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4 De tal padre…

M. Lucía Silveyra

Comienzo con una síntesis del film japonés, dirigido por Hirokazu Kore-eda, De tal padre tal hijo. El protagonista es un arquitecto joven, exitoso, con convicciones muy arraigadas y enormes expectativas depositadas en su hijo de seis años cuya vida transcurre, sin mayores sobresaltos, entre su trabajo y la familia. Nada le hace sospechar que algo pudiera venir a interrumpir una situación que parece perfecta. Sin embargo, un día recibe un llamado: el niño, al que creía su hijo, no lo es: el hospital le ha entregado otro niño.

Inevitable cuestionamiento tanto de los padres como de los hijos de lo que hasta ese momento consideraban sus respectivas identidades. Tema que en versión local hemos tenido, lamentablemente, oportunidad de compartir; y me refiero no sólo al caso de los niños secuestrados durante la dictadura militar sino a adopciones que no se realizaron con la transparencia requerida.

Recordemos que la Ley 26.061 de Protección integral de los derechos del niño tiene un artículo sobre el derecho a la identidad que establece que el niño goza del derecho a tener un nombre, una nacionalidad y saber quién es su padre y su madre.

Entendemos que la identidad es una construcción hecha, como tal, de lenguaje y de palabras, sujeta al tiempo, a la memoria, a los recuerdos, y es en ese sentido que se va armando. De entrada no hay identidad, luego habrá identificaciones en que dicha identidad se sostenga.

“De tal palo, tal astilla” dice el refrán no dejando lugar a dudas acerca de que la astilla proviene del palo. Pero la película japonesa De tal padre tal hijo así ha sido traducido su título al español―, plantea otra cuestión ya no tan lineal pues no se trata, como en el refrán, del reino vegetal sino de seres de lenguaje y de un lenguaje imperfecto que se presta al equívoco.

El film plantea, como tema central, la pregunta por la paternidad. Como lo que no está dado de entrada, como una construcción sometida a lo particular de cada sujeto que a su vez irá variando de acuerdo a las condiciones históricas y sociales. De hecho, la traducción literal del título proporcionado por una colega conocedora de la lengua japonesa es Y entonces me convertí en padre, lo que introduce una dimensión temporal, el transcurrir de un tiempo que se hace necesario para llegar a armar un lazo y el dilema de qué privilegiar cuando se trata de la paternidad, si el vínculo de sangre o el que se crea en la convivencia.

Desde allí surgen otros interrogantes que, por el momento, dejaremos enunciados: cómo encarna el padre su función y cómo opera a la hora de transmitir al hijo sus propios ideales y frustraciones, el lugar de la madre y de los hijos, en tanto niños, condicionados por las decisiones de sus progenitores con escaso margen de elección. Cuestión que, más de una vez, los deja como víctimas silenciosas de distintos tipos de violencia.

El tema del padre recorre la obra de Freud y la enseñanza de Lacan. La paternidad, dice Freud en Moisés, es más importante que la maternidad aunque no pueda ser demostrada, como ésta última, por los sentidos. Por eso el hijo debe llevar el nombre del padre y heredar patrilinealmente.

El progreso en la espiritualidad consiste en decidirse uno contra la percepción sensorial directa en favor de los procesos intelectuales llamados superiores, vale decir, recuerdos, reflexiones, razonamientos; determinar, por ejemplo, que la paternidad es más importante que la maternidad, aunque no pueda ser demostrada, como esta última, por el testimonio de los sentidos. Por eso el hijo debe llevar el nombre del padre y heredar patrilinealmente (Freud, 1939: 114).

La pregunta por el padre será mantenida por Freud hasta el final de su vida como un enigma tan impenetrable como el otro interrogante freudiano: ¿qué quiere la mujer?

El padre como real mítico, así lo nombra Lacan, y como vector de una encarnación de la ley en el deseo es una función y sostiene operativamente el campo de lo simbólico. La madre, uno de los nombres de la castración, encarna la falta y el deseo. Existe una dependencia mutua entre el deseo de la madre y el nombre del padre. De los diferentes modos de articulación entre quienes encarnen las funciones más las respuestas del niño resultará la estructura que anuda lo real, lo simbólico y lo imaginario.

Es en este marco edípico donde les llega a los papás la noticia de que el niño que hasta el momento creían su hijo no lo es. Distintas reacciones en cada uno de ellos ante la imprevista ruptura de lo establecido y a la pérdida del sentido que hasta entonces enmarcaba la vida familiar será lo que llevará a barajar y dar de nuevo.

La pregunta por la paternidad que atraviesa la película se plantea a través del dilema de qué es más importante a la hora de la definición: el padre biológico, el de sangre o aquél con el que se ha convivido desde el comienzo de la vida. Diferentes voces se hacen escuchar. “Lo que importa es quien te cría”, dice la abuela materna; el abuelo paterno, por su parte, insiste en que es cuestión de sangre, “la sangre llama a la sangre”. Por el contrario, el padre vacilante, en contrapunto con su propio padre, interroga y se interroga: “¿tu sangre? Es una idea antigua”.

En cuanto a la madre, se reprocha no haber advertido la equivocación y deja traslucir un conflicto con su propia madre al haberse dejado influenciar por ella en la elección del hospital donde hacer nacer al bebé. Al mismo tiempo, le es más fácil que al padre aceptar a la otra familia e identificarse en el dolor con la otra mamá, la que, ni más ni menos, ha criado a su propio hijo. Diversos interrogantes que cada uno de los personajes intentará, a su modo, responder aunque no haya una respuesta que agote la pregunta.

Por otro lado, en el debate acerca de la sangre o la convivencia, los parecidos, las marcas en el cuerpo, en un cuerpo marcado por el lenguaje, por el Otro, se imponen. Puede tomar la forma de ¿a quién se parece? Cuando nace un niño es inevitable tratar de encontrarle parecidos a los padres, a los hermanos, a alguien que en lo posible no comprometa el buen nombre y honor de la madre. Manera, tal vez, entre lo extraño y lo íntimo, de dar una continuidad a la discontinuidad, a la novedad que implica el nacimiento de un hijo por más esperado que haya sido.

Pater semper incertus, madre certissima, nos recuerda Freud en La novela familiar de los neuróticos, citando la expresión latina. Pero marquemos diferencias. Efectivamente, en el trabajo freudiano se trata de la ficción, de las fantasías, de las fantasías diurnas que entre el erotismo y la ambición llevan la marca de lo pulsional. Para el niño pequeño, escribe Freud, los padres son al comienzo la única autoridad y la fuente de toda creencia. Pero llega un momento en que el desasimiento de la autoridad parental se hace necesario para avanzar en la vida. Una de las maneras que encuentra el niño es apelar a la fantasía, se crea así una nueva familia, una auténtica novela como manera de sustituir a sus verdaderos padres. Es enteramente característico de las neurosis la capacidad de fantasear que se revela primero en los juegos infantiles y luego se apodera del tema de las relaciones familiares, es decir que a lo largo del tiempo se van modificando. Con la noticia sobre los procesos sexuales nace una inclinación a pintarse situaciones y vínculos eróticos en que entra como fuerza pulsional el placer de poner a la madre, que es asunto de la suprema curiosidad sexual, en la situación de infidelidad escondida y secretos enredos amorosos.

En el caso de los protagonistas del film, la situación es otra. Se impone un hecho que no es producto de la novela ni de la fantasía: los hijos no son los hijos y los padres no son los padres. Si bien la creencia en los padres, en su autoridad, y luego su desasimiento, son parte del crecimiento, en esta oportunidad hay una precipitación, un trastocamiento que afecta a padres e hijos, a partir de la tyche, de lo real que irrumpe como encuentro fallido: los bebés, por error del hospital, han sido cambiados al momento de nacer. La novela, como restablecimiento de una configuración, como un nuevo anudamiento, llegará, en otro momento, donde cada uno tendrá sus tiempos, para dar sentido al sinsentido, para tejer una nueva historia.

Se trata de un imprevisto, de las distintas caras del azar.[1] En este caso, el equívoco, lo incontrolable, es la intervención maliciosa de una enfermera tomada por la envidia. Variable que no es menor a la hora de incluir la sobredeterminación, lo aleatorio en un sistema hospitalario que intenta mostrarse ordenado y sobre todo eficiente.

¿Con qué nos confronta el film? Con que si bien el sujeto padece de un lugar que no eligió, de un nombre que le es dado y que tiene que soportar y de un decir que no es de él, eso constituye su universo y en él debe encontrar su lugar.

Me voy a detener en algunos de los desarrollos de Ivan Ekeland en su libro Al Azar.

No podemos sino maravillarnos de la singularidad de nuestro propio destino. El edificio de la ciencia, lo mismo que la historia humana incorporan una buena parte de arbitrariedad y uno se pone a pensar en lo que habría podido ser pero al final no fue. Somos los sobrevivientes de un implacable proceso de selección que eligió entre la infinita variedad de futuras posibilidades la que finalmente se realizará. Los acontecimientos así apartados de esa divinidad sin rostro que se llama el azar tienen tanto derecho a la existencia como el acontecimiento elegido que en adelante formará parte de nuestra experiencia. Nuestro único mérito es existir, sin razón aparente y a expensas de otras posibilidades, ciertamente tan ricas y tal vez más seductoras. ¿Por qué yo? La pregunta no tiene respuesta. No debe sorprender que aquél que se abandona a esta clase de pensamiento sufra una crisis de identidad. ¿Qué es este mundo tan contingente? ¿Qué es este yo ante otras existencias virtuales? Para concluir dejemos la palabra al poeta:

Esta vida estrambótica

e inaudita:

en medio de un gran número de pretendientes

una célula masculina llega hasta una célula femenina

y yo llego a ser.

Nada de asombroso tiene que yo dude

de ser yo mismo.

Y después, esta sociedad

donde todos se ladran unos a otros

como en una perrera

enteramente convencidos de ser ellos mismos.

Guerra, sacrificios humanos.

No creo haber existido más tiempo

que hasta el momento de la fecundación,

maculada concepción.

Yo, un espermatozoide, doy vueltas en redondo,

[con grandes sacudidas de flagelo

en busca del huevo del mundo.

Pero, ¿dónde encontrarlo?[2]

Ante el asalto de esta contingencia multiforme, la humanidad trata de identificar los determinismos subyacentes, es decir, tratar de dar un sentido al mundo” (Ekeland, 1992: 70-71).

Disposición y azar determinan el destino de un ser humano, ya nos adelanta Freud en Dinámica de la transferencia. El film juega con el azar, con el asalto de la contingencia, y sin dejar de considerar que se trata, como tal, de una cuestión exterior al campo analítico, nos permite indagar la clínica. Y abrir la pregunta de cómo operar como analistas, entre transferencia y destino, ante ciertos acontecimientos ocurridos, como en esta ocasión, por azar, que van trazando el destino del analizante y que se vuelven un obstáculo a la hora de hacer de ellos historia.

Las causas contingentes podrían no haber ocurrido, pero una vez que están allí se puede, a veces con más, otras con menos libertad, hacerse responsable de una elección y no hacer de eso solo repetición como respuesta a un destino inexorable.

Bibliografía

Freud, S. (1939). Moisés y la religión monoteísta, tomo XXXIII. Buenos Aires: Amorrortu.

Ekeland, I. (1992). Al azar. Barcelona: Gedisa.


  1. Freud se refiere al destino en el capítulo 3 de Más allá del principio de placer.
  2. Citado por Ivar Ekeland: Gunnar Ekelöf, “Detta oerhörda”, en Opus Incertum, 1959.


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