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2 Clínica psicoanalítica: una cuestión de límites

Demandas actuales, ¿nuevas patologías?

Silvia Beatriz Zanelli

Una lectura dialéctica e intertextual permite extraer con rigor la fecundidad de Más allá del principio de placer (Freud, 1920). La experiencia clínica que dio origen a la teoría psicoanalítica advierte sobre el poder primario de una compulsión de repetición que lleva en dirección a la pulsión de muerte. Como punto de inflexión, marca un antes y un después en la conducción de la práctica y, a su vez, se constituye en principio del campo subjetivo.

Freud aborda los límites de una estructura que, guiada por el deseo como deseo del Otro, se avizora como no-toda. No todo es libido. El dualismo en 1920, con Thánatos como núcleo a-sexuado, es obstáculo a su aspiración ilimitada y anticipa la no relación sexual en tanto impropia para ser realizada. La sexuación no responde al orden natural. Ella solo es pensable entrecruzada y anudada a la muerte que es para la vida su riel. El falo no se justifica por la fisiología. Es la función del Padre la que decide las vicisitudes de la identificación sexuada en tanto significante. Así, la inscripción de todo sujeto por la función fálica encuentra su límite. Al no confesar su esencia, ella, la mujer, al carecer de representante psíquico, le recuerda el no todo a la función fálica. El encuentro con el falo imaginario requiere del pasaje al estatuto significante. Esto es, con el falo como símbolo de la falta habrá metáfora paterna. En virtud del pasaje aludido el falo deviene significante privilegiado del deseo en tanto lo es de un goce excluido. El significante de la falta en el Otro impone los límites de otro modo. ¿Cuáles son los antecedentes?

La posición metapsicológica de 1915 ha resuelto cómo opera la curación por el análisis. Empero, hay cuestiones que restan interrogando a Freud profundamente. Así pues, los efectos de algo otro inconsciente que no coincide con lo reprimido cuestionan el imperio de lo verdadero. Más allá de lo reprimido hay silencio, silencio de la pulsión de muerte que, en tanto Cosa a-sexuada, nos enseña que el saber ahí desfallece. No hay lenguaje del ser. La exploración de los sueños condujo al núcleo de nuestro ser, que, conjugado al olvido, deja sellado que ser no es más que olvidar. Lacan dirá no hay Otro del Otro. Se advierte así la insuficiencia de lo inconsciente reducido a lo reprimido. El síntoma histérico, en tanto bisexual, grita la no relación. Como sustituto denota lo fecundo de la inscripción significante, cuestión que lo ofrece para su desciframiento en transferencia. Sin embargo, un riesgo se avizora cuando la curación misma puede devenir satisfacción sexual sustitutiva igual que el síntoma (Freud, 1919). A su vez, si bien es cierto que el éxito de la represión consiste en evitar el displacer empero, los casos de represiones fracasadas en los que un exceso perturba en demasía revisten, para el autor, mayor interés teórico. Como satisfacción que burla toda defensa se anticipa allí donde “otro placer, un placer directo, no puede ganarse con la cesación del dolor. El dolor es también imperativo […]” (Freud, 1915: 141).

Sin embargo, la reversión que conmueve los cimientos de la teoría no anula lo anterior. Más allá escande y anuda la teorización freudiana; es corte que recomienza con otra luz. Lo nuevo y asombroso que insiste como displacer es heterogéneo al placer de desear. Lo real despunta en el horizonte de Más allá interrogando el despliegue de la mera repetición significante. Con el antecedente de la represión primaria es necesario que el significante tome una posición que detenga, que fije. Se avizora un punto de discontinuidad que, haciendo apertura al fundamento es necesario poner en causa. Como tropiezo despertante, un nuevo lustre quiebra la opacidad de lo verdadero que adormece.

Así pues, que el universal se enuncie para ser negado es lo que introduce el rasgo conservador de la pulsión de muerte. En el capítulo tercero, la adscripción de lo reprimido a la compulsión de repetición da cuenta de un nuevo funcionamiento en el cual no se puede desconocer la acción primaria de Thánatos. El retorno de lo reprimido hace retornar el trazo que al ser escrito representa la marca del sujeto. La repetición conjugada al enraizamiento en el unario decide la entrada en lo real y convoca al sujeto de la enunciación, en tanto concernido a lo real.

Esperando la construcción de la segunda tópica, Freud dará cuenta de ese núcleo que resiste excluido del campo de la libido. Se avizora algo otro inconsciente que en el núcleo del yo opera como fundamento. El recorte de un cuerpo que “no es sólo una entidad de superficie sino en sí mismo la proyección de una superficie” (Cosentino, 2011) deviene allí soporte. Su capacidad escindible garantiza los límites normativos por los cuales en los bordes la sabiduría de un goce en pérdida honra la vida que, por la pulsión de muerte, es otra cosa.

Con estas cuestiones que impulsan la investigación hacia la articulación definitiva del yo y tomando los elementos que se avizoran en el más allá, concluimos que el renovado perfil de la clínica psicoanalítica conduce a interrogar sus límites. Más acá y más allá de la neurosis de transferencia son las cuestiones que conjeturamos.

Demandas actuales, ¿nuevas patologías? Como presupuestos estériles para el bienestar de un sujeto, la aspiración freudiana orientada a trascender lo meramente descriptivo le permitió, sirviéndose de sus maestros, ir más allá de los mismos. Su apuesta por una posición de escucha inédita lo condujo a desgajar un trazo que, en Nombre del Padre, contribuye a pensar los límites del campo analítico más acá y más allá de la neurosis de transferencia.

El sueño es un referente que atraviesa el texto acompañando, con el fracaso de su función, novedades insoslayables que rinden homenaje a la actualidad de este escrito para interrogar la clínica de hoy. Si cae la interpretación es tan sólo para desalojar a la misma de su equiparación a la mera repetición simbólica. El retorno de lo reprimido inconsciente hace retornar elementos cuya lectura en transferencia marca rasgos singulares que no son sin consecuencias para la redistribución del goce en la economía subjetiva. Es necesario tener una idea sensible de la satisfacción en el displacer como punto que sobrepasa cierta medida.

Esperando al masoquismo erógeno primario, en los bordes, no se trata de transgresión sino desviación débil que irrumpe en campo prohibido.

Si el defecto es lo normativo y la aspiración al todo del principio de placer es irrealizable ¿bajo qué ley obtiene goce un sujeto? No es igual la pizca de placer signada por la entropía que el terror reiterado que torna imposible la posibilidad deseante. Si para Lacan todo sueño es una pesadilla moderada (Lacan, 1975-76), empero, hay modos y modos de despertar. El sueño como pesadilla moderada vale como metáfora del fracaso inherente a la formación onírica y a la realización del deseo sólo pensable como intento. Sin embargo, la novedad de Más allá, es que en su horizonte un punto de terror despunta amenazante como algo impropio para ser realizado. No es lo metafórico del deseo sino lo que deviene el deseo más allá de la norma. Defecto que asegura un goce moderado que no se opone al deseo sino más bien lo reafirma en su consistencia real más allá del reconocimiento como deseo del Otro. Empero, es necesario concebir que hay casos en que el fracaso se impone como sueño de angustia, pero también el reiterado despertar con renovado terror como exceso que perturba en demasía impide la emergencia de la enunciación deseante. La falta de escansión significante de ese goce desregulado, desviado del lazo al Otro, se acerca a la pesadilla, al insomnio. No es sueño de angustia.

Con estos elementos podemos desprender del escrito de Más allá la posibilidad de pensar la clínica de hoy. Dos cuestiones impactan sobre el tenor y los límites del campo analítico. Por un lado, la inclusión del rasgo recuperador de goce y su anudamiento a la repetición reubica la direccionalidad de la interpretación y permite pensar un más allá de la neurosis de transferencia; y por otra parte, la neurosis traumática, más acá de la neurosis citada, conduce a interrogar la imposibilidad de colocar el objeto a en el campo del Otro, esto es, la posibilidad de transferencia. Así pues, si el sujeto le debe su existencia a la muerte, es el entrecruzamiento pulsional el que permite interrogar las vicisitudes de los referentes que aparecen para dar cuenta de una compulsión de repetición primaria a la norma del placer y a la posibilidad deseante.

La repetición del Fort en soledad marca con su acto el nacimiento de un sujeto que, con la experiencia impresionante, prueba de una pérdida que hace del Fort-da, a posteriori, el gran logro simbólico. Su valor significante hace agujero a toda concepción motricista o imaginaria del juego de presencia-ausencia. La posibilidad de elaboración psíquica que allí se demuestra contrasta con casos contrarios como la vida onírica en la neurosis traumática de guerra. Vuelve el trauma, pero esta vez para poner en comparación la histeria con la citada neurosis. Un matiz novedoso lo caracteriza como trauma externo cuando en el capítulo primero la reacción anímica promete esclarecimiento sobre la pregunta por el displacer contrario al placer de desear (Freud, 1920). De este modo, la fijación inconsciente al trauma no sólo es condición de las denominadas neurosis traumáticas. Freud no renuncia a una aspiración unificadora, sirviéndose de la extensión de la líbido al campo de la neurosis narcisista, concluye que toda neurosis es neurosis traumática elemental. Así pues, sin anular la singularidad de cada una de sus formas, la represión que está en su base es reacción frente a un trauma (Freud, 1919).

La procedencia del displacer en el Manuscrito K (Freud, 1896) queda como enigma allí donde se basa sobre el modelo de la neurosis de angustia. Sin embargo, el displacer insiste atravesando el escrito de 1920 y ordena las cosas de otro modo. Con el más allá, algo contrario al deseo conduce a la advertencia sobre la reacción anímica frente al peligro exterior. La revisión del trauma, a la luz de comparaciones clínicas, conduce a un punto de exterioridad que, como trauma externo, deviene interior a la estructura. La histeria es el paradigma de la posibilidad de tratar al peligro interior como si fuera un peligro que viene de afuera. Así pues, el displacer, tratándose de una interrogación sobre el goce, contribuye a reflexionar sobre la comparación aludida cuyo rasgo distintivo se circunscribe al grado de padecimiento subjetivo. Frente al terror las respuestas son diversas. Para la histérica, eso pesa, da asco y huye espantada. La conversión le ofrece una solución que torna morigerado su padecimiento. A partir de ahí, ese afecto dará el tono particular a la posición histérica en su diferencia al exceso del padecimiento desorganizador que conlleva el terror que no cesa. Si todo sueño es una pesadilla moderada, la omisión de esa morigeración es el rasgo que justifica a la neurosis traumática de guerra.

Con la pregunta central por el displacer se avizora una clínica orientada a un más allá del síntoma. Si bien la conversión vale como sustituto de lo reprimido, con su estructura bisexual cuenta también en él la escritura de un goce refugiado que es necesario remover para que el deseo pueda emprender su vuelo. Las virtudes de la transferencia analítica abren el paso del síntoma al analista que, al ser producido, adquiere también estatuto de objeto irreal, ubicándose en el centro de la neurosis neoproducida. Habrá lugar allí para la mediación de la palabra que, en función del Padre, deviene saber en el lugar de la verdad. El despliegue del decir verdadero colabora para que un goce refugiado neuróticamente circule y se economice a favor del bienestar del sujeto. Esto es, ir más allá de neurosis de transferencia conduce a escandir y remover los modos de goce. Así es posible obtener otro efecto que la angustia neurótica. Ir de lo universal a lo singular modificando la distribución del goce requiere de la respuesta singular del sujeto al enigma que lo trabaja. Sólo por el decir verdadero un escrito es posible. Una marca propia pone coto a un modo de goce que, sostenido en el exceso, se opone al bienestar.

¿Cómo impacta la reversión teórica de 1920 sobre la interpretación analítica? Si desde 1900 la interpretación entra por lo simbólico, a partir de la pulsión de muerte promete alcanzar algo más allá. Esto solo es posible si el trazo logra ser escrito como marca del sujeto memorando la pérdida de goce que el objeto a como resto simboliza. Más allá de la ley del Otro, la repetición adquiere una vertiente más estructurante como denotación del rasgo unario que conmemora la irrupción de goce (Lacan, 1969-70). Con la fe puesta en el Otro como el lugar donde el saber se instituye, la interpretación analítica se distingue porque en lo que se articula como saber ella apunta a efectos que devienen sensibles como verdad de la división misma.

Sólo a través de la transferencia analítica, por el decir verdadero, lo singular de un trazo deviene audible ofreciéndose a la lectura. La neutralidad del analista, al abstenerse como interpretante, tiene como correlato la subversión de todo sentido. En esa dirección, la interpretación hace resonar otra cosa que el mero sentido. Si la poesía permite la interpretación, sólo lo es por la equivocidad que, justificada por leyes primarias extrínsecas al sentido, permite que la palabra haga función de otra cosa. En esta línea, Lacan apela a la palabra poética por el doble efecto tanto de sentido como efecto de vacío, de agujero. He ahí las virtudes de la inscripción significante y el retorno de lo reprimido cuya consistencia solo gira alrededor de un núcleo inviolable que será necesario construir para que opere como causa. Más allá apunta a ese factor pulsionante cuya deriva constante, más allá de la coerción del marco fálico, resta indómito (Cosentino, 2015). Lacan nos recuerda que la castración no es fantasma, pero puede estar fantasmatizada de un modo que obstaculice el acceso al goce que sólo por el objeto a como resto sostiene la ganancia en pérdida. En tanto apuesta a la ganancia de otro goce, Lacan lo llama plus de goce.

Así es que, en los límites de la estructura se impone un punto que, más allá, sobrepasa cierta medida fálica. Ahí radica la gran novedad de 1920. El valor del sujeto antes de lo contable concierne a lo real, punto cero donde lo inanimado es metáfora de goce. Dicho valor se adquiere por el enraizamiento en el unario que decide, más allá del despliegue de lo reprimido, la inserción en la estructura del lenguaje.

¿Cuál es el avance clínico, a la luz de la comparación entre histeria y neurosis traumática?

Si vuelve la histeria es para ponerse en comparación con la neurosis traumática. Ahora bien, lo cierto es que la histeria se entreteje con la interpretación de los sueños dando lugar al deseo como punto nodal del entramado significante, mientras que la neurosis traumática promueve la reescritura de la tesis como intento de realización del deseo. Algo resiste, alguna apetencia oscura interrumpe esa realización que sólo se logra en el fracaso. Entre las neurosis traumáticas, las de tiempos de guerra constituyen un caso extremo de neurosis en cuya génesis Freud constata vivencias infantiles de terror y peligro. Así es que la argumentación comparativa adquiere mayor legibilidad si recordamos que la histeria en el inicio se caracteriza como histeria de terror. El Más allá avizora límites entre angustia, terror y miedo. Si bien la fecundidad clínica de esa delimitación dará su fruto con la última articulación de la angustia al deseo; el terror se distingue por la sorpresa. Esto es, que la condición de lo inesperado incluye la omisión de la angustia normativa que advierta sobre el peligro. Situación en la cual un goce anómalo logra ser evitado, no oponiéndose a la enunciación deseante. Empero, las reacciones frente al terror son diversas.

La líbido narcisista tiende el puente, esperando la segunda tópica para retomar la novedad del conflicto yoico y con ello interrogar a las neurosis graves como las traumáticas y, también, a la psicosis. Así pues, más acá de la neurosis de transferencia, el nuevo conflicto alumbra en el horizonte. No se trata del deseo como verdad reprimida sino de una resistencia que, situada en el núcleo inconsciente del yo, atenta contra su capacidad escindible. Con esta novedad se reintroduce eso otro inconsciente que, como fijación al objeto de borde, amplía el campo de la práctica analítica. Pues dicha fijación no es natural. Es, a través del Nombre del Padre que tiene que constituirse. Entonces, si la neurosis traumática es un nombre que puede aplicarse también a otras afecciones ¿cuál es el eje que Freud propone? Si a partir de las neurosis narcisistas se esperan aportes para abordar neurosis graves como las traumáticas, también de tiempos de paz, es necesario interrogar en ellas los nexos entre terror, angustia y libido narcisista. Más acá de la neurosis de transferencia no se trata de la problemática del deseo insatisfecho, imposible o prevenido. Cuando el goce es excesivo no hay posibilidad de enunciación deseante. La función de la angustia tiene como correlato a la verdad puesta en guardia sobre lo imposible. Por el contrario, la omisión de la señal da lugar a la perturbación en tanto impide que un sujeto pueda estar advertido y logre así evitarla.

Tomando la neurosis de guerra sólo como un caso de ellas, la vida onírica testimonia del fracaso de la función en la reiteración del accidente. El renovado terror que sorprende sin la señal que dé lugar a la simbolización la acerca más a la pesadilla que al sueño de angustia en el cual un tramo ha logrado ser transpuesto. Su insistencia, a expensas de un anudamiento normativo, conlleva mayor padecimiento apuntando a una inscripción que no termina de producirse. Cuando la activación de la pulsión aflorante de la fijación traumática deviene hipertrófica, impedida la transposición, se imponen serias perturbaciones del sueño pudiendo llegar al insomnio. Desde temprano, un desvío impedía la transposición de la energía a líbido psíquica (Freud, 1895). Con los avances de más allá, una fijación inconsciente al trauma impide un atravesamiento normativo. Demandas pulsionales que presentan intensa pulsión aflorante, esfuerzan a la emergencia de experiencias penosas. Huellas mnémicas del tiempo primordial cuya condición de no ligadas se renueva, por el exceso, más allá de todo esfuerzo de elaboración. Como una realidad a la espera, habrá que pesquisar sus vicisitudes en el caso por caso.

La fijación de la pulsión al objeto no es natural. Una intervención se hace necesaria. Como posición del significante que detiene hay posibilidad de un desprendimiento. Como resto caído del Otro el a deviene símbolo de una pérdida. De lo contrario, si el objeto no deviene perdible, no hay posibilidad de transferencia. “¿Qué moción de deseo se podría satisfacer con el retroceso hasta la vivencia traumática penosa en extremo?” (Freud, 1933).

Con el terror como exceso reiterado, no se trata del deseo del Otro sino del fracaso de una fijación que articule la pulsión al objeto como resto. Ahí la relación al deseo está perdida. No se trata de restituir el deseo a su lugar, sino de posibilitar el vínculo de estructura, esto es, el enganche del sujeto al Otro. Aquí el sueño no es pesadilla moderada. Al no hacer enigma, no funciona como un saber a interrogar, esto es, como una formación del inconsciente. El sueño repite lo vivido por displacentero que fuera. Lo traumático, relativizando la diferencia entre neurosis traumáticas y no traumáticas, depende del factor cuantitativo, esto es, de un exceso en la exigencia de trabajo. Así pues, si el terror insiste sin morigeración, hay repetición displacentera. El sujeto no aparece, esto es, no logra emerger e instalarse como tal.

La reiteración ominosa de la situación traumática impide toda elaboración psíquica. La exigencia pulsional, como impacto de lo real desregulado, no logra escandirse con esfuerzo de ciframiento alguno. Así pues, con una realidad traumática a la espera de poder ser inscripta, es otra la tarea. Construir un marco que acote el exceso y permita el desprendimiento del objeto para ser colocado en el campo del Otro. Así, el deseo como deseo del Otro, con el Che vuoi en el primer plano de la subjetividad, hará posible una angustia morigerada que dé lugar a una demanda. La apuesta es hacer aparecer al sujeto.

Hoy, nuevas presentaciones, ¿nuevas patologías? Nombres que sancionan problemáticas clasificadas, bulímicos, anoréxicos, adictos, actuadores, ataques de pánico, violentos y otros. ¿Se trata allí de un nuevo sujeto? Si en ellas la afirmación como recurso a la palabra se ve cuestionada estamos en problemas con la instalación del discurso. Los avances de más allá permiten interrogar la actualidad de estas neurosis que, por la dinámica que muestran, orientan para interrogar las denominadas nuevas patologías. Tratándose de demandas actuales, como presentaciones que incluyen los rasgos inherentes a la época, nuestra dirección corre opuesta a identificarlas con nombres que adquieren función de identidad y forcluyen al sujeto. En posición contraria a esos nombres que sancionan con un tu eres tal cosa, nuestra apuesta es favorecer la emergencia del sujeto. En lugar de condenar a priori con el tú eres tal cosa, es necesario promover la invocación del inherente al significante que fundamenta el orden simbólico y da nacimiento a la Ley. El legado de esta ética es freudiano, encontrar la relación al deseo que se ha perdido.

Para concluir: Freud apostó a una escucha inédita en la cual, al hacerse audible el rasgo singular, despejó la verdad de una división que en acto implica al sujeto haciéndole asible la castración. Con la reversión de 1920 se hace apertura a un más allá del reconocimiento del deseo, esto es, a la verdad del mismo. Cara del deseo que más allá de lo reprimido despunta amenazante prometiendo un destino no dependiente de la mera deriva simbólica sino orientado por un real cernido que vuelva al mismo lugar y, situado allí, oriente la relación del sujeto a sus deseos. El factor pulsionante advierte que sólo la deriva pulsional honra las virtudes del deseo cuando la verdad del mismo se equipara a la hiancia subjetiva donde el sujeto reaparece en lo real. Punto terrorífico donde el goce equivale a la castración y el sujeto se equipara a la falla de un discurso en el que la no relación logra restituirse.

Una cuestión ética. Con una práctica orientada a lo real, el deseo del analista es ofrecer vacante para que el deseo se realice como deseo del Otro (Lacan, 1960-61). Una pregunta deviene allí posible. Sin el Che vuoi no hay posibilidad de simbolización alguna. Si Lacan invita a no retroceder frente a la psicosis, sólo lo es por no olvidar que, al estar en juego un sujeto que habla, eso que no funciona puede llegar a escribirse. ¿Nuevas patologías? ¿Nuevos sujetos? Si es que el significante primordial ha de inscribirse por todos y cada uno, sólo cabe memorar un deber ético “Donde Ello era, yo debo advenir” (Freud, 1933).

Posición inédita, abstenerse como interpretante reconcilia a la interpretación con la orientación a lo real. Operando por el equívoco, espera del significante que algo resuene. Como eco de un decir, el cuerpo se ve afectado. Destellos de lucidez, lustre de lo real que despierta pero no abruma.

Hoy, ¿nuevas demandas? No se trata de un nuevo sujeto el que hoy se presenta a consulta. Orientado Freud por la aspiración a trascender lo meramente descriptivo o clasificatorio, nos advierte sobre la fecundidad y actualidad clínica de Más allá. Su entramado argumentativo agujerea la tiranía de denominaciones que sancionan silenciando al sujeto y contrariando la reinvención del psicoanálisis en el caso por caso.

Un deber ético. Sólo con la apertura que hace del objeto un fragmento perdible, el yo deviene escindible. Con ello es posible alcanzar la sabiduría de un goce, que, sólo por fragmentos de real, hace de la vida otra cosa. Así pues, con la hendidura del Otro se abre un destino que, en el exilio, honra a una vida cuyo legado es a una muerte devenida legal.

Bibliografía

Cosentino, J. C. (2011). Sigmund Freud. El yo y el Ello. Manuscritos inéditos y versiones publicadas. Buenos Aires: Mármol Izquierdo.

Cosentino, J. C. (2015). Sigmund Freud. Más allá del principio de placer. Manuscritos inéditos y versiones publicadas. Buenos Aires: Mármol Izquierdo.

Freud, S. (1895). Sobre la justificación de separar de la neurastenia un determinado síndrome en calidad de neurosis de angustia. Tomo III. Buenos Aires: Amorrortu.

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Freud, S. (1919). Introducción a Zur Psychoanalyse der Kriegsneurosen. Tomo XVII. Buenos Aires: Amorrortu.

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Freud, S. (1933). 29° Conferencia. Revisión de la doctrina de los sueños. Tomo XXII. Buenos Aires: Amorrortu.

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Lacan, J. (1960-61). El seminario 8, La transferencia. Buenos Aires: Paidós.

Lacan, J. (1969-70). El seminario 17, El reverso del psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós.

Lacan, J. (1975-76). El seminario 23, El sinthome. Buenos Aires: Paidós.



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