tan abierta para ver las pupilas ni tan cerrada para suponer que el Buda no mira −es decir, para suponer que tiene los ojos cerrados−.

Los ojos del Buda de Kamakura remiten al Caos. De la Cosmogonía de Hesíodo deriva la idea de que “en primer lugar existió el Caos” (que no se refiere a un desorden de los elementos sino a un espacio abierto, a un abismo).[1] Caos es el primer elemento para la creación del mundo. El término significa espacio que se abre o hendidura, vacío que ocupa un hueco. La imagen más apropiada para el caos es la de ese espacio que se abre en el bostezo, en una herida o en la abertura de una caverna.

Los ojos del Buda representan esa hendidura velada, pero siempre presente en la realidad, “el caos anida en el Logos” (Mindurry, 2012: 20). El caos está velado, en la cultura, por los mitos, quizás también por la literatura (y en relación con este punto voy a hacer una salvedad enseguida). En el neurótico está velado por el fantasma y por los síntomas.

Desde hace ya un tiempo estoy pensando en esta relación, la de la literatura y el psicoanálisis. Hay un punto que los une: es la escritura. Cito a Liliana Díaz Mindurry:

Escribir es […] un acto incesante, sin principio ni fin, entregarse a eso que no termina, entregarse a la angustia como a brazos amados y sacar de la angustia algo nuevo, completamente distinto, que no dejando de ser angustia es más que eso (Mindurry, 2012: 15).

La historia de un sujeto es escritura del inconsciente. ¿Quién escribe?, ¿escribe ello?, ¿escribe el sujeto? Yo diría que escribe el sujeto, que no es el yo. Escribe esa parte del sujeto más inconsciente y más ajena del yo. La historia es un texto que tiene tachaduras −como los manuscritos de Freud−, que tiene forclusiones, agujeros, repeticiones. Eso escribe.

Y en la literatura el escritor también escribe −y me refiero a la ficción−, entonces, ¿qué es lo que pasa?, pasa que no escribe él sino que −del mismo modo que sucede en el análisis− escribe ello; luego, por supuesto, hay una versión publicable que sí se hace con la conciencia, esta es la versión del velo a la que me refería recién cuando dije que la literatura también es un velo. Pero la primera versión es bastante ajena a la conciencia, proviene de la caverna. Y esa escritura ficcional es como una versión monstruo, una especie de Frankenstein, un fantasma del escritor.

Ahora bien, a mí nunca me conformaron las respuestas que se dieron acerca de por qué Freud estaba tan interesado en la literatura. Y tengo la impresión de que Freud sabía, en algún sentido, que la escritura de ficción es un acto de descorrer el velo, de entrar a la caverna. Por supuesto, hay que decir que descorrer el velo es encontrar y construir otro velo, y así sucesivamente. Porque a la caverna −en términos de real− jamás se entra. Este es el alimento perpetuo del escritor, el fracaso de la propia escritura. Dicho fracaso tiene que ver con la imposibilidad de escribir el Caos, de acceder a él, de escribir lo real, de dar cuenta de la hendidura del sujeto. Eso no puede escribirse, pero en los textos literarios hay un acercamiento, un modo placentero de acercarse a eso.

La literatura, dice Liliana Díaz Mindurry

escribe haciéndose cargo de la imposibilidad de escribir. En otras palabras, asume la paradoja máxima. La insatisfacción será total y habrá que asumirla […]. Apuesta al absurdo […]. Asume el caos sin forma, las tinieblas, el desorden, la confusión, el vacío mismo (Mindurry, 2012: 14).

La pasión de la literatura −también del lector− es la promesa de algo que no sucede o que sólo sucede de manera fragmentaria, fugaz, evanescente. Más allá de las marcas que deja. Porque uno no es el mismo después de ciertas lecturas (novelas, cuentos, poemas). De ahí sale otro.

Escribir ficción impone la cuestión de meterse con lo que quedó afuera de la historia, como en el mito de Moisés. Es darle lugar a lo que fue expulsado.

El análisis, dice Freud, tiene límites, no es interminable. Pero siempre puede haber alguna ola que remueva las aguas y envíe a alguien a reelaborar cuestiones que ya estaban escritas. Pienso que toda reelaboración es la revisión o la inclusión de una tachadura, para tomar la imagen de los manuscritos de Freud. Lo tachado, lo excluido del texto puede exigir nuevas elaboraciones. Por eso, cada análisis tiene un final pero que no es un punto final. Es simplemente un punto a ese escrito, a esa versión. Igual que en los textos. Uno no termina jamás un texto porque piensa que está concluido. Los textos se terminan por cuestiones diversas, casi como los tratamientos. En algún momento uno dice “llegué hasta acá”.

Por otra parte, está la cuestión de la imposibilidad de alcanzar una totalidad, la cuestión de la asunción de lo parcial como única forma de goce y deseo. Esto es algo que encarna el poema, como forma máxima de literatura. La poesía es precisamente un acto de arrojarse al vacío de los significantes, de vaciarlos de sentido, de arrancarlos del sentido común y reordenarlos de otra manera, insinuando lo innombrable.

Dice María Negroni: “el poema actúa precisamente una imposibilidad: la de condensar significado y significante” y, por otro lado, el poema fracasa. “Este fracaso es espléndido y debe celebrarse porque con él se pone de manifiesto lo construido (lo falso) de la verdad simbólica” (Negroni, 2015: 25).

La poética es un espacio en donde lo simbólico puede pulverizar sentidos demasiado arraigados, lazos no cuestionados, juegos que la lengua materna no puede romper. Es otra lengua, una lengua siempre extranjera.

Pensaba nuevamente en el Buda, que no tiene los ojos cerrados ni tampoco abiertos, ¿es ese gesto de los párpados la indicación de que convivimos con esa caverna? A los pies del Buda de Kamakura la gente va a meditar o a sacarse fotos, esas cosas que hace uno cuando puede.

Bibliografía

Díaz Mindurry, Liliana (2012). La maldición de la literatura. Buenos Aires: Ruinas Circulares.

Lacan, Jacques (2006). El seminario. Libro 10. Buenos Aires: Paidós.

Negroni, María (2015). La noche tiene mil ojos. Buenos Aires: Caja negra.


  1. Le siguen Gaia y Eros. Gaia, “la materia en vías en formación” y Eros, “fuerza que empuja a las combinaciones” (Díaz Mindurry, 2012: 18).


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