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1 La clínica psicoanalítica y el “más allá
del principio de placer”

Antecedentes del “giro” de 1920

Lila Isacovich

La caída del principio de placer como rector del funcionamiento psíquico tiene sus antecedentes en el cuerpo teórico freudiano.

Más allá del principio de placer (Freud, 1920) marca un giro en la conceptualización freudiana a partir ―como cada vez que revisa sus ideas― de los obstáculos encontrados en su práctica. Este giro de 1920 da cuenta de los fenómenos clínicos que le impiden seguir sosteniendo el principio de evitación del displacer y la búsqueda de la homeostasis como rectores del decurso psíquico. Los sueños de despertar ―por irrupción de un peligro exterior―, los sueños de angustia y la angustia automática manifiestan esa ruptura.

En el Proyecto (Freud, 1895) se había definido los restos de las vivencias de satisfacción y de dolor como los afectos o estados de deseo, que dejan como secuela motivos compulsivos.

Del estado de deseo se sigue directamente una atracción hacia el objeto de deseo y su respectiva huella mnémica. Y los correlatos de la experiencia:

  • la irreductible escisión entre objeto externo e interno;
  • el deseo que en su búsqueda encuentra siempre esa diferencia porque el objeto está perdido;
  • esa pérdida funciona como causa que relanza el movimiento;
  • se pierde la identidad entre la marca y el objeto.

Del dolor resulta una repulsión, una defensa primaria o represión. En ambos casos la traducción a los signos de la nueva fase está inhibida.

Veinticinco años antes de Más allá, en la Carta 52:

a menudo nos empeñamos en vano contra unos recuerdos de máximo displacer […] al despertar desprende un displacer nuevo, entonces no es inhibible (Freud, 1896: 276).

Antecedente directo de los fenómenos que releva en 1920, que repiten lo displacentero. Esta constatación contradice el principio de evitación del displacer, salvo que admitamos que esa insistencia expresa el reiterado fracaso del intento de tramitación psíquica por la vía de la significación y el olvido.

El recuerdo se comporta en tal caso como algo actual. Y ello sólo es posible en sucesos sexuales, porque las magnitudes de excitación que ellos desprenden crecen por sí solas con el tiempo (Freud, 1896: 276-7).

Vale decir que lo sexual, con las sucesivas repeticiones, se potencia en lugar de desgastarse. Por eso mismo no pierde vigencia y se comporta como actual, porque no obtiene traducción a palabra. Términos tan sugestivos como recuerdos actuales o “recuerdos de lo que nunca fue olvidado” (Freud, 1914: 151) aluden a lo que no retorna de lo reprimido porque no pertenecen a lo Icc reprimido sino al llamado Icc estructural, que permanece inalterable, inaccesible e irreductible.

De allí parten las patologías “actuales”, que Freud ya había aislado en esta época, justamente porque son actuales en cualquier época: neurosis actuales, narcisistas, patologías del acto, neurosis de angustia (hoy ataques de pánico).

Lo no ligado traumático, como componente estructural de las neurosis de transferencia en las psiconeurosis funciona como causa del trabajo psíquico, porque son aquellas trazas hipertensas que no han podido ser transferidas en calidad de representaciones y por ende retienen restos perceptivos (lo visto, lo oído) que conservan caracteres sensoriales hipernítidos.

Las expresiones clínicas las podemos encontrar en los sueños: tanto en los de despertar por irrupción de un peligro o estímulo exterior, como en los sueños de angustia.

Dentro del primer grupo: por ejemplo, el sueño de Maury (Freud, 1900: 491-4), donde el dosel de su cama ―que efectivamente cae sobre su nuca― está representado en su sueño por la guillotina y la cabeza separada del tronco que introduce el indecible horror.

O en “el sueño de Hussiatyn” (Freud, 1900: 244-7), donde la persistente tos de su mujer se traduce en el sueño por Hussiatyn, Hussiatyn, Hussiatyn, que toma del alemán la voz “husten”, que quiere decir toser.

No es azaroso el sueño que elige Freud para presentar el esquema del peine, la primera tópica: el sueño del “Padre ¿no ves que ardo?” (Freud, 1900), ya que en él, excepcionalmente, coinciden la percepción del ruido del cirio al caer con la producción de la frase del sueño.

El fuerte resplandor dio sobre los ojos del durmiente a través de la puerta que él había dejado abierta, y le sugirió la misma conclusión que habría extraído en la vigilia: una vela volcada había provocado un incendio cerca del cadáver (Freud, 1900: 504).

Tanto el ruido como el resplandor son percibidos. Estas percepciones se vuelven traumáticas porque adquieren especial intensidad, no significadas o subjetivadas, conservan los signos sensoriales de lo visto y lo oído.

Dice Lacan:

el niño muerto que toma a su padre por el brazo, visión atroz, designa un más allá que se hace oír en el sueño. […] El despertar nos muestra el despuntar de la conciencia del sujeto en la representación de lo sucedido (Lacan, 1987: 67).

Más allá del sueño, de la frase pronunciada por el hijo muerto, lo que hay es lo que la producción onírica no alcanza a investir, a recubrir, a velar justamente cuando se trataba de velar al hijo. De lo real del golpe, en la realidad psíquica, no hay más que la voz del hijo, como repetición. La voz vale por lo real en el aparato y la frase del sueño intenta ligar con representaciones-palabra aquello que está por fuera en más de un sentido: exterior e interior al mismo tiempo. El ruido del cirio al caer y el resplandor impactan desde afuera, mientras que desde dentro las fuerzas pulsionantes y lo irrepresentable de la muerte exigen una tramitación imposible. Esta es la ambigüedad del despertar: nos despierta por un lado lo real, en ese poco de realidad que da cuenta de que no soñamos. Pero también nos despierta la otra realidad escondida tras la falta de lo que hace las veces de la representación: la pulsión por venir.

¿Qué moción de deseo ―se interroga Freud― podría satisfacerse mediante ese retroceso hasta la vivencia traumática, extremadamente penosa? (Cosentino, 1998: 161). ¿Quién llama? Con el llamado se produce un punto de exterioridad en relación al campo del principio del placer (Cosentino, 1998: 153).

Estos sueños muestran la conjunción entre el llamado, la invocación del exterior (lo que despierta desde fuera) y ese otro llamado del tribunal superyoico que hunde sus raíces en lo pulsional inasimilable: el deber por cumplir, el castigo, la culpa que despiertan desde dentro y provienen de las tendencias masoquistas que sueldan el dolor y el placer.

Ya en el Proyecto (Freud, 1895) estaba anticipado que

el displacer por descuido del discernimiento (se refiere a los signos de realidad del pensar que articulamos a las fantasías preconscientes que provienen desde dentro) no es tan manifiesto como el que sobreviene si se ignora el mundo exterior, aunque en el fondo, ambos casos son uno y el mismo (Freud, 1895: 421).

Parece que la intuición de lo éxtimo ―ese exterior-interior inasimilable, como Lacan conceptualizó al objeto a― también estaba anticipada tan tempranamente en Freud. La identidad de percepción entre el objeto externo y el interno irrumpe de una manera imperiosa (esa forma imperativa de la pulsión invocante) y despierta al yo para volver a instalarse en la vigilia y seguir soñando despierto, en el rearmado de la escena representacional o fantasmática, donde el yo puede reconocerse. Doble función del despertar: a una realidad constituida, representada, pero también a un real más allá del sueño.

En los sueños de angustia también fracasa la función del sueño de preservar el dormir y despiertan. Pero lo que angustia no puede ser borrado por el llamado de lo exterior.

En el Sueño del diablo (Freud, 1900: 576-7), el dormir quedaba interrumpido por un ataque de angustia con alucinaciones. En el sueño, el diablo le gritaba “¡ahora te tenemos, ahora te tenemos!” y lo hacía despertarse aterrorizado; primero no podía gritar y después recuperaba la voz y se le oía decir: “¡No, no, a mí no; yo no hice nada!” o también: “¡Por favor no, nunca más lo haré!” Lo que el trabajo analítico discierne es que el sueño expresa

una excitación sexual que su comprensión no puede dominar y el sueño no puede ligar […]. En ese instante horroroso en que el soñante no puede gritar, ese llamado inasimilable se hace oír en el sueño pero cavando el silencio en que se precipita el grito. El grito pues no se oye, es mudo. […] La angustia traumática suficientemente fuerte no encuentra aún una salida en la vocalización. […] el nudo (en la garganta) conecta al deseo con la angustia, en el instante de la inminencia del objeto (Cosentino, 1998: 159-161).

Impresiones dolorosas de angustia, de prohibición, de desengaño, de castigo y de culpa que provienen de las tendencias masoquistas se hacen lugar en la elaboración onírica. Estos sueños buscan recuperar el dominio, por medio de un desarrollo de angustia, sobre las impresiones traumáticas que despiertan. ¿Qué despierta? La pulsión que emerge de la fijación traumática.

En el sueño de angustia del propio Freud: Personajes con picos de pájaro:

La interpretación llevada a cabo en el sueño mismo por la elaboración secundaria ha de haber sido, pues, que la madre moría… En esta angustia desperté… Pero esa interpretación secundaria del sueño se produjo ya bajo la influencia de la angustia desarrollada. No era que yo estuviese angustiado por haber soñado que la madre moría, sino que interpreté así al sueño dentro de la elaboración preconsciente porque ya estaba bajo el imperio de la angustia. Ahora bien, mediando la represión, la angustia admite ser reconducida a una apetencia oscura, manifiestamente sexual, que en el contenido visual del sueño encontró buena expresión (Freud, 1900: 574-5).

De nuevo encontramos el intento de ligar por vía de la interpretación yoica del sueño en el pensamiento una angustia previa e independiente. El disfraz, aunque eficaz para encubrir lo que Freud interpreta como deseo incestuoso por la madre, sin embargo es insuficiente para preservar el dormir.

Marcas indelebles que restan significar, que aún no han obtenido significación, en tanto retienen restos sensoriales. Estos restos no provienen de la represión y sobrevienen cuando fracasa la defensa y estalla la angustia. Sin embargo, estos sueños, al reactivar los signos o las huellas de esta compulsiva repetición traumática, posibilitan, al mismo tiempo, una vía de acceso.

Bibliografía

Cosentino, J. C. (1998). Despertar: la temporalidad del objeto, en Angustia, Fobia, Despertar. Buenos Aires: Eudeba.

Freud, S. (1920). Más allá del principio del placer. Tomo XVIII. Buenos Aires: Amorrortu.

Freud, S. (1895). Proyecto de una psicología para neurólogos. Tomo I. Buenos Aires: Amorrortu.

Freud, S. (1896). Carta 52. Tomo I. Buenos Aires: Amorrortu.

Freud, S. (1914). Recordar, repetir y reelaborar. Tomo XII. Buenos Aires: Amorrortu.

Freud, S. (1900). La interpretación de los sueños. Tomo IV y V. Buenos Aires: Amorrortu.

Lacan, J. (1987). El Seminario, Libro 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós.



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