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6 Las letras como armas

6.1. Introducción

El desarrollo de la guerra civil acarreó una intensa batalla propagandística que tuvo su epicentro en España, pero que se trasladó al resto del mundo a través de distintos medios de comunicación. Algunos de ellos ya habían comenzado a utilizarse masivamente con fines persuasivos en el marco de la Primera Guerra Mundial (carteles, desfiles, actos, folletos, prensa escrita, etc.), pero, durante la guerra en España, se añadieron elementos técnicos novedosos como el cine sonoro y la radio (Pizarroso Quintero y Sapag Muñoz de la Peña, 2012: 22-23).

Cuando se inició la contienda en España, al igual que lo ocurrido con las publicaciones argentinas, la mayoría de los órganos de prensa de la comunidad española existentes en la Ciudad de Buenos Aires fueron posicionándose a favor de uno y otro bando, a la vez que se fueron articulando nuevos emprendimientos periodísticos que intentaron reforzar las campañas de propaganda y colaboración desplegadas en apoyo a cada uno de los contendientes. Casi al mismo tiempo, comenzó a desarrollarse una limitada, pero persistente, producción editorial sobre los sucesos bélicos españoles encabezada por la editorial católica Difusión, la OPYPRE, y las publicaciones financiadas por los sectores afines al franquismo en la Argentina.

En este capítulo se analizan algunos de los principales medios escritos de trasmisión de la propaganda a favor de los sublevados españoles que se extendieron en la capital argentina. Estos no solo emplearon la prensa, sino que, también, recurrieron a la edición de libros para fomentar el apoyo a su causa y generar el rechazo a la de sus enemigos.

6.2. La prensa en Buenos Aires ante la guerra civil española

Las publicaciones que fundaron y sostuvieron miembros de las distintas comunidades inmigratorias en la Argentina constituyen una fuente privilegiada para abordar el análisis de diferentes aspectos de la vida política, cultural y social de aquellos extranjeros que decidieron residir en el país (Moya, 1986). Estos emprendimientos encarnaron un espacio concreto de intercambio y de trasferencias de ideas sobre la realidad del país de origen y también actuaron como intermediarios en el debate público argentino desde una perspectiva que intentaba erigirlas como representantes de una identidad colectiva de carácter nacional. La prensa expuso los posicionamientos ideológicos y los intereses particulares de los distintos grupos editoriales dentro de sus respectivas comunidades, y, en ello, el colectivo español en la Ciudad de Buenos Aires se demostró profuso y heterogéneo, dando origen a publicaciones de distinto signo político y adscripción social.

Cuando se inició la guerra civil en España, la mayoría de los órganos de prensa existentes fueron posicionándose a favor de uno y otro bando. Las publicaciones más destacadas de la época, La Prensa y La Nación, intentaron mantener una línea de neutralidad y cierta pluralidad en sus crónicas informativas, aunque finalmente terminarían manifestando de manera velada su simpatía hacia los militares rebeldes en la península (Montenegro, 2002: 199). Los grupos prorrepublicanos contaron con el entusiasmo y el apoyo de publicaciones populares y de gran tirada como Noticias Gráficas y Crítica. Este último, bajo la dirección del periodista Natalio Botana, se convirtió en un baluarte para la propaganda republicana durante la contienda y, posteriormente, en un intermediario valioso para lograr el ingreso de exiliados al país. Otros medios de prensa que se manifestaron favorables al gobierno republicano fueron Tribuna Libre, El Diario, El Mundo, La República y el órgano de prensa del Partido Socialista, La Vanguardia. Las revistas culturales Sur y Claridad también se convirtieron en dos distinguidas exponentes de defensa de la II República española (Macciuci, 2004).

En el seno de la comunidad española, el semanario Galicia de la Federación de Sociedades Gallegas, El Correo de Asturias y el Noticiario Español abrazaron la causa de la II República, de la misma forma que lo hicieron España Republicana, órgano oficial del Centro Republicano Español, La Nueva España, medio de prensa editado por el Comité de Ayuda al Gobierno del Frente Popular, dependiente del Partido Comunista, y un periódico de gran tirada de la comunidad italiana en la Argentina, L’Italia del Popolo (Quijada, 1991: 213-124).

Los rebeldes en España contaron con el apoyo de los principales órganos de prensa católicos y nacionalistas argentinos. Un ejemplo de este posicionamiento fue el de la revista Criterio, dirigida por monseñor Gustavo J. Franceschi. En ella, se traslucía una interpretación totalizadora de la guerra civil entendida en los mismos términos que los de una “cruzada” evangélica durante el siglo xx. Esta publicación polemizó abiertamente con los intelectuales católicos de raíz liberal que escribían en la revista Sur (Castro Montero, 2003). También defendieron la sublevación militar en España algunos de los órganos representativos del nacionalismo argentino como La Fronda, Bandera Argentina, Crisol y Clarinada; estas publicaciones asociaron la propaganda antirrepublicana a la lucha contra el comunismo (Quijada, 1991: 218-220).

La heterogeneidad y la difícil convivencia de las fuerzas políticas que se agrupaban en torno al golpe de Estado ocurrido en julio de 1936 en España también se manifestaron en el ámbito propagandístico. La autonomía de la que gozaron los servicios de prensa católica en el mundo y la conflictividad creciente entre la propaganda oficial del Estado y la de FET-JONS en el exterior se replicaron en distintos espacios (Moreno Cantano, 2011: 18). En la Argentina, esta situación se plasmó en la existencia de una gran variedad de publicaciones que, con sus diversos matices, sostuvieron la causa de la sublevación durante la contienda.

En este sentido, es posible identificar la existencia de órganos de prensa que tenían importantes trayectorias dentro de la comunidad española antes de iniciarse la guerra y que tomaron partido por los rebeldes, como Acción Española, órgano oficial del Centro Acción Española, El Diario Español y el Correo de Galicia. También surgieron nuevas publicaciones, algunas de ellas tuvieron como eje central la defensa de la religión católica, e incluso la identificación regional, como Fe Gallega, la publicación de Acción Gallega de Cruzados de Santiago, y Por Ellos, la revista oficial de Legionarios Civiles de Franco. Por otro lado, también se crearon proyectos periodísticos financiados por FET-JONS como Falange Española, Amanecer y ¡Arriba!, y por el tradicionalismo carlista, como El Requeté.

6.3. La prensa de la comunidad española a favor de la sublevación

Uno de los periódicos más destacados dentro de la comunidad española de Buenos Aires a principios del siglo xx era, sin dudas, El Diario Español. Este órgano de prensa creado en 1905 representaba la continuación editorial de otra importante publicación: El Correo Español, fundado en 1872 por Enrique Romero Jiménez. Desde sus orígenes, El Diario Español se había mostrado favorable a la construcción de una imagen positiva e integradora de la nación española en el Río de la Plata a partir de una mirada asociada con los ideales republicanos, liberales y reformistas que promovió su fundador Justo S. López de Gomara (Garabedian, 2012; García Sebastiani, 2004).

El Diario Español se editaba todos los días excepto los sábados y contaba con una extensión de entre diez y quince páginas, con un costo de 0,10 centavos (m/n) (Villegas, 1907). Poseía un taller propio cuya impresión rondaba entre los 30.000 ejemplares diarios al inicio de la década de 1920 y 58.000 en 1939 (Anuario Industrial de la Nación, 1919-1920; Anuario Prensa Argentina, 1939). Sin embargo, este último dato resulta exagerado si tenemos en cuenta que, a principios de 1940, el agregado de prensa y propaganda de la embajada española en Buenos Aires, José Ignacio Ramos, indicaba que el tiraje de este periódico solo alcanzaba los 1.500 ejemplares por día.[1]

Las noticias sobre instauración de la II República en España fueron bien recibidas por los redactores y editores de El Diario Español en abril de 1931. La posibilidad de ampliar la participación política de diversos sectores de la población y la necesidad de implementar reformas de primer orden en la economía y la organización del nuevo Estado generaron una gran expectativa ante el cambio de régimen en la península. No obstante, esta mirada positiva se fue transformando conforme se complejizaba el escenario político español y cambió a un tono muy crítico luego de la fallida revuelta obrera en Asturias en 1934. Una vez iniciado el golpe de Estado en julio de 1936, el periódico se posicionó tempranamente a su favor (“Una nueva y lamentable…”, 19 de julio de 1936).

En las siguientes semanas, comenzaron a aparecer artículos que sostenían que el tan temido “terror rojo” asolaba España y que la Unión Soviética apoyaba al Gobierno republicano con el propósito de instigar una revolución de tipo comunista en la península (“Los comunistas…”, 15 de septiembre de 1936). También se denunciaba la colaboración del Frente Popular francés a favor de la II República española y se silenciaban o definían como pacíficas las acciones de cooperación que se gestionaban entre el general Franco y Alemania e Italia (“El aspecto internacional…”, 31 de julio de 1936). Durante la guerra El Diario Español fue administrado por Casimiro Prieto Costas hasta su fallecimiento en marzo de 1938. Luego de un periodo de un año sin dirección reconocida, fue Alfredo Cabanillas Blanco, periodista español vinculado al periódico liberal Heraldo de Madrid, del que ejerció la dirección al quedar acéfalo en el contexto de la contienda hasta 1937, quien se hizo cargo de la edición.[2]

Por su parte, el Correo de Galicia fue fundado en 1908 por el periodista gallego José Ramón Lence, tenía una frecuencia semanal con una tirada que oscilaba entre los cuatro y los cinco mil ejemplares, y su domicilio se asentó en Avenida de Mayo 1.370 al principio y, posteriormente, en Avenida Rivadavia 782.[3] En este semanario se destaca la atención que su director les brindaba a las identificaciones regionales, tanto gallega como asturiana. Otra singularidad del Correo de Galicia fue que su circulación se extendía hasta la capital de la República Oriental del Uruguay. Con respecto a la interpretación general sobre el inicio de la guerra civil en la península, el Correo de Galicia también adhirió a las explicaciones circulantes sobre la supuesta inminencia de un estallido revolucionario en España orquestado por la Unión Soviética y el comunismo internacional (Lence, 22 de enero de 1939). En este órgano de prensa, se concretó también un mayor acercamiento a las ideas sobre el “imperio” y el “imperialismo” español, en su significado espiritual y fundamentalmente católico, para hablar de las relaciones que el franquismo debía establecer con América Latina (“La política hispanoamericana…”, 8 de enero de 1939).

El semanario Acción Española surgió en 1933 como el órgano de prensa oficial del Centro Acción Española de Buenos Aires. Su primer número se publicó con una edición de cuatro páginas que luego oscilaría entre las ocho y las dieciséis. El formato y la regularidad de esta publicación fueron variando a lo largo de sus nueve años de existencia. Si bien hasta el n.º 34 mantuvo una frecuencia quincenal, a partir de febrero de 1935 retrasó su salida cada dos meses (o incluso seis), con esporádicos retornos a la frecuencia quincenal durante los años de la guerra civil.

Desde su primera aparición se autoproclamó portavoz de la propaganda conservadora y católica española en la Argentina (“A qué venimos”, julio de 1933). La atención sobre el desarrollo de la experiencia republicana en España fue crucial en este periodo inicial. No solo acompañó con entusiasmo el triunfo de los núcleos conservadores de la derecha española en las elecciones de 1933 e inclusive celebró la participación femenina en la votación como elemento clave para explicar esta victoria, sino que, también, comenzó a agudizar las expresiones antirrepublicanas ante la revuelta obrera ocurrida en Asturias en octubre de 1934 (“España sacude el yugo”, 30 de noviembre de 1933).

Cuando estalló la sublevación militar en contra de la II República en julio de 1936, el Centro Acción Española declaró rápidamente su adhesión a ella. Durante los años que duró el enfrentamiento bélico, Acción Española acrecentó el número de páginas publicadas (18 páginas impresas) y aumentó su frecuencia a una periodicidad quincenal. De este modo, se plegó al álgido combate propagandístico que se vivía entre las distintas publicaciones periódicas de la colectividad española. Este periodo también se caracterizó por un mayor interés en diversificar los contenidos de la publicación y por atraer mayor cantidad de público lector. A partir de febrero de 1937, se incluyeron nuevas secciones temáticas como la “Página femenina” y “El cine y sus entretelones” y relatos de ficción y cuentos cortos.

Estos recursos buscaban amenizar la lectura de Acción Española y complementar la publicación de las noticias bélicas y los artículos de contenido político-doctrinales a los que estaban usualmente acostumbrados sus lectores. Sin embargo, esta ampliación de contenidos no duró más allá del año 1937. Durante el año 1938, se produjo un importante cambio en la comisión directiva del centro que afectó nuevamente la salida de la publicación. A partir de este momento, el contenido volvió a ser predominantemente doctrinal, religioso y político, y la extensión se redujo a cuatro páginas. Esta modificación en la comisión directiva resultó crucial para la posterior historia de la institución dado que generó conflictos internos muy agudos e incluyó la expulsión de algunos de sus miembros y el alejamiento de una parte de la masa asociativa. A partir de la finalización de la guerra, las actividades de la entidad y la salida de su publicación comenzaron un periodo de declive hasta su completa desaparición en 1942.

En la Argentina, Falange Española fue la primera publicación de la sede local de FET-JONS, salió por primera vez en octubre de 1936 con una frecuencia quincenal. Tenía un costo de 0,10 centavos (m/n), su domicilio se asentó en la sede del Centro Acción Española y posteriormente se trasladó a la calle San Martin 510 de la Ciudad de Buenos Aires. Esta publicación recogía todos los elementos básicos de la doctrina falangista y trataba de acercarlos a un público que desconocía muchas de sus afirmaciones. Por ello, en sus páginas era frecuente encontrar la reproducción de los “27 puntos del Programa nacional sindicalista”, la letra de “Cara al sol” como himno de la agrupación o los “18 puntos de la mujer de Falange Española” (“Puntos básicos…”, 11 de octubre de 1936).

Los principales enemigos retóricos del semanario falangista fueron, por un lado, el profuso periodismo que defendía la legalidad republicana en Buenos Aires y, por el otro, la “amenaza judía” y el comunismo. A pesar de que el falangismo en el exterior pretendía convertirse en un ideal patriótico unificador del colectivo español, apeló a la identidad regional con la inauguración de la sección “Rincón gallego” con la pretensión de captar la atención de la numerosa comunidad galaica que residía en la Ciudad de Buenos Aires (Rodríguez Otero, 2006).

A partir de la unificación de las fuerzas sublevadas en la península ocurrida en abril de 1937, el partido único FET-JONS había creado una Delegación Nacional del Servicio Exterior que tenía por finalidad coordinar la acción política y propagandística del partido en el extranjero. Este organismo logró remitir una gran cantidad de material (folletos, libros y revistas) a América y colaboró en la creación y difusión de publicaciones editadas por las filiales de prensa y propaganda de cada nación en el exterior.

Una mejora en las comunicaciones le permitió a Falange Española acceder a una mayor cantidad de material informativo e ilustrativo con el cual enriquecer sus páginas con la incorporación de numerosas fotografías y de dibujos “murales” en la portada. No obstante, las principales modificaciones en este órgano de prensa se produjeron a partir de julio de 1937, con la llegada de los miembros de la misión falangista procedente de Marruecos, quienes intervinieron activamente en la seccional local de FET-JONS reorganizando no solo el espacio directivo de esta, sino, también, el estilo propagandístico. A partir del n.º 40, Falange Española incorporó una sección destinada a la promoción y crítica artística porteña denominada “Tablas y pantallas” e incluyó una sección especial orientada a la formación de los niños, la llamada “Página del flecha” (“Página del flecha”, 31 de julio de 1937; “Tablas y pantallas”, 9 de julio de 1937).

Este órgano de prensa editó su último número en abril de 1938, cuando fue reemplazado por otros emprendimientos periodísticos ideados por el interventor de FET-JONS enviado a la Argentina, Juan Antonio Martín Cotano. Este emisario llegó a la Argentina en octubre de 1937 con el propósito de generar un mayor acercamiento del falangismo a la sociedad rioplatense. Su proyecto más ambicioso fue la edición de una revista mensual llamada Amanecer. Revista Hispano Argentina, que se publicó solo durante la última parte del año 1938, y con la que pretendía captar la atención tanto del público español como de la audiencia nacionalista argentina.[4] Según Martín Cotano, las publicaciones favorables al Gobierno de Burgos en España existentes en la Argentina eran “modestísimas publicaciones semanales, hojas volanderas y revistitas mensuales de una pobreza única y absoluta”.[5] Ante este panorama, el interventor falangista ideó en primer término la posibilidad de reproducir en la Argentina los ejemplares de la revista Vértice, que se editaba en la península. Sin embargo, ante la escasez de suscripciones conseguidas (solamente 200), optó por pergeñar otros proyectos que se identificaran con los ideales de la revuelta militar en España y también con la realidad local.[6]

De esta forma, la edición de Falange Española fue reemplazada por una revista semanal ilustrada denominada ¡Arriba! Este nuevo proyecto, que fue ideado para difundir simultáneamente la doctrina del partido en distintos países de Sudamérica (Argentina, Bolivia, Chile, Uruguay y Paraguay), señaló una línea de continuidad con el extinto semanario al proseguir con su numeración. Para costear la salida de este nuevo órgano de prensa, se dispuso la suscripción obligatoria y un cargo suplementario a la cuota de los afiliados de FET-JONS.[7] La nueva publicación cambió visiblemente su formato y calidad respecto al semanario Falange Española. La revista ahora se editaba con un papel de mejor calidad y más de 20 páginas, varias de ellas con ilustraciones a color, en las que se desarrollaban diversas secciones temáticas. Las principales colaboraciones externas seguían a cargo de Eugenio Montes, Pablo Ruiz de Alda, Dionisio Ridruejo y Teófilo Ortega, entre otros. A nivel local, las contribuciones eran remitidas por Juan Pedro Miciano, Rafael Duyos y Juan Antonio Martín Cotano, y, desde la seccional de Montevideo, por Germán Fernández Fraga (Zubillaga, 215: 121). El elemento realmente novedoso en esta nueva publicación fue la inclusión de una pluma femenina con la inauguración de la sección “Misión de mujer” a cargo de Gloria de Nevares (Nevares, 11 de abril de 1938). Aunque en Falange Española se hablaba constantemente del rol de la mujer en el marco de la guerra, la sección femenina de FET-JONS no había tenido su propio espacio de difusión en las páginas del primer semanario (“Lo femenino y la Falange”, 22 de octubre de 1936; “La mujer y Falange”, 21 de noviembre de 1936).

No obstante, a pesar de la renovación impuesta a la revista y los esfuerzos por mejorar el aspecto formal, estilístico y de contenido de la publicación, ¡Arriba! comenzó a atravesar graves problemas económicos y, debido a los altos costos de edición en agosto de 1938, debió ser reeditada en un formato que se catalogó como “más modest(a) y con un tono más alegre y auténticamente popular”.[8] Con este espíritu humilde, llegaron a su fin las publicaciones que el falangismo editó en la Ciudad de Buenos Aires durante la guerra civil en España.[9]

Otra publicación que salió a la luz al calor de la contienda fue Fe Gallega, el órgano de prensa oficial de la Asociación Acción Gallega de Cruzados de Santiago, entidad creada en julio de 1936 en estrecha relación con los acontecimientos peninsulares, pero que en Buenos Aires también se presentó con la finalidad de lograr la “recristianización total” de la comunidad gallega allí residente (“En marcha”, noviembre de 1936). Para ello, la asociación focalizó sus esfuerzos en dos pilares: por un lado, buscó promover la práctica de la beneficencia cristiana, tanto hacia la España sumida en la guerra, como hacia la comunidad galaica local; por otro lado, se esforzó por constituirse en un espacio de expresión artística y cultural de las tradiciones de la colectividad gallega.

Fe Gallega fue creada y dirigida por Rogelio Rodríguez Díaz[10] y apareció por primera vez en noviembre de 1936 con una edición de cuatro páginas. La distribución del semanario era gratuita ya que su impresión era subvencionada por una quincena de miembros de la colectividad, entre los que se encontraban dos expresidentes del Centro Gallego de Buenos Aires: José Villamarín y Antonio Bóo, entre otros (“Memoria de ejercicio…”, agosto de 1938). La interpretación sobre la guerra de este periódico fue esencialmente religiosa, la contienda bélica se comprendía como un combate universal entre las fuerzas cristianas y las “herejías anticatólicas” encarnadas en el comunismo soviético (“Religión y patria…”, julio de 1937). En este marco, la conflagración se equiparaba con una misión histórica semejante a la de una “cruzada”, lo que le exigía grandes sacrificios al pueblo español, siempre “mártir” y al servicio de la fe, y demandaba la “depuración” de las conciencias a producirse luego de terminada la lucha, tanto en España como en América (Castri Foxa, enero de 1938; “La paz…”, diciembre de 1937). La exaltación de la identidad gallega dentro del colectivo español fue un elemento distintivo de esta publicación (De Cristóforis, 2019; Velasco Martínez, 2018). No obstante, este regionalismo no se presentaba como una identidad diferenciada respecto de la española y se orientaba a destacar aquellos elementos que se consideraban específicos de la “patria chica que debe vivir siempre dentro de la grande” (“Todos uno”, julio de 1938).

Por último, es posible identificar a El Requeté como el órgano de prensa editado por el sector disidente del carlismo en la Argentina. Tanto Francisco de Paula Oller como Demetrio Climent, representantes del pretendiente al trono por el carlismo, se esforzaron por crear medios de propaganda que expresaran la voz del tradicionalismo en el Río de la Plata (Lozier Almazán, 2002). Primero se fundaron El Legitimista Español en 1898 y Monarquía Española en 1931, y, en el contexto de la contienda civil en la península, el Boletín Tradicionalista (1938) (Canal Morell, 2022).

Una de las características distintivas de la propaganda carlista en la Argentina fue que gozó de una absoluta independencia respecto de sus organismos rectores en la península. El periódico El Requeté surgió como una respuesta crítica a la asimilación con el falangismo, aunque mantuvo en todo momento una postura comprometida con el sostenimiento del esfuerzo bélico que lideraba el general Franco (“Cumpliendo…”, 1 de enero de 1939; “Nuestra posición…”, 1 de enero de 1939).

El domicilio de la publicación se ubicó en la sede del Centro Acción Española, entidad con la que se encontraba emparentada desde sus orígenes. Su primer número se distribuyó de manera gratuita entre los simpatizantes y luego se incentivó la suscripción y la venta de los ejemplares (cuyo precio ascendía a 0,10 centavos m/n). Mantuvo una frecuencia mensual en su salida y un total de cuatro páginas en cada edición hasta su desaparición en 1942. En las páginas de El Requeté, no se encuentran las repetidas advertencias a la supuesta inminencia de una revolución comunista en España, algo que caracterizó al resto de la prensa afecta. Al contrario, el golpe de Estado de julio de 1936 parecía representar una acción concertada entre las tradicionales fuerzas contrarrevolucionarias españolas orientadas a restituir la legitimidad del carlismo (“Fijando posiciones”, 1 de mayo de 1939).

6.4. La actividad editorial argentina en los años 30

A principios del siglo xx, las empresas francesas y alemanas eran las que dominaban el mercado editorial argentino (De Diego, 2015). El estallido de la Primera Guerra Mundial provocó la retirada de estas casas comerciales y permitió el desarrollo de las producciones locales, aunque en su mayoría lideradas por editores de origen español radicados en el país. Durante las décadas de 1920 y 1930, surgieron y se consolidaron proyectos editoriales que buscaban conquistar a un público masivo por medio de la edición de libros rústicos, a bajo precio y que llegaban al lector a través de puntos de venta no convencionales, como los quioscos ubicados en las estaciones de tren y subterráneos o las cigarrerías (Delgado y Espósito, 2014: 64). Estas “empresas culturales” se ocupaban de colocar al alcance del trabajador títulos seleccionados tanto de literatura nacional como europea (Romero, 2007).

Hasta 1937 la expansión de la industria editorial en la Argentina estuvo determinada por el paulatino crecimiento del mercado interno. No obstante, con el estallido de la guerra civil en España y la debacle de las editoriales en dicho país, la industria editorial argentina logró ocupar ese espacio vacante y consolidarse en la producción destinada al mercado hispanoamericano (Larraz, 2014). La contienda civil en la península generó el traslado de muchos editores y de casas editoriales enteras hacia América Latina, en especial hacia México y la Argentina, las cuales ampliaron la producción local y lograron la exportación de su material bibliográfico. En este marco se asentó en el Río de la Plata la editorial Espasa-Calpe, posteriormente, Gonzalo Losada fundó la Editorial Losada, Mariano Medina del Río y Álvaro de las Casas crearon la Editorial Emecé y Julián Urgoiti dio origen a la Editorial Sudamericana, a la que se sumaría luego el librero catalán Antonio López Llausàs (Largo Caballero y Gómez Villegas, 2006).

Si bien no todos los editores españoles que se instalaron en el país en esos años fueron exiliados del franquismo, muchos de ellos compartieron la adhesión a los principios democráticos y republicanos que ya no podían manifestar en su tierra de origen. En esta línea, se destacaron las producciones editoriales de un grupo de exiliados gallegos, entre ellos Arturo Cuadrado, Lorenzo Varela y Luis Seoane, quienes tuvieron una importante participación en la fundación de editoriales y revistas literarias en la Argentina en la década de 1940 (Gerhardt, 2016).

En este cuadro de paulatino crecimiento de la producción editorial argentina de entreguerras, se produjo una gran cantidad de material bibliográfico de propaganda a favor de ambos contendientes sobre la guerra civil española, y los libros en sí mismos comenzaron a utilizarse como elementos claves de divulgación para promover adhesiones y descalificar al enemigo en el contexto de la guerra.

6.5. Las redes editoriales y los libros que apoyaron al franquismo

Durante la contienda, el grueso de la producción de material bibliográfico, tanto de los republicanos como de los rebeldes, recayó sobre sus agentes ubicados en el extranjero, ya que se hizo muy difícil el traslado de elementos de propaganda en medio del conflicto. De este modo, tanto las embajadas como las representaciones oficiosas en el exterior debieron solventar los costos de edición o facilitarles trabajos susceptibles de ser publicados a editoriales locales interesadas en respaldar la causa respectiva o, simplemente, en aumentar el caudal de ventas a partir de un tema que sensibilizaba a la población (Pizarroso Quintero y Sapag Muñoz de la Peña, 2012).

Según el voluminoso catálogo de la Spanish Civil War Collection[11] que resguarda la Universidad de California en la Biblioteca de San Diego, durante el periodo 1936-1939, se editaron 40 libros relativos a la guerra civil española en la Argentina, mientras que, en el mismo lapso, aparecían 21 obras editadas en México, 6 en Montevideo y 5 en Santiago de Chile. A pesar de que estas cifras representan la selección personal realizada por el periodista norteamericano Herbert Rutledge Southworth, resulta llamativo el número de obras editadas en el país con relación al resto de la producción de libros en Hispanoamérica sobre la contienda peninsular. Si bien no fue posible abarcar la totalidad del fenómeno editorial del periodo de entreguerras en la Argentina debido a la dificultad para acceder a estadísticas generales, se hallaron un total de 34 obras favorables a la sublevación en España editadas en Buenos Aires durante el periodo de análisis en bibliotecas públicas del país.

La OPYPRE y la editorial católica Difusión fueron los sellos más comprometidos con la publicación de material favorable a los rebeldes españoles. Entre los años 1937 y 1938 se publicaron 26 títulos de literatura combativa: 18 durante el primer año y 8 en el segundo. Posteriormente, el nivel de producción decayó de manera notable. Los focos de venta se articularon alrededor de las sedes de las principales publicaciones periódicas afines y del Centro Acción Española, incluyendo, también, a algunas librerías locales como La Facultad, Barreiro y la Librería del Colegio. Incluso, en algunas ocasiones, se podía acceder al autógrafo del escritor, como en la librería La Académica, propiedad de Emilio Poblet, en donde Alfredo Cabanillas Blanco, autor de Hacia la España eterna, dedicó ejemplares en noviembre de 1938 (El Diario Español, 2 de noviembre de 1938: 2). La Editorial Poblet también participó de la distribución y venta de material traído desde España, como la biografía del general Franco escrita por Joaquín Arrarás o el relato bélico de Luis Moure Mariño Galicia en la guerra (Correo de Galicia, 22 de octubre de 1939). De la misma forma, en la revista Orientación Española, se promocionaba la comercialización de más de 50 títulos procedentes de la península, entre los que se contaban textos de temática bélica, relatos testimoniales y material doctrinario, de los cuales, lamentablemente, resulta difícil conocer su difusión efectiva (Orientación Española, septiembre de 1937).

Según la investigadora Francisca Montiel Rayo (2016), tanto OPYPRE como la editorial Difusión estuvieron imbricadas durante los primeros años de la guerra civil y se convirtieron en los principales canales de difusión en Sudamérica de los contenidos irradiados por la oficina de prensa y propaganda que dirigían miembros de la Lliga Catalana (seguidores de Francesc Cambó) en París. El encargado de las publicaciones en la central parisina, Joan Estelrich, intentó centralizar las gestiones editoriales y difundir los contenidos propagandísticos hacia el resto de las oficinas de prensa y propaganda que se constituyeron en otras partes del mundo. Con este propósito, Estelrich entró en contacto con Andreu Bausili[12] en Buenos Aires para remitirle los textos originales que debían ser publicados por alguna editorial local. De este modo, la edición de muchos de los volúmenes de contenido propagandístico recayó en Difusión, una empresa editorial privada que parecía ajena a los intereses de los militares sublevados en España, pero con cuya producción se encontraba estrechamente relacionada (Montiel Rayo, 2016: 39-40).

La editorial Difusión fue fundada en 1936 en la Ciudad de Buenos Aires por Luis Luchía Puig: periodista aficionado, católico devoto y editor empedernido. Según la biografía que reconstruye su amigo y colaborador personal, Moisés Álvarez-Lijo (1981), al despuntar el siglo XX, y con tan solo 20 años, Luchía Puig lanzó su primera inversión editorial, La novela semanal, con el afán de contrarrestar la gran cantidad de literatura, a su entender “indecente”, que se editaba en la Argentina. Luego, creó la editorial Bayardo y editó las revistas Femenil y Aconcagua, ambas publicaciones de contenido católico. De esta última revista, actuó como corresponsal en España José Ignacio Ramos, encargado de prensa y propaganda de la representación oficiosa, quien también tendría un papel clave en la difusión del material bibliográfico durante la guerra civil (Ramos, 1984: 122). Es posible advertir cómo los vínculos que fueron entrelazando a ambos emprendimientos propagandísticos se fueron forjando con anterioridad al estallido de la guerra.

Difusión se caracterizaba por ofrecer a precios populares, de un promedio de entre 0,10 y 0,30 centavos (m/n) por ejemplar, un amplio catálogo de obras de contenido religioso y prédica anticomunista (Fabris, 2013). El rol que se le otorgaba a la palabra escrita como medio no solo de divulgación, sino, también, de catalizador de conciencias, los instaba a desplegar un abanico variado de títulos entre los que el conflicto bélico en España ocupaba un rol central por su actualidad y trascendencia. Tan es así que en 1937 el 30 % del contenido del catálogo que vendía Difusión tenía que ver con la guerra civil en la península.[13]

Como lo señala Montiel Rayo (2016: 41), la mayoría de las producciones de esta editorial relacionadas con la contienda bélica española representaban autores y textos traídos desde el exterior con expresa finalidad propagandística. A poco de iniciar sus actividades, los primeros materiales editados sobre la guerra en España fueron, en primer lugar, Los intelectuales españoles ante la revolución y la guerra, una obra escrita bajo el seudónimo de Juan de Castilla (1937), en la que se combatía retóricamente la aparición de un folleto de propaganda republicana aparecido en Londres y titulado Intellectuals and the Spanish Military Revolution,[14] y, en segundo lugar, el libro escrito por Joan Estelrich (aunque no firmado por él) La persecución religiosa en España (1937), que incluía una gran cantidad de fotografías y el poema “A los mártires españoles”, de Paul Claudel, en el prólogo.

Este último volumen, que realizaba una denuncia pública sobre la violencia anticlerical que se vivió en Cataluña en el verano de 1936, buscaba influenciar a la opinión católica francesa asociando el conflicto bélico en España a un estadio más en la historia de las persecuciones religiosas que había sufrido la Iglesia católica desde tiempos remotos (Moreno Cantano, 2012b). El opúsculo de 40 páginas fue editado en formato rústico y alcanzó una tirada “excepcional” de 10.000 ejemplares. El éxito de ventas conseguido con este material le permitió a Luchía Puig ampliar la disponibilidad de capital y de crédito para seguir aumentando su fondo editorial (Álvarez-Lijo, 1981: 101). A partir de ese momento, este editor continuó apelando a la publicación de material propagandístico sobre la guerra española tanto por razones ideológicas, como por cuestiones económicas.

El libro que sí reconoció la autoría de Joan Estelrich y que también se editó por Difusión fue La cuestión vasca y la guerra civil española. En este material se cuestionaba el origen de la “insensata” confrontación entre los núcleos carlistas que apoyaban a la revuelta militar y los sectores vascos que se alineaban con la II República, a pesar de que ambos profesaban una profunda fe católica (Estelrich, 1937). Por su parte, Constancio Eguía Ruiz (1938) desarrolló cronológicamente en Los causantes de la tragedia hispana. Un crimen de los intelectuales españoles lo que consideraba era un largo camino de producción “bolchevizante” por parte de los sectores ligados a la intelectualidad española desde el siglo xviii en adelante.

El libro España y su revolución, del periodista español Francisco Casares (1937), fue publicado simultáneamente por la editorial Difusión y por OPYPRE en Buenos Aires y por la editorial Splendid en Santiago de Chile.[15] Allí se reproducen los principales tópicos argumentales que los sublevados españoles pretendieron irradiar hacia el exterior durante la guerra y que se repiten en mayor o menor medida en la mayoría de las obras de divulgación y propaganda analizadas. Allí se presentaba una explicación monocausal del origen de la guerra basada en una teoría conspirativa que asociaba el inminente peligro de una revolución de tipo comunista con el rebrote del antisemitismo y el anticlericalismo en algunos segmentos de la sociedad (Moreno Cantano, 2008: 11-15).

Imagen 7. Portada del libro El movimiento español y el criterio católico de monseñor Gustavo J. Franceschi

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Fuente: Franceschi (1937).

En líneas generales, las obras editadas por Difusión no estaban especialmente orientadas a convencer al público hispanoamericano. El contenido y el origen de los autores revelan que estos libros buscaban discutir, fundamentalmente, con interlocutores europeos, en especial franceses e ingleses. La llegada de estas obras a Buenos Aires, muchas de ellas sin revisiones ni modificaciones de estilo, parece ser un indicativo de la debilidad de la producción escrita orientada al público hispanoparlante y, con ello, del desigual e intermitente interés que los representantes del gobierno rebelde en España le dedicaron a la propaganda que se dirigía hacia América Latina durante la contienda.

En los espacios católicos de Buenos Aires, la visita de Jacques Maritain y su intervención en contra de la consideración de la causa del general Franco como una “cruzada” o “guerra santa” habían generado una gran polémica (Zanca, 2015: 93-109). En respuesta a ello, monseñor Gustavo J. Franceschi comenzó a discutir los argumentos que esgrimían aquellos cristianos que no comulgaban con la revuelta española (Castro Montero, 2002). Por ello, quizás, fue el único referente argentino que logró publicar un libro relativo a la contienda en la editorial Difusión (imagen 7). Esta destacada figura de la catolicidad local tuvo la oportunidad de explayar sus argumentos en favor de la sublevación militar en la península de la misma forma que lo venía haciendo en las páginas de la revista Criterio, pero, en esta oportunidad, de manera focalizada en un libro corto de 30 páginas, de bajo costo y que podía llegar a un público masivo (Franceschi, 1937).

Si bien en apariencia funcionaban como dos editoriales diferenciadas, Difusión y la representación oficiosa del Gobierno de Burgos a través del sello editorial OPYPRE coincidieron en la publicación de varios títulos traídos desde el exterior. Fue el caso de otro de los libros escritos bajo el nombre Juan de Castilla (seudónimo que escondía a Joaquim Reig), La justicia revolucionaria en España, que salió impreso por ambas editoriales en 1937, al igual que el libro que ya señalamos del periodista Francisco Casares (Montiel Rayo, 2016a: 41).

Las ediciones que solventó OPYPRE en la Argentina reprodujeron los discursos y las conferencias pronunciados por el representante oficioso, Juan Pablo de Lojendio (1937), y diversos escritos de contenido doctrinario (Lojendio, 1937b; Morente, 1938). De este último estilo, se editó el folleto Argumento de la Nueva España para dar a conocer los 26 puntos fundamentales de la organización del nuevo partido único FET-JONS luego del decreto de unificación de las fuerzas políticas. Siguiendo con las directivas de propaganda del Gobierno de Burgos, OPYPRE financió la reproducción en formato de folleto del ensayo escrito por Gregorio Marañón (1938) Liberalismo y comunismo. Reflexiones sobre la revolución española, que contó con ediciones en diversas partes del mundo que alcanzaron gran repercusión internacional.

En la batalla propagandística por medio de la literatura, el espectro católico tuvo un lugar destacado en la producción de material combativo. Es posible hallar múltiples ejemplos de textos elaborados por hombres de la Iglesia católica: ¿Qué saldrá de la España que sangra?, del sacerdote argentino Julio Meinvielle (1937); La verdad sobre la guerra española, de Venancio Carro (1937); y España reconquistada y gobernada por Franco, de Agustín Villasante (1939).

Durante la guerra, otro medio de difusión muy utilizado fue la recitación y la poesía. La mayoría de las veces, los autores financiaban ellos mismos la publicación de sus versos, como fue el caso de Bernardo de Ramay (1937) con su obra Romancero de la Nueva España, cuyo prólogo fue redactado por el general Millán Astray; la de Saturnino Toledo (1938) en Perfiles de la guerra en España y la de Teófilo Ortega con sus Romances en prosa de nuestra guerra (Falange Española, 18 de julio de 1937).

Por su parte, el dramaturgo catalán Eduardo Marquina (1937)[16] ofreció a la fundadora de los Legionarios Civiles de Franco seis romances de su autoría que fueron recitados por la actriz española Maruchi Fresno en la audición que patrocinaba Soledad Alonso de Drysdale en la Radio Excelsior. La edición en formato de libro de los poemas se destinó a la venta y a la recaudación de dinero para la entidad. También el jefe de la FET-JONS en Buenos Aires, Rafael Duyos, publicó un compendio de poemas, titulado Romances de la Falange, con el propósito de recolectar fondos para el Auxilio de Invierno falangista (El Diario Español, 26 de noviembre de 1937).

Además de los textos propagandísticos de contenido político y religioso, algunos de los libros editados en Buenos Aires a favor de la sublevación en España relataban experiencias personales vividas durante la contienda bélica. Los escritos del sacerdote Francisco García Alonso (1937a; 1937b) se corresponden con este tipo de crónicas noveladas. En el libro Así mueren los españoles, editado por Difusión, García Alonso divulgó los padecimientos que vivió durante su estadía en la zona republicana. Este volumen recupera elementos de otra obra escrita por él, titulada Mis dos meses de prisión en Málaga, que fue publicada en Sevilla en 1936 y concluye con la aclaración de que algunos de los contenidos habían sido extraídos del Avance del Informe Oficial del Gobierno Nacional de España.[17] La reproducción de estos pasajes seleccionados había sido autorizada por la oficina de prensa y propaganda de la representación oficiosa de España en Buenos Aires.

Aunque los relatos testimoniales de personas que decían haber sufrido o presenciado el llamado “terror rojo” en la retaguardia republicana se extendieron profusamente en las zonas dominadas por la sublevación militar en España y conformaron allí un género literario en sí mismo, en la Argentina este tipo de bibliografía tuvo muy pocos exponentes (García, 2009). Ya se han analizado los casos del periodista Francisco Casares, quien relató sus experiencias como asilado en la embajada argentina en Madrid, y la difusión de los escritos del sacerdote García Alonso sobre sus padecimientos en Málaga.

También es posible ubicar en este segmento de literatura testimonial el relato de Simón Núñez Maturana (1938) sobre su refugio en la Legación uruguaya de Madrid, en donde buscó asilo, al igual que Casares, por ser esa la nacionalidad de su esposa. Del mismo modo, logró salir de la capital española gracias a la intermediación de la embajada argentina, que se hizo cargo de los asilados en la sede diplomática uruguaya cuando esta rompió relaciones con la II República (Figallo, 2007: 240). El libro de Maturana se tituló La tragedia española. Memorias incongruentes de un perseguido asilado, y de este material se hicieron solamente 100 copias por encargo de su autor, que no fueron puestas a la venta, por lo que probablemente se distribuyeron entre los medios afectos con fines exclusivamente propagandísticos.

Una figura que logró cierto reconocimiento en Buenos Aires a partir de la publicación de su libro autorreferencial fue Alfredo Cabanillas Blanco, político y periodista español que formó parte del Partido Unión Republicana y que llegó incluso a ser jefe del gabinete de prensa de la presidencia de la II República por designación de Manuel Azaña (Durán Alcalá y Barrientos, 2009). Al iniciarse la guerra civil, asumió la dirección del periódico Heraldo de Madrid en la capital española y, gracias a sus contactos personales con el embajador de Francia en Madrid, intervino activamente para proteger a aquellos conocidos que solicitaban su intercesión para salir de la ciudad. Por estas actividades fue destituido de la dirección del Heraldo de Madrid y debió exiliarse en Buenos Aires, en donde vivía una hermana suya. En la obra Hacia la España Eterna (1938), Cabanillas intentó justificar sus acciones y su cambiante posicionamiento político, que fue alejándolo del republicanismo y acercándolo a las posiciones reaccionarias de los sublevados.

Hacia finales de 1938, la baja en la suscripción de varios de los cotizantes que solventaban con sus aportes particulares el funcionamiento de las acciones de propaganda que emprendían el representante oficioso y el encargado de prensa, José Ignacio Ramos, pudo haber ocasionado la merma en la publicación del material bibliográfico editado por OPYPRE (Montiel Rayo, 2016: 42). No obstante, la editorial Difusión también cesó en la edición de libros relativos a la contienda civil española. De esta forma se interrumpió, casi abruptamente, la circulación del material que provenía de la oficina de prensa y propaganda de París hacia el Río de la Plata. Luego de la finalización de la guerra y el reconocimiento oficial del régimen dictatorial español por parte del gobierno argentino, la producción de textos de contenido propagandístico decayó notablemente y las campañas de difusión aminoraron su combatividad.

6.6. Conclusiones

En el contexto de la formación de la cultura de masas y la sociedad de consumo del Buenos Aires de entreguerras, el conflicto bélico español permeó distintos aspectos de la vida cotidiana de sus habitantes. A la par del despliegue del vasto movimiento de solidaridad en favor de ambos frentes, se fue desarrollando una gran producción periodística y bibliográfica vinculada con la guerra.

La imposibilidad de lograr un criterio uniforme entre los distintos segmentos que apoyaban al Gobierno de Burgos desde la Argentina impidió la articulación de un único y colegiado esfuerzo propagandístico que pudiera oponerse a la masiva propaganda republicana que se movilizaba en el país. El resultado de ello fue la difusión de diferentes emprendimientos periodísticos, cada uno con objetivos de divulgación disímiles. De esta forma, no solo tomaron un posicionamiento ante la guerra los órganos de prensa existentes en la comunidad española, como fue el caso de El Diario Español, Acción Española y Correo de Galicia, sino que, también, surgieron nuevas publicaciones periódicas. Aparecieron algunas de confesionalidad católica y de adscripción regional, como Fe Gallega, y de referencia católica y monárquica, como El Requeté. Otros, en cambio, fueron exponentes de las líneas políticas trasplantadas por el falangismo, como Falange Española, ¡Arriba! y Amanecer.

A pesar de las diferencias existentes, todos estos medios de prensa coincidieron en la adhesión a la revuelta militar en España y en la confianza en el liderazgo del general Franco como referente para ganar la guerra. Todas ellas reprodujeron, de alguna u otra manera, el discurso que intentaba justificar el golpe de Estado de julio de 1936 como la anticipación a una supuesta maniobra revolucionaria de tipo judeo-masónica-comunista. Siguiendo esta línea, se transcribían un sinnúmero de artículos e informaciones sobre el avance del supuesto “terror rojo” en España, a la vez que se atacaba a los servicios de prensa republicanos por considerarlos “difamatorios”.

Ambos bandos se interesaron en publicar material de propaganda favorable a su causa en la capital argentina, y particularmente los libros se convirtieron en medios claves de divulgación. Del lado de los sublevados, los años 1937 y 1938 fueron los más dinámicos en esta lucha a través de las letras. En este bienio, se editaron 26 obras de propaganda afines a la sublevación, pero, posteriormente, el nivel de producción decayó notablemente.

Fue posible constatar que la editorial católica Difusión y la oficina de prensa y propaganda de la representación oficiosa del Gobierno de Burgos a través del sello editorial OPYPRE fueron los principales editores de material de propaganda a favor del franquismo en Buenos Aires. Esta producción en gran medida se logró gracias a la singular relación ideológica y comercial que se entabló entre la editorial católica, la OPYPRE en Buenos Aires y la oficina de prensa y propaganda administrada por Joan Estelrich en París. Esta última era la encargada de enviar el material escrito al Río de la Plata para que fuera impreso por alguno de esos sellos editoriales.

Aunque este material llegaba a la Argentina con finalidad propagandística, la producción de esos textos no parecía destinada a convencer especialmente al público hispanoamericano. Al contrario, los interlocutores naturales de estos escritos eran los núcleos católicos de países europeos considerados claves, como Francia y Gran Bretaña. A pesar de esta preponderancia en la edición de autores y libros traídos desde el exterior, un representante del clero local, monseñor Gustavo J. Franceschi, logró editar un libro sobre el tema. En esa obra, Franceschi reforzó la idea de la guerra como una “cruzada” o “guerra santa”, tal como lo venía haciendo desde las páginas de la revista Criterio. No obstante, en esta oportunidad pudo utilizar un formato más ágil y masivo, como lo eran los textos cortos de edición rústica y económica, que caracterizaban a la producción local de libros en la entreguerra, estilo al que respondieron la totalidad de las obras editadas por Difusión en este periodo.

Entre las producciones escritas que circularon en Buenos Aires a favor de los sublevados españoles, se destacan algunos ejemplos de los denominados “relatos de terror”. Estos textos testimoniales se caracterizaron por concentrarse en la narración de los padecimientos propios o ajenos que le había tocado vivir o presenciar al autor en el territorio republicano durante la contienda. La amplia difusión que tuvieron estos testimonios en la España dominada por el gobierno rebelde convirtió a este tipo de obras en un género literario en sí mismo. Y en esta línea se comprende que la edición en siete volúmenes del Avance del Informe Oficial (un extenso compendio descriptivo de los supuestos crímenes cometidos por el gobierno republicano) se transformara en el texto propagandístico de exportación más importante elaborado por el Gobierno de Burgos durante la guerra.


  1. AGA. DNSE/FET-JONS, caja n.º 20, correspondencia de José I. Ramos a Miguel Moya, jefe de prensa Delegación Nacional del Servicio Exterior, Buenos Aires, 14/08/1940.
  2. AGA. DNSE/FET-JONS, caja n.º 20, correspondencia de Casimiro Prieto Costas a Joaquín Rodríguez Gortazar, Buenos Aires, 2/02/1938.
  3. AGA. DNSE/FET-JONS, caja n.º 20, correspondencia de José I. Ramos a Miguel Moya, Buenos Aires, 18/02/1941.
  4. AGA. DNSE/FET-JONS, caja n.º 20, correspondencia de Juan Antonio Martin Cotano a José del Castaño, delegado nacional del Servicio Exterior de Falange Española, Buenos Aires, 13/04/1938, fols. 6-7.
  5. Ídem, fol. 1.
  6. Ídem, fol. 2.
  7. AGA. DNSE/FET-JONS. caja n.º 20, correspondencia de Juan Antonio Martín Cotano a Joaquín Rodríguez de Gortazar, Buenos Aires, 23/03/1938.
  8. AGA. DNSE/FET-JONS, caja n.º 20, correspondencia de Rafael Duyos a Delegación Nacional del Servicio Exterior, Buenos Aires, 3/08/1938.
  9. Lamentablemente, no fue posible hallar la totalidad de los números editados de esta revista, pero se puede inferir que no perduró más allá del año 1938.
  10. Rogelio Rodríguez Díaz (1888-1948). Poeta y literato gallego, nació en Petín de Valdeorras (Ourense). Ingresó en el seminario de Astorga (León) para hacer la carrera sacerdotal, pero luego emigró a la Argentina en 1923. En Buenos Aires ejerció la enseñanza pública y privada, colaborando también en publicaciones como Acción Gallega y Céltiga de Buenos Aires y en Vida Gallega de Vigo. También dirigió la revista Galicia, órgano oficial del Centro Gallego, en la que publicó diversos trabajos bajo la presidencia de Antonio Bóo (Concello de Petín, s/f.).
  11. Esta colección es un compendio de más de 7.000 elementos entre libros, folletos y periódicos que recolectó en vida Herbert Rutledge Southworth (1908-1999), periodista y escritor norteamericano que trabajó para la II República española y se interesó en reunir todo el material que halló disponible sobre la contienda bélica en la península.
  12. Andreu Bausili (Barcelona, 1898-1982). Formó parte a la CHADE (Compañía Hispano-Americana de Electricidad). Desde 1936 vivía en Buenos Aires, donde llegó a ser director general de la CADE (Compañía Argentina de Electricidad). Fue miembro de la dirección de la Compañía General de Industrias y Transportes y participó en la fundación de la Editorial Sudamericana, y de SADEMASA. Fue nombrado presidente de la Cámara Española de Comercio (1942-1949) y de la Institución Cultural Española (Gran Enciclopèdia Catalana, s/f.).
  13. De los 26 títulos que se promocionaban, 8 eran producciones relativas a la contienda bélica española.
  14. Este título fue escrito por Alberto Insúa, colaborador de Estelrich en la Oficina de Prensa y Propaganda en París.
  15. Como se señaló anteriormente, Casares había permanecido como asilado en la embajada argentina en Madrid durante los primeros meses de la guerra civil y, para manifestar su agradecimiento, visitó el país y redactó el libro Argentina-España 1936-1937. Apuntes y recuerdos de un asilado en la embajada de Madrid (1937).
  16. Marquina (1879-1946) se encontraba en la Argentina por invitación de la actriz Lola Membrives cuando estalló la guerra civil en la península, y permaneció en el país hasta agosto de 1938 (Binns, 2012: 81).
  17. El nombre completo de este informe de propaganda que salió en siete volúmenes es Avance del informe oficial sobre los asesinatos, violaciones, incendios y demás depredaciones y cometidos en algunos pueblos del centro y sur de España y señaladamente en la ciudad de Málaga bajo el dominio del llamado Gobierno de Valencia.


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