Este trabajo surgió a partir del interés por conocer aspectos poco indagados de las repercusiones que ocasionó el inicio y desarrollo de la contienda civil peninsular (1936-1939) en la comunidad inmigratoria española que se encontraba radicada en la Ciudad de Buenos Aires. Múltiples investigaciones ya han abordado algunos de sus principales efectos. Especialmente fructíferos han sido los estudios que se concentraron en analizar el vasto movimiento de solidaridad que se desplegó a favor de la II República española, así como también de aquellos exiliados republicanos que llegaron después de la guerra y comenzaron a actuar durante las décadas siguientes en contra de la dictadura posbélica desde la Argentina. La importancia cuantitativa y cualitativa del colectivo peninsular radicado hacia la década del 30 en la capital argentina permitió analizar el gran dinamismo que adquirió durante todo el lapso estudiado la lucha simbólica que se desató entre los sectores que adhirieron al golpe de Estado y aquellos que defendieron la legalidad del gobierno republicano en España. En lo que sigue, se intenta esbozar algunos de los principales resultados de esta investigación.
En primer lugar, fue posible comprobar que la movilización solidaria que se desarrolló desde una parte de la comunidad española residente en la Ciudad de Buenos Aires a favor del Gobierno de Burgos durante la guerra civil en la península tuvo una presencia y un accionar significativos en el ámbito público porteño, involucrando activamente a diversos núcleos de la comunidad española local. A pocos meses de iniciada la contienda, y en paralelo al despliegue de las campañas de solidaridad a favor de la II República, organizadas tanto desde la embajada española en Buenos Aires como desde muchas otras instituciones y comités civiles de recaudación, no tardaron en surgir iniciativas específicamente destinadas a ayudar al bando sublevado en la península. Algunas de ellas fueron encauzadas por entidades preexistentes al conflicto bélico, las cuales se caracterizaron por mantener una adscripción política monárquico-conservadora, como por ejemplo el Centro Acción Española, la Agrupación Monárquica Española y la Agrupación Tradicionalista Monárquica. A estas se sumaron luego organizaciones fundadas en el contexto de la guerra con el objeto de contribuir económicamente al sostenimiento de la rebelión, tales como la FET-JONS, la Acción Gallega de Cruzados de Santiago y los Legionarios Civiles de Franco.
En el marco de estas maniobras solidarias, muchas mujeres comenzaron a involucrarse con las acciones en favor del bando sublevado en España. La actividad que se le impuso al universo femenino por medio de los constantes llamados a la solidaridad, sobre todo relacionados con las necesidades de la infancia española, contribuyó a otorgarles no solo visibilidad en el espacio público, sino también agencia real sobre lo que acontecía tanto en el país de origen, como en su destino emigratorio. Desde allí pudieron desplegar un abanico amplio de actividades que iban desde las más tradicionales asignadas a su género, como coser y tejer prendas de abrigo, hasta administrar y gerenciar la recaudación y el envío de bienes materiales a la península desde organismos específicos como la Cruzada Rojigualda para la Infancia Española Necesitada del Centro Acción Española, los “roperos” de las agrupaciones monárquicas y tradicionalistas, el Auxilio Social de FET-JONS y los Legionarios Civiles de Franco.
Del mismo modo que la presencia femenina en el ámbito público se hacía cada vez más notoria por las acciones de solidaridad, también comenzaron a aparecer las voces propias, las de aquellas mujeres que no solo se comprometieron con lo que sucedía, sino que también contribuyeron a difundir discursos normativos sobre la actuación femenina durante la guerra. En este marco, y tal vez por primera vez, muchas mujeres se vieron convocadas a salir de su hogar y a organizar el trabajo colectivo en el espacio público. Algunas de ellas ganaron popularidad y protagonismo dentro de estos segmentos que se solidarizaban con la sublevación desde Buenos Aires y se constituyeron en referentes insoslayables de todo ese esfuerzo solidario, como fue el caso de María Teresa Casanova.
Por otro lado, se pudo advertir que la campaña de solidaridad a favor del Gobierno de Burgos que se desarrolló en la Ciudad de Buenos Aires contó con una mayor uniformidad organizativa que la de sus pares prorrepublicanos, sesgados estos por las profundas diferenciaciones políticas e ideológicas que se replicaban desde la península (divergencias entre socialistas, comunistas y liberales) y que adquirían nuevos sentidos y direcciones en la Argentina. Este mayor poder de centralización logrado en el movimiento de solidaridad profranquista se debió, en gran medida, al accionar del representante oficioso del general Francisco Franco, Juan Pablo de Lojendio, instalado en el país desde finales de 1936. A pesar de las dificultades que debió sortear para llevar adelante sus tareas de proselitismo y propaganda en el Río de la Plata, y de la escasa simpatía que generó su actuación como representante del bando rebelde en la Argentina, Lojendio logró colocar bajo su órbita y control la mayor parte de las recaudaciones destinadas a la España “nacionalista”, aunque con algunas significativas excepciones, como la de la colecta para los niños huérfanos liderada por los Legionarios Civiles de Franco.
Al mismo tiempo que se desarrollaba la recaudación de dinero y bienes para socorrer a los sublevados, comenzaron a desplegarse diversas estrategias de difusión propagandística con el fin de atraer la adhesión de la población a la causa. Algunas de estas campañas se iniciaron espontáneamente entre los grupos de adeptos a la sublevación militar en la Ciudad de Buenos Aires, mientras que otras se articularon desde los organismos de la autoridad sediciosa en la península.
En este sentido, y en segundo lugar, fue posible demostrar que estos grupos profranquistas que actuaron en la capital argentina proyectaron diversos emprendimientos propagandísticos con la intención de captar la atención de la población, tanto argentina como española, que se interesaba por los sucesos bélicos en la península. Con este propósito, se desarrollaron propuestas de difusión que no involucraron solamente a la prensa periódica, a pesar de que este fue su canal de divulgación más tenaz. Muchos periodistas, divulgadores y escritores argentinos y españoles realizaron una obstinada campaña de defensa de la revuelta militar a través de su pluma y contribuyeron tanto a reproducir los fundamentos justificadores del golpe de Estado, como a crear una imagen idílica de la España gobernada por el franquismo.
Como es sabido, en el periodo de entreguerras, en la Argentina se fueron operando una serie de profundas transformaciones a nivel político y económico. En este lapso, los grandes centros urbanos experimentaron importantes cambios en términos urbanísticos con la ampliación de sus espacios habitados y la extensión de los servicios y las redes de transporte y comunicación. En paralelo a estas modificaciones estructurales, se dieron otro tipo de mutaciones en el plano social y cultural. La difusión de nuevas pautas de consumo asociadas al entretenimiento y al uso del tiempo libre posibilitó la circulación de bienes culturales y la implementación de nuevas prácticas de recreación. En esta etapa, proliferaron los espacios para la proyección de cine, las audiciones radiales y la edición de libros baratos y revistas, convirtiéndose todos ellos en elementos centrales para la difusión de ideas y la creación de nuevos ámbitos de sociabilidad en este periodo.
En el marco de esta masificación de las pautas de consumo cultural que se produjo en la etapa de entreguerras en la Argentina, la guerra civil española como temática de interés fue adquiriendo cada vez mayor resonancia. Múltiples aspectos de la contienda comenzaron a ser abordados diariamente en el cine, la radio, la literatura y la prensa. En esta línea, hay que destacar que tanto los simpatizantes del republicanismo como del franquismo utilizaron muchos de estos medios con el propósito de generar un mayor caudal de adherentes.
Como se ha analizado a lo largo de este trabajo, los núcleos afines al bando sublevado en España se valieron de la proyección de películas y obras teatrales, de las audiciones radiales, de la edición de libros y revistas y del accionar de propagandistas y publicistas especialmente orientados a dictar conferencias y discursos como mecanismo de propaganda. El uso de estos recursos no fue un fenómeno exclusivo de estos grupos: desde la década de 1920, las fracciones más dinámicas del nacionalismo y el catolicismo argentino habían comenzado a articular con éxito diversas propuestas de atracción cultural con el fin de convocar la adhesión de los sectores populares (Rubinzal, 2012; Mauro, 2015). En el caso de los simpatizantes del franquismo, el uso reiterado y persistente de estos mecanismos no generó una convocatoria semejante. Al contrario, estos propagandistas no hallaron en la Ciudad de Buenos Aires, más allá de los estrechos núcleos de sociabilidad monárquico-católica y falangista, una audiencia de envergadura realmente dispuesta a comulgar con los posicionamientos ideológicos de la revuelta militar en la península. No obstante, y a pesar del esmero y la insistencia con los que se desplegaban esos recursos de propaganda, el alcance y la recepción de estos elementos es algo que resulta muy difícil de sopesar con las eventuales fuentes disponibles. Aunque sabemos que la población argentina y la comunidad española residente en el país se mostraron mayoritariamente favorables al sostenimiento de la II República en España, la persistencia y continuidad con la que los simpatizantes de la sublevación extendieron sus iniciativas de atracción para captar adhesiones nos hace suponer la existencia de una audiencia receptiva y dispuesta a escuchar sus fundamentos.
Por otra parte, la diversidad de proyectos propagandísticos a favor de la sublevación militar que se registró en la Ciudad de Buenos Aires nos alertó sobre la evidente heterogeneidad del conglomerado español que adhirió a la revuelta ocurrida en España en 1936. A este lado del océano Atlántico, las posturas conservadoras, promonárquicas y de adscripción católica fueron las más “exitosas” a la hora de recabar recursos y seguidores a favor de los sublevados. El desarrollo y el resultado de las campañas de solidaridad y propaganda expusieron este desigual poder de captación. Se ha indagado cómo los Legionarios Civiles de Franco liderados por Soledad Alonso de Drysdale y Rafael Benjumea y Burín, conde de Guadalhorce, remitieron a la península cuantiosas contribuciones monetarias que, si bien tenían como finalidad última la construcción de orfelinatos, terminaron acrecentando de divisas a las necesitadas arcas de la España franquista. Mientras que, a pesar de sus variados empeños, la filial local de FET-JONS logró un muy escaso arraigo en el núcleo de la comunidad española que comulgaba con los golpistas. Sumado a ello, al finalizar la contienda, quedó en evidencia la desorganización y la malversación de los fondos recaudados en la que sus administradores habían incurrido a lo largo de la guerra.
Los representantes del partido único de España en nuestro país contaron con detractores provenientes no solo de los espacios favorables a la II República, sino, también, de los núcleos de inmigrantes españoles que adherían a la sublevación. Los fundadores de Legionarios Civiles de Franco, el director de Correo de Galicia, José R. Lence, y el propio representante oficioso del general Franco en el país, junto con muchos otros destacados simpatizantes de la sublevación militar en España, le restaron colaboración, cuando no obstruyeron, en sus tareas de propaganda al falangismo durante la guerra.
En tercer lugar, en este trabajo fue posible exponer el posicionamiento ambiguo del Estado argentino frente al desarrollo de estas campañas de propaganda protagonizadas tanto por los núcleos de adeptos a la sublevación militar, como por los defensores de la II República española en la Ciudad de Buenos Aires. A pesar de las continuas reclamaciones interpuestas por la embajada española ante el accionar del representante oficioso del general Franco en el territorio argentino, el Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto evadió cualquier intento de obstrucción de las campañas de propaganda llevadas adelante por estos grupos y se limitó a emitir escasas medidas de control, como aquellas sobre la radiodifusión y el desarrollo de actos públicos en los Territorios Nacionales, que afectaron principalmente a las acciones de colaboración que se efectuaban a favor del legítimo gobierno de España.
En cuarto lugar, fue posible demostrar que, desde el Gobierno de Burgos, se desplegaron diversos proyectos propagandísticos hacia América Latina con la intención de generar la adhesión de la población y los gobiernos latinoamericanos. Estos intentos de aproximación respondían a una estrategia de posicionamiento exterior del régimen dictatorial por la cual se pretendía reivindicar un lugar de liderazgo a nivel internacional a partir de la revalorización de los lazos culturales y tradicionales con sus excolonias americanas. En este proyecto, tenía un lugar preponderante la difusión de la noción de la “hispanidad”, en su faceta reaccionaria y conservadora, como mecanismo ideológico de acercamiento a Hispanoamérica. En este sentido, a lo largo de la guerra civil, muchos de los proyectos propagandísticos que se proyectaron desde la península fueron resignificados a nivel local.
Durante la contienda la propaganda del Gobierno de Burgos hacia América Latina estuvo limitada por diversos factores: la escasez de recursos, el carácter no oficial de su representación y la adhesión mayoritaria en pro del sostenimiento de la II República por parte de las comunidades españolas radicadas en el extranjero. A pesar de los esfuerzos provenientes de los grupos más dinámicos del falangismo para lograr la masividad en la adhesión al golpe de Estado de las colonias de emigrados en América, el escaso apoyo material y sobre todo simbólico que lograron allí los golpistas distó mucho de convertirse en una variable de peso internacional que pudiera inclinar la balanza a favor de los sublevados. Una de las estrategias más sofisticadas implementadas por el gobierno rebelde de España en este periodo fue el envío de “misiones de propaganda” hacia América Latina integradas por intelectuales, periodistas, artistas y publicistas. Estas comitivas intentaron generar un vínculo de mayor proximidad no solo con los núcleos de españoles que vivían en el extranjero, sino, también, con los representantes de los Gobiernos latinoamericanos. Si bien estas denominadas “misiones culturales” debieron hacer frente a sus propósitos contando con exiguos recursos materiales y con una opinión pública americana mayoritariamente adversa, parte de su limitado éxito se debió a que fueron el reflejo de una visión paternalista de la irradiación cultural que todavía veía su centro de acción en la exmetrópoli. En este periodo, se promovió un movimiento unidireccional de propuestas culturales impulsadas desde la península por emisarios especialmente enviados para tal propósito que difícilmente pudieron generar un diálogo con sus posibles interlocutores en América.
Este trabajo pretendió contribuir al mejor conocimiento de una etapa compleja en las relaciones hispano-argentinas, abordando de manera global las manifestaciones de adhesión y de solidaridad que, desde la comunidad española radicada en la Ciudad de Buenos Aires, se dieron a favor de la fracción sublevada en contra de la II República en España. La multiplicidad y la fluidez de los vínculos que unieron a los golpistas españoles con sus simpatizantes en el Río de la Plata nos permitieron reconocer la existencia de un singular nexo de intercambio y circulación de bienes, tanto materiales como simbólicos, entre ambas costas del océano Atlántico a lo largo de todo el periodo de estudio. La constitución de este espacio transatlántico de conexión sentó las bases para el progresivo estrechamiento de lazos entre la dictadura posbélica en España y los regímenes democráticos en la Argentina en los años sucesivos a la finalización de la Segunda Guerra Mundial.








